6. Regulus

"Sábado once de febrero. Esta mañana una familia mágica ha aparecido muerta en su casa de Wiltshire. Aunque no se descartan otras hipótesis, parece que la causa de la muerte ha sido un incendio, ya que toda su vivienda está completamente calcinada. Sin embargo, los cadáveres no parecen presentar demasiadas quemaduras. En total, una pareja y dos niñas gemelas de un año de edad. Se sospecha quizá de un atentado a la sangre mestiza, pues los padres del hombre no poseían sangre mágica; sin embargo, la mujer procedía de una familia mágica conocida. Las circunstancias del siniestro no están claras, pero..."

Narcisa cerró el periódico de golpe.

Quizá había sido un incendio. Quizá la chimenea; un cortocircuito, un accidente.

O quizá no.

Narcisa pensó en la mujer. En esas niñas, esos bebés. No merecían morir.

O quizá sí. Curiosamente, en aquél momento esas tres vidas no le importaban lo más mínimo.

Habían pasado dos meses desde Navidades. Lucius y ella habían acudido a San Mungo para una obra benéfica, y Rita Skeeter se había ocupado de que todo el mundo supiese lo feliz que parecía la pareja. Pero lo cierto era que en realidad, ella y su marido apenas cruzaban una palabra durante el día; Lucius llegaba tardísimo a casa y se marchaba muy temprano. La joven Malfoy estaba segura de que si tuviese la oportunidad de conocer mejor a su marido quizá pudiese llevarse mejor con él, pero de momento sólo lo veía durante la noche y en comidas esporádicas. A veces, cuando habían hecho el amor y él se quedaba dormido, Narcisa lo observaba. Al abandonarse al sueño, después de haberse esforzado para hacerla llegar al orgasmo, la cara de Lucius era pacífica, satisfecha, feliz; muy diferente a la fría expresión que adoptaba durante el día. Eran dos extraños, dos personas distintas bajo un mismo techo, y la situación no parecía que fuese a mejorar.

Por otro lado, Regulus no había dejado de ver a Nott. La voluntad del primo de Narcisa era débil, muy débil, propensa a caer en la tentación una y otra vez. Ella y Bellatrix habían intentado hacerle entrar en razón, y lograban convencerlo durante unas horas; mas la siguiente vez que los tres se reunían, Regulus les confesaba que no había podido hablar seriamente con Theodore.

Bellatrix, por su parte, había dejado de lado el lenguaje humano y se comunicaba con gruñidos y gritos. A medida que su embarazo avanzaba, ella recurría a las más inverosímiles artimañas para ocultárselo a su marido, quien por otra parte no se hubiese dado cuenta ni aunque Bella lo hubiese gritado a los cuatro vientos. Y cuando Cissy o Reg le preguntaban sobre Snape, ella les contestaba secamente que aún no iba a explicarles nada.

Y Narcisa tampoco gozaba de una existencia libre de secretos. En ese mismo instante, por ejemplo, tenía en la mano un calendario de papel con cinco o seis números marcados cada cierto tiempo más o menos regular. Era un calendario con los períodos de Narcisa. Su madre la había instado a que lo empezara cuando se casó y que la informara inmediatamente si había algún cambio. Ellas nunca podían presumir de fertilidad, y sus períodos no eran abundantes ni frecuentes.

El calendario en cuestión estaba destinado a ser usado más o menos cada mes y medio durante cinco o seis días; sin embargo, ya estaban en febrero y todo brillaba por su ausencia. En total, dos meses de falta.

Narcisa miraba el calendario intensamente, como si así pudiera empezar a sangrar. Los asesinatos, la violencia y el terror de la ciudadanía le importaban, en esos momentos, nada. Una y otra vez repasó las fechas, contó los días, intentó recordar su último período. Y una y otra vez, todo coincidía.

Podía ser el estrés. Podía ser el no dormir, podía ser la tristeza que llevaba acumulada en su corazón desde el día de su boda. Cada vez se convencía más de que todo aquello, toda aquella gran comedia, había sido un error. Nunca debió casarse con Lucius. Es más, ni siquiera debería haberle dado esperanzas, aunque eso supusiera no casarse. Todo pasaba demasiado rápido; aún podía soportar un matrimonio sin amor, pero traer un hijo inocente a éste era algo que no estaba segura de poder hacer.

Se recostó en la silla y se miró el vientre, pensativa. Frunció el ceño.

Siempre decían que una madre notaba cuando su bebé existía, pero ella no notaba nada. ¿significaba eso que no había niño? ¿Acaso que no lo quería?¿y si era una niña? ¿se mostraría Lucius igual de contento?

