En capítulos anteriores... Tras accidentarse en el avión en que viajaban, Franz D. Drakkan, junto a Amy y Elisabeth, tuvieron que sobrevivir al mal endémico que acechaba el paraje en el que se había producido el Siniestro: "Los habitantes de ojos color añil". Sin embargo, aquellos no eran el único mal que poblaba esas tierras: en su viaje en busca de civilización, tras haber conocido a Helena (otra superviviente), llegaron a la "Colmena", un enorme pueblo con aldeanos sanguinarios que parecían comunicarse en la distancia, actuar como un solo organismo y observar todo lo que sucedía en sus alrededores: los miles de ojos. Ahora, Amy, Elisabeth y Helena han desaparecido y Franz se encuentra solo. Tendido en el suelo, herido de gravedad, en un delirio es capaz de sentir a sus compañeras y por fin, puede descansar tranquilo.

:::

CAPÍTULO VI

"ASESINO"

Aquella mañana olía a vainilla. El sol parecía estar despertando tan lentamente como yo, iluminado poco a poco, cada vez más, mi habitación, mientras yo me estiraba y revolcaba en toda la extensión de la cama.

- ¡Papá! ¡LEVÁNTATE YA!

Me da tiempo a ducharme, arreglarme, desayunar, llevarte a clase e ir al trabajo en cinco minutos.

- ¡A-RRRI-BA!

- ¡Has salido igual de mandona que tu madre! – Refunfuñé mientras me levantaba. Podía escucharla rugiendo a través de la puerta.

Me levanté, duché y arreglé en 2 minutos 20 segundos. Todavía me quedaban 3 para desayunar, acompañar a Mia a clase e ir al trabajo.

- ¡No te lo crees ni tú! – Farfulló mi minúscula hija, sentada en la mesa de la cocina, mientras desayunaba unas tostadas con mermelada que olía a albaricoque. - ¡Has tardado 20 minutos, y vas a llegar tarde al trabajo!

- ¿Y tú qué, no te vistes? – Pregunté, cogiendo los cereales de la estantería.

- ¡Paaaaaaso! No voy a clase, no me apetece.

- Eso no te lo crees ni tú, ¡ya puedes estar yendo a ponerte el uniforme que te llevo en cinco minutos!

Abrí el frigorífico y un olor espantoso a verduras frías y queso me pegó un buen puñetazo en la nariz. Tomé una cerveza del refrigerador.

- ¡Come y calla! Que hoy no voy a clase. ¡Me aburro! Estoy rodeado de burros que tienen problemas con las tablas de multiplicar.

- ¡Oye! ¿Qué forma es esa de hablarle a tu padre? – Pregunté mientras vertía la cerveza sobre mi cuenco de cereales.

- No me inspira respeto alguien que desayuna cerveza con cereales. ¿No podrías ser más normal y echarte leche?

Me estaba poniendo nervioso. Era exactamente como su madre, una sabelotodo, metomentodo… y aun así la quería (También como en su momento había querido a su madre). ¡Viva el masoquismo!

- Es el último día que no vas a clase… no te lo permito más.

- Te quiero papaito…

- ¡Pelota! – Murmuré y salí de la cocina.

En el hall cogí mi placa, las pistolas, me até mi pañuelo rojo de la suerte al brazo izquierdo y salí al exterior.

Un intenso aroma a hierba cortada se elevaba por encima del pequeño jardín de mi casa, en el que aguardaba mi querida moto, sobre la que patrullaba la ciudad en busca de maleantes.

Tenía que ir al trabajo, pero sabía que antes había asuntos que atender. Probablemente fuera demasiado tarde, puesto que ya había recogido el periódico de su puerta; sin embargo, no me di por vencido y con mi moto seguí el camino que solía utilizar para llevar a mi hija al colegio.

A nada que avancé, unos quinientos metros, en aquella esquina que parecía un pequeño – muy pequeño – descampado, iba mi vecino de la mano de su hija. Había tenido suerte de encontrarlo.

