Hola, chicas. Tengo este capítulo beteado hace días (bien por Ebrume) pero no encontraba el momentito para editar. Además drive y dropbox se aliaron en mi contra, pero aquí está. Es larguito, no lo he querido cortar para no dejaros otra vez en la incertidumbre. Pensad que solo queda uno. ¡Esto casi está!
Gracias a mi beta Ebrume y mi pre-lectora Nury. Esta vez no he contestado las reviews tampoco pero os las agradezco, todas, todas. Son tan dulces como este Edward.
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Capítulo 6
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Corrió cuanto pudo, alcanzó la calle y continuó corriendo. Se preguntaba si Edward sería tan veloz como esos vampiros de las películas, si la dejaría escapar o la transformaría allí mismo a pesar de lo que le acababa de asegurar.
Y en el fondo, muy en el fondo, sabía que corría para huir de sí misma. Porque estaba casi segura de que si Edward la besaba y la estrechaba entre sus brazos, si la llevaba a su casa y adoraba su cuerpo como solo él sabía hacer, si le murmuraba aquellas palabras de amor que no había escuchado de nadie y no volvería a escuchar jamás, le diría que sí.
Tras los miedos iniciales en su relación se había rendido a sus sentimientos y había llegado a fantasear con ellos dos envejeciendo, juntos para siempre. Riéndose de sí misma y de cuánto había cambiado, se había dejado llevar por el romanticismo y había creído que su amor iba a ser para toda la vida. La vida, no la muerte. También había fantaseado con hijos y nietos, navidades en familia y demás. Siempre había ansiado pertenecer a una familia grande. Sentarse a una gran mesa, rodeada de sus seres queridos. No sentarse delante de algún humano y morder su cuello.
No, ese no era su sueño.
Conforme sentía, porque todo su cuerpo lo notaba, que iba poniendo distancia entre Edward y ella, su desesperación se hacía aún mayor. Empezó a notar que le faltaba el aire, que le pesaba el pecho, su corazón saltaba alocado y que la angustia la invadía.
Dios. Tenía un auténtico síndrome de abstinencia.
Se detuvo a tomar aire pero no entraba suficiente. Supo que jamás podría entrar suficiente, nunca, nunca más. Aquello la hizo sentirse aún peor. La gente caminaba por las calles de Seattle, iluminada con las luces navideñas, haciendo sus compras, ajena a ella y a su malestar. Se sintió profundamente sola. Notó que las lágrimas querían volver a brotar y se metió en un callejón; se sentó en el suelo abrazándose a sí misma y comenzó a llorar convulsivamente.
Permaneció allí, oculta al lado de un contenedor, no supo cuánto tiempo. No quería pensar. No podía pensar.
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—Bella, ¿estás bien, amor?
Parpadeó para limpiar sus ojos y fijó la mirada delante de sí.
Edward estaba allí, en cuclillas frente a ella, y algo más fuerte que su voluntad le gritaba en silencio que no se fuera. La miraba con una mezcla de amor y preocupación que consiguió llegarle al alma. Tendió la mano hacia ella casi con timidez.
Bella no pudo dejar de notar que su cuerpo volvía a sentir cierta paz a pesar de lo que acababa de suceder. Era de locos. Nada ansiaba más que tocar la mano de Edward y eso hizo. Se levantaron a la vez, pero sintió que las piernas le fallaban.
—Te tengo —dijo él tomándola en brazos. La estrechó contra su pecho.
—Sí. —«Por completo», pensó ella.
—Escucha. Voy a llevarte a casa… si me lo permites.
—¿Con tu hermana? —lo interrumpió alarmada.
—No. A mi casa. No a la de Eric, ni a la de Alice. Voy a ir muy rápido. Si te encuentras mal dime que pare.
Ella no entendía por qué vivía con Eric si tenía una casa propia, pero estaba demasiado débil como para decir nada más. Asintió con la cabeza y se sujetó de su cuello con las escasas fuerzas que le quedaban. Él la mantuvo cuidadosamente pegada contra su pecho y comenzó la carrera. La joven tan solo sentía como si su cuerpo experimentara leves sacudidas, una sutil sensación de mareo, y más pronto de lo que pensaba Edward se detuvo.
—Hemos llegado.
—Vaya, eres tan rápido como Flash. —Se sentía profundamente cansada. Seguía abrazada a él, algo más serena.
—¿Tienes miedo de quedarte a solas conmigo? —preguntó él muy bajito mientras empujaba la puerta para abrirla—. Puedo llevarte con Angela, si así lo decides.
—No. —Meneó la cabeza—. Sé que puedo confiar en ti, Edward.
—Jamás te haría daño. Lo sabes, ¿verdad? Necesito que creas eso, aunque me odies.
—Lo sé. Y sigo amándote —oyó que él soltaba el aliento—, no puedo parar de quererte.
—¿Ni aunque sea un vampiro? —Edward cerró la puerta tras de sí y le sonrió con dulzura mientras le recorría la mejilla con las yemas de los dedos
Ella cerró los párpados y aspiró su aroma, refugiándose en él.
