Zim perdió la noción del tiempo en algún momento entre las canciones de cumpleaños de GIR, y su danza interpretativa usando un sombrero de mariachi... O quizás fue en algún momento de su discurso titulado "Oda al mejor amo del mundo"...

Lo único que tenía claro, es que había comido tanto pastel que tan solo el aroma a glaseado de fresa desparramado en el piso y pegado en las paredes, le estaba dando nauseas. Los robo-padres bailaban en medio del salón al ritmo de alguna balada que GIR estaba tocando ahora con un saxofón lleno de nata.

Hasta algún punto, había llevado incluso la cuenta de sus suspiros de mudo fastidio, pero incluso eso se había perdido cuando había pasado de un odioso estado de extrema consciencia, a un trance estupefacto, por el bien de lo que pudiese quedar de su cordura en lo que restaba de la fiesta, si acaso aquella tendría un fin.

Además, por si su ira no fuera poca, estaba casi seguro de que también esa estúpida fiesta era culpa de ese gusano nauseabundo de Dib. Después de pasarse un día entero en la camilla de un laboratorio siendo invadido por agujas, cateters, canulas y sondas, la última cosa que deseaba al llegar a casa, era una fiesta para celebrarlo, y allí estaba: soplando velas encima de un pastel que tenía dibujada su cara con glaseado verde. Su imagen encima del pastel sólo tenía un ojo de glaseado rosa, el resto del glaseado GIR lo había tirado contra las paredes.

Pero de alguna forma, las estupideces de GIR habían logrado distraerlo del horror de sus recuerdos de lo que había sido ese día escalofriante.

Había despertado sintiéndose abombado y aturdido, encima de un frío mesón de cirugía, frente a muchos pares de ojos nerviosos asomándose por encima de mascarillas blancas. Estaba demasiado asustado para hablar en un comienzo, pero ellos hablaban demasiado. Comentaban acerca de él, lo examinaban con extraños instrumentos, tomaban muestras de tejido de su piel y de su sangre. Las operaciones se habían vuelto a cada hora mas invasivas, llegando a tomar muestras incluso de su tejido oseo, o de sus mucosas; y todo, mientras él maldecía a los grito (de ira y de dolor) contra la raza humana. Por supuesto que dentro de sus errores, uno de los mayores había sido el haber abierto la boca (justo después de haber considerado a Dib una amenaza menor, en primer lugar) pues en cuanto esa decena de cirujanos y científicos le habían escuchado maldecirles con un fluido y casi perfecto inglés, miles de preguntas lo habían bombardeado: ¿De donde venía? ¿cómo se llamaba su raza? ¿venían en son de paz? ¿habían mujeres entre ellos? ¿cómo se alimentaban? ¿cómo respiraban?

Desde luego, él no había respondido a ninguna de ellas; y jurar en nombre de todos los dioses que podía recordar de diferentes culturas terrestres que él no era otra cosa que un niño humano normal, había perdido sentido la decimocuarta o decimoquinta vez que lo había vociferado en mitad de las horrendas operaciones.

Observó las cicatrices en sus brazos. Empezaban a desvanecerse ya, pasando de largas y protuberantes lineas verde oscuro, a fundirse con el tono verde pálido de su piel sana. Aún le molestaban un poco los ojos por cuantas gotas extrañas le habían puesto, y tenía las antenas sumamente sensibles y adoloridas luego de que se las hubiesen manoseado tanto con sus sucias manos humanas enguantadas. Todos los procedimientos que habían llevado a cabo en su persona le habían dejado tan agotado que ni siquiera tenía ganas de discutir con GIR y pasó las cuatro horas siguientes sumido en su silencio, dejándole bailar y cantar; soplando cuanta estúpida velita le pusiera en frente. La única vez en que había protestado, era cuando GIR había intentado hacerle usar uno de los cientos de sombreros que, quien sabe de donde había sacado; precisamente por la sensibilidad de sus antenas. GIR no había insistido. En ese momento se había puesto a tocar el saxo, y así continuaba hasta ahora.

—Ya es suficiente, GIR... —masculló Zim en un hilo de voz, pero aquel le ignoró y Zim sacó fuerzas de flaqueza para ponerse de pie y retirarse a los adentros de su base donde ya no le llegara el ruido de la música ni le cayera confeti dentro de los ojos. Las piernas se le tambalearon, pero sus pasos fueron mucho más firmes esta vez y agradeció el estar recuperando su movilidad, pues además tuvo la fuerza suficiente para abandonar el salón, y la fiesta.

Pero en vez de ir a su base, se desplomó en la silla de la cocina y estrelló la frente contra la orilla de la mesa, completamente rendido a su cansancio... De pronto se halló tan exhausto que incluso el borde de la mesa, clavándose contra su frente, se le antojó un lugar cómodo y más que aceptable para esperar pacientemente el fin de la tierra junto con el suyo propio...

