Buenas! Aca dejo otro capítulo, bastante random en comparación con los otros... pero bueno! Tenía que ocurrir algo durante los días que Irelia esta vagando por el mar.
Espero que les guste! Siento que los estoy aburriendo :c
Saludos!
Capítulo 5 – En alta mar
"¿Irelia?" exclamó Zelos, sorprendido de ver a su hermana en uno de los cuarteles militares de Jonia. "¿Qué haces por aquí?"
"Nuestro padre me trajo" contestó con aquella dulce y aniñada voz. "Dice que las plantas están llorando y que las aves parlotean acerca de un mal que se aproxima hacia la isla" explicó y luego se encogió de hombros. "Todavía no llegué a esa altura en el entrenamiento como para notarlo, pero en vez de enseñarme prefirió venir a aquí para hablar con El Anciano Vael para hacer algo al respecto."
"¡Ah, cierto! Hoy mientras entrenaba, creí que escuchar lamentos en el murmullo del viento… no le presté atención, pero era lógico que el Maestro Lito hubiera reparado en ello inmediatamente." Pensó en voz alta, "Sin embargo, le costará bastante, Vael no es tan espiritual y ambos han tenido muchos conflictos."
"Padre confía en que, teniendo en cuenta que hablamos de la seguridad de toda la isla, valía la pena olvidar viejas reyertas." Repuso la niña, poniéndose en puntitas de pie para entrar en el ángulo de visión de su hermano. Luego tomó con sus dos manitas una de las grandes manos de su hermano y se las apretó con suavidad. "Zelos, ¿qué tan malo crees que es eso como para que nuestro Padre haya decidido hablar con Vael? ¿De verdad se aproxima un mal a la isla?"
"No te preocupes" le sonrió, mientras se llevaba las pequeñas manos de su hermana a sus labios y las besaba con ternura. "Nuestro Padre nunca permitiría que algo malo le ocurra a Jonia, y menos a ti… además, conozco a tu atractivo y capaz hermano que peleará a tu lado para resguardar a todos."
"Eso me haría muy feliz" rió la pequeña Irelia.
"¿Qué cosa? ¿Qué te proteja tu fuerte hermano?"
"No, tonto. Pelear contigo." Replicó, jugueteando con los dedos de Zelos. "Hace mucho que no entrenamos juntos y no es justo que tu estés entrenándote con la espada y Padre me obliga a seguir tocando el violín…
"No te preocupes" le sonrió mientras acariciaba los largos mechones oscuros de su hermanita. "Estaré contigo durante el próximo entrenamiento y te enseñaré a usar la espada… al diablo con el Arte Hiten."
El barco se bamboleaba con suavidad sobre las olas, impulsado por un viento favorable y animado por un radiante sol que saludaba a los marineros. Debido a las altas temperaturas consecuentes del verano, Miss Fortune había impuesto una dieta a base de cítricos y verduras, reduciendo el consumo de la carne y el alcohol. Un par de hombres habían protestado, pero sabían que era lo más conveniente para evitar que alguno se descompensara debido a la radiación de los rayos solares… por eso y porque nadie se atrevía a desafiar a la capitana que, pistola en mano, iba dando directivas mientras recorría el barco, cuando no se encargaba de timonearlo hacia las corrientes de agua o para evitar algún banco de arena.
Ya llevaban seis días navegando en el Mar del Guardián y, para su suerte, todas aquellas jornadas habían sido acompañadas de un agradable clima. Esa era la ventaja de navegar en verano: a pesar de que era la época en la cual el escorbuto se hallaba en su plenitud, los vientos parecían soplar hacia donde el barco deseaba llegar y el sol contribuía con el buen ánimo.
El trabajo de Irelia era el más práctico de todos. El Oficial de cubierta sólo debía encargarse de la seguridad del barco y la tripulación pero, ¿qué les podía ocurrir en el medio del mar? A lo sumo que atacara algún otro barco mas en aquella circunstancia todos lucharían por mantenerse a flote. Por lo cual muchas veces se sentía incómoda e inútil, así que ayudaba a los otros marineros en sus quehaceres, siempre y cuando no requirieran de un gran conocimiento de navegación: fregaba la cubierta, ayudaba a atar los fuertes nudos a la hora de plegar y desplegar las velas, conversaba con los marineros y otras cosas. Sin embargo, pronto notó que Miss Fortune procuraba que estuviera cerca de su radio de presencia, quizás para vigilarla o quizás por si temiera que alguien le atacase y necesitase de su fuerza y destreza. Luego de pensarlo un rato, dedujo que sería por la primera razón.
