Hola! Aquí estoy con una nueva actualización =) Bueno, estoy muy al tanto de como terminó el capítulo anterior, pero, aún así, es tiempo de hacer una pequeña pausa. Lo que van a leer a continuación no es el capítulo 5, sino el primero de una serie corta de anexos que iré introduciendo de tanto en tanto. Los anexos son capítulos que, cronológicamente hablando, se encuentran por fuera de la línea argumental principal; y servirán para explicar algunos aspectos del presente de la historia. Sin más, los dejo con este primer anexo. Espero que lo disfruten!, y también poder leer pronto sus opiniones :D
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Anexo 1: Razones
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Zelgadiss abanicó fuertemente la espada, girando la empuñadura en la mano y tomándola en forma invertida. Con un lento movimiento, cruzó la hoja por detrás de la espalda, dejando sobresalir la punta por encima del hombro. Era un arma tosca y pesada de un gris plomizo, sin ningún tipo de adorno. La hoja, mellada y opaca, no poseía filo alguno, pues se trataba de una simple espada de entrenamiento. A unos cuantos pasos de distancia, cuatro soldados de la Guardia Real yacían derrotados frente a él, gimiendo adoloridos, con sus espadas romas desparramadas por el suelo. El suave y repentino batir de palmas llamó la atención de Zelgadiss, haciéndolo mirar hacia un costado.
– Perfecto Graywords, otra vez lo has logrado.
La voz sarcástica y ponzoñosa de Éinar, el capitán de la Guardia Real, le llegó a los oídos como un graznido desagradable.
– Nuevamente has demostrado ser el menos inútil entre toda esta panda de buenos para nada.
Se dio vuelta, soltando un bufido de desprecio, y clavó los ojos en la firme hilera de hombres frente a él. Debían ser unos cien, y todos vestían el uniforme reglamentario del ejército de Saillune. La túnica azul, larga hasta por encima de las rodillas, se encontraba ajustada a la cintura por un ancho cinto de cuero negro. Los pantalones, del mismo color oscuro, estaban hechos a medida, al igual que las botas cortas de cuero. Finalmente, una espléndida capa negra, con el emblema real bordado en hilos dorados, caía larga hasta casi los tobillos. Algunos llevaban piezas de armadura sobre el uniforme, trabajadas en plata, y unos cuantos sujetaban lanzas largas de combate, además de las espadas de entrenamiento colgadas a un costado del cinturón.
– Ustedes cinco, a la arena – gruñó el capitán, señalando un extremo de la fila – Enséñenle al señor Graywords a ser un poco más humilde, que muy bien le vendrá. Y saquen a esos cuatro inútiles de mi vista – agregó, echando una mirada despectiva a los soldados desparramados por el suelo.
Los cinco jóvenes avanzaron a paso lento, observándose entre sí de reojo. Zelgadiss suspiró, desabrochándose los botones de plata que ajustaban contra su pecho la túnica azul. La arrojó a un costado, junto a la oscura capa del uniforme reglamentario, luciendo la camisa negra sin mangas que llevaba debajo. Observó fijamente al capitán de la Guardia, el cual le devolvió la mirada con desprecio, esbozando una dura sonrisa en su rostro huesudo. Aquel maldito de Éinar, con sus cabellos castaños pegados al cráneo y su nariz de halcón, lo había odiado desde el momento en que había puesto un pie en Saillune. Zelgadiss era, sin duda alguna, el mejor hombre que tenía bajo su mando; sin embargo, el capitán parecía despreciarlo precisamente por eso. Bueno, por eso y quizás también por el evidente buen trato que recibía de parte del príncipe Philionel.
Todas las mañanas, a primera hora, los miembros de la milicia llevaban a cabo sus sesiones de entrenamiento. Para ello, se dirigían a un pequeño edificio circular ubicado a pocas calles del palacio real. La estructura, que a Zelgadiss le recordaba en su forma a un coliseo a cielo abierto, había sido testigo de las innumerables ocasiones en las cuales Éinar había intentado humillarlo. Desde su primer día de entrenamiento, sin excepción, el capitán siempre había enviado a más de un hombre a medirse contra él, y siempre había obtenido el mismo resultado. ¿Hasta cuándo tenía pensado seguir con aquella estupidez?
Los cinco jóvenes lo rodearon en un semicírculo, sujetando con firmeza sus espadas de entrenamiento. Zelgadiss notó que en sus ojos había cualquier cosa menos determinación. Los conocía bien, pues trataba con ellos y con los demás miembros de la Guardia Real prácticamente todos los días. Eran muchachos que llevaban mucho tiempo ya en la guardia, a diferencia de él, que había ingresado hacía apenas un año; no obstante, sabía muy bien que ninguno de ellos se acercaba a su nivel como espadachín. Zelgadiss era todo un maestro de espadas, y Éinar lo sabía, pero jamás iba a darle el gusto de reconocerlo abiertamente.
– ¡Ataquen! – rugió el capitán, cruzado de brazos a un costado de la arena.
Todo duró apenas unos segundos. Los cinco muchachos se arrojaron sobre él intentando rodearlo, pero Zelgadiss avanzó entre ellos a una velocidad pasmosa, dando largas y precisas zancadas. Sus golpes fueron tan rápidos que los demás soldados apenas pudieron ver unos cuantos destellos de plata dibujándose en el aire. Al instante siguiente, los cinco jóvenes se encontraban en el suelo, sujetándose adoloridos el vientre.
Volvió a observar a Éinar, el cual tenía sus ojos claros y acuosos clavados en los cinco caídos, tan pálido y silencioso como un cadáver. Zelgadiss soltó un suspiro de cansancio, se cargó la espada al hombro y ayudó a cada uno de sus compañeros a levantarse, tendiéndoles la mano.
– Te mueves bien, Whent, pero sigues sujetando la espada como si fuera un puñal. Lo mismo va para ti, Bran, eres rápido y ágil, pero descuidas mucho tu defensa, si quieres puede ayudarte a mejorar tu técnica de bloqueo.
Los muchachos le sonrieron levemente mientras se incorporaban. Zelgadiss era un recién ingresado, un novato en comparación con ellos, pero todos admiraban y envidiaban su increíble habilidad con la espada. Muchos lo consideraban el asesino definitivo luego de haberlo visto combatir; ágil y veloz como un tigre, y a la vez certero y letal como una serpiente. La voz ácida y despectiva de Éinar les borró la sonrisa del rostro en forma inmediata.
– Vaya, vaya, así que el descastado pretende enseñar a mis soldados como manejar una espada – resaltó muy bien la palabra descastado, recordándole al joven que no pertenecía a ninguna de las grandes casas de Saillune ni de ningún otro reino.
Zelgadiss lo observó con unos ojos fríos como el hielo, volviendo a cruzar la hoja tras la espalda.
– Si el señor lo desea, también puedo ensañarle unas cuantas cosas a él.
Todos los hombres de la Guardia Real guardaron silencio, observando nerviosos a su capitán. Éinar tenía el rostro congelado en una mueca de sorpresa. Nadie jamás había osado desafiarlo tan descaradamente. Desenfundó a medias la espada larga que colgaba de su cinturón, haciendo a un lado la capa negra de un manotazo.