- Jake, ¡Buen día! – le saludé.

- Hola vecino, ¿qué tal la mañana? – Dijo mientras detenía mi moto y me bajaba a hablar con él.

- Bien, eh, esto… necesitaría hablar contigo en privado un momento.

- Pero… mi hija va a llegar tarde a clase.

Golpeé mi frente con las yemas de los dedos.

El colegio está a dos pasos, por Dios, que la niña ya tiene ocho o nueve años.

- Cariño, ¿puedes ir sola desde aquí?

- Sí papá.

- Dale un beso a papá.

Y después de darle un beso se marchó corriendo con su mochila a cuestas. Y mi vecino me miró con cara extrañada. Era un hombre bajito, con poco pelo y aspecto de bonachón.

- Bueno, ¿de qué querías hablar?

- Quería enseñarte mi nueva pistola.

- ¿A qué te refieres?

- Mira – Le dije y extraje mi nueva arma, no la oficial sino una que me acababa de comprar hacía poco. – Heckler & Koch, USP SD, 9 milímetros parabellum.

- Ahh… mira qué bien… - Respondió por cortesía, cada vez más extrañado, Jake.

- ¡Ahh y casi se me olvida! ¡Con silenciador!

Extraje de mi bolsa un supresor y lo enrosqué en el cañón de la USP. Después le acerqué el arma a mi vecino para que la cogiera, si quería, y la viera de cerca, pero negó con la cabeza.

- No, eh, no es necesario, no importa que me la des para… para que la coja.

- ¿No te gusta?

- Eh, sí bueno, eh… oye. ¿Y qué tal dispara?

- ¡Ahh! Pues mira, ahora que lo preguntas, así de bien. – Dije y le disparé en una rodilla.

Fue solo un "Piummmm". Un sonido flojo, débil, y sin embargo le había saltado la rodilla en pedazos ami vecino, el cual gritaba como un cerdo, sangrando y revolcándose por el suelo.

- ¡Oye! Ten cuidado o te atropellará un coche. – Le aseguré, y arrastrándolo lo saqué del camino por donde podían pasar coches y lo metí en el minúsculo descampado, entre la hierba y los árboles que nos cubrían.

- ¡¿TE HAS VUELTO LOCO? ¿QUÉ,…. QUÉ HACES?

No hay quien te entienda… te estoy enseñando la pistola, me has preguntado que cómo disparaba y te he intentado enseñar cómo disparaba, disparándole un disparo al suelo, pero ha salido disparado a tu rodilla. Lo siento, de verdad…

Me miraba con los ojos casi fuera de sus órbitas, sangrando abundantemente. Podía oler su miedo, su confusión.

- ¡Mamón! ¡Ten más cuidado con la pistola! ¡Por favor llévame al hospital!

- Bahh, es una herida superficial. No me seas nenaza.

- ¡¿Pero qué coño dices tío? ¡Mira!

Uy, pues ten cuidado, que con tanta hierba se te puede contaminar fácilmente la herida. Espera, que te la tapo. – Le dije y pisé con todas mis fuerzas su herida.

Berreó como un bebé con todas sus fuerzas mientras se retorcía por el suelo al tiempo que yo le pisoteaba la herida.

- ¡Cabrón! ¡Cabrón! ¡Me estás jodiendo!

- Yo de ti no llamaría cabrón a un tío con una pistola. Y no, yo no te estoy jodiendo, pero tú sí que has jodido a alguien…

- ¡¿!QUÉ?¡ ¿Cómo? Eres un policía… ¿qué mierdas estás haciendo?

- A ver, ¿tú has jodido a alguien hace poco o no? – Pregunté.

- Yo… ¡AAAAAAAAAGHHHH! – Gritó, pues cuando había empezado a hablar yo le había reventado la otra rodilla de un tiro.

Me agaché aproximándome a él.

- Perdona, ¿qué decías? No te entiendo, vocaliza. – Sugerí mientras volvía a ponerme en pie. – Por cierto, ¿sabes una cosa? Me encanta esta calle, casi nunca pasa nadie a esta hora de la mañana.

