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EL DRAGÓN DORADO
Escrito por El Palabragrís


Libro Primero
La Gema de Cecile

Capítulo IV ~ Noche de batallas

La pequeña abrió levemente la puerta corrediza, sólo lo suficiente como para que un hilillo de luz penetrara en la oscuridad del armario en el que se ocultaba. Asomando un ojo negro, estudió de forma silenciosa la habitación que reposaba ante ella y no pasó mucho tiempo hasta que dos personas entraron ahí. A pesar de que su mente sólo habitaba en el nivel de la inocencia, de alguna forma comprendía que lo que observaba no era correcto.

Una mujer, su madre, se tendió sobre la gran cama de colcha amarilla, sonriendo coquetamente mientras su cabello negro, abultado y en rizos, caía lacio sobre su rostro, otorgándole un aspecto que, años después, podría describir como sensual. Ante ella, un desconocido que no era su padre se saboreaba jovial ante lo que iba a hacer y los oscuros orbes de sus ojos no se despegaban de la mujer ante él, deseándola con fuerza. El hombre se despojó de su armadura, la cual brillaba como el sol de la mañana, y la arrojó sobre las gruesas alfombras del suelo sin pudor alguno.

La niña no alcanzaba a comprender en toda su extensión lo que hacía su madre, el porqué de que ese hombre se posara encima de su cuerpo, compartiendo besos y placeres que estaban muy lejos de su mundo. Pero sabía que debía callar, que no debía dejarse descubrir; así le dictaba su instinto.

Nunca supo cuándo tiempo se mantuvo espiando el adulterio de su madre, cuánto tiempo contempló la danza de ambos cuerpos desnudos; ni siquiera cuando alcanzó la adultez pudo responderse esa pregunta. Tan sólo estaba segura de que las imágenes que grabó en su memoria aquel día la acompañarían hasta que ella misma se posara dentro de su tumba.

De pronto, a pesar de todo el empeño que puso en permanecer en silencio, su sorpresa amarga, su cuerpo temblante y su llanto silencioso acabaron por traicionarla. No supo bien qué fue lo que hizo, pero provocó un ruido dentro del armario y el hombre desvió la atención desde su madre, mirando fijamente su ojo solitario.

Cerró la puerta corrediza rápidamente, con el pensamiento fútil de que así no la descubrirían, pero escuchó la voz consternada de su progenitora y la respuesta carente de emoción del desconocido. Entonces, oyó pasos que dirigían hacia su escondite, y con terror contempló, paralizada, que la puerta corrediza era abierta de golpe, despojándola completamente de la segura oscuridad en que se hallaba.

Ante ella, el hombre desnudo, de músculos marcados, y de negras y amplias cejas que parecían desproporcionadas para su juventud, la miraba con una sonrisa enfermiza.

—Idéntica a tu madre —dijo, como regocijándose.

Y entonces, la pequeña desvió los ojos hacia la mujer que se aferraba a las mantas de la cama para ocultar su cuerpo despojado de vestimentas, y sin poder controlar el llanto, la escuchó gritar:

—¡Celes, ¿qué estás haciendo ahí?!

~ o ~

Celes abrió los ojos de golpe, percatándose recién de que se había quedado dormida. Se miró una mano y vio que ésta temblaba. En verdad, todo su cuerpo estaba temblando y en su rostro se habían dejado caer algunas lágrimas que aún dibujaban un recorrido seco por sus mejillas. Limpió dichas lágrimas con brusquedad y cerró un puño con fuerza, la misma con la que apretaba los dientes, intentando controlarse.

—¡Maldita sea! —exclamó, pues nuevamente había soñado con aquel horrendo pedazo de su pasado.

Se tomó la cabeza con ambas manos y, sentada como estaba, con las piernas flexionadas ante su cuerpo, hundió el rostro entre ellas, ahogando un llanto silencioso del que nadie debía enterarse.

Se calmó tras lo que pareció una eternidad y volvió a levantar la vista, observando hacia la salida de la tienda de campaña en la que estaba. El brillo de una gran antorcha se colaba por la entrada, rebotando en el barro del suelo del campamento, y podía escuchar claramente los sonidos festivos de sus hombres, que siempre celebraban alegres a la luz de la luna.

Se levantó de la camilla en la que estaba y respiró hondo, decidiendo ir a ver cómo estaban las cosas, al mismo tiempo que reunía determinación para intentar convencer nuevamente a la hechicera de que no fuera en busca de la Gema. No deseaba usar la fuerza, aunque sabía que en dicho aspecto era superior a la mercenaria y que en una batalla sus ilusiones podían vencerla. Sin embargo, era consciente de que si Lina no le dejaba más alternativa, pelearía, y la dejaría fuera de combate, incapaz de mover un músculo que pudiera llevarla a Cecile.

—No permitiré que Vasch me siga quitando todo lo que es mío —se dijo, intentando reprimir cada palabra, las que salían con dureza de su garganta—. No como ese día en que se apoderó de mi madre.

Volvió a respirar, buscando el control, y tras un breve lapso caminó hacia la salida de su tienda, dirigiéndose al campamento.

~ o ~ o ~ o ~ o ~

Lina se encontraba sola, sentada sobre un incómodo tronco, con una mano recostada perezosamente sobre una de sus piernas y la otra sirviéndole de apoyo para la cabeza, la que descansaba sobre su palma como un peso muerto. Observaba a su guardián en extremo molesta, harta en sobremanera de que él pareciera ser el que más se divertía en esa especie de celebración que estaban llevando a cabo, donde él y sus nuevos amigotes se debatían entre escoger el mejor trozo de pan o el más fuerte alcohol disponible.

—Traidor —maldijo entre dientes, sin quitarle los ojos de encima al sonriente espadachín—, te unes al enemigo por un simple jarrón de cerveza.

