CAPITULO 6
Una semana más tarde, Matt estaba terminando de fumar su cigarrillo mientras afilaba su puñal para el trabajo de aquella noche. La decisión que tomó aquel día al volver de Hyde Park había dado lugar a diversos actos criminales en los lujosos barrios de Mayfair y St. James. Al oír que alguien avanzaba por el pasillo, miró con recelo la puerta cerrada de su habitación y escondió rápidamente el collar de diamantes de Mimi en su mesita de noche.
Todavía no había empeñado la joya, y tampoco se atrevía a esconderla allí, teniendo en cuenta que compartía la casa con una banda de ladrones consumados. Aunque se decía a sí mismo que podía guardarla para colocarla algún día en el adorable cuello de la joven, la triste verdad era que no quería entregársela porque constituía el único vínculo que lo unía a Mimi. ¿Quién sabía? A lo mejor le daba buena suerte.
Justo entonces llamaron a la puerta.
—Adelante —gritó.
La puerta se abrió, y Tai asomó su cabeza con su cabella enmarañado.
—Falta poco para la hora.
—¿Jimmy tiene listo el carruaje?
—Casi. —Tai entró sin prisa y cerró la puerta tras él. Se frotó las manos como para darse calor y luego hizo crujir los nudillos,
Matt terminó de afilar su puñal favorito, con el cigarro colgando de la comisura de los labios.
—¿Has visto hoy al pequeño Cody? —preguntó Tai, apoyándose en la ventana.
—No.
—Por lo visto nadie lo ha visto desde hace días.
—A lo mejor se ha caído por una alcantarilla —dijo Matt en un tono cansino.
—¿No estás preocupado?
—Los gatos tienen siete vidas. Es probable que siga enfadado conmigo porque le hice devolver el dinero que le robó a la chica rica. Volverá.
Tai se encogió de hombros y observó la pared un instante.
—¿Qué pasa? —preguntó Matt, Tai se volvió hacia él con el ceño fruncido y se rascó la cabeza.
—Estoy pensando que deberíamos cancelar el trabajito de esta noche.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—No lo sé. Hay algo que me da mala espina.
Matt se burló de él.
—Lo digo en serio —dijo Tai—. En cuatro noches hemos robado en seis casas. Nos estamos volviendo un poco imprudentes, ¿no crees? A lo mejor es demasiado.
—Oh, no vengas a quejarte a mí, Tai. Si necesitas una noche libre, ve a buscar a Andrews o a Davis para que te sustituyan.
—¡No es eso! Puedo hacer mi parte como cualquier otro.
—¿Qué es, entonces?
—No lo sé. —Tai movió la cabeza con disgusto—. Hay algo en el ambiente, pero no sé exactamente qué.
Matt resopló, se puso en pie ya camino por la habitación.
—¿No te extraña que O'Dell esté tan tranquilo últimamente? —insistió Tai.
—No me extraña. No puede ver. La última vez que coincidimos casi le saqué un ojo. —Matt cargó las pistolas con sus manos con destreza, se puso su chaqueta de negra y le dio una palmadita a Tai en el hombro, al tiempo que lo llevaba afectuosamente hacia la puerta cogido por la nuca—. Ve a decirles a las damas que ha llegado la hora del baile.
—Eres un perfecto cabrón —murmuró. Se detuvo cuando estaba saliendo de la habitación—. Pero ellos te seguirían hasta el mismísimo infierno y yo también.
Matt dejó de sonreír pícaramente y se puso serio.
—Lo sé. Gracias, Tai.
—Tú tráenos de vuelta vivos, ¿esta bien?
—Siempre lo hago —replicó él, mientras Tai se alejaba por el pasillo para buscar a los demás.
Poco después, en una calle lateral adoquinada que salía de la imponente Portman Square, cinco figuras vestidas de negro bajaban sigilosamente de un coche y se deslizaban corriendo por la oscuridad, trepaban el muro del jardín y caían ágilmente sobre el esponjoso césped.
Avanzaron con experta eficiencia hacia la entrada trasera de la enorme y opulenta residencia, que se encontraba vacía; un par de hombres se adelantaron rápidamente y se situaron para cubrir a los dos siguientes, que pasaron por delante de ellos, acercándose cada vez más a la casa. Al llegar a la terraza enlosada, saltaron sin hacer ruido por encima del piso de piedra. El clima neblinoso y húmedo contribuía a que actuasen con cierto descuido, pero el sonido de la lluvia amortiguaba cualquier ruido que pudieran hacer.
Matt y Tai se dirigieron hacia la puerta; Tai cubrió a Matt mientras este sacaba unos alambres del interior de su chaqueta, se agachaba y comenzaba con pulso firme la delicada tarea de forzar las tres cerraduras de la puerta. Mientras tanto, Sarge y Flaherty se dirigieron sigilosamente hacia las ventanas con Andrews, el más prometedor de los jóvenes. Los tres echaron un vistazo furtivo. Al no ver a nadie dentro, hicieron una seña a Matt, que acababa de hacer saltar la última cerradura.
Su corazón palpitaba, agitado, pero no dejaba de respirar de forma regular y relajada bajo el pañuelo azul que llevaba atado alrededor de la parte inferior de la cara. Se levantó, posó una mano en la puerta y giró el pomo con delicadeza. Los demás esperaron, listos para entrar, mientras él abría la puerta poco a poco. Permaneció atento por si oía sonidos, pero no escuchó nada.
Como siempre, su información era precisa. Sabía que la señorita Daphne Taylor había estado en casa de sus primos hasta entonces. Sus padres, se habían retrasado por culpa de sus hijos pequeños, que habían contraído la gripe, y no volverían a la ciudad hasta al cabo de dos semanas. Los criados debían empezar a preparar la residencia para su regreso esa misma semana, pero por el momento la imponente casa se encontraba vacía.
Matt hizo una señal con la cabeza a sus hombres y entraron sigilosamente. Como ladrones profesionales que eran, todos conocían de antemano la ruta de salida; cada hombre sabía el momento exacto en el que Jimmy pasaría por delante de la otra entrada en el mismo coche en el que los había llevado. Incluso tenían una ligera idea de la distribución de la casa, después de haber hecho aquello en incontables ocasiones. Esperaban entrar y salir en veinte minutos. No había necesidad de correr riesgos innecesarios quedándose más tiempo. Una vez en el umbral, empezaron a robar por la casa siguiendo el acostumbrado método furtivo.
Matt les había dicho previamente que su objetivo era la caja fuerte, pero mientras él y Tai registraban la casa, los otros cuatro rastrearon minuciosamente cada habitación en la que entraban; cogían todos los objetos de valor que encontraban y los metían en sus sacos: lujosas cajas de rapé y objetos de arte de las repisas de las chimeneas. Centrado en la búsqueda de la caja fuerte, Matt los esperó en el pasillo. Sin embargo, mientras los observaba se sorprendió al ver el mueble cubierto con un tapete que se encontraba, como un fantasma, en cada habitación a oscuras.
«Dios —pensó—, esto parece una tumba.»
Se le erizó ligeramente el vello de la nuca en una ancestral señal de peligro, pero no veía ninguna amenaza. Miró detrás y delante de él en el pasillo, y de repente aquel golpe empezó a preocuparlo de veras. No sabía qué iba mal. Pero era demasiado sencillo.
—Vamos, chicos —murmuró.
Ellos lo siguieron al piso de arriba. Matt se movía en silencio como de costumbre, pero los demás estaban empezando a confiarse demasiado y no prestaban atención a los escalones que crujían mientras subían al segundo piso, y luego al tercero. Se movieron por el pasillo formando una V prieta en busca de la habitación del dueño, donde era más probable que se hallara la caja fuerte.
Finalmente encontraron las habitaciones de su señoría en la esquina oeste del edificio principal. La puerta de la suite daba a un gran salón. La tenue luz de la luna brillaba a lo largo de la alta cómoda de estilo Sheraton e iluminaba un jarrón chino expuesto sobre un pedestal junto a la ventana. Sin perder tiempo Sarge y Flaherty empezaron a registrar el salón mientras Andrews entraba a hurtadillas en el dormitorio delante de Matt . Colocado detrás de él, Matt se detuvo en la puerta mirando la enorme cama de columnas cubierta con tela dorada. El colchón, digno de un rey, estaba situado a tanta altura por encima del suelo que para tumbarse en él había que subir cuatro escalones de madera pulida. Movió la cabeza con gesto de disgusto, pensando en los niños de su barrio que tenían que dormir en las aceras junto a las alcantarillas abiertas. Al menos gracias al trabajo de esa noche algunos de ellos podrían seguir con vida, pensó. De repente, Tai lo llamó con un tenso susurro desde el salón.
—¡La he encontrado!
Matt atravesó la estancia con paso majestuoso y se agachó un instante junto a los demás. Ante él se hallaba la caja fuerte, mal escondida dentro del escritorio de su señoría. Se trataba de un modelo sencillo: una simple caja de hierro de color apagado que medía casi un metro por un metro. Matt deslizó la mano por la cerradura con una sonrisa astuta. Olvidada toda la inquietud anterior con la emoción de la inminente victoria, forzó la cerradura con los alambres y luego contuvo la respiración, expectante, mientras abría la puertecita. Metió una mano en el estante más pequeño y notó un metal frío.
Había una pequeña cadena. Algo redondo.
—¿Qué demonios es esto?
—¿Está vacía? —susurró Tai en un tono de urgencia.
—No, hay algo... —Cerró la mano en torno al extraño objeto y cogió algo más, algo áspero, como... una soga.
Andrews estaba junto a la ventana esperando a que llegara Jimmy con el carruaje, pero Sarge y Flaherty se acercaron a Matt y a Tai y se inclinaron por encima de su hombro, aguardando con impaciencia para ver el botín. Matt extrajo el contenido y sus ojos brillaron, de horror.
—¿Qué diablos es? —dijo Tai.
—Corre —dijo Matt en voz baja, pero los cuatro hombres se quedaron paralizados una fracción de segundo mirando fijamente lo que les habían dejado en la caja fuerte: unas esposas y una soga con un nudo corredizo.
—¡Corre! —rugió Matt. Se levantó de un salto y se giró para enfrentarse al enemigo, al mismo tiempo que los muebles cubiertos con tapetes cobraban vida.
Veinte agentes de Bow Street se quitaron de encima las telas que los tapaban y se abalanzaron sobre ellos.
La extensión formada por el paisaje bañado por el sol y los valles ondulados la envolvía creando un paisaje interminable, con las estribaciones azules a lo lejos. Un viento constante y tonificante, aunque no particularmente frío, arrastraba las altas nubes por el cielo. La corriente agitaba y ceñía la falda de lana del traje deportivo de color pardo de Mimi, miraba impacientemente las aves de los alrededores.
Los gruesos pájaros de plumas moradas alzaron el vuelo; inmediatamente, el perro de suave pelaje se sentó en cuclillas, agazapado y a la espera de la orden de cobrar la presa. Mimi entornó los ojos. Los primeros pájaros que se veían eran los de mayor edad, los más fuertes; como el urogallo se quedaba estéril después de una temporada de cría, aquellos ejemplares se podían cazar con moderación sin poner en peligro a la población en fase de cría.
El pájaro más grande cayó. Mimi hizo una señal con la cabeza al guardabosques, quien a su vez dio la orden al perro. El experto spaniel se deslizó grácilmente entre los arbustos y las hierbas, mientras el sol relucía en su largo pelaje marrón rojizo y blanco. Sin embargo el can más pequeño, una llamativa perra de muestra tricolor, todavía era un aprendiz en su oficio e iba de aquí para allá con una energía exuberante, ladrando nerviosamente ante la caza e irritando profundamente a su más experimentado compañero, que se tomaba sus obligaciones con la misma seriedad que cualquier criado de rango superior. El spaniel llevó el urogallo con delicadeza entre sus fauces al guardabosques. El señor McCullough aceptó el ave riéndose entre dientes y la colocó en el bolso; a continuación alzó la vista hacia la mujer, entrecerrando los ojos para protegerse del sol.
