Capítulo 6

Antonio abrió los ojos, fastidiado por la pesadilla que era incapaz de evitar las escasas noches que conciliaba sueño suficiente como para permitirse el soñar algo. Aún con el regusto amargo de la sangre que siempre le dejaba la ya mencionada pesadilla, se dispuso a levantarse. Por la posición del sol apenas acababa de amanecer, pero esperaba poder encontrar las puertas del Gran Comedor abiertas y las mesas vacías. No tenía especiales ganas de encontrarse con nadie o de tener que fingir que todo iba bien y que solo estaba agobiado por los TIMOS. Para no hacer ruido se colocó la túnica y cogió su bufanda con los colores dorado y granate propios de su casa y salió de la habitación.

Como había supuesto, tanto la sala común como los pasillos estaban desiertos. Sin embargo, las puertas del Gran Comedor aún estaban cerradas. Suspiró, deseando tener una taza humeante de café delante, bebida a la que se había vuelto prácticamente adicto desde que empezaron las noches de insomnio. Sin tener una idea clara de lo que podía hacer para matar el tiempo mientras esperaba, decidió que el contacto con el aire helado podría despejarle algo, así que se dirigió hacia los terrenos del castillo.

El primer contacto con el aire helado le hizo contener la respiración, aunque justo después tomó una gran bocanada del mismo. Olía a humedad y a nieve. Sonrió tristemente, sabiendo que era capaz de oler la nieve que aún no había caído debido a su licantropía recién adquirida. Salió con paso decidido, sin un destino fijo, pero teniendo claro que iba a evitar el Sauce Boxeador. Caminando sin rumbo, llegó hasta el Lago Negro. Para su sorpresa había dos personas sentadas casi en la orilla del mismo con varias llamas azules encerradas en botes de cristal rodeándolos. Parecían estar cada uno concentrado en lo suyo, como si no se dieran cuenta de la presencia del otro. El castaño miró detenidamente a Govert sentado en el césped, escribiendo lo que parecía ser una redacción de proporciones descomunales. Estaba completamente concentrado en el trabajo, serio como siempre, aunque sin el ceño fruncido, con una expresión bastante más relajada. El chico de al lado le llamó, agitando su brazo y provocando una mirada de fastidio en el mayor quien, sin embargo, le contestó a lo que fuera que le preguntaba. Antonio seguía embobado mirando al rubio cuando Govert levantó la mirada, clavando sus ojos en los verdes de Antonio. En ese momento dos cosas pasaron a la vez: el Gryffindor se giró, sabiéndose descubierto pero fingiendo no haberse dado cuenta, y por otro lado Govert se levantó, captando la atención de Eduard.

―¿Qué pasa? ―preguntó al notar cómo su compañero de estudios se levantaba tan bruscamente.

―Nada, he recordado una cosa que tengo pendiente. Solo ―matizó al ver cómo Eduard comenzaba a levantarse también.

―Está bien. Pues ya nos veremos ―se despidió el menor, volviendo a concentrarse en sus apuntes de Defensa Contra las Artes Oscuras, intentando encontrar una descripción lo bastante detallada sobre las acromántulas como para que explicara cómo habían sido descubiertas.

Govert hizo un movimiento con la varita, haciendo que todas sus cosas se empacaran en su mochila y que luego esta le siguiera mientras él comenzaba, a su vez, a seguir a cierto Gryffindor que se alejaba por la orilla contraria a la que él se encontraba.

A base de alargar las zancadas lo máximo posible consiguió darle alcance al hispano cuando éste estaba por entrar de nuevo al castillo.

―Eh, Antonio.

El castaño fingió no haberle oído, tirando de la puerta del colegio (que durante esa época del año se mantenía cerrada por el frío) para entrar al vestíbulo, con la clara idea de perderse entre los pasillos hasta dar esquinazo a Govert.

―Suficientes tonterías tan temprano ―volvió a hablar el rubio, empujando la puerta con fuerza y cerrándola, quitándole las pocas posibilidades de escapar a Antonio quien se giró para encararle.

―Hola, Govert. No te había visto ―dijo de forma casual, como si no estuviera nervioso por estar, literalmente, atrapado entre la puerta y el chico que le llevaba gustando desde prácticamente el momento en el que le conoció―. ¿Querías algo?

El mayor apartó la mano de la puerta, echándose para atrás sin saber qué decir realmente. Había seguido al Gryffindor por un impulso y ahora empezaba a arrepentirse.

―No ―acabó por contestar.

―Bien, pues si me disculpas...

Antonio volvió a girarse, fastidiado con el holandés y con él mismo por formarse unas expectativas que, claramente, no iban a cumplirse.

―Espera.

El Ravenclaw volvió a apoyarse sobre la puerta, provocando que el corazón de Antonio se contrajera durante un microsegundo.

―¿Y bien?

Govert dirigió sus ojos verdes a una de las ventanas; los alumnos ya habían empezado a levantarse.

―Acompáñame un momento.

Sin esperar respuesta, Govert comenzó a tirar del brazo de Antonio, que se dejó ser arrastrado.

―¿Se puede saber qué te pasa? ―preguntó el hispano, con los ojos fijos en la mano de Govert sobre su muñeca. Vale, no era el gesto más romántico, pero era algo.

―Quería disculparme por mi comportamiento del otro día, en Hogsmeade ―le contestó el mayor una vez se hubieron alejado un tanto de la puerta del castillo.

Antonio pudo notar la comisura de sus labios levantarse, formando una pequeña sonrisa.

―¿Te disculpas normalmente con las personas a las que ni siquiera consideras amigos? Eso sí que no me lo esperaba de ti.

―No me vengas con esas. No quería decir eso... O por lo menos, no de forma tan brusca.

Antonio bufó.

―Si eso es para ti una disculpa entiendo que no tengas más amigos a parte de a tu hermana.

―Y a ti.

Antonio volvió a sentir cómo se le contraía el corazón, pensando que era demasiado temprano para sentir tantas emociones sin tener un colapso.

―¿Ahora me consideras tu amigo?

―Eres lo más cercano que tengo a uno. Sin contar a aquellos que tienen que hablarme por obligación o los que consiguen algún beneficio con ello. O a mi hermana.

―Está bien, disculpas aceptadas ―dijo Antonio notando cómo su cara, ya de por sí roja por el frío, tomaba más color. De repente una imagen muy real de la pesadilla de esa noche se adueñó de su mente, volviendo a sentir el sabor metálico de la sangre en la boca. Sintiéndose muy incómodo de golpe, se alejó un paso del más alto―. Ahora, en serio, me muero de hambre y a este paso me quedo sin desayunar ―dijo, intentando sonar relajado.

―Pues eso. Adiós ―se despidió girándose rápidamente, en dirección contraria al castillo.

―Ya nos vemos ―dijo Antonio.

Tenía sentimientos encontrados por lo que acababa de pasar. Por una parte estaba más que contento por el hecho de saber que, a fin de cuentas, Govert le consideraba un amigo. Por otro lado, el miedo a las consecuencias de la licantropía nunca abandonaba por completo su mente, provocando que todo tuviera un matiz más oscuro.

Se dirigió de vuelta al Gran Comedor, notando el estómago cada vez más cerrado. Aun así, entró con paso decidido, dirigiéndose hacia un hueco vacío al lado de Mathias, que le hacía señas para que se sentara a su lado.

