Anna K.
Si pudiera inmortalizar un momento, escogería la primera vez que cruzaron sus miradas. El chico que acababa de salir del restaurante parecía apresurado y angustiado por sentirse abandonado. Pero su pena duró un instante, el segundo en que sus ojos hicieron contacto. No hubo palabras. Ni siquiera ruido, todo era silencio en su mente.
Hasta que sus mejillas se tornaron rojas.
Y un primer pensamiento vino a su mente.
No sabía por qué, aquella imagen inundó sus recuerdos.
Quizá porque extrañaba el silencio o porque cuando él estaba parado frente a ella. Miles de ideas llovieron por su mente y ninguna fue tan poética como la primera frase que escuchó en su mente. Pero ya no eran aquellos niños. Tampoco era la primera vez que se miraban. El tiempo había transcurrido desde ese suceso.
Y ninguno sentía lo mismo. Ni la situación era similar.
Más tarjetas y cartas seguían cayendo al suelo.
Era obvio que el día de hoy, no había chica que pasara por alto de su presencia.
Había notado de inmediato el miedo en sus ojos y la angustia que sentía porque ella viera todo el despliegue de emociones. Pero francamente, había cosas que le molestaban más. Comenzando por sus pensamientos tan sistemáticos que llegaban por montones.
Así que decirle esa frase fue inevitable.
Y suponía que también significativa.
Intentó bloquear la entrada de sus ideas. Pero aún era muy fuerte. No comprendía por qué los pensamientos de Yoh seguían llenando su cabeza. No los quería. No deseaba saber exactamente qué pensaba. ¿Entonces por qué su impulso era más fuerte?
Continuó caminando hasta llegar a la biblioteca. El ala principal estaba semivacía, pero necesitaba absoluta soledad. No quería quebrarse así de la nada frente a otras personas. Y en verdad lo necesitaba. Subió al último piso, esperanzada en que nadie se atrevía a ir por un libro de álgebra a esa hora de la mañana.
Decisión atinada.
Se sentó en el primer cubículo, dejando el maletín aun costado, mientras masajeaba constantemente su cabeza.
No recordaba que tuviese el reishi de manera tan intensa. Poco a poco fue perdiendo su poder a medida que confiaba más en sus habilidades y lo recordaba a él. Al cabo de unos meses, los únicos pensamientos en su cabeza eran los suyos. Esta mañana, nada había cambiado. Fue hasta llegar al salón que todo comenzó.
Respiró reiteradas veces, antes de abrir el libro de biología.
Comenzaría el ensayo, al menos eso aliviaría un poco su mente de cosas burdas. Pero por más que intentaba, las letras carecían de sentido. Cuánto tiempo llevaba leyendo la página, sin comprender nada. ¡Esto era una completa locura! ¡Qué tan difícil era escribir un ensayo sobre la planificación familiar!
El silencio jamás la molestó, cómo es que ahora no podía concentrarse en una tarea tan simple.
¿Qué estaba pasándole?
—Yo escuché que Yoh saldrá esta tarde con una de esas chicas—escuchó a poca distancia
—Pues yo escuché que Yoh en verdad le pedirá a una que sea su novia.
—No, no—negó una más—Todo son chismes, lo más seguro es que Yoh se quede con quien le ha escrito la carta más bonita. Que por supuesto, fui yo.
Apretó su puño, tratando de serenarse. Dónde tendría que ir para dejar de escuchar esa sarta de tonterías. Mientras ellas reían y se divertían aludiendo más detalles que le parecían ridículos, su cabeza parecía retener la presión de un sin número de pretensiones.
Está bien, quizá el asunto no era tan burdo.
Quizá lo único que debía hacer era ir y plantarle un beso a Yoh en medio del patio, que seguramente estaba infestado de estudiantes flojos sin ocupación.
Porque para qué negaba lo evidente, estaba celosa. Y razones de sobra tenía, no era como aquella ridícula vez que le reclamó llegar tarde después de un enfrentamiento con Silver. O cada vez que Tamao estaba cerca y le prestaba demasiada atención. Y así podría seguir enumerando pequeños momentos…
Quizá también estaba siendo algo posesiva.
De vez en cuando Yoh necesitaba respirar.
—¿Y crees que te bese?
¡Suficiente! Cerró el libro con exagerada violencia, que seguro sobresaltó a más de una. No le importaba qué pensaran o qué imaginaban que ocurría para actuar de ese modo. Sólo guardó el libro en el maletín y tomó la salida de emergencia.
Si la amonestaban por tomar la ruta de las escaleras, estaba dispuesto a tomarla. Si pasaba un minuto más, estaba segura que alguien más tomaría ventaja. ¡Y lo besarían! ¡Lo besarían! Y el muy tonto seguramente no les diría nada.
A veces odiaba lo bondadoso que podía ser.
O lo tonto y estúpido que era, todo con tal de no herir a los demás.
Buscó con la mirada al castaño. Podía percibir su energía cerca, además del aura que inundaba sus pensamientos.
Nadie pasaría por encima de ella.
Nadie seguiría con esas ridículas ideas de querer salir con su prometido.
Y sobre todo… nadie le quitaría el primer beso de Yoh.
Caminó segura entre los estudiantes, algunos queriendo abordarla. Esta vez no permitió ninguna intromisión. La idea estaba en su mente, no dejaría que nada le quitara su objetivo de la mira. Acabaría con los rumores de una vez por todas.
Entonces lo encontró.
Estaba a una distancia prudente como para saber exactamente qué pensaba, pero podía notar el sentimiento de preocupación emanar de su pecho. A su lado, una de sus compañeras charlaba con él. Tampoco podía leer sus gestos, sólo notó cómo la detuvo antes de que se fuera. Y después… un abrazo.
