La oscura habitación a la que la pequeña representante del sur había sido llevada tan sólo tenía una ventana situada en lo alto de una pared; único sitio por donde entraba la luz de la luna que daba en su persona como si de un foco en medio de un escenario se tratara.

Después de haber sido sacada a la fuerza de su hogar; secuestrada por la nación por la que en algún momento llegó a sentir simpatía, se había visto obligada a permanecer en los aposentos que el representante chino había dispuesto para ella, rememorando con angustia los últimos acontecimientos de ese día.

.

La armada del Imperio Chino era increíblemente fuerte. A pesar de que el ejército de su Reino no se quedaba atrás, su enemigo contaba con mejores estrategias, por lo que no tardaron en tomar ventaja de la todavía inexperta NamVièt, y en poco tiempo derrotar a la mayoría de su gente.

Pero aún quedaba lo más importante: Llevarse a la representante del Reino del Sur consigo.

Para el atardecer, China en compañía de sus generales, con quienes lideraba las tropas Han, se dirigieron a la fortaleza donde se hallaba resguardada la infante. Los guardias que protegían aquella imponente edificación hicieron uso de todas sus fuerzas para impedir el paso del ejército invasor, liberando así una dura batalla a sus puertas. No obstante la nación del sur era superada en número, así, poco a poco los soldados de ésta fueron cayendo y de esa forma los soldados chinos pudieron perpetrar a la fortaleza.

Adentro, también habían guardias del NamViét, preparados para luchar hasta la muerte con tal de defender a su representante.

Yao se abrió paso entre ellos como pudo, tratando de no causar heridas fatales en sus adversarios. No le gustaban las muertes inútiles, pero no podía responder por el resto de sus hombres. Su único deseo era llevarse a la pequeña cuanto ante sin ocasionar muchas bajas.

La representante del Sur, en tanto, oía los gritos desgarradores de sus guardias retumbando en los muros. Era una tortura estar ahí; en lo más alto de la torre mientras abajo se llevaba a cabo una dura contienda al tiempo que los suyos morían en la lucha. Sin poder soportarlo más, se dirigió a la salida del cuarto para bajar y ayudar como fuera, pero justo entonces la milenaria nación se presentó en el lugar, dejándola petrificada. Yao también había quedado paralizado, mirando a la niña con expresión de desconcierto.

Viét… —murmuró el mayor, tratando de acercársele con cautela.

Fueron un par de pasos tambaleantes hacia ella hasta que pudo tenerla lo suficientemente cerca como para estirar uno de sus brazos y rodearla con él.

No se resistió.

No pudo hacerlo.

Estaba tan conmocionada que casi no podía moverse. Por su parte el chino la estrechó contra su pecho al tiempo que bajaba las escalas para salir con la pequeña en brazos.

Yao se mantenía serio, tratando por todos los medios de no detenerse a mirar el rostro perturbado de la menor, y sólo concentrarse en salir de ahí sin reparar en los cuerpos que se amontonaban a medida que avanzaba.

Ya afuera, los soldados de ambos bandos voltearon a ver, estupefactos, a la milenaria nación De inmediato, las reacciones de los pocos soldados del Nam Vièt que quedaban en pie, no tardaron en presentar de forma estrepitosa.

¡phụ nữ Vièt! ¡Se lleva a nuestro Reino! —gritó uno de ellos, lanzándose en el acto a atacar al mayor.

China se disponía a defenderse, pero justo en ese momento uno de sus hombres lo atravesó con su espada, matándole al instante.

Aquello bastó para romper el hasta entonces rostro pasivo de la más joven.

La representante del sur, que hasta ese entonces permanecía inmóvil, empezó a revolcarse y a poner resistencia en los brazos del mayor. Su rostro denotaba desesperación y un fuerte shock, incrementándose por las gotas de sangre que habían salpicado en sus mejillas.

Vièt, tranquila, aru. Debes venir conmigo

Pese a las advertencias del país milenario, los guaridas del Reino del Sur se aventaron en contra suya, ocasionando que los soldados Han (que eran muchos más) repitieran la misma acción que el primero de sus compañeros, acabando con todos ellos.