—Magnífico pájaro, Mimi.
Mimi sonrió y miró al urogallo dentro del morral de piel. Asintió con la cabeza en respuesta al cumplido del guardabosques.
Salvo por la soledad que sentía a causa de la ausencia de Lizzie, siempre le había resultado muy fácil adaptarse al ritmo pausado de la vida campestre.
Caminaron contra el viento por el páramo descubierto formando una ancha fila. Los perros exploraban el terreno por delante, olfateando el aromático tomillo silvestre y la cincoenrama amarilla. Detrás de Mimi, los criados con la librea verde oscuro de los Hawkscliffe completaban el séquito; tres sirvientes la seguían con las cestas de picnic y una gran sombrilla, y un par de mozos de cuadra llevaban los caballos de las damas. A medida que se aproximaban al límite de la propiedad de su familia, donde el bajo muro de piedra seguía la curva sinuosa del cerro, el guardabosques le hizo un gesto con la cabeza.
Mimi miro al spaniel que se abalanzó y espantó a la pareja de asustadas aves, que echaron a volar hacia el cielo. Ella siguió la trayectoria desenfrenada y zigzagueante del pájaro más grande.
Falló. El pájaro se lanzó en picado y escapó milagrosamente hacia los árboles. Pasó volando por encima del muro, y Mimi abrió los ojos desorbitadamente al ver que la perra salía corriendo detrás de él por el campo, agitando las orejas. Antes de que alguien pudiera detenerla, había subido los escalones del muro y había desaparecido entre los árboles, dejando tras de sí el eco de sus ladridos.
—Maldita sea —murmuró ella.
—Ve a por la perra, chico —ordenó McCullough al mozo, que hizo una reverencia y echó a correr detrás del animal.
—¿Es esa la finca de Ryo Akiyama? —preguntó la señorita Hood, arqueando las cejas.
—No, señora —-contestó McCullough—. Los terrenos del señor Akiyama estan al limite con los de su señor hacia el noroeste. Ahora estamos en dirección sudeste. Ese bosque forma parte del parque de Warflete Manor, el hogar del conde de Drummond.
—¿Drummond, el político? —preguntó la señorita Hood, sorprendida.
Mimi asintió con la cabeza.
—El mismo. Supongo que ahora debe de ser muy mayor. No lo veo desde que era una niña. —Acarició la cabeza de su spaniel de impecable comportamiento—. Joedice que es un cascarrabias. Claro que Joe dice que todos los tories lo son. Creo que Drummond es un consejero especial del Ministerio del Interior.
McCullough sonrió ampliamente.
—¿Se ha enterado de que ese caballero ha construido un campo de golf en su finca?
—¿De verdad? —dijo Mimi con interés. Ese deporte escocés estaba haciendo furor.
De repente, se oyó que la perra ladraba desde el interior del lejano bosque. Mimi respiró hondo al escuchar una voz airosa que gritaba al perro, y la voz aguda del mozo. Ella y McCullough se cruzaron una mirada de sorpresa.
—Yo me ocuparé —declaró McCullough, que ya había echado a correr en dirección a la finca de Drummond.
—¡Espéreme!
—¡Señorita Mimi! —gritó la señorita Hood exasperada.
—¿Y si Drummond cree que el chico estaba paseando furtivamente? —replicó, y se puso a correr detrás del guardabosques. Al llegar al muro, se remangó la falda y subió ágilmente por la escalera de madera. Bajó de un salto y siguió corriendo, aproximadamente a un minuto de distancia del señor McCullough.
En el linde del bosque encontró un sendero de pisadas de ciervos entre dos altas y frondosas hileras de retama con hojas amarillas y se internó en el bosque moteado. Siguió el sonido de los ansiosos ladridos de la perra que llegaban por encima del tenue murmullo del viento entre los árboles. Los carpes, los fresnos y los robles se mecían suavemente, y de vez en cuando aparecía una morera negra aquí y allá, vieja e imponente. Los ruidos sonaban cada vez más fuerte. Podía oír a varios perros ladrando, al hombre pronunciando su violenta diatriba, al chico gritando y al señor McCullough intentando hacerse con el control de la situación.
Mientras espantaba a un mosquito, irrumpió en el claro a tiempo para ver como la perra corría en círculos con dos grandes pastores escoceses y luego se lanzaba de un salto al estanque a la caza de los patos que flotaban junto a la orilla. Los patos alzaron el vuelo graznando de pánico mientras la perra chapoteaba hacia un lado a otro intentando atrapar a uno.
El furioso dueño de los pastores escoceses se hallaba en la orilla, con una caña de pescar en la mano. Era un viejo deportista de rasgos duros y aspecto curtido, con botas altas y pantalones campestres de tweed. Gritaba en vano a la perra, que había revuelto el estanque hasta formar un remolino y sin duda había ahuyentado a los peces.
Tras esquivar los intentos del muchacho por atraparla, la perra saltó alegremente a la orilla para conocer al pescador, y al sacudirsle con regocijo el corto pelaje, le salpicó las gafas de montura metálica y lo empapó de agua embarrada.
—¡He dicho que te estés quieto, ridículo animal! —rugió el anciano.
El cachorro se sentó en cuclillas de inmediato y se encogió de miedo ante él; la viva imagen de la obediencia.
Mimi hizo una mueca; no necesitaba ninguna presentación formal para saber que la imponente figura a la que habían molestado de forma tan grosera no era otro que el propio conde. El tono autoritario de su voz lo dejó claro al instante, pero si había alguna duda, quedó despejada por un médico pálido que, vestido de negro, se acercó al anciano con cautela.
—Señor, por favor, siéntese. Ese genio no es bueno para su corazón.
—Oh, lárgate, viejo cuervo —murmuró el conde, pero se frotó el pecho ligeramente.
La perra lanzó un gemido de arrepentimiento y ofreció su pata al conde.
—Llévese este estúpido animal de aquí antes de que le pegue un tiro. ¡Señor, está invadiendo mi propiedad! —declaró el intimidante conde, volviéndose para lanzar una mirada asesina a McCullough cuando este se apresuraba a coger a la perra—. ¿Qué está haciendo en mi terreno? ¿eh? ¿Robando un poco de mi caza? ¡No esperaba encontrarme en casa, supongo!
—Perdone, señor. Solo estabamos dando un paseo por los páramos cuando la perra se escapó. Le pedimos sinceras disculpas por el contratiempo...
—¿Quiénes? ¿La mujer de Hawkscliffe? —preguntó él en tono mordaz—. Es demasiado fina para dar paseos. Maldita advenediza burguesa.
—No, señor. Pero yo sí disfruto paseando—dijo Mimi, disimulando una sonrisa de desconcierto a medida que se dirigía hacia él.
El viejo cascarrabias la miró entornando los ojos y se limpió las gafas con el pañuelo.
—¿Qué hace usted aqui? —preguntó.
—Mirando los urogallos, señor. Espero no asustarlo. Llévate a la perra —indicó al chico, que de inmediato puso un collar al animal.
—Bueno, mientras no sea una radical que quiere matarme por las leyes de los cereales —gruñó Drummond, y acto seguido volvió a ponerse sus gafas redondas—. ¡Santo Dios! —dijo repente—. ¡Es usted la viva imagen de Satoe!
—Quizá sea porque soy su hija —contestó ella en tono irónico, ofreciéndole la mano.
El conde sostuvo sus dedos suavemente y se inclinó sobre su mano con gesto mecánico; luego volvió a mirarla entrecerrando los ojos con un inquisitivo asombro.
—¿La pequeña Mimi?
—Sí, señor ¿Ocurre algo?
—Está tan... —El conde agitó su pañuelo, haciendo un gesto vago— ... crecida.
—Sí, señor. La temporada pasada hice mi presentación en sociedad.
—¿Por qué no está en la ciudad? —replicó él, al tiempo que volvía a meterse el pañuelo en el bolsillo del pecho. Alzó su barbilla cuadrada, inspeccionándola como haría un general con sus tropas—. Estamos a principio de la temporada, ¿no? ¿No debería estar buscando marido como el resto de jóvenes bobaliconas?
A Mimi le desconcertó su franqueza, pero pensándolo mejor, la encontró refrescante después de oír siempre la hipocresía de la alta sociedad.
—Me han mandado al campo por mi mala conducta —contestó ella en tono prosaico.
Para gran sorpresa de ella, el viejo gruñón empezó a reír entre dientes con lentitud.
—Bueno, es lógico, ¿no? Después de todo, es usted la hija de Satoe.
Ella escrutó su rostro con un interés cada vez más intenso.
—¿Conoció usted a mi madre, señor?
—Desde una distancia prudencial —dijo él, con un centelleo pícaro en sus ojos de un gris metálico—. Sí, tuve el privilegio de disfrutar de su amistad. Su madre tenía el corazón de una leona.
Mimi respiró hondo, casi incapaz de contener la alegría. ¡Alguien que había conocido de primera mano a la elegante extraña que había sido su madre!
—¿Por qué no viene con nosotros y nos acompaña en nuestro picnic, señor? Mi institutriz y yo no hemos tenido ninguna compañía agradable desde que salimos de casa.
—Yo nunca resulto agradable, pregúntele a cualquiera, pero... como una joven dama sin duda es mejor compañía que el doctor Cross... acepto. Encantado. —Sus perspicaces ojos grises centellearon tras sus gafas al tiempo que le ofrecía el brazo.
Mimi le dedicó una radiante sonrisa y lo aceptó.
Magullado e inmóvil, Matt se hallaba en una celda en las entrañas de la prisión de Newgate, sobre un banco tallado en la piedra. Tenía la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas. Un olor a humedad emanaba de la paja infecta que había esparcida por el suelo, y oía cómo las ratas correteaban por los rincones. Había una ventana estrecha con barrotes que se hallaba a demasiada altura para poder mirar por ella; a través de dicha ventana entraba una luz tenue y grisácea. Las paredes transpiraban, y desde algún lugar lejano podía oír el eco de los gritos de un prisionero sometido a una brutal paliza.
Iban a colgarlo. Y a Tai. Y a los demás.
Todo había acabado. Todo, todo... acabado.
Sus hombres estaban en una celda colectiva junto a otros compañeros delincuentes, pero como jefe de la banda, Matt había sido encerrado en aquella celda solitaria. Suponía que con aquello pretendían quebrantar su espíritu. No había estado en Newgate desde que tenía quince años. Por aquel entonces lo pillaron robando el pañuelo de seda de un anciano. Unas lágrimas de arrepentimiento le hicieron merecedor de la compasión del juez y de treinta días en la carcel. Después de aquello, puso en práctica sus nuevas técnicas con impunidad, pues el mes en la celda colectiva sirvió para completar su educación en las artes criminales.
Esta vez los magistrados querían información y detalles sobre el submundo criminal de Japon. De hecho, le habían ofrecido conmutarle la sentencia de muerte por una cadena perpetua de trabajos forzados en Nueva Gales del Sur. A cambio, él solo tenía que proporcionarles los nombres de los hombres que estaban detrás de ciertos negocios turbios que estaban investigando, así como el paradero de otros selectos criminales a los que llevaban mucho tiempo buscando. Matt rechazó el trato, pero ofreció su total cooperación a cambio de la liberación de sus amigos; sin embargo, los magistrados se mofaron de él. De modo que mantuvo la boca cerrada y recibió una paliza por su insolencia.
No quería ni pensar en lo que estaría ocurriendo en ese preciso momento en el cuartel general de los Halcones de Fuego en Bainbridge Street, ya que no le cabía ninguna duda de que O'Dell estaba a punto de hacerse con el control. Rogaba por que Jun hubiera sacado a las demás mujeres de allí.
Reclinó la cabeza contra la pared lanzando un suspiro tenue y se quedó mirando el rincón cubierto de telas de araña. «Me tienen cogido por los huevos.»
Justo entonces un ruido metálico seco resonó por el oscuro palillo de piedra. Miró bruscamente en aquella dirección. «Dios, ¿qué pasa ahora?» Se levantó del banco sigilosamente y atravesó la celda, preguntándose si el tribunal le habría asignado por fin algún abogado para que lo defendiera.