Por la tarde de aquel día, llegó la alarma desde el puesto de vigilancia en el carajo de que dos barcos se acercaban, uno por el lado del babor y otro por el estribor. Los marineros no se conmocionaron, de hecho parecían que ni se hubieran enterado de la noticia, puesto que siguieron realizando sus actividades con normalidad. Ninguno haría nada hasta que la capitana ordenase nada.
Miss Fortune abandonó su puesto en el timón, dejándolo a cargo de Anne, y bajó hacia el interior del barco. Se la veía bastante relajada aunque, cuando los barcos aparecieron a simple vista, comenzó a acelerar su paso. Irelia no conocía mucho de navegación pero era predecible que aquella flota planeaba acorralarlos. Puesto que ninguna de las dos embarcaciones llevaba banderas, a diferencia de la suya, supo que estaba en lo correcto. Se apoyó contra uno de los mástiles principales, observando con atención el barco que se acercaba por estribor. Aún estaba demasiado lejos como para dilucidar cuánta tripulación tenía, pero un relámpago de alerta cruzó su mente cuando creyó ver que preparaban sus cañones.
Sin embargo, pronto escuchó que de su mismo barco se abrían las compuertas para que se asomaran sus propios cañones a ambos costados de la embarcación. Además, al asomarse por babor, supo que Miss Fortune había alertado a los remeros quienes ya estaban calentando sus brazos para prepararse.
"Irelia, ¿es la primera vez que participas en un combate?" preguntó un joven, no tendría más de veinte años, cuya atención se desvió a la aludida debido a un suspiro que ésta había exhalado.
"He combatido tantas veces que he perdido la cuenta" aclaró, mientras pasaba una de sus manos por su frente. "Pero es la primera vez que lo hago en el mar… es un escenario bastante desagradable, uno depende de armas de fuego y si el barco se hunde, todo está perdido."
"A mi me resulta muy divertido" repuso el muchacho, hinchando el pecho y mostrando una gran sonrisa a la par que apoyaba sus manos en una escopeta que descansaba en su cinturón. "De hecho, ya me sorprendía que no nos hubiéramos encontrado con alguien que pretendiera atacarnos o al cuál había que perseguir..."
Un fuerte estallido hizo temblar el cielo y el océano. El cuerpo de Irelia vibró con tal violencia y rapidez que sus músculos quedaron algo adoloridos, sin contar con sus oídos los cuales le latían con fuerza. Volteó a ver el barco que había estado contemplando antes, aquel que se acercaba por estribor, y supo que ellos habían disparado mas la trayectoria de la bala fue mal calculada e impactó en el mar. Inmediatamente le respondieron los cañones de la pelirroja capitana, quienes hicieron fuego a discreción.
Irelia observó ambas embarcaciones y se sorprendió al notar que, la que se encontraba a babor, se hallaba mucho más cerca. Tanto que podía observar cientos de hombres apelmazados en la cubierta, blandiendo espadas y pistolas mientras aullaban con fiereza, esperando aproximarse aún más para empezar a intercambiar balas.
"¡Prepárense!" exclamó Miss Fortune, tomando sus pistolas gemelas, mientras clavaba su mirada en esa embarcación que se acercaba. "¡Quiero el cadáver de Sycorax!" agregó, seguida por el vitoreo de sus marineros que corrían a las armas.
Irelia, mientras observaba cómo se aproximaba el barco por el babor y se refugiaba detrás del poste de las balas que habían empezado a intercambiarse, trató de pensar el por qué la capitana no ordenaba que disparasen los cañones de ese lado. Dedujo que era porque no había suficientes hombres encargados de la artillería pesada como para mantener a raya el otro barco y repeler al que se aproximaba.
Los piratas del otro barco, una vez que estuvieron a un palmo de distancia, lanzaron gruesos tablones de madera para hacer de puente entre las dos embarcaciones, empezando así un combate al borde del mar. Los hombres de ambas tripulaciones saltaban por los tablones y disparaban y lanzaban feroces estocadas, tratando de abrirse paso y obtener así el control de la flota.
La joven aún no comprendía esa forma de combate. No podía comprender que, siendo los piratas seres tan viles y crueles, se permitieran aquellas acciones sólo para poder dispararse los unos a los otros y luego, si sobrevivían, celebrar bebiendo un gran tonel de ron. Quizás luego de todos los años que había sufrido para echar a los invasores de Jonia había perdido el gusto del combate pero, ¿acaso eran tan idiotas?