Era hombre muerto.
Avanzaría hasta ellos y dejaría en claro sus lugares, pero antes de dar siquiera un paso más, notó cómo acariciaba la espalda de la chica. Y el sentimiento de vergüenza prevalecía en él por el contacto. Se sentía tan… ¿halagado? ¿Maravillado?
Suspiró con pesadez, dando la vuelta hacia cualquier otro sitio. Ni siquiera se fijó a dónde caminaba, sólo pensaba que lo mejor era clarificar su mente. Justo como hiciera la última vez que se vieron. Quizá podía batallar y afrentar a todo el séquito femenino, eso no era ningún reto. El verdadero desafío radicaba en él.
Lo que Yoh deseaba.
Lo que no podía forzar, por más demostraciones de poder hiciese frente a todos.
Y lo que ella quería, que tal vez no era lo mismo que él deseaba.
Abrió la puerta de la azotea.
El sol en lo alto, ahuyentando a todo aquel osado que quisiera pasar un momento de soledad. Pero era lo que necesitaba. El silencio, fuera de las habladurías, de la negatividad y duda de Yoh. Dejó el maletín a la escasa sombra de la marquesina, mientras contemplaba el paisaje urbano desde la barandilla metálica. Sintiéndose hastiada, incluso de su propia debilidad.
Cerró los ojos, percibiendo cómo la brisa ondeaba su cabello. Amidamaru apareció unos instantes después, tan sólo para desaparecer del mismo modo. No sabía si estaba preparada para verlo, dictaminó en medio de un suspiro. No después de sentirse tan…. ¿herida? Ni siquiera eran sentimientos de amor.
Pero había curiosidad, podía sentirlo. Él tenía curiosidad por aquella chica. Y por todos los sentimientos de afecto que varias mujeres le profesaban.
Quería entenderlo. En verdad deseaba poder entender lo mucho que le significaba recibir esa atención, después de que muchos incluso lo rechazaban por ser tan él. Quería decirle que era algo lógico, que su atractivo iba más allá de lo físico, que incluso su personalidad era atrayente, pese a todos los errores que tenía. Que si quería sentirse importante un día, estaba bien.
Pero no lo estaba.
Quería golpearlo hasta masacrarlo. Deseaba hacerle entender que por mucha atención y cartas escritas, ninguna de esas mujeres lo conocía realmente. No sabían que se despertaba obligado por las mañanas para operar todo el día en modo automático en la escuela. Tampoco sabían de su pésimo gusto musical. Ni que a pesar de tener un cuerpo atlético, tenía demasiadas cicatrices en su pecho, producto de entrenamientos y confrontaciones con otros shamanes.
¿Sabían ellas la carga que tenía sobre sus hombros al ser el único heredero de su familia? Que no sólo participaba en un desafío de muerte, sino que debía preservar su linaje y costumbres. ¿Sabían ellas que cuando se colocaba sus auriculares era porque extrañaba algo que nunca tuvo? ¿Acaso ellas sabían de todos los sentimientos de pérdida que guardaba en su pecho? ¿Acaso alguna de ellas estaría dispuesta a acompañarlo en su travesía sin decepcionarse?
¿Y por qué ella pensaba en todas estas tonterías?
Se sentó a la sombra, tomando de nuevo el libro de Literatura. Fingir que estaba leyendo, pretender que en verdad no le importaba, cuando era claro que el reishi se manifestaba porque tenía dudas. ¿Pero dudaba de él? ¿De ella? ¿De la promesa que los mantenía unidos?
Mentirse para conservar su imagen de mujer invencible.
Escuchó la puerta abrirse y el ligero andar de sus pasos. Su mirada no se despegó en ningún momento del libro, pese a que los suspiros de Yoh evidenciaban estrés. Quería hablar con ella, pero al mismo tiempo, sentía miedo de confrontarla. Tanto era su temor, que ni siquiera cruzó por su mente sentarse tan cerca. Por temor a verse masacrado.
Bien, no estaba en un error.
—Anna…—cambió la estúpida página—Anna…—sus ojos pasaron por cada una de las líneas.
¡Ni siquiera sabía qué diablos estaba leyendo!
—¡Anna!
¡Oh dios! ¡Cómo le había costado ignorarlo y no pegarle una bofetada por siquiera gritarle con esa energía! Por qué no utilizaba todo ese ímpetu en correr más o en realizar todos sus ejercicios. A veces hasta se comía los abdominales. No era idiota como para saber que el tiempo que le tomaba hacerlos era menor al proyectado en la rutina.
Y sobre todo, le irritaba sus pensamientos. No llevaba audífonos, pero ahora mismo deseaba unos para ignorarlo por completo. Su mente no dejaba de preguntarse y lamentarse el porqué de su molestia, ¿Acaso era idiota como para no saber lo que le irritaba y el por qué? Lo peor es que se sentía ofendido por tomarse el tiempo de acudir a ese encuentro.
Estaba ofendido por subir y verla, mientras lo ignoraba.
Estaba ofendido por lo que sea que la ofendía y provocaba esa discusión sin sentido.
Estaba molesto porque no quería ni verlo.
¡Y así! ¡Podía seguirse toda la tarde! Preferiría mil veces escucharlo hablar, que escuchar sus pensamientos taladrarle la cabeza. ¡Idiota!
—Basta, no hablaré contigo si sigues haciendo eso—pronunció firme, tratando de apaciguar sus deseos de asesinarlo—Eres molesto en más de un sentido.
Encima deseaba contestarle lo mismo. ¿Que ella no era fácil de tratar? ¿Se había visto en un espejo? Cómo si tratar con un holgazán fuera un pasatiempo divertido.