—Diez minutos —ordenó secamente el carcelero a su visitante.
Pero entonces una voz aguda gritó en medio de la oscuridad.
—¡Matt! ¡Matt! —El sonido de unas suaves pisadas llegó hasta él al tiempo que una pequeña figura bajaba corriendo los gruesos escalones de piedra.
Matt abrió unos ojos como platos, con incredulidad.
—¿Cody?
—¡Matt! —El muchacho saltó el escalón inferior y echó a correr en dirección a él, pero se detuvo en seco. Su rostro pálido adoptó una expresión seria y redujo la marcha al ver a su ídolo en una celda.
Matt se puso en actitud defensiva; no le gustaba que le viera en aquel estado.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? Este no es lugar para ti. ¿Cómo has conseguido que te dejen entrar?
—Les he dicho que eras mi padre. Ojalá... lo fueras.
Matt hizo una mueca al oír las conmovedoras palabras del huérfano.
El niño recorrió con la mirada los barrotes de la celda.
—No los van a matar, ni a ti, ni a Tai, ni a Sarge ni a los demás, ¿verdad, Matt?
La mirada dura de Matt se suavizó, y se apoyó contra los barrotes lanzando un suspiro.
—Oh, Cody. —Movió la cabeza con gesto de disgusto—. Me temo que las cosas no pintan muy bien.
—Pero... ¡no pueden hacerlo! —Tenía una expresión afligida. Aun así, vaciló—. ¡Tú nunca te dejas coger! ¡Se suponía que esto no tenía que pasar!
Matt frunció el entrecejo.
—¿A qué te refieres, Cody?
El muchacho no dijo nada, pero se lo quedó mirando, confundido.
—¿Cody? ¿Has tenido algo que ver con esto?
Los ojos del niño se llenaron de lágrimas; entonces se vino abajo. Matt se agachó y lo miró sombríamente a través de los barrotes.
—O'Dell me obligó a espiarte. ¡Dijo que si no le ayudaba se haría una cartera con mi piel! ¡Oh, Matt, no pueden colgarte! —dijo con voz entrecortada, sin asomo de su fanfarronería de pícaro—. ¡Todo es culpa mía!
—No, no lo es —dijo él con seriedad, aunque era lo único que podía hacer para ocultar su sorpresa y su ira ante la despiadada traición de O´Dell—. Tú solo eres un niño, Cody. Conozco a O'Dell. Te amenazó. No tenías opción. No ha sido culpa tuya, amigo.
El muchacho lo miró con desolación y a continuación lo abrazó a través de los barrotes.
Matt intentó consolar al afligido huérfano lo mejor que pudo, pero la cabeza le daba vueltas.
—No te preocupes, chico —dijo con brusquedad, revolviendo el pelo de Cody antes de ponerse en pie—. Sécate las lágrimas. Tu viejo amigo Matt todavía se guarda un as en la manga.
Lucien Tachikawa aún le debía un favor.
Envió a Cody a buscar a su único contacto con el gobierno, mientras andaba sin parar por la celda, pero cuando Lucien Tachikawa llegó y se enteró de cómo Matt y su banda habían sido pillados con las manos en la masa, su habitual expresión serena se tornó adusta.
—Haré todo lo que pueda para ayudarte, pero no tengo tanta influencia.
—¿Conoces a alguien que la tenga? —replicó él con impaciencia.
Lucien hizo una pausa.
—No, pero tú sí.
—Maldita sea —susurró, y se giró como si aquel hombre le hubiera dado un golpe. Se pasó la mano por su melena tupida y enmarañada y se recostó contra la pared fría y húmeda para mirar el techo, cruzado de brazos.
Se le formó un nudo en el estómago ante la sola idea de volver a ver a su viejo torturador, pero desde el principio había tenido la impresión de que no le quedaría más remedio. Estaba indeciso.
Las vidas de Tai y los demás estaban en juego. ¿Qué significaba el tatuaje que llevaba en la piel si no lealtad a sus hermanos? Cielo santo, habría preferido que lo ahorcaran a tener que volver arrastrándose hasta su viejo y suplicarle que lo ayudase.
«Tú tráenos de vuelta vivos», había dicho Tai.
«Siempre lo hago», había contestado él presuntuosamente.
Cerró los ojos y dejó escapar un leve suspiro. Aquella humillación resultaba insoportable, pero no veía otra alternativa. Ni siquiera sabía si aquello iba a funcionar. Su padre podría dejar que se pudriera allí y ser el último en reír.
—¿Y bien? —preguntó Lucien, observándolo atentamente.
Incapaz de recuperar el habla, Matt se limitó a hacer un gesto con la cabeza en señal de asentimiento.
Sosteniendo su elegante sombrero de copa entre las manos, Lucien le dio un golpecíto en el ala con desenfado.
—Sabia decisión —dijo—. Volveré pronto. No te vayas a ninguna parte.
Matt lo miró con el ceño fruncido al oír su comentario jocoso.
Lucien le dedicó una sonrisa tranquilizadora, lleno de seguridad en sí mismo; se giró y se dirigió tranquilamente hacia la escalera de piedra. Subió los escalones sin prisa y se marchó en busca del único hombre al que Matt no quería volver a ver: el único hombre al que odiaba todavía más que a O'Dell. El marqués de Hiroaki Ishida. Su padre.
Sentada sobre la manta de picnic bajo la sombrilla junto a su institutriz y Drummond, a Mimi le hervía la cabeza de actividad. El antiguo hombre de Estado estaba relatando una historia sobre las disparatadas travesuras de su madre en un baile de máscaras. Ella escuchaba con asombro y embeleso cómo el conde describía el tocado que lució su madre, su alta peluca blanca adornada con infinidad de pequeñas vinchas, cada una de ellas ocupada por un pájaro vivo. Mimi se rió con incredulidad, e incluso la señorita Hood no pudo reprimir una carcajada indecorosa cuando el hombre explicó cómo, al caer la medianoche, la duquesa abrió todas las jaulas.
—Canarios, periquitos, escribanos, cardenales, un azulejo... Todos los invitados se agachaban cada vez que la bandada se lanzaba en picado de un lado a otro del salón de baile, intentando encontrar una salida. Creo que un par de cardenales usaron el cuenco del ponche como pila para pájaros. La señorita Ilcester, nuestra anfitriona, quería estrangularla... y eso que uno de los animales todavía no había hecho sus necesidades encima de su hombro. ¡Menudo escandalo se armó! —exclamó sacudiendo los hombros con una repentina carcajada—. La señorita Ilcester se puso histérica y le dio a tu madre una buena reprimenda, pero Satoe se limitó a volverse hacia ella con toda la tranquilidad del mundo y dijo: «Querida Amelia, ¿no sabes que eso trae buena suerte?».
Incluso el lacayo; que los estaba atendiendo tuvo que contener una risita.
—¡Oh, querido Drummond, cuéntenos otra anécdota! —le rogó ella, enjugándose una lágrima de risa.
Él hizo memoria y la complació.
Para entonces, a Mimi su vecino ya le caía muy bien. Rápidamente había advertido en él un lado cruel bajo el destello plateado de sus ojos de halcón —no era alguien a quien ella querría hacer enfadar—, pero como aquella no era su intención, y puesto que estaba acostumbrada a la compañía de hombres poderosos, se sintió tan relajada con él como con sus hermanos. Era directo, estoico y testarudo: un hombre que decía exactamente lo que pensaba sin preocuparle en absoluto que sus opiniones no agradaran a su interlocutor. Se enteró de que era viudo. La señorita Hood le preguntó si su esposa había ido al campo con él y supo entonces que la condesa había fallecido hacía casi una década.
Aquella revelación puso en funcionamiento el cerebro de Mimi. Mientras, escuchaba, sonriendo, observaba a su vecino. Sin duda de joven había sido un hombre fornido y atractivo. Drummond tenía casi setenta años, y aunque todavía era robusto, estaba en el campo siguiendo las indicaciones de su médico, quien le había recomendado reposo a causa de su delicado corazón.
—Ah, ahí viene mi torturador —dijo en tono sombrío, mirando cómo el doctor Cross se dirigía hacia ellos—. El condenado es infatigable. Puede que me cure si no lo mato a él yo primero. Supongo que viene a mortificarme delante de una joven dama diciéndome que es la hora de mi siesta. Por desgracia, tiene razón.
—Todos necesitamos dormir nuestras horas, señor—bromeó Mimi, y él sonrió al mismo tiempo que se levantaba.
—Gracias por permitirme acompañarlas en su picnic.
—Ha sido un placer. De hecho, el próximo miércoles invitaré a algunas personas a cenar en Hawkscliffe Hall. El reverendo y la señora Picket estarán presentes. Estaría encantada de que nos acompañase.
—Suena muy agradable.
—Considérelo una invitación, entonces. ¿Quedamos a las siete en punto?
—Vaya, es usted muy elegante al mantener el horario de la ciudad en el campo.
Ella se rió de su comentario.
—Gracias, señorita. Allí estaré —le aseguró Drummond.
—¡Excelente! Y, por favor, use con total libertad su caña de pescar en cualquiera de nuestros arroyos o estanques. Mi hermano los mantiene muy bien poblados. Es lo menos que puedo hacer después de que mi perra haya espantado hoy a todos sus peces.
—Parece usted una buena deportista. Tal vez le gustaría probar el golf. He construido un campo en Warflete, ¿sabe?
—Eso me ha dicho el guardabosques —exclamó ella.
—Es un deporte noble. Si a usted y la señorita Hood les apetece pasar a verme mañana, les daré una lección.
—Estoy segura de que me gustará mucho —dijo Mimi con cordialidad, ofreciéndole la mano.
—Le aseguro que el golf es mejor medicina que esa espantosa infusión de dedalera de los boticarios. —Se inclinó sobre la mano de ella e hizo un gesto con la cabeza a la señorita Hood; a continuación se dirigió penosamente hacia su médico—. Ya voy —gruñó al hombre, y cogió a desgana el vaso con una infusión de extraño color que el doctor le tendió. Hizo una mueca y se la bebió.
Mientras los dos hombres regresaban a Warflete Manor, las mujeres se cruzaron una mirada de diversión.
—Creo que usted tiene razón —susurró la señorita Hood—. El conde es un poco cascarrabias.
—A mí me parece encantador —declaró Mimi, pero al ver que la señorita Hood arqueaba las cejas, manteniendo en equilibrio la taza de té y el platillo, dedicó a su institutriz una inocente sonrisa—. A su manera, claro.
Habían pasado dos horas. Al oír el sonido de pasos y voces en el pasadizo de piedra Matt alzó la barbilla bruscamente. Se levantó del banco con sigilo, se acercó con recelo a los barrotes de metal oxidados y miró a través de ellos mientras la puerta reforzada con hierro se abría en lo alto de la escalera de piedra. El guardia con aspecto de duende encendio las luces en el espacio húmedo y oscuro.
—Por aquí, señor. Cuidado con los escalones. —Lucien entró detrás del bajo y desagradable carcelero y a continuación se apartó con un gesto cortés.
Matt tragó saliva, rodeando con los dedos los barrotes.
Un hombre alto y delgado con un sombrero de copa, una elegante capa negra y un bastón en la mano se agachó bajo el dintel. Mientras bajaba sin prisa la escalera, el marqués abarcó con una mirada arrogante la celda con aspecto de cueva. Cuando el hombre se quitó el sombrero, Matt tomó aire, nervioso, mientras los viejos altercados rugían con violencia en su interior.
Hiroaki se volvió hacia el carcelero y lo despachó; acto seguido se acercó con un aire de calculada prevención.
—Señor Lucien, ¿nos disculpa, por favor?
Lucien miró a Matt en actitud interrogativa.
Él asintió con la cabeza, pero el ex espía le transmitió una silenciosa advertencia para que no perdiera la calma ante la forma en que Hiroaki lo estaba mirando, como si fuera un caballo en la casa de subastas.