—No puedo evitarlo. Pero no te fíes de lo que digo porque creo que estoy en shock. Es como si estuviera viviendo en una película.
—La vida es así, amor mío. A veces parece el argumento de una novela. Otras veces la realidad supera la ficción. Deberías saberlo, tú que eres fan de lo fantástico.
Ella lo miró de hito en hito en silencio mientras él la llevaba, aún en brazos, al interior de su hogar. Buscaba alguna señal de repugnancia, miedo o rechazo hacia él dentro de sí misma, pero no encontró ninguna. Seguía viendo el mismo rostro amado. Después, más serena, observó a su alrededor. La casa de Edward era muy grande, un loft moderno y luminoso, donde reinaba un piano.
—¿Qué barrio es este? ¿Y por qué sigues viviendo en casa de Eric? —Aquello era lo menos peligroso que se le ocurrió preguntar.
Edward la llevó hasta el amplio sofá que había en un lateral del loft antes de contestar. La depositó con cuidado y se sentó a su lado.
—Es Capitol Hill —explicó—. Alquilé este piso a los pocos días de despertar, pero no quise decirte nada. Quería seguir manteniendo un aire de normalidad… dentro de lo que cabe.
Ella no pudo evitar rodar los ojos. No había nada de normal en su relación, desde el principio.
De pronto un pensamiento doloroso le atravesó la conciencia.
—¿Me has mentido en todo? —dijo con voz débil, su mirada evitando la de él.
—Nunca en lo importante. Te amo, Bella. Más que a nada. ¿No lo ves? No podía llegar aquella primera noche y decirte: Hola, soy un vampiro, ¿quieres ser mi novia para siempre?
Asintió aún sin mirarle, los ojos fijos en el gran ventanal que iluminaba la amplia estancia. El piso de Edward era precioso. Debería levantarse, ver el lugar sería una buena excusa, y luego encontrar otra excusa para marcharse. Cualquiera serviría. Sabía muy adentro de ella que él lo permitiría. Podía hacerlo. Solo tenía que pronunciar las palabras.
«Oye, resulta que no me van los vampiros, ¿sabes? Ya nos veremos por ahí. Adiós.»
No podía.
Quería saber más.
—Has hablado de que despertaste. ¿A qué te refieres?
—Los vampiros no dormimos como los humanos. Necesitamos hacerlo muy pocas veces durante nuestra existencia. Pero cuando lo hacemos, podemos estarlo durante décadas. —Habló con cautela—. Los últimos 115 años los he pasado literalmente bajo tierra.
Ahora lo comprendía todo. Se abrían las espesas cortinas del telón y se veía todo el escenario.
Sí, debería irse, pero su cuerpo no respondía, su corazón estaba cansado de luchar, y su mente empezaba a unirse a su corazón. Se dio cuenta de que el cambio de mentalidad no había empezado ahora, sus creencias habían ido cambiando de raíz, empezando por su fe en el amor. Por él y gracias a él.
O por su culpa.
¿Culpa? No. Se sentía completa desde que estaban juntos.
Puso su mano sobre la de él.
—Háblame del destino.
Esta vez Edward tardó más en responder. Tanto que ella por fin lo miró, y se quedó atrapada en aquellos preciosos ojos.
—Existe a lo largo de todos los tiempos una sola pareja para cada vampiro —dijo por fin—. Cuando sientes que es el momento vas a por ella. Ella o él es con quien pasarás los siglos venideros. Lo que te quede de existencia. —Hizo una mueca parecida a una sonrisa—. Una vez la encontramos somos unos aburridos monógamos.
—¿Cómo sientes que ha llegado ese momento? —preguntó ella, curiosa a su pesar.
—¿Cómo siente un ave que ha de dejar el nido? Lo sabes. Y se transforma en una necesidad absoluta e ineludible. Pero cuando tu pareja es un humano todo se complica, porque no sabe lo que le está pasando.
—Complicar es el eufemismo del siglo en nuestro caso, Edward. ¿Y qué sucede si esta pareja tiene ya otra? —quiso saber.
—Eso fue lo que le sucedió a mi padre. Él y Esme se enamoraron profundamente mientras él era aún humano. Por aquel entonces mi padre estaba casado y tenía ya tres hijos, Alice, Emmett y yo. Su atracción era tan fuerte que abandonó a nuestra madre por ella. Fingió su propia muerte.
—Qué horror —murmuró.
—Mi madre y él pertenecían a la nobleza —prosiguió él—. Se casaron como era lo normal entonces, por un matrimonio concertado. No había amor. Esme fue el primer amor de mi padre, y él lo fue de ella.
—Sigue pareciéndome mal. Dejó sola a tu madre con tres hijos.
—Porque lo juzgas desde el punto de vista actual. Afortunadamente no teníamos problemas económicos. Además la nobleza no criaba a sus hijos, lo hacían las institutrices y profesores. Nosotros apenas notamos que padre había marchado, y madre superó muy pronto el golpe. Se la veía más feliz de viuda que de casada. —Se detuvo, dudoso—. Creo que te estoy aturullando con tanta información.