En el mismo momento en el que el hispano se sentaba, dos alumnos de Slytherin se levantaban de la mesa. Bueno, o por lo menos uno de los dos lo hacía.

―¿Qué se supone que toca ahora? ―preguntó Gilbert, esperando ya en pie a que Feliks se dignara a levantarse del asiento.

Sin embargo, no recibió ninguna respuesta por parte de éste, enfrascado en una conversación sobre cualquier chorrada que el albino no había considerado lo suficientemente importante como para prestar atención durante el desayuno.

―¡Feliks! ―volvió a llamar al rubio, recibiendo como respuesta un gesto con la mano, indicándole que se esperara.

Harto de ser ignorado por completo, Gilbert alargó el brazo, agarró un mechón de pelo de Feliks, y tiró sin contemplaciones, haciendo que soltara un grito y se girara para mirarle cabreado.

―¿Pero se puede saber qué te pasa?

―¿Qué clase toca ahora? ―volvió a preguntar el albino, poniendo la mejor de sus sonrisas inocentes.

El rubio apartó la mirada de él.

―Ahora no esperes que te conteste ―volvió a girarse para darle la espalda.

―Bueno, no me contestes, pero olvídate de que te acompañe a cualquier sitio. No soy el que vive cagado, de todas formas...

―Vale, vale ―le cortó el rubio―. Pero no lo grites, y menos aquí en medio.

Al final a Feliks no le quedó más remedio que despedirse de Lovino, que miraba toda la escena con una sonrisa burlona.

―Tienes un serio problema con eso de no ser el centro de atención a cada momento ―comenzó a decirle el rubio a Gilbert una vez salieron del Gran Comedor.

Gilbert no contestó, sino que se quedó sumido en sus pensamientos. Por un momento le había parecido sentir celos de Lovino de nuevo debido a que Feliks parecía no necesitarle para pasárselo bien, pero era una idea estúpida.

―Por cierto, tenemos adivinación. No entiendo tampoco la necesidad de tirarme así del pelo, ni que te interesara realmente la respuesta ―le acusó ahora Feliks, ante el silencio anterior.

―La próxima vez puedes probar a no ignorarme ―propuso el albino, encogiéndose de hombros.

―O tú a esperarte un minuto.

―Ya, es que la paciencia no es lo mío ―se excusó el de ojos rojos.

Con esta charla llegaron hasta el séptimo piso de la Torre Norte, donde otros alumnos de su curso, mezcla de Hufflepuff y Slytherin, esperaban a que la profesora Trelawney les abriera la trampilla que les permitía entrar al aula.

―¿Esta clase no tocaba con Gryffindor? ―se sorprendió Gilbert sin esperarse la presencia de otra casa.

―No, ésta siempre es con Hufflepuff; la de adivinación con Gryffindor es los miércoles y ni siquiera es a primera hora.

―Menos mal, no creo que sea capaz de soportar otra vez una clase con ellos ―ante la mirada interrogante de Feliks, Gilbert se justificó―. Algunos idiotas aún aprovechan para lanzar pullitas sobre el partido de quidditch.

―¿En serio? Pero si es una tontería, a fin de cuentas solo es deporte ―Feliks bufó, sin entender la importancia que la mayoría le daba a esto.

―Esta conversación ya la hemos tenido antes, Feliks, solo tú lo ves como una tontería.

Cuando Feliks iba a contestar, la trampilla se abrió, dejando el mítico olor a incienso y té fluir por todo el ambiente. Todos los alumnos subieron las escaleras de la trampilla.

―Bienvenidos, alumnos ―empezó la profesora de adivinación, intentando sonar tan mística como siempre―. ¿Alguien es capaz de deducir qué método de adivinación vamos a poner hoy en práctica?

Hubo un silencio incómodo en el que todos se dedicaron a recorrer las mesitas bajas con la mirada. No había tazas, ni cartas ni bolas de cristal.

―¿Quiromancia? ―se aventuró a preguntar en voz baja uno de los alumnos de Hufflepuff.

―Bien, Francis, bien ―la profesora se levantó de su sillón orejero―. Cinco puntos para Hufflepuff.

El nombrado sonrió complacido. Gilbert, que hasta entonces no se había percatado de la presencia de su amigo le saludó, recibiendo como respuesta un guiño por parte del francés.

―¿Quién sabría decirme en qué cosiste la quiromancia? ―volvió a cuestionar la profesora―. ¿Tino, por ejemplo?

Trelawney señaló al chico que compartía la mesa con Francis.

―En la lectura de las líneas de la mano ―dijo éste en voz bastante baja aunque segura.

―Exacto. Otros cinco puntos.

―Si solo les pregunta a ellos no es justo ―se quejó Feliks por lo bajo―. Esta tía casi nunca nos tiene en cuenta.

―Bueno, compensamos con Snape, las cosas como son ―dijo Gilbert sin molestarse en susurrar. Se ganó una mirada molesta por parte de la profesora.

―Muy bien, ahora pasaréis a leer el futuro de vuestro compañero de mesa. Primero uno y después el otro.

Feliks se tensó, mirando a Gilbert, que no le estaba prestando atención en ese momento, intentando entender lo que le decía Francis por gestos. De repente el albino se giró, aburrido de no entender a su amigo, y fijó sus ojos en los de Feliks que se removió, nervioso.

―Bueno, ¿me vas a dar la mano o te vas a quedar petrificado toda la mañana?

Varios alumnos se giraron para mirar con malos ojos a Gilbert por la broma.

―Gil, no deberías hacer bromas sobre eso ―le aconsejó el rubio, bajando la voz hasta casi un susurro―. A la gente le puede sentar mal.

―Vamos, que no ha sido para tanto.

Aprovechando el descuido de su amigo, Gilbert cogió la mano de éste alargando el brazo por la mesa. Feliks, al no esperarlo, dejó escapar un grito sobresaltado, provocando que la profesora volviera a mirar con disgusto hacia la mesa que ambos compartían.

―Perdón, profesora ―se disculpó el de ojos verdes mientras el albino se dedicaba a reírse, aún sosteniendo la mano de Feliks.

―Veamos qué tiene que decir Gilbert de lo que te deparara el futuro.

La profesora Trelawney se acercó hasta la mesita de té.

―Pues... ―el albino se concentró en las líneas que recorrían la mano de Feliks. Mientras, éste se dedicó a mirarlo a él. Le gustaba cuando se dedicaba a hacer bromas, pero estar tan concentrado la hacía ver bastante atractivo. Se removió un poco, provocando que Gilbert sujetara con mayor fuerza su mano.

―¿Y bien? ―insistió la profesora.

―La línea de la cabeza ―comenzó a hablar por fin Gilbert, pasando la yema del pulgar por una de las líneas de la palma de Feliks, quien estaba cada vez más tenso― dice que...

―Esa es la línea del corazón ―le interrumpió la profesora, mirándole cada vez más cabreada.

―Ah, sí. Bueno, pues la línea del amor ―volvió a recorrerla con la yema del dedo, para indicar de cuál hablaba― dice que... ―el albino clavó los ojos en Feliks― vas a estar solo toda tu vida. Y que vas a tener una colonia de doxys a la que vas a querer con todo tu corazón, como si fueran tus hijos.