- Por favor… por favor… no sigas.

- Está bien, te lo diré al oído … ¿sabes lo que me han pedido que te haga? ¿Sabes cuánto me han pagado por tu cabeza? – Me aproximé y se lo dije al oído. Él palideció y comenzó a temblar.

- Te…tengo una hija… de ocho años. Mi mujer… está embarazada. Por favor… por favor, te lo suplico.

Comencé a rascarme la cabeza. Teníamos un problema…

- Lo siento, Jake, pero le volé la cabeza a tu mujer esta mañana. Y luego le disparé en la barriga.

- ¡ANIMAL! ¡SALVAJE! ¡TARADO!

Ey, pero tú te puedes salvar. Ya que eres mi querido vecino te propongo algo.

- ¿Qué? ¿QUÉ?

Tienes diez segundos para huir. No me moveré en diez segundos. Si has huido te dejaré en paz, y sino, pues te dispararé entre las piernas, y luego en la cabeza.

- ¡NO PUEDO HUIR, ME HAS ROTO LAS RODILLAS!

- 9… 8… 7… - Y comenzó a arrastrarse gritando y gimiendo. – 6…5…4…3… - Pedía ayuda mientras se arrastraba ocultándose en los matojos, intentó coger su móvil pero no podía. – 2…1…¡0! ¡Voy … a … por … ti!

Seguía gritando y huyendo arrastrándose, dando un espectáculo lamentable. Me producía ganas de vomitar.

- ¿Sabes Jake? Ese es el problema de los gusanos y las babosas… son muy lentos porque se arrastran. – Le aseguré, y a continuación le disparé en la entrepierna y luego en la cabeza.

Tomé mi moto y me fui de allí al trabajo. La verdad es que ya no me suponía un estrés el matar. Lo más pesado era ocultar luego las pruebas.

Lo cierto es que sí, soy un asesino, bastante despiadado, aunque en realidad no me entusiasma ver sufrir a la gente. Casos excepcionales como el de mi vecino, disfruté hasta el último momento, dado que basura como él no tenía derecho a vivir.

Había sido denunciado más de cuatro ocasiones por agresiones sexuales, violación de menores y acoso. Todas las veces había sido declarado inocente. ¿Eso era justicia? ¿Cómo podía caber duda razonable en un caso de violación? Es … simplemente ridículo. Pero probablemente tenía contactos que le habían salvado el culo. Paradójicamente esos contactos probablemente estuvieran metidos en asuntos turbios, y alguien me contrató para liquidarlo.

Soy un asesino a sueldo, no trabajo por placer, pero tampoco mato a cualquiera. Solo a gente que haya cometido delitos inmorales o muy graves: violaciones, homicidios, asesinatos… resumiendo: escoria de la sociedad. No me considero un benefactor, ni me justifico de esa forma. Simplemente cobro un sueldo por hacer algo que se me da bien. Soy consciente de que soy una basura y que merezco la muerte tanto como ellos, pero, a diferencia de ellos, yo soy intocable, invencible.

:::

Por la tarde, a la salida del trabajo me dirigía hacia mi casa subido en la moto de servicio cuando una furgoneta blanca se colocó a mi altura en un semáforo. Era conducida por una mujer, aunque no me fijé muy bien en su rostro hasta que me habló.

- ¡Qué policía más sexy!

Giré mi cabeza y vi a una mujer joven, de cabello liso y castaño, bien peinado. Poseía unos delicados rasgos de entre los cuales destacaban sus rasgados ojos del color de la miel. Olía a vainilla.

- ¿Qué me hace sexy, el casco o mis gafas de sol? ¿O el hecho de poder arrestarte ahora mismo y tenerte retenida veinticuatro horas sin ningún motivo?

El semáforo se puso en verde y la furgoneta arrancó pero yo me mantuve a su lado con mi moto a la misma velocidad.