—Demasiado tarde. Hace rato que he pasado la raya del aturullamiento. Sigue —le instó.
—Cuando se desencadenó la epidemia de cólera en Londres, mi padre reapareció. Había muertes por doquier, y ninguna clase social se salvaba. Nosotros ya éramos mayores, Emmett estaba casado con Rosalie, pero Alice y yo seguíamos solteros. Todos enfermamos. Carlisle había estado vigilando nuestras vidas en secreto y nos ofreció transformarnos cuando estábamos tan débiles que era evidente que no íbamos a sobrevivir.
—¿Aceptasteis todos? ¿Tu madre también?
—Mi madre prefirió morir a perder su alma. Nos maldijo a todos los demás por aceptar. —La mirada de Edward era tan triste que ella le tomó ambas manos entre las suyas. Habían pasado tres siglos y todavía parecía dolerle—. No sé qué somos, Bella, pero no somos demonios. Cada vez tengo más claro que somos una especie de mutación o evolución de la especie humana.
—Como un X-men —soltó sin pensar. ¿Por qué le daba por bromear cuando la situación era tan seria?
—Supongo... —La miró anhelante, como esperando un veredicto, pero ella no tenía ninguno.
Todavía.
—Entonces, a ver si lo he entendido… el amor entre nosotros es instintivo. —Hizo una mueca de disgusto mientras él asentía—. Ahora me siento como uno de esos patos que salen del huevo y toman por su madre a cualquier cosa que se mueva —comentó con tristeza.
Él sonrió a su pesar.
—Bella. Tienes elección. No eres un pato.
—¿Qué elección tengo? ¡Si a cada metro que me alejaba de ti me iba sintiendo cada vez peor! Ha sido... aterrador. —Se levantó, de repente llena de justa indignación, y se puso a caminar por el loft sin mirarle—. Yo no he elegido esto —dijo gesticulando con las manos entre los dos—. No he elegido sentirme desgarrada por dentro cuando me aparto de ti. Y no he elegido sentirme en el cielo cuando me tocas.
Él se puso de pie, dio un paso hacia Bella, y ella levantó una mano, deteniéndolo. Edward se quedó de pie a pocos metros, metros que parecían millas. Pero no lo quería cerca, necesitaba pensar.
—Nadie elige enamorarse, Bella. Nadie elige disfrutar cuando ve un amanecer o besa a un bebé. Elegir no implica ser feliz. Y no tener opción no implica necesariamente lo contrario.
—¿No ves cómo me siento? —Ella ignoró sus palabras, su intento de consolarla—. Es como si alguien allí arriba hubiera decidido un puto matrimonio de conveniencia y me hubiera drogado con feromonas para conseguir que aceptara. ¡Así me siento! —Se acercó al ventanal, que tenía una tenue cortina, y la apartó un poco, mirando hacia la calle.
De pronto se echó a llorar.
Los brazos de Edward la rodearon al instante, llenándola de seguridad. Apoyó su mejilla contra el ancho pecho.
—Tienes razón —le susurró él al oído—. Estás en shock. Me entran ganas de abofetearme por ser culpable de tu estado.
Bella se amoldó al cuerpo de él, encajando perfectamente. Jamás habría creído que llegaría a tener una lucha interna tan feroz. Era la Bella de antes luchando contra la de ahora, sin cuartel. Se desgarraba por dentro mientras él, con su abrazo, parecía juntar de nuevo las partes que pugnaban por fragmentarse.
Tras unos instantes levantó los brazos y los pasó tras la nuca de él. Sentía su respiración irregular y la tensión en su cuerpo. Le pareció que él temblaba, pero no estaba segura. Podía ser ella. De pronto pensó que él parecía asustado. Edward con miedo… era una sensación sobrecogedora.
—¿Estás bien? —musitó—. Edward… —le llamó al no oír su respuesta.
—No. No estoy bien —dijo al cabo de unos instantes—. Esa sensación que tú tienes al estar separados… yo también la tengo. No puedo pensar qué pasaría si me dejaras. Pero entendería que lo hicieras.
Ella tuvo ganas de llorar. Él estaba tan atrapado por aquel destino como ella. Pero por lo menos Edward sabía la verdad desde el principio. Le acarició la nuca con una mano, aquellas hebras suaves y aquella piel cálida. Edward respondió al suave roce con un gemido, la tomó en brazos de nuevo y la llevó al sofá, sobre su regazo, manteniéndola muy pegada a él.
Se dejó hacer.
—Tu piel no es fría —dijo ella tras unos instantes de silencio.
—Es la magia de la sangre humana directa de la fuente viva. Conserva su calor dentro de nosotros.
—No termino de imaginarte bebiendo del cuello de alguien. Me parece increíble.
—No soy un asesino, Bella. No mato a la gente de la que me alimento, ya te lo he dicho. Siento compasión como tú, y tengo cierta ética. Pero no creo que haya nada malo en hipnotizar a una persona y beber un poco de su sangre.