Se encontraban en lo profundo del bosque, en un claro artificial de tamaño mediano, lo suficientemente grande como para que se pudiera levantar un campamento provisorio de unas cuantas tiendas de campaña capaces de albergar a algunas docenas de soldados, si es que a los Hijos de Cecile se les podía considerar como tal.

La noche había caído hacía mucho y la luna llena brillaba con fuerza en el cielo, luchando por conservar su lugar ante la luz abrasadora de las llamas de una alta fogata que los Hijos habían encendido y alrededor de la cual celebraban. Observando la fogata, Lina se preguntaba si en verdad esos hombres se tomaban en serio su papel de "soldados vengativos de un reino destruido que se metían en lo profundo de un bosque gigantesco para que nadie los encontrara". Suspiró pesadamente. Siempre lo había sabido, pero hoy su pensamiento se reafirmaba: la estupidez no tenía límites. Esa fogata era como un cartel gigante que le informaba al enemigo su posición.

Con la mano aún soportando todo el peso de su cabeza, reanudó lo que había mantenido su mente ocupada durante esas largas horas de aburrimiento: cómo sortear las ilusiones de Celes para poder salir de ahí y seguir camino a Cecile. Sin embargo, por más que le daba vueltas al asunto, planeando estrategias, recordando teorías para luego eliminarlas todas de plano y volver a empezar de nuevo, no encontraba una respuesta. Eso la tenía muy desanimada.

Gourry la había llamado varias veces para unirse a su celebración, pero cada vez que lo hizo, ella respondió con una mirada de aquéllas que lo dejaban callado. No estaba de ánimo para fiestas, y cuando a Gourry se le pasara la borrachera, vaya que pagaría por haberse divertido a solas. Después de todo, necesitaba descargarse en alguien, ¿quién mejor que su juguete de siempre?

La hechicera, ya cansada, estiró el cuerpo, alargando ambas manos sobre su cabeza.

—Bueno, supongo que por más que siga pensando, hoy no llegaré a ninguna solución —levantó la vista a su compañero por última vez—, y Gourry está tan exageradamente tranquilo que dudo que corramos peligro aquí —luego, soltó un largo bostezo—. Me largo a dormir.

Tras levantarse del tronco, se limpió las ropas ensuciadas por la madera, se giró y se abrió camino hacia una tienda que los Hijos habían dispuesto exclusivamente para ella, pues se había negado rotundamente a compartir su tienda con su guardián, quien se veía obligado a dormir a la intemperie. Cuando llevaba caminados tan sólo unos pasos, se encontró de frente con Celes, y nuevamente tuvo que levantar la vista para encontrar la de la muchacha.

Si planeaban decirse algo, no lo hicieron de inmediato. Tras largos segundos no se despegaron la vista, haciendo el ya acostumbrado desafío silencioso, sin embargo, sin ganas de discutir, y sabiendo que aún no podía hacerle frente como correspondía, Lina simplemente se llevó los brazos a la nuca y, haciéndole un notorio desaire, prosiguió su camino con los ojos cerrados, caminando como una niña orgullosa.

—Espera —le dijo Celes cuando Lina se había alejado de ella unos cuantos metros. La hechicera se volteó, aún con las manos sobre la nuca, y la miró con desinterés—. ¿Has pensado en lo que te dije?

—Si me das cincuenta mil monedas de oro estoy dispuesta a dejar la gema donde está, sino no tenemos nada qué hablar —respondió la hechicera y se giró nuevamente, dispuesta a seguir caminando.

—¡¿Cómo puedes poner en peligro al mundo por un puñado de monedas?! —le gritó la ilusionista, pero Lina hizo oídos sordos, sin detener la marcha. Celes no podía creer todo el egoísmo que una sola persona podía llevar en su interior.

«¡Eres igual a Vasch, sólo piensas en tu propio beneficio!», exclamó en su cabeza.

Furiosa, llamó un poco de su poder y creó ante la hechicera la ilusión de un camino interminable donde la tienda de Lina se veía como un puntito muy pequeño a lo lejos.

La muchacha pelirroja giró la cabeza y le dirigió una mirada desganada.

—No querrás pelea, ¿verdad? —preguntó, sin darle mayores vueltas al asunto.

De haber aplicado un poco más de fuerza, los dientes de Celes se habrían partido en pedazos. Lanzó un grito ofuscado, liberando toda su ira retenida, y nuevamente convirtió todo en un paraje negro donde sólo se veían ellas dos, con sus cuerpos brillando con luces blanquecinas.

Lina sonrió y se puso en guardia de un salto, tomando el mango de su daga con una mano.

«Si la magia por sí sola no funciona, probaré con esto», pensó. Sacó la daga y la blandió delante de ella, amenazante.

«¿Y si no funciona?», preguntó una vocecita en su cabeza.

«Pues improvisaré en el camino», se respondió a ella misma.

Celes soltó una sonora carcajada y miró a la hechicera fríamente.

—¿Improvisar? —exclamó—. En este momento estás bajo mi control; sólo yo puedo deshacer esta ilusión. Te doy una última oportunidad, Lina Inverse: ¡olvídate de la Gema, aléjate de estos territorios y no vuelvas a mostrar tu cara por aquí, sino no tendré compasión contigo!

Esta vez fue Lina la que soltó una sonora carcajada.

—¿No crees que me estás subestimando un poco? Además, tus ilusiones no son motivo suficiente como para alejarme de mi recompensa. ¡Si no quieres conocer la furia de la famosa Lina Inverse, déjate de juegos!

—¿Juegos? —preguntó Celes, con los ojos muy abiertos. No podía creerlo. Había intentado razonar con la hechicera, le había mostrado el pasado de Cecile, el momento de su destrucción, pero todo había sido inútil. ¡Inútil! Sintió cómo la impotencia la llenaba, y de haber sido otra, sus ojos se habrían cuajado de lágrimas, pero no iba a mostrarse débil. Si Lina Inverse era tan orgullosa y avara como para no detener su búsqueda, pues ella sería aun más orgullosa y aun más avara, lo suficiente como para tomar la justicia por sus propias manos.