—Es que no quieres hablar conmigo—salió de su boca en un tono más que frustrado, mientras se tomaba se cabello—Te traje el desayuno.
Es verdad, no había comido nada.
—Sí, ya lo noté—respondió mirando lo que había llevado.
Dos almuerzos de la cafetería. ¿Con eso quería remediar su falta?
—No quiero nada.
Y tuvo que llevar una mano a su sien. El grito que había pegado en su interior iba a darle una hemorragia cerebral. ¡Estúpidas quejas! Lo único que Yoh hacía era quejarse de todo.
—Tú dices que no es bueno saltarse comidas—dijo sin disimular siquiera un poco su enfado—Y tú ni siquiera desayunaste antes de irte.
Objetaba de su falta de tacto, del dinero que había gastado en la comida, del desayuno extra que preparó por leer tarde la nota. Todo hecho en balde.
Apretó un puño, tratando de calmarse y no pegarle. ¿Quería que se comiera su mugroso desayuno? ¿De verdad? Con esa actitud, lo único que su estúpido desayuno haría sería perforarle el estómago.
—No tengo hambre.
—Eres una necia—dijo de la nada.
Justo como lo que estaba en su mente. Incluso debió disimular muy bien la sorpresa que le provocaba, no sólo lo osado de la oración, sino que al fin decía algo que en verdad pensaba. Le reprochó con la mirada, pero fue todo. Para qué pelear físicamente.
Volvió su vista al libro.
Tal vez con un poco de suerte, se marcharía.
Ella tampoco pensaba muy diferente a él. En el sentido de que no les estaba llevando a ningún buen sitio esa conversación. Si es que se podía llamar de ese modo. Yoh estaba cada vez más frustrado. Pero ni siquiera había preguntado algo en concreto, sólo eran sus suposiciones con pequeños destellos de verdad que se asomaban en el diálogo hostil.
¿Por qué quería que le pegara? Pegarle no mejoraría las cosas, ni siquiera si fuera por mera atención.
Entonces el recuerdo de esa chica lo inundó de nuevo. Y las palabras que le había dedicado en medio de aquel abrazo. Tuvo que centrar toda su atención en las líneas del texto. ¿Que ella no era fácil de lidiar? Sabía que su carácter no era sencillo, pero jamás pensó que fuera tan insoportable. Él quería que fuera como aquella dulce niña: Sakura. Tamao era así. De hecho, muchas de las mujeres que le habían escrito eran así.
Opciones había por todos lados.
Era ridículo cómo pasaban de la furia a la melancolía. Porque a pesar de que no lo había notado, de nuevo, ese sentimiento de no pertenecer la invadía. Miedos… el miedo le hacía abrir ese canal. Porque Yoh hablaba menos de lo que pensaba.
—Bien, no comas—dijo más resignado—Pero al menos dime por qué me dijiste eso.
Eso… Así es como tildaba a una frase que seguro no olvidaría nunca.
¿Por qué? ¿Su naturaleza le dictaba que debía evitar el odio de otras personas?
Pero ella no lo odiaba. Él debería saberlo.
—No sé de qué hablas—respondió aun con su vista sobre el libro.
—Me dijiste: Muérete—dijo tomando el jugo de la bolsa e introducía la pajilla en el cartón.
Quiso suspirar. Se sentía agobiada de tener esa conversación con él. Era obvio que por mucho que estuviera enojada por la situación, no lo estaba como tal con él. Excepto por la actitud tan idiota que estaba representando en ese momento. Salvo por eso, sentir todo cuánto irritaba al castaño estaba pasándole factura.
¿Y qué si le había deseado la muerte? Pudo decir: jódete. Incluso también, púdrete. ¿Qué pretendía diciéndole esas palabras por demás conocidas?
Quizá quería hacerlo reaccionar.
Ambos recordaban Aomori.
Pero nada ocurre dos veces de la misma manera.
Y él estaba perdiendo la paciencia. Presentía que en cualquier momento se iría. Había demasiados silencios, ninguno cómodo.
—Bien, entiendo que no quieres comer—dijo cansado, abriendo uno de los recipientes—Pero no por eso me quedaré sin comer.
Sonrió, apenas en un gesto perceptible. Era valiente por siquiera tener la osadía de hacerle frente. Aun así, todo eso era apenas una mínima parte de todo cuanto tenía que decir. Las comparaciones no dejaban de llegar, esta vez con un mensaje claro. ¿Por qué seguir sufriendo si tenía a decenas de mujeres que querrían hablar con él? ¿Por qué estaba esforzándose por tener una conversación inútil con ella?
¿Cuántas veces no se lo dijo cuándo se conocieron? Que se alejara de ella. Que sólo le traería desgracias. El necio era él. Bien pudo dejarla con sus problemas en Aomori.
—No sé por qué la estoy provocando, debo ser masoquista.
Tampoco lo entendía.
Entonces lo miró. Su porte no era seguro, sólo tanteaba el terreno, creyéndose valeroso.
Y no supo por qué, sólo lo dijo al azar.
—No hiciste tus abdominales.
—¿Qué? —se detuvo sorprendido.
¿En serio estaba sordo?
—No hiciste tu serie completa de abdominales—repitió con mayor énfasis.
En realidad sólo era una suposición. Hipótesis que fue confirmada al ver en sus recuerdos las actividades que realizó antes de llegar a clases. Es verdad, no daba tiempo para concluir todo el itinerario. Si se hubiese parado antes…. Pero no lo hizo.
—Sí las hice—trató de mentir.
Pero lo conocía bastante bien. Su mirada reflejaba dudas, incluso hasta temor. Enfatizó mucho más el gesto inquisitivo.
—Está bien, no las hice, no me dio tiempo—justificó de inmediato—Se hacía tarde, aún no preparaba el desayuno.