- Umm, así que te gustaría arrestarme y encerrarme… ¿ponerme las esposas quizás? ¿Castigarme?

- ¿Qué quieres Mrs. Vainilla? – Corté tajantemente el rumbo de la conversación.

- ¿Hoy me ves como Vainilla?

- Hueles a Vainilla. ¿Qué quieres?

- En el Stars, en diez minutos. ¿Tiempo suficiente para ponerte guapo?

- Y me sobran nueve.

Pues cómprame una rosa con esos nueve minutos, y me la llevas al Stars.

Vestido, arreglado y con el trasero perfumado (en sentido figurado, evidentemente), dirigime al ínclito Stars, que si bien tiene un nombre que puede parecer estelar, lo cierto es que es un bar bastante normal que emana un potente olor a café, que personalmente me encanta.

La joven princesa Vainilla esperaba sentada en una de las mesas con ese aspecto poderoso y abrumador que la caracterizaba. Tenía un porte inquietante, a la par que sereno y despreocupado. Era, probablemente, la única persona en este planeta que conseguía inquietarme.

- Entre el clavel y la rosa, su majestad es-coja. – Dije extendiendo ambas flores hacia la dama.

- ¿Cuál se ajusta más a mí, Quevedo?

- El clavel, tu perfume habitual me recuerda más al del clavel.

- En ese caso, gracias por el clavel.

- La muchacha tomo la flor y comenzó a olerla.

- Nos ahorraremos los preámbulos típicos del "¿qué tal? ¡¿Cuánto tiempo?", ¿o fingimos un rato?.

- Al grano.

La mujer extrajo un maletín de debajo de la mesa y lo abrió delante de mis ojos. Mi mente se nubló y mis manos rápidamente se dirigieron al interior del maletín para palpar y dar fe de lo que estaba viendo.

- ¿Cuánto… hay?

- Mucho.

Justo en aquel momento, el camarero llegaba para tomar nota. Pero al contemplar el maletín, sus piernas comenzaron a temblar y se dio media vuelta dirigiéndonos un "disculpe".

- No, no. No se preocupe, tráigame a mí un …

- Batido de vainilla. Y a mí un vaso de leche. – Corté.

- Ah..ahor…ahora mismo señor. – Tartamudeó el camarero.

- Volví a mirar el interior del maletín y me mareé por momentos.

- ¿Qué diantres quieres?

- Quiero que asesines a tres personas.

- No me interesan sus nombres pero… - Comencé

- No hay preguntas. Ahí está el truco. Acepta sin preguntar y el maletín será tuyo. – Me cortó.

Me puse en pie y me dirigí a mi moto, luego de decirle que no me interesaba y agradecerle el vaso de leche que aun no me habían servido.

- Dale recuerdos a Mia. – Dijo activándome una luz que comenzó a brillar sobre mi cabeza y me dejó perplejo.

- Mujer demonio, ¿son tus palabras siempre medidas?

- ¿Por qué lo preguntas? Tal vez has pensado que una escoria como tú puede hacer algo de utilidad en su vida por su querida hija. ¿Tal vez solventarle la vida con este dinero?

Me quedé parado de espaldas a la mesa y retrocedí andando, hasta sentarme sobre la misma.

- ¿Ahora soy mujer demonio? – Continuó – Me gustaba más chica Vainilla. ¿A qué huelo ahora asesino?

- A miel. – Dije después de acercarme ligeramente a ella. – Es un olor tan dulce que siento ganas de besarte.

- ¿Por qué no lo haces?

Reí y bebí un poco de la leche que había traído el camarero hacía poco.

- Tu esencia es venenosa… Tu lengua viperina, chica de miel.

- Me acabas de besar con tus palabras. – Replicó la chica de miel y extrajo un sobre de su bolso. – Hay un avión privado en el aeropuerto esperándote. No hagas preguntas: ve a la primera dirección que se te indica en el sobre. Asesina a las personas cuyas fotos están en el sobre. Ve a la segunda dirección que hay en el sobre. – Explicó y con su pintalabios escribió la calle y el número al que tenía que ir. Tienes un rifle francotirador en el capó de mi coche. Dale buen uso. Adiós, asesino.