Apretó los dientes y le entregó a la hechicera una mirada de odio profundo, la que fue tan poderosa que instó a Lina a prepararse inmediatamente.

«¡Sólo espero que esto funcione!», exclamó la hechicera dentro de su cabeza, y luego gritó:

¡Fire Ball!

Sin embargo, no salió volando ninguna bola de fuego. El poder del hechizo se creó en la mano con la que Lina sostenía su daga y, concentrándose por controlar su magia, guió las llamas hasta que éstas envolvieron por completo el metal de su arma, convirtiéndola en una suerte de antorcha. Sin esperar mucho más, colocando todas sus esperanzas en ese plan que se le había ocurrido en el lugar, echó el brazo atrás y con un fuerte grito lanzó la daga contra Celes, dirigiéndose hacia ella como una rauda saeta de fuego que rompía la oscuridad.

Pero Celes no prestó atención. Aunque tenía los ojos clavados en la hechicera, su mente divagaba por recuerdos ocultos y que odiaba tanto como a Vasch mismo: lo veía tomando posesión de su madre y recordaba perfectamente cómo ella se le entregaba sin reparos; veía con claridad al rey de Galdabia riendo a carcajadas sobre las ruinas llameantes de Cecile, con la espada ensangrentada derramando gotas rojas en la tierra derruida; y por último, recordó cómo, en medio del caos provocado por la guerra, Vasch en persona tomaba la vida de su padre enfermo, levantándolo por el cuello y atravesándole el cuerpo con su espada mientras se reía en enloquecidas carcajadas de una maldad indescriptible. Era demasiado. Los recuerdos eran muchos; la tristeza y el odio eran demasiado. Al final, no soportó más.

—¡¿Acaso crees que todo esto es un juego?! —gritó, y con el simple movimiento de un brazo provocó que la ilusión se volviera una locura, llenándose de un brillo enceguecedor, y de grandes gritos y rugidos que recordaban a bestias temibles.

La daga rozó el cuerpo de Celes justo cuando ésta movió el brazo para generar el caos dentro de la ilusión, y viendo que era su oportunidad, Lina gritó:

¡Break!

Y las llamas que rodeaban a la daga estallaron, cubriendo por completo el cuerpo de la creadora de ilusiones, la que desapareció envuelta por el fuego y el humo.

—¿Funcionó? —se preguntó Lina, protegiéndose los ojos del fuerte brillo generado por Celes. Mantenía la calma, pero seguía atenta al menor movimiento por parte de su contrincante.

Los segundos pasaron, y aunque dentro de la ilusión el brillo no desistía y el bullicio era ensordecedor, nada ocurrió. Cuando las volutas de humo provocadas por el ataque de la hechicera se desvanecieron en el aire, todo lo que quedó fue el cuerpo de Celes, que había caído sobre sus rodillas con sus ropas intactas, como si el ataque no le hubiera hecho mella. Sin embargo, era evidente que algo había ocurrido, pues sus ojos, abiertos de forma extraña, se mantenían pegados al suelo de brillo blanco, como si estuviera en shock.

Lina no movió un músculo, consciente de que aunque su ventaja era aparente, aún se encontraba dentro de la ilusión. Pero por más que esperó, no ocurrió nada. Sin saber muy bien por qué lo hacía, comenzó a caminar hacia la ilusionista y cuando estuvo lo suficientemente cerca, se puso de cuclillas ante ella, mirándola a la cara.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó. Al segundo se dio cuenta de que su pregunta resultaba algo tonta, especialmente después de haberle lanzado un ataque posiblemente mortal. La muchacha carraspeó, restándole importancia.

Ante la pregunta de Lina, Celes pareció salir de su trance. Levantó la vista y se encontró de frente con el rostro de ésta, quién la miraba con una ceja levantada. No respondió nada. Por algún motivo, se sentía derrotada.

Haciendo uso de su poder, deshizo la ilusión lentamente, y el brillo y el ruido se desvanecieron de a poco. Al cabo de un momento, todo había vuelto a la normalidad: la noche volvió aparecer y los ruidos del festejo de los hombres se hizo reinante. Lina se levantó y miró a dichos hombres, incluyendo a Gourry, tomando nota de que ninguno parecía haberse percatado de la pequeña escaramuza que acababa de ocurrir. Después bajó la mirada a Celes, que continuaba de rodillas.

—¿Esto significa que admites tu derrota? —le preguntó, sorprendida de lo fácil que había resultado. Sin embargo, su mente se mantenía ocupada en un sinfín de pensamientos.

Celes desvió la mirada y soltó un bufido. Ella misma tenía la cabeza ocupada en su propia confusión. Se levantó lentamente y se giró sobre sus pies, alejándose de la hechicera.

—Haz lo que quieras —fue su respuesta.

Lina se sonrió, triunfante.

—Descuida, eso haré.

~ o ~ o ~ o ~ o ~

—¡Aléjate! ¡Corre! —su anciano padre la tomó del brazo y la lanzó con fuerza fuera de la gran habitación, haciéndola caer en el pasillo iluminado por las llamas que lo devoraban todo, las mismas que consumían a su reino: Cecile.

Su mente de niña no atinaba a nada, y aunque su padre le había dado órdenes claras, ella sólo se quedó ahí, de rodillas, rodeada por el fuego mientras lo miraba a través del espacio en el que alguna vez hubieron puertas. Ante sus ojos desorbitados, la imagen de su madre muerta sobre la cama, con una gran abertura en el pecho provocada por la espada de un asesino, el mismo que ahora encaraba al que le había dado la vida.