—Sabes que no puedes desayunar si no haces completa tu rutina—dijo cerrando de golpe el libro, provocando en él un ligero temblor—Lo sabes. ¿O acaso te quieres hacer el desentendido?
Había sido un tono duro, tanto que su mano soltó la cuchara al piso.
—Pues…
No podía creerlo, qué excusa pondría esta vez.
—Hazlas.
—¡¿Qué?! —exclamó sorprendido—¡¿Aquí?! ¡¿Con este sol?!
Sonaba más cruel de lo que en realidad era. Es cierto, pasaba de medio día. El sol estaba en lo más alto, igual que la radiación. Pero entre menos quejas, más rápido terminaría. Y lo estaba dudando, se estaba aferrando al no.
—Ni loco pienso hacerlo.
Tuvo que verlo con mayor fijeza. Rara vez fallaba el método. No se equivocó, tampoco dejó de escuchar en su mente cuánto aborrecía hacer las abdominales en pleno sol.
Desvió la mirada al cielo, una vez que él comenzó a realizar los ejercicios.
—Odio que me mande, odio que sea tan cruel, tan poco sensible—leía en sus pensamientos—Pero lo que más odio, lo que más odio son sus ojos. ¡Cómo odio esos ojos!
Suspiró irritada.
—No escucho que cuentes—dijo molesta.
—¡Qué! ¡Tiene que ser una broma, ya llevo muchas!
Apretó un puño, tratando de retener la fuerza que la empujaba a golpearlo por ser tan atrevido.
Sin embargo, se sorprendió al escucharlo contar.
—1…2…3….4…5…
Pese a que su mente seguía repasando sus acciones, incluso la tonta sugerencia de Manta por hablar y resolver el conflicto, hacía cada extensión de forma correcta.
—¿Por qué subí? Abajo hay más personas que se interesan en lo que pienso y en lo que siento—se lamentó en silencio— Tal vez lo que no le gusta es que alguien más se interese por mí. Antes era invisible… Ellas, por lo menos prestan atención a los pequeños detalles.
Vislumbró en su mente recuerdos de cuando tomaba el picaporte de la puerta y las deja pasar primero o incluso cuando les ayudaba en tareas sencillas como recoger sus libros. Alcanzar cosas fuera de nivel. Ejercicios en clase de gimnasia. Palabras amables.
Claro que notaba esas cosas, no era ciega.
Bajó la mirada, centrándose en su cuerpo sudoroso, moviéndose con facilidad. Recordaba con nostalgia cómo fue pesado para él hacer los primeros doscientos en la primera semana. Después cómo su cuerpo se acostumbró a la carga pesada. Incluso, pasó por su memoria todas las heridas que sufrió a raíz de los enfrentamientos, el sufrimiento que pasó al verse derrotado por Fausto. Perder a su mejor amigo.
Aunque parecía que no le importaba, no era tan indiferente a su dolor. Y valoraba sus buenas acciones con otros.
Era una de las cualidades que más apreciaba de él, la forma en que se preocupaba por los demás.
—A mí me gusta la tranquilidad—recordó sus palabras casi cuatro años atrás— Y no puedo abandonarte, porque veo que tú no vives con tranquilidad
Por eso, se había aferrado a liberarla de su problema.
Suspiró cansada, mientras giraba su rostro hacia la bolsa de comida. Apenas sentía una ligera opresión en su estómago por la falta de alimento. Casi no sucedía. No se privaba tan fácil de una ración de comida. Hoy había sido una de esas grandes excepciones.
Volvió su vista a él. Yoh seguía molesto, pero resignado. Sólo contando, tratando de quitar los pensamientos negativos de su mente.
Con cuidado de no hacer mayores ruidos, tomó lo primero que estaba a su mano: otro empaque de jugo de naranja.
Si bien no deseaba comer algo más sólido, beber algo dulce serenaría cualquier molestia. Así que comenzó a beber. Él pareció darse cuenta. Tal vez por el modo en que sorbía del popote el líquido o por la agudeza de sus sentidos.
Estaba cansado, aun así…sonreía.
—Al menos está tomando el jugo—escuchó su tono mucho más tranquilo—No me gustaría que después su estómago se sintiera mal por no comer nada.
Sí, ésa era una idea tan propia de él.
Notó cómo su cuerpo se relajaba, incluso cómo su cabeza se limpiaba de tanta negatividad. Aunque no lo estuviese escuchando, percibía su aura pacífica. Incluso feliz. Y no pudo negarlo, aquello también le alivió en demasía.
—Espero que le guste.
Sí, le gustaba.
Y cómo si conociera su respuesta. Yoh sonrió aún más, realizando el resto de las abdominales sin mayor reto.
Una vez concluido, se recostó en el piso, mientras el sudor caía por su frente. Pese a todo, el calor lo había sofocado bastante. No lo juzgaba, aquello era extremo en las condiciones climáticas. Pero al verlo, con la camisa abierta, se daba una idea de lo que otras veían en él.
Ellas tampoco eran ciegas.
Dejó de lado la caja vacía del jugo y suspiró cansada. Era el quinto o sexto aire que liberaba de sus pulmones y aun así sentía que tenía tanto en su pecho. Era ridículo no poderle expresar su inconformidad, pese a que tenía una idea clara de que existía. Él había subido por ella para arreglar las cosas…para poner las cosas claras.
Y sólo estaba alejándolo, cuando estaba a sólo un par de pasos.
No supo qué la impulsó, sólo obró justo como sus instintos lo indicaban. Gateó hasta él, en una maniobra que incluso consideró atrevida, pero necesaria. La posición era demasiado comprometedora. Inmoral, si consideraba que estaban en un sitio público. Su falda rozaba ligeramente su pantalón, mientras su cuerpo se situaba sobre el suyo a poca distancia.