—Si me necesitas —dijo Lucien—, estaré en el pasillo. —Y se retiró en silencio.
Una vez que él se hubo marchado, se hizo un largo y tenso silencio. Los dos hombres se escrutaron con una inquietante hostilidad.
—Vaya, vaya —dijo Hiroaki con frialdad al cabo de un rato, mientras se aproximaba sin prisa—. ¿Qué tenemos aquí?
Matt apretó los barrotes de la celda con las manos, pero mantuvo la boca cerrada.
Hiroaki seguía siendo un hombre alto de anchos hombros, pero parecía bastante demacrado y enfermo. Tal vez ya no podía comer, solo beber, pensó con amargura. Su rostro aguileño estaba surcado por profundas arrugas y resultaba más duro de lo que Matt recordaba, y su cabello castaño ondulado y su perilla se habían vuelto totalmente canos.
Bajo su capa abierta, su chaleco de lana rojo realzaba la rubicundez de su piel, fruto de la disipación, pero sus ojos verdes inyectados en sangre, del color del cobre impuro, todavía poseían aquella intensidad de pirata que en otra época hubieran estremecido a un niño.
Matt sostuvo la mirada a su padre en actitud desafiante y le pareció detectar un atisbo de dolor en las profundidades de sus ojos vidriosos. El hombre frunció la boca en una sonrisa burlona de hastío vital que se clavó en el corazón de Matt como una astilla.
Apartó la vista. El silencio era insoportable. Por un momento, Hiroaki agachó la cabeza, toqueteando pensativo el bastón con puño en forma de león que probablemente no recordaba haber usado como maza con su hijo después de beber tres botellas de coñac una noche cualquiera. Pero cuando volvió a alzar la vista, su mirada se posó en la pequeña y visible cicatriz de la frente de Matt con forma de estrella irregular.
Todas las dudas que hubiera podido tener sobre la identidad del hombre encerrado en aquella celda se despejaron al ver la cicatriz que le había hecho a su hijo en la cara. Tal vez fue más la vergüenza que el odio lo que hizo que el marqués bajara la vista, agachando la cabeza con una brusca inclinación.
—Así que estás vivo.
—Sí, de momento eso parece —contestó él, en tensión.
—El señor Lucien dice que te van a asesinar.
—Así es.
Su padre recorrió el cuerpo de Matt con una mirada de asombro, reparando en la silueta fuerte y musculosa del hombre en que se había convertido. Un atisbo de algo asomó a sus ojos: no era orgullo, desde luego, sino quizá saber que si volvía a pegarle, recibiría a su vez golpes mucho más fuertes.
—Procura contener la euforia, padre —dijo él alargando las palabras, mientras lo miraba de forma inexpresiva, aunque su corazón latía desbocado.
El marqués se quedó mirando el puño tallado con forma de león de su bastón.
—Tu hermano ha muerto. Tuberculosis.
—Lo sé.
Hiroaki le lanzó una mirada de sorpresa y frunció el ceño con recelo, meditabundo al saber que su hijo mayor había estado vivo todo aquel tiempo; sabía que se había convertido en el heredero de un rico marquesado, y no había reclamado su herencia. Un músculo se tensó en la mandíbula del marqués.
—¿Y bien? —dijo en tono ácido—. ¿Tengo que celebrar una fiesta de bienvenida?
Matt reprimió una réplica cortante y apartó la vista, apoyando el hombro en los barrotes mientras se metía los pulgares en los bolsillos del pantalón.
—Ni hablar. Sé que estás disfrutando tanto como yo. No pensaba hacer esto. Jamás. Quería hacerte sufrir de la única manera que podía.
—Apartándote y dejando que nuestro linaje se extinguiera.
—Exacto.
—Pero ahora... bueno, parece que te has metido en un lío, ¿verdad?
Matt se contuvo al oír el tono burlón de superioridad de su padre y rogó a Dios que lo ayudase a soportar aquella tortura para su orgullo. El muy cabrón se estaba regodeando.
—El único motivo por el que te he llamado son mis amigos. Ellos han sido para mí una familia como la que tú nunca fuiste.
—¿Qué quieres exactamente, Yamato?
Contuvo su genio a fuerza de voluntad, mientras sus orificios nasales se ensanchaban al respirar de forma profunda y constante.
—Utiliza tú poder, tu influencia y todos los sobornos que hagan falta para poner a mis hombres en libertad y, a cambio, yo volveré y haré... lo que tú digas.
Su padre lo miró fijamente, impertérrito.
—Me parece que no estás en situación de exigir.
—Pues recházame y lárgate. No me da miedo morir.
Hiroaki se echó a reír de su vehemente bravata. Se giró y se paseó por el otro lado de los barrotes. Matt lo observó intensamente, mientras su corazón latía con fuerza. Consiguió permanecer callado.
—Juro por Dios que si te llevo de vuelta acatarás las normas. —Su padre se giró para situarse de cara a él. Fue entonces cuando Matt advirtió la profunda emoción que se reflejaba en el fondo de sus ojos y reparó en el ligero temblor de su voz y sus manos—. Romperás todos los lazos con esos rufianes. Dejarás tu vida criminal sin volver la vista atrás, ¿lo has entendido?
—Sí.
—Además, espero que te cases... ¡de inmediato! Sí, cuanto antes. Con una chica adecuada, de buena familia. No voy a permitir que me desobedezcas en eso. Nuestra estirpe ha estado en peligro durante mucho tiempo. Te casarás y empezarás a procrear sin demora. No sé cómo voy a presentarte en sociedad. Tendré que pensar algo, una historia que contar a la gente sobre dónde has estado, pero entretanto... mírate. Pareces un salvaje.
Matt sonrió con cinismo.
Se miraron fijamente el uno al otro.
—Maldito seas —soltó su padre, al cabo de un largo rato—. Si Takeru estuviera vivo, dejaría que te pudrieras aquí. Dios sabe que lo haría.
—Sí, padre, no me cabe ninguna duda.
—¿Tienes idea de lo que le has hecho pasar a tu madre?
Matt se limitó a mirarlo mientras se apoyaba contra los barrotes.
—Veré qué se puede hacer. —Y soltando un resoplido, el marqués volvió a subir la escalera para consultar con Lucien.
Matt cerró los ojos y no se permitió respirar hasta que él se hubo marchado, pero el único pensamiento ardiente que surgió de aquel caos como una estrella llameante fue que si aquello funcionaba —si de veras su padre lo llevaba de vuelta y lo reconocía como su heredero—, entraría en los elevados círculos de Mimi Tachikawa y sería un soltero tan cotizado como cualquier altiva mujer casadera pudiera desear, no para arrastrarse a los pies de ella, sino para hacerla suya; siempre, claro está, que Lucien no se opusiera.
Mientras andaba por la celda, frotándose la nuca con irritación, esperó lo más pacientemente que pudo a que su padre regresara para enterarse de su destino. Cuando la enorme puerta volvió a abrirse con un chirrido, se acercó a grandes zancadas a los barrotes y vio que Hiroaki y Lucien regresaban con sir Anthony Weldon, el magistrado.
Sir Anthony, un antiguo y astuto abogado, era un hombre bajo de mediana edad con aspecto agresivo, ojos penetrantes y patillas de color rojizo. Juntó las manos por detrás de la espalda y examinó a Matt a medida que se acercaba a la celda.
—Ah, el ilustre Matt Ishida, azote del West End, héroe de los barrios bajos. Por fin nos conocemos.
Matt lo miró con indecisión, pero su padre intervino.
—Señor Anthony, permítame presentarle a mi hijo, Yamato Ishida, conde de Rackford —aclaró el marqués, empleando el título de cortesía que antaño había correspondido a Takeru pero que ahora le pertenecía a él.
—Hum —dijo el magistrado en tono evasivo.
—Le he explicado la situación a sir Anthony, Rackford —terció Lucien con sutileza—. Le he hablado de la vital ayuda que nos ha proporcionado en el pasado a mí y a mi familia.
—De todas formas —dijo sir Anthony—, no puedo abrir las celdas sin más y poner en libertad a sus cómplices...
—Entonces no tenemos nada de que hablar —dijo Matt.
—Déjeme acabar, por favor —le reprochó con aspereza el magistrado—. Antes de que acepte ceder su custodia a su señoría, hay tres puntos en los que debo obtener su plena colaboración.
Observó a Lucien, que lo miraba alentándolo; a continuación asintió con la cabeza a sir Anthony.
—Continúe.
—En primer lugar, si realmente va a convertirse en el conde de Rackford, el señor Hiroaki y yo estamos de acuerdo en que ''Matt'' debe morir.
—¿Señor?
—Deberá cortar todo lazo con sus antiguos cómplices, y para ayudarlo a conseguirlo, diremos que ''Matt'' fue ahorcado en secreto para evitar que la turba se amotinase. En segundo lugar, seré indulgente con sus amigos. Los enviaré a hacer trabajos forzados a Nueva Gales del Sur, pero de ninguna manera los liberaré.
—¿Trabajos forzados? —gritó él iracundo. ¿Iba a vivir en una mansión con criados y ropa elegante mientras sus amigos trabajaban en los campos y canteras?
—Lo toma o lo deja, joven. Sus hombres fueron pillados con las manos en la masa. O trabajan o van a la horca. Soy un hombre razonable, pero no me dejo sobornar.
Matt conservó la calma y tragó saliva, con los orificios nasales ensanchados.
—Sí, señor. ¿Y él tercer punto? —gruñó.
—Información —dijo, acercándose a la celda de Matt al tiempo que lo miraba intensamente a los ojos—. Usted podría sernos de gran utilidad. Nombres, lugares, detalles sobre varios individuos que hemos estado persiguiendo, bandas criminales que llevamos mucho tiempo intentando desarticular.
«Demasiado peligroso», pensó él, mirándolo con recelo. Si alguno de sus antiguos cómplices criminales se enteraba de que «Matt» seguía vivo y estaba delatándolos, su padre tendría que buscarse otro heredero, porque él no viviría mucho.
—Con su información sobre el funcionamiento del mundo criminal, la policía puede hacer grandes progresos en la limpieza de esta ciudad.
Matt se pasó la lengua por los labios con nerviosismo, mientras su corazón latía a toda velocidad, pero tal vez, pensó, le convenía cambiar de bando. Volvió a pensar en los niños harapientos que jugaban en los barrios bajos. Hacía mucho tiempo que le rondaba un pensamiento: que la decadencia moral del suburbio era tan culpable de las condiciones de aquellos muchachos como las duras leyes impuestas por el Parlamento. Con su ayuda, tal vez las cosas pudieran cambiar. Tal vez la policía pudiera hacer algo para controlar aquellas calles sin ley que eran el entorno perfecto para que monstruos como O'Dell pudieran prosperar. Consideró aquella idea por un instante y luego asintió con la cabeza rígidamente.
—Muy bien. Lo haré.
Los ojos de Lucien parpadearon en señal de aprobación; Hiroaki asintió lentamente con la cabeza.
—Se lo advierto, estaremos vigilándolo —le avisó el magistrado.
Matt alzó la barbilla en una muestra de comedida insolencia.
—¿Algo más?
—Solo una cosa. Parece usted un salvaje, señor Rackford —replicó sir Anthony con ironía—. Le aconsejo que se corte el pelo.
Rackford. Yamato Spencer Ishida, conde de Rackford.
Yamato Ishida.
Tres semanas más tarde, Yamato se miraba a sí mismo de cerca en el espejo, tomándose un último momento para asegurarse de que tenía su nuevo nombre bien metido en la cabeza, mientras se abrochaba los gemelos de nácar. Desgraciadamente, Matt ya no existía; había sido ahorcado en secreto en el patio de Newgate y había muerto joven y sin nadie que lo llorase, para sorpresa de pocos.