GIR entró en la cocina, tambaleándose de un lado a otro y riéndose como un lunático con una botella en la mano. Zim entrecerró los ojos. No estaba al tanto de que GIR pudiese digerir alcohol o que este le afectase en alguna manera, como había averiguado alguna vez, que ocurría con los humanos. Pero entonces reparó en que la botella de GIR tenía una etiqueta que decía "salsa BBQ". Eso, para su sorpresa, fue la única cosa que consiguió irritarlo al punto de exteriorizarlo como solía hacer normalmente:

—Deja de fingir, GIR. Es patético. La embriagues es de los típicos comportamientos humanos, uno de los más primitivos, vulgares y estúpidos. Renunciar voluntariamente a tus capacidades motoras, cognitivas y sensoriales con el fin banal de inducirte a ti mismo un estado de alegría postiza para afrontar presiones sociales y encajar con las masas —una mano desnuda, libre de sus imprescindibles guantes, golpeó la mesa en forma de puño—. Ponerte a ti mismo en un estado vulnerable y errático. Renunciar a tu persona y tu dignidad; a tus principios y a tu respeto propio... ¡es INACEPTABLE! solo pensar en eso me... ¡ME ENFERMA! —bramó, sin darse cuenta de que había subido un pie en la silla y luego el otro y que estaba parado firmemente sobre ella.

—¿Va a gritarme ahora? —preguntó GIR, todo inocencia, y Zim tembló de furia.

—¡Debí haberlo hecho en cuanto puse un pie dentro de este corral infernal lleno de porquería en el que has convertido nuestro hogar! ¡¿Qué tienes en la cabeza, GIR?! ¡¿Es esta la morada de un poderoso invasor y su servidor?! ¡Esto nos rebaja al nivel de solterones humanos en la edad de la educación universitaria! Yo soy un soldado de primera clase en la élite Irken, y tú eres una unidad SIR confeccionada a partir de la tecnología más avanzada de Irk. ¡¿Es este el hogar que merecemos?!

Gir le observó desde su sitio, abajo, muy abajo, en el piso, con brillantes ojos cyan. Parecía ausente, como siempre, sin ser capaz de entender una sola de sus palabras, y aquello sólo calentó más su enfado.

—¡DEJA YA DE VERME! Ahora irás allá y lo limpiarás todo. La nata de las paredes, del techo, de debajo del sofá, de detrás de los cuadros... Todo. Recogerás la mesa, lavarás los platos, te desharás de todo el confeti y más te vale que para cuando yo haya terminado de cambiarme estas sucias telas humanas a un uniforme apropiado, ya hayas terminado y estés listo para servirme en nuestra siguiente misión. ¡EN MARCHA, GIR!

—¡Sí, señor! —chilló el androide, y se retiró volando de allí. A su paso, Zim escuchó cristales haciéndose trizas y torció una mueca, pero procuró ignorarlo y caminar esta vez, definitivamente, dentro de su base, para vestirse.

El nuevo uniforme era un tanto diferente del primero, pero estaba confeccionado con los mismos materiales y la misma tecnología. Se deshizo de la bata de hospital y antes de vestirse, se limpió bien, de pies a cabeza usando jabones desinfectantes (asegurándose de que GIR no hubiese puesto tocino en ninguno de ellos), y se vistió con su nuevo uniforme. Era más elegante, más adornado y ligeramente más ostentoso que el que solía llevar; terminaba atrás y adelante en puntas en vez de tener corte recto, tenía cuello alto y hombreras elevadas. Lo miró con nostalgia antes de probárselo, pues era el uniforme que tenía planeado usar cuando disparara el primer cañón de la purga orgánica, el día que se llevara a cabo en la tierra.

—Supongo que esta cuenta también como una ocasión especial —suspiró—. Es mi cumpleaños, al parecer. Y tengo además una reunión pendiente con cierto gusano apestoso. Yo le enseñaré... —rechinó los dientes.

Cuando subió, casi se fue de espaldas al ver que GIR había dejado la casa como si fuera la primera vez que alguien ponía dentro un pie. No quiso empezar a hacer conjeturas de donde habría metido GIR tanta basura en tan poco tiempo; no quería que nada arruinara su súbito buen humor.

—¡Te ves bien, amo! ¿tienes una cita? —se burló GIR haciendo que Zim crispara un párpado.

—Silencio, GIR. Ahora llévame al apartamento de ese gusano cabezón. Tengo algunas cosas que decirle.