Observó a Miss Fortune, quien permanecía detrás de una gran oleada de hombres que trataba de abrirse paso en los tablones, disparando con una increíble gracia. De hecho, pese a ignorar las ventajas de las armas de fuego, le sorprendía cómo sus balas rebotaban de enemigo en enemigo, acabando con dos pájaros de un tiro. Cualquiera creería que, con semejante As de las armas tendrían una victoria contundente, pero los otros piratas superaban en número y se estaban abriendo paso, haciendo retroceder a la tripulación e ingresando, poco a poco, al barco.
Un fuerte estruendo se oyó cerca de donde estaba Irelia debido a que una de las balas que disparaba el otro barco ubicado por estribor había impactado contra el extremo de la proa, desprendiendo pedazos de maderas y astillas que volaron en el aire. El daño había sido minúsculo mas fue suficiente como para desmoralizar a la tripulación de Miss Fortune, quienes siguieron retrocediendo de forma tal que ya habían sido abordados por los otros piratas. La joven estuvo a punto de correr hacia ellos y socorrerlos cuando una idea cruzó su mente: si quería triunfar en aquella reyerta debía hundir el barco que se encontraba disparando balas, no aquel que los estaba abordando. ¡Claro! Miss Fortune había optado por disparar hacia estribor con el fin de mantener ocupados a su tripulación… aunque eso era lo que el tal Sycorax quería, pero la capitana no tenía otra alternativa para contenerlos.
Ese tal Sycorax se encuentra a salvo en ese barco, disparando con los cañones. Concluyó la joven, mientras corría hacia la popa a toda velocidad, procurando pasar desapercibida de sus compañeros y de los invasores, quienes combatían con suma fiereza. Espero que resistan hasta que llegue… ¡Vamos!
Cuando llegó a la popa dio un gran salto y se lanzó de cabeza al mar. Su cuerpo apenas hizo ruido al caer sobre las olas; el estruendo de los metales entrechocando, las balas disparando y los cañones ahogaron cualquier otro sonido.
Irelia era una experta nadadora, su padre había procurado enseñarle las mejores técnicas para desplazarse con facilidad en el agua, sin embargo no había considerado que los cadáveres de las personas que habían combatido sobre los tablones de madera habían caído al mar, atrayendo un número considerable de gigantes tiburones blancos que surcaban las olas con rapidez, devorando todo lo que podían y nadando alrededor de los barcos, esperando que alguna otra presa cayera. A pesar de que la joven se desplazaba con mucha más velocidad que un humano normal, debido a la considerable fuerza que había adquirido, tres tiburones la descubrieron y la persiguieron, rodeándola con rapidez. Pero cuando Irelia creyó que tendría que matarlos, éstos viraron y volvieron a los dos barcos que estaban combatiendo.
¿Qué fue eso? Se preguntó, mientras continuaba nadando hacia el barco. ¿Por qué se retiraron antes de que los dañara? Entiendo que ellos perciben el olor a sangre y yo no estaba her-… ¿O acaso olieron mi aroma, ese mismo aroma a sangre que aclaró Tahm Kench que provenía de mi? ¿Acaso eso los ha espantado?
Decidió analizar ese asunto más tarde puesto que ahora venía la parte más difícil: aproximarse al barco sin ser vista y sin ser alcanzada por una bala de cañón. Confiaba en su capacidad de regeneración, demasiadas pruebas tenía de ella, pero no estaba de humor como para sentir el dolor que sufre una persona al ser impactada por semejante mole de metal a tan alta velocidad. Además se desmembraría todo el cuerpo y tardaría su tiempo en reconstruirse por completo.
Procuró avanzar en diagonal, en el mismo sentido que golpeaban las olas. Gracias a su fuerza y a su gran técnica, logró atravesar varios metros de distancia en pocos segundos aunque no pudo evitar ser localizada por los piratas de aquel barco. Pronto se alzó un griterío de voces y varios cañones desviaron su trayectoria y trataron de alcanzarla mas ya había alcanzado la escalera lateral de su babor y había comenzado a subir.
Cada paso le costaba puesto que su gran sobretodo bordó estaba empapado y se envolvía alrededor de las hojas metálicas, obstaculizando sus movimientos. Aun así Irelia seguía subiendo, escalón tras escalón, ignorando los insultos que se oían de arriba y las balas de pistola que varios le dirigían. Justo cuando estaba a punto de llegar al final, una le alcanzó el antebrazo derecho y otra le perforó el pecho, atravesando de par en par uno de sus pulmones.
Cayó sobre la cubierta, regando los maderos con su oscura y espesa sangre, mientras sentía cómo su presión iba bajando a una increíble velocidad. Sus oídos habían dejado de captar el sonido exterior y sus ojos se nublaron con rapidez haciendo que pierda por completo la noción de tiempo y lugar.