- Adiós chica de miel.

Y me dirigí hacia su coche para coger el arma, y posteriormente a mi casa.

Cuando volví ya estaba cayendo el sol. Me crucé con mi vecina y me fijé en su barriga… realmente estaba embarazada.

- Hola Mel.

- Buenas tardes ruidoso vecino. Oye, ¿has visto a mi marido Jake hoy?

- Por la mañana, de camino al colegio. Después de eso no lo he vuelto a ver. – Respondí – Buenas noches Mel.

Abrí la puerta principal de mi casa y un olor a quemado sacudió mis fosas nasales. ¿Pero...? ¡Mia! ¿Estás prendiendo fuego a la casa o algo así?

Pero no… simplemente estaba intentando cocinar. La miré con seriedad para reprenderla, pero no pude, me entraron ganas de reír.

- ¡Ja! ¡Qué torpe!

- Imbécil. ¡Estaba intentando cocinar para ti!

Me impactó profundamente. Siempre había pensado que me odiaba por haberla separado de su (inaguantable) madre. Me había tratado siempre mal y le había costado un tiempo volver a llamarme papá…

- Lo siento…

- Pues ahora te comes lo que he hecho aunque esté malo.

Y gustosamente me comí aquella hamburguesa achicharrada. Maldita sea, con lo pequeña que era podía haberse quemado por completo con el aceite. Sentía algo de lástima por ella.

- Estaba muy buena la comida.

- Mentiroso.

- Me voy.

Me miró con cara de sorpresa. Aun a pesar que había noches que me marchaba y no volvía hasta la mañana siguiente, debió notarme en la expresión que aquello era distinto. Nadie paga la barbaridad que me habían ofrecido por un blanco fácil.

Cogí un par de cosas de equipaje rápido y me despedí de Mia. Sentí ganas de abrazarla pero… no podía, tenía miedo a ser rechazado.

- Pues adiós.

- Papá…

- ¿Qué? – Traté de responder fríamente para restar importancia.

- Papá… no me abandones.

Solté una risita nerviosa.

- Estúpida hija... no pienso abandonarte. Estaré aquí en unas horas… – Mentí, pero luego me sentí culpable. – … … … Mia, te juro que volveré.

Salí al exterior y me dirigí a mi moto mientras abría el sobre que me había dado la Chica de Caramelo. En él había tres fotos y un mapa. Miré la primera foto. Llevaba el nombre de la víctima impreso: Franz David Drakkan.

:::

:::

Clack clack clack. La lluvia en el exterior colisionando contra algún cristal. ¿Exterior? ¿Qué exterior? Recordaba haber caído exhausto en aquel terrible pueblo, después de haber sido "linchado" por sus sanguinarios aldeanos. ¿Dónde me encontraba? ¿Estaba vivo?

Yacía tumbado en una cama propia de un hospital o de una enfermería. Un gran ventanal descansaba completamente empañado a mi lado, salpicado continuamente por los goterones de intensa lluvia.

Estaba desnudo de torso y completamente vendado. Alguien me había recogido y había curado mis heridas, o al menos me había envuelto en gasas (o papel higiénico).

Me incorporé levemente y contemplé la desordenada sala. Definitivamente era una enfermería. Escuché a través de la puerta principal venir una voz. La voz de una mujer. Me resultaba familiar.

La puerta se abrió de golpe y una muchacha de negro cabello, a quien conocía muy bien, entró por la puerta y de repente quedó completamente paralizada al verme incorporado.

- E… Elisabeth… - Dije con el corazón palpitándome, indómito, en mi pecho mientras me ponía en pie, sintiendo como un inmenso dolor recorría todo mi cuerpo, pero no era nada comparado con mi alegría.

No daba crédito a mis ojos, no me lo podía creer… allí estaba, era Elisabeth Seale, la viuda negra.

