This is just my way of unleashing the feelings deep inside of me
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Yuuri había llegado más temprano de lo usual a Eros para buscar a Yurio.
Quería darle unas cuantas pomadas para el dolor que encontró en la farmacia cerca del departamento de Phichit. Sabía cuales eran buenas ya que tuvo tiempo de investigar la calidad de cada una y cuales te ayudaban a pasar el dolor más pronto.
No iba a ser tan difícil encontrar a Yurio, ya que él siempre estaba en el local, y no entendía porqué. Phichit le dijo una vez que el abuelo de Yurio había muerto hace unos dos años, por eso tuvo que trabajar desde entonces y vivir en el último piso del local, ya que no podía mantener los gastos que su abuelo le había dejado.
Katsuki se sintió mal por el chiquillo, que, sin importar su forma brusca y grosera de tratar a otros, todos necesitan una mano amiga que les brinde apoyo. Seguro lo que más necesitaba en momentos como esos era una figura fraternal que lo ayudase a seguir adelante.
El asiático no se quería imaginar una vida sin sus padres… pero lastimosamente la estaba viviendo.
Entró al local, le ayudó a Emil como siempre a acomodar unas cuantas mesas, limpiarlas y tenerlas presentables. No le gustaba que le tocaran en distintas partes del cuerpo, mas Yuuri sabía que debía trabajar para conseguir el dinero e irse cuanto antes… aunque su trabajo como mesero no sea tan lucrativo como el de bailarín.
Sí, Celestino le había pagado mucho más por bailar frente a los hombres guapos el jueves. Incluso estaba pensando si debía quedarse ahí con los bailarines, siendo de esa manera que podría regresar con mucha más rapidez a su hogar.
Tocó la puerta de madera delante de él con un letrero en ruso que no necesitaba entender que significaba algo malo ya que estaba escrito en letras rojas con bastantes signos de admiración.
Pudo escuchar al chiquillo maldiciendo en ruso. Sabía que estaba maldiciendo, no ibas a gritar acompañado de un gruñido diciendo "ahora lo atiendo, amable visita".
Cuando el ruso abrió la puerta, tenía un bastón para andar, junto con una sudadera con estampado de tigre.
Yuuri pensó que se veía adorable.
Levantó la bolsa llena de medicamentos mientras le sonreía.
—Te traje unas cuantas cosas —siguió con su sonrisa—, hay unas pomadas y pastillas para el dolor —dejó escapar una pequeña risita—, de hecho ¡Hasta te compré de esas cosas que sirven para poner hielo! Seguro se sentirá bien para tu pie.
Plisetsky no sabía qué pensar al admirar los artículos con un rostro indescriptible.
¿Le había comprado pomadas y unas cuantas cosas para su esguince? Lo ayudó a que no le doliera tanto, y ahora le trae cosas para su salud.
¿Es esta una clase de broma? ¿Se esta riendo de él? ¿Qué está tramando?
Yurio quería sentirse enojado de su presencia, como normalmente lo haría. Porque se supone que el cerdo delante de él era su rival, el chico que le quería quitar a su propia conquista, y le estaba regalando medicina para su dolor.
—¿Quién te mandó? ¿Celestino? —preguntó con burla, sosteniendo su peso en el lado dónde tenía la muleta.
El asiático parpadeo confundido, sin entender bien lo que decía.
—De hecho no, después del jueves no he dejado de pensar en cómo estabas —le volvió a sonreír—… Dime ¿te encuentras mejor? —se acercó.
Yurio no pudo evitar sentir esa calidez en el pecho que no sentía hace años, y estaba asustado. ¿Aquella preocupación era real?
—Mejor —respondió al final.
No dijeron nada, se quedaron mirando el uno al otro de manera incómoda. Yuuri no quería hacer sentir mal al adolescente así que al final habló.
—Yo… espero que te sientas mucho mejor con esto —le tendió la bolsa de productos clínicos—… hum, trabajaré —le volvió a sonreír—. Espero puedas volver pronto con nosotros —se dio la media vuelta—, entonces… adiós.
Salió de aquella zona con rapidez, sintiendo el escrutinio ajeno perforando su espalda.
Yurio lo miró con el ceño fruncido y revisó lo que venía en la bolsa. Eran unas cuantas cremas que aseguraban quitarle el dolor, dulces en coloridas envolturas y aquella cosa a la que ponían hielos.
"El cerdo es buen chico" pensó "… no quiero hacerle daño, así que debe mantenerse fuera del alcance de Viktor"
Plisetsky tenía una mente competitiva, además de tóxica, pues solía pensar que todo y todos estaban en su contra y que el mundo sólo le otorgaba más dolor del que ya llevaba en sus hombros. Sabía que debía arreglarlo, pero después de haberlo perdido todo, ya no tenía ganas de ser derrotado ante la vida ni nadie más.