– Mide tus palabras, mocoso…
Zelgadiss le sonrió despectivamente, girando la espada con habilidad. Con la gracia propia de un rey, el joven le hizo una elegante reverencia, como si lo invitara a bailar.
– T…Tú… – murmuró Éinar, tan incrédulo como furioso.
Sin poder contenerse más, el capitán se arrojó enloquecido sobre él, desenfundando por completo la espada. Zelgadiss detuvo fácilmente el impacto con un ágil giro de muñeca, quedando ambos cara a cara. La ira había vuelto a Éinar torpe y predecible, pero, de todos modos, jamás había tenido la más mínima oportunidad contra él. Con gesto aburrido, Zelgadiss se lo sacó de encima de un fuerte empujón, haciéndolo caer sentado al suelo. Éinar lo observó desde el piso con el rostro desfigurado por la ira. Lo señaló enérgicamente, apuntándole con un dedo largo y nudoso.
– ¡Soldados! – gritó – ¡Acaben con este perro arrogante!
Los hombres no se movieron, se miraron entre sí, confundidos y asustados. ¿Matar a un propio miembro de la Guardia en el Barrio Real?
– ¡He dicho que lo maten! – insistió el capitán.
– Guárdate tus sentencias de muerte para otra ocasión, Éinar – dijo tranquilamente una voz fuerte y clara.
Zelgadiss y Éinar miraron hacia un costado, el primero con ojos fríos y desconfiados, y el segundo con la vista empañada por la ira. Un jinete había hecho aparición en la arena, sin que casi nadie lo notara. Era el hombre más corpulento que Zelgadiss había visto jamás, alto e imponente como una montaña. Tenía el cabello corto y negro, bien ordenado, con una barba corta perfectamente afeitada. Los ojos eran azules, de mirada dura, pero, aún así, de una expresión que a Zelgadiss le pareció amable. Iba vestido con el mismo uniforme que ellos, y montaba un imponente garañón castaño.
– Hárek… – murmuró Éinar, poniéndose en pie con el rostro rojo de rabia y de vergüenza – Nadie te ha pedido opinión, lárgate de aquí.
El jinete le echó una mirada despectiva desde su alta montura, y luego observó a Zelgadiss de reojo. El joven le sostuvo la mirada altivamente, volviendo a cargar la espada sobre su hombro. Hárek; el capitán de la Guardia Personal del príncipe Philionel, y, en consecuencia, tal vez el mejor soldado en todo Saillune. La Guardia Personal era una unidad de elite entre las elites, compuesta por unos veinte hombres reclutados de lo mejor del ejército y la Guardia Real. A diferencia de ésta última, la cual tenía por principal trabajo la protección y defensa del Barrio Real, la Guardia Personal protegía directamente el palacio, siendo, en la práctica, una unidad conjunta de guardaespaldas del príncipe Philionel y de su hija, Ameria Wil Tesla Saillune.
Zelgadiss había oído hablar de Hárek desde el primer día que ingresó a la milicia, pero era la primera vez que lo veía en persona. Supuso que, en combate, un hombre de esa talla y musculatura debía tener la fuerza suficiente como para matarlo de un solo puñetazo. Siempre y cuando fuera lo suficientemente veloz y ágil como para lograr asestarle uno, claro. Y Zelgadiss lo dudaba. Dudaba que hubiera alguien en todo aquel lado del continente que pudiera hacerle frente en un combate singular. Solo Gourry.
– Desafortunadamente no puedo hacer eso, mi estimado Éinar – respondió finalmente Hárek, sin mirarlo – El príncipe Philionel me ha enviado a llamar al joven Zelgadiss Graywords – sonrió, mirando divertido a Zelgadiss – Por lo que acabo de ver, supongo que debes ser tú. Sígueme, muchacho.
Zelgadiss recogió su túnica y su capa del suelo, colgándoselas del hombro, y luego siguió tranquilamente a Hárek, el cual había bajado de su montura y marchaba hacia las puertas de salida, tirando de las riendas del animal. Éinar le echó una mirada cargada de veneno cuando pasó junto a él, pero no dijo nada. Una orden del príncipe Philionel no podía ser ignorada. Zelgadiss le dedicó una media sonrisa como toda respuesta, demostrándole que no le importaba en lo más mínimo las represalias que pudiera sufrir más tarde.
De ese modo, disfrutando de la ira de su odioso capitán, y de los suaves murmullos que escuchó por parte de sus compañeros, Zelgadiss atravesó las puertas de salida siguiendo a Hárek, rumbo al palacio real.
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El Barrio Real de la capital de Saillune era uno de los lugares más hermosos que Zelgadiss había conocido. Todo parecía ser de un blanco sobrio y puro; las hermosas casas, los elegantes establecimientos comerciales, incluso las calles. La piedra blanca como la nieve, la cual era la principal materia prima de todas las estructuras, le daba a esa parte de la ciudad un aspecto que regocijaba la vista de cualquiera. Plazas de piedra con fuentes perfectamente talladas, monumentos y esculturas dedicados a los antiguos héroes y Dioses, arcos de mármol coronando las amplias avenidas, todo aumentaba aún más su esplendor a medida que se aproximaban al palacio del príncipe. Obviamente, aquel distrito era también el lugar de residencia de las principales familias de la nobleza de Saillune, por lo cual las calles, a esa hora de la mañana, estaban repletas de elegantes damas y caballeros de elevada alcurnia, así como también de los comerciantes más importantes y de los propios miembros de la Guardia Real, cuya principal tarea era patrullar a toda hora aquel sector de la capital.
Zelgadiss, ataviado nuevamente con la túnica y la soberbia capa del uniforme reglamentario, atravesó a buen paso la avenida principal del reino, un ancho sendero de piedra blanca que conducía directamente hacia el palacio real. Las chicas jóvenes le sonrieron al pasar, mirándolo de reojo. Algunas lo observaron de arriba a abajo sin ningún disimulo, cuchicheando y riendo entre ellas. Debía reconocer que aquello era algo que aún no dejaba de desconcertarlo. Había estado acostumbrado, prácticamente toda su vida, a que las mujeres lo observaran siempre con terror, o con espanto. Que ahora lo escrutaran de pies a cabeza, sonrojadas y sonriendo, era algo que siempre le provocaba, como mínimo, uno modesto asombro.