—¿Cómo libero la Gema? —preguntó Vasch, amenazante. Ni un ejército completo hubiera dado tanto terror como él en ese momento.

—¿De verdad crees que voy a decírtelo, malnacido? —exclamó el hombre, de rodillas, respirando jadeante debido a su enfermedad de los pulmones.

—Oh —lo provocó el joven rey de Galdabia de forma burlesca, desplazando su espada con inusitada delicadeza a la garganta de su interlocutor—. ¿Me insultas cuando podría matarte? ¿O es que estás enfadado porque ya me deshice de la zorra de tu mujer?

El rey hizo el atisbo de levantarse para golpearlo, pero cayó de bruces, tosiendo incontrolablemente. Vasch se echó a reír.

—Por favor, Cidorphus —dijo entre carcajadas—. Ya sabes que Edea y yo tuvimos una historia muy larga, ¿para qué extender esto? Acaba con el sufrimiento de tu pueblo en su memoria.

—¡Sólo te aprovechaste de su ingenuidad, pero al final me fue fiel! —le gritó el anciano en respuesta, intentando incorporarse, pero la espada de Vasch lo detuvo, manteniéndolo de rodillas.

—Puede que tengas razón —dijo el rey—, puede que al final, a pesar de toda mi paciencia, haya preferido aliarse a ti que confesar cómo apoderarme de la Gema, sin embargo… —y Vasch se sonrió con elocuencia. Tomó al anciano por las ropas que en su tiempo demostraron grandeza y lo levantó varios centímetros en el aire, con una fuerza descomunal.

—No importa lo que hayas hecho con ella —desafió el hombre. Sólo tenía las palabras como defensa, pues su físico ya no daba más resistencia—, al final fue mía, mi Esposa, mi Reina.

Vasch dejó salir la carcajada más grande, sabiéndose poderoso, y observó al disminuido hombre, elevado por su brazo, con una mirada fiera que reflejaba el brillo de las llamas dentro de la habitación.

—Pero durante años su cuerpo y su alma me pertenecieron a mí. Me apoderé de todo lo que fue tuyo. ¡Ahora respóndeme, Cidorphus! —inquirió el rey con fuerza, dando a entender que su paciencia se había acabado—. ¡¿Cómo rompo las barreras de la Gema?!

—¡Nunca será tuya, Vasch! —exclamó— ¡Se creó para mantener la paz, no tu destrucción! ¡Nunca será tuya!

Y la pequeña observó como el rey de Galdabia borró su sonrisa, mirando a su padre con el rostro serio que tanta frialdad profesaba. Se incorporó de un salto, temiendo lo que ocurriría, pero justo cuando se disponía a emprender una carrera para proteger como fuera al padre que tanto amó, sintió que unos brazos se cerraban a su alrededor, levantándola.

—¡Pequeña Dama, debemos huir! —le exclamó una mujer que había aparecido de la nada, con su cuerpo ensangrentado y las ropas chamuscadas.

La mujer puso a la niña sobre sus hombros y comenzó a correr, abandonando el lugar a la mayor velocidad que le daban las piernas. Sin embargo, la posición en la que estaba la pequeña Celes le permitió contemplar perfectamente, aunque la imagen se iba alejando cada vez más, como Vasch levantaba la espada con la que ya había acabado con muchos hombres, atravesando con ella el cuerpo de su magullado padre.

Entonces, exclamó, comenzando a reír descontroladamente, unas palabras que quedaron grabadas en su memoria para siempre:

—¡Me prohíbes el acceso a la Gema como si fuera tuya, pero nunca tuviste nada, rey de pacotilla! ¡Tu mujer fue mía, tu hija lleva mi sangre en sus venas y tu reino está acabado! ¡Muere, último Rey de Cecile, y acaba en el olvido como lo hará todo tu pueblo!

Y tras eso, no escuchó más. La mujer que la cargaba continuó corriendo mientras el pasillo se venía abajo tras ellas. Nunca más vería a sus padres; nunca más sería la Princesa de Cecile.

~ o ~

Celes no dejaba de golpear el grueso poste de madera que servía de soporte para su tienda. Con el rostro invadido por el llanto, con los puños ensangrentados por los impactos contra el tronco, se preguntaba por qué esos recuerdos volvían a su mente después de tanto tiempo. Pensaba que había aprendido a dominarlos, pero ahora se daba cuenta que no, que sólo se habían mantenido ocultos en algún recóndito rincón de su memoria, aguardando por el momento de salir a torturarla con su angustia y su crudeza.

—No… —musitó, sintiendo como las fuerzas le flaqueaban. Aferrada al poste, cayó sobre las rodillas, abrazándolo, hundiendo en él el rostro para ocultar el llanto.

Lo odiaba todo; a su madre mentirosa, a su padre débil, y por sobretodo, se odiaba a sí misma. Odiaba su sangre y todo lo que ello acarreaba.

—No soy su hija… —murmuró con dientes apretados, negándose a la verdad. Recordó las imágenes de su padre y los tiempos en que jugaba con él por los campos de Cecile, su sonrisa alegre al ver a su hija creciendo fuerte y feliz—. ¡Mi padre es Cidorphus Golbez Ceciles, el último Rey de Cecile, no es Vasch! ¡No es ese tirano!

Ya sin poder controlarse, comenzó a gemir con dolor, deseando tener el poder de eliminar la sangre envenenada de su cuerpo. Pero sabía que era imposible. Sabía que su vida era sagrada, o al menos así la consideraban sus congéneres de los Hijos de Cecile. Era dolorosamente consciente de su importancia y de la esperanza que ella significaba para los sobrevivientes de su reino destruido, y para los descendientes de estos, que a pesar de haber nacido tras la batalla, llevaban en sus corazones el mismo fuego de venganza. La habían erigido como su líder, a pesar de que ella sólo era una niña en aquel tiempo, y les había servido como tal. Pero ahora, tras tantos años, parecía que algo estaba cambiando. Su mente parecía volcarse a la locura y su meta de venganza parecía más lejana que nunca.