—¿Hipnosis? —Abrió los ojos como platos—. ¿Alguna vez me has hipnotizado?
—Jamás se me ocurriría. Además, sería una pérdida de tiempo, nunca sirve la hipnosis con tu pareja.
—Es un alivio. Y tampoco has hipnotizado a nadie de mi alrededor, espero.
—Solo a Eric, la noche que le quité el disfraz… y algo de sangre. —Carraspeó—. No solo algo. Me pasé un poco porque estaba sediento después de tanto dormir. Ah, y también hipnoticé a Jessica.
Bella no pudo evitar una risita, pero de inmediato se puso seria.
—¿Alguna cosa rara más, algo paranormal? ¿Lees el pensamiento?
—Nada de eso. Solo… Alice.
—¿Alice, tu hermana? ¿Lee el pensamiento?
—No, tiene premoniciones, pero muy de cuando en cuando. Fue… ella te vio. Nos vio juntos. Me lo predijo antes de que yo entrara en letargo.
Bella consideró todo aquello y torció el gesto.
—No soporto la idea de que el futuro esté escrito.
—No lo está, cariño. Solo es lo que encontramos por el camino que seguimos. Pero hay múltiples caminos.
El silencio volvió a envolverles. Ella sentía los brazos y el calor de Edward rodeándola, y deseó permanecer en ese refugio toda la eternidad. Tenía un millón de preguntas y ninguna al mismo tiempo. Porque las respuestas no iban a cambiar lo que sentía en aquel momento. Aquella dolorosa fragmentación de sí misma.
El invierno había llegado, pero sin caminantes blancos. Solo la increíble realidad.
Inspiró profundamente.
—No puedo imaginar siquiera la posibilidad de morder a otra persona, y no digamos beber su sangre.
Él le besó la punta de la nariz con delicadeza y ella contuvo un suspiro.
—Lo sé. —Le besó la mejilla—. Pero no pienses en eso ahora. No es importante. Por ti, yo dejaría de beber sangre viva si eso te repugna. —Volvió a besarla, esta vez en la frente.
Ella cerró los párpados y disfrutó de la calidez de aquellos labios.
—¿Lo harías? —dijo en voz baja—. ¿Aunque sintieras frío lo que queda de tu existencia?
—Si con ello te convenzo de cuánto me importas sería poco sacrificio. —Le besó los párpados cerrados.
Bella hundió su mano en el suave cabello cobrizo. Aquellos besos eran un tibio bálsamo, como miel bajo el sol de verano. No eran apasionados o sexuales. Él le hablaba con cada uno de ellos. Le decía que la amaba, que la cuidaría siempre.
Eran votos de amor.
—No necesitas convencerme de eso, Edward. —Fue relajándose bajo aquel contacto, cada uno de sus tensos músculos aflojándose como mantequilla tibia—. Te amo y sé que me amas, tan cierto como que estoy aquí. —Su respiración se iba haciendo más pausada—. Incluso estoy dispuesta a tolerar que seas un vampiro que quiere convertirme en vampira. —Edward la acarició; lo notaba pendiente de cada una de sus palabras como si fuera la sentencia que lo iba a salvar o a condenar—. Lo que me resulta más difícil es renunciar a mi elección. Sentir que todo esto es una especie de obligación. Sé que uno no elige enamorarse, pero una de las gracias del asunto está en la sorpresa, la combinación de acontecimientos que llevan al hecho... No es divertido saber que no puedes hacer nada para evitarlo. No sé si me comprendes, me cuesta explicarme —dijo en voz baja.
Él apretó la mandíbula y asintió. Pasaron los segundos, largos como la eternidad, ambos con la mirada perdida en los iris del otro, comunicándose sin palabras. Por fin, ella tomó aire para hablar. Edward se tensó, sabiendo lo que venía.
—Necesito tiempo para decidir —dijo al fin—. Unos meses, quizá. No lo sé. Quiero ver si soy capaz de vivir y pensar con claridad separada de ti. Jamás he sido tan feliz como contigo, pero entiéndeme. No es una decisión sencilla —dijo, y sus propias palabras le provocaron escalofríos al tiempo que brotaban de sus labios.
Edward cerró los párpados y su frente y sus cejas se arrugaron en un gesto de dolor. Parecía hacer acopio de todas sus fuerzas para poder hablar. Al final abrió los ojos, clavó su mirada en ella, intensa y brillante, y la besó con dulzura. Un beso que era una promesa, apenas un esbozo de lo que podía llegar a ser.
—Estaré esperando —le dijo—. Y cuidando de ti. —La besó para silenciar su protesta—. No me pidas que te deje a merced de los avatares de este mundo. Ni siquiera notarás mi presencia, se lo pediré a alguien de mi familia. Y te advierto que si me preocupa cómo estás me reservo el derecho de reaparecer antes de que te hayas decidido.
Ella asintió en silencio.
—¿Me esperarás cuánto? —dijo con tristeza—. ¿Diez, treinta, ochenta años?
—Siempre.