Él no quería abrir los ojos por miedo al sol, pero ahora que estaba encima de él, debía sentir la fresca brisa en su piel. Tal vez, sus cabellos que sin querer rozaban su mejilla. Alzó su brazo, permitiéndose observar qué causaba esa sensación.
Fue curioso ver el asombro en sus ojos, incluso la incredulidad de que estuviese realmente ahí.
—¿Es real?
Tan real como la sangre que bombeaba fuertemente.
Podía notar cómo todo su cuerpo se estremecía y vibraba con una emoción que jamás se había permitido. Pensaba que su corazón se saldría de su cuerpo en cualquier momento. Tuvo que cerrar una mano alrededor de su pecho.
Quizá era la impresión, le pareció algo enternecedor, cuando también tocó la mano que descansaba sobre su corazón.
—Está tan cerca… Tan cerca que su mano en mi pecho, es como si fuera la mía.
Quiso entrelazar sus dedos, hacerle saber que a pesar de toda la revolución que estaba atravesando, nada saldría de él.
—Wow…
Tuvo por un instante, la idea estúpida de recostarse sobre él. De escuchar de cerca los latidos de su corazón. Porque a pesar de todo, de apenas tocarse, también sentía su estómago revolverse. Su respiración también se agitaba con su cercanía.
Le gustaba ver sus ojos acostumbrase a su imagen.
—Es… hermosa.
Él se sentía hechizado.
—¿Acaso estoy delirando?
Una diminuta sonrisa se asomó en su rostro. Qué tan difícil era para él creer que realmente estaba a centímetros de su cuerpo.
—No, no lo estás—entonces libró su mano del toque, mientras trataba de acomodar su cabello detrás de la oreja—No estás delirando.
Poco a poco sus mejillas se teñían de un fuerte color rojo. No producto del cansancio o del sol, eso podía asegurarlo, sino de su presencia.
Y sus ojos, aquellos que él tanto odiaba, se encontraron con los suyos, en un marcado intento por proyectar todo cuanto estaba sintiendo. Todo cuanto su corazón bombeada a gran velocidad.
Jamás habían estado tan cerca.
Entonces su mano izquierda abandonó su pecho, aquel que trataba de mantener su corazón en su lugar. Y se aventuró a levantarla. La yemas de sus dedos rozaron su mejilla, apenas acariciándola, apenas tocándola. Como si el miedo a tocarla desvaneciera su imagen frente a él.
Cerró sus ojos, tratando de sentirlo aún más.
Si percibía su piel erizarse con tan sólo un ligero toque, ella podía explicarle cuán extasiada estaba por su aroma, el calor de su mano y también esos ojos que la miraban con tanta intensidad. Aquellos orbes cafés que ahora le observaban queriendo grabar cada minúsculo detalle de su rostro.
—¿Por qué la trato con tanta delicadeza? —pensó él, sintiendo apenas sus dedos trazar una línea por su mejilla. —¿Por qué me hace temblar de emoción con sólo tocarla? ¿Por qué mi corazón no deja de latir así? ¿Por qué no puedo tenerla más cerca? ¿Por qué la necesito tanto? ¿Por qué…?
—¿Por qué no me hablas? —habló segura, colocando su mano a la altura de su cabeza, bajando incluso un poco más—¿Por qué hablas tanto sin decir nada?
Y por más que trataba de negarlo, a pesar de ese momento tan cercano, había innumerables cosas en su mente que no dejaban de hacerle eco. Muchas de ellas, negativas.
Sonrió con marcada tristeza, sin dejar de ver por un momento esos ojos confusos.
—Hablas demasiado, sin saber cómo ni por qué. No preguntas, sólo asumes respuestas.
Sus respuestas, intentó añadir, tan cerca de su rostro que pudo percibir el calor de su respirar. Sus pensamientos, a veces podían ser elocuentes, especiales, pero siempre permanecían en la sombra de todo.
Justo como aquella vez, cuando descubrió sus sentimientos.
Siempre tenía que leer sus pensamientos.
— No quiero leerte todo el tiempo—murmuró apenas audible—A veces también necesito oírlo.
Sus palabras fueron eficaces, tanto como para revolucionar su cabeza a mil.
—¿No quiere leerme? ¿Acaso habla de…?
Y se incorporó lentamente, tratando de evitar mayor contacto con él. Sacudió su uniforme y sus rodillas, ahora algo polvosas. Sin embargo, esta vez no quería mirarlo, no después de haberle revelado ese pequeño detalle. Caminó hasta el barandal metálico, esperando toda clase de cuestionamiento.
Después de todo, él sabía bien de lo que hablaba.
—Pensé que ya no tenías ese poder—dijo sorprendido—¿Te ha… estado molestando?
Sonrió con ironía. Esa no era la cuestión que deseaba hacer, pero agradecía la sutileza en la pregunta. Cuando en realidad lo que quería saber es si aparecería un oni o algún ente maligno de cuidado.
—No, en realidad no—contestó tranquila—En realidad, eres la única voz en mi cabeza. Los demás los he podido bloquear fácilmente.
Y no mentía. De ellos, sólo podía oír murmullos, algunos lejanos, otros parecían más zumbidos a su alrededor.
Percibió su pena.
—Lo siento.
—No es tu culpa.
Sabía bien a qué se refería.
—Pero que hayas leído todo lo que pienso…—dijo levantándose, hasta pararse a su lado—Debí ser realmente molesto para ti.
Observó de reojo su semblante decaído.
Quizá había sido molesto, pero de no serlo, no sabría tantas cosas.
Ahora tenía claro dónde estaba parada y por qué razón actuaba de esa manera.