—Todo es culpa de ella… —dijo tras un momento. Su voz se ahogaba en el llanto—. Si esa hechicera no existiera, si Vasch no hubiera puesto su interés en ella, no estaría recordando todo esto. ¡Todo es culpa de ella!

Apretó más el poste, apoyando en él la frente, y contempló el suelo. De sus ojos caían lágrimas que inundaban la tierra, pero en su corazón ya se había decidido; ya tenía a su culpable. Respirando de forma agitada, tomó la única decisión que lograría calmar aquel fuego inmundo que amenazaba con destruirla: Lina Inverse jamás llegaría a Cecile.

~ o ~ o ~ o ~ o ~

—¡Vamos, Lina, cálmate!

Gourry había al caído suelo por el golpe que le había dado Lina, y, a la vez que sacudía ambas manos ante él, suplicando perdón sin entender qué la había molestado de esa forma, la contemplaba mientras ella parecía echar fuego por la boca.

—¡No me pidas que me calme! —le gritó con fuerza—. ¡Estabas bebiendo felizmente con esos tipos mientras yo arriesgaba la vida peleando contra esa ilusionista!

—Oh, no pudo ser tan grave —intentó defenderse el espadachín, sonriéndole—. Aquí son todos muy simpáticos, y además...

—¡Silencio! —lo acalló Lina, pisoteando la tierra con furia mientras caminaba hacia el aterrorizado muchacho, yendo paso a paso y lentamente, planificando cuánto castigo le daría a aquel muchacho de largos cabellos rubios que se hacía llamar su guardián.

El espadachín se arrastraba sobre su trasero, sonriendo de forma torpe, sabiendo que si se le presentaba la oportunidad de escapar, al menos por las horas necesarias para que la furia de Lina se disipara, debía aprovecharla. Después de todo, nadie podía detenerla cuando se ponía así, eso lo había aprendido muy bien durante todo el tiempo que llevaban juntos. Sin embargo, sintió un gran escalofrío recorriéndole el cuerpo cuando su espalda topó contra algo. Volteó y se descubrió contra una de las paredes de la tienda de Lina, donde se encontraban. Su oportunidad se había desvanecido tan pronto como él la deseo. Las tiendas estaban tan ajustadas al suelo que sabía que no había escape posible. Sonrió dulcemente; quizás su último recurso.

—Vamos —dijo—, ¿no podríamos conversarlo?

—¡No!

Y tras el grito de su compañera, Gourry se cubrió el rostro cuando de las manos de ésta emanó la luz de un hechizo que él no identificó, pero que sabía no le haría muy bien. Pero para su salvación, de pronto todo al interior de la tienda de Lina se volvió oscuro, y tanto las paredes de tela como el techo y la camilla desaparecieron. A ninguno de los dos le pareció extraño; ya habían vivido eso antes.

—¡Demonios! —maldijo Lina, levantando la vista con una mueca de furia en la cara—. ¡Esa mujer no sabe cuándo rendirse!

Y en efecto, no pasó mucho tiempo para que, de entre la negrura en la que se hallaban, se materializara la figura alta y conocida de Celes. Sin embargo, en esta ocasión había algo extraño, algo que llevó a Gourry a levantarse de un golpe, acomodándose junto a Lina, y que llevó a esta última a prepararse para una pelea; el peligro era tangible en el aire.

—¿Se puede saber qué se te ofrece ahora? —preguntó Lina, con toda la intención de parecer desagradable.

Pero Celes esta vez no contestó, limitándose tan sólo a levantar una mano hacia el dúo, su semblante era serio, pero su respiración estaba agitada y sus ojos no parecían normales. Se veían llenos de locura.

—¡Lina! —exclamó Gourry, llevando una mano a la espada.

—Lo sé, ésta no será ninguna escaramuza —concluyó la hechicera. Sin embargo, estaba preocupada, pues era consciente que la última vez Celes no había sido derrotada por su magia, sino por algo más, aunque no sabía qué era. Levantó la vista a Gourry por un segundo y comprendió entonces que el espadachín compartía su preocupación. No era nada bueno, pues ninguno de los dos tenía idea de cómo sortear los sortilegios de Celes, que escapaban de lo común.

«Según había leído —pensó Lina—, las ilusiones afectan directamente a la mente de quien las recibe; no son algo real. Debe ser por eso que ninguno se percató de la pelea que tuvimos antes. Pero si es así, ¿qué puedo hacer? ¿Cómo puedo derrotar algo que está dentro de mi cabeza? ¿Con concentración? ¿Con...? ¡Maldición, lo olvidé por completo!».

—Exacto, te olvidaste de que aquí eres como un libro abierto —exclamó la ilusionista, y sin esperar un segundo más, en su mano se produjo un brillo rojizo. Lentamente, con un rugido de muerte, decenas de cuerpos putrefactos comenzaron a levantarse desde el piso negro, como si salieran de sus tumbas.

—Se ve que sus gustos no son tan refinados —señaló Gourry, sonriéndose mientras sacaba la espada de su vaina. Se puso a espaldas de Lina, cubriéndole la retaguardia—. Es en estos momentos cuando extraño la Espada de la Luz.

—Créeme, yo la extraño más —respondió ella con los ojos clavados en los zombies que caminaban hacia ellos lentamente, rodeándolos en todas direcciones. Tuvo que aguantar la tentación de pensar en una estrategia, pues sabía que todo lo que cruzara su mente llegaría a Celes, la dueña de ese espacio—. ¡Habrá que actuar por instinto! —decidió precipitadamente y se lanzó a la carga, atacando a las criaturas que aparecían sin cesar.

—¡Como digas! —contestó su compañero y se lanzó al ataque junto a Lina.

