Esta es una historia que publiqué hace muchos años, pero quedo sin terminar y sin pulir. Estoy publicándola una vez más en una versión corregida y junto al epílogo que nunca mostré por acá. Ocurre un año después del final de Slayers Try y omite los eventos de Revolution y Evolution-R.

Lobo Palabragris

Capítulo 6: La Mano Invisible

Habían pasado un par de días desde que Amelia y Zelgadis se habían separado del resto del grupo, siguiendo la visión de espiritista. Viajaron al este, mientras el cielo se oscurecía cada vez más con nubes negras que comenzaban a ensombrecer el camino de la pareja. Al poco tiempo se escuchó el primer trueno, una tormenta se acercaba. Las primeras gotas se hicieron presentes sobre la delicada piel de la princesa unos minutos después.

— Comienza a llover — comentó Amelia con voz algo temblorosa por el frío.

— Será mejor que nos apresuremos... ponte esto — le respondió Zelgadis quitándose la capa y cubriendo a su compañera.

— Gracias — respondió la joven ligeramente ruborizada.

Un par de horas después, llegaron por fin a un pequeño pueblo. Habían viajado en la dirección del Desierto de la Destrucción desde que se separaron de sus compañeros, pero aún estaban lejos de las tierras áridas del desierto. Los árboles se habían reducido, pero rocas y arbustos aún cubrían el terreno al rededor del camino. Ya estaba lloviendo fuerte y los dos caminaban empapados. Al entrar al pueblo, la quimera se cubrió el rostro con la capucha para evitar llamar la atención.

— Hacía tiempo que no te cubrías así, pareces un bandido — comentó la princesa, su compañero guardó silencio.

Caminaron por una calle con adoquines de piedra por la que el agua escurría como un río, hasta llegar a una gran casa con un cartel de posada cerca del centro del grupo de casas al rededor del camino que formaban el poblado.

— Habitación doble — fue la petición cortante de Zelgadis al tabernero que atendía en el primer piso tras la barra.

El hombre recibió las monedas que el viajero le extendió y, con un gesto hosco, le entregó la llave de una habitación del segundo piso.

— Vamos — apuró el encapuchado hombre quimera. Ya en la habitación, los viajeros dejaron sus mochilas y sus armas para cambiarse la ropa mojada.

— ¿Cómo encontraremos al anciano? — preguntó Amelia.

— No estoy muy seguro... pero lo haremos mañana, baje... — le respondió Zel dudoso en un principio, pero sus palabras fueron interrumpidas cuando la princesa se colgó de su cuello sorpresivamente.

— ¿Qué haces?, no te me pegues — reclamó el hombre con el ceño fruncido.

— Tú dijiste que podía hacer lo que quisiera cuando estuviéramos solos, ¿Recuerdas? — le respondió la joven con una sonrisa.

Un avergonzado Zelgadis comenzó a recordar el primer día que había estado de regreso en Seyruun, con Amelia. Desde el primer momento en que se vieron, ella lo abraso y lo besó. Varios días antes de eso, ella se le había declarado en el Espacio Interior, el lugar que utilizan los espiritistas para comunicarse.

La princesa había creído en un principio que era un sueño, pero pronto se había dado cuenta de que estaba consciente y que realmente estaba con Zelgadis, pero en "ningún lugar" como él alguna vez había mencionado. Originalmente la había convocado en ese espacio interior para saludarla, pero Amelia no había dejado pasar la oportunidad sabiendo que Zel nunca se le declararía primero. Estaba consciente de que llevarla a ese lugar mental era lo más próximo a tomar la iniciativa que tendría del hombre quimera. Luego de que ella le dijo entre lágrimas cuánto lo había extrañado y que lo amaba, él le había confesado también sus sentimientos. También le explicó que, en realidad, no podría haber convocado psíquicamente de ese modo a una persona por la que no tuviera sentimientos profundos, pues en ese lugar era vulnerable y el subconsciente mismo no se lo permitiría.