—Sólo di lo que sientes, qué importa si es algo hiriente—dijo serena, contemplándolo de frente—Sé que te molesta todo lo que te hago hacer.
—No realmente.
Suspiró por la respuesta mental, mientras caminaba hacia sus pertenencias.
—Pero la mayoría del tiempo—afirmó mirando el almuerzo que había llevado.
Fue inevitable no recordar todo cuanto le irritaba y el tema inicial de conversación, que nunca se animó a seguir.
—Sé que piensas que estoy molesta. No lo estoy—puntualizó mirándolo brevemente—No te odio. Y dije eso sin pensarlo, porque sí, lo dije.
Estaba sorprendido de que lo admitiera, pero más aún, se sentía agobiado por toda la situación.
—Sí, sé que lo dijiste—murmuró con un cansado suspiro—También que en ese momento sí estabas molesta.
Bien… eso… no sabría cómo negarlo. Quizá era un hecho lógico.
—Pero… las cartas….—intervino el castaño.
Sí, lo sabía.
—Lo sé—aseveró tomando su maletín.
No quería y no debía flaquear en ese momento.
—Sé que tú no las pediste, pero estabas feliz por recibirlas.
Aún podía percibir la sorpresa y la alegría de sentirse querido. No le negaría esa dicha.
—Está bien—añadió tranquila.
Incluso sonaba tan irreal viniendo de ella, más cuando sus ojos se miraban tan estoicos.
—Tienes opciones, no es como si el mundo se cerrara en este instante.
Yoh parpadeó un par de veces, confundido por el significado de las palabras, hasta que la imagen de su compañera abrazándolo se coló del baúl de los recuerdos.
Vaya…. Era rápido para asociar con velocidad las oraciones.
Quizá no estaba tan equivocada, además de ser el ejemplo de mujer que deseaba a su lado en realidad.
Era con quien más la comparaba.
—No lo tomes como una obligación—dijo firme—Lo que tú hiciste por mí y lo que yo he hecho por ti.
No era equiparable, lo sabía.
—No se pueden medir en la misma balanza, pero supongo que lo sabes, es mejor vivir con algo que en verdad deseas.
¿Acaso estaba terminando el compromiso?
—Anna…
Sí, quizá eso estaba haciendo. O quizá sólo le estaba dando la opción de ver más allá. No quedarse estancado en un simple enamoramiento de niños, que de ello, quedaba poco. El físico no lo era todo, por más maravillado que estuviese con su persona exterior.
Y sabía que lo detenía.
—No me estás lastimando, Yoh—aseveró neutra—Estoy bien y deseo que también tú lo estés. Tienes tus opciones, aún no es tarde si quieres escoger.
Y sin siquiera esperar algo más, abrió la puerta y bajó las escaleras.
No corrió, en ningún momento pensó en huir de nuevo. Todo estaba dicho, tan claro como el agua. Tampoco aguardaba que él bajara presuroso las escaleras y le gritara a todo pulmón que estaba demente. Que era una orgullosa, terca, necia y testaruda mujer, que de nuevo no escuchaba sus razones, ni le preguntaba realmente qué pensaba.
Quizá lo era.
Y también quizá también tenía tantas otras elecciones.
A medida que avanzaba por los pasillos, nuevos chicos se acercaban a platicarle, invitarle a salir.
Era tan fácil para ella preservar candidatos.
Sin embargo, no quería.
Ignorarlos fue tan fácil, como seguir avanzando hasta llegar al salón inicial de clases, que lucía vacío. Todos afuera se encargaban de hacer de ese día un verdadero festival. Hallar lugares como este parecía ser tarea sencilla. Cerró la puerta tras de sí, con el seguro trabándola de cualquier intento por irrumpirla. Entonces se deslizó hasta sentarse en el suelo.
¿Qué se había sido sencillo? No.
¿Qué si se arrepentía de darle carta abierta? Tampoco.
Recogió sus piernas hasta que su cabeza descansó entre ellas. Cuántas noches no lloró antes de conocerlo. Bastaba con reconocer la soledad en esa habitación oscura, con ver las muñecas tiradas en el suelo, con ver en otros el temor y el rechazo. Eran cosas que dolían a diario. Por más fuerte que quisiera parecer, poco a poco iban desgastando sus deseos de vivir.
Pero entonces había llegado él. Defendiéndola, incluso de ella misma. Imponiendo sus ideas, sus sentimientos. Brillando con luz propia, pese a que también percibía en él la misma sensación de aislamiento.
—Debe ser vergonzoso leer los sentimientos…—evocó la primera vez que preguntaba los motivos reales para hacerlo.
Sonrió con nostalgia mientras una lágrima rodaba sobre su mejilla. Pero aquello sólo era el comienzo, tan pronto como había limpiado el rastro del agua salada en su piel, otra emergió. Pronto se vio rebasada por la cantidad.
¿Por qué? No comprendía.
Era sincera al decirle que tenía total libertad de experimentar.
No mentía al decir que quería que fuera feliz.
¿Por qué no lo querría si él había sacrificado tanto por ella?
Quizá porque por dentro estaba siendo egoísta. Sí, justo como todos esos humanos que tanto criticaba. A los que tanto odiaba. Era tan irónico, que pudo haberse reído, pero no lo hizo. Cualquiera pensaría que estaba a nada de perder la razón.
Tal vez tenía miedo.
Pero aún con el compromiso, sabía que podía vivir sola. Nada cambiaba su esencia. Seguiría mejorando, incluso superando sus propios límites. Sus sueños estaban trazados, incluso los objetivos personales. Estar con Yoh no era la única opción de su vida. Ni tampoco sería el fin del mundo.