Feliks bufó, entre fastidiado y divertido.

―¿Ves? Por eso la línea esta se une con esta otra, que es la de la familia ―Gilbert intentó contener la risa mientras seguía inventando líneas―. Está clarísimo.

Los demás alumnos comenzaron a reírse en voz baja, esperando que la profesora no se diera cuenta.

―Luego aquí, que ésta sí que es la de la cabeza ―pasó la yema por otra línea distinta―, es así de corta porque eres tonto. Lo siento, Feliks, tenías que saberlo.

El rubio soltó una carcajada a la par que el albino y varios otros compañeros, que miraban toda la escena divertidos.

―¡Suficiente! ―estalló la profesora, viendo cómo Gilbert se tomaba la quiromancia a coña―. Beilschmidt, después de la clase quiero que te quedes aquí. Y diez puntos menos para Slytherin.

Hubo un murmullo de descontento general por parte de los Slytherin. Sin embargo ninguno se atrevió a quejarse abiertamente, viendo el humor de la profesora.

―¿Me sueltas ya la mano? ―preguntó Feliks cuando la profesora se hubo alejado para centrarse en la mesa que compartían Francis y Tino.

―Puedo decirte más cosas de tu futuro.

―No, creo que con lo que sé va bien.

El rubio tiró un poco, intentando soltar su mano, pero obtuvo como resultado que su amigo apretara más y le mirara directamente a los ojos. Feliks comenzó a notar cómo sus mejillas se coloreaban, incapaz de apartar la mirada de los ojos de Gilbert.

―¿Te molesta? ―preguntó al final Gilbert.

―No, hace calor y me va a empezar a sudar la mano. Odio que me suden las manos ―improvisó rápidamente.

Gilbert se dio por satisfecho con la respuesta, soltando al fin el agarre para alivio del rubio.

Durante el resto de la clase se dedicaron a escuchar las adivinaciones del resto de los alumnos. Algunas, como la de Francis y Tino, parecían bastante bien fundamentadas aunque ambos se equivocaron; Francis respecto a la personalidad de Tino, al que describió como frío y calculador (aunque al darse cuenta se corrigió), y Tino sobre la unión de Francis con su familia, más estrecha de lo que indicó tras la lectura.

―Ellos dos también se han equivocado y no les va a castigar o les ha quitado puntos ―bufó Gilbert al escuchar a Tino decir que el francés no se preocupaba por su familia.

―Ya, porque ninguno ha dicho que el otro va a tener doxys como hijos.

―Aun así. Nadie se toma en serio esta asignatura. A veces pienso que tendría que haber hecho como Arthur y no ponerla como optativa.

―Claro, mejor tener que hacer traducciones interminables de runas que inventarte cualquier chorrada para contentar a Trelawney ―dijo Feliks con tono sarcástico―. Si te ha castigado es porque hoy te has pasado bastante con eso de inventar. Te lo mereces.

―Pues tú te mereces el futuro que te he dicho. Es más, a este paso es como vas a terminar ―se defendió el albino, algo molesto con Feliks por decirle que se merecía el castigo.

El rubio decidió no contestarle, volviéndose a fijarse en dos alumnos que en ese momento se leían la mano en voz alta. Eran dos Slytherin: Iván, a quién Feliks no soportaba (sentimiento recíproco) y Vladimir. Mientras éste se dedicaba a leerle la línea de la cabeza a Iván la clase se terminó, por lo que todos los alumnos menos Gilbert salieron del aula.

Feliks se quedó esperando a que el albino saliera. Solo pasaron unos minutos antes de que apareciera con cara de fastidio.

―Me va a hacer ir con Hagrid a no sé qué cosa dentro de dos noches ―bufó Gilbert nada más ver a su amigo.

―Podría haber sido peor, te podría haber mandado con Filch.

Ambos amigos anduvieron rápido para alcanzar al resto de los de su casa. Estaban en las escaleras a las que consiguieron subir antes de que empezaran a moverse. Por un momento, los ojos de Iván y Feliks se cruzaron, lanzándose ambos miradas de odio pero sin dirigirse la palabra. Por eso, Feliks no se esperaba la zancadilla que el ruso le puso justo cuando la siguiente escalera llegó, provocando que casi se cayera por éstas. Por suerte, Gilbert reaccionó lo suficientemente rápido como para sujetarle.

―¿Pero a ti qué te pasa? ―se encaró el albino con Iván, que sonreía tan tranquilo.

―Nada. No es mi culpa que no sepa andar.

―Le has puesto la zancadilla claramente. Estamos en mitad de la nada del sexto piso; le podrías haber matado.

―Una lástima que tengas bueno reflejos ―ante la respuesta tan tranquila de Iván, Gilbert se llevó la mano hacia la varita pero fue parado por Feliks.

―Gil, ya te han castigado hoy, no seas idiota ―le susurró el rubio, haciendo entrar en razón a su amigo quien dejó caer la mano a un costado y fulminó al ruso con la mirada.

Toda esta escena era observada unos pisos más abajo por Francis, que esperaba a que Antonio saliera de la clase de transformaciones.

―Eh, Toño ―llamó la atención del hispano, quien iba rodeado de un grupo de más alumnos de Gryffindor.

―¿Qué pasa?

El castaño le hizo un gesto a sus amigos para que siguieran su camino, suponiendo que la conversación con el francés no iba a ser corta.

―He estado mirando el calendario ―comenzó a hablar el Hufflepuff una vez se aseguró de que no quedaba nadie en el pasillo.

―No aquí, Fran. Espera.

Antonio comenzó a andar y Francis le siguió, alejándose de los pasillos más concurridos. Al final llegaron al pasillo que, desde hacía ya varios meses, casi nadie utilizaba: En el que habían encontrado el cuerpo petrificado de Matthew Williams y donde aún se podía leer perfectamente la escritura en sangre.

Francis se quedó unos segundos mirando a la pintada en la pared, preguntándose si pudo ser el mismo Matthew el que lo escribiera, pero desechando rápidamente la idea. Aunque el pasillo estaba completamente vacío, Antonio sacó la varita, con la cual hizo un movimiento complejo mientras susurraba humanus rebelium. Una vez se hubo asegurado de que no había nadie cerca comenzó a hablar.

―¿Lo has estado mirando? Coincide con Navidad ―dijo, permitiéndose por una vez demostrar el miedo que sentía ante la cercana transformación.

―Sí, lo sé ―el francés le puso una mano en el hombro, intentando trasmitirle algo de tranquilidad―. He decidido que, si quieres, me puedo quedar estas vacaciones aquí.

―No ―se negó el hispano, de manera rotunda―. No puedes quedarte aquí. ¿Y si me descontrolo? ¿Y si pasa algo?

―Vamos, Toño, no vas a descontrolarte y yo solo te acompañaría hasta que supiera que estás a buen recaudo. Si no te atreves no estaré contigo cuando te transformes, incluso ―Francis habló con más seguridad de la que sentía.

―No, me niego. Nunca me has visto... así. Y solo me ha pasado 5 veces ―Antonio se apartó unos pasos del Hufflepuff―. No voy a poder controlarme.

―Pero no puedes pasar esto solo. Soy tu amigo, tu mejor amigo. Déjame ayudarte.