El joven recordó aquél día en que se volvieron a ver en el mundo real, cuando la princesa había escapado para salir del palacio con él y caminar por las calles, y una de las primeras cosas que había hecho fue lanzársele encima y colgarse de su cuello, justo como lo hacía en ese momento. Aquella vez le había dicho que no lo hiciera, que le molestaba y que no sería bueno que vieran a la princesa real de ese modo. Amelia le había soltado lentamente luego de asentir y, con una sonrisa, le había preguntado "¿Y si estamos solos?", "Haz lo que quieras" había sido su evasiva respuesta. La joven tenía razón, esa había sido su respuesta y ahora era tarde para lamentarlo.

— No seas penoso, estamos solos — trató de calmarlo la joven, pero su compañero permaneció en silencio.

En realidad no se sentía tan mal tener a alguien colgado del cuello. Luego de haber estado por tanto tiempo sin compañía, se había acostumbrado al frío de la soledad. Amelia era cálida y cariñosa, Zelgadis se estaba acostumbrando ahora a su compañía.

— Esta bien, pero no lo hagas en público — aceptó finalmente el hombre quimera.

— Bien... — respondió la princesa, pero sus palabras se cortaron al sentir el rostro de Zel frente al suyo, muy cerca.

Era raro que Zelgadis actuara así, un torbellino de locas ideas y conjeturas revolvieron la mente de la joven, pero sus pensamientos se disiparon y sus preocupaciones desaparecieron al acercar sus labios y sellarlos con los del hombre quimera. Fue un beso largo y tranquilo, se podría decir, un beso inocente y romántico.

Ya era de noche y la pareja estaba sentada en una esquina del bar. Sobre la mesa había una multitud de mapas y notas del espiritista iluminados por la luz de una lámpara, a su lado, una botella carmesí junto a una copa.

— Entonces los demás deben estar aquí... — la princesa apuntó con el dedo una montaña dibujada en el mapa.

— Y la guarida de Gorath debe estar por aquí — Zel giró la mano sobre una zona más al sur.

— Es probable que cerca de esos cráteres — comentó la joven observando unas marcas en la zona del mapa marcada por su compañero.

— Cierto, creo que lo llaman Luna de Sangre... — recordó la quimera, dándose con los dedos en la sien. — Creo que tengo un documento que saqué de la biblioteca de ese anciano en Clead — continuó el hombre buscando entre los papeles.

— ¿Quieres decir que lo robaste? — preguntó la princesa con el rostro inusualmente fruncido.

— Mm... se lo devolveré luego... debe estar arriba, voy a traerlo — le respondió algo nervioso y se paró para ir a la habitación en busca del documento faltante.

Zelgadis se retiró por un momento y subió la escalera para ir por los papeles. Amelia acercó la lámpara a su lado de la mesa para examinar el mapa en más detalle, era un papel viejo y casi ilegible. La princesa estaba absorta en el mapa y los planes, y no se percató de que un tipo de mal aspecto se le acercaba.

— Ah, que haces en un lugar como este niña, ¿No sabes que puede ser peligroso? — el hombre acercó su mano y la sujetó fuertemente del hombro mientras le hablaba. El terror se apoderó inmediatamente de Amelia al verse sola en aquella situación.

— Vamos, no hagas nada estúpido y lo pasaras bien — dijo el hombre mientras llevaba la otra mano al cuello de la joven y apretaba para que no gritara.

Lo primero que pensó fue "¿Qué hago?", pero no logró concentrarse por el miedo que el hombre le provocaba. Era un tipo fuerte y parecía malvado, sus manos estaban sucias y no sabía lo que pensaba hacer. Si no podía hablar, no podría conjurar para defenderse, y no estaba segura de que su habilidad física fuese suficiente para combatirlo.

— Ghhh... no... — fue lo único que la garganta ahogada de la joven logró emitir.

El tipo la levantó de la silla acercándola a su rostro perverso, los puños de la joven fuertemente apretados sudaban y una lágrima amenazaba con caer por su mejilla. Estaba aterrada, pero de pronto su rostro volvió a la calma al ver la figura que se acercaba con prisa.

— Quita tus sucias manos, de inmediato... — susurró una voz profunda y amenazante atrás del hombre.

— ¿O qué... — el hombre no pudo seguir hablando, pues una mano de piel celeste sujetó su muñeca con una fuerza descomunal y la alejó del cuello de la chica.

— ¡Dije que la soltaras! — un furioso Zelgadis golpeó al tipo en un costado haciéndolo soltar el hombro de Amelia y voltearse, aún sujeto por el encapuchado hombre azul.