Pero… ¿entonces por qué sentía esa opresión en su pecho?
¿Por qué seguía llorando?
—Porque lo amo.
Tan simple como eso. Y a la vez tan doloroso.
Limpió sus lágrimas, tratando de serenar el dolor su pecho. Ni siquiera tenía idea que estaba guardando tantos sentimientos en su interior. Aún lo veía en el techo de la azotea, maravillado por su imagen. Segundos antes gritaba cuánto odiaba recibir sus órdenes. Para después seguirlas al pie de la letra.
¿Por qué eran tan… volátiles?
¿Por qué no simplemente se trataban con menor hostilidad?
Bueno, quizá la hostilidad era más una parte suya que de él. Pero…. Dios, ya estaba divagando demasiado. Además, no es como si fuera el fin del mundo.
Está bien, lo amaba, pero eso no significaba que a él aún le gustara…
Sí, Yoh se sentía atraído.
Sería una estupidez negarlo, cuando la miraba casi embelesado.
Pero el físico no lo era todo y él odiaba sus ojos. Además, prefería una actitud más pasiva, era lo que buscaba. Una persona más fácil de tratar. Y ella no lo era.
Apretó su puño molesta, al recordar la cantidad de cosas de las que tanto se quejaba de su persona. Cómo si él fuera perfecto. Bueno, al menos las lágrimas cesaron y no deseaba permanecer más tiempo en la escuela lamentándose.
¿Por qué lo haría? Seguramente él ya estaría tan feliz viendo todas las cartas de su buzón, seleccionando una o dos para salir. Tampoco lo creía un cretino para salir con todas. ¿Y si lo hiciera? Prácticamente le había dicho que lo hiciera. Bien, si así fuera no quería ni contemplarlo.
Se levantó decidida y abrió la puerta. Estaba segura que su rostro lucía maltrecho, incluso vulnerable, pero decidido.
Tan pronto como salió al pasillo escuchó la novedad.
—Yoh está en el patio, dicen que estará viendo a todas sus admiradoras para corresponderles.
Y esta vez su fuente no era una mujer, sino el entrenador de atletismo. El maestro ni siquiera sabía bien de la situación, sólo afirmaba a otro profesor que el Asakura ya tenía reunidas a varias chicas haciendo fila por él.
¿Qué esperaba? ¿Realmente esperaba algo diferente?
—Tal vez algo menos escandaloso para empezar—dijo entre dientes a paso decidido.
¡Cómo lo odiaba! Lo detestaba. Quizá de la misma manera que él odiaba su forma de verlo. Pero… ¿qué se había creído el idiota? ¿Qué todas las chicas que le escribían eran sinceras? Quizá nada más lo querían para… ¡Ni pensarlo! El sólo hecho de imaginarlo le revolvía las entrañas.
Abrió molesta su casillero, tratando de meter la mayor cantidad de cuadernos. Según su horario, sólo debía llevarse el libro de biología y el de literatura. Aunque francamente estaba por dejar botado todo. Sabía bien que no tenía cabeza más que para pasar la vista sobre las letras, sin siquiera comprender su significado.
Bien, a ese grado de idiotez estaba en ese momento.
Tan idiota que había comprado ese estúpido corazón de chocolate.
—Hola Kyouyama—le saludó el encargado de la biblioteca.
Cuyo nombre no recordaba.
—Me preguntaba…
Sí, la misma historia de siempre. La misma cantaleta de que deseaban invitarla a salir. ¿Acaso tenía pintado un letrero en la cabeza que decía que estaba disponible? Como pudo trato de darle por su lado, pero era insistente. ¿Por qué no comprendían la negativa entre líneas. Tuvo que verle de forma cruel y despectiva. Mas cuando la cosa se tornó insistente, recurrió a una bofetada.
Suficiente castigo y que seguramente no olvidaría en un buen rato.
Entonces sintió una mirada a su costado.
Manta estaba parado como idiota viéndola fijamente. No sabía qué deducir de ese modo de verla, pero podía notar que había en sus sentimientos algo de lástima hacia su persona. Sería tan fácil leerle los pensamientos, salvo por el lujoso detalle que aquello quizá sería peligroso como tanto temía Yoh.
No era lo mismo leerle la mente al castaño que a cualquier otro individuo.
En especial a Manta, que no sólo estaba cohibido sino hasta dudoso.
—¿Qué quieres?
Quizá más irritable de lo normal.
—Anna… yo….
Bufó molesta, volviendo a su tarea de acomodar el maletín para mañana. Si lo único que haría sería tartamudear, entonces ya podía irse de regreso con Yoh.
—¿Acaso ya te vas?
Pregunta estúpida.
—¡Eso a ti no te importa, Enano cabezón! —exclamó fuera de sí.
Tal vez estaba siendo demasiado dura con Oyamada, pero en ese momento, después de tanto…. Lo menos que deseaba era lidiar con más cuestionamientos.
—Anna, qué no entiendes—dijo presuroso—Yoh te necesi…
—No. Yoh no me necesita—respondió cerrando con violencia su casillero.
Un tono enérgico, más una mirada firme fueron dos alicientes poderosos para dejarlo sin habla. Al menos eso denotaba su estado de expectativa.
Bufó fastidiada, mientras le arrojaba la bolsa de papel blanca.
—Lo que Yoh quiere, él ya lo tiene.
Sólo pudo notar la duda en su semblante.
—Pero…— pronunció aún sin entender nada de lo que estaban hablando— ¿Acaso vas a dejar que todas esas chicas acosen a tu prometido?
No era algo propio de ella. Pero Yoh tenía la libertad de hacer lo que quisiera. Ni siquiera podía saber si aún era o no su prometido. Sus palabras habían sido tan ambiguas. Pero la prueba fehaciente estaba ahí. Ni siquiera necesitó insistirle, él estaba buscando a su media naranja entre toda esa multitud.