Y entonces los cuerpos de las horrendas criaturas comenzaron a volar por los aires, a pesar de ser centenares contra sólo dos. Pero Lina y Gourry sabían muy bien lo que hacían; llevaban años haciéndolo.

Sin pensar ni coordinarse, sin planificar nada de antemano y guiándose sólo por lo que conocían del otro, formaron una suerte de coreografía perfecta, donde uno defendía con la espada y la otra atacaba con un hechizo rápido, donde ella le avisaba con un grito y él azotaba con su resplandeciente metal. Parecían ser uno, un único ser que danzaba el baile de las llamas, sorteando la muerte imaginaria que se dejaba caer sobre ellos, derrotándola a pesar de la desventaja, como si ellos mismos fueran un monstruo fuerte y poderoso, uno que se formaba al estar juntos, cuando eran imbatibles.

Celes los miraba con los ojos muy abiertos, sorprendida e indignada. Pero lo que más sentía era furia; una furia sincera y sin contemplaciones. Alargó ambos brazos e invocó más de su poder, y el número de zombies se duplicó y luego se triplicó, y muchos más aparecieron del suelo negro, gimiendo como muertos vivientes que esparcían un hedor putrefacto. Pero no importaba a cuántos llamara, todos eran derrotados por los mercenarios.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Malditos sean ambos!

Y entonces Celes varió el ataque. Lina y Gourry nuevamente se pusieron en guardia, con la espalda apoyada contra la del otro, y aguardaron jadeantes, aunque sonrientes, mientras ante ellos los zombies retrocedían, desapareciendo por completo.

—¿Te rindes? —le preguntó Lina a Celes.

—¡Nunca en esta vida! —exclamó ella, y si antes en sus manos había nacido una luz rojiza, ahora emergió de sus palmas un rayo de un carmesí similar al de la sangre.

—¿Qué está planeando, Lina? —preguntó Gourry, aprontando la espada.

—No tengo la menor idea —respondió su compañera.

La respuesta no se hizo esperar: la oscuridad y el silencio que se habían formado luego de la desaparición de los zombies fue resquebrajada por un rugido que provenía del piso, como si una bestia gigante los estuviera esperando en las profundidades de lo oscuro.

A Lina y a Gourry se les erizaron los vellos, esperando el ataque, manteniéndose muy atentos. Pero a pesar de su atención, fallaron en percatarse de un brazo gigantesco, de varios metros de largo, que surgió a sus pies, golpeándolos de lleno y mandándolos a volar.

—¡Si son tan buenos peleando juntos, los obligaré a separarse! —exclamó la ilusionista y sus ojos brillaron de forma extraña al levantar con fuerza uno de sus propios brazos.

Siguiendo las órdenes de su ama, una criatura enorme se levantó sobre dos pies dantescos. Lina y Gourry tuvieron que levantar la vista para distinguir a la criatura, cuyo tamaño le hacía perderse en lo alto. No tuvieron tiempo para pensar, ni siquiera para dirigirse la palabra, pues sólo pudieron atinar a saltar cada uno a un lado distinto cuando una de las manos del gigante cayó pesadamente donde ellos habían estado hacía sólo un momento, levantando una gran polvareda.

Gourry intentó atacar a la criatura, subiéndose a su brazo para correr buscando la cabeza, pero ésta se lo sacudió como a un insecto diminuto e inofensivo. Lina intentó invocar algún hechizo simple, pero la criatura se percató y la obligó a esquivar una patada, desconcentrándola. Cada vez que ambos intentaban unirse o coordinar algo, la criatura se las ingeniaba para separarlos.

—¡No podemos seguir así! —le gritó Gourry a Lina desde la distancia.

—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! —le respondió ella, también a gritos. La sensación de victoria que había sentido antes se había esfumado por completo y ahora sólo habitaba en ella una ira incontrolable.

«¡Al demonio con todo! —exclamó en su mente, observando al potente enemigo que atacaba a Gourry—. ¡Si esa criatura es indestructible, entonces acabaré con su creadora!».

Y con eso ya decidido, se volteó de un salto, dando cara a Celes, y antes de tocar el piso en sus manos se formaron un centenar de flechas anaranjadas como llamas, las que se unieron rápidamente, dando forma a una lanza.

¡Flare Lance!

El arma creada con magia salió disparada en contra de la ilusionista, quien no pareció percatarse del peligro que se acercaba a ella hasta que lo tuvo a escasos centímetros, cuando giró la cabeza para contemplar al proyectil de fuego con sorpresa, lanzándose a un costado para esquivarlo por poco.

Y entonces, un rayo de esperanza apareció ante Lina: cuando Celes saltó para esquivar su ataque, el gigante contra el que Gourry peleaba pareció trastabillar, volviendo a levantarse firme sólo una vez que la creadora de ilusiones recuperó la...

«¡Concentración!», exclamó la hechicera dentro de su cabeza. ¡Ésa era la respuesta!

Se sonrió, pensando en lo simple que resultaba si se pensaba con tranquilidad, concluyendo que aquello que resultaba tan simple era lo que había acabado con su corta pelea anterior. Sabiendo que Celes no le prestaba atención por estar ocupada controlando al gigante, aunque también era consciente de que el ataque que había lanzado no quedaría impune y que de un momento a otro la ilusionista se centraría en ella, se concentró en un hechizo. Posicionó ambas manos frente a su pecho y entre sus palmas nació una esfera oscura de energía pura. Lina pronunció su sonrisa, y como lo había supuesto, al levantar la vista contempló al gigante elevando un enorme pie a muchos metros por encima de ella.

—¡Lina, cuidado! —gritó Gourry, comenzando a correr hacia su compañera.

Pero Lina parecía tranquila, demasiado para alguien que tenía a la muerte a punto de llegarle desde encima de la cabeza, pues el gigante lanzó un grito rotundo y dejó caer el pie, como para aplastar a un gusano.