Anduve en pos de la atónita mujer y cuando estuve a su altura la abracé con todas mis fuerzas. Por un momento sentí una felicidad plena.

La joven se ruborizó absolutamente, como si no se esperara tal efusividad.

- Chi… chico… - Era demasiado seria y formal para emitir un gesto de alegría similar al mío, pero estaba seguro de que estaba tan feliz de verme como yo de verla a ella. Notaba como su corazón palpitaba en una pugna por perforarle el pecho.

Finalmente, no pudo reprimirse y sus brazos rodearon mi cintura mientras su cabeza se recostaba sobre mi torso desnudo. Noté como su pulso se aceleraba aun más y su respiración se incrementaba al igual que la mía.

Fue un momento cálido, melancólico, feliz. Siempre había pensado que nunca las volvería a ver, y sin embargo el destino nos había vuelto a juntar. No obstante, algo había cambiado la viuda negra. Ahora poseía un aspecto más duro si cabe, aunque en aquellos momentos se había convertido en un caramelo que no parecía nada propio de ella.

- Elisabeth, ¿qué te ha pasado en el ojo? ¿Y ese parche?

- Estoy bien, no te preocupes. No he perdido el ojo, ni nada por el estilo… tengo una herida, y la estoy cubriendo para que no se infecte.

Mis manos se dirigieron a su tez y las yemas de mis dedos la acariciaron. Sentí como el aire se me escapaba en forma de suspiro, mientras mis manos temblaban. Comencé por su cabello y lo recorría con mis dedos. Alcancé su oreja y describí sus formas hasta llegar a su mejilla. Quería palparla, sentirla cerca, saber que estaba ahí.

- Chico…

- Lo siento… - Me apresuré a quitar la mano, y a pedir disculpas.

- No, no es eso… ¿podríamos quedarnos un rato más… así?

Me pilló por sorpresa. No me esperaba aquella salida por parte de la viuda negra, otrora agresiva y pendenciera, orgullosa y segura de sí misma.

Asentí con suave voz y apoyé mi mejilla sobre su cabeza y la apreté de nuevo con fuerzas contra mí y sentí su calor, su respiración, sus latidos del corazón acelerado. Y un ligero escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras notaba el calor de sus manos acariciar la base de mi espalda.

Súbitamente se escucharon unos pasos acercarse a la habitación y el momento acabó con Elisabeth separándose de mí como por mediación de un resorte, mientras la puerta se abría y entraba una Amy ataviada en lágrimas, y se lanzaba a toda velocidad a por mí, apartando de su camino a la, nuevamente orgullosa, Elisabeth, y abrazándome con todas sus fuerzas.

- ¡Te odio! ¡Te odio… te… - Lloraba Amy mientras golpeaba con sus nudillos ligeramente sobre mi pecho. – … te… te he añorado mucho, mucho, mucho, mucho…

Acaricié su cabello. La chica estaba realmente asustada y feliz de verme, aunque solo lloraba y seguía golpeándome indefinidamente en el pecho.

Luego llegó Helena, y se me quedó mirando perpleja, como si no esperara verme allí; no obstante parecía feliz.

- ¿Hermanito? ¡Helena también quiere un abrazo! – Gritó se lanzó a abrazarse a nosotros.

- Me alegro de veros.

- ¡Pero… PERO CÓMO LO DICES ASÍ DE FÁCIL… - A Amy no le salían las palabras adecuadas. - ¡Creíamos que nunca te veríamos de nuevo! ¡No me dejes… más… no nos dejes más… prometiste protegernos!

¿Lo hice? Da igual, si no lo hice, lo cierto es que sí quería protegerlas.

- Hermanito, abraza también a Elisabeth que se está poniendo celosa.

- Niñata estúpida y entrometida, ¿quién te crees que soy, una princesa en apuros? – Bramó Elisabeth sonrojándose y poniendo cara de mal humor.