Viéndose en el espejo, apenas se reconocía a sí mismo vestido con ropa de etiqueta negra y el cabello corto. Su cabello parecía más oscuro después de haberse cortado los mechones aclarados por el sol. Tenía la cara bien afeitada y las manos impecablemente cuidadas, aunque sus antiguos callos no parecían querer desaparecer. Había soportado la manicura lo mejor que había podido, pero pronto perdió la paciencia ante los intentos de su ayuda de cámara por aclararle el cutis hasta dotarlo de la palidez de un caballero con un surtido de pociones y lociones. La corbata almidonada rozaba su barbilla como el collar que se pondría a un perro desagradable con el fin de amansarlo. Bajó la vista para mirarse la ropa: la fina camisa blanca de lino, los pantalones negros lisos sujetos con unos tirantes que formaban una Y en la espalda y los relucientes zapatos negros.
Bueno, por dentro seguía siendo el mismo hombre. Pero aunque por fuera parecía más civilizado, lo cierto era que no se sentía así, rodeado de gente en la que no se atrevía a confiar y en unmundo de cuyas reglas no estaba seguro.
Todos sus leales compañeros habían sido trasladados a Gales para realizar trabajos forzados. Casi no quería ni imaginar lo que estaría pasando en esos momentos en el suburbio, pero pensaba averiguarlo enseguida. Sin duda O'Dell creía que había ganado, pero la partida no había terminado ni mucho menos.
Un ligero movimiento detrás de él atrajo su mirada, pero tan solo era su ayuda de cámara, Filbert, un hombre eficiente de constitución menuda y parcialmente calvo que se situó a una distancia respetuosa, sujetando pacientemente su chaleco de seda blanco. Tras él, en el reflejo, se veía su opulenta habitación de la mansión de ladrillo rojo que su padre poseía en la plaza de Lincoln's Inn Fields.
Las paredes tenían espejos de pie dorados y paneles de seda damasquinada francesa, y el techo lucía un medallón pintado. Las dos ventanas simétricas estaban adornadas con unas gruesas cortinas de terciopelo azul con borlas doradas. Preciosa, pero aun así, una jaula.
—¿Su chaleco, señor? —lo instó Filbert.
Yamato metió los brazos por los agujeros de las mangas y dejó que el hombrecillo le pusiera el elegante chaleco y se lo abotonara. Por fin había empezado a entender que no tenía que mover un dedo para hacer nada a menos que fuera absolutamente necesario. Él seguía el juego porque sospechaba firmemente que Filbert era un espía de su padre. No podía fiarse de ninguna de las personas de su nueva vida, ni siquiera de su madre, que seguía llorando cada vez que lo veía.
Había pasado dos de las últimas tres semanas con sus irritantes progenitores en la finca de su padre en Surrey. Allí lo habían provisto de un nuevo vestuario, le habían impartido un curso para repasar los modales elementales, había sido interrogado prácticamente a diario por sir Anthony y un par de investigadores de Bow Street, y había sido aconsejado sobre los rasgos que debía buscar en una mujer, cuya adquisición, había descubierto.
De todas formas, a pesar de los innumerables peligros que debía tener en cuenta, era agradable volver a estar en Odaiba. Había llegado a odiar el campo. Resultaba demasiado tranquilo. Una vez de vuelta en la ciudad, sus primeras incursiones en la alta sociedad transcurrieron sin contratiempos, aunque la primera vez que le presentaron formalmente a Acer Loring vivió unos minutos de tensión. Afortunadamente, el tipo no lo identificó como el bárbaro del que se burló en Hyde Park.
Dejando de lado ese encuentro, el revuelo y la curiosidad que había despertado en la alta sociedad únicamente le provocaban diversión. De hecho, pensó mientras dejaba que el ayuda de cámara le pusiera el frac negro, en ese momento se encontraba totalmente listo para cazar a Mimi Tachikawa.
Desde su llegada, ella no había aparecido en ningún acto de la ciudad, pero había llegado a sus oídos que se esperaba su asistencia al baile que daba esa noche el duque de Devonshire. Estaba deseando ver su cara cuando posara sus ojos en él. En el reflejo del espejo, una débil sonrisa de perversa expectación curvó sus labios mientras se ponía sus inmaculados guantes blancos. Ah, esa noche se iba a divertir. Iba a seducirla, a atormentarla, a alterarla un poco. Iba a jugar con su bonita cabeza como ella había hecho con la de él.
No solo quería vengarse del arrogante desaire que ella le dedicó aquel día en Hyde Park, sino que, en cierta manera, ella era la responsable de su privación de libertad. Fue ella quien lo enojó tanto con su manifiesto desprecio. Ella le hizo redoblar sus esfuerzos en el crimen, los cuales, a su vez, llevaron a su detención. Ahora volvía a estar dominado por su padre, y todo por culpa de aquella muchacha exasperante. Si no hubiera perdido el juicio por ella, habría hecho caso a Tai; se habría dado cuenta de que algo iba mal en lugar de arrastrar a sus hombres a aquel desastroso robo. Incluso la víctima escogida aquella noche había sido consecuencia de la conversación que mantuvo con ella. Eligió expresamente a los Taylor porque, como Mimi le había confesado, su hija mayor solía ser cruel con ella.
Y aquello era lo que había logrado, pensó. Sin embargo, ella le interesaba, y pensaba conseguirla. Sus motivos eran prácticos, además de desearla. Necesitaba controlarla para asegurarse de que no decía nada sobre su pasado. Cuando fueran marido y mujer, los intereses de ella serían los mismos que los de él, y de ese modo se vería obligada a guardar el secreto. Por último, necesitaba su experiencia para abrirse paso entre la alta sociedad. Sabía que estaba fuera de su elemento; necesitaba una guía capacitada y digna de confianza en aquel extraño mundo.
Ella se le resistiría, por supuesto. Sin duda todavía seguía furiosa con él por haberla devuelto a su familia, pero, por otro lado, él también era consciente de su debilidad: el espíritu lascivo que ardía en sus venas. Puede que pensara que era un bruto grosero y vil, pero el deseo que sentía por él se puso de manifiesto la noche en que él le dio su primera experiencia de placer carnal, y no descartaba utilizarlo contra ella.
—Estoy bien, ¿verdad, Filbert?
El sirviente alisó la chaqueta y a continuación lo observó con ojo crítico.
—Sí señor, muy elegante.
Yamato miró a su ayuda de cámara con recelo, se giró y se dirigió con resolución hacia la puerta. Antes de salir del dormitorio, cogió un clavel del ramo de flores frescas que su madre encargaba a diario para casi todas las habitaciones de la casa. Partió el largo tallo y se metió la flor carmesí en el ojal.
¡Era desesperante! Algunas de sus mejores maniobras de flirteo estaban pasando totalmente desapercibidas.
Si Drummond fuera un pretendiente normal, para entonces estaría de rodillas pidiéndole la mano en matrimonio, pensó Mimi resoplando; pero para un político tan astuto y con tanto mundo a sus espaldas, la posibilidad de que ella fuera en serio al dedicarle sus atenciones y sus empalagosos cumplidos parecía incomprensible. Por el contrario, él la trataba como a una niña graciosa.
Una nieta.
—Mira los fuegos artificiales, cielo —dijo él en tono de reprimenda cuando Mimi le pidió que bailara con ella—. Soy demasiado viejo para bailar.
Ella se enfurruñó, hizo un mohín e intentó engatusarlo adoptando una pose elegante, apoyándose sobre la balaustrada para acercarse una ramita del cerezo y aspirar su dulce perfume. Por el rabillo del ojo, vio que él seguía hablando con sus ancianos amigos y algunos dignatarios extranjeros en la terraza iluminada con faroles que daba a los espléndidos jardines de Devonshire House. Él no le prestaba la menor atención. Mimi apretó la mandíbula, cruzó sus brazos enfundados en altos guantes por delante del pecho y miró los malditos fuegos artificiales.
A las nueve y media, los cañones de la Mansion y la torre estallaron en una ruidosa salva. Por todas partes empezaron a sonar campanas de iglesias que ahogaron el hermoso minueto de Hayden que la orquesta estaba tocando en el salón de baile. Todo Japon estaba de celebración esa noche con motivo de la boda real de la rechoncha, alegre y querida princesa Carlota con el atractivo y estudioso príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo. A decir de todos, se trataba de un matrimonio por amor.
Al pensar en ello sintió una punzada en su romántico corazón y un leve suspiro afloró a sus labios, pero ya había tomado una decisión. La idea de conseguir la libertad final se hallaba muy arraigada en su interior, y estaba decidida a llevarla a cabo.
Durante las últimas semanas, tanto en el campo como luego en Odaiba, se había forjado una insólita amistad entre el hombre de Estado gruñón y la joven y chispeante debutante. El médico del conde, el doctor Cross, había comunicado en privado a Mimi que ella era la única persona que había hecho reír a Drummond en las últimas dos décadas. Ciertamente, su plan estaba yendo a las mil maravillas; lástima que él no se diese cuenta de que iba en serio al prestarle tantas atenciones.
Y sin embargo, al oír el festivo alboroto, tuvo una profunda sensación de soledad. Alzó la vista por encima de los llamativos fuegos artificiales hacia la luna blanca, que volvía a estar llena. Costaba creer que hubiera pasado un mes entero desde su aventura en los suburbios. Miró pensativa los extensos jardines de Devonshire House mientras el último rayo de luz se desvanecía por el oeste. De entre todas las mansiones de Odaiba que ella frecuentaba durante la temporada social, aquella poseía las mejores vistas: unos preciosos jardines que llegaban hasta donde alcanzaban los ojos. Los jardines de Devonshire bordeaban los de Lansdowne House, y más allá de ellos se hallaba el jardín del centro de Berkeley Square.
La noche realzaba los deliciosos perfumes que desprendían las florecientes lilas, los cerezos llenos de flores níveas, de un blanco perla, y los jazmines que trepaban por un lado de la casa. Los pulcros senderos que había por debajo estaban bordeados de modestos lirios del valle y capullos de rosa que exhibían sus primeros frutos, rojos y exuberantes.
Mientras permanecía junto a la balaustrada, con la brisa nocturna que agitaba suavemente la falda de su vestido de baile de cintura alta con el delicado tono de flor de almendro, oyó unas risitas y unas pisadas y al volverse vio a unas amigas de confianza de Daphne que, con paso ligero, cruzaban el umbral de las contraventanas abiertas. Las chicas atravesaron la terraza a toda prisa en dirección a ella, haciendo botar sus rizos y agitando sus abanicos.
—¡Mimi! ¡Aquí estás! ¡Tienes que venir ahora mismo, de inmediato! —ordenó Helena con una risa entrecortada, mientras corría hacia ella haciendo susurrar el tafetán rosa de su vestido.
Amelia la seguía, ataviada con un traje amarillo de muselina india con volantes alrededor del dobladillo.
—¡Está aquí fuera, Daphne!
—Sí, estoy aquí —contestó Mimi con voz alegre, volviéndose hacia ellas—. ¿Qué pasa?
En cuanto se hizo pública la noticia de que no iba a casarse con Akiyama, sucedió algo de lo más curioso: Daphne Taylor se había empeñado en convertirse en su amiga íntima.
En su interior, Mimi no se tragaba nada de aquello: no era tonta. La repentina amabilidad de la actual belleza de la alta sociedad no hacía más que poner de manifiesto que Daphne había deseado a Ryo para ella desde el principio. Aun así, por mucho que Daphne intentara darle jabón, Mimi no tenía la menor intención de hacer de casamentera.
—¡Oh, aquí estás! —exclamó Daphne, saliendo del edificio resueltamente en dirección a ellas—. Nos estábamos preguntando dónde te habías metido. —La alta y esbelta pelirroja iba ataviada con un vestido verde claro de satén y gasa con grandes rosas rosadas bordadas alrededor del dobladillo y mangas cortas abombadas—. Dios mío, no te encontrarás mal, ¿verdad? —preguntó atentamente, al tiempo que se acercaba a ella.
—No, solo necesitaba un poco de aire —dijo Mimi con una estudiada sonrisa de sociedad.