~'***'~

Dib se irguió sobándose la espalda, agotado. No entendía por qué había decidido recoger los fragmentos de cristal roto el piso; después de todo, en un par de semanas, todo cuanto pudiese levantar ahora, se vería quebrantado bajo la conquista total. Cualquier tarea que implicara progreso era inútil. Todo había perdido el sentido y sitió una gran melancolía, pues entre su larga lista de cosas perdidas, también se había perdido ese vigor de su juventud. Ese que le hubiese hecho levantarse cien veces aunque cien hubiese caído, y seguir luchando. No se arrepentía de haber rescatado a Zim; él estaba en lo correcto. Después de todo, era lo que tenía que hacer luego de haberle metido él en tan horrible circunstancia; pero no podía evitar que la ira lo invadiera cuando pensaba en el modo en que su único compañero a esas alturas, le había dado la espalda.

Escuchó tres fuertes golpes contra la puerta y se puso en un estado de suma alerta. No esperaba visitas tan tarde, y considerando el hecho de que había violado los sistemas de seguridad de la NASAPlace hacía tan solo unas horas para robarse a un extraterrestre, pensó que era tiempo de empezar a temer. No quería pasar sus últimos días en la cárcel. Se levantó con cautela, procurando no hacer demasiado ruido, y buscando alguna oportunidad de huir a su alrededor. Las ventanas parecían la mejor opción, si no contaba la larga caída hasta el pavimento que seguro acabaría mucho antes con su vida del tiempo que calculaba hasta la invasión. Estuvo a punto de ir hacia la ventana cuando una voz conocida le habló del otro lado de la puerta, aliviándolo, pero sorprendiéndole en igual manera:

—¡Abre, maldito gusano! ¡abre o tiraré la puerta abajo!

—Por Jupiter, pero ¿qué demonios...? —farfulló Dib.

Cuando abrió la puerta, los grandes ojos color rubí de Zim casi le tiraron el alma al piso. No tenía puesto ninguno de sus disfraces.

—¡¿Qué crees que estás haciendo, fenómeno?! —le gritó Dib cerrando violentamente la puerta a sus espaldas cuando Zim se adentró en su departamento con sus largos pasos rígifdos de soldado, sin siquiera ser invitado y se plantó en medio de este con postura determinada, casi rayana en lo desafiante— ¿has salido a la calle sin disfrazarte? ¡cuantas personas te deben haber visto! ¡vendrán aquí!

Zim erigió una antena:

—Aquí ya no es seguro, humano Dib. Y me sorprende que para este momento no te hayan sacado esposado o drogado, como hiciste conmigo, para llevarte ante las autoridades por lo que hiciste.

Dib soltó una risa:

—¿En serio crees que un monstruo como tú tiene la protección de la ley o tiene derecho de hacer una demanda por secuestro, o algo así?

—No, pero aún un detestable gusano como tú, sí que está bajo el amparo de la ley, y después de haberte robado lo que puede ser el más grande descubrimiento de la historia; osea yo; desde sus instalaciones, la corte con seguridad esperará que tengas algo que decir en tu defensa.

Dib se petrificó al instante. Zim también estaba muy al tanto de eso, y el hecho de que la idea no fuera tan solo una mera paranoia suya, le espantó. Ciertamente, ya había expuesto a un extraterrestre vivo y real ante una organización del gobierno. Y todo, con la ayuda de una persona que definitivamente no era de confianza. Era cosa de tiempo antes de que alguien tocara a su puerta y le arrestara por esconder información como esa, y posteriormente robársela, y de paso, para interrogarlo usando los métodos más drásticos, para sacarle información acerca del posible nuevo paradero del alien.

En su apartamento ya no estaba seguro. Le costó asumirlo y se dejó caer en el sofá con las manos en la cabeza, considerando sus opciones. Solo había otro sitio al que podía ir, pero le aterraba esa alternativa. Además, no quería poner en riesgo a la única persona que le quedaba desde que su padre se había marchado, por lo cual, su última opción, era buscar refugio en la casa de Zim, rogando por que este no le echara a patadas luego de haber provocado que un anciano lunático lo capturase.

—En lo venidero usa tu estúpido disfraz ¿quieres? no me metas en más problemas.

—¡¿QUE YO FUI EL QUE TE METIO EN...?! —estuvo a punto de gritar Zim, pero se frenó cerrando con fuerza los colmillos y volviendo ambas manos en puños que se estremecieron a los costados de su propio cuerpo— No tienes una idea de canto te detesto. Tu raza enfrenta la extinción, gusano. Mi rostro no será importante; verán miles como el mío en el cielo, sobre sus apestosas cabezas.

—¿Qué quieres, Zim? dilo de una vez ¿para qué has venido?