...

Cuando Lucius y ella terminaron de comer, él se marchó a trabajar y Narcisa prefirió quedarse en casa pasando una tarde tranquila y ordenando sus pensamientos.

Dos meses eran una falta considerable para que alguien supiera de su existencia. Pero ¿quién? Su madre había insistido en ser la primera en saberlo, pero tampoco quería que a consecuencia de eso la noticia se propagara a, básicamente, los cuatro vientos (cosa que sin duda alguna sucedería). ¿Bellatrix? Probablemente le soltaría algún comentario hiriente e interpretaría la confesión como una declaración de guerra al más puro estilo "mi familia es feliz y la tuya no".

¿Lucius? Lucius debía ser quien lo supiera. Pero había algo, un instinto, un sentido inconsciente que le impedía contarle cualquier cosa e intentar mentir.

Se levantó y fue hacia la biblioteca. Cogió una butaca cerca del ventanal que daba a la puerta del jardín e intentó leer, pero no podía concentrarse.

En ese momento pensó en Andrómeda.

Era justo la persona indicada para saber su secreto; ella le ayudaría, sería discreta. Ella siempre tenía respuesta para todo, siempre tenía una sonrisa lista.

Llevaba años sin saber de ella. Ni una carta, ni una postal, ni una triste señal de vida. "La raza mágica y su deterioro social". Narcisa examinó el pesado tomo que tenía entre las manos y que había cogido al azar. Desechó la idea de intentar leer; estaba demasiado desconcentrada. Puso el libro en su regazo y se recostó en la butaca. Miró por la ventana, y justo entonces una figura se apareció frente a las enormes puertas de hierro de la casa.

Lucius había regresado temprano. Justo hoy. Narcisa cogió el calendario, se dirigió a su dormitorio y lo escondió en un cajón de la mesilla de noche, debajo de un montón de cartas de su primo Regulus. Fue al armario, sacó un pañuelo de seda verde y lo embutió en el cajón para asegurarse de que ni un resquicio del calendario fuese visible.

Después corrió hacia el baño, sacó a toda prisa el maquillaje y empezó a aplicarse corrector para disimular sus pronunciadas ojeras y colorete en las mejillas.

Escuchó la puerta principal, Lucius gritándole a Dobby, seguramente arrojándole la capa de viaje a la cara, y luego su voz grave y masculina:

- ¡Narcisa! - gritó jovialmente -. ¡Ya estoy en casa!

Ella no pudo evitar empezar a sudar, como si hubiese hecho algo malo. Compuso una sonrisa y por precaución, se desabrochó un par de botones del escote (aunque sus pechos no eran lo que se dice abundantes, siempre mantenían a Lucius ligeramente aturdido).

- ¡Estoy en el baño, Lucius! ¡Ahora bajo!

- ¡Te espero en la biblioteca!

Narcisa se aplicó más maquillaje, desesperada. Respiró profundamente y se miró al espejo, como había visto hacer a su propia madre antes de un evento importante. Se apartó el pelo de la cara, se echó colonia y bajó las escaleras manteniendo su sonrisa. Abrió la puerta de la biblioteca.

- Hola, Lucius - dijo, sonriente-. ¿Cómo es que has llegado tan temprano?

El hombre tomó asiento en un mullido sillón y le correspondió la sonrisa, pese a que se veía muy cansado. Se restregó los ojos con las manos y reprimió un bostezo.

- Me he tomado la noche libre. Me apetecía quedarme hoy en casa. Además, tengo que... bueno, mejor siéntate, cariño - dijo el hombre, ofreciéndole un sitio a su lado. Curiosamente, desde hacía unas semanas había empezado a llamarla "cariño", cosa que a Narcisa le parecía una tontería sin sentido.

Ella se sentó, obediente, y sonrió mientras él correspondía a su sonrisa y con un golpe de varita hacía aparecer dos copas de hidromiel. Al parecer, Lucius no se acordaba de que a ella no le gustaba aquella bebida tan dulce, pero Narcisa no replicó y bebió un pequeño sorbo.

Lucius le miró la tentadora curva del cuello un instante, pero su semblante era serio cuando clavó sus ojos grises en los de ella.

- Narcisa, hay un asunto que debo hablar contigo. Un asunto...- pasaba un dedo por el borde le su copa distraídamente, trazando el mismo círculo una y otra vez - ... delicado.