El daño fue tal que su cuerpo no había llegado a asimilar el dolor por completo antes de comenzar a regenerarse. Tardó varios segundos en volver en sí y, cuando los hizo, ya estaba completamente repuesta… claro, tirada en el medio de la cubierta rodeada por varios piratas cuyas manos iban y venían en sus ropas, tratando de extraer dinero o de tocar sus pronunciadas curvas.
Aquellos hombres ni siquiera pudieron entender qué ocurría cuando fueron brutalmente atravesados por las hojas metálicas. El sobretodo bordó terminó despedazado ante la directiva mental de Irelia de asesinar a todos aquellos despreciables que se habían atrevido a tocarla. Escuchó sus agudos chillidos de dolor y fue bañada por la sangre que salía a borbotones de sus cuerpos… y deseó más. Deseó que todos los repulsivos e idiotas piratas de aquel barco sufrieran su implacable ira. Deseó más sangre, deseó más gritos. Deseó mucho más.
Se puso de pie y caminó entre los cadáveres, con las hojas metálicas bailando a su alrededor y chorreando gruesas gotas de aquel plasma rojo. Contempló a los hombres que quedaban y se decepcionó al notar que eran muy pocos, probablemente porque la gran mayoría se encontraban en el otro barco, peleando con su propia tripulación. Aquellos piratas retrocedieron con muecas de pánico grabadas en el rostro, espantados por aquel sanguinario ángel que avanzaba desde la muerte hasta ellos para acabarlos. Varios volvieron a intentar dispararle mas las hojas repelían cualquier bala y atravesaban cualquier cuerpo que tuvieran en frente. Por más que se resistieran, por más que suplicaran, por más que se escondieran ella los encontraba y los despedazaba. Su deseo de sangre, su justa ira hervía sus venas y no se saciaría hasta haber destruido aquella flota.
Apenas reparó en el capitán de la embarcación cuando éste salió corriendo hacia la popa y saltó al mar. Irelia, luego de haber acabado con cuanto hombre se encontrara en la cubierta, ignoró su existencia y descendió a la sala de artillería pesada. Ahí acabo con los piratas que quedaban, los cuales seguían disparando los cañones, y luego se dirigió a la bodega, donde dibujó todo un camino de pólvora hasta los toneles de aquel mismo polvo explosivo y los de licor. Luego encendió una pequeña mecha y se alejó mientras ésta recorría todo el camino devorando la pólvora. Consideró que con aquello sería más que suficiente.
Volvió a la cubierta del barco y, esta vez desde el babor, se lanzó otra vez al mar.
Sycorax había luchado desesperadamente por alejarse de aquella embarcación y de aquella maldita mujer, mas nadaba en contra de las olas y, por lo tanto, braceaba en vano, perdiendo más trecho del que ganaba. La joven tardo pocos minutos en alcanzarlo, desplazándose con tranquilidad, segura de que tarde o temprano acabaría con ese hombre.
Sin embargo, cuando estaba a un palmo de llegar hasta él, se escuchó un fuerte griterío que creyó distinguir que provenía de su barco y que respondía a su nombre. Miró hacia dónde provenía y observó a Miss Fortune de pie sobre la baranda del barco, con su hermosa melena pelirroja al viento y un enorme arpón metálico en su brazo derecho. Calculando la trayectoria, lanzó aquella imponente arma al mar, atravesando de par en par a Sycorax.
Irelia se detuvo entre las olas, observando cómo el arpón ingresaba al pecho del pirata y cómo dejó escapar un desgarrador grito de sus labios… un grito que echó un balde de agua fría a su ira y detuvo su implacable sed de sangre. Ladeó su cabeza, confundida, y continuó nadando hasta su barco, ignorando a los tiburones que devoraban restos de cadáveres o que se aproximaban a ella para luego alejarse con rapidez.
Del extremo del arpón se hallaba atada una extensa soga, así que luego de atravesar en dos a Sycorax, los marineros empezaron a jalar de aquella cuerda con toda la fuerza y velocidad que pudieron. No podían permitir que los tiburones devorasen su cuerpo y así perder la prueba fehaciente que les daría la recompensa por su muerte.
La joven trepó por la escalera lateral del barco y, cuando llegó a cubierta, fue recibida por cientos de marineros que vitoreaban a Miss Fortune. Habían logrado repeler a la otra tripulación y, cuando vieron que el otro barco había dejado de disparar y su capitán se había lanzado al mar, perdieron confianza y pronto fueron sosegados. Lograron obtener el control de su embarcación y tomar como prisioneros a los sobrevivientes.