Zim pareció recuperar su temple. Por un segundo, dejó de ser el enano gruñón y voluble que era siempre y asumió una postura tan ceremoniosa y seria que Dib apenas le reconocía; pero lo recordaba. En momentos específicos, durante su infancia, le había visto actuar de ese modo siempre al tomar una terminante determinación. Como cuando se había propuesto detener al terrible engendro de roedor gigante que había creado con el hamster del salón, o cuando le había rescatado de las garras de esos monstruos infernales cuando luego de usar una de las maquinas de su padre, había estado saltando entre realidades la noche de Halloween. Por un instante, quiso tomarle en serio, y prestó atención a lo que Zim se preparó para hablar:

—Vine a decirte que tu discurso mediocre de ayer sólo consiguió ponerme furioso. —No hizo falta escuchar más, Dib se levantó del sofá y se fue directo a la cocina, refunfuñando por lo bajo mientras el pequeño lunático verde le seguía, cacareando un sermón— Pero ¡¿quien te crees que eres?! ¡No soy ningún patético ser humano como tú! No. Yo provengo de una raza superior. —recitó Zim, y continuó incluso después de que Dib abrió una lata de cerveza y se sentó a la mesa de la cocina a continuar ignorándolo mientras la sorbía con ademán aburrido— Provengo de una poderosa raza bélica, nacida y criada para la conquista y la gloria. ¡Yo soy Irken! Y no solo eso, soy un invasor Irken. —pese al volumen y la arrogancia de su discurso, Dib se sintió extrañamente interesado en sus palabras y levantó la vista hacia su nemesis—. Fui entrenado estricta y rigurosamente para enfrentar las condiciones más duras, las más grandes presiones y las mayores responsabilidades. Yo estuve en la primera gran asignación de la operación Ruina Inevitable I. Soy un soldado de élite —vociferó con una gran sonrisa sardónica— ¡Yo soy ZIM!

Sin darse cuenta, Dib le estaba observando boquiabierto. No sabía si creer en todo lo que el pequeño alien le estaba diciendo, pero su afán era admirable, sin duda.

—¿A donde quieres llegar, monstruo?

—A donde quiero llegar, humano Dib, es al hecho... —Zim torció una mueca llena de pesadumbre, peor se recuperó casi al instante— de que ya he sobrevivido repetidamente en ocasiones anteriores a mi propia raza y mis propios lideres intentando exterminarme. Y de ser necesario, lo haré de nuevo.

—¿... Zim?

—Recoge tus pertenencias, humano Dib, nos pondremos en marcha. —indicó Zim, y no quedaba rastro en él del fracasado cascarrabias que conocía. Había en él un verdadero líder; uno al que parecía valer la pena seguir, y aquello, de alguna manera, consiguió transmitirle un poco de esperanza y alentó su confianza—. Si esos repugnantes desechos creen que pueden arrebatarle al gran Zim SU misión en SU planeta, están equivocados. Vamos a detenerlos antes de que pongan un apestoso pie en la superficie terrestre, y tú vas a ayudarme. —concluyó, decididamente—. Rápido, humano. Cada minuto cuenta.

Sin darse cuenta de ello, Dib se había puesto de pie y a su pesar, estaba sonriendo alegremente:

—Ya empiezas a hablar como la arrogante y apestosa basura extraterrestre que recordaba.

—Y a ti más te vale empezar a comportarte como el penoso intento de justiciero que pretendías ser. Oh, y una cosa más —replicó Zi, triunfador y Dib le vio dudar un momento antes de darse la vuelta hacia él para seguir hablando, aunque no supo la razón, hasta que le escuchó hablar, y se quedó igual de perplejo— Aunque tus odiosas palabras me enfadaron mucho... me... bueno, ellas... m-me hicieron recapacitar —reconoció ante el asombro de Dib.

—¿Qué?

—Eso. Y para mi, total, y... espantosa vergüenza, tus palabras fueron las que ayudaron a que volviera a ser el mismo Zim de siempre. De modo que he decidido, solo por esta exclusiva y única ocasión, omitir las composturas de la tregua que nos une, y expresar mi gratitud hacia tu detestable persona, en la nauseabunda forma manifiesta de afecto humano que ustedes, los terrícolas, llaman... —hizo un grave respingo—: abrazo.

Dib enmudeció, completamente paralizado de desconcierto cuando Zim cerró los ojos y se puso rígido, con los brazos extendidos al frente, esperando por su respuesta.

No supo qué hacer o cómo reaccionar. Si responder o no. Desde luego estaba feliz, y aliviado, de que Zim recuperara las ganas de luchar, pero hasta ese día había pasado demasiados años siendo (o simulando ser) su enemigo mortal como para que la idea de un abrazo le resultara apropiada o natural. Y el rictus en el rostro del extraterrestre parecía casi de dolor, aunque lucía más que dispuesto a llevar a cabo su decisión hasta el final. Dib suspiró, vencido, y avanzó en su encuentro.

Frente a frente con él, dejó escapar una breve risa nasal, imperceptible, y extendió una mano, aclarándose la garganta para llamar la atención del alien. Zim abrió grandes sus ojos rubí y lo examinó confuso. Se encontró con la otra mano de Dib, abierta y extendida hacia él y después de examinarla brevemente, la tomó, cerrando los largos dedos a su alrededor:

—Sí. Supongo que esto es mucho más apropiado para...