Yuuri bajó las escaleras presuroso y con alivio de no morir en el intento de conversar con el rubio. Se puso su uniforme y comenzó a trabajar de manera normal. Tenía una buena actitud, le había mandado un correo a su madre desde la computadora de Phichit que amablemente le prestó. Se sentía bendecido de haber aterrizado en un lugar un poco peculiar, pero con gente tan amigable.
Aunque una serie de eventos desafortunados lo envió a rusia, había tenido un buen tiempo trabajando.
Vio a lo lejos a Celestino, quién le miraba con preocupación, justo como quien tiene la boca llena de malas noticias y excusas, mirada que no entendía porqué se dirigía a su persona.
Yuuri se preocupó.
Se le aproximó con un aura de falsa confianza, tomando el gigante brazo de su jefe mientras lo sobaba en lo que esperaba que fuera reconfortante. Celestino le dio una sonrisa de lado. Acomodó su cuerpo delante de un temeroso Yuuri, y le acarició una mejilla al vez que le dedicaba una sonrisa triste y forzada, sus ojos parecían ocultar de todo. Eso alteró los nervios del japonés.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó lo más respetable posible.
El oji celeste lo vio nostálgico, ¿cómo se lo iba a decir sin que Yuuri se sienta tan mal?
Sabía que debía de pagarle más por sus acciones, pero aún así no podía evitar pensar que lo había vendido a un hombre de la mafia.
Maldita sea.
—Yuuri —le sonrió en un signo fraternal que el japonés tomó como buena señal—, tengo un trabajo para ti —se le quebró la voz mientras intentaba mantenerse fuerte ante el japonés.
Sabía que iba a hacer algo malo, eso cargaba con su conciencia de una manera espeluznante.
—¿Un trabajo para mí? —preguntó con una sonrisa curiosa.
Celestino casi se asesina por ver lo emocionado que estaba el chico. Maldecía por segunda vez en su mente.
—Sí, verás —comenzó el ojizarco— a alguien le gustó mucho el baile que hiciste la semana pasada, así que vas a tener que bailar de nuevo mañana.
La sonrisita que tenía el nipón se deslizó por sus labios hasta convertirse en una línea sin expresión alguna. La sangre del pelinegro se deslizó hasta sus pies. Ya no tenía color alguno.
¿Iba a tener que repetir el baile delante de aquella gente? No, esto no debía ser real.
Negó con rapidez.
—No, está jugando ¿verdad? —intentó reiterar el mandato que su jefe le había anunciado.
Celestino sintió como su pobre corazón se rompía en mil pedazos. Se podía ver con claridad el miedo y ansiedad en los oscuros ojos de Yuuri. De verdad no quería que el chiquillo lo hiciera, pero no tenía otra opción si no quería ser asesinado por el jefe de Bratva.
—No, Yuuri, esto es de verdad —le dijo un tono duro más fariseo que jamás pudo hacer—. Necesitas una rutina para mañana, dile a Phichit que te ayude —quiso largarse de ahí cuanto antes, no verle la cara al joven con las lágrimas golpeando sus comisuras.
Maldecía por tercera vez, todo esto es su culpa.
Sintió una mano rodear con delicadeza y alerta su callosa mano morena. Al voltear sabía que Yuuri lo iba a mirar con ojos llorosos, podría decir que aquel japonés era como el hijo que nunca tuvo, pero su egoísmo no lo dejaba ver más allá de su nariz.
Yuuri verdaderamente no estaba listo para ir más lejos de repartir bebidas a las mesas.
Sí había pensado varias veces el escalar el escenario a bailar pole y ser intocable junto a Yurio y Phichit, pero su ansiedad no lo dejaba avanzar ni siquiera un paso de determinación en su alma.
—Celestino —lo detuvo. Se soltó de su mano para después comenzar a jugar con las propias—. Sé que no he hecho mucho aquí, pero por favor, no soy del todo inútil. Prometo que me esforzaré más, puedo lavar los baños si quieres —lo miró—, pero no me hagas bailar delante de esa gente otra vez.
Un nudo se formó la boca del estomago del mayor. Estaba a punto de mandar todo a la mierda, abrazar a Yuuri, y decirle que era una pesada broma… de verdad que quería.
Se tocó el pecho en donde debería situarse su corazón con mano de firme, mientras daba un suspiro de resignación.
—No bailarás para esa gente, Yuuri —un suspiro de alivio se escapó de los rosados labios del nipón—… Sólo bailarás para uno —fue lo último que dijo.