—No te lo crees ni tú.
—Siempre —repitió él, y zanjó la discusión con un beso profundo.
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El crudo invierno sucedió a aquel dulce otoño, y un día, sin apenas hacerse notar, las hojas mutadas en colores terrosos y rojizos que tapizaban el suelo de la ciudad desaparecieron. El aire cambió de textura y aromas, y la temperatura bajó. La nieve cubrió de blanco la ciudad.
Bella paseaba por el parque Kubota de Seattle, absorta en sus pensamientos. De vez en cuando acudía a aquel sitio, un enorme jardín de estilo japonés, donde por razones que desconocía encontraba algo de paz. El invierno había llegado hacía casi dos meses, pero antes de eso ya se había instalado en su corazón.
Había aprendido a estar sin Edward, a sobrevivir sin él, a vivir como si le faltara una parte no vital de su cuerpo. Seguía sumida en sus contradicciones internas, hundida en un pozo sin final. Le daba vueltas a las cosas una y otra vez, y jamás llegaba a ninguna conclusión. Había perdido el apetito y parte de su peso.
Se arrebujó bien en su abrigo y su bufanda, y miró al cielo. Las negras nubes amenazaban con soltar su carga sobre su pobre cabeza, pero no le importaba demasiado. En el fondo una parte de ella se alegraba, sabía que la lluvia le recordaba a él, a su primera no-cita. Inspiró con fuerza el aire, que transportaba el aroma de fresca humedad previo a la lluvia, para llenarse de él. Hacía demasiado que parecía incapaz de llenar sus pulmones, pero de pronto sintió que podía hacerlo. El agujero en su pecho, el peso que le impedía respirar, todo había desaparecido.
Sin previo aviso, los nubarrones descargaron sobre su cabeza. Se subió la capucha de la parka, un acto que en unos minutos iba a ser inútil, y rebuscó en su bolso, pero no encontró el paraguas que creía que guardaba allí. Sin embargo, se sentía feliz. Levantó de nuevo la cara hacia el cielo para recibir la helada lluvia en el rostro y, como cuando era niña, abrió la boca para probar las gotas de agua.
Un paraguas le impidió la vista.
—No te estás cuidando nada, Bella —la añorada voz destilaba reproche. Oírle fue como si se hiciera de día tras una larga noche.
—Creo que soy mayorcita para saber cuidarme. No voy a encoger por unas cuantas gotas. ¡Por favor! Tú ya sabes que los de Seattle tenemos la piel de Gore-Tex. —bromeó. La tormenta aún no arreciaba, pero dentro de ella había un auténtico vendaval. Prefirió mirar al frente, aún no estaba preparada.
—No sé qué es eso del Gore-Tex pero me suena a exageración. ¿Puedo…? —preguntó dubitativo.
Ella sintió que la rozaba con el brazo más cercano a ella, y asintió. Edward le pasó el brazo por los hombros, acercándola a él. Sentirse rodeada por él era como volver a la vida. Como si ese brazo llevara incorporado uno de esos desfibriladores que estaban repartidos por toda la ciudad y le hubiese puesto en marcha de nuevo el corazón. Sintió ganas de reír y llorar.
Y, ya de paso, llamar a un manicomio.
Caminaron en silencio durante unos minutos, dentro de una especie de nube de felicidad que Bella se negaba a romper.
—Has perdido peso. —Esta vez no había reproche sino pura preocupación.
—No tanto. ¿Cómo te proteges del sol? —cambió de tema—. ¿O también en eso sois distintos al mito popular? —. Quería saber más.
Escuchó que él inspiraba lentamente.
—No tolero el sol directo sobre la piel. Me quemo muy rápido. Por eso uso protector solar.
—¿Protector solar? —Ella soltó una carcajada—. ¿En serio? —dijo, y cometió el error de mirarle.
«Dios. Está más guapo que nunca». Y la miraba de aquella forma que él tenía de mirarla, como si no hubiera nadie ni nada más en el mundo, en el Universo.
—Factor 100 plus —dijo él, y sonrió.
Entonces comprendió por qué la novela romántica abusaba de términos como devastador. Porque ella se sentía así en aquellos momentos. Devastada por aquella sonrisa. Apartó la mirada bruscamente, sintiéndose como si hubiera mirado al sol sin gafas.
—No sabía que eso existía. —Su corazón latía alocado, ahora que de nuevo había recuperado la energía.
—Hay muchas cosas que no sabes. —Le besó la sien, un contacto fugaz que la dejó sin aliento—. No sabes que paso los días y las noches pensando en ti. No sabes que ahora sí me siento un muerto en vida. No sabes que mi familia no soporta mi humor horrible y que todos me evitan.
—¿Todos? —dijo notando un temblor delator en su propia voz.
—Todos menos Alice.
—Bien por Alice —dijo ella, y entonces su voz se quebró y ya no pudo hablar. Edward se paró delante de ella y la abrazó contra su pecho, un brazo en su espalda, el que aguantaba el paraguas, y el otro acunándole la nuca.