Dib avanzó un pazo hasta tocar su hombro con el suyo (para lo cual tuvo que agacharse un poco, debido a su corta estatura) y le palpó dos veces la espalda con la mano libre. Zim imitó el gesto, de forma vacilante y entonces, Dib se separó de él, liberando su mano.

—Con esto basta —le dijo con un ademán amistoso.

—¿Que significa esto? —Zim elevó una de las antenas— Es un tanto menos humillante que un abrazo convencional, y no implica una superficie tan amplia de contacto corporal directo; ni intercambio de dióxido de carbono.

—Es la versión masculina de un abrazo. Podrías acostumbrarte a ella.

Zim torció el gesto:

—¿Dos formas diferentes para un mismo gesto, diferenciadas por genero?

—Aunque puedes abrazar de la forma convencional a una chica.

Zim asumió un gesto pensativo:

—Nunca voy a terminar de entender las diferencias sociales entre géneros de los humanos. Incluso sus formas de vida animales parecen tener comportamientos muy diferentes en lo que respecta a macho y hembra.

Dib se retiró a su alcoba en busca de una mochila que comenzó a llenar con algo de ropa. Cuando fue consciente de la presencia de Zim a sus espaldas, torció una mueca confusa:

—Pero en tu especie hay hembras. Está Tak ¿verdad? Espera... ¿Tak era una... hembra, verdad? —jadeó Dib, empezando a cuestionarse el que en un principio se hubiese sentido aunque fuera un poco atraído hacia ella ignorando que debajo de la chica había un horroroso alien, que bien podría ser un macho igual que Zim si acaso... Si acaso Zim, era realmente un macho; aunque estaba bastante seguro de eso.

—Claro que sí las hay. Están Tak, y la invasora Tenn, la invasora Zee, y...

—¡¿Mujeres invasoras?! —se sorprendió Dib.

—Tak iba a ser una invasora —aclaró Zim, y Dib cayó en cuenta de que era la primera ve en mucho tiempo que mantenían una conversación civilizada y puntual, y le dejó seguir—. A mi pesar, hubiese sido una invasora magnifica. Si no estuviera completamente loca —bufó, haciendo que Dib enarcara una ceja.

—Hay que ver quien lo dice...

—Hemos tenido también a hembras altísimas. Como Mi alta Miyuki —a nombrarla, Zim crispó el gesto y dudó, nerviosamente— Pe-pero no es tiempo de hablar de eso... Ahora, Dib...

Tres fuertes estampidos contra la puerta le frenaron de seguir hablando. Las antenas de Zim se erigieron sobre su cabeza como las orejas de un gato en estado de alerta, y aquél asumió una postura defensiva que alarmó a Dib. Supo que Zim sabía exactamente qué había tras la puerta, por la forma en que se erizó.

—Olvídalo. Saldremos ahora mismo de aquí.

—Pero ¿cómo? —farfulló Dib, retrocediendo— Están a la puerta.

—No usaremos ninguna —respondió Zim aproximándose a la ventana y asomándose, reafirmando la primera ocurrencia de Dib al considerar una forma de escape—. No veo a nadie de este lado. Bajaremos por aquí.

—¿De qué forma? —le interrogó Dib, empezando a perder los nervios.

Al otro lado de la puerta se escucharon un coro de potentes voces:

—¡Abre la puerta! ¡quedas arrestado! más te vale salir pacíficamente con las manos en alto, o tendremos que usar la fuerza.

—Maldición... —siseó Dib.

Zim desprendió un pequeño dispositivo de su mochila, el cual usó para entablar comunicación con GIR. El escenario detrás del androide se parecía a una azotea:

—GIR, ven ahora mismo. Retirada.

—¡Sí, amo! —respondió el androide, y en menos de cinco segundos, estuvo volando con los propulsores de sus pies frente a la ventana. Zim se hizo a un lado y le indicó a Dib el camino a la salida.

—¡Sube! ¡¿qué esperas?!

—¡Aguarda! —Dib corrió a un extremo de su habitación, directo a hacerse con el comunicador. Pero sin quererlo, enfrentó una difícil decisión. Allí estaban todas sus cosas. Todos sus aparatos, todas sus investigaciones guardadas en cajas, que aún no había desempacado desde que se había mudado de casa de su padre. Estaban todas sus maquinarias, y su computadora... Como la policía consiguiera penetrar en su departamento, lo confiscarían todo y jamás volvería a verlo, pero por otro lado, si le capturaban, le meterían a la cárcel con suerte, y sería prácticamente lo mismo.

—¡Humano! —vociferó el extraterrestre entrando en la habitación y atenazándole el brazo para compelerlo a caminar.

—¡No, espera! ¡yo...!

—Ahora, gusano ¡o me iré sin ti! —amenazó Zim, perdiendo los estribos.

—¡Mis... mis pertenencias!