Sonrió al recordar que aquello no era precisamente algo que a Ameria le agradara. Recordaba, en particular, una ocasión en la cual había acompañado a la princesa a una importante misión diplomática en Kalmart. Durante la noche se había celebrado una gran reunión en el palacio de uno de los altos señores del ducado, y a ella habían asistido los representantes de Saillune y de otras naciones, junto con sus criados y guardaespaldas. Una simpática muchachita, la hija de uno de los nobles de Kalmart, había observado atentamente a Zelgadiss toda la noche, y luego se había acercado a él para hablarle con gran entusiasmo. Para Zelgadiss no había habido nada fuera de lugar en aquella actitud, y había seguido la charla de la chica con respeto y cortesía, como se esperaría de un caballero al servicio del reino. No obstante, para Ameria no había sido así en lo absoluto. La princesa de Saillune frunció marcadamente el entrecejo y se puso roja de celos al ver como aquella chica reía ante los comentarios de Zelgadiss y clavaba sus ojos brillantes en él, devorándolo con la mirada. Durante el viaje de vuelta, Ameria lo había tratado en forma increíblemente fría y distante sin qué el entendiera que demonios le sucedía. Más de una semana tuvo que esperar para que ella le confesara, muy avergonzada, que pensó que había estado coqueteando con la muchacha durante la reunión. Zelgadiss había dejado escapar una alegre carcajada y luego la había abrazado, susurrándole amablemente que él aceptaba los coqueteos de una sola chica.
El grupo de jovencitas se alejó de él, echando miradas fugaces hacia atrás e intercambiado comentarios exaltadas. Zelgadiss miró hacia adelante algo contrariado, soltando un suspiro divertido, pero enseguida frunció ligeramente el ceño, tornado más seria su expresión. A solo unos pasos de distancia, Hárek avanzaba erguido como una lanza de guerra, tirando suavemente de las riendas de su caballo. El capitán de la Guardia Personal no le había dicho por qué el príncipe Philionel lo había mandado a llamar, y él tampoco había preguntado. Después de todo, sospechaba cual podía ser el motivo, y, por otro lado, las charlas y reuniones con el padre de Ameria ya se habían vuelto algo habitual.
Desde el momento en que regresó a Saillune, Philionel depositó toda su confianza y sus expectativas en él, haciéndolo inmediatamente un miembro formal de la Guardia Real. No obstante, más allá de las responsabilidades que esto acarreaba, el monarca siempre lo seleccionaba para que se hiciera cargo del cuidado de Ameria durante las visitas a las naciones vecinas. Pero no solo se trataba de eso. Philionel también solía encomendarle delicadas misiones de espionaje e infiltración. No eran pocas las veces que algún rumor sobre un posible levantamiento de un reino cercano, o de algún plan para quitar del trono a Philionel, llegaba a los oídos atentos del príncipe. En esos casos, Zelgadiss era enviado de incógnito a investigar. La mayoría de las veces se trataba de simples rumores infundados, pero, en ocasiones, las palabras dichas en susurros resultaban ser ciertas. De todos modos, jamás una sola de esas amenazas llegó a convertirse en un peligro real. Zelgadiss había demostrado ser escalofriantemente eficiente en su trabajo.
La ancha avenida concluyó en un inmenso terreno rectangular, rodeado por altos muros de mármol y oro. Tras ellos se alzaba, imponente, el palacio real de Saillune, el cual constituía una pequeña ciudadela en sí mismo, con amplios jardines, torres y establos. Zelgadiss ingresó tranquilamente, siguiendo a Hárek y saludando con la cabeza a los soldados en sus puestos de vigilancia. En pocos minutos, ambos se encontraban de pie ante las puertas del despacho del príncipe. Los soldados que cruzaban sus lanzas sobre la entrada esbozaron el saludo militar, abriéndoles paso.
El despacho de Philionel era una habitación amplia y cuadrada, dominada por un gran escritorio ubicado de frente a la entrada. Detrás del escritorio se extendía un ventanal que ocupaba toda la pared, adornado con bellas cortinas de terciopelo azul. Las paredes, a izquierda y derecha, estaban repletas de estantes llenos a rebosar de libros, manuscritos y documentos. El príncipe se encontraba sentado tras el escritorio, revisando unos papeles que llevaban el sello real de Saillune. Iba vestido con una larga túnica blanca con bordados en oro, y una capa negra le caía elegantemente sobre el hombro derecho. Alzó la vista hacia ellos, esbozando una gran sonrisa por debajo de sus poblados bigotes.
– Zelgadiss, Hárek, acérquense por favor, y tomen asiento.
Ambos avanzaron a través de la habitación, rumbo a las sillas ubicadas del otro lado del escritorio, de frente al monarca. Sus botas negras resonaron fuertemente sobre las baldosas de mármol pulido, brillantes como espejos. Hicieron una respetuosa reverencia, extendiendo un brazo y bajando la cabeza, y luego se sentaron. Philionel observó a Zelgadiss, ensanchando su sonrisa.
– ¿Cómo te encuentras Zelgadiss? He oído que le estás dando muchos problemas al buen Éinar – dijo en tono divertido.
– Creo que el señor Éinar no se siente del todo cómodo con mi habilidad en el manejo de la espada, su alteza – contestó el muchacho en tono neutro, sin siquiera parpadear. Hárek, a su lado, soltó una leve carcajada.
– No me cabe la menor duda, joven Graywords. He visto como reducías a esos cinco hombres a la vez en la arena de entrenamiento. Te mueves como el mejor de los guerreros – volvió a reír, esta vez con más fuerza – Éinar no debe estar para nada contento al ver que tiene bajo su mando a un hombre que lo supera con creces en habilidad.
Zelgadiss lo miró de reojo durante un segundo. No dijo nada. Notó que el príncipe lo observaba con una de esas grandes sonrisas paternales tan características en él.
– Supongo que sabes por qué te he mandado a llamar, ¿verdad Zelgadiss?
El joven no necesitó pensarlo demasiado.
– Tengo entendido que la señorita Ameria partirá mañana hacia el Reino de Xoana para sellar un acuerdo comercial ¿Su alteza desea que la acompañe?
Philionel asintió con la cabeza, entrelazando los dedos de las manos.
– Así es, quiero que partas a primera hora con ella mañana. Te encargo mucho su cuidado, Zel – el príncipe echó una mirada de reojo a Hárek, el cual sonreía, y luego centró su atención en Zelgadiss – Hace un año ya que te has incorporado como un miembro de la Guardia Real, dime, ¿Te sientes a gusto en tan honorable unidad del ejército?
Zelgadiss no contestó de inmediato. Ladeó la cabeza ligeramente, meditando la pregunta. Era cierto que había logrado importantes avances en la Guardia Real, ostentando ahora un rango equivalente al de sargento. Sin embargo, todos sus asensos le habían sido entregados no porque Éinar reconociera a sus habilidades, sino porque el muy maldito no había tenido más opción luego de que Igvin, el mismísimo comandante en jefe de todo el ejército, así lo exigiera, pues lo había visto combatir y demostrar sus dotes como líder en situaciones muy delicadas. Más allá de esto, Éinar lo odiaba, y el cargo que le había otorgado no era más que una formalidad, pues jamás lo consultaba para la toma de decisiones y siempre desacreditaba su autoridad frente a los demás, despreciándolo de un modo tan evidente como estúpido. Lo que Zelgadiss había hecho a la mañana era algo que no había podido evitar: estaba harto de la arrogancia del capitán de la Guardia, y harto también de sus berrinches y su desprecio. Obviamente Éinar no iba a pasar por alto algo semejante. Se preguntaba qué clase de castigo debía estar preparándole en esos momentos… Levantó la mirada, clavando sus ojos en el monarca de Saillune.
– Sí, su alteza, estoy a gusto – mintió.