Antonio empezó a notar un nudo formarse en su garganta y las lágrimas amenazando por salir.

―No puedes. No puedes ayudarme con esto, nadie puede.

―Quizás no puedo curarte, pero te voy a apoyar ―Francis volvió a colocar la mano sobre el hombro del hispano―. Así que acostúmbrate a que sea así de pesado, porque no pienso parar por mucho que me digas.

Ante las palabras de su mejor amigo, Antonio no pudo más que abrazarle, escondiendo la cabeza en su hombro.

―¿Y qué piensas decirle a Arthur? ―inquirió el Gryffindor una vez estuvo más tranquilo.

―La verdad es que no lo he pensado. Tampoco es como si nos fuéramos a ver de todos modos. No creo que fuera muy bien recibido en una comida familiar en su casa ―Francis hizo un gesto con la mano, quitándole importancia al asunto aunque no lo sentía así para nada.

―De todas formas no te creas que te voy a dejar estar conmigo esa noche. Tú estarás a buen recaudo en tu sala común.

Francis hizo los ojos en blanco.

―Confío completamente en que serías capaz de controlarte llegado el caso, pero si eso es lo que quieres...

―Promételo. Dime que no vas a salir de tu sala común ―volvió a insistir el hispano, ignorando por completo las primeras palabras de su amigo.

―Te lo prometo. No saldré de mi sala común si es lo que quieres.

Antonio asintió, fiándose plenamente de la palabra de Francis.

―¿Qué clase tienes ahora? ―preguntó de repente el francés, mirando su reloj.

―Herbología, pero creo que no voy a ir. No tengo demasiadas fuerzas ahora mismo ―se excusó Antonio―. Es decir, quedan pocas noches para la luna llena y no me siento bien los días previos.

―¿Quieres que te acompañe a la enfermería?

―No, no quiero que la Señora Pomfrey pregunte demasiado, creo que voy a volver a mi sala común ―Antonio sonrió, cansado, aunque bastante agradecido por todo lo que Francis se preocupaba por él.

Francis asintió. Sabía que iba a llegar tarde a su siguiente clase, pero esperaba que el profesor Binns no lo notara.

―¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe a tu sala tampoco? ―volvió a preguntar el francés cuando solo se habían separado unos pasos.

―Deja de ser un Hufflepuff preocupado y tira para clase, que aún puedo subir escaleras.

Antonio se despidió del francés, que negaba con la cabeza aún mirándolo alejarse y preguntándose si no sería mejor acompañarlo. Sin embargo, al volver a mirar el reloj decidió ir hacia el aula en el que se impartía Historia de la Magia. Como se esperaba, el profesor Binns ni siquiera paró de hablar cuando irrumpió en la clase, y se sentó rápidamente en el primer sitio que encontró. La clase transcurrió de la manera más monótona posible. Francis, que había entrado con la idea de aprovechar esa hora para pensar qué iba a decirle a su novio cuando lo viera, terminó por tumbarse en la mesa, prácticamente dormido por la acción soporífera tanto de la asignatura en sí como de la voz del profesor fantasma. Cuando llegó el final de la clase el Hufflepuff juraría que en algún momento de la explicación se había quedado dormido. Sin apuntar los deberes (que suponía que alguien le podría dejar apuntar esa noche) se dirigió al Gran Comedor, donde esperaba poder encontrarse con Arthur. Sin embargo tuvo que esperar hasta que la comida terminara para que el encuentro tuviera lugar. Fue Arthur el que le vio primero.

―Bonnefoy.

Francis se giró al escuchar cómo el Slytherin le llamaba, sabiendo que no iba a ser agradable.

―¿Qué pasa ahora?

―¿Pues qué va a pasar? ¿Acaso se te ha olvidado que hay que entregar el trabajo antes de que termine el trimestre? Todavía no están siquiera ambas partes unidas ―siguió el de ojos verdes, con tono arrogante.

―No creo que eso sea solo culpa mía ―Francis se cruzó de brazos―. Pero si tan desesperado estás por terminarlo, existe la biblioteca.

Arthur bufó, poniendo los ojos en blanco antes de comenzar a andar hacia la biblioteca.

―Sabes que algún día vamos a tener que dejar esta farsa, ¿no? ―le preguntó Francis, poniéndose a su lado.

Arthur suspiró, antes de encarar a su pareja.

―No es tan fácil desde tu punto de vista. No creo que nadie ni de tu casa, ni de tu familia, tuvieran mayor problema en aceptar... esto. Además, creo que mis hermanos ya sospechan, por lo menos Scott lo hace.

Ambos rubios atravesaron el pasillo desierto para llegar a la biblioteca.

―Oye, vamos a otro lado. Ahí dentro no vamos a poder hablar ―comenzó Francis.

―No es como si pudiéramos permitirnos el dar un paseo por los jardines. Y menos a esta hora.

―Vamos a la sala de los Menesteres. O a un aula vacía, no creo que nadie se creyera que no has conseguido que algún profesor nos deje estar dentro.

El de ojos azules arrastró a Arthur, alejándolo de la puerta cerrada de la biblioteca y probando el abrir la puerta de una de las aulas, la cual estaba cerrada.

―Anda, quita.

Arthur apartó a Francis, divertido. Sin decir una palabra fue capaz de abrir la puerta, solamente con el movimiento de la varita. Sujetó la puerta con la mano para que Francis entrara, orgulloso de su avance con los hechizos no verbales.

―No sabía que eras capaz de eso.

En el mismo momento en el que Arthur entró y cerró la puerta, Francis se acercó a él y le besó con ganas.

Cuando ambos estuvieron saciados de besos, volvieron a separarse.

―Arthur, ¿estas vacaciones vas con tu familia? ―preguntó de golpe el de ojos azules.

―Sí, como todos los años, ¿por qué?

―Nada. Es solo que creo que este año voy a quedarme aquí.

Francis sonrió, esperando a ver cómo reaccionaba su novio.

―¿Y eso? Sería el primer año que lo haces.

―Bueno, están los TIMOS y... ―comenzó Francis, para nada seguro.

―No me mientas, Francis.

Arthur se separó por completo del francés, cruzando los brazos.

―Es Antonio ―terminó por soltar Francis, ante la mirada acusadora del inglés―. Me tiene preocupado, ¿le has visto la cara? Tiene pinta de estar pasándolo mal.

Arthur apretó los labios, formando una fina línea, sin decir nada.

―No puedo dejar así a mi mejor amigo.

―Claro que no. Como Antonio tiene cara de no haber dormido en los últimos días decides quedarte aquí. Si no duerme no es tu culpa, que no se tire las noches por ahí.

El Slytherin hablaba tranquilo, demasiado.

―No es solo eso... es como si estuviera malo ―Francis vaciló―. No sé explicarlo, pero le conozco lo suficiente como para saber cuándo solo no ha dormido y cuándo tiene algún... problema.

―Por mucho que le conozcas, no puedes ser así con todo el mundo, Francis. ¿Acaso ya te has olvidado de lo que le pasó a Matthew y al Fraile Gordo? Si te quedas aquí habría posibilidades de que te pasara algo similar.

―Ni siquiera sabemos lo que les pasó realmente.

―Pero Matthew es de tu casa. Y estaba lo escrito en la pared.