¿Celosa? ¿La… viuda negra? ¡Wow! ¡Qué faceta suya tan oculta! Aunque pensándolo bien no había quien se creyera eso.

Al rato Amy estaba un poco más calmada. Cuando se separó de mí pude ver que tenía la parte superior de la ropa manchada de sangre y perforada.

Cuando todo se tranquilizó, no las hice esperar y les di la comida y el vestuario. A Elisabeth le di la ropa de niña pequeña, tal y como había previsto, y luego de comer casi todo lo que había llevado en mis mochilas, tomó la ropa y la miró de cerca. Después, me miró a con expresión desafiante. Seguidamente se puso en pie y se marchó sin mediar palabra, con la ropa.

Amy aun tenía lágrimas en la cara. Tras acabar el abrazo parecía completamente agotada y una mueca de preocupación estaba dibujada en su rostro.

- Franz.. creía que no te volvería a ver - Repetía una y otra vez.

- ¡Amy, estás rara últimamente! – Exclamó Helena

Y mientras estábamos hablando apareció Elisabeth… y decir tengo que casi se me cae la mandíbula.

- Ahhhh. – Intenté articular palabra, pero no pude.

- ¡Waw, qué atrevida! – Se sorprendió Helena

- Es esta la ropa que me has traído, ¿no, Franz? ¿Qué tal me queda? – Preguntó malignamente la viuda negra, vistiendo la ropa de niña pequeña.

Lo cierto es que estaba a punto de tener un ataque al corazón. La falda era… bueno… la camiseta… absurdamente ajustada y dejaba al descubierto casi un palmo por encima de su ombligo.

- A lo mejor no me queda bien porque ha cedido un poco, sobretodo a la altura de mi pecho. – Dijo señalando con su dedo la cavidad inferior de la camiseta que no cerraba a causa de… en fin… no cerraba. – Mi pecho es… simplemente, demasiado grande para esta camiseta.

- ¡Hermanitooooo pervertido! ¡Se te cae la baba! ¡Sinvergüenza! – Decía Helena y luego cantaba: - ¡Amy ha perdido! ¡Has perdido esta batalla y puede que la guerra! – Reía infantilmente Helena.

- ¿Qué pasa chico? No has dicho si te gusta… A fin de cuentas tu lo elegiste. ¿Te has quedado sin palabras?

- Eh..ehm..es. – Nada, imposible articular palabra. Recogí mi mandíbula del suelo y me la volví a colocar.

- Hombres… sois todos igual de simples. – Aseguró la viuda negra. - En fin, considéralo un regalito, por la comida y el esfuerzo por protegernos. Voy a ducharme, y a ponerme la ropa nueva.

Y todos hicimos lo mismo, aunque yo en las duchas masculinas. Nos encontrábamos en un polideportivo abandonado. Según Elisabeth era uno de los pocos sitios que había encontrado seguros, y que luego me explicaría por qué.

Lo cierto es que me duché solo, aprovechando el jabón restante en los lavabos y me quité la mugre de años de encima, y refresqué mis malas ideas, cambiándolas por buenas y loables e incumplibles propósitos. También arruiné todas las vendas que me hacían parecer Tutankamón.

Al rato, todos pudimos sentarnos tranquilamente a hablar en la cafetería de aquel amplio polideportivo, situada estratégicamente con vistas al desolador y oscuro interior, y a la quieta piscina central del polideportivo.

Aprovecharon aquel momento para contarme lo que les había pasado: al parecer, habían sido atacadas por tres sujetos dentro de la casa. Pudieron abatirlos, pero como si de una mente colmena se tratara apareció casi el resto de los sanguinarios habitantes del lugar. Tuvieron tiempo de huir, pero fueron perseguidas alrededor de casi todo el pueblo. Huelga decir que no les pareció seguro volver a la casa.

- Y luego sucedió aquel terremoto… - Explicó Helena gesticulando gráficamente. – Fue como un rugido hizo temblar el suelo o algo así, y dejaron de perseguirnos.