—¿Te gustan los fantasmas? —preguntó Lina a Celes, quien la miró con sorpresa—. ¡Pues espero que te gusten estos! —la hechicera separó los brazos, la esfera de energía negra se expandió y cuando se canalizó el poder suficiente, grito:—. ¡Vun Ga Ruim!

La esfera negra explotó y por un segundo pareció que nada ocurriría, sin embargo, el semblante de Celes cambió de pronto y el gigante detuvo su pie a escasa altura de Lina, cayendo pesadamente de espaldas. Gourry tuvo que correr y saltar a un lado para no quedar aplastado, pero una vez que aquella dantesca criatura estuvo tirada en el piso, gruñendo inmóvil, sintiendo su propia muerte, comenzó a deshacerse, al principio como si fuera un conjunto de rocas rojas que se habían unido para darle forma, aunque luego pareció más como un líquido que se diluyó en la oscuridad que los rodeaba.

Gourry se levantó usando la espada como apoyo, recuperando el aliento tras esa batalla tan dura y se encaminó hacia Lina, quien se apoyaba en sus rodillas, jadeante. Cuando estuvo a su lado, notó que su compañera mantenía los ojos fijos en Celes y también se volteó hacia ella.

—¿Qué le hiciste? —preguntó, notando que la ilusionista no se había movido de su posición, con las manos extendidas, como si aún controlara al gigante. Sus ojos, sin embargo, estaban más abiertos de lo normal y su mirada parecía atrapada en alguna parte, como si se hallara perdida en el vacío.

—La desconcentré —respondió Lina, secándose el sudor y sonriendo triunfal.

—¿La desconcentraste? —volvió a preguntar el espadachín, mirando para todos lados, sin ver nada extraño, sólo la negra oscuridad de la ilusión de Celes que aún los rodeaba—. ¿A qué te refieres?

—Ya lo verás —le respondió Lina, dándose aires de grandeza. Gourry sólo arqueó una ceja.

Luego, la hechicera levantó una mano y chasqueó los dedos. El sonido pareció despertar a Celes y la ilusión que los rodeaba comenzó a desvanecerse lentamente, volviéndolo todo a la normalidad. Aún se encontraban dentro de la tienda de Lina, la que se veía intacta. Fuera de la tienda sólo había el sonido de la noche y el batir de las ramas del bosque ante una que otra brisa repentina. Era como si nunca hubiese ocurrido nada.

Lina caminó hacia Celes, deteniéndose cuando estaban frente a frente. Levantó la vista para enfrentar su mirada a la de la creadora de ilusiones, quien bajó un poco su rostro levemente boquiabierto para contemplarla también, y le preguntó, sin dejar de sonreír:

—¿Tuviste lindos sueños?

—¿Qué… Qué me hiciste? —preguntó la ilusionista con debilidad.

Lina se sonrió y le guiñó un ojo.

—El Vun Ga Ruim es un hechizo que invoca a unas bestias que habitan en el plano astral para que absorban la energía mental del objetivo. No pudimos verlas por estar dentro de tu ilusión, pero debió ser una experiencia bastante desagradable, ¿no es así? —la hechicera acentuó la sonrisa, imaginando el sufrimiento mental de Celes mientras disfrutaba plácidamente de su victoria—. No hay nada mejor para enfrentarse a alguien a quien le gusta atacar directo aquí —concluyó, señalándose la cabeza para ser más gráfica al hablar.

Y Celes, mirando la burla en la sonrisa de la hechicera, lo comprendió: Lina le estaba dando a entender que sus ilusiones serían inútiles contra ella, que ya había descubierto cómo derrotarlas. Entonces, sacudió la cabeza y pareció que todos sus músculos se contraían, pues comenzó a temblar de ira. Formó un puño con la mano y lo levantó, como queriendo golpear a la hechicera, quien no se movió un centímetro.

—¿C-Cómo te atreves? —preguntó. Le costaba mucho pronunciar las palabras.

—¡Je! —exclamó la hechicera, rascándose la nariz—. Todo se vale en la guerra y en la búsqueda de recompensas.

—¿Qué no era "en la guerra y en el am-"? —intentó corregir el espadachín que había caminado hacia su compañera, pero Lina lo mandó callar de una certera patada que lo tumbó a tierra.

Celes aflojó su puño, aunque lo mantenía en el aire, y se quedó mirando a la muchacha pelirroja, sorprendida, incapaz de aceptar que esa persona no comprendiera el dolor de su reino humillado y destruido; el motivo por el que no debía ir tras la gema.

—¿Acaso no entiendes que si le llevas la Gema a Vasch...? —intentó preguntar, pero Lina la detuvo:

—Escúchame —le dijo, tajante, queriendo zanjar el tema en el lugar—, entiendo que hayas tenido tus problemas con Galdabia, pero te reitero que ése no es asunto mío. Por mucho que te moleste, Oh, Gran Celes la Vengadora, se me contrató y soy una profesional. ¡No importa lo que digas, voy a cumplir con mi contrato, ¿queda claro?!

—Mentira... —murmuró Gourry desde el suelo, adolorido—, sólo quiere el dinero... —pero una nueva patada por parte de Lina lo dejó callado.

Se mantuvieron en esa posición por un tiempo, sin que ninguna de las dos se moviera, aunque bajo el silencio de la noche en el bosque podía escucharse el crujir de los dientes de Celes. Entonces, sin poder soportar más, la creadora de ilusiones volvió a levantar su puño, decidida a golpear a la hechicera, pues era el único recurso que le quedaba.

Sin embargo, justo en ese momento dos jóvenes entraron a la tienda de Lina, buscando recuperar el aliento desesperadamente, pues parecían haber corrido una gran distancia. El sudor les empapaba el cuerpo completo y les manchaba las ropas maltrechas que los delataban como miembros de los Hijos.