—¡Bien, entonces volvamos dentro! Te estás perdiendo la fiesta. Además... —Daphne le dedicó una sonrisa tímida—. ¿A que no sabes quién ha venido? ¡Ryo Akiyama! Acaba de llegar acompañando a tu cuñada, Alice. Vamos a saludarlo. —Y lanzando una risita, Daphne la cogió del brazo, sin esperar una respuesta.
—¿Adonde vas, querida? —preguntó Drummond, divertido, observando cómo las chicas tiraban de ella alborotadas.
—No lo sé —gritó ella.
—¡Se la devolveremos dentro de poco, señor! —contestó Helena.
Tras dejar su copa de vino en la mesa, Mimi dejó que sus nuevas «amigas» la acompañaran alegremente al interior. Daphne la condujo por el concurrido salón de baile, mientras Helena y Amelia las seguían un paso por detrás. Después de haberse acostumbrado a la relajante oscuridad del jardín, se veía obligada a parpadear ante las luces brillantes que colgaban del techo enyesado con multitud de adornos; cada uno de ellos tenía dos docenas de foquitos blancas cuya luz se veía reflejada por los enormes espejos con marco dorado que había en las paredes.
En el baile había una increíble multitud, pues la hospitalidad del duque de Devonshire era conocida. Las chicas tuvieron que dar un rodeo para llegar al lugar donde Ryo se encontraba charlando con Alice, Joe y Bel. Mientras atravesaban el salón donde se había servido un refrigerio y se habían colocado las mesas de whist, encontraron a Alec sentado ante uno de los tapetes verdes para jugar a cartas, con las muletas apoyadas contra su silla. Jugaba contra tres viudas dominantes por la discreta cantidad de un yen el punto, y estaba desplumándolas mientras las seducía con descaro. Como él también era uno de los favoritos de las jóvenes, tuvieron que detenerse a saludarlo. Alec dedicó una sonrisa picara a Mimi, mientras contestaba las preguntas de las chicas sobre su pobre tobillo lastimado quitándole importancia.
«Eres un sinvergüenza», le comunicó a su hermano preferido con una mirada penetrante.
Lizzie rondaba alrededor de él como una gallina clueca. Su bonita figura estaba cubierta con un recatado vestido, de satén verdemar con encaje de color marfil, pero a pesar de lo hermoso que era su conjunto, ella siempre se las arreglaba para pasar desapercibida. Lo prefería así. En ese momento, Lizzie, que casi nunca perdía los estribos, parecía a punto de blandir una de las muletas de Alec con intención de darle a las chicas, que se lo estaban comiendo con los ojos. Al ver a Mimi, se separó de su lado con cara de exasperación y rodeó la mesa de cartas en dirección a ella, dejando que Alec coqueteara con las jóvenes.
Mimi sonrió cuando su desventurada amiga se juntó con ella. Lizzie le ofreció un sorbo de su limonada sin pronunciar palabra, pero ella declinó el ofrecimiento; a continuación las dos miraron a Alec.
—Menudo granuja está hecho —comentó Mimi, divertida.
—Lo sé —dijo Lizzie suspirando—, pero es imposible enfadarse con él. —Movió la cabeza frunciendo el ceño con gesto de preocupación—. Espero que termine de jugar antes de que entren los hombres y apuesten cantidades más altas, pero me temo que solo está calentando.
—No será tan tonto. Por el amor de Dios, Joe le advirtió que si volvía a apostar lo desheredaría, ¿no?
Lizzie la miró nerviosa.
—¿Qué pasa? —preguntó Mimi.
Lizzie bajó la voz, angustiada.
—Joe lo ha desheredado, Meems... en parte. Ocurrió cuando tú estabas en el campo. Alec me lo confesó hace varias noches. Joe le dijo que no volverá a darle más dinero para gastos hasta que Alec demuestre que puede dejar de jugar durante un mes. Me temo que Alec volvió a perder una gran cantidad en Brook's. Tuvieron una terrible pelea. Comprendo perfectamente a Joe. Alguien debe hacer algo con ese pobre granuja, pero... Oh, no sé. No soporto verlo infeliz.
—Querida, Alec hará lo que tenga que hacer —dijo Mimi con delicadeza—. Tú no tienes la responsabilidad de salvarlo.
—Lo sé. Pero no quiero que se meta en líos —dijo Lizzie en voz baja, mirando al canalla con consternación.
—Ni yo.
—Ni yo, señorita Fugitiva —replicó Lizzie, y a continuación miró a las demás chicas con el ceño fruncido—. ¿Puedes llevarte a esas frívolas tontorronas de aquí, por favor?
Mimi asintió con la cabeza riendo entre dientes. Lizzie se apresuró a volver junto a Alec mientras ella y las demás chicas seguían recorriendo la estancia para llegar al otro lado del salón de baile. Se abrieron paso entre la multitud cada vez más numerosa de invitados aristocráticos hasta que llegaron al lugar donde se encontraba reunida la familia de Mimi.
Haciendo gala de todo su encanto, Daphne y las demás chicas dedicaron una reverencia a sus excelencias de Hawkscliffe y a Alice, y felicitaron profusamente a ambas damas por sus vestidos antes de apiñarse en torno a Ryo con impaciencia. Ryo parecía bastante sorprendido por las joviales atenciones que le concedía aquel trío de jóvenes debutantes. Joe miró a su amigo, divertido, mientras Bel y Alice besaban a Mimi en la mejilla.
Alice, la esposa de Lucien, era una mujer menuda con aspecto de duendecilla, unos intensos ojos azules y el cabello rubio rojizo. Lucía un vestido de satén de color melocotón claro que la favorecía mucho dado su cutis blanco. Bel, la actual duquesa de Hawkscliffe, considerada una de las mujeres más hermosas de la alta sociedad, llevaba un vestido de seda rosa suave con las mangas largas de crepé transparente. Era uña verdadera diosa sosegada, elegante y serena con el pelo del color del trigo y unos ojos azul aciano, que contrastaban perfectamente con el cabello moreno y la intensidad de los ojos oscuros de Joe, situado junto a ella e imponente con su ropa negra.
—¿Te lo estás pasando bien, Mimi? —le preguntó Alice.
—Mucho. ¿Dónde está el bobo de tu marido esta noche?
—Está dedicándose a las labores del campo en Somerset —dijo Alice con una sonrisa.
—Vaya por Dios. —Ella todavía no había visto Revell Court, pero sabía que Lucien había heredado de su verdadero padre aquella extensa mansión, aunque se encontraba en un estado de considerable deterioro—. Es vuestra primera cosecha desde que estas allí, ¿verdad?
—Debería serlo, pero el administrador que ha contratado Lucien parece incapaz de llevarla a cabo de forma adecuada. Los arrendatarios se quejan de que no hay suficientes trabajadores. No sé qué es lo que ha salido mal. Lucien no quería ir, pero yo le dije que si ese hombre echa a perder el trabajo, pondrá toda la cosecha en peligro. Así que ha ido a intentar solucionarlo antes de que empiece la siega del heno.
—Seguro que dentro de poco lo tendrá todo bajo control.
—¿Tú crees? —preguntó Alice riéndose—. Ojalá tuviera tanta confianza como tú, querida. Lucien no es precisamente un hombre al que le guste el trabajo del campo. De no haber sido por los niños, yo misma habría ido a ocuparme del asunto, pero —añadió con altivez— supongo que él tendrá que aprender alguna vez.
Mimi se rió de su tono gracioso y se mostró de acuerdo.
—Por suerte, Ryo, amablemente, me acompañó esta noche en ausencia de mi marido —prosiguió Alice, volviéndose con cariño hacia el marqués, que parecía un tanto desconcertado con las coquetas atenciones de Daphne y su círculo de amigas.
—Oh, es un hombre cómo ya no quedan —asintió Bel en actitud comprensiva, dedicando una inequívoca indirecta a Mimi.
—¿Y sabes una cosa...? —Alice le lanzó una picara mirada de reojo—. Tiene unas pantorrillas muy bien formadas. ¿No te parece?
—En mi opinión no lleva relleno —asintió Bel.
—¡Oh, qué pareja de tercas están hechas! —las reprendió Mimi en un susurro, mientras sus cuñadas se reían de ella;—. No me casaré con él. —Señaló con la cabeza a Alice—. Tú antes eras muy remilgada y formal. ¿Qué le ha ocurrido, señora?
—Tu hermano —declaró Alice.
—Brindo por eso —la secundó Bel, guiñando el ojo.
Bebieron vino a sorbos entre risas y observaron a Akiyama, rodeado de chicas prendadas de él a las que doblaba en edad. El marqués alto y castaño lanzó a Alice y a Bel una mirada que decía claramente: «¡Socorro!».
Las damas se limitaron a sonreírle mientras disfrutaban con la turbación del hombre.
—Tenemos que conseguir que ese pobre hombre se case, ¿no crees? —comentó Alice—. Si no con Mimi, con otra mujer.
—Yo sé de una voluntaria —murmuró Mimi con recelo.
Alice arrugó la nariz y miró discretamente a Daphne.
—Oh, no. Jamás.
—No —asintió Bel. Y apartó la vista al tiempo que se enroscaba un mechón de pelo rubio trigueño en el dedo—. Me pregunto si Mimi cambiará de opinión, Alice. Ya sabes que suele hacerlo. Muy a menudo.
—Cierto.
—Bah.
Frunciendo el ceño ante sus bromas, Mimi cambió de tema y preguntó a Alice por los pequeños Harry y Pippa. Alice la estaba informando acerca del último resfriado de su hija de un año cuando su anfitrión se juntó inesperadamente con ellas.
—Señoras, señorita—dijeron las mujeres con satisfacción mientras lo saludaban con una reverencia cortés.
Si había un soltero en la sociedad todavía más codiciado que Akiyama, era el duque de Devonshire, de veintiséis años. Su título era antiguo; sus recursos, abundantes; y no solo era un magnífico anfitrión y un hombre inteligente, sino también bastante atractivo. Cuando el joven duque estrechó la mano a Akiyama, las chicas no supieron a cuál de los dos adular. Mimi esperaba que alguien tuviera sales aromáticas, pues temía que Amelia iba a necesitarlas.
—Devonshire, me alegro de verle —dijo Joe, dando un paso adelante para estrechar a su vez la mano al duque—. Gracias por la invitación.
—Es un placer. Espero que lo estén pasando bien —contestó su anfitrión, a modo de saludo.
—Mucho. Es un baile precioso —dijo Bel cordialmente.
—Lo será cuando ustedes nos hayan honrado con sus bailes.
Las mujeres rieron al oír su simpática réplica.
—Me estaba preguntando si todos han tenido ya el placer de conocer al recién llegado. —El duque lanzó una mirada por encima del hombro e hizo señas afablemente a alguien a quien Mimi no podía ver debido a la multitud, y a continuación se volvió de nuevo hacia ellos—. Permítanme que les presente a Yamato Spencer Ishida, conde de Rackford.
Mimi esperó a que apareciera el desconocido. Reconocía el nombre, pues Helena había hablado del hombre misterioso que había irrumpido en sociedad mientras ella se encontraba en el campo. Por lo visto, Rackford era el hijo perdido desde hacía mucho tiempo del marqués de Hiroaki y Natsuko; era rico, atractivo y sumamente cotizado. Las chicas le habían comentado entre risitas que resultaba un poco raro, en un sentido peligroso del término. A ellas les recordaba a un tigre enjaulado. Su familia lo creía muerto desde que había desaparecido siendo un muchacho, pero ahora que había aparecido en Odaiba sano y salvo, el testarudo joven se negaba a decir una palabra sobre dónde había estado o qué había hecho durante todo aquel tiempo.
En vista de su silencio, naturalmente habían empezado a circular algunas teorías entre la alta sociedad: que había adoptado un nombre falso y se había hecho a la mar, o que había estado corriendo aventuras en las provincias fronterizas. Según las chicas, cualquiera de aquellas posibilidades explicaría sus toscos modales, pero ¿acaso no era horrible que atormentase a la sociedad con la curiosidad?