Pasados unos minutos la lluvia amainó, y también las lágrimas de Bella. Inspiró profundamente para serenarse y llenar sus venas de la esencia de su amor.
—Y tú no sabes que soy una yonki, que necesita respirarte, tocarte, sentirte...
—Detente, amor mío. A menos que quieras que te transforme en vampira aquí y ahora —murmuró él casi suplicante.
—No puedo decirte que sí todavía. Pero no soporto estar tanto tiempo separada de ti. Es una locura.
—¡Alabados sean los cielos! Y te recuerdo que la locura no fue mía. Cuando hablamos en mi piso te dije que te esperaría mientras no me dieras motivos para volver. Yo solo he respetado tu voluntad… hasta ahora.
—Me equivoqué —dijo ella. Apoyó su cabeza en el amplio torso de él y le rodeó la cintura con sus brazos.
Estuvieron así unos minutos, mientras poco a poco dejaba de llover.
—¿Sabes qué día es hoy? —Edward rompió el silencio.
—No.
—San Valentín.
Ella levantó la mirada y frunció el ceño.
—Odio San Valentín. No lo celebro nunca. Es una tradición puramente comercial que hace sentirse mal a la gente que no tiene pareja.
Él soltó una carcajada.
—Pobre San Valentín. Y los comerciantes tienen que vivir, ¿no crees? —Le acarició la frente, alisando las arrugas entre sus cejas. Ella se encogió de hombros—. Entonces, ¿no quieres tu regalo? —dijo él acercando su rostro al de ella.
—No me beses. Por favor —suplicó la joven—. Luego va a ser más difícil separarme de ti.
Él respiró profundamente con los ojos cerrados, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo. La besó en la frente, un beso fugaz que dejó tras él una estela de añoranza, y se apartó un poco de ella. Mirándola fijamente, como si estuviera volviendo a memorizar sus rasgos, se sacó una caja del bolsillo. Bella tragó saliva y lo tomó con extrema precaución. Un estremecimiento la recorrió.
—Cielo santo, no pongas esa cara —dijo entre divertido y exasperado—. No te va a saltar a la cara un Alien.
Bella sonrió y abrió la caja.
—El colgante de Arwen —dijo sin aliento. Levantó el precioso colgante plateado.
—No es una joya, pero creo que lo preferirás. —Sonrió levantando una comisura de los labios—. Es el original, el que llevó la actriz en la película.
Entonces ella se tapó la cara y sus hombros comenzaron a temblar.
—¡Lo siento! Esperaba que te alegraras —dijo él con profunda preocupación. Le puso las manos sobre los hombros—. Por favor, mírame.
—Estoy feliz. —Ella se destapó la cara, empapada de lágrimas—. Gracias, amor. Yo no tengo nada para ti.
—Con esa sonrisa me basta —dijo él. Y la abrazó hasta que cesó la lluvia y se hizo de noche.
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—¡Allí está Ben! —Angela tiró de su brazo en dirección a su novio.
La sala estaba repleta de personas vestidas para la ocasión, una fiesta benéfica en el hospital donde trabajaba el novio de su amiga, pero Bella solo veía sombras. Estaba pendiente de sus sensaciones. Él estaba allí, su cuerpo clamaba a gritos su presencia. Frunció el ceño, frustrada. ¿A qué esperaba para aparecer? ¿Le estaba dando de su propia medicina? Estaban en marzo y llevaban desde San Valentín sin verse, aunque ella había esperado que él apareciera antes.
Un mes. Una eternidad. No podía quejarse, ella sabía dónde buscarlo y no lo había hecho. Necesitaba tiempo.
Sin embargo, ahora su cuerpo estaba completamente alerta, necesitado de él, y ella ya no podía soportarlo más.
—Maldito presuntuoso, no sé a qué esperas —gruñó por lo bajo, tan bajo que su amiga ni siquiera la oyó entre aquel barullo de gente y música.
—¡Mira, Ben está con ese médico tan guapo que te comenté!
Edward pareció materializarse en aquel momento delante de ellas deteniendo en el acto su avance, de paso dando un susto de muerte a Angela.
—¡Edward! ¿De dónde sales? —preguntó.
—Hola, Angela. —Hizo una leve inclinación de cabeza a modo de saludo y entonces clavó su mirada ámbar en ella—. Bella.
A la informática le pareció que su nombre jamás había sonado tan erótico.
—Edward —contestó al saludo de igual forma. Ambos se quedaron mirando allí plantados, frente a frente en una sala atestada de gente, como si no hubiera nadie más, hasta que oyeron el carraspeo de Angela.
La miraron como si acabaran de darse cuenta de que no estaban solos.
—¿Sabías que él venía y no me dijiste nada? —dijo su compañera de piso en tono acusador.
—No hasta hace un momento. —Bella meneó la cabeza y miró a Edward enarcando una ceja—. Has tardado mucho.
El vampiro le lanzó una media sonrisa, manteniendo el silencio. Se oyó el bufido de Angela.