Zim evaluó la situación y se encontró con la pila que Dib miraba con los ojos a punto de anegársele por detrás el cristal de las gafas.

—GIR no podrá cargar con todas tus cosas ¡Decídete por una!

—¡ABRE EN NOMBRE DE LA LEY!

Dib se mordió los labios. Por un lado tenía su computadora. Prácticamente su persona y su vida entera estaba allí en archivos de investigación, ensayos, vídeos, fotografías, footage y todo por cuanto había trabajo, una vez como el centro de su vida y más tarde como hobbie. Y luego estaba el comunicador, la única cosa realmente importante y a la que podrían dar una utilidad.

—¡Dib! —le gritó Zim, perdiendo completamente los nervios, y él se apresuró a tomar el comunicador para meterlo en la mochila y echársela a la espalda antes de salir corriendo del cuarto y saltar encima de GIR. No tuvo corazón de mirar atrás y ver todo lo que dejaba; era como dejar atrás una parte de su propia vida. Pero no pudo evitar hacerlo cuando dejó el cuarto, y sentir que el pecho se le comprimía cuando viró. Pero Zim tapó la vista a los adentros del cuarto, cuando salió, armándose de sus brazos mecánicos en su espalda. Uno de ellos, emergió desde el dispositivo de su espalda atenazando un arma parecida a una pistola pequeña, que le extendió a Dib. Los colores Irken le hacían parecer una pistola de juguete, pero Dib percibió el peso cuando la empuñó y distinguió tan solo a simple vista que funcionaba a partir de algún mecanismo complejo.

—Llévala contigo y úsala si tienes problemas. Paralizará a cualquier forma de vida y te dará tiempo de huir. ¡GIR, dirígete a... ! —finalmente, la puerta del apartamento cedió ante la fuerza de los uniformados y tres policías entraron en la estancia, levantando en alto las armas entre las manos temblorosas al ver a Zim y los mortíferos brazos mecánicos de su mochila.

—¡A la base, GIR, rápido! —le ordenó Zim, saliendo por la ventana, y arrojándose muro abajo, incrustando las garras de sus brazos mecánicos como si de una auténtica araña se tratase. Dib sintió vértigo sólo de verlo, pero el estómago le dio un vuelvo cuando GIR puso en marcha sus propulsores y ambos salieron volando de la ventana:

—¡Abran fuego! ¡que no escapen! —escuchó a uno de los policías decir, y sintió escalofríos cuando escuchó el primer tiro. Cuando viró por sobre su hombro. Vio a Zim acorralado al pie del edificio por dos carros de policía.

—¡GIR, vuelve! —le gritó Dib al androide.

Con sus palabras, el androide se detuvo en pleno vuelo y viendo que su amo se encontraba en apuros, respondió inmediatamente y fue en su auxilio, precipitándose al piso con Dib a sus espaldas, quien rogó por que GIR alcanzara a frenar antes de golpear el piso.

Increíblemente el ascenso fue suave cuando GIR pasó de un vuelo vertical a uno horizontal, y se lanzó contra uno de los carros de policía, aterrizando de pie, en el techo, haciendo que Dib cayera de su espalda y rodara por el capó, hasta el piso, donde se incorporó con dificultad.

Al verlos, Zim abrió dos grades ojos color rubí al extremo, y Dib juró que se había puesto carmesí de furia por debajo del tono verde de su piel.

—¡Por qué demonios han regresado, GIR, te dije que...!

Sin escucharlo, su secuaz embistió contra todos sus atacantes, arrojándolos a un lado de la calle, dejando la vía libre para el escape de su amo y su nuevo compañero.

—Más te vale correr rápido, humano Dib —gruñó Zim, empezando a correr por su propia parte. Dib empezó su propia carrera y le siguió de cerca.

Llevaban cubierta media cuadra cuando Dib escuchó pasos tras de sí, y se le heló la sangre en las venas. Venían tras ellos y no había pista de GIR.

—¡Alto ahí! —gritó uno de los policías. Zim le llevaba una gran ventaja en la delantera aunque habían empezado a correr casi al mismo tiempo. Dib nunca se había dado cuenta de lo ágil que era. Veloz, como jamás había visto correr antes a un humano normal, y tan liviano como una pluma cuando sorteaba automóviles y otros obstáculos con impresionantes saltos. También había podido comprobar anteriormente que era mucho más fuerte de lo que le hacía aparentar su delicada constitución e increíblemente resistente. Aunque fuera un lunático malhumorado y un fracasado para todos sus demás compañeros, seguía siendo un soldado. Un soldado altamente entrenado y con implacables facultades físicas. Él mismo, habría podido seguirle el paso a una velocidad no desdeñable alguna vez. Pero ahora era un adulto y su estatura y nueva constitución masculina le pesaban, naturalmente. De igual forma, su agilidad ya no era la misma desde que había dejado de perseguirlo cuando eran niños.