―Ninguna de las dos cosas tiene por qué significar nada. Matthew pudo ser atacado solo por estar ahí en el momento en el que pintaban eso, y para que no dijera nada, le han paralizado ―Francis comenzó a desesperarse. Sabía que si Arthur llegaba a conocer lo de Antonio, acabaría por contarlo «para estar más seguros», diría.

―Aun así, existe la posibilidad ―el de ojos verdes seguía en sus trece―. Si Antonio está tan mal que vaya a la enfermería, o a San Mungo.

―Es mi amigo, Arthur. No puedo dejarle así sin más ―el tono de Francis se volvió más severo.

―¿Puedes dejar de poner a la gente por delante tuya? Piensa un poco en ti; en nosotros. ¿Qué va a pasar si sigues el camino de Matthew?

―No todos somos tan egoístas como para pensar solamente en nuestro propio bien. De todas formas, di lo que quieras ―Francis fue hacia la puerta, sacando la varita y apuntando con ella hacia la cerradura―. Pienso quedarme con Antonio aquí, te guste o no. No estaba pidiendo tu permiso, solo quería que lo supieras.

El Hufflepuff susurró un Alohomora y tiro de la puerta una vez esta se abrió con un chasquido.

―Francis, espera ―le llamó Arthur. Sin embargo no salió detrás de su novio, sino que se quedó dentro del aula. Tomó varias respiraciones profundas, intentando calmarse pasándose las manos por el pelo y despeinándolo más de lo que normalmente siempre lo llevaba.

Arthur tardó unos minutos en serenarse lo suficiente como para salir del aula y, como era de esperar, Francis no estaba por ningún sitio. Maldiciendo entre dientes se dirigió a su sala común. Aún a sabiendas de que no tenía permitido deambular por los pasillos de noche, el Slytherin no tomó ninguno de los atajos que tan bien conocía. Tardó bastante en llegar a las mazmorras, pero para su tranquilidad, no se cruzó con nadie. ni siquiera los fantasmas o Peeves aparecieron por su camino. Dada la hora que era, el prefecto supuso que la sala común estaría vacía cuando llegara, por eso se sorprendió bastante al ver reunidos a varias personas en los sillones. El rubio intentó pasar entre los demás alumnos sin que le metieran en la conversación, pero fue imposible.

―¿Y tú qué vas a hacer mañana? ―le preguntó Iván, su compañero de cuarto, justo cuando pasó por su lado.

―Ya te lo dije, voy con mi familia como todos los años ―contestó Arthur de mala gana.

―Yo este año no sé si me iré o no ―volvió a hablarle Iván, impidiendo que pudiera salir de allí.

―Es fascinante, Iván, en serio, pero estoy cansado. Ya descubriré mañana si te vas o no.

El británico aceleró el paso para que no pudieran meter de nuevo en la conversación. Le pareció que Feliks decía algo, pero no se paró a asegurarse.

―¿Qué maneras son esas? ―se quejó el polaco, mirando con mala cara cómo Arthur se iba sin contestar a la pregunta que acababa de hacerle.

―Es prefecto ―le justificó Iván mientras se encogía de hombros.

―Como si eso le diera permiso para ser así de idiota.

―Pues yo creo que no ha visto a Gilbert. Si no, te lo habría dicho ―Iván sonrió al polaco, que sintió un escalofrío.

Feliks se levantó. Suponía que Iván tenía razón pero tampoco era como si se la fuera a dar. Realmente no entendía cómo había acabado hablando con él de entre todas las personas de su casa. Aunque había que tener en cuenta que era lo suficientemente tarde como para que no quedara casi nadie despierto.

―¿Vas a salir? ―le preguntó de nuevo el Slytherin.

―No, voy a bailar en la puerta de la sala común… Claro que voy a salir ―Feliks, quien ya se dirigía a la puerta, ni siquiera se giró para mirar al ruso.

―Si te pillan nos van a quitar puntos.

―Nadie en su sano juicio estaría en los pasillos a estas horas.

―Gilbert.

El polaco se giró el tiempo necesario como para lanzarle una mirada envenenada al otro Slytherin. Después, salió de la sala común.

Hasta el momento en el que Feliks no encontró la varita e iluminó el pasillo no fue capaz de moverse. Aún con el Lumos apenas era capaz de ver más allá de sus manos.

―Estúpido Gilbert ―murmuró entre dientes mirando a la oscuridad total que le rodeaba.

Tomó una bocanada de aire helado antes de comenzar a andar sin un rumbo fijo.

En cuanto salió de las mazmorras los retratos comenzaron a quejarse, pero Feliks no solo les ignoró sino que se dedicó a levantar más la varita, intentado despertar a la mayoría de ellos. Riendo entre dientes y bastante más tranquilo siguió andando, hasta que, cuando pasaba frente a las puertas cerradas del Gran Comedor, escuchó un estrépito por uno de los pisos superiores. El sentido común del Slytherin le gritaba que saliera de allí lo más rápido que pudiera. Estaba a tiempo de llegar a la sala común sin que nadie se enterara de que había salido. Bueno, obviando a Iván. Sin embargo, seguía preocupado por Gilbert. No era normal que saliera de la sala común sin avisar a nadie. Y menos sin avisarle a él.

El polaco volvió a coger aire, dispuesto a subir las escaleras hasta donde pensaba que había venido el ruido. En ese momento recordó la estúpida broma que Gilbert le había gastado en la que decía oír voces por el castillo.

―Estúpido Gilbert ―volvió a maldecir a su mejor amigo.

Sujetó con fuerza la varita, que temblaba un poco en su mano y comenzó a subir las escaleras. Cuando apenas llevaba cinco escalones, escuchó un crujido justo detrás de él. Sin atreverse a girarse, el polaco aceleró el paso todo lo que pudo, de forma que apenas pasó un minuto cuando llegó al cuarto piso. No supo qué le hizo detenerse ahí, pero lo hizo. El rubio comenzó a andar por el pasillo más iluminado. Dando gracias a los grandes ventanales y a la luz que proyectaba la luna casi llena, siguió avanzando.

No le costó detectar una sombra recortada en mitad del pasillo. En un principio, Feliks habría jurado que era un alumno ahí sentado. Leyendo, quizás. Aunque eso sin duda habría sido demasiado raro. Temiéndose lo peor aceleró un poco el paso hasta que pudo ver de qué se trataba.

Una chica estaba, en efecto, sentada en mitad del pasillo. Bueno, más que sentada parecía que estaba resbalando por la pared, salvo porque no se movía en lo más mínimo.

Feliks dejó caer la varita y justo cuando un grito iba a salir de su boca, una mano apareció de las sombras, tapándosela. El polaco se giró lo más rápido que pudo.

―Por Merlín, Feliks, ¿qué es esto?

Si el Slytherin pensaba que iba a tranquilizarse al ver una cara conocida, no podía estar más equivocado.

Se quitó la mano de la boca y le dio a Gilbert un empujón para apartarle de él. El albino iba con la túnica de Quidditch llena de barro y la escoba al hombro. Miraba a la chica en el suelo con una mirada que Feliks no pudo descifrar.

―Es Victoria ―dijo el albino, con la voz algo temblorosa.