—No sé a qué estáis jugando los dos pero creo que eso de daros un descanso os está haciendo daño. A ver si acabáis como Ross y Rachel, que tardaron años en juntarse otra vez. Tú —señaló a Bella con la cabeza— estás tan flaca que das pena, y tú —hizo el mismo gesto con Edward— estás demacrado y más blanco que una hoja de papel. Dais asquito.
—Eso es cierto —dijo Bella con súbita preocupación—. ¿No te alimentas bien?
El vampiro levantó ambas cejas, como sorprendido por la pregunta.
—¿Y tú?
—Escuchadme los dos —soltó Angela con su mejor voz de institutriz del siglo XIX—. No he visto personas más enamoradas y más cabezotas que vosotros. No sé qué es lo que os mantiene separados, pero seguro que no es tan importante como lo que sentís estando juntos. Ahora voy a dejaros, y espero que solucionéis vuestras diferencias.
Dicho esto se marchó en dirección a su novio.
—Angela es muy sabia. ¿Sabe que no estamos juntos por decisión tuya? —dijo Edward tomándola de la mano. Era la primera vez que sus pieles contactaban desde que aquella tarde en el jardín y Bella contuvo el aliento. Cerró los ojos, disfrutando de la sensación.
—No —respondió abriéndolos de nuevo—. Sería insoportable vivir con ella si lo supiera.
—Estoy convencido de ello. —Rio, acercándola a él de un tirón—. Baila conmigo —dijo con voz ronca.
—¿Y esas maneras autoritarias, señor Cullen? —fingió protestar ella.
—Esto no son maneras autoritarias —le dijo él al oído, ya en la pista de baile—. Esas las reservo para ti en caso de que no te cuides mejor.
Ella le rodeó los anchos hombros con un brazo y, suspirando, se dejó llevar. Edward era un bailarín excelente. Acercó su rostro al hueco bajo la mandíbula de él y sintió que cerraba más el círculo sobre su cintura.
—¿Qué pasará con mis padres, mis amigos? —murmuró muy bajito.
—Podrás verlos igual que ahora, al principio.
—¿No me voy a volver una loca sedienta de sangre? ¿No voy a cambiar de aspecto?
—Dios, espero que no. —Su aliento le hizo cosquillas en la frente—. Solo estarás algo más pálida, aunque a ti no se te notará mucho. Pero sí que llegará el momento en que no podrás ver a tus seres queridos porque no cambiarás, sospecharán, se preocuparán... No creo que lo entiendan. Pero esa es tu decisión. —Bella notó un beso en la coronilla y le correspondió en el cuello—. No hagas eso —soltó un gemido.
—Lo siento.
—Esto es una tortura. ¿Vamos a seguir así?
—¿Continúa siendo mi decisión? —Él asintió con la cabeza—. Entonces sí.
—Es tu manera de convencerte de que conservas el libre albedrío —fue una afirmación más que una pregunta.
—Supongo que sí.
—Solo prométeme que vas a alimentarte mejor. O vendré y te hipnotizaré para que lo hagas.
—Me dijiste que no podías hacer eso —protestó ella.
—Si me obligas lo haré con Angela, para que te haga la vida imposible. Te perseguirá día y noche con un plato de comida.
—Eres cruel —murmuró ella con una sonrisa triste.
—Lo sé. —Bailaron unos minutos en silencio, y Edward fue el primero en romperlo—: ¿Sabes para qué es esta fiesta?
—Recauda fondos para las investigaciones del banco de sangre del hospital.
—Así es. Supongo que no sabes que mi familia es la principal benefactora. Los médicos están intentando lograr que las células madre sanguíneas funcionen de forma autónoma, produciendo sangre sin esa necesidad interminable de donantes que padecen los bancos de sangre actuales.
—Vaya. Sería un gran logro para los humanos. Y para vosotros.
—En efecto. Quizá sería el fin de la penitencia de Jasper. Pero aún está muy lejos de convertirse en una realidad —añadió al ver que ella iba a preguntar algo.
—Al menos es una esperanza, y eso es algo bueno.
Él la abrazó más, tanto que empezaba a tener problemas para respirar, pero no le importaba.
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Las flores en los arbustos y plantas de los parques otorgaban a la ciudad una nota de color que debería alegrar el ánimo. Bella las contemplaba desde la ventana de su despacho en lo alto del rascacielos donde trabajaba, pensativa y no del ánimo que requería la llegada de la primavera.
Había preparado una carta muy formal, y le dio a imprimir sin pensarlo más. Hizo tres copias de la misma y las firmó. Las metió en sendos sobres y se dirigió con ellas hacia el primero de sus objetivos. Lo justo era comenzar por su jefa. Nunca había sido una gran jefa, pero los había mucho peores, y Bella le debía esta pequeña deferencia. No estaba obligada a notificárselo personalmente pero quería hacerlo.
Llamó a la puerta y esperó a que le diera permiso para entrar.
—Buenos días, Bella. ¿Has terminado de actualizar el sistema operativo de la empresa? Desde que hubo aquel fallo de seguridad en Windows tengo pesadillas.