Philionel volvió a mirar a Hárek, divertido. Su expresión cantaba a los gritos que sabía que el muchacho mentía. Hárek también sonrió con ganas, relajándose en el asiento de ébano y terciopelo.
– Pues es una lástima entonces, Zel – dijo el príncipe, poniéndose de pie y caminando alrededor del escritorio, con ambas manos cruzadas detrás de la cintura – Mucho me han comentado los demás soldados sobre tu gran habilidad como espadachín, aunque ni falta hacía, ya que te he visto muchas veces en acción y doy fe de ello. Además, también soy muy consciente de el enorme éxito que has tenido en cada uno de los…trabajos particulares que te he encargado – Philionel se apoyó contra el escritorio, cruzándose de brazos – Por ello he decidido decretar que, en cuanto hayas vuelto de Xoana con Ameria, seas nombrado el segundo hombre al mando de mi Guardia Personal. También podrás darle una mano a Hárek en el entrenamiento de los hombres y, si lo deseas, de nuestros hechiceros.
Zelgadiss parpadeó varias veces, observando de Philionel a Hárek, el cual le sonrió amistosamente.
– Será todo un honor tener a la mejor espada de Saillune como mi mano derecha – comentó Hárek – A partir de ahora, te encargarás de la protección del palacio, del príncipe y de la señorita Ameria a toda hora, y yo podré respirar un poco más tranquilo – le tendió una mano a Zelgadiss amablemente, pero el joven no se la estrechó. Zelgadiss estaba inmóvil sobre su asiento, con la misma expresión de piedra grabada en el rostro. Hárek arqueó las cejas – ¿Qué sucede muchacho? ¿No aceptas el honor que su alteza te ofrece?
Zelgadiss volvió a parpadear, mirando de reojo al príncipe, el cual lo observaba con un brillo extraño en los ojos. Él era el único que sabía que él y Ameria eran algo más que amigos… Siempre lo había sabido. Y siempre había sabido que nadie jamás la amaría y protegería como solo él podía hacerlo.
Finalmente había llegado el día del que tanto había reflexionado con Ameria.
Zelgadiss sacudió levemente la cabeza, divertido. Sabía que, tarde o temprano, el príncipe lo colocaría en una posición en la cual pudiera velar por su hija en todo momento, no solo durante las visitas diplomáticas a otros países. Sonrió sinceramente, con ganas, como pocas veces lo hacía. Clavó la mirada en Hárek, sin dejar de sonreír, y estrechó enérgicamente la mano que le ofrecía.
– Será todo un honor servir en la Guardia Personal de su alteza.
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Zelgadiss se acomodó en el mullido asiento del carruaje, cruzando los brazos y las piernas. El interior del vehículo era pequeño, pero aún así bastante acogedor. Estaba hecho en su totalidad de una fina madera color caoba, pulida y brillante, con dos ventanas a los lados y dos bancos de terciopelo enfrentados; de manera que se encontraba cara a cara con la otra ocupante.
Ameria le sonrió alegremente, apoyando el codo en el borde de la ventana, la cual se encontraba parcialmente cubierta por suaves cortinas de color rojo. La luz que se filtraba a través de ellas le daba al interior un leve tono anaranjado.
– ¿Cuándo fue la última vez que me acompañaste en uno de estos viajes? – preguntó la chica. Vestía un elegante vestido tan blanco como la nieve, sin mangas, con una delgada gargantilla de plata rodeándole el cuello. Sus cabellos negros se agitaban levemente con el constante movimiento del carruaje, el cual era arrastrado por cuatro poderosos corceles.
– La última vez que partiste en misión diplomática –contestó Zelgadiss, devolviéndole la sonrisa – No habrá pasado más de un mes.
Ameria pareció pensarlo un segundo, mirando el paisaje rural que se extendía del otro lado de la ventana. Luego clavó la vista en él, guiñándole un ojo.
– Pues a mí me ha parecido mucho más – se inclinó un poco hacia adelante, tomándolo de la mano – Sabes que es un poco más...complicado cuando estamos en Saillune.
Zelgadiss ladeó ligeramente la cabeza. Sabía muy bien a qué se refería Ameria. Los rumores y las habladurías habían empezado al poco tiempo de su llegada. La nobleza de Saillune y los consejeros reales (sobre todo los malditos consejeros...) habían reprochado desde un principio a Philionel el hecho de que su hija, soltera y en edad para contraer matrimonio, fuera tan cercana a un simple soldado recién ingresado a la Guardia Real. Daba gracias a los dioses de que Philionel pusiera la felicidad y la voluntad de Ameria por sobre lo que mandaba la tradición y la política. ¿Podía decir que a causa de eso habían terminado por llevar una relación casi a escondidas, viéndose por las noches en las habitaciones poco habituadas del palacio, o en fugaces encuentros en las afueras del Barrio Real? Si, tal vez fuera así. Pero no por eso había dejado de sentir aquello que tan fuerte latía aún en su corazón.
Además…no podía negar que todo resultaba de lo más divertido.
A veces se sentía casi como un juego. Sonrisas en la oscuridad, palabras murmuradas, besos que escapaban de los ojos de la ciudad, la cual parecía vigilarlos; siempre evitando que los descubrieran, que los atraparan, como si fueran dos chiquillos escondiendo sus travesuras a los mayores. Pero, más allá de aquella simple felicidad al interior de los muros blancos de Saillune, Ameria no podía evitar rebosar de alegría cada vez que debía representar a su país en el extranjero. Antes había detestado con ardor tener que hacerlo, pero ahora era diferente. Zelgadiss siempre la acompañaba durante los viajes, por orden expresa de su padre, el gobernante máximo del reino.
"Cada viaje es como una pequeña luna de miel" solía decirle ella entre carcajadas. Acompañados solo por un puñado de soldados, y por algún que otro consejero, siempre habían aprovechado la oportunidad de pasar largos días juntos, a toda hora, sin el miedo acuciante a ser descubiertos.
¿Era en verdad tan grave vivir su amor en esa especie de anonimato? Zelgadiss, un joven que había sido privado durante casi toda su existencia de las más simples de las felicidades, no podía quejarse de la vida que llevaba ahora. Finalmente había recuperado aquello que Rezo, su propia sangre, le había arrebatado hacía ya tantos años. Y, más valioso aún, vivía junto a la persona más importante para él en todo el mundo. No, no podía quejarse. Estaba agradecido.
Pero, incluso así, sabía que Ameria no veía las cosas del mismo modo. Ella lo amaba con toda el alma, y eso era algo que nada ni nadie, ni siquiera los mismísimos dioses, podrían cambiar. No obstante, ella necesitaba algo más; no por vanidad, o por orgullo, sino por el propio amor que sentía por él. Ameria quería que el mundo aceptara a Zelgadiss, el mejor y más maravilloso de los hombres, como ella misma lo había aceptado hacía tiempo en su corazón, cuando aún viajaban en busca de aventuras junto a Lina y Gourry.
Eso fue lo que Zelgadiss leyó en la mirada de la chica cuando ella habló nuevamente, contemplando las llanuras verdes a través de la ventana del carruaje.