Feliks seguía sin habla. Su mente intentaba entender qué hacía Gilbert ahí, justo al lado del cuerpo de una de las chicas contra la que había perdido el partido que tanto le había fastidiado.

―¿Q-qué haces aquí? ―consiguió articular.

―Podría preguntarte lo mismo ―Gilbert le miró serio, pero acabó por contestarle―. Había ido a entrenar ¿vale? No quería que nos ganaran al siguiente...―se quedó callado, mirando a la Gryffindor―. Bueno, ya me entiendes. Y al entrar vi una luz subiendo por la escalera, así que la seguí.

El rubio intentó decirse a sí mismo que eso tenía todo el sentido. Por eso iba cubierto de barro y con la escoba.

―Tenemos que decirle esto a alguien, Gilbert ―volvió a mirar a Victoria. La castaña tenía los ojos muy abiertos.

―Sabes que nos pueden culpar a nosotros, ¿cierto?

―Y no pensarás dejarla aquí el resto de la noche, ¿no? ―le preguntó a su amigo, alarmado ante su frialdad.

―Nos pueden echar ―volvió a decir.

―Está petrificada.

―Si quieres acabar como Hagrid, allá tú.

Gilbert se giró, comenzando a andar.

Intentado pensar de la forma más fría posible, Feliks siguió a su amigo, sintiendo la mirada de Victoria clavada en su nuca.

Todo el camino hasta llegar de nuevo a la sala común lo hicieron ambos en silencio. Mientras Feliks seguía intentando que no se formara la idea de que el albino tenía algo que ver en la petrificación, Gilbert trataba de no mostrar la culpabilidad que sentía por dejar allí a la chica. Pero mucha gente le había escuchado esas semanas despotricar contra todos los miembros del equipo de quidditch de Gryffindor y no quería que nadie comenzara a culparle a él. Porque, sin duda, las petrificaciones de Matthew y Victoria no habían sido casualidades.

Por primera vez en bastante tiempo, ninguno de los dos amigos habló cuando se acostaron, sino que ambos fingieron dormir. Al final Gilbert fue vencido por el cansancio de haberse quedado hasta tarde entrenando y Feliks por la descarga de adrenalina.

Como era de esperarse, la noticia de que otro alumno había sido petrificado corrió como la pólvora. Apenas había amanecido cuando los retratos de la sala común de Gryffindor, liderados por la Señora Gorda, despertaron a todo el mundo a base de gritos. Aunque en un principio todos estaban más que fastidiados por ese mal despertar del primer día de vacaciones, se les pasó rápido cuando escucharon lo que tenían que decirles: Victoria había sido encontrada esa misma mañana petrificada. Esto sentó como una patada en el estómago a todos los Gryffindor, siendo Antonio uno de los más afectados. Siempre había considerado a la cazadora del equipo como una hermana pequeña.

―Tío, ¿te has enterado? ―le abordó Mathias en cuanto se cruzaron en la sala común.

Antonio asintió. Entre el mal cuerpo que arrastraba y la noticia no es que se encontrara bien, precisamente.

―¿Cómo ha podido pasar eso?

―No lo sé, Mathias. No tengo la menor idea de lo que ha podido pasar.

―Ha sido un alumno ―les interrumpió uno de los chicos de primero, que parecía aterrado.

―Venga, no digas tonterías. Esto no lo podría hacer ningún alumno ―se metió en la conversación Leon, quien iba acompañado por Im Yong Soo, e intimidando al de primero al cruzarse de brazos.

―Eso es lo que va diciendo la gente. A mí me han dicho que la Dama Gorda dice que no-se-cuál fantasma ayer vio a un alumno dando vueltas por los pasillos.

―Si lo dice la Señora Gorda es mentira ―Im Yong Soo echó con un gesto de la mano al niño pequeño―. No te fíes de esa loca, se aburre demasiado.

―¿Y si el renacuajo ese tiene razón? Es decir, a mí eso de la Cámara de los Secretos me suena de algo ―dijo Mathias, mirando cómo el niño de primero se alejaba.

―Además, no creo que haya nadie aquí capaz de hacerle algo como eso a Vic. Si ella nunca ha hecho nada malo ―Antonio dijo eso más para convencerse a sí mismo que a los otros dos.

―Slytherins ―dijo Im Yong Soo.

Mathias sacudió la cabeza.

―No ―se cruzó de brazos―. Eir está en Slytherin y nunca haría algo así. Ni ella ni ningún alumno realmente.

―Tengo que salir un momento ―dijo Antonio, ignorando a ambos chicos, que se habían puesto a discutir sobre si podría haber sido un alumno o no el responsable de las petrificaciones.

―Ha dicho McGonagall que no podemos salir de la sala común hasta que no estén los carruajes preparados ―dijo Leon, sin hacer caso a la disputa entre su amigo y Mathias.

―Da igual, yo voy a quedarme aquí durante las vacaciones. No creo que me dejen sin salir todo el tiempo.

Desoyendo los consejos de sus dos amigos, Antonio salió de la sala común, ignorando por completo a la Señora Gorda. Una vez estuvo a una distancia prudencial de todos los retratos, sacó un pequeño trozo de espejo de uno de los bolsillos de su túnica. Solamente había tres trozos de ese espejo dentro de Hogwarts. Uno lo tenía él, otro Francis y otro Gilbert.

Antonio se concentró en Francis, quien no tardó en aparecer reflejado en la superficie del mismo.

―¿Toño? ―susurró el rubio.

―Necesito hablar contigo, te espero detrás del invernadero cuatro ―le dijo al reflejo antes de que se perdiera la imagen.

Le pareció que Francis se quejaba, pero como el reflejo se disolvió, no le dio mayor importancia. Apenas habían pasado unos minutos desde que llegara al punto de encuentro cuando apareció Francis también. Iba arrebujado en una bufanda con los colores de su casa y soltaba vaho por la boca.

―¿A qué vienen tantas prisas? ―se quejó el Hufflepuff nada más ver a Antonio.

―Supongo que te has enterado de lo que le ha pasado a Vic esta noche, ¿no?

―Claro, la verdad es que ha sido un golpe tremendo ―asintió Francis suavizando el tono.

―La mayoría de las personas que habían decidido quedarse por las vacaciones se van a ir del castillo. Quizás deberías hacer tú lo mismo.

―Ya te dije que no; que me iba a quedar aquí contigo, Antonio. Si me has llamado solo para esa tontería parece que no me conoces.

El rubio se cruzó de brazos. Antonio suspiró, negando con la cabeza pero no queriendo volver a pelear con su mejor amigo.

―En mi sala común se va diciendo que es un Slytherin el que está atacando a la gente ―cambió de tema.

―Ya, en la mía también están diciendo cosas similares. Pero tampoco creo que sea cierto, es decir... Arthur me habría dicho algo ―Francis se calló un momento―. O eso es lo que quiero creer.

―Vamos, no te preocupes por cosas como esa, está claro que si supiera algo te lo habría dicho. A no ser que haya sido él, claro ―Antonio soltó una risotada que se quedó a la mitad al ver la mirada preocupada del rubio―. Venga ya, Fran. No creerás de verdad que Arthur el prefecto va por ahí petrificando gente, ¿no?

―No, no, claro que no.

Francis se obligó a sonreír. Realmente pensar eso de Arthur era una tontería. Era normal que la gente culpara a los Slytherin por la fama de la casa, pero él sabía de primera mano que no todos eran merecedores de ella.