"Irelia, ¿dónde estabas?" preguntó Anne, jadeando y con un brazo ensangrentado que estaba vendándose con un pedazo de tela. "Hubieras sido de mucha ayuda aquí, ¿qué diablos estabas haciendo?"
La joven abrió la boca para responder pero se vio interrumpida por el sorprendente estruendo que produjo el barco de Sycorax al estallar. Todos se viraron y contemplaron los restos de la embarcación en llamas y cómo se aproximaban los tiburones, ajenos al fuego, a buscar el origen de aquel reguero de sangre.
Todos voltearon a ver a Irelia anonadados. Ella sólo sonrió, confiando en que no tendría que explicarse.
La tripulación estalló en más griterío y algarabía. Varios hombres cruzaron al otro barco de Sycorax y trajeron toneles de alcohol para celebrar aquella victoria y brindar por la joven y por su capitana. Irelia inspiró aire con fuerza mientras trataba de asimilar todo lo que había ocurrido… aquellos tiburones que huían de ella y ese inhumano deseo de asesinar habían turbado su conciencia. Se había prometido que meditaría en ello, aunque prefirió hundir su mente en un grueso tarro de hidromiel. Demasiadas cosas había sufrido como para tener que enfrentarse una vez más a sus pensamientos.
"Miss Fortune, ¿cómo diablos?" preguntó Anne, sin ocultar su sorpresa y su ofuscación. Estaba gritando, mas el alboroto de afuera de piratas cantando y bebiendo ocultaba su conversación.
Se encontraban en la sala de comando, el lugar donde la capitana pasaba gran parte del tiempo cuando no estaba afuera manejando el barco o gritando directivas junto con la contramaestre. Era un lugar pequeño, sólo constaba de una gran mesa atiborrada de mapas escritos y reescritos de coordenadas y anotaciones, un gran telescopio y otros instrumentos de navegación. La pelirroja se sentó en un gran sillón de cuero marrón, algo desvencijado por los años y se quitó el gran sombrero, apoyándolo sobre la mesa.
"Anne, mis sospechas son más que ciertas" murmuró, juntando los dedos de sus manos. "Aquella mujer es la misma que había repelido a las fuerzas de Noxus y Zaun de Jonia: fue quien acabó, sola, con la vida de miles de soldados y logró recuperar la confianza a su ejército. Al principio creí que sólo era una ex combatiente, pero al ver cómo destruyó un barco ella sola y ese arma… ese extraña arma que nacía de su espalda. Estoy segura que estoy en lo correcto."
"Sarah, ¿tienes alguna idea de todo lo que podríamos hacer con esa mujer de nuestro lado? Por fin podrías limpiar Aguasturbias" fantaseó la morocha, permitiéndose sonreír. Tomó asiento enfrente de la capitana.
"Ni siquiera pienses en eso" le cortó la aludida, mirándola con intensidad. "Si aquella mujer se entera de que contribuí con Noxus para la invasión a su isla, destruirá este barco de la misma forma que lo hizo con el de Sycorax" repuso, desviando sus ojos a una esquina del salón. "Quizás alguno de los marineros se lo comenta al azar, ¡quién sabe! Lo que sí sé es que debemos quitárnosla de encima lo antes posible… ¿quiere ir al continente? Pues la llevaré, después de todo ese es nuestro trato."
"Quizás… si… no, olvídalo" concluyó, aunque cedió ante la mirada inquisitiva de la pelirroja. "No es que nos incumba, Sarah, pero ¿qué sabemos si estamos dejando un terrible mal en el mundo? No puedo dejar de pensar que quizás lo descubra en tierra y vuelva a matarnos."
Miss Fortune rebuscó entre los cientos de papeles que tenía encima de la mesa hasta encontrar un frasquito de tinta con una gran pluma negra, de algún ave desconocida, que utilizaba para escribir.
"He pensado en ello" contestó. "Nosotros no tenemos la razón, puesto que no se ha pedido recompensa por su cabeza, y menos el poder como para capturarla o matarla… por lo tanto, le dejaré todo el trabajo a las grandes naciones. Quizás se dirija a Noxus, quizás a Demacia, pero si atraviesa el continente terminará yendo a alguna de las dos." Tomó un fajo de papeles y los agitó en el aire. "Me encargaré de alertar a los guardianes de dichas ciudades. Confío en que ellos tendrán el poder como para acabarla. Es una trampa sutil, de estafador, pero es lo poco que puedo hacer. Con bestias como ella, más vale estar lo más lejos posible antes de que decida asesinar a cuanta persona se cruce."