– No hay día que no agradezca el tenerte a mi lado, Zel. Pero…esta situación... – se mordió ligeramente el labio, con la vista perdida en el paisaje – No me agrada tener que esconder al mundo lo que siento por ti.
Zelgadiss permaneció en silencio unos segundos, con la vista clavada en el suelo de madera. El suave vaivén del carruaje, y el lejano golpeteo de los cascos de los corceles, resultaban casi hipnóticos. En aquel momento le pareció una buena idea sonar lo más racional posible.
– Se esperan grandes cosas de ti, Ameria; eres la princesa de uno de los reinos más poderosos del mundo. Yo, en cambio, hace solo un año que vivo dentro de los muros de Saillune, sin nombre ni pasado; solo una sombra de la que todos desconfían – levantó la vista, intentando refugiarse él también en el paisaje que el camino rural hacia Xoana les ofrecía – Ambos sabemos que la noticia no caería para nada bien entre las personas que ayudan a mantener estable el gobierno de tu padre.
Ameria suspiró, mirándolo con una sonrisa amarga. Aún así, sus grandes ojos azules revelaron un atisbo de entendimiento. Un entendimiento forzado.
– Supongo que la política es la política… – susurró, resignada.
A pesar del semblante triste de la chica, Zelgadiss le regaló una simpática sonrisa, señalándose la impecable túnica azul y la capa negra con el pulgar.
– Si, y el ejército es el ejército, una institución muy importante, incluso en un reino de paz como Saillune – ensanchó aún más su sonrisa – Solo debemos tener paciencia.
Ameria se cruzó de brazos y levantó una ceja, fingiendo una muy falsa indignación. Zelgadiss solo le había sonreído con sinceridad, dándole a entender con su comentario que él también deseaba lo mismo. Qué poco necesitaba hacer para que volviera a ser la misma de siempre…
– Oh, ¿Acaso eso significa que debo esperar a que te conviertas en el supremo comandante en jefe de todo el ejército para que el mundo sepa lo que sientes por mí?
A pesar del tono cómplice y divertido de Ameria, Zelgadiss no pudo evitar hundirse un poco en el terciopelo rojo del asiento, cruzándose nuevamente de brazos. Suspiró con algo de tristeza.
– Sabes muy bien lo poco que me agrada este anonimato; y también sabes que, desafortunadamente, tu padre no puede gobernar sin el apoyo de toda esta gente. La nobleza, la cámara de comercio, los banqueros, el propio ejército, todos influyen enormemente en la política y la economía del reino, en su prosperidad – Zelgadiss hizo una mueca de evidente desagrado – Y todos están esperando la oportunidad de poder casarte con sus hijos, para así poder ascender a lo más alto que un hombre puede aspirar. Anunciar nuestra relación tan pronto sería un insulto para ellos, y tu padre no se puede permitir comprometer así la estabilidad del reino; más aún si tenemos en cuenta los intentos de asesinato por parte de su propio hermano y su sobrino, hace solo algunos años.
Ameria frunció el entrecejo al oír estas palabras. Zelgadiss sonaba tan lógico y racional que la irritaba. De todos modos, al final no pudo evitar sacudir un poco la cabeza, sonriendo alegremente.
– Hablas como todo un rey – dijo con picardía, guiñándole nuevamente un ojo.
Zelgadiss dejó escapar una leve carcajada, y luego estiró la mano, acariciando con suavidad el rostro de la princesa.
– Y tú hablas como si no hubiéramos pasado ningún momento grato desde que regresamos del Templo Blanco – dijo con fingido reproche.
Ameria tomó la mano que le acariciaba el rostro y cerró los ojos, dejando que los recuerdos la inundaran poco a poco. Claro que habían vivido gratos momentos juntos, y a todos los llevaba en lo más profundo de su corazón. Recordaba las noches que habían pasado en los tejados del palacio, recostados el uno junto al otro, contemplando las estrellas y hablando hasta que el sol comenzaba a asomar en el horizonte. Recordaba las veces que había escapado a hurtadillas del palacio, rehuyendo a sus deberes para encontrarse con él en las afueras del Barrio Real. Recordaba las semanas que habían pasado juntos en las naciones vecinas, lejos de la atenta mirada de Saillune, riendo y paseando por calles en las cuales nadie les prestaba atención. Y, sobre todo, tanto ahora como en los lejanos días de aventura junto a Lina y Gourry, añoraba con fervor ese brillo especial en los ojos de Zelgadiss; ojos que solo tenían miradas frías como el hielo para el resto del mundo, pero que cuando la veían a ella se tornaban tan cálidos como la brisa de verano.
Sonrió complacida, abriendo los ojos y clavándolos en el rostro de Zelgadiss. La piel del joven era tan lisa y pálida que parecía una estatua de mármol. El contraste con su anterior apariencia era sencillamente abrumador. Y aquello era algo que la fascinaba.
– De todos modos, sigo pensando que eres demasiado cauteloso – dijo ella, divertida, para luego inclinarse ligeramente hacia adelante, acercando su rostro sonriente al de él – ¿Habrá algún problema si le das un beso de amor a la princesa aquí, señor subcomandante de la Guardia Personal?
Zelgadiss dejó escapar una pequeña carcajada, e inclinó el rostro hacia los labios suaves y sedosos, los cuales lo esperaban con ansias.
– ¡BANDIDOS!
El grito de alarma, a pesar de que se encontraban en el interior del carruaje, les llegó tan potente y estrepitoso como un trueno. Zelgadiss se detuvo, a solo un palmo del rostro de Ameria, incorporándose de un salto veloz y silencioso. La princesa permaneció inmóvil sobre su asiento, escuchando con expresión sorprendida y enfadada. El carruaje se había detenido, y por fuera podía oírse un fuerte coro de gritos, relinchos y voces que vociferaban órdenes.
Zelgadiss le echó una mirada rápida y severa a su compañera, la cual claramente decía "quédate aquí adentro", y a continuación abrió la puerta del vehículo, colocando la mano en el borde del techo y encaramándose de un salto sobre el mismo.
Hacía poco que había amanecido, y el cielo tenía un leve tono rosa pálido. El aire frío de la mañana había cubierto el césped y los árboles de una gruesa capa de rocío, así como de una delgada niebla que se mantenía pegada a medio metro del suelo. Su carruaje era el segundo en una fila de tres vehículos, ubicado justo en el medio. El de atrás llevaba a los consejeros reales que habían partido hacia Xoana junto con ellos; el de adelante en cambio, por lejos el más grande de los tres, llevaba a una tercera parte de los treinta soldados que constituían la guarida de la princesa. El resto de los hombres marchaba en torno a los carros montados a caballo, cerrando y abriendo la marcha. Sin embargo, en ese momento todos los soldados se encontraban desperdigados en torno a la comitiva, preparando las armas e intentando tomar posiciones a los gritos.
De pie sobre el techo del carruaje, Zelgadiss pudo ver con claridad la horda de bandidos que avanzaba hacia ellos, blandiendo las armas y aullando como demonios enloquecidos. Eran hombres vestidos con pieles, desaseados, e iban armados con espadas, hachas y picas. Zelgadiss tuvo la sensación de que salían de detrás de cada árbol, roca y hierba que rodeaba el camino a ambos lados, más numerosos de lo que se había imaginado.