―Por cierto ¿cómo se ha tomado que te quedes?

―No es como si le hubiera hecho el favor del año, la verdad. Pero supongo que se le pasará durante las vacaciones.

El Hufflepuff miró su reloj y frunció el ceño.

―¿Hora de irte? ―le preguntó Antonio al ver el gesto.

―Teniendo en cuenta que ni siquiera deberíamos estar aquí, sí, hora de irme. Los carruajes salen en nada y quiero despedirme de Arthur ―dijo Francis, comenzando a andar por el mismo camino por el que había llegado.

Al darse la vuelta no fue capaz de ver a su amigo poniendo los ojos en blanco, aunque no tuvo problemas para imaginarse el gesto del hispano.

Cuando el Hufflepuff llegó a la entrada del colegio se sorprendió al ver la cantidad de alumnos que cargaban maletas. Que él supiera nunca se había ido tanta gente para las vacaciones, aunque dados los últimos acontecimientos no era para nada disparatado. No tardó en divisar a Arthur, quien iba intentado organizar a los niños de primero de su casa. Se quedó mirando como su novio no tenía éxito para nada, divertido al ver cómo su ceño se iba frunciendo progresivamente. Sin duda alguna, Toño tenía razón: Arthur no sería capaz de ir haciéndole eso a los alumnos, por muy de mal humor que pudiera estar. Las miradas de ambos se cruzaron y, como era de esperar teniendo en cuenta el trato que se daban en público, el único gesto que obtuvo Francis de su novio fue un saludo casi imperceptible con la cabeza, aunque el Hufflepuff juraría que había relajado un poco el ceño. Sabiendo que tampoco pintaba gran cosa en la entrada y que lo máximo que hacía era estorbar, Francis decidió entrar en el castillo. Con suerte ya habrían abierto las puertas de Gran Comedor y podría desayunar algo mientras hacía tiempo.

Arthur pudo ver cómo Francis entraba de nuevo en el colegio y la última esperanza que había tenido de que acabara por ir con él se deshizo por completo.

Un niño de primero se le acercó para preguntarle cómo se movían los carros. Sangre sucia, pensó el Slytherin instantáneamente, aunque igual de rápido se corrigió: Nacido de muggles.

―¿Estás en un castillo donde aprendes a hacer magia y lo que más te preocupa es cómo se mueven unos carros? ―le preguntó de mala gana, provocando que el niño casi saliera huyendo despavorido.

―A este paso te vas a quedar solo en el carruaje ―en algún momento, Feliks había aparecido a su espalda.

―A lo mejor es que quiero ir solo en el carruaje.

―No creo. Nadie puede ser tan aburrido y, encima, decirlo orgulloso. Pero tranquilo, que he venido para rescatarte de tu total aburrimiento ―el polaco intentó agarrarle del brazo pero Arthur se movió de forma que sujetara al aire.

―¿Por qué no te vas a darle el coñazo a Gilbert? ―le preguntó, sonando todo lo borde que fue capaz para que se le quitaran todas las ganas de acoplarse con él que parecía tener.

―No me apetece estar ahora con él ―Feliks apartó la mirada―. Mira, este carruaje está vacío.

Arthur se dejó arrastrar por el polaco, bastante interesado en la reacción que había tenido al mencionar al que, según tenía entendido, era su mejor amigo. Justo antes de subir al carruaje Arthur volvió a mirar hacia el castillo, pero no vio ni rastro de Francis, quien ya había entrado en el Gran Comedor. A quien sí que vio fue a Antonio, que andaba como si no supiera a dónde iba. El hispano, sin embargo, lo tenía más que claro. Lo que no sabía era por qué había ido a parar al lugar más abarrotado del colegio en ese momento.

―¿Antonio?

El Gryffindor escuchó la voz de Govert entre todos los gritos de los niños pequeños; justo la persona a la que no quería ver. Se giró lo justo para que el Ravenclaw viera que le saludaba con un gesto de la cabeza.

―No te vas ―dijo el rubio, aunque Antonio quería creer que era una pregunta.

―No, no me voy. Este año he decidido quedarme aquí.

―¿Eso por qué?

Antonio se vio obligado a girarse, viendo que la conversación iba a ser eso, una conversación.

―No lo sé, cambiar un poco de aires.

―Mal momento para quedarse en el castillo, ¿no crees? ―el rubio le recorrió la cara con los ojos, parándose en las ojeras, cada vez más profundas.

―Sí. Ahora tengo que irme, Gov... ert. Govert ―repitió, más seguro.

―Estás de vacaciones, ¿a qué viene tanta prisa?

Hasta a distancia se podía ver el cerebro Ravenclaw trabajando, intentando sacar conclusiones.

―Estoy cansado. He pasado mala noche y peor mañana por eso de que una amiga mía ahora es una estatua de piedra. Quiero dormir, solo eso.

Antonio le dio la espalda al rubio, que seguía pendiente de sus propios pensamientos.

―Feliz Navidad, Govert ―se despidió el hispano con cansancio.

El rubio se dirigió al carruaje ignorando las últimas palabras del hispano y trabajando a una velocidad desenfrenada para llegar a dos conclusiones distintas que insistía en que podían relacionarse sin ningún tipo de duda: Antonio escondía algo. Dos ataques a alumnos durante las noches.

Sin embargo, el prefecto se negaba a creer que Antonio fuera capaz de provocar la petrificación de otros dos alumnos. Pero era difícil ignorar los hechos.

Se dirigió hacia el carruaje, que seguía quieto. No le importó entrar, aunque solamente había dos alumnos de Slytherin a los que no conocía de nada. Ninguno de los tres dijo nada, demasiado sumidos cada uno en sus propios pensamientos como para hablar.

Arthur volvió a mirar hacia el interior del castillo, donde sabía que estaba Francis, quien se negaba a dejar el colegio a sabiendas que corría peligro por el simple hecho de que Antonio se quedara.

Dentro del castillo, Francis entró al Gran Comedor, quedándose asombrado por el panorama. Era una de las únicas veces en la que lo había visto tan desolado. Apenas había dos o tres estudiantes en cada mesa, hablando en susurros. Ninguno de los alumnos pareció reparar en que había entrado, ni siquiera los de su casa, pero tampoco le importó demasiado ya que no les conocía tanto como para evitar los silencios incómodos que se suelen dar en ese tipo de situaciones. Sin embargo, debido a la poca cantidad de alumnos y al hecho de que Francis se dedicaba a mirar más hacia la puerta que a su desayuno, no tardó en ver a Antonio entrar en el comedor. Le hizo un gesto con la mano para que se acercara y, aunque el banco estaba prácticamente vacío, se hizo a un lado, indicándole que se sentara con él.

Antonio olió los cereales con leche a distancia y supo que si no había vomitado ya era porque no tenía nada en el cuerpo para echar. Sin embargo se acercó a la mesa de Hufflepuff intentando no poner cara de asco, o por lo menos que no se notara demasiado.

―¿No te sientas? ―le preguntó el rubio al ver que se quedaba de pie, a cierta distancia de él.

―No, estoy bien de pie.

Por la mirada escéptica que le echó su amigo, Antonio supo que no le creía, aunque viendo su aspecto no era de extrañar.