Casi incapaz de contenerse, el espiritista sujetó con la otra mano el cuello del hombre y lo alzó del suelo casi sin esfuerzo. Con un movimiento brusco de la cabeza, Zel se quitó la capucha que ensombrecía su cara y mostró su furioso y amenazante rostro de piedra, sus ojos brillaban con un fuego azulado. Presionó con más fuerza el cuello del desgraciado, ahogándolo y sin mostrar la menor intención de soltarlo.

— Ya estoy bien, suéltalo o lo mataras — pidió la princesa sujetándose el cuello luego de recuperar el aliento.

— ¿Qué dices?, debería matarlo aquí mismo por lo que hizo — respondió su compañero con una mirada gélida en los ojos.

Desde atrás, en la taberna, se escucharon varios ruidos de sillas. Cinco hombres morenos de piel curtida y llenos de cicatrices se pararon desenfundando dagas y garrotes y comenzaron a acercarse a la pareja.

— Ay, no... no los golpees, por favor — pidió esta vez la princesa a Zelgadis, evidentemente más preocupada por la seguridad de los atacantes que la de su compañero.

El hombre quimera guardó silencio por un momento mostrándose poco convencido por la petición. Sin embargo, luego de un momento relajó ligeramente la mano que sujetaba el cuello del hombre medio inconsciente y lo arrojó de un empujón a los pies de los compañeros que se le acercaban.

— Lo siento, se me cayó — se disculpó burlonamente de los hombres que se caminaban en su dirección.

Uno de los villanos se le acercó con la daga por delante, pero Zelgadis lo miró con desprecio y algo de curiosidad en el rostro. El bandido balanceó rápidamente el cuchillo realizando el primer corte, pero sin intención de esquivarlo, el espiritista recibió el corte en pleno vientre.

— Rajaste mi ropa, eso te costara caro — dijo el hombre quimera sin inmutarse, ileso gracias a su resistente piel.

— No los golpees, por favor no causemos problemas — repitió con urgencia la princesa.

— ...esta bien — respondió finalmente su compañero luego de un pesado suspiro.

Zelgadis cerró los ojos por unos segundos en busca su nexo, el punto frío en medio su alma que era la entrada al espíritu. Se vio transportado a un lugar sin colores ni formas, donde ya no distinguía su cuerpo y el entorno era ilógico e incomprensible, el plano astral. Frente a sí, sintió una especie de esfera amorfa de energía blanca palpitante, el espíritu de su rival. Concentrándose un poco logró asumir su forma real y extendió una mano hacia esa masa de energía, que al momento adquirió un aspecto sólido y rígido. Al tocar la superficie sintió una ligera presión resistiendo su movimiento, pero sin necesidad de utilizar poderes especiales atravesó la barrera con la mano. Tan pronto su mano entró en la figura de energía, vio tres pilares de luz al frente, como los troncos de delgados árboles blancos. Con un pensamiento, su mano asumió la forma de una espada y se acercó a los pilares de luz con intención de atacar. De un solo tajo y sin el menor esfuerzo, cortó los tres pilares, que colapsaron en una niebla gris y oscuridad. Luego salió del espacio interior y volvió al mundo físico. Para los observadores a su alrededor había pasado un pestañeo, un segundo fugaz en que Zelgadis había cerrado los ojos y los había vuelto a abrir, pero el hombre que acababa de dar una puñalada al espiritista, ahora lo miraba con los ojos desorbitados y saliva cayendo de su boca.

— Arrodíllate — ordenó Zel con voz tranquila. Al instante, el hombre se arrodilló soltando el cuchillo.

Otra vez cerró los ojos por un segundo, concentrándose y recurriendo al espíritu esta vez contra los otros bandidos. De un momento a otro, los hombres asumieron el perturbador aspecto perdido del primero. Sin decir una palabra y obedeciendo ciegamente las ordenes de Zelgadis, levantaron a los dos caídos, el que había arrojado el espiritista y el que yacía de rodillas, y se retiraron del lugar perdiéndose en la lluvia nocturna del exterior.

— Zel, ¡¿Qué hiciste?! — preguntó la princesa con sorpresa y algo de temor.

— No los golpeé — respondió su compañero.

— ¿Eso fue el espíritu? — continuó preguntando dudosa la joven.