- Escucha, chico, esto es casi totalmente irrelevante; sin embargo, lo cierto es que me he fijado en un detalle que te helará la sangre...

Levanté una ceja más que la otra y sentí como se resentía mi cuerpo. Maldita sea, estaba absolutamente al borde de la muerte: que te duela el cuerpo por mover una ceja no es normal del todo.

- Sorpréndeme. – Dije.

- Hay videocámaras… por todas partes. Incluso en las casas. Están ocultas, tienen distintas formas, pero son videocámaras.

- Maldita sea… los mil ojos…

- ¡Eso era lo que nos observaba! – Exclamó Helena. - ¿Puede ser? ¡Todavía me da escalofríos! Brrrrr…

Durante la conversación miré a Amy. Tenía muy mala cara… había dejado de intervenir, y su rostro estaba completamente pálido. Parecía estar quedándose adormecida.

- Amy, ¿estás bien? – Pregunté, ausentándome ligeramente de la conversación, aunque Eli pareció seguir hablando.

- Chico… esto de lo de las cámaras ha hecho aparecer una palabra sobre mi cabeza… "Experimento". – Dijo Eli sacándome de mis cavilaciones.

La palabra Experimento me devolvió a la conversación. ¿Experimento? ¿Aquel… pueblo? ¡No, AQUELLOS pueblos! ¿Formaban parte de un experimento? ¿Qué clase de experimento ilegal y macabro?

Tengo la sensación de como si se estuviera experimentando y analizando el comportamiento de esta gente. Hay algo… alguien, escondido detrás de esas cámaras… moviendo hilos. Estoy segura.

- ¡Dios mío! – Mascullé a regañadientes – Entonces… esa plataforma, con… todas aquellas personas, atadas, listas para ser comidas en vida…

- ¿De qué hablas Chico? – Se extrañó Elisabeth… pero Amy se puso en pie de golpe captando nuestra atención.

- Me … me encuentro mal, me encuentro mal… me encuentro mal – Comenzó a llorar - ¡Ya no puedo aguantarlo más!

Amy se tambaleaba en pie y se tapaba los oídos mientras sus lágrimas caían. Todos nos sobresaltamos preguntándonos qué le pasaría.

- Amy ¡Amy! ¿Qué te pasa?

- No lo aguanto más, Franz… todas esas voces, ¡Por favor, ayúdame! ¡FRANZ! ¡AYÚDAME FRANZ!

- ¡Amy, ÉXPLICATE! ¿qué te pasa? – Dije poniéndome en pie, sobrecogido por la reacción de Amy.

Súbitamente, Amy, fuera de control se abalanzó sobre mí, empujándome, obrándose el milagro. Sucedieron un cúmulo de eventos a continuación. Todo rápidamente. Hubo una explosión brutal. Los cristales de la ventana de la cafetería se hicieron añicos. Un chorreón de sangre me salpicó los ojos cegándome casi por completo. ¿Qué había pasado? ¡¿Qué había sido aquello?

- ¡AMY! – Gritó Helena - ¡AMY! ¡Le ha dado a Amy!

- ¡MALDITA SEA!

Todo se tornó caótico. Los gritos de Amy, el disparo, la explosión, sangre…. Cuando fui consciente de lo que había pasado, la ira me invadió, mis músculos se tensaron, mis dientes se apretaban con fuerza. Mi desert eagle se elevó como mi estandarte.

- ¡Hijos de puta! Ahora que nos hemos reencontrado no nos vais a joder. – Grité, tomando mi pistola con dos manos. Estaba dispuesto a luchar.

Pero en aquel momento no tenía ni idea de que estaba firmando mi sentencia de muerte, pues mi enemigo no era quien yo creía, no era un torpe aldeano, sino un despiadado asesino profesional, contratado por una mano oscura, que mecía los enmarañados y espinosos hilos, con los que se tejía la colmena.

FIN DE CAPÍTULO. PROXIMO CAPÍTULO: "EL JARDÍN PÚRPURA"