―¿Estás bien? ―le volvió a preguntar.

―Sí, aunque me duele un poco la cabeza, así que creo que voy a ir a echarme un poco, a ver si se me pasa ―el hispano intentó excusarse con una sonrisa.

―Sin problema. Cuando te encuentres mejor avisa y nos vemos si quieres ―Francis le dio un apretón en el brazo antes de despedirse con la mano.

Cuando Antonio salió del comedor notó los ojos de su amigo mirándole, pero no se giró. No creía soportar el dolor de cabeza que arrastraba desde hacía días y que solamente aumentaba hasta no ser capaz de soportar ni la luz ni el ruido. Notando una presión en el cráneo que aumentaba a cada movimiento que hacía, el castaño se las apañó para llegar a la sala común de Gryffindor. Suspiró de alivio al no encontrar a nadie allí y, con los ojos cerrados por el dolor, subió las escaleras hasta la habitación que compartía con los demás chicos de su curso. Para su alivio, todos habían decidido irse con sus familiares durante las vacaciones. Antonio soltó un quejido al dejarse caer a su cama, ya hecha por los elfos domésticos. Se puso la almohada en la cara, intentando no ver, oír o incluso oler absolutamente nada. En algún momento se quedó dormido y no recuperó la consciencia hasta que sintió que algo no iba bien. Se despabiló en menos de un segundo y miró por la ventana: El sol era una bola anaranjada peligrosamente cerca del Lago Negro.

Por una vez en semanas había dormido, pero había dormido demasiado. Apenas le quedaba tiempo antes de que anocheciera. Salió corriendo de su habitación en penumbras y casi arrolló a uno de los chicos menores que habían tenido la mala suerte de quedarse en el colegio.

―Vas tarde, la cena ya ha terminado. Ha sido raro porque solo había una mes...

Antonio pasó a su lado corriendo, atravesando el retrato de la Señora Gorda sin dejar al chico terminar. Apenas había empezado a bajar las escaleras cuando se chocó de bruces con Francis.

―Antonio, te he estado buscando por todos lados ―le dijo, un poco fastidiado porque ni siquiera había podido ir a la cena de Navidad para buscar a su amigo.

Sin embargo, el enfado le duró poco al mirar a Antonio. Había algo distinto en él, y no era solo la postura tensa. Sus ojos tenían un brillo de locura que no había visto antes. Inhumanos.

―¿Ya ha terminado la cena? ―le preguntó el hispano, con la voz grave.

―Sí, la han adelantado metiendo una excusa tonta de que así estábamos juntos o no-sé-qué.

―¿Hay gente por los pasillos? ―volvió a preguntar el Gryffindor, comenzando a andar rápido.

―Solo me he cruzado con un grupo de cuatro de Ravenclaws, pero tengo entendido que su sala común está en la otra punta del castillo ―el francés intentó seguir el paso de su mejor amigo.

Francis miró a una de las ventanas que había en el pasillo. Ya el sol ni siquiera se veía y las primeras estrellas empezaban a apreciarse, pero no había rastro de la luna.

―No voy a llegar.

Antonio se sujetaba el pelo, intentando controlar su respiración, cada vez más agitada.

―No seas tonto, claro que vas a llegar. Ahora la luna no está reflejando aquí, así que puedes pasar.

Francis intentó sonar más seguro de lo que se sentía, pero la voz se le quebró a mitad de la frase. Antonio miraba el reflejo de las ventanas en el suelo, intentando encontrar una forma de llegar hasta los terrenos del colegio por lo menos. Si ya le daba miedo transformarse en los alrededores del colegio, no quería ni pensar lo que podría hacer estando suelto por dentro del mismo.

―Vamos, Toño, me sé un atajo por aquí que nos deja abajo.

Francis tiró de él y le arrastró hacia una zona sumida en la penumbra.

―No me toques ―el Gryffindor apartó su brazo del de su mejor amigo de un golpe―. Es más, deberías decirme cómo llegar e irte.

―Ni lo pienses. No pienso dejarte solo ahora.

Francis volvió a sujetarle del brazo y tiró de él. No tuvo que hacer ningún esfuerzo para encontrar el pasadizo que tantas veces había utilizado con Arthur. Era un camino estrecho y lleno de escaleras. El Hufflepuff podía notar la respiración acelerada de su amigo, que cada vez se volvía un poco más gutural. El problema real llegó cuando salieron del pasadizo. Antonio no entendía cómo había caído la noche con tanta velocidad, pero ya comenzaba a notar de manera inminente la transformación que se avecinaba. Apartó de nuevo a Francis de un tirón, pero esta vez no fue capaz de medir su fuerza y le mandó contra una pared.

―Vete ―le ordenó, alejándose más de su amigo, que le miraba estupefacto.

―No.

―Francis, vete. Ve a por algún profesor o lo que sea pero LARGO.

El hispano seguía luchando por aguantar el tiempo justo para que el Hufflepuff se fuera.

―Estamos al lado de la salida. No queda nada ―volvió a insistir Francis, con un brillo de miedo en los ojos.

―¡NO! ―fue lo último que Antonio pudo articular antes de que perdiera por completo el control.

Francis se quedó paralizado, viendo como su mejor amigo se convertía en un monstruo. Literalmente. La espalda de Antonio se encovó hasta romper su túnica, las piernas se alargaron al igual que sus pies. La cara del Gryffindor, siempre con una sonrisa amigable, pasó a ser la cara de un lobo feroz y calculador que le miraba con una sonrisa burlona en la que destacaban los colmillos. Entre la mata de pelo marrón que le había crecido por todo el cuerpo destacaban sus ojos, que brillaban. Verdes, despiadados e inhumanos.

Antonio ya no era más Antonio; era un hombre lobo. Y parecía hambriento de tejón.

Francis retrocedió hasta que chocó con la pared y sus pasos fueron seguidos muy de cerca por el hombre lobo. Antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, el monstruo se tiró sobre él, derribándole contra el suelo. El francés sintió la dentellada a solo unos centímetros de su cuello, sin embargo el hombre lobo no volvió a intentar morderle. Es más, había desaparecido la presión sobre su cuerpo. Aún aturdido por el golpe, Francis tardó unos segundos en ser capaz de volver a enfocar la vista. Unos brazos le levantaron del suelo en el momento preciso en el que Dumbledore empujaba al hombre lobo fuera del castillo. Una vez fuera, éste aulló y se revolvió hacia el director del colegio, quien hizo un complejo movimiento de varita. De repente no había nada en los terrenos, pero a Francis le pareció oír otro aullido desgarrador en la lejanía.

―¿Estás bien? ―le preguntó la profesora McGonnagall, aún sujetándole.

―¿Ha desaparecido? No se puede aparecer o desaparecer en el colegio ―fue lo único capaz de decir.

―Es cierto, Bonnefoy. Pero es el director el que controla esa estricta norma.

Francis asintió.

―¿Va a estar bien? ¿Toño va a estar bien?

―Está en un lugar donde no puede herir a nadie ―le aseguró Dumbledore con la voz tranquila que le caracterizaba.

En ese momento Francis notó que la fuerza le abandonaba. Si no cayó al suelo en el momento en el que perdió la consciencia fue por el agarre de la profesora McGonagall.