El espiritista movió la cabeza de modo afirmativo, antes de sentarse y colocar los papeles que traía sobre la mesa. Nadie en el lugar pareció mostrar demasiado interés en lo ocurrido y, tan pronto partieron los bandidos, todos volvieron a sus asuntos. Un rato después, luego de revisar los papeles y mapas, parecieron haber aclarado algunas dudas y recolectado más información.

Ahora sabían que Luna de Sangre era una zona volcánica activa, ubicada varios kilómetros al sur, donde se decía que vivían demonios y poderosas criaturas malignas. Se decía que era imposible que cualquier humano viviera en el lugar, pero estaban hablando de un demoniac después de todo, no una persona corriente. Parecía el escondite ideal, era un amplio terreno bordeado por un río de lava que fluía por entre los cráteres. Nadie se acercaba, no había pueblos ni asentamientos a varios kilómetros a la redonda y el terreno de toda la zona era un desierto ardiente, con gases sulfurosos y peligrosas criaturas. Más allá de eso, era una zona desconocida y casi inexplorada de las Montañas Estriadas.

— Mañana buscaremos al anciano Tenzer, ya es tarde — comentó el hombre quimera luego de vaciar la botella de vino.

— Si, mañana — la princesa estuvo de acuerdo mientras comenzaba a ordenar los papeles con Zel para subir a su habitación.

En un lugar muy lejano hacia el oeste, Kala y el demonio Xellos hablaban seriamente entre las sombras de Darkfall. La dragón negro lucía inusualmente enfocada en la conversación, con la cabeza gacha y esperando las palabras del demonio. Los segundos se convirtieron en minutos, y se sintieron como horas en el tenso silencio.

— Entonces... es cierto lo de la dragón... — preguntó con voz temblorosa la joven.

— ¿Filia?... si — respondió finalmente el demonio.

Kala parecía nerviosa e insegura, una actitud infrecuente en ella. Sudaba frío y no podía mantener sus manos quietas. Al fin luego de una espera interminable, la dragón negro volvió a hablar, esta vez un poco más segura.

— ¿Por qué no volviste?, te esperé por muchos años — preguntó alzando la mirada.

Xellos parecía resignado a, por una vez en la vida, dar una respuesta directa. Estaba seguro que tarde o temprano haría esa pregunta y sabía que tendría que responderla.

— Estábamos en guerra, recuerdas... me prohibieron verte — respondió al fin, luego de pensarlo un momento.

— Y... eso... ¿No es un secreto? — preguntó entrecortadamente Kala, extrañada de escuchar la respuesta.

— Jaja... en realidad si — el demonio rió por un momento, pero rápidamente su humor pareció dejarlo.

— Y entonces ¿Por qué me lo cuentas?

— Porque mereces saberlo.

— ¿Merezco saberlo?, no porque debo, o es necesario, o es conveniente... ¿Esos no son sentimientos? — la dragón se extrañó aún más luego de pensarlo.

— ...no lo se... quizás — contestó Xellos con una voz que casi sonó afligida.

— Se supone que ustedes los demonios no tienen sentimientos... ¿No? — continuó preguntando la dragón intrigada.

— Se supone, pero... — el demonio lo pensó en busca de una respuesta, recordando una infinidad de eventos, batallas, actos atroces, palabras y una fuerte luz dorada, antes de responder al fin. — Creo que siempre los he tenido, o acaso... ¿No lo recuerdas?

— Recuerdo que jugabas con tu comida, recuerdo que cuando nos comenzamos a ver tenía miedo de mi padre... — la dragón se detuvo por unos momentos mientras también vio una miríada de recuerdos de su larga vida pasando frente a sus ojos. — ...pero que nos vimos más seguido luego de que lo maté.

— También recuerdo que jugaste conmigo y me abandonaste... pero no recuerdo ningún sentimiento, no en realidad — terminó Kala.

— Yo... lo siento — respondió el demonio con la mirada baja y una expresión que podría ser un muy bien fingido arrepentimiento, o incluso pudor.