Ella se obligó a sonreír con calidez mientras pensaba a toda velocidad. ¿Se trataba de que aún no estaba embarazada? Probablemente. Estudió el semblante de su marido, que pese a ofrecer una expresión de aparente tranquilidad, no podía ocultar un deje agrio en la mirada. Era eso, seguro. De golpe, sin embargo, pensó en Bellatrix. Quizá Lestrange se había enterado de todo, pero como Bella era la preferida del Señor Oscuro y gozaba de su favor, Rodolphus no se atrevía a prohibirle directamente que dejase de jugarse la vida y por eso se lo había contado a Lucius. Y ahora él pretendía que Narcisa, en calidad de hermana, hiciese entrar en razón a Bellatrix. Quizá se tratase de eso... pero Bella había escondido extremadamente bien su embarazo, tan bien que a la joven Malfoy le parecía imposible que Lestrange (quien no era precisamente conocido por su faceta sensible y derrochadora de empatía) pudiera llegar a imaginárselo.

No. Debía de tratarse de lo primero. Lucius deseaba saber cuándo diantre iba a quedarse embarazada. Su paciencia se estaba agotando, Narcisa lo intuía.

Siguió sonriendo y él, tranquilo, parecía pensar en cómo decir lo que quería contarle. Ella no se atrevía a hablar primero, ni quería insinuar que precisamente unos momentos antes, sospechaba que había posibilidades de que un hijo viniese en camino.

- Verás, Narcisa - empezó Lucius-. No sé muy bien cómo decirte esto, pero... en fin, es algo sumamente difícil - la miró -. Se trata de tu primo - ella contuvo el aliento-. Verás... circulan ciertos rumores. Rumores, la verdad, bastante deshonrosos.

Lo saben, pensó Narcisa. Fingió desconcierto, como si Regulus fuese el hombre más santo que había caminado jamás sobre la Tierra.

- ¿Qué rumores?

Él estaba visiblemente incómodo, como si una niña pequeña le hubiese preguntado de dónde venían los niños.

- Bueno, dicen por ahí que Regulus... que Regulus practica la sodomía - hizo una pausa y miró a su mujer-. Que se acuesta con hombres - aclaró, quizá pensando que su joven y angelical esposa no conocería una palabra tan horrible como sodomía.

- ¿Qué? - dijo ella, fingiendo indignación para ocultar el miedo a que su marido descubriese que lo sabía todo-. ¿Quién dice eso? ¿Cómo puede alguien insinuar tal cosa? - se levantó, convincentemente furiosa-. ¿Quién osa arrojar tales calumnias sobre el apellido de mi padre? ¿Dónde has oído esa basura?

- Lo comenta bastante gente - dijo Lucius con calma. Narcisa vio que no estaba en absoluto intimidado; se entrevistaba semanalmente con el ministro de Magia, lidiaba casi a diario con la ira del Señor Tenebroso y luchaba contra experimentados aurores de la Orden del Fénix. Una pataleta de su mujer debía parecerle adorable, molesta como máximo.

- Pues no es cierto - replicó Narcisa, tajante-. No es cierto.

- Estás sorprendentemente segura de ello, querida - dijo él, con un deje de suspicacia en la voz. Entornó los ojos.

- Regulus no es Sirius - dice ella con voz queda-. Regulus se quedó con su madre y asumió todas las responsabilidades cuando aún era un chaval. Nadie puede dudar de su virilidad.

Lucius aún sospecha, pero finge indiferencia y se encoge de hombros.

- Sea como sea, se rodea de malas compañías. Gente que apuesta fuerte, que bebe demasiado. Se descontrolan. Hacen sombra a nuestra causa - e inmediatamente baja la voz, aunque está en su propia casa y sólo su fiel esposa puede escucharle-. El Señor Tenebroso sabe que tu primo tiene miedo, Narcisa. Y el Señor Tenebroso nunca se equivoca - dijo con fervor-. Y no acepta indecisos. Sobretodo, teniendo en cuenta lo que hizo su hermano.

- ¡Ya te he dicho que Reg no es Sirius! Y es mucho más puro que Lestrange, que Rockwood, que McNair. ¡Es un Black, por el amor de Dios!

Lucius se encoge de hombros y deja la copa a un lado.

- Yo sólo digo que no es conveniente que paséis tanto tiempo juntos - comentó, agarrándola por la muñeca y situándola delante de él. Apoyó la cara en su vientre y la abrazó-. Podría dar lugar a murmuraciones - susurró, besándola por encima de la ropa y cerrando los ojos con placer.

- ¿Qué? -dijo ella con voz ahogada-. ¿No puedo ver más a mi primo?