Volvió a su camino de dar media vuelta e irse, pero no lo volvió a lograr, debía darle el mensaje antes de que pensara erróneamente.
—Y otra cosa, Yuuri —se detuvo a hablar con voz grave—. Ya no vas a trabajar los jueves —dio como último aviso antes de desvanecerse de la vista del menor.
Su corazoncito se quebró en mil pedazos.
Ya no iba a trabajar los jueves… eso significaba…
Que ya no iba a ver a Viktor.
Habían pasado tan pocos días de conocer a Viktor, que sabía que el tenerlo iba a ser no más que una ilusión. El verlo era un privilegio, lo sabía, pero ya no había ningún tipo de privilegio en ese lugar al que llamaba trabajo.
Las ganas de llorar lo inundaron, no podía hacer nada en contra de su jefe.
Podía colarse los jueves con tal de ver a Viktor, pero sabía que lo iban a descubrir.
Y pensar que en el fondo de sus pensamientos sabía que podría tener un lindo futuro con el hombre hermoso de cabellos plateados… ahora se rebajaba a una simple fantasía que sabía no se iba a ser verdadera.
Lo único que quedaba en sus pensamientos, era el pedirle a su amigo tailandés una rutina fácil y rápida que pueda aprender para el día de mañana.
A alguien le gustó verlo bailar. Por alguna razón la imagen del rubio con nombre de Christophe apareció en su mente, provocando un escalofrío recorrerlo de pies a cabeza.
Le daba asco, estaba casi seguro que era él quien le había contratado…
Un privado… le iba a hacer un privado al hombre que lo acosó sexualmente, ahora estaba aterrado.
No quería hacerlo. Aún no sabía a quién le iba a hacer el privado, pero la cara de aquel acosador sexual se le vino a la mente. Era demasiado bueno esperar a alguien tan lindo como a Viktor en el salón de privados, porque a Yuuri siempre le pasaba lo peor.
No existía la palabra "suerte" en su vocabulario.
Era ahora o nunca, nunca lo sabría.
Había ensayado una coreografía sencilla que Phichit le compuso especialmente para aquella ocasión y aún así no se sentía lo suficientemente listo.
Su bonito vestuario negro con brillos le hacía resaltar aún más su piel blanca. La parte del trasero le apretaba, no se sentía a gusto.
Pero debía de salir ahí. Había escuchado a alguien entrar desde hace unos cinco minutos. Debía salir, pero sentía tanto miedo que podría desmayarse.
Tomó el control que se encontraba detrás de la cabina de donde haría su entrada a la habitación. Estaba nervioso, maldita sea. Sabía que iba a tener que bailar muy cerca del hombre y eso le daba pavor.
¿Qué tal que el hombre era todo un pervertido? ¿Qué tal que el hombre era demasiado asqueroso como para hacerlo bien? ¿Qué tal que el hombre era un irrespetuoso? Habían tantas incógnitas rodando en su cabeza que ya comenzaba a dolerle.
Empezaba a sentir nauseas.
Con mano temblorosa sujetó el control de estéreo y apretó el botón de reproducción.
Una música suave y lenta se dejaba rondar por la habitación como si fuera una brisa fresca de primavera.
Viktor se removió inquieto en su asiento, se sentía como un niño pequeño a punto de ver su película favorita.
Yuuri caminó hasta la plataforma para mover su cuerpo al son de la música suave. Su corto y see-through vestuario lo hacía verse mucho más apetecible a los ojos de Viktor.
Estaba descalzo, no sabía porqué pero podía ver sus pequeñitos pies caminar por el lugar de manera tierna.
Yuuri no le dirigía la mirada, simplemente bailaba estático, nervioso. Viktor lo había notado justo así como sus manos temblorosas y sus mejillas llenas de rubor.
El japonés se dio la vuelta para mover su trasero en círculos, atrapando en seguida la atención del ruso. Viktor no se esperaba que comenzara a hacer esos movimientos tan lascivos.
Alguien tan adorable como él mientras movía su hermoso trasero se sentía como si estuviera siendo invitado a pecar a su lado. Porque sí, ver el culo de Yuuri era un espectáculo que nunca se quería perder, y se sentía bastante afortunado porque seguro era el único que había visto a Yuuri en esa faceta.
"Sigue bailando, sigue bailando, sigue bailando" se repetía en su mente.
Había visto algunos videos de chicas practicando eróticas coreografías en Youtube, simplemente para tener algo que hacer si es que se quedaba estático o si es que no recordaba lo que seguía en alguna parte de la canción. Se sintió triste porque aquellas chicas tenían cuerpos de infarto y (#NoHetero) bonitos y redondos traseros.