¡Basta, aru! Ya tengo lo que he venido a buscar ¡No hay necesidad de derramar más sangre!

¡không! ¡ không*! —gritaba desesperada la representante del Reino, estirando sus brazos por sobre los hombros del chino mientras veía con horror los cadáveres esparcidos por el suelo.

Al poco rato, China se encontraba subiendo a su caballo a la infante mientras que él hacía lo mismo para volver a casa. Partieron casi enseguida, dejando atrás un panorama de destrucción y muerte. No pasó mucho para que empezara a incendiarse la capital del Reino, reflejándose en los ojos vacíos de la vietnamita.

NamVièt había vuelto a quedar paralizada. El agotamiento también había acabado por rendirla. En tanto los colores del sol parecían cada vez más difuminarse en un intenso color rojizo, terminando por ser cubiertos por el manto de la noche.

.

Terminado aquel amargo recuerdo, NamViét volvió la mirada hacia la luna, la cual empezaba a ser cubierta por las nubes que a su vez impedían que el flujo de la luz llegara hasta ella. Fue entonces que la joven nación comprendió que ese era el indicio de lo que sería una larga noche para ella y su pueblo.


Capítulo VI: Largo Eclipse

Parte I


.:Años 111AC 40 Primera Dominación china sobre Vietnam.:


A los pocos días después de la exitosa conquista del Reino del Sur, Yao por fin tomó valor para ir la habitación de la representante de éste último. El chino habría preferido que las cosas se calmaran un poco antes de dirigirse a la pequeña de nuevo. Después de todo era de esperar que luego de ser sacada de su hogar no estuviera con el mejor humor. China se covencía a sí mismo que lo había hecho por su bien, que estando a su lado para educarla (como siempre quiso) haría que ella se covirtiera en una nación gloriosa. No obstante, se sentía culpable, porque ahora debía de estar sufriendo mucho. La noche que la trajo al palacio imperial y la encerró en una de las habitaciones —aunque él había estado en desacuerdo no le quedó más que acatar las órdenes de sus superiores— permaneció varias horas apoyado contra la puerta, lamentando no poder hacer algo para que Vièt se sintiera mejor. Además... ¿Qué podría decirle? ¿Bastaría con diculparse y que entendiera que ninguna de sus acciones eran con el fin de lastimarla?

De cualquier manera, su monarca y la corte real lo estaban presionando para que empezara a reformar al Reino del Sur cuanto antes. Había mucho por hacer sobre las nuevas reformas que el imperio Han establecería sobre la nación más joven a fin de ser gobernada de forma más apropiada. Pese a lo en contra que estaba el país milenario de ir tan rápido y preferir que Vièt se fuera adaptando de a poco, no tuvo otra opción que ir donde ella primero y explicarle cual era su situación actual.

Asomándose levemente a la puerta del cuarto, Yao contempló a la niña, quien parecía no haberse movido de su sitio desde que la trajo ahí. ésta seguía sentada de rodillas en el piso, con la mirada hacia lo alto, viendo en dirección a la ventana como si se aferrara a cualquier vestigio de libertad. La imagen destrozó el corazón del chino. Por ningún motivo quería que ella se sintiera prisionera. Estaba dispuesto a todo para que se sintiera mucho mejor en su hogar. Aquí tendría más oportunidad de desarrollarse y crecer como nación. Por lo tanto, tomando una postura suave y comprensiva, le preguntó:

—Vièt... ¿Podemos hablar un minuto, aru?

La mencionada no contestó, ni siquiera dio indicios de querer hacerlo. Frustrado, China lanzó un pesado suspiro antes de hacer otro intento.

—Vièt, por favor... Necesito que entiendas —habló de nuevo el mayor con más convicción en su voz y acercándose a la pequeña hasta estar al lado de ella y así agacharse a su altura—. Tenía que sacarte de ahí antes de que te destruyeras. Tu gente no está calificada para cuidarte como yo, aru.

La más joven continuó sin inmutarse. Era como si cada palabra que saliera de boca del chino cayera en el vacío.

—Vièt... Sólo te pido una oportunidad para que estés bajo mi protección —insistió el milenario representante de Asia, comenzando a impacientarse—. Verás que con el tiempo aprenderás a aceptar mis costumbres y te ayudarán a sobresalir mucho más que de continuar tú sola en esa tierra hóstil e inhóspita que era tu hogar, aru.