Xellos recordó cuando le avisaron que los Señores Oscuros lo citaban a una reunión especial, siglos atrás. Él pensó que habían descubierto lo de su amante dragón, pero su sorpresa fue mayor cuando asistió y en medio de la reunión, una luz dorada irrumpió y los demonios quedaron inconscientes por un momento. Luego se sintió extraño y diferente, como si algo le faltara, o como si algo le sobrara. El resto de los demonios despertó y, sin darse cuenta de lo ocurrido, lo felicitaron por su trabajo y anunciaron que podía retirarse, y desde entonces casi no lo contactaron. Ni siquiera Zelas, su ama, se había percatado de que algo inusual había ocurrido, y él nunca lo mencionó.

Nunca se lo había dicho a nadie, pero desde ese momento extraño e incomprensible, desde que había sentido esa presencia dorada, debió ser el momento desde el que había sentido ese calor que lo acompañaba y que no lograba comprender ni descifrar. Luego de aquella experiencia extraña, la señora Zelas le había ordenado partir a otras tierras a cumplir otras misiones. Xellos siempre sintió que todo había sido extraño y poco natural, como si aquella presencia capaz de controlar a los Señores Oscuros estuviera manipulando los eventos, separándolo de Kala, pero el sacerdote demoniaco nunca cuestionó a su ama.

— Me mandaron muy lejos... pero fue difícil... sentía algo — Xellos volvió a pensar y recordar, sintiendo una desagradable presión en el pecho.

— ¿Qué te ha pasado? — preguntó la dragón negro sacando bruscamente al demonio de sus pensamientos.

Luego de un largo suspiro, Xellos comenzó a narrar a la dragón toda su historia desde la última vez que se habían visto, poco antes de que la guerra entre dragones y demonios terminara. Por primera vez narró lo ocurrido con los Señores Oscuros y esa extraña presencia. También le contó lo que pasó desde que Zelas le ordenase seguir a Lina y su grupo, cuando derrotaron a Fibrizo, y también su propia lucha contra la Estrella Oscura junto al grupo. También, inevitablemente, narró lo ocurrido con Filia desde entonces.

— Entonces es cierto... corre el rumor entre los demonios, pero nadie esta muy seguro — comentó Kala luego de que el demonio le habló de la sacerdotisa dragón.

— ¿Y tú andas por ahí con demonios?, pero eres... — se sorprendió Xellos.

— ¿Dragón? — terminó la joven su frase. — Si claro, pero los demonios ya no pueden sentir mi presencia.

— El poder oscuro — concluyó Xellos, a lo que la dragón asintió en forma afirmativa.

— Pero los perros infernales y otras criaturas demoníacas podrían olerte — continuó preguntando el demonio.

— Los "perros infernales y otras criaturas demoníacas", como tú dices, me obedecen ahora — se jactó orgullosa la dragón, mostrando un rostro siniestro antes de continuar. — Me he vuelto mucho más poderosa y conozco magia que incluso los demonios buscan.

— ...pero dime algo... ¿No estas enojada conmigo?... entonces también has cambiado... — preguntó dudoso el demonio luego de pensarlo por un momento.

— Ahora tengo muchos juguetes y diversión — fue la respuesta de la mujer.

— Siempre que no los mates a todos, ¿Recuerdas? — comentó el sacerdote demoniaco.

— Jajajajaja... si, es cierto... — la dragón rió con fuertes carcajadas. — Pero no te preocupes, tuve muchos años para estar enojada... y muchos años más para dejar de estarlo.

— En cualquier caso, ¿Qué a pasado contigo?, no supe más de ti en todos estos años — preguntó a su vez el demonio.

— Es una historia larga... — respondió Kala, respirando profundamente antes de seguir.

La dragón comenzó a narrar una extensa historia de todo lo que había ocurrido, aunque con una multitud de lagunas por años que Kala no recordaba. Luego de matar a su padre, se convirtió en la líder de la poderosa casa de hechiceros dragón que controlaba el difunto. Combatió por el resto de la guerra, pero cada vez de modo más caótico. Con cada año que pasaba perdía más el control, hasta el punto que comenzó a matar para divertirse, demonios, dragones, le daba igual. Al final terminó por asesinar a todos los dragones de su propia casa de hechiceros y, usando magia prohibida incluso para los demonios, robó parte de sus almas para aumentar sus poderes. Luego de que la guerra terminó y la Barrera de los Demonios fue levantada, vagó por muchos años asolando regiones enteras como un monstruo salvaje. En una batalla mal llevada, en la que al parecer se aburrió de la pelea, murió a manos de un grupo de dragones que la había estado cazando por un largo tiempo.