- Claro que podrás verlo, cariño - dijo él distraídamente, acariciándole la curva de la espalda. Parecía lejos de la conversación, en algún lugar cercano a la piel de su esposa-. Sólo que de vez en cuando - le levantó la falda y le metió una mano atrevida, acariciándole la cara interna de los mulsos. Gimió con voz ahogada y la empujó para que se sentase sobre él.

Lucius había tenido un día duro. Estaba cansado y durante toda la jornada tan sólo había pensado en Narcisa, en lo que hicieron la otra noche cuando él le pidió que no apagara las luces porque quería verla desnuda. Recordaba la cara de su mujer, roja de vergüenza, pero justo cuando él iba a retirar la oferta ella aceptó, y Lucius pensó que se moriría de deseo al verla allí, sentada en la cama, quitándose el camisón con una mezcla de deseo y pudor. Aquella visión le había estado dando problemas todo el día, y de camino a casa pensó en pasarse por Madame Malkin para comprarle algo bonito, unos guantes de piel o un cuello de armiño para su túnica nueva; pero tan sólo quería llegar a casa, contarle brevemente el molesto asunto de Regulus y volver a acostarla en la cama, y tocarla, y besarla, y morder su fino cuello de cisne, y notar la tensión de su orgasmo y los espasmos que lo culminaban, cuando ella le clavaba las uñas en la espalda y temblaba. Cuando fruncía el ceño y murmuraba "Lucius" contra su oído, era el único momento en el cual el hombre tenía la certeza de que su esposa pensaba en él. Y Lucius se atrevía a imaginarse que quizá ella le quería.

- Eres preciosa - murmuró temblorosamente sin abrir los ojos-. Cuando aún estabas en el colegio y veníamos a visitaros a la casa de tus padre durante el verano, ya me parecías preciosa. La más hermosa de las tres hermanas. Y ahora - subió la mano hasta alcanzar el tacto sedoso de su ropa interior - eres mi esposa - sonrió satisfecho, como un niño mimado al que le han regalado el juguete más caro y más bonito de toda la tienda.

Pero de pronto, Narcisa le puso las manos en los hombros y se apartó bruscamente, poniéndose en pie frente a él.

- Es mi primo. Es mi hermano - dijo ella apasionadamente. Lucius se quedó sentado en el sofá mirándola con asombro, como si no creyera posible que Narcisa pudiera apartar su contacto. Ahora la cara del hombre se asemejaba a la de un niño dolido y decepcionado, a punto de coger una rabieta cuando por primera vez le niegan algo-. Es mi sangre - murmura Narcisa, dejando que resbalaran las lágrimas que había estado ahogando-. Le quiero pese a todo. Y no sólo me pides que deje de verle, si no que ni te molestas en averiguar si eso me afecta.

Lucius seguía mirándola extrañado, en la misma posición que ella le había dejado, como si le hubieran abofeteado. No parecía saber qué decir.

Pasaron unos aterradores segundos durante los cuales Narcisa pensó que su marido montaría en cólera, como aquella vez que le grabaron la marca Tenebrosa y había sangre por todas partes, y ella se atrevió a preguntar por la verdad y él la pegó tan fuerte que la tiró al suelo, simplemente porque había hecho una pregunta que a él no le había gustado.

Lucius se levantó del sofá, frío como el hielo, y ella dio tres pasos hacia atrás de forma involuntaria.

- No pretendía herir tus sentimientos - reconoció él. Eso era lo más parecido a una disculpa que Narcisa podría obtener, y parecía lamentar sinceramente su falta de sensibilidad-. Pero te ocultas de mí, Narcisa. Pareces alegre, pero en cuanto me doy la vuelta presiento que no eres feliz.

Ella lo miró con algo parecido al sarcasmo en sus ojos.

- ¿Seguro que lo que quieres es una esposa triste?

- No tienes ni idea de lo que quiero - le espetó él.

Pero ella creía saber muy bien lo que él quería. Su madre y su hermana se lo habían enseñado: un marido siempre deseaba una esposa risueña, y Narcisa lo había comprobado, pues Lucius ya había demostrado no saber lidiar con un arranque de sinceridad de una chica preocupada por él. Sencillamente tenía pánico al llanto femenino, a la tristeza, a la infelicidad, y pretendía arreglarlo todo con caras prendas de ropa y flores.

Así que Narcisa no replicó. Se limitó a desviar la mirada y él hizo ademán de salir de la habitación, dirigiéndose a la puerta, pues no soportaba estar en el mismo sitio que una mujer que le había rechazado.

- Te he explicado lo de tu primo porque sé que le quieres. No me mires con esa cara como si yo fuera un monstruo sin sentimientos, Narcisa, por Dios Santo.