Asaltantes de los caminos... el terror de los viajeros. Escupió hacia el suelo, irritado. Supuso que debían ser alrededor de cien, tal vez un clan completo, atraídos sin duda por la opulencia y la elegancia de los carruajes reales. Cien contra treinta... Debía actuar rápido o lo lamentarían.
Zelgadiss estiró su brazo derecho hacia adelante, irguiéndose recto como una lanza.
– ¡Formación en círculo, ahora! – exclamó con voz fuerte y clara, haciéndose oír por sobre el caos de gritos y acero – ¡Lanzas y escudos en primera línea, no los dejen avanzar un solo paso! ¡Arqueros sobre los carruajes! ¡Barran con todo lo que intente acercarse!
La voz poderosa de Zelgadiss tuvo un efecto inmediato sobre los hombres, los cuales, al recibir una orden directa en medio de aquel caos, reaccionaron como impulsados por una fuerza sobrenatural. Los soldados que portaban escudos y lanzas formaron un sólido anillo en torno a los tres carruajes, mientras la infantería armada con espadas se colocaba detrás de ellos, listos para repeler cualquier intento de intromisión. Los arqueros no tardaron en trepar a los techos de los dos carruajes restantes, soltando una lluvia de flechas sobre los bandidos cada vez más próximos. Zelgadiss asintió satisfecho, escrutando rápidamente a los grupos enemigos más cercanos a la primera línea. Debía escoger con cuidado los hechizos a utilizar o haría volar por los aires a sus propios hombres.
– Muy bien...ahora verán – murmuró con una media sonrisa – ¡Bola de Fue...!
– ¡¿Qué fuerzas malignas osan atacar la caravana de los nobles emisarios de la paz? – Ameria cayó de pie junto a Zelgadiss con la velocidad de un rayo, casi haciéndolo caer del carruaje por la sorpresa – ¡En nombre de la justicia serán castigados! ¡No escaparán inmunes luego de semejante afrenta!
– ¡Ameria! – exclamó Zelgadiss, con un reproche esta vez para nada fingido – ¡Te dije que esperaras adentro!
La chica lo miró con algo de molestia. Se había cortado el largo vestido a la altura de las rodillas, y había dejado la gargantilla y los zapatos de taco alto en el interior del carruaje.
– No, no lo hiciste – le contestó a los gritos, pues la cacofonía de los alaridos, las maldiciones y los bandidos chocando aceros contra la primera línea era ensordecedora – Solo me echaste una de esas miradas de reproche que sueles poner cuando te enf... ¡Bola de Fuego!
Ameria interrumpió su acalorado discurso invocando repentinamente el hechizo de Magia Shamánica. La esfera ardiente salió disparada a toda velocidad desde el techo del carro, impactando contra el primer grupo enemigo que había logrado atravesar el cerco de escudos y lanzas. La explosión arrojó a los rufianes en todas direcciones, dando tiempo a los soldados para cerrar nuevamente el anillo. Zelgadiss soltó un bufido de impaciencia, observando a Ameria de reojo, y se preparó para dar inicio al ataque.
Rayos de fuego, ondas de hielo, relámpagos y esferas de pura energía atravesaron velozmente el aire, deteniendo el avance de los inacabables bandidos. Por debajo del techo del carruaje, los soldados de la guardia se batían cuerpo a cuerpo contra los enemigos, los cuales habían conseguido abrir un hueco en el anillo, obligando a las lanzas y a los escudos a replegarse hacia los carruajes. En un momento, fue imposible para Zelgadiss continuar con el ataque sin dañar a sus propios hombres. Los bandidos se habían acercado demasiado hacia ellos como para siquiera pensarlo. Maldiciendo su suerte, el joven bajó de un salto del carruaje, desenfundando la espada del cinturón. Ameria lo siguió inmediatamente, cargando en sus puños la energía astral del Visfarank.
El combate cuerpo a cuerpo fue más breve de lo que cualquiera de los dos habría imaginado. Los bandidos habían basado su estrategia exclusivamente en su superioridad numérica, por lo cual, al cabo de unos cuantos minutos, fueron ampliamente superados por el entrenamiento y la disciplina de los hombres de Saillune y de sus arqueros, los cuales seguían acuclillados sobre los carruajes, sin fallar un solo disparo.
Zelgadiss blandió verticalmente su espada, asestando un mortal golpe que abrió en dos la cota de malla y el pecho de su rival. El hombre cayó de espaldas al suelo sin hacer un solo sonido, muerto antes de tocar la tierra batida del camino. El joven hizo una pausa para recobrar el aire, limpiándose el sudor de la frente, y luego observó a su alrededor. La batalla había concluido. Decenas y decenas de cuerpos yacían sin vida, bañados en sangre, y las respiraciones agitadas de sus soldados formaban una especie de murmullo sordo, el único sonido que pudo oír durante un largo rato. Casi la totalidad de los cadáveres pertenecía a los forajidos, pero entre las armas caídas, los caballos y los restos de la niebla, Zelgadiss pudo distinguir con claridad el azul oscuro de las túnicas de Saillune. Echó una ojeada a los sobrevivientes, contándolos mentalmente. Habían perdido a doce hombres, y unos cuantos más estaban heridos. Ameria, de rodillas sobre el suelo, aplicaba la Magia Blanca sobre un joven con el vientre cubierto de sangre. Zelgadiss soltó un suspiro vacío de todo sentimiento, dejando simplemente escapar el aire, y luego caminó hacia la princesa.
Más tarde se reprocharía que debió haber sido capaz de percatarse antes, que debió haber detectado el leve movimiento del cuerpo tirado entre él y Ameria, el leve subir y bajar del pecho, los dedos apretando cautelosamente la empuñadura de la espada oxidada. Pero la verdad era que, simplemente, no consiguió darse cuenta de que aquel forajido seguía con vida hasta que lo vio incorporarse a la velocidad del rayo, arrojándose sobre él enloquecido por el dolor y la ira. Zelgadiss trastabilló, totalmente sorprendido, eludiendo la hoja enemiga por apenas unos pocos centímetros. Cayó ruidosamente al suelo, presa aún del asombro y la confusión. El bandido giró sobre sus pies, corriendo hacia él con el rostro contorsionado. No obstante, no había modo alguno de que pudiera ser más veloz que él. Zelgadiss arrojó un manotazo hacia el suelo, tomando el puñal ensangrentado que apenas había alcanzado a ver mientras caía. Con un ágil movimiento de muñeca, veloz y preciso, arrojó el puñal en una mortal línea ascendente. El filo del arma se hundió de lleno en la frente del forajido, con el sonido seco y escalofriante del hueso al ser perforado.