De inmediato, Yao notó su error tan pronto terminó de acabar la última frase. En el preciso instante que se disponía a retractarse y a tratar de rectificar lo que había dicho, notó como la pequeña subía su mirada, viéndolo con unos ojos tan cargados de furia que lograron estremecerlo. El rostro de NamVièt luciría casi igual de pasivo que siempre de no ser porque sus dorados irises centellaban molestos y se clavaban en las orbes oscuras del chino como agujas.

Extrañamente, luego de una pausa, Vièt se puso de pie y miró a Yao con más calma. éste en cambio tardó en reaccionar y levantarse. Era consciente que no había sido un muy buen inicio a su más reciente relación y que empezar a transmitirle sus enseñanzas no sería tarea fácil.

.

No sin dificultades, China logró persuadir a la infante para que ésta saliera junto con él y así diera comienzo a su nueva vida bajo su tutela. Pensó que lo mejor era dar una vuelta por sus ex territorios antes de comenzar cualquier lección.

Gran error.

Tras unas cuantas horas de viaje, el representante chino junto a la joven nación del sur llegaron al pasado territorio vietnamita. Aún podían verse los escombros de las villas que habían sido destruidas por el ejército Han: Los pastos cubiertos por hollín, casas a medio derrumbar y muchas familias abrazándose angustiadas mientras veían las tropas del imperio chino marchar cerca.

Vièt contemplaba el panorama con los ojos vacíos. Sentía la angustia, el temor, la confusión y la indignación de su gente palpar dentro de ella. Sin embargo no podía hacer nada. Aún era pequeña y débil, por lo que tratar de revelarse contra sus opresores sólo traería graves consecuencias para su pueblo.

Yao por su parte se encontraba bastante nervioso. No era esa la vista que tenía pensado mostrarle a la pequeña una vez fueran a su antiguo hogar. Quería mostrarle las nuevas mejoras que implementarían en el territorio, como las granjas de cultivo que ahora los chinos empezaban a ocupar y a trabajar en ellas(1).

Afortunadamente para el representante milenario, Vièt salió de su trance, con el que parecía haber quedado sobre las villas, y dirigió su mirada hacia las granjas de cultivo, las cuales estaban un poco más allá y podían verse perfectamente desde la colina en que ambos estaban.

No se veía ninguna reacción en el rostro de la pequeña. Seguía impasible y quieta mientras la brisa soplaba como si ya nada pudiera afectarla. China, vio esto como una buena señal, quizás no le desagradaba del todo la idea, pensó.

—No tienes que preocuparte, aru. Dejaremos esas granjas mejor de lo que estaban antes —dijo el mayor, sonriendo lo más natural y optimista posible...

Aunque no dio resultado.

A pesar de todas las intervenciones del chino para iniciar una conversación, Viét no volvió a dirigirle la palabra. El camino de regreso al palacio fue más tenso y silencioso de lo que Yao esperó en un comienzo. Ahora su situación con la nación del sur era peor de cuando la Emperatriz consorte Lu Zhi rompió sus tratados. En ese entonces era más un conflicto entre sus monarcas que entre ellos mismos, por lo tanto no pasó a mayores y luego pudieron restablecer sus conexiones sin grandes problemas. Pero en la actualidad, tras la invasión y posterior conquista del Reino del Sur, existía una barrera invisible que había hecho retroceder todo lo que el chino había conseguido, y aún más: cambiar toda la buena impresión y perspectiva que tenía la pequeña sobre su persona. Ya no era un extraño. Había pasado a ser un opresor, un invasor... Un tirano.

Tendría que trabajar mucho más duro si quería cambiar eso.

.

China no quiso forzar más a la pequeña por hoy. Supuso que habían sido demasiadas emociones por un día visitar su antiguo hogar, así que tan pronto llegaron al palacio imperial al caer la noche, dejó que fuera a su cuarto a descansar. Postergaría las clases de reeducación hasta mañana por mucho que le criticaran sus jefes por ello. Quería dejar descansar a su protegida e iría a prepararle una buena comida antes de dormir. Ahora que la tenía bajo su cuidado, era la perfecta ocasión para mostrarle cuan deliciosa era su gastronomía.