Por el momento estaba improvisando. Debía de imaginar a alguien lindo. Debía imaginar que le estaba bailando al hombre más hermoso que había conocido.
Y ese era Viktor.
Bailar para Viktor, demonios, eso se escucha como un sueño tan inalcanzable.
Siguió bailando de una manera más amena. Acariciando algunas partes de su cuerpo mientras se daba la vuelta con lentitud y entrecerraba sus ojos en concentración.
Imaginar a Viktor tocando aquellas partes de su cuerpo no le era difícil. Sería una fantasía que le encantaría tener, experimentar.
Se dio completamente la vuelta para mirar al hombre sentado delante de él…
Qué extraño…
Hace unos momentos estaba imaginando estar danzando para Viktor.
¡Vaya! Su imaginación funcionaba muy bien, ya que ahí delante de él estaba Viktor viéndole con una sonrisa embobada. Sentía que realmente le estaba bailando al hombre…
De no ser porque el hombre que se movió en su asiento cambiando de posición, de verdad era Viktor.
Su pie resbaló fuera de la plataforma, haciéndolo caer de una manera graciosa hasta el piso, muy cerca de Viktor. Mierda, de verdad le estaba bailando al hombre de sus fantasías.
—¡Yuuri! —escuchó.
El hombre se movió hasta dónde estaba el japonés y le ayudó a levantarlo, no sin antes recibir una mirada de confusión y pánico por parte del japonés.
—¿V-V-Viktor q-qué haces t-tú aquí? —tartamudeó como si fuera su lengua natal.
El ruso dejó escapar una bonita y coqueta sonrisa que hizo al corazón del joven hombre moverse con alegría.
—Vine a ver un privado —le miró directamente a los ojos.
...
¿Estaba escuchando bien?
¿Viktor había pagado un privado para ver bailar a un cerdo como él?
¡Maldita sea, sí!
Pero maldita sea no, lo vio caerse, ahora quería esconderse debajo de la tierra y no salir nunca.
Cuando ambos se levantaron, Viktor no dudó en acompañarle a su asiento, Yuuri obviamente aceptó, no se iba a perder una charla con aquel hermoso hombre.
—Entonces, ¿tú apartaste el baile? —preguntó aún sabiendo la obvia respuesta el japonés. Lo único que quería era escucharlo de sus propios labios.
—Sí —Nikiforov dejó salir una risita gruesa—, perdóname si te pareció algo muy atrevido de mi parte, pero… de verdad me gustó mucho tu baile de la otra vez.
Katsuki no podía sentir el momento perfecto para abrazar al hombre y besarle toda la cara para que lo llevara al paraíso a pasar el resto de sus días juntos.
Pero sabía que ese no era el momento así que se tranquilizó mucho.
—E-Estoy impresionado, no sabía que te gustaran los bailes privados —peló sus ojos dejándolos ver más grandes.
—En realidad… no fue sólo el baile —por un momento se rascó la nuca, pero al terminar aquella acción viró sus ojos azules hasta los castaños del japonés, haciendo a las mejillas contrarias encenderse en vergüenza.
"Ya lo tengo" se dijo en mente.
—B-Bueno pues… me supongo que será la única vez que veas esto. Ya no bailaré los jueves, ni aunque tenga que suplantar a Yurio por su esguince.
—¿Yurio? —preguntó el mayor.
—Sip, el rubio delgado que siempre baila, ¿no lo conocías ya?
"Meh" pensaba Viktor, no era como si se supiera cada cara y cada nombre de las personas que lo quieren tomar como suyo. No quería presumir pero en verdad era una lista larga.
Viktor rompió el silencio de nuevo: —Entonces, ¿no bailarás los jueves? —fingió sorpresa—. ¿Por mi culpa? Oh dios mío, lo siento, no creí que causaría tanto impacto en tu puesto de trabajo —esta vez con hipócrita preocupación.
El Nikiforov no era consciente de lo horrible que fue eso para Yuuri, ya que le iba a costar aún más trabajo al japonés el volver con su familia.
—No hay problema —suspiró—, pero, lo bueno es que estaré bailando para ti y… es mejor que a alguien desconocido —le sonrió—. Lamento mucho lo de hoy, seguro ahora tienes una mala impresión de mí y sobre todo —puso ambas manos juntas delante de su cara y pidió— estoy bajo su cuidado.
Algo se removió en el pecho del adulto. Un sentimiento de gracia, tal vez maldad o egoísmo, pero no pudo evitar sonreír de manera falsa mientras ronroneaba en respuesta.
—Con mucho gusto lo haré… Yuuri.
Tengo sueño
baaai