Zelgadiss se incorporó como pudo, observando el cuerpo inerte ante él, uno más entre las docenes que lo rodeaban. Levantó lentamente la cabeza, topándose con la mirada sorprendida de Ameria. La chica lo observaba con una expresión de asombro y preocupación, con la boca ligeramente abierta. Y entonces fue Zelgadiss quien abrió enormemente sus ojos, sintiendo que las palabras de advertencia que quería gritar se le atoraban en la garganta. Detrás de Ameria, a unos diez metros por afuera del camino, un hombre con una gran capa de piel sobre su tosca armadura gris, apuntaba firmemente a la princesa con un enorme arco de madera.
– ¡Cuidado! – alcanzó a gritar desesperado, mientras la flecha salía disparada en línea recta hacia Ameria.
Zelgadiss intentó correr hacia ella, o abatir al hombre con un hechizo antes de que disparara, o interponerse entre la flecha y el cuerpo de la chica. Todo pasó por su cabeza como un violento torbellino de adrenalina e ideas inconexas, pero apenas fue capaz de alzar un brazo hacia ella, como si aquello pudiera protegerla de una muerte segura. Fue así, atónito e impotente, que notó como una sombra azulada saltaba por delante de la princesa, recibiendo de lleno el impacto de la flecha. Zelgadiss parpadeó confundido, dejando caer los brazos a un lado del cuerpo. Un soldado de Saillune, un hombre grueso y canoso, se había colocado delante de Ameria en el último segundo. Cayó al suelo pesadamente, con la flecha enterrada en el hombro. Recién entonces Ameria pareció reaccionar, girando sobre sus talones, pues todo había sucedido en menos de un segundo. El forajido, tan sorprendido como ella por lo que acababa de suceder, intentó colocar una segunda flecha en el arco, pero la princesa no se lo permitió.
– ¡Freeze Breed! – exclamó enfurecida.
El bandido cayó de espaldas al suelo con un sonido sordo, congelado de pies a cabeza por una gruesa capa de hielo. La escalofriante expresión de dolor quedó grabada en su rostro brutal, cubierto de cicatrices. Ameria se dejó caer sobre sus rodillas, analizando atentamente la herida del corpulento soldado. Echó una mirada de reojo hacia Zelgadiss mientras lo hacía. El joven la miraba fijamente, con la boca abierta; pero a la vez era como si no observara nada en particular, con los ojos perdidos en el vacío.
– ¡Soldado! ¿Te encuentras bien? Me has salvado la vida…
El hombre la miró lleno de orgullo, sonriendo de oreja.
– No te preocupes, mi señora, es solo un rasguño.
Sin embargo, la herida no dio la impresión de ser un simple rasguño cuando el soldado se arrancó la flecha de un tirón. La carne y el hueso del hombro se abrieron como si fueran la cáscara de una nuez, dejando escapar un abundante chorro de sangre. El hombre ahogó un gemido, llevándose la mano al hombro lacerado. Ameria colocó rápidamente ambas manos por encima de la herida, invocando las palabras sanadoras de la Magia Blanca. El soldado respiró aliviado al sentir la cálida luz blanca cubriendo la parte superior de su cuerpo; no obstante, Ameria estaba lejos de sentirse aliviada. Había visto la extraña expresión de Zelgadiss, y había leído a través de ella.
– Zelgadiss…
El joven no contestó. Siguió absorto, mirando sin ver.
– Zelgadiss ¿Te encuentras bien? – insistió en tono firme.
Zelgadiss finalmente pareció reaccionar. Parpadeó varias veces, observando a Ameria y al hombre herido junto a ella. Notó como el resto de los soldados comenzaba a acercarse lentamente hacia ellos, emergiendo como fantasmas de entre los últimos rastros de la niebla matutina. Volvió a clavar los ojos en Ameria, la cual lo observaba con evidente preocupación.
– Zel… ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
¿Si estaba bien?
No. No lo estaba.
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El salón era sumamente amplio, de forma rectangular. Las paredes se encontraban recubiertas de roble pulido, liso y brillante como un espejo, con múltiples lámparas de cristal que iluminaban tenuemente toda la estancia. Las mesas se distribuían uniformemente en torno a las paredes, cubiertas con manteles de un blanco perfecto. Un enorme ventanal de cristal ocupaba toda la pared opuesta a la entrada, del suelo de mármol al techo, dejando que la tenue luz de la luna se filtrara en diminutas partículas de plata. Zelgadiss supuso que debía haber cerca de un centenar de personas en aquel salón, todas hablando y riendo animadamente. El sonido de la lira y el arpa, sin embargo, se elevaba por sobre el coro de voces excitadas, entonando una suave melodía.
La reunión entre los representantes de Saillune y Xoana había tenido lugar aquella misma tarde, y ahora, durante la noche, correspondía que los líderes y la nobleza del reino agasajaran a sus ilustres invitados con una gran cena seguida de baile. Zangulus, vestido como todo un rey, con ropas blancas y capa dorada, se encontraba de pie junto a su esposa, la princesa Martina, charlando animadamente con los consejeros reales de Saillune. La nobleza también había asistido, un puñado de hombres y mujeres de noble cuna que influían, de un modo u otro, en la economía y la política de Xoana. Incluso los soldados de Saillune, aquellos que habían sobrevivido a la emboscada, se encontraban allí, bebiendo el costoso vino de las mesas mientras charlaban con las jóvenes señoritas presentes, las cuales dejaban escapar coquetas risitas ante las divertidas anécdotas y aventuras que los soldados les relataban.
Sin embargo, apoyado de espaldas contra una de las paredes, de pie a un costado del salón, Zelgadiss no parecía prestar la más mínima atención a la gente que lo rodeaba, como si no se encontrara allí. Siendo el oficial a cargo de la guardia, había estado obligado a asistir aquella noche a la pomposa reunión, como tantas otras veces había hecho en el pasado. Y, por supuesto, había ido vestido en consecuencia. Una ajustada chaqueta blanca cubría la parte superior de su cuerpo, abotonada al torso con pequeños botones de oro con la forma del emblema real de Saillune. Los pantalones, también del color de la nieve, se ceñían perfectamente a sus piernas, con botas altas de cuero negro que le llegaban hasta la rodilla. La capa, a diferencia del resto del atuendo, era negra como la noche, con la cara interna bordada en hilos de oro. Llevaba una espada de tipo ceremonial a un costado del cinturón, larga y curvada, envainada en una funda tan blanca como sus ropas. Posó una de sus manos, cubierta por un ajustado guante blanco, sobre la empuñadura dorada del arma, torciendo la mirada hacia el inmenso ventanal de cristal.
No se encontraba allí.
Su mente volvía una y otra vez a lo que había sucedido en el camino, al concluir la batalla. ¿Qué demonios le había sucedido? En el pasado jamás habría bajado la guardia, jamás habría caminado tan tranquilo hacia Ameria sin escrutar detenidamente los cuerpos de los caídos, atento al más leve movimiento. Y, sobre todo, jamás habría dejado que el miedo lo dominara al ver al arquero, con la cuerda del arco a punto de disparar la mortal flecha. Se había quedado paralizado, congelado sobre sus pies, sintiendo como el terror de perder a Ameria le impedía mover un solo músculo.