Media naranja.
¿En verdad lo había puesto en esas palabras tan tontas?
Quizá suavizó un poco más su expresión, porque podía notar lo perceptivo que estaba el enano con ella.
—Él debe solucionarlo, ¿no es así?
Volvió a suspirar, cansada, fastidiada de todos los acontecimientos del día.
—Tómalo—dijo al notar cómo su vista se fijaba en el objeto entre sus manos—De cualquier forma tú siempre has estado ahí para él. Y valoro que siempre estés con él, sin importar el peligro al que te expones.
Notó la curiosidad en sus ojos y cómo sin previo aviso sacaba de la bolsa el corazón de chocolate. El que había escogido cuidadosamente para Yoh.
La expresión de Manta era poética. Era notable que jamás había recibido algo tan emotivo. Sería tonto decirlo, pero se cuestionó qué tipo de semblante tendría Yoh al tenerlo. ¿Le habría gustado? ¿Lo habría odiado sólo por no ser su chocolate favorito?
Bien, eso nunca lo sabría.
Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.
Su corazón gritaba de nostalgia. No podía evitarlo, en verdad le hubiese gustado saber el tipo de expresión en sus ojos al leer la leyenda. Consideraba un texto cursi, pero al igual que los colores carmín en su rostro. Yoh significaba mucho más.
Y era tonto negarlo.
Entonces lo vio correr. Sofocado y algo agitado se plantó delante de ella. ¿Qué pretendía al seguirla? ¿Darle las gracias? ¿Preguntarle algo más concreto sobre el chocolate? Pensó que era clara al decirle el motivo del obsequio.
Sin embargo, no pudo evitar sonrojarse por el emotivo mensaje. Aun así permaneció recta en su postura. ¿Le cuestionaría más acerca del chocolate? Sería un hecho bastante incómodo.
—Por favor, no te vayas—le pidió acercándose a ella.
Suponía que le había costado más trabajo del que se veía para alcanzarla.
El punto era… ¿para qué? No ayudaría a Yoh con su aparente problema, al contrario, escuchaba cuán feliz estaba de atender tantas solicitudes.
—Yo también soy tu amigo—dijo con una pequeña sonrisa.
Y extrañamente, aunque tenía los brazos cruzados esperando cualquier sermón o cuestionamiento más allá de lo entendible, sonrió ligera por la sencilla demostración de afecto.
—Lo sé.
Tenía garantía de que Oyamada no era un mal sujeto e Yoh lo adoraba por ser como era. Era consiente de cuán feliz le hacía la compañía de Manta. Y con eso, con eso ella estaba muy bien.
Fue en ese momento que notó que giraba hacia atrás. Al principio pensó que sería porque con ese pequeño escándalo habían atraído miradas, después notó con absoluta sorpresa cómo tres hombres cargaban un corazón hecho de rosas rojas en una gran canasta.
Era hermoso, no lo negaría, pero opulento.
Se preguntó…. Quién sería capaz….
—¿Señor Oyamada? —preguntó el hombre—Un arreglo de 500 rosas, ¿dónde lo llevaremos?
Intercambió una breve mirada con ella.
—A la pensión Funbari En—contestó tomando una flor del arreglo.
Sonrió apenado, pero notaba su valor al acercarse una vez más hacia ella. ¿Acaso…?
—De un amigo a otro amigo—dijo tendiéndole la rosa al frente—¿Aceptarías una salida por un café?
La tomó entre sus dedos. No negaría que el simple regalo de un tallo le estremecía. Nadie le había regalado una flor antes. Tampoco es como si estuviera dispuesta a aceptarlas. No obstante, aspiró con levedad su aroma fresco, mientras miraba el resto de las flores. Eso tenía un aspecto romántico, más que algo amigable.
Manta esperaba una respuesta.
Muchos le habían invitado a salir. A todos les había rechazado sin el menor miramiento.
Aun cuando había especificado que era en plano amistoso…
—Acepto.
No había razón para denegarlo.
Yoh era libre y ella también.
Continuará…
N/A: ¡Hola! Han sido varios días. Apenas pude darme el tiempo de terminarlo. Pensé que sería más corto y me daría tiempo de meter más cosas. Pero veo que no, Manta tendrá que encargarse de eso. Me han preguntado cuántos capítulos más se extenderá esto. Creo que serán tres más, considerando que avanza y luego detalla más la trama, pero casi en el mismo tiempo-espacio. Lo siento si ya los aburrí, en verdad no pretendía que se alargara más de tres capítulos. No sé cómo sucedió, pero me alegra tener material para completar la idea original, que en realidad es una mezcla de dos fics que quería escribir. Una cita de Manta y Anna. Yoh y Anna en su primer San Valentín. Así que si ya les aburrió y causó tedio, lo entiendo. Claro que sí, sobre todo porque dirán, cómo pudo extenderse tanto con la idea. Créanme, es algo que me sorprende a mí también.
Este capítulo fue un poco más emocional en algunas partes. Creo que complementa a la perfección el de Yoh. En especial porque me parecía que en el manga, como no estaba escrito todavía su pasado, ambos eran un poco rudos entre ellos. Yoh sobre todo era algo rebelde cuando se reencontraron.
Un millón de gracias por su apoyo y paciencia. Trataré de no hacer el resto de los capítulos tan largos. Nos veremos pronto. Más pronto de lo que creen.
Agradecimientos especiales: Iris.N, Rozan-ji, Guest, Saralour-tita, JosMinor, Zria, Guest, Myur, Venus, Lili, Tuinevitableanto, Sabr1, annprix1, Angekila y anneyk.