Con la esperanza de que mañana mejoraría el panorama para los dos, Yao se esforzó en hacer una sabrosa cena antes de ir a la cama también.

Pero Vièt apenas sí pudo probar bocado.

.

Tan pronto el sol se asomó por las montañas, Yao se presentó en la habitación de la nación más joven, llevando su mejor ánimo, a pesar de su frustrado primer intento por hacer las paces con ella durante el día de ayer, para dar inicio con las clases de escritura. China esperaba que al menos probara el delicioso desayuno que le había preparado desde muy temprano, casi de madrugada, a fin de que con ello estuviera más susceptible a abrirse con él y recibir sus enseñanzas.

Sin dejar pasar otro minuto de espera, la milenaria nación dio unos cuantos golpecitos en la puerta mientras que con su otro brazo equilibraba la bandeja que contenía los suculentos platillos, hechos especialmente para el Reino del Sur.

—Vièt, soy yo, aru. Te traje tu desayuno, voy a pasar.

Al instante de abrir la puerta, Yao contempló la misma escena que el día anterior: La niña sentada de rodillas en el piso, viendo de forma fija hacia la ventana como si no existiera nada más a su alrededor.

Consternado por verla de nuevo así, al chino estuvo a punto de cáersele la bandeja de las manos, pero recobró la compostura para depositar ésta sobre una mesilla y dirigirse tranquilo a NamVièt.

—Buenos días. Espero tengas hambre, aru, porque esta es una de las mejores cosas que he preparado —declaró el mayor con aire de orgullo, aunque su sonrisa no le salió tan natural como le hubiera gustado.

No hubo respuesta ni movimiento. Pese a que China se había acostumbrado a ese silencio y quietud, no pudo evitar sentirse tremendamente decepcionado y... molesto. Muy molesto. No obstante no quiso perder la buena disposición que tenía ese día para tratar de causar alguna reacción en la pequeña que resultara positiva.

—¿Por qué no comes algo, aru? Estoy seguro que te gustará —dijo de mejor ánimo, aunque su entrecejo empezaba a fruncirse y su voz a sonar un poco más tensa.

La infante hizo un gesto como de querer voltearse, pero no lo concretó, lo que acabó con la paciencia del país milenario, quien dio un golpe con la palma de su mano sobre la mesilla, haciendo sonar un ruido metálico causado por las tazas y platos de cerámica.

—¡Bien! ¡No comas si no quieres, aru! ¡Pero hoy comienzan tus clases y deberás aceptar lo que te enseñe quieras o no!

Esta vez, la aludida si se volvió a mirar al chino por completo. A pesar de que su rolstro continuaba sin dar muestra de emoción, se puso de pie y salió lo más tranquila de la habitación. Por su lado, China, había quedado atónito, tanto por perder el control como por la pasividad con que se mantenía la pequeña pese a todo.

Sin embargo, tenía que cumplir con su deber, así que secundó a la más joven, saliendo del cuarto, para llevarla a donde comenzaría su proceso de reeducación china.

.

La primera clase para el Reino del Sur no marchó muy bien.

Por un par de horas, Yao creyó que Vièt empezaba a gustarle y a adaptarse a la nueva escritura que se le estaba imponiendo, pero al cabo de un momento, la pequeña perdió la compostura y arrojó todos los papeles y pergaminos al piso que estaban sobre la mesa para luego salir corriendo de la sala, ya agobiada de toda la sinización(2)

Yao dejó escapar un suspiro al tiempo que se llevaba una mano a la frente. Sabia que le tomaría tiempo, quizás demasiado, pero no pensaba en darse por vencido. Tendría que esforzarse en lograr que la niña se acostumbrara a estar en su casa, de lo contrario... la convivencia sería desastrosa.

.

Y el tiempo fue pasando. Día tras día se repetía la misma escena: La pequeña amaneciéndose mientras miraba la ventana de su habitación y Yao tratando de inculcarle su cultura.