Mimi pensaba para sus adentros que aquella era una forma de decir que el pasado del joven no era asunto de nadie, pero lo único que sabía con certeza sobre Rackford era que tenía a las mujeres encandiladas y a los chicos más altivos muertos de envidia. No estaba segura de querer conocer a aquel individuo, pues parecía sinónimo de problemas.
Entonces el joven salió de entre el gentío en dirección al grupo, y el mundo de Mimi se detuvo. No podía ser.
El estómago le dio un vuelco, como la primera vez que había saltado una valla de un metro ochenta de alto a lomos de su purasangre. El salón de baile daba vueltas a su alrededor formando un conjunto borroso y lleno de color, y parecía incapaz de respirar.
¿Rackford? Era Matt.
O bien era él o su mente le estaba jugando una mala pasada. En un estado de absoluta conmoción, observó cómo él saludaba a cada miembro de su familia y sintió como si la más leve ráfaga de aire, pudiera derribarla. Lo identificó al instante, aunque apenas era reconocible con el pelo rubio corto y peinado hacia atrás, que dejaba a la vista la magnífica estructura ósea de su rostro bien definido.
Desde la perfección almidonada de su corbata a sus lustrosos zapatos negros de etiqueta, parecía un perfecto caballero, pero la inesperada imagen que acudió a la cabeza de Mimi fue su piel bronceada adornada con aquel tatuaje pagano. Cuando su mirada de asombro se desplazó hacia el clavel rojo de su ojal —como el que llevaba aquel día lejano en Tachiakwa House—, salió súbitamente de su aturdimiento.
«¡Dios mío, he atraído a un criminal a la sociedad!»
De repente notó que su corsé holgado le apretaba mucho. Miró a su alrededor, con el corazón desbocado, preguntándose si alguien tendría sales aromáticas.
Mientras intentaba pensar con pánico en lo que iba a hacer, Matt estrechó la mano a Akiyama, al tiempo que lo evaluaba con una mirada perspicaz. Tuvo el deseo de huir antes de hacer frente a las presentaciones, pero ya era demasiado tarde.
—Y esta —dijo el duque de Devonshire, dirigiendo su atención hacia ella— es la hermosa Mimi Tachikawa.
Alto y fornido, hermoso y viril como un dios, el elegante extraño se giró, la miró maliciosamente a los ojos y le dedicó una reverencia cortés.
—Señorita.
La caricia íntima que significó aquella simple palabra hizo que se estremeciera. Su aspecto había cambiado, pero el timbre grave de su voz era el mismo, así como sus hipnóticos ojos: salvajes y profundos. Bajo sus pestañas, aquella mirada emitía destellos de tonos claros y verdemar bordeados de calcedonia.
Mimi se quedó sin voz, pero mientras le sostenía la mirada, todo un mundo lleno de significado medió entre ellos. No quería ni imaginar lo que él estaba haciendo allí.
Apenas podía oír por encima del ruido de los frenéticos latidos de su corazón. Aunque había sido presentada en media docena de cortes, en ese momento no tenía ni idea de cómo responder. Cuando él la tocó, alzando con delicadeza la mano de Mimi para depositar un beso en sus nudillos, ella tuvo que hacer esfuerzos para no desmayarse.
Su rostro no reflejaba nada en absoluto, pero su mirada atrevida y rebelde captó la de Mimi y brilló en ella un atisbo de humor y de advertencia ante el peligro que les aguardaba a ambos si alguien se enteraba de que ya se conocían. Le dio en los dedos un firme y sutil apretón.
—Señorita, ¿me concede el honor de bailar conmigo?
Embargada por una tumultuosa inquietud teñida de aturdimiento, de los labios de Mimi brotó una vaga incoherencia.
—Eh.?
Tan audaz como siempre, él tomó su tartamudeo por una respuesta afirmativa, la cogió de la muñeca y se la llevó despidiéndose alegremente de la familia de Mimi, como si no tuviera la menor intención de devolvérsela. Ella miró hacia atrás con inquietud en dirección a sus familiares, pero no le quedó otra opción que seguirlo mientras la arrastraba de la mano. El avanzaba con resolución entre la multitud un paso por delante de ella, desprendiendo el mismo halo intenso de liderazgo que ella recordaba del suburbio. Lo siguiente de lo que tuvo conciencia fue de que estaba entre sus brazos a un lado del salón de baile mientras la orquesta tocaba un vals.
—¿Sabes bailar? —dijo ella, tras recobrar repentinamente el habla, aunque, dadas las circunstancias, se trataba de una pregunta absurda.
—La verdad es que no —contestó él en tono despreocupado, lanzando una mirada de alerta alrededor del salón de baile—, pero te mereces que me ponga en ridículo.
—¡Matt!
—Rackford —la advirtió él suavemente—. Vas a tener que ayudarme un poco, cielo. Creo que tu mano va... aquí. —Colocó la mano izquierda de Mimi sobre su hombro derecho y a continuación le sonrió, con un tenue fulgor posesivo en los ojos. Le ofreció su mano izquierda y esperó a que ella la tomase.
Ella lo miró fijamente, sin saber qué hacer, y acto seguido alzó su mirada de asombro hacia la cara de él. Cuando por fin habló, lo hizo con voz de aturdimiento.
—Te has cortado el pelo.
Él sonrió pícaramente.
—No te preocupes, Dalila; no he perdido la fuerza.
—¿Qué estás haciendo aquí? —susurró ella.
—Mimi, querida, te lo explicaré todo, pero nos van a pisar si no haces algo. Rápido.
—Pero tengo prohibido bailar el vals —dijo ella abatida—. A Joe le dará un ataque.
—Deja que yo trate con Joe—murmuró él con una sonrisa de complicidad—. Coge mi mano.
Ella miró su mano, recordando la noche en el callejón y el momento en que él le había frecido la mano para ayudarla a levantarse del montón de basura como un pirata renegado. Entonces su mano áspera y callosa estaba manchada de mugre y sangre reseca. Ahora estaba enfundada en un inmaculado guante blanco.
Lenta, tímidamente, mientras su corazón latía a toda velocidad, Mimi posó su mano derecha en la izquierda de él.
—Así está mejor —susurró él—. Dios mío, estás radiante. —Deslizó su mano derecha alrededor de la cintura de ella para agarrarla con un poco más de firmeza.
Mimi reaccionó a su contacto con un intenso escalofrío que la arrancó bruscamente de su aturdimiento. Una oleada de furia y desconfianza emergió de lo más profundo de su estado de confusión.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —susurró ella con fiereza cuando la música comenzó.
—Ampliando mis horizontes, como dirías tú. —Él le dedicó una sonrisa enigmática al tiempo que la guiaba en el baile.
—Así que es lo que me temía —dijo ella, con un nudo en el estómago—. Has vendido los diamantes que te di para esto. Para abrirte paso en la sociedad valiéndote de engaños y así poder planear robos todavía mejores. Es eso, ¿verdad?
—Qué chica tan lista. Has adivinado exactamente mi plan. ¿Has visto los cuadros que Devonshire tiene en su galería? Podría hacer una fortuna con ellos...
—¡Estás loco! —dijo ella, con creciente alarma—. ¡No debes hacerlo! ¡Matt, debes marcharte y no volver jamás! Acabarás... muereto. Créeme, no funcionará.
—¿Por qué? No iras a delatarme, ¿verdad? Después de todo —la sujetó un poco más fuerte—, yo también podría contar ciertas cosas sobre ti. No he olvidado lo cariñosa que estuviste entre mis brazos —murmuró él, y bajó la cabeza hasta casi rozar la punta de la nariz con la suya. Ella percibió el olor a jabón de su piel y la agradable fragancia de su loción de afeitado—. Tú y yo todavía no hemos acabado. Tengo que enseñarte muchas más cosas placenteras.
—¡No menciones esa noche! —logró decir ella.
La sonrisa lobuna de él se hizo más amplia y lució el brillo de sus dientes blancos.
—¿Por qué no? Te lo pasaste bien. Todavía me debes una, ya sabes.
—Maatt...
—Rackford —susurró él.
—¡Como quieras llamarte! ¡No te saldrás con la tuya! Es muy cruel por tu parte hacer creer a la señora y al señor Ishida que eres el hijo que perdieron hace mucho tiempo.
—Mimi, corazón, soy su hijo. Estaba bromeando.
Ella escudriñó su cara, confundida. Tenía una expresión tan absolutamente sincera y seria que la desconcertó.
—Pero... ¿cómo?
—De la forma habitual, supongo. Pues veras cuando un hombre y una mujer están juntos y no se cuidan pues... ya sabes lo que viene después.
Ella resopló al oír su irreverente contestación.
Él se echó a reír.
—Te doy mi palabra de honor de que mis días de delincuente han terminado. Estoy totalmente reformado. Es sorprendente lo que puede hacer un hombre cuando se enfrenta a la soga —añadió en tono sardónico.
—¿Qué soga?
—La que me enseñaron cuando me arrestaron y me metieron en Newgate. De lo contrario, te aseguro que no estaría en este sitio tan aburrido —murmuró entre dientes.
—¿Te arrestaron?
Él asintió con la cabeza muy serio.
—O'Dell nos tendió una trampa. Amenazó a Cody para que le dijera dónde planeábamos dar el siguiente golpe. Luego simplemente le dijo a la policía dónde tenían que esperarnos: una bonita forma de deshacerse de los Halcones de Fuego. Pero te aseguro que los Chacales volverán a vérselas conmigo.
A Mimi le daba vueltas la cabeza, pero lo examinó mientras giraban por la pista de baile al ritmo de la música. Le daba la impresión de que él la estaba captando, pero no podía soportar seguir escuchando aquel cuento chino.
—Espero que O'Dell no hiciera daño al niño —dijo con recelo.
—Lo asustó un poco, pero ya conoces al Randa. Podía haber sido peor. Lo he mandado a un internado en el campo como su benefactor anónimo. Con un poco de suerte, se convertirá en alguien de provecho.
—¿Y Tai y los demás? —preguntó ella con escepticismo.
—Los trasladaron a Gales. Por eso estoy aquí. Todos íbamos a ser asesinados hasta que yo dije quién era.
—Quien pretendes ser. Esto no va a funcionar, y desde luego yo no pienso ayudarte en esta locura, si eso es lo que andas buscando. Si alguien descubre a qué estás jugando, te meterás en un buen lío...
—¡Mimi, estoy diciendo la verdad! Procura entenderlo —dijo él más suavemente, observando su mirada de perplejidad—. Por eso no podía decirte mi verdadero nombre aquella noche en el suburbio. Lo he mantenido en secreto todos estos años. Ninguno de mis hombres conocía mi origen noble. No me habrían aceptado. ¿No recuerdas que te dije que había escapado de casa cuando era niño?
—Sí, pero... ¡no puedes hablar en serio! ¿Aquel padre monstruoso al que le gustaba ponerte el ojo morado era el marqués de Hiroaki y Natsukol?
—El mismo.
—¡No te creo!
—Es cierto. Desde que mi hermano menor Takeru murió el invierno pasado, me convertí en el heredero. No pensaba reclamar mis derechos porque consideré que el final de nuestro linaje sería un buen castigo por todo lo que me hizo.
—Estás de guasa —dijo ella, asombrada.
—Te equivocas. —El frío asesino que asomó a los ojos de él provocó un escalofrío a Mimi; parecía demasiado auténtico para ser falso, pero ella no podía hacer otra cosa que mover la cabeza con gesto de incredulidad, aturdida por sus declaraciones y los interminables giros del baile—. Sigues sin creerme —dijo él un momento después con voz apagada.
—¡No sé qué creer! Que yo sepa, eres un criminal reincidente.
Al recordar de nuevo que debía bajar la voz, miró a su alrededor con nerviosismo para asegurarse de que nadie había reparado en la intensidad de su discusión.
Él miró con desconfianza por encima de la cabeza de Mimi, escudriñando a la multitud.
—Si de veras pensabas eso, ¿por qué me dejaste tu collar de diamantes?
Ella se ruborizó a su pesar.