—A nosotros no nos afectó, precisamente porque me encargo de que esté actualizado sin esperar a que me lo ordenes. —Jessica era experta en ordenar cosas que ya había hecho mucho antes, y cuando le decía que estaban hechas sonreía con satisfacción, como si fuera mérito de ella.
—Ah, muy bien, muy bien. ¿Qué quieres? —dijo mirando los sobres que llevaba en la mano.
—Este es para ti, y dos más que voy a llevar a recursos humanos. —Hizo una breve pausa—. Me marcho, Jessica. Con quince días de preaviso.
—Oh… —Estaba claro que no lo esperaba—. Eres una buena informática. ¿Hay algo que pueda hacer para que te quedes? Si está dentro de mis posibilidades lo haré. Creo que puedo prometerte una subida de doscientos dólares en el sueldo más unos incentivos de…
—No es por el dinero —la interrumpió Bella—. Necesito cierta libertad. He contactado con una empresa de software y programación que me permite trabajar desde casa, jornadas muy flexibles.
—Vaya —dijo derrotada—. Eso sí que no puedo ofrecértelo. Me alegra que el cambio haya sido por mejorar, no por problemas aquí. Hubo un tiempo en que se te veía un tanto desmejorada, pero ahora tienes mejor aspecto. En fin. —Le tendió la mano—. Mucha suerte con tu nuevo trabajo.
—Gracias, eso espero. —Se dieron un apretón. Bella salió por la puerta del despacho en dirección a recursos humanos. No iba a echar de menos ese trabajo. Tenía buenos compañeros pero nunca había hecho amigos, y era demasiado rutinario para lo que a ella de verdad le gustaba, la programación.
Llegadas las cinco de la tarde Bella se puso la chaqueta, se colgó el bolso y se dirigió a la salida. Desde hacía semanas sentía una curiosa anestesia emocional. Como si fuera un robot realizando las tareas que tenía asignadas de forma eficiente (nadie había tenido ninguna queja) y automática.
Estaba despidiéndose de su vida tal como la conocía. Lo sabía, pero no quería pensar en ello. Era un paso tras otro sin mirar nunca más allá. Ni tampoco hacia atrás. Tenía que hacerlo.
No, aún más importante. Quería hacerlo.
De camino a su casa decidió pasar por un parque cercano. Ella misma se sorprendió, pero de repente le apetecía oler el aroma de la primavera y disfrutar de sus vivos colores.
—¿Te apetece tomar algo? —Edward apareció de repente, como la última vez. Esta vez no lo esperaba, aunque su súbito cambio de humor debería haberle dado una pista.
—¡Joder! —Lo fulminó con la mirada—. ¡Qué susto me has dado! —espetó. Al momento siguiente se lanzó a sus brazos—. Mierda. Te he echado mucho de menos. El invierno ha sido larguísimo.
Cada uno de los tensos músculos que la sostenían pareció volverse de gelatina al notar los fuertes brazos de Edward rodearla. Apoyó la cabeza en su hombro, que parecía hecho para ella, como la última vez que se habían visto.
—No quiero tomar nada. Quiero tomarte a ti, y que me tomes —murmuró ella contra su cuello. Sintió que él se tensaba y dejaba de respirar.
—Necesito que me lo digas. No quiero pensar que te malinterpreto.
—Te amo y quiero que me transformes.
Él tragó saliva un par de veces antes de hablar.
—¿Cuándo? —su voz sonó quebrada.
—Necesito un par de semanas. Ya he hablado con Angela y está muy contenta. Por supuesto, sólo le he dicho que tú y yo vamos a vivir juntos. Ben dejará su piso a finales de mes e irá a vivir con ella. Les he dado la excusa perfecta para lanzarse por fin. —Se estremeció.
—¿Tienes miedo?
—Un poco. Pero no puedo seguir así. No quiero —acentuó la palabra— seguir así.
Él rio, una risa musical que ella no le había oído en demasiado tiempo.
—Todo saldrá bien —susurró.
—Lo sé. Me lo dice el instinto —dijo ella.
—Ah, se me olvidaba. —Se puso serio—. Sabes que soy un poco anticuado, ¿verdad?
—Sí.
—Bien, entonces abusaré de mi buena suerte. Quiero pedirte algo.
—No voy a casarme contigo —le cortó ella.
—Eres frustrante, ¿lo sabías? —Se cruzó de brazos.
—Estás tentando a la suerte, Cullen. No pidas más.
—¿Ni siquiera una boda civil del estilo que a ti te dé la gana? —probó él.
Ella levantó la cara y lo miró en silencio. Al final sonrió.
—Me has dado una idea. Pero la boda tendrá que esperar un poquito para que la gente se prepare bien.
—Dios. Creo que me das miedo.
—Y me lo dice un vampiro. Tiene su gracia. Es el karma.
—No sé qué es eso. Pero creo que me da igual la boda que quieras si al final te conviertes en mi esposa.
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Yo le habría dicho a Edward: ¿estás seguro?
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Besos, abrazos y Feliz Navidad a todas.