No había podido hacer nada. Y se odiaba por eso. Sentía un pavor sordo, espeso, al pensar que, de no haber sido por uno de los hombres bajo su mando, Ameria no estaría allí en ese momento, hablando amablemente con Zangulus y Martina.
¿Qué le había pasado? Se entrenaba a diario en Saillune, mucho más que antes, y se sentía más fuerte y ágil que nunca. Pero sabía que la cuestión no pasaba por allí. No.
Había bajado la guardia, se había tranquilizado. Había reemplazado su frialdad y desconfianza por la paz y la tranquilidad que Saillune, que Ameria, le había obsequiado. Y no solo era eso. La clara superioridad que tenía sobre el resto de cada uno de los miembros del ejército lo había vuelto confiado, incauto. Y por culpa de su error, la vida que había jurado proteger hasta el fin de sus días había estado en grave peligro.
– ¿Por qué esa cara tan seria?
La voz, suave y cristalina, sonó muy cerca de su oído, alzándose por encima de la música y del bullicio de los invitados. Zelgadiss giró levemente la cabeza, clavando sus ojos en Ameria. La observó con atención. Se veía tan hermosa que el recuerdo de lo que había sucedido le dolía en el pecho. La princesa llevaba un vestido largo hasta los tobillos, de un azul tan intenso como el océano. Diminutas perlas se distribuían en los bordados, formando elegantes diseños, los cuales hacían que toda la prenda resplandeciera levemente con cada movimiento que hacía. La gargantilla de plata había sido reemplazada por un collar de oro con el escudo de Saillune grabado en una brillante esmeralda. Una pequeña diadema de oro blanco, la cual asomaba entre los cabellos negros, completaba el atuendo de la princesa.
– ¿Sucede algo? – insistió la chica – Has estado muy callado todo el día.
Zelgadiss se obligó a forzar una sonrisa, pero no contestó. ¿Cómo podía explicarle lo que sentía? ¿Cómo podía explicar la asfixiante sensación que suponía el haberle fallado? Justamente a ella, la mujer a la que siempre había amado. Ameria ladeó la cabeza, sonriéndole, y luego le hizo una elegante reverencia.
– Sé muy bien que no te agradan estas reuniones, pero... ¿Me haría el Señor el honor de concederme esta pieza?
Zelgadiss sonrió, esta vez sinceramente. Pensó que debía ser el primer cambio de expresión que tenía en todo el día.
– Me encantaría, pero sabes que no se me da bien el baile; además no querrás que llamemos la atenc...
Ameria lo tomó repentinamente de la mano, arrastrándolo hacia el centro del salón, donde otras parejas bailaban al compás del arpa y la lira. Zelgadiss pudo ver a muchos de sus soldados, con los rostros enrojecidos por el vino, bailando alegremente con las muchachitas de la nobleza. Durante un segundo agradeció haber pasado desapercibido toda la noche, pues no estaba de humor para fingir cortesía ante las hijas de los altos señores que el día anterior lo habían estado mirando embobadas.
Ameria tomó la mano derecha de Zelgadiss y llevó la otra hacia su cintura, abrazándose a él. La música sonaba lenta y dulce, y el joven encontró más sencillo de lo que había pensado seguir el ritmo de los instrumentos. Bajó levemente el rostro, dejando descansar el mentón sobre la cabeza de su compañera. La chica olía a flores, y se sentía frágil y pequeña entre sus brazos. Escuchó como dejaba escapar un leve suspiro, abrazándose más a él.
– Estuve deseando un momento así desde que partimos de Saillune – murmuró la chica, con el rostro apoyado contra su pecho.
Zelgadiss le sujetó firmemente la mano, atrayéndola más contra su cuerpo, pero aún así se sintió incapaz de hablar. Seguía sin estar allí, a pesar de la cálida sensación del cuerpo de Ameria contra el suyo. La imagen de un hombre corpulento, cubierto por una gruesa capa de piel, se negaba a abandonar su mente. El hombre lo miraba con un rostro cruel, lleno de cicatrices, apuntando directamente con su arco a una indefensa Ameria. Incluso así, divagando en lo más recóndito de sus pensamientos, pudo sentir una vez más la angustiante sensación de impotencia, el agudo dolor de no poder hacer nada por defenderla.
Y fue así, invadido por la misma desesperación, que algo ocurrió; algo que casi lo hizo saltar hacia atrás de la sorpresa. La imagen en el caos de su mente cambió. Ya no era el corpulento forajido quien esgrimía el arco, sino un joven alto y delgado, vestido completamente de negro. La capa le ondeaba al viento, tan negra como sus cabellos lacios y desordenados, los cuales le llegaban hasta los hombros. Dos ojos azules, fríos e inhumanos, brillaban en un rostro pálido y duro, finamente delineado. La delgada cicatriz atravesando su ojo izquierdo le provocó un intenso escalofrío, el cual recorrió todo su cuerpo como si fuera un baldazo de agua helada.
Lo recordaba todo; claro que lo recordaba. Recordaba cómo, luego de lo que había sucedido en el Templo Blanco, se había prometido a sí mismo jamás dejar que Ameria volviera a correr semejante peligro. Y, durante el tiempo que llevaban juntos, había creído cumplir a la perfección con aquella promesa. Sin embargo, durante el ataque a los carruajes...
Zelgadiss abrió los ojos, aturdido, como si despertara de un sueño agitado. De repente una extraña determinación lo invadió, algo que, de forma inconsciente, había estado meditando desde hacía tiempo. Sabía lo que debía hacer…
Ameria, aún abrazada a él en el centro del salón, lo miró fijamente con expresión preocupada. Cuando la muchacha habló, él ya había tomado su decisión.
– ¿Zel...que te sucede? Háblame por favor...
Zelgadiss sonrió, tomándola por los hombros. La observó con una dulzura infinita, haciéndola sonrojar levemente. Ella no podía imaginar lo mucho que sufriría el tiempo que estuviera fuera de Saillune.
– Creo...creo que es tiempo de hacerle una visita a ese viejo mañoso – contestó finalmente, sonriéndole como solo él podía hacerlo.
Fin del Anexo 1.
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Glosario de términos y aclaraciones:
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- División del ejército: dado que no he visto ni en el animé ni en las novelas ninguna descripción detallada de las milicias de las diferentes naciones, el modo en que el ejército de Saillune está dividido no es más que una especulación mía. De acuerdo a mi concepción, existen tres ramas principales: el Ejército Real, el cual es la fuerza militar más numerosa, encargada de la protección de todo el renio; la Guardia Real; una unidad especial a cargo de la protección del barrio donde se encuentra el palacio y, finalmente, la Guardia Personal del Príncipe. Esta última es una unidad de elite encargada de proteger al príncipe, por lo cual su lugar de trabajo es el propio palacio y los lugares que Philionel visite.
- Visfarank: este es un hechizo de Magia Astral creado por la propia Ameria, siendo una de sus armas predilectas. El conjuro concentra una gran cantidad de energía en los puños del hechicero, permitiéndole asestar golpes terriblemente fuertes. Como contrapartida, consume cada vez más energía con cada golpe dado, por lo cual puede llevar a un rápido agotamiento si no se lo usa adecuadamente.