Vièt ya tenía la apariencia de una niña de once años, pero seguía igual de callada. Su mutismo angustiaba y frustraba al chino, quien sólo podía mantenerse al margen y cumplir con las órdenes de sus superiores, lamentando que aquellos años donde comenzaba a conocer y a entenderse con Nam Vièt no volverían a ser los mismos.


.:Año 39 Rebelión Hermanas Trung:.


A pesar de que la relación entre Yao y la joven Vièt se volvía cada vez más distante e impersonal Ambos se limitaban a sus funciones; uno a enseñarle su cultura y la otra a acatar las lecciones por mucho que las odiara los dos se habían acostumbrado a la presencia del otro. O mejor dicho: Resignados a permanecer así. China ya no se molestaba en intentar agradar al Reino del Sur. Aunque de vez en cuando deseaba mimarla, el comportamiento frío y distante de ésta lo hacía imposible, por lo tanto mantenía las cosas tal y como estaban.

Sin embargo, durante el último tiempo, los jefes del chino lo habían instigado a ser más exigente con la muchacha(3), puesto que ya había crecido un poco y estaba en condiciones de ser una trabajadora más productiva para el imperio. El representante milenario no había tenido más opción que hacerlo y forzar a Vièt a efectuar trabajos más laboriosos en los campos y a su gente a pagar impuestos más altos a la dinastía.

Todo parecía indicar que el Reino del Sur estaría mucho tiempo bajo dominio chino, sirviendo a la dinastía Han...

...O quizás no.

Un día, Vièt escuchó hablar de dos valientes hermanas que tenían planes de liberarla y recuperar los territorios que China le había quitado. No quería hacerse falsas ilusiones, sobretodo después de más de cien años viviendo bajo las órdenes del imperio chino. Aún así... había algo especial en esas hermanas. Algo que le hacía volver a tener fe.

Las había conocido una tarde, tratando de escabullirse de la vista de Yao, quien por fortuna la dejó sola un par de minutos en un jardín; tiempo suficiente para tener la oportunidad de las hermanas Trung de salir de en medio de unos arbustos e intercambiar con ella unas cuantas palabras.

—Usted no se preocupe, phu Nam Vièt —le había dicho la mayor de ellas—. Tenemos todo en marcha. Será cuestión de tiempo para que podamos sacarla de aquí y que vuelva a vivir con nosotros.

Vièt siempre recordaría las caras de las hermanas Trung en ese momento; llenas de esperanza y luz. Dispuestas a morir por ella si fuese necesario.

Desde ese día, la joven nación volvió a tener una chispa de esperanza, la cual se empezó a difundir entre su pueblo y trajo consigo la perspectiva de un mañana mucho mejor para ella y su gente.

.

Y el tan esperado día llegó.

Dos fuertes y valientes hermanas empezaron a tomar las ciudadelas, pertenecientes a su Reino y a expulsar a los chinos, montadas majestuosamente en dos elefantes de guerra mientras eran secundadas por un ejército de hombres y mujeres guerreros que tenían la misma disposición por liberar a NamVièt de la tiranía de los Han.

La noticia había corrido con bastante fuerza y repercusión, sin embargo, el gobierno Han había reaccionado con lentitud a los hechos. Ese mismo día, Yao, abrumado por la situación que se vivía en el sur de sus tierras, trató de acudir al hogar de su jefe para tratar de solucionar el problema.

Sólo habría sido cosas de dos minutos de apartar la vista de Vièt, pero una vez la volvió, ésta ya había desaparecido.

No había duda que había huido con los suyos. Con todas las tropas Han desorganizadas, sabía que a la muchacha no le sería difícil llegar a la frontera y ser protegida por su gente.

—¡Yao! ¡¿Qué demonios estabas haciendo?! ¡Era tu responsabilidad vigilar a esa mocosa! —le recriminaba su monarca tan pronto había llegado al palacio.

China estaba tan consternado como el resto de la Corte Imperial. No obstante, tenía sus dudas. Sentía que había descuidado a Vièt a propósito, que no quería continuar con ella en esa misma situación, de verla a ella odiándole todo el tiempo sin importar que hiciera. Y aún así... Aún así no estaba listo para dejarla ir.