—¡Espera! —jadeó, viendo que cada zancada del Irken, lo dejaba más atrás. Después de todo, aquello solo era una tregua. Una tregua; no una alianza. Zim podía salvarse si lo quería, y él debería estar más capacitado si quería salvar a su planeta. Aquello le dio fuerzas para continuar e incluso apresurar, aunque fuera un poco, su carrera.

Ya casi había conseguido perder a los policías a sus talones y se creyó librado del todo de sus perseguidores, pero sus esperanzas de huir de allí se esfumaron por completo, cuando un coche policial interceptó su camino al frente y otros dos policías bajaron, empuñando cada uno su pistola.

Dib frenó en seco y miró a su alrededor. No habían callejones, ni cercas... Estaba por completo acorralado entre dos grandes edificios, uno a cada lado de la calle, con dos policías delante y tres detrás.

—¡Las manos en alto! —le ordenó uno de los uniformados. Dib estuvo a punto de obedecer, pero su orgullo le indicó lo contrario. Recordó el arma paralizante entregada por Zim, y la aferró fuertemente en la mano, dirigiéndolo a uno de los policías.

—¡A un lado! ¡o usaré esto!

—¡Está armado! —gritó uno de los oficiales y Dib se convirtió de pronto, en el objetivo de cinco cañones bien dispuestos; y pensó que blandir un arma frente a la policía no había sido la idea más brillante. Suplicó a saturno por ser lo bastante rápido cuando disparó el primer rayo y este le dio de lleno a uno de los policías, petrificándolo al instante. El rayo le dio con tanta fuerza, que lo arrojó de espaldas. Dib sintió cierto remordimiento. Pero confió en que el hombre iba a estar bien en unos minutos. Sin embargo, el sonido del martilleo de otras cuatro pistolas, le indicaron que posiblemente, él sí que no lo estaría:

—¡Ha disparado! —gritó uno de los policías con horror, y dio la siguiente orden, haciendo que el corazón de Dib dejara de latir incluso antes de que las balas lo impactaran y lo hicieran por él— ¡Abran fuego!

Dib cerró los ojos y se encogió en su sitio, en espera de lo que vendría; sin creer que aquello fuera a ocurrir tan tempranamente en su misión. Lo había echado todo a perder... Los disparos, casi al unisono, colmaron la calle entera de estridentes estampidos. Dib esperó por el golpe de las balas, por el dolor, por la muerte... pero estos demoraron más tiempo del que podía haber ocupado el trayecto de todas las balas juntas desde el momento en que se habían disparado. Y él estaba completamente ileso. Abrió los ojos, y sin saber cómo, o en qué momento, Zim había vuelto a aparecer, y estaba de pie frente a él, sirviendo de escudo viviente ante la lluvia de balas. La quijada de Dib cayó floja, era poco probable que su peor enemigo jurado le hubiera salvado la vida, pero que lo hiciera a costa de la suya propia le resultaba sencillamente inconcebible. No fue capaz de asimilar la situación enseguida, pero el tiroteo se alargó por tanto tiempo con la aparición del extraterrestre ante los aterrorizados policías, que tuvo tiempo de percatarse de algo que, debido a la adrenalina de la carrera y el miedo, no había notado. No era el cuerpo de Zim lo que estaba frenando las balas; era un extraño campo de fuerza a su alrededor, protegiéndolos a ambos. Lucía como un delgado cristal de color azul que parecía vibrar con cada impacto de bala. Aquellas continuaron liberándose desde las armas de los oficiales, pero estas se detenían en el escudo con un golpe ahogado, quedando un momento sumergidas en la capa exterior del campo de fuerza y cayendo al piso como si fueran canicas. De ese modo, el escuadrón de policía acabó sus balas y se dedicaron miradas horrorizadas a medida que jalaban una y otra vez de los gatillos, sin convencerse de que se habían quedado sin munición, y que las pistolas estaban emitiendo nada más que chasquidos.

Zim carraspeó un gruñido gutural desde la garganta, perdiendo toda su paciencia, y los compartimientos con forma de lunares en el aparato de su espalda, se abrieron en tres grandes cavidades que dieron paso a cuatro delgados brazos mecánicos que parecían las patas de una araña. Dib ya los conocía, pero no sabía que cumplieran otra función aparte de servir a Zim de transporte, ni había podido comprobar cuan letales podían llegar a ser, hasta que Zim se lanzó contra el primer policía. El extremo afilado de uno de los brazos atravesó el hombro derecho del hombre, quien emitió un grito desgarrador, y lo arrojó lejos, entre los arbustos. Otro de los brazos barrió en dirección a los otros dos detrás de ellos, arrastrándolos un par de metros y lanzándolos a un lado de la calle. Levantándose del piso con tres de los cuatro brazos mecánicos, Zim dirigió el cuarto a toda velocidad en dirección al torso del último policía en pie, con la intención de atravesarlo también. Y a escasos centímetros estuvo de lograrlo cuando Dib reunió en el último instante las energías perdidas con el susto y se arrojó sobre Zim, derribándolo en el piso:

—¡NO! ¡detente!