- Le querría igualmente aunque se acostase con Nott. Pero no es cierto, Lucius, no es cierto.

Lucius frunció el ceño.

- No recuerdo haber mencionado a Nott - susurró lentamente.

A Narcisa se le heló la sangre y no pudo evitar taparse la boca, horrorizada, aunque rápidamente bajó la mano y farfulló la primera excusa que le vino a la cabeza.

- Ya había oído rumores - balbució sin convicción.

- No me mientas - siseó Lucius-. Tu primo es el único heredero cuyos vástagos se llamarían Black. Si no va a perpetuar su nombre, éste vale igual que el de cualquier sangre sucia - dijo, haciendo caso omiso de la exhalación de su mujer-. Sus antepasados no van a protegerlo de las calumnias, ni por supuesto de lo que es verdaderamente peor: arrepentirse de haberse unido a la causa del Señor Tenebroso.

Ella continuaba estática, paralizada por el terror; había descubierto a su primo ante uno de los mortífagos preferidos del Señor Oscuro, y no había nada que pudiese hacer para arreglarlo.

- Lucius, por favor - imploró ella-. No se lo digas a nadie. Te lo suplico. Haré lo que quieras, te daré lo que me pidas, pero por favor...

Él avanzó hacia ella rápidamente y la agarró por las muñecas, zarandeándola.

- ¡Lo sabías y no me lo contaste! - le gritó, escupiéndole saliva en la cara-. ¿Qué tiene ese sodomita, ese cobarde traidor, que yo no tenga? - gritó, sacudiendo el cuerpo de su esposa con violencia. Sentía una horrorosa sensación en el estómago, como una mezcla de tristeza y celos-. ¿Qué tiene ese hombre para merecer tu amor incondicional?

Narcisa trató de soltarse de él, pero era inútil.

- Es mi sangre - consiguió articular, presa del pánico.

- ¡Y yo soy tu marido! ¡Yo seré el padre de tus hijos!

Ella no pudo evitar que algunas lágrimas se le escaparan, resbalándole por las mejillas pálidas como la cera. Lucius comprendió que le estaba haciendo daño y se apartó en el acto, intentando controlarse. Por primera vez, Lucius se encontraba frente a algo que no podía conseguir ni comprar con dinero: la candidez de su esposa. Quería dominar a Narcisa, hacer que ella lo quisiese; pero eso parecía ser imposible, y cuanto más tiempo pasaba desde la boda, ella estaba más lejos.

- Te he colmado de regalos - le dijo, impotente-, pero comprendo que no es suficiente. Que no hay nada que pueda hacer, que no te contentas con nada. Quizá debiera ser un sodomita y un traidor para empezar a caerte bien.

- Eso no es cierto - se atrevió a susurrar la mujer, pero no pudo decir nada más.

-Soy bastante hábil en oclumancia y no se lo diré a nadie, Narcisa. Pero debes advertirle. Te he contado todo esto porque sé que tu primo te importa mucho - ella levantó la mirada, desconcertada, y él se exasperó-. ¡Piensa, Narcisa, piensa! Suponía que además de la más guapa eras también la más lista. Adviértele. Aún no es demasiado tarde. Dile que se case cuanto antes, que olvide esas malas compañías, que deje de beber y que haga honor a su apellido y a la marca que lleva en el brazo.

- Lo siento - susurró Narcisa-. Lo siento mucho, todo, Lucius, yo te prometo que...- la joven quería decirle a su marido que lamentaba haberle juzgado precipitadamente, que lamentaba no ser una buena esposa. Quería decirle muchas cosas, pero cuando se encontró con los ojos fríos de su marido, sencillamente no pudo articular palabra. Se quedó allí, de pie, esperando a que Lucius la perdonara o se rindiera y la abrazase; pero él siguió mirándole desde el umbral de la puerta.

- Ya que has mencionado que me darías lo que quisiera - dijo con crueldad, antes de salir de la habitación-. Dame un hijo.

...

Notas: Muchas gracias a zida, andy, Shirley Vulturi, Isabellatrix Black Swan y Ale, por dejar vuestros comentarios en el pasado capítulo. Y Wendy, sé que estás leyendo, así que ¡a reviwear! En el próximo capítulo (ya casi terminado) habrá lemmon, o el principio de este xd al final del capítulo, yo lo advierto. Le falta muy poquito, pero no los subo de golpe porque necesiiiito reviews (nooo, no es una indirecta a todos los que leen y no comentan. Qué va)

P.D: ¿no os pone Lucius en plan malote-aunque-sensible? ME ENCANTA.