Dos años después cuando el emperador Guangwu dio la orden de reorganizar un ejército y partir al Namyuè, China recuperó sus ánimos, los cuales habían permanecido en letargo desde la ausencia de la más joven. Ansiaba tanto verla. A pesar de que no se llevaran bien y que ella lo odiara.

Podía ser que fuera un iluso, pero estaba dispuesto a intentarlo de nuevo.


.:Años 40 43 Reinado Hermanas Trung.:


Los tres años de reinado de las hermanas Trung fueron un grato respiro para la joven Reino del Sur tras haber permanecido bajo la tutela de China por más de cien años. En parte se había acostumbrado a tenerlo cerca, aunque eso no quería decir que le agradara. Lo más importante para ella siempre había sido recuperar su autonomía, crecer en su hogar, entre su gente y prosperar con ellos.

Y por fin estaba donde debía estar.

Tristemente sólo duró tres años.

Sin previo aviso, una gran flota comandado por el general chino Ma Yuan, se movilizó por el río Delta Rojo(4), desembarcando en sus tierras para luego comenzar el ataque(5)

Todos los soldados de la rebelión se prepararon para la contienda. Las hermanas Trung también, pero antes dejando a la representante de su Reino en un lugar seguro. Vièt quería luchar junto a ellas, con el resto de su geste, pero ambas le habían dicho que ya llegaría el momento que tendría que luchar por su pueblo. Todavía no era la hora.

Vièt aceptó de mala gana, sin embargo sería la última vez que dejaría que la protegieran. De haber una próxima vez tomaría las armas y sería la primera en encabezar la lucha contra cualquier invasor.

Al mes siguiente, las hermanas Trung entraron de forma precipitada en la fortaleza aislada donde permanecía la representante de su Reino, acompañada por unos cuantos guardias que la cuidaban, mostrándose agitadas y algo malheridas por la batalla.

Vièt se preocupó y se acercó a ellas, pero antes de poder preguntarle qué había pasado, la sacaron del lugar llevándosela en brazos ante la mirada atónita de ésta.

—No tenemos tiempo que perder, phu Nam Vièt! ¡Se dirigen hacia acá! —exclamó la menor de ellas; Trung Nhi, sin dejar de correr junto a su consanguínea.

Entonces la más joven comprendió que el ejército Han estaba ganando terreno, y probablemente no tardarían en tomar las ciudadelas que habían recuperado, y por consecuente, ella volvería a estar bajo dominio chino, viviendo en casa de Yao.

Pero... ¿Qué pretendían hacer ahora las hermanas Trung? Como nación ella no tenía ninguna oportunidad de huir.

La respuesta vino a los minutos después de que ambas hermanas se detuvieron en lo alto de un acantilado y dejaran a la menor de lado para acercarse más al borde.

Un presentimiento terrible azotó la mente del joven Reino del Sur.

—Perdónenos, phu NamVièt... Le hemos fallado —dijo tristemente Trung Nhi, cerrando sus ojos.

La consternación en la cara de la muchacha se incrementaba hasta formar una expresión de horror y negación. Tan pronto quiso acercarse a ambas, la mayor le cerró el paso al tiempo que le sonreía con ternura.

—Phu NamVièt, recuerde siempre esto... —intervino Trung Trac, tomando de manera cálida ambas manos de la más joven y agachándose hasta estar a su altura—. Vendrán muchos desafíos tanto o más duros que esto, pero no debe darse por vencida. Un día usted se convertirá en una nación de admirar, estamos seguras de eso.

Dicho esto, dieron una última y sincera sonrisa a la joven, de ésas que dan a ver que todo estará bien. Las lágrimas en los ojos de Viét no tardaron en salir como torrentes al tiempo que intentaba alzar su aún corto brazo hacia el vacío.

Después de unos minutos, que a la pequeña le parecieron eternos, o parecía incluso haber perdido la noción del tiempo y espacio, la joven Reino del Sur cayó de rodillas sobre el suelo rocoso mientras sus lágrimas no dejaban de fluir y empapar la tierra. Las hermanas Trung ya no se encontraban sobre el acantilado. Ambas se habían lanzado al río(6), dejando atrás sólo el sonido de la corriente.