—¡Humano estúpido! —gritó Zim cuando su brazo mecánico erró su objetivo, dejando ileso al hombre— ¿¡Qué demonios crees que estás haciendo?!

—¡Detente ahora mismo! —le ordenó Dib— ¡no puedes matarlos, son policías!

—¡Precisamente! —replicó a los gritos, el Irken.

—¡Son personas, Zim!

—¡Con más razón aún!

—¡Son humanos como yo! ¡pensaba que estábamos juntos en esto! —adujo finalmente Dib, y con ese argumento, pareció vencer las intenciones de Zim.

Este suavizó el gesto furibundo en su rostro. De un empujón usando el mismo brazo mecánico, apartó a Dib y se encaminó usando los mismos hacia el final de la calle, para marcharse. Dib lo siguió. El policía había abandonado la persecución para auxiliar a sus compañeros caídos.

Le costó ponerse al ritmo de Zim, pero consiguió ubicarlo cuando este se metió en un callejón y Dib fue tras él:

—Espera... —jadeó.

Sin mediar aviso, Zim se puso a la altura de Dib y pasó los brazos por debajo de los suyos. De esa forma, lo elevó junto con él y utilizó sus extremidades mecánicas para trepar entre las dos murallas del callejón hasta la cima del muro al final del mismo. Descendieron del otro lado del muro hasta un estacionamiento desierto, donde estuvieron finalmente a salvo y fuera del alcance de los policías. Allí, Zim le soltó sin ningún tipo de delicadeza, haciéndolo precipitarse al piso.

—Eso estuvo cerca —exhaló Dib, recuperando el aliento. Pero no tuvo tiempo de exhalar todo el aire de su nariz, pues Zim se había elevado sobre él con dos de sus brazos mecánicos a casi dos metros sobre el suelo, y los otros dos se habían clavado violentamente en la pared, uno a cada lado del cuello de Dib a escasos centímetros de este, dejándole sin escapatoria. Alzó la mirada para mirar perplejo al extraterrestre.

—¡No vuelvas a interferir de ese modo! —rugió como un animal enfierecido, y por un momento Dib juró que los afilados extremos de las extremidades mecánicas cerrarían su distancia y harían rodar su cabeza. Sus grandes ojos fulguraban de ira en un tono más parecido al rojo puro que al rubí— Jamás, vuelvas a interferir —bisbiseó, arrastrando cada palabra.

Los brazos mecánicos volvieron a su sitio en el dispositivo extraterrestre y Zim posó los pies sobre el suelo y se alejó de Dib, apenas un poco más calmado, aunque luciendo igualmente irritado. Dib jadeó recobrando el aliento de ambos sustos. Del momento en el que había estado a punto de morir a manos de los policías, y el segundo, en las garras móviles de Zim. Quiso explicarse:

—No podía permitir que tú solo... Tú ibas... ¡ibas a matar a esas personas!

—Y esas personas iban a matarte a ti —le encasquetó Zim.

Dib lo evaluó durante algunos segundos, con involuntario afecto. No podía sentir otra cosa que gratitud.

—Zim...

Sintiéndose acosado por la insistente mirada del muchacho, aquel torció el ceño:

—¿Ahora qué?

Dib bajó la vista, meneando la cabeza:

—Nada... —masculló, para luego, obligarse a añadir:— Por lo que hiciste... Gracias.

Zim le arrojó una mirada furtiva. Dib espero que eso volviera a enfurecerlo y que empezara a gritar, pero en cambio, Zim sólo distendió una sonrisa de dientes afilados sin suavizar su entrecejo de ademán retador:

—Es verdad. Tu triste existencia ha sido salvada hoy por, y gracias ¡a Zim! pero no lo agradezcas aún, humano Dib. Cuando todo esto acabe, seré yo quien te destruya, nadie me va a arrebatar ese derecho. Aplastaré tu cabezota.

Dib torció una mueca. Su relación empezaba a parecerse más a lo que era cuando eran unos chicos, o cuando él era un chico al menos. Y eso, en parte, le traía sentimientos familiares que le reconfortaban. No podían perder más tiempo, pero antes de empezar a correr de nuevo tras él, le dijo:

—No si yo te acabo primero. La idea de tener a un extraterrestre disecado en mi salón no suena tan mala.


Llevo meses sin publicar nada y merezco que me apedreen ._. ... He estado pasando por algunas situaciones y no pude tener listo el capítulo para la fecha que hubiese querido. Mil perdones por el retraso, pero finalmente está aquí. Si conseguiste terminar de leer, gracias por acompañarme todavía :'D queda un largo camino por delante y prometo que intentaré llevarlo puntualmente ahora sí. Opinen! comenten!