—Celes... —dijo uno de ellos cuando por fin pudo pronunciar palabra.

La muchacha se volteó hacia ellos, sorprendida ante la incredulidad de que la hubiesen interrumpido cuando se decidía el futuro no sólo de los Hijos de Cecile, sino que probablemente el del mundo entero.

—¡Biggs, Wedge, ¿qué demonios quieren?! —exclamó, descontrolada.

Los hombres se miraron, sorprendidos por la reacción de su líder que siempre solía mostrarse tan impasible. Pero entonces, sabiendo que el tiempo apremiaba, Wedge, el más joven de los dos, alzó la voz:

—¡Celes, es Galdabia! ¡Los soldados de Galdabia vienen a atacarnos!

La sorpresa que azotó a la muchacha de largos cabellos negros fue mayúscula.

—¿Galdabia...? —murmuró—, ¿aquí...?

—¡Celes, rápido, debemos evacuar! —exclamó uno de los jóvenes—. ¡No tenemos oportunidad contra ellos, son muchos!

—¡Silencio! —les ordenó Celes, intentando juntar las ideas en la cabeza. No entendía cómo era posible que Galdabia los hubiera encontrado cuando sus campamentos estaban estratégicamente ubicados para evitar justamente eso. Entonces, en su mente apareció la única razón posible para que el peligro hubiera llegado a sus puertas. Volteó hacia Lina y, señalándola con un dedo, gritó—: ¡Tú los trajiste aquí!

—¡Por supuesto! —se defendió Lina, sarcástica—. ¡Como si yo misma supiera dónde demonios estoy!

—¡Celes! —la apresuró uno de los jóvenes, pero la muchacha no atinaba a nada, simplemente estaba ahí de pie, inmóvil, con la cabeza sumida en sus pensamientos, con la mirada perdida en la hechicera.

Sabía que no podían ser ni Lina ni Gourry los que habían traído a los soldados de Galdabia a su campamento, pues si el rey Vasch se los hubiera ordenado o si hubiesen enviado a espías junto a ellos, ella se habría enterado mucho antes, nunca de forma tan sorpresiva. Sin embargo, ya estando en esa situación, ¿qué podía hacer? ¿Cómo podría evitar que los mercenarios se le escaparan de las manos, yendo a Cecile a pesar de sus esfuerzos? Las palabras habían resultado inútiles, al igual que la fuerza bruta. ¿Qué podía hacer?

—Oye —Lina la sacó de sus cavilaciones—, ¿te vas a quedar ahí parada o vas a evitar que aquí se forme una masacre?

Celes simplemente se la quedó mirando. Los jóvenes que habían llegado la llamaban por el nombre, instándole a apresurarse, pero ella parecía no querer responder, debatiendo en su interior lo que debía hacerse; lo que era más correcto. Lo más importante.

—Soy la líder de los Hijos de Cecile... —murmuró, más para sí que para los que estaban a su alrededor. Levantó la vista hacia Lina, quien le devolvió una mirada seria y llena de la decisión que a ella le faltaba, y soltó un profundo suspiro. Desvió los ojos hacia los jóvenes y voz de mando les dijo:—. Que todos se preparen para la huida. En este momento no estamos preparados para defendernos. Debemos dirigirnos al campamento principal, rápido.

Los jóvenes sonrieron ampliamente y se giraron para hacer como les habían mandado, pero entonces, apenas hubieron salido de la tienda, soltaron un grito y Celes lo comprendió: había tardado demasiado en decidirse; los soldados ya estaban sobre ellos.

Salió de la tienda que habían dispuesto para la hechicera de forma rauda, gritando órdenes a todos los hombres, muchos de los cuales dormían, despertándolos, instándolos a huir del campamento en ese instante.

Gourry se había levantado momentos antes y contempló junto a Lina cuando Celes salió de la tienda. Observó todo con ojos inocentes, apenas entendiendo la situación. Entonces, rascándose la nuca mientras comenzaban a escucharse los sonidos de la batalla, el chocar de las espadas y los gritos aguerridos de los hombres, bajó la mirada a Lina, quien también parecía estar concentrada en sus pensamientos, y le preguntó:

—¿Los ayudamos?

Lina no le dijo nada, tan sólo caminó fuera de la tienda y estudió la situación. Gourry la siguió pacientemente.

En el campamento todo era un caos. Efectivamente, los Hijos no estaban preparados para un combate, especialmente contra un batallón de Galdabia, bien entrenado, ataviado en armaduras fabricadas exclusivamente para la guerra. Lina no sabía cuántos caídos habría esa noche y, a decir verdad, prefería no pensar en ello. De pronto, su mirada se topó con Celes, que estaba combatiendo a lo lejos, si es que así podía llamársele, pues sólo se le veía con las manos extendidas en dirección a un montón de soldados frente a ella. Tenía los ojos cerrados y parecía concentrada. Los soldados, por su parte, se veían ridículos, pues se movían como títeres jalados por hilos invisibles, con los ojos desorbitados y con baba cayéndoles por las bocas abiertas de forma involuntaria.

—Espero no haberme visto así... —murmuró Lina, sintiendo vergüenza tanto propia como ajena.

Entonces, la hechicera se percató de que Gourry se disponía a sacar la espada para unirse al combate. Sin darle tiempo para reaccionar, lo tomó por un brazo y comenzó a correr, arrastrándolo.

—¡¿Qué haces?! —le preguntó el espadachín, sin comprender qué estaba pasando.

—¡Nos vamos por la gema! —le respondió ella.

Sin que nadie se percatara, bajo el amparo de la noche y protegidos por una batalla que no era suya, Lina y Gourry volvieron a internarse en el bosque, dirigiéndose a Cecile.


Slayers © Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo, E.G. Films, J.C. Staff
~Escrito entre el 14 de julio y el 2 de agosto de 2009 / Revisión final el 26 de julio de 2014~