—La pregunta debería ser: ¿por qué no vendiste el maldito collar en lugar de volver a robar? Si tu gente realmente estaba necesitada, lo único que tenías que hacer era venderlo.
Él puso los ojos en blanco.
—No podía.
—¿Por qué no? ¿Ninguno de tus infames cómplices lo habría comprado?
—No. No acepto caridad, Mimi. Pensaba devolverte el collar. Por eso fui a Hyde Park a verte. Espero que te acuerdes de aquel día —añadió en tono ácido.
—Por supuesto.
El recordatorio del desaire que le había dedicado sirvió para sofocar el ritmo acelerado de su corazón, e hizo que acudiera de nuevo a su cabeza el intento de escapar a Dover para reunirse con los amigos de su madre que él había frustrado.
—Bueno, pues si de verdad esto es cierto y no empeñaste mi collar para financiar tu farsa, entonces podrás devolvérmelo tan pronto como te sea posible.
Él frunció los labios y apartó la vista mostrándose terco como una muía.
—No puedo.
—Ajá.
—Tuve que deshacerme de él en casa de los Taylor. ¡Mimi, estoy diciendo la verdad! —protestó él al ver que ella se burlaba—. Está en un jarrón del dormitorio del dueño. Conseguí esconderlo allí durante la refriega. Veinte agentes de Bow Street nos cazaron por sorpresa en plena faena...
—¿Quieres decir que Daphne Taylor tiene mi collar de diamantes?
Él se limitó a mirarla.
—¡Matt!
—Rackford. Mimi, cuando nos atraparon estábamos robando en casa de los Taylor. Lo hice por ti, después de lo que me dijiste. ¿No te complace?
—¡Esto es absurdo! ¡Y pensar que por un momento he estado a punto de creerte! Mi collar de diamantes desaparece por arte de magia, tú apareces y reclamas el marquesado de Hiroaki, las autoridades te dejan salir impune de Newgate, ¿y esperas que crea que todo esto no es un montaje?
—No es un montaje. ¿Qué estás insinuando exactamente?
—Estoy insinuando que de alguna forma te enteraste de la historia del hijo desaparecido de Hiroaki y decidiste hacerte pasar por él en beneficio propio. Que vendiste mi collar para financiar tu farsa...
—¡Maldita sea, eso es mentira! —susurró él, ultrajado—. Pregúntaselo a mi padre si no me crees. Él sabe quién soy. Fue él quien me hizo esta cicatriz de la ceja. ¡Pregúntaselo a tu hermano Lucien! Él descubrió la verdad hace mucho tiempo... Y para tu información, no me dejaron salir impune. Tuve que acceder a dar información detallada a la policía sobre algunos de los peores criminales de Japon. ¿Crees que me hace feliz ganarme la enemistad de esos hombres?
—¿Y qué? Tú no corres ningún peligro —susurró ella a su vez, en tono airado—. ¡Me has dicho que en los suburbios todo el mundo cree que Matt está muerto!
—Sí, y lo estaré si esos hombres se enteran de que los delaté. No soy un mentiroso. Pero incluso en el caso de que esto fuera un montaje, ¿qué más te daría a ti? Tú detestas a esas personas, los mismos «hipócritas pretenciosos» que se portaron de forma tan cruel con tu madre. Por lo que yo recuerdo, era una de las principales razones por las que escapaste.
—¡Un plan que tú hiciste fracasar, si no recuerdo mal!
—Así que... ¿sigues negándote a reconocer que lo hice por tu bien?
—No era una decisión que tuvieras que tomar tú. ¡Me correspondía a mí!
Él apretó la mandíbula, intentando controlarse; a continuación movió la cabeza en actitud paciente y decidida.
—Mimi, Mimi, mi picaruela rebelde. ¿No te das cuenta? —La atrajo más hacia sí, y su aliento cálido movió los cabellos que ella tenía junto a la oreja—. Ahora podemos estar juntos —murmuró—. Después del susto de la muerte de Takeru, mi padre insiste en que me case inmediatamente para proteger el linaje de la familia, que se encuentra en peligro. Me he enterado de que te libraste de tu compromiso con Ryo Akiyana... y te felicito por seguir mi consejo. Dios, qué tipo tan soso y aburrido. Él no podría domarte. Bueno, ¿qué dices? Tú y yo somos las dos únicas personas que hay aquí capaces de calar a todos esos idiotas pretenciosos. Además, si unimos fuerzas, tendremos la seguridad de que nuestros secretos permanecen a salvo.
«Así que eso es lo que está buscando.» Mimi se retiró y alzó la vista para mirarlo a los ojos, asombrada y más furiosa a cada segundo que pasaba.
—¿Nuestros secretos?
—Mi pasado en los suburbios. Tu... peligrosa debilidad, mi querida «criatura débil». —Él sonrió con picardía.
Mimi se quedó boquiabierta. Resultaba evidente que su arresto y su estancia en la cárcel no habían hecho mella en su arrogancia.
—¿De verdad me estás pidiendo que me case contigo? ¿Así, sin más?
Él se encogió de hombros, haciendo gala de una presuntuosa confianza.
—Sí, así, sin más.
—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Para poder vigilarme de cerca, para asegurarte de que no te desenmascaro? —Alzó la voz de la ira—. ¿Para poder controlarme, como mis hermanos? ¿Es eso lo que quieres?
—Oye, Mimi, espera un momento...
—No, espere usted, señor. —Lo miró negando con la cabeza—. Las cosas han cambiado por aquí. ¡Para tu información, después de que me llevaras a rastras con mi familia, encontré a otra persona!
Al ver la forma en que el rostro de él se ensombrecía y los músculos de su hombro se tensaban bajo su mano, Mimi pensó que iba a estallar.
Pero él no perdió el paso. El momento de peligro pasó.
Con un brillo calculador en los ojos, Matt forzó una tensa sonrisa y a continuación se encogió levemente de hombros.
—Bueno, sea como sea, ambos sabemos que es a mí a quien realmente deseas.
Ella abrió los ojos como platos ante la arrogancia de aquel hombre.
—¡Eres increíble!
Mientras se reía en voz baja, él se inclinó sobre su oreja y la hizo girar suavemente sobre la pista de baile.
—En absoluto, señorita. Casándote conmigo tendrías ciertas ventajas. —A Mimi le entraron escalofríos al notar su cálido aliento—. Si te preocupa seguir los pasos de tu madre, puedes estar tranquila: yo te satisfaré de tal modo que jamás se te pasará por la cabeza descarriarte.
—¡Uf!
Lanzando un grito ahogado, ella se soltó de sus brazos en un extremo de la pista de baile y salió corriendo hacia la terraza por las contraventanas, furiosa y ruborizada por su lasciva promesa.
Sus mejillas ardían al recordar el voluptuoso episodio que sus palabras habían evocado, aquella noche en la habitación de él. ¡Qué horrible, qué odioso era! Tenía que escapar de él antes de que alguien notase su exaltada reacción ante aquel sinvergüenza. Tenía que recuperar la compostura.
Rackford, o Matt, o como se llamase, salió al exterior varios pasos por detrás de ella.
—¡Mimi!
—¡Vete! ¡Tú no eres un caballero!
Él se rió.
Tratando de escapar de él desesperadamente, bajó a toda prisa la escalera de piedra hasta el jardín, pero una vez más, él la siguió por la alameda cubierta de hierba y bajo los espaldares de los rosales, persiguiéndola con largas y enérgicas zancadas.
—¡Mimi! Maldita sea, no me des largas después de haberte ofrecido mi persona y mi título en bandeja de plata. Olvídate de tu ridículo encaprichamiento. Los dos sabemos que me perteneces.
—¡Antes prefiero morir!
—¿Quién es el afortunado?
—¡No es asunto tuyo!
—Si es Acer Loring, puede que tenga que hacerte entrar en razón.
—No lo es —replicó Mimi, corriendo delante de él—. ¡Vete!
—¿Quién es, entonces?
—¡Nadie que tú conozcas!
De repente, el sendero que ella había estado siguiendo llegó a un callejón sin salida y se vio delante de una pequeña fuente situada en una cuidada zona circular del jardín, cuyas paredes estaban formadas por arbustos de boj altos y curvados.
Cuando llegó allí, sin saber hacia dónde girar, con el corazón desbocado, los fuertes brazos de él le rodearon la cintura por detrás. Antes de que ella pudiera gritar, él la hizo girar y reclamó su boca con una ardiente urgencia, envolviéndola con sus brazos.
—¡Basta! —protestó ella, pero al abrir la boca no hizo más que invitarlo a que la besara más profundamente. Cuando él le rodeó la cintura con más fuerza con el brazo izquierdo y con la mano derecha la cogió de la nuca de forma sensual y posesiva, Mimi gimió suavemente.
Oh, conocía su sabor, su calor, la seductora dulzura de su boca. Conocía su tacto, su olor. Matt... Él la atrajo hacia sí entre sus brazos, pero ella se resistió a aquella fuerza embrujadora y al deseo de rendir su cuerpo. Logró dejar de besarlo. Y notó que los labios de él esbozaban una sonrisa maliciosa contra su boca ante su obstinada resistencia.
—Vamos, corazon. —La voz de él se había, vuelto ronca. Deslizó las puntas de sus dedos por el contorno de la mandíbula de Mimi y le inclinó la cabeza hacia atrás, obligándola a mirarlo a los ojos, que brillaban de un ferviente anhelo—. Salúdame como es debido.
Y bajando la cabeza despacio, la besó hasta separarle los labios con una imperiosa exigencia.
Cuando él invadió su boca, ella no tuvo fuerzas para resistirse. Inconscientemente, le rodeó el cuello con los brazos y se aferró a él.
Matt...
Él se sacó el clavel rojo del ojal y recorrió con sus suaves pétalos la mejilla de Mimi mientras la besaba; luego colocó la flor detrás de su oreja. La dulzura de aquel gesto la hizo suspirar de deseo. Acarició su mejilla rasurada y deslizó los dedos por su pelo, pero cuando notó que él cogía su pecho con la mano recobró bruscamente el juicio. ¡Aquello era una locura!
Se separó de él a toda velocidad, jadeando. Él volvió a agarrarla. Mimi lo apartó de un empujón.
—¡No! No deseo hacer esto. No te deseo.
Él apretó la mandíbula. Sus ojos emitieron un brillo de deseo frustrado e ira ante su negativa.
—¿Quién es él? —gruñó.
—Drummond —soltó ella en actitud desafiante.
—No lo conozco. Estoy deseando que me lo presenten. ¿Qué crees que dirá cuando le hable de tu visita a Bainbridge Street? ¿O de cómo intentaste seducirme en el conchhe para que te dejase marchar a Dover?
—No te atrevas a amenazarme —susurró ella, sosteniéndole la mirada de forma asesina—. Los dos podemos jugar, Matt. Si dices una palabra sobre esa noche a Drummond o a cualquier otra persona, contaré a todo el mundo tu pasado con tu asquerosa banda de ladrones.
Él la miró reprimiendo la diversión.
—Touché, querida. Parece que has aprendido un par de cosas en el suburbio.
—Tú eres el que decía que tenía que aprender a pensar como un ladrón. Apártate de mi camino y yo me apartaré del tuyo, ¿de acuerdo? Tú me arrastraste otra vez hasta esta vida. Pues si tengo que quedarme aquí, pienso sacar el máximo partido.
Él la examinó con perspicacia.
—Apartarme de ti es lo único que no puedo prometerte. —Ella comenzó a girarse con el ceño fruncido, pero él la detuvo agarrándola del brazo—. Te deseo, Mimi—le advirtió con suavidad—. Te tendré de una forma o de otra.
—Inténtalo y mis hermanos te cortarán la cabeza. Ahora estás en mi mundo, y si haces que me enfade, señor Rackford, serás tú quien lo lamenté.
Y tras pronunciar aquellas palabras, tiró el clavel rojo al suelo y volvió deprisa a la fresca y húmeda oscuridad del jardín para regresar al reluciente salón de baile antes de que alguien la echase en falta.