—¿Vièt? —preguntó una voz familiar en tono indeciso y dudoso que provenía detrás de ella.

No había necesidad de siquiera que Vièt volteara. Ella sabía muy bien que se trataba de Yao Wang, que había venido a buscarla.

Por un momento también sintió la necesidad de tirarse al río, secundando así a las hermanas que lucharon tanto por ella. Pero eso sería deshonrar y menospreciar el sacrificio que habían hecho. No pensaba en poner resistencia. La victoria del representante chino era clara, por lo tanto sólo le quedaba soportar y hacerse fuerte hasta que llegara el día en que pudiera recobrar su libertad.

—Trung Quốc!(**) —gritó la muchacha, alzando la voz como nunca antes, provocando un enorme pasmo en el chino, quien quedó paralizado, mirándola : ¡Nunca te perdonaré esto! ¡Así sea en cien o mil años conseguiré mi libertad y te haré pagar por todo lo que has hecho!

Yao tenía los ojos tan abiertos que parecía que se le quedarían así. La mirada llena de furia de Vièt daba a entender la furia, tristeza, dolor y determinación que centellaban en sus ojos.

Ya no había vuelto atrás.

El chino comprendió que a partir de ese momento, la convivencia con la joven nación sería mucho más difícil, y que sus posibilidades de reconciliarse con esta serian cada vez más lejanas.


(*) No en vietnamita.

(1) Los señores Han ocuparon grandes extensiones de tierra de cultivo y las transformaron en granjas de estilo chino y se trajeron campesinos chinos para trabajar en éstas.

(2) La administración extranjera sobre el Nam Vièt no fue sencilla. Se produjeron frecuentes levantamientos y resistencias ante la sinización.

(3) Durante el primer siglo, NamVièt fue gobernado con indulgencia, pero los últimos cuarenta años los Han intensificaron sus esfuerzos por asimilar nuevos territorios, aumentar los impuestos e instruir nuevas reformas para convertir al Reino en una sociedad patriarcal más susceptible a la autoridad política china.

(4) El río Delta Rojo es una provincia que se encuentra en el norte de Vietnam. En ese tiempo era un condado que aún estaba bajo dominio chino.

(5) Luego de comandar la flota, se estima que llegaron a principios del año 43. Y mla rebelión fue aplastada en abril o mayo de ese año.

(6) Existen diferentes versiones a cómo murieron las hermanas Trung. Algunos relatos chinos dicen que fueron capturadas y ejecutadas. Las fuentes vietnamitas que se suicidaron arrojándose al río o que murieron en batalla. Dejé la del río porque tiene un sentido más legendario para la historia de Vietnam. Las hermanas Trung son un símbolo a la libertad y la primera resistencia vietnamita, demostrando la fuerza de la mujer vietnamita (en un dato de Hiramuya dijo haber creado a Vietnam basándose en la historia de las mujeres de ese país :3)

(**) China en vietnamita.


Notas Finales: ¿Hola? Eh... No sé qué decir n_n Mucho tiempo de posponer las actualizaciones me ha dejado sin inspiración para las notas de autora xD Espero que todavía alguien lea esto pese a lo poco constante que he sido u_u jejej Bueno, bueno, la verdad este capítulo estaba dividido en dos partes, por lo tanto tuve que sintetizar para que no me saliera muy largo. Además, lo más importante es que no quiero que sea un fic demasiado largo. Le veo unos veintiseís capítulos como mucho, lo segundo es que este fic en comparación a los otros dos de mi trilogía es el que más atrasado está xD Por eso, cada período de dominación china tendrá un capítulo xP Recuerden que este fic se centra en cómo nuestros protas se conocen, un poco de la convivencia a lo largo de los años, su clímax(que creo ya saben cuál es) y su relación actual :3 Lamento si no profundizo mucho en algunos hechos, pero de ser así este fic tendría más de mil capítulos xD

Ok, en el próximo capítulo tenemos a un personaje importante del mundo Hetalia ;) No diré quién, sólo diré que no es ningún asiático xD A ver quién adivina :3 Sólo que antes deberé subir la nueva actualización de DR xD así que si no les molesta esperar un poquito, esta vez no demoraré tanto como esta vez ;)

Besitos :3