Siglos después de la guerra y de su propia muerte, con los reinos humanos del interior de la barrera ya establecidos y en paz, fue resucitada por Hound, un antiguo demonio contra el que había luchado en alguna ocasión. El demonio la había tomado como su protegida y había actuado como un segundo padre. Al parecer luego de ser alzada de entre los muertos, la dragón había perdido aún más su sanidad mental y su historia se convirtió en islas de información de aquellos momentos en los que era consciente de sus actos. Al final, habló del renacimiento del Triunvirato a manos del mismo Hound, Gorath y ella. Al parecer el viejo líder del grupo estaba preparándose para llenar el vacío de poder dejado por los Señores Oscuros destruidos, Garv y Fibrizo, pero la dragón tenía una intención diferente.

— Y ahora buscas revivir a La Bestia — concluyó Xellos terminado el relato de la dragón.

— Debes prometer que no se lo dirás a nadie — La joven de negro se le acercó al demonio con cara maliciosa, sujetándolo con una mano del cuello y otra de la cintura. — ¿Lo prometes? — preguntó mientras se le acercaba cada vez más con ojos picaros y brillantes.

— Si, si... soy una tumba, pero... — el demonio trató de despegarse a la chica pero le resultaba difícil y la dragón continuó con su juego.

Unas horas después, luego de haber escapado finalmente de Kala y de sus juegos, Xellos pensaba sentado en la rama de un árbol cerca de Darkfall, qué hacer a continuación. Quería ayudar a Filia, quería estar con ella, pero no quería que Kala resultase nuevamente herida. Luego de tantos siglos, la dragón negro lo hacía dudar, una vez más, de todo lo que sentía y creía. Junto a Filia estaba empezando a definir ese extraño calor en su pecho que le había causado tantos problemas, alguna clase de sentimiento espeso. "¿Pueden los demonios sentir afecto?" se preguntaba y la respuesta obvia era negativa. En un mar de dudas sentía que su situación volvía a complicarse, nuevamente por causa de una dragón. Sin llegar a una respuesta satisfactoria, se paró decidido al fin e hizo aparecer su báculo.

— Esto es muy confuso, pero no puedo seguir perdiendo el tiempo aquí — se dijo antes de dar un salto y desaparecer entre las sombras.

Mientras tanto, Zelgadis se sentaba pensativo apoyado contra un árbol en un lugar muy diferente. Sintió una sensación extraña y lejanamente familiar, que sin duda había sentido antes, pero que no lograba recordar con claridad. A su alrededor había solo árboles, hierba y el sonido de un río. Se paró y miro al cielo, los pájaros cantaban y el sol brillaba con fuerza. Al pararse se sintió extraño, ligero y cálido, como si la luz del sol le causara una sensación agradable en la piel.

— Mis manos... soy... humano — exclamó con una voz algo ahogada por la sorpresa al notar el extraño color rosado pálido de sus manos.

Su piel era clara y suave, sin rocas ni alambres en el cabello. Su cabellera tomada en una larga cola que le llegaba hasta la cintura lo hizo sentir aún más extraño. Sin saber exactamente por qué, caminó siguiendo el sonido del río. Al acercarse a la orilla, vio a Amelia con un largo vestido blanco sentada en una roca. Se acercó y la joven le sonrió antes de correr y abrazarlo. Siguió un cambio repentino y una gran sorpresa. Los cabellos de la chica eran rubios y largos. Su rostro era diferente y su estatura más alta, era un mujer desconocida pero familiar. Al instante miró su reflejo en el río y vio el rostro de otro hombre, con el cabello rojizo y extraordinariamente largo, tomado en forma de cola y atado con cintas de tela oscura.

Al momento siguiente, ya no miraba su reflejo en el agua, sino que observaba la escena como un espectador desde un lado entre los árboles. Su piel se sintió áspera, pesada y natural, volvió a ser él mismo. La pareja que observaba se percató de su presencia y lo llamaron con un gesto de sus manos.

— ¿Qué haces ahí niño?, ven, acércate... ¿Acaso no me reconoces? — le dijo la mujer.

— Vamos, chico, si no te atreves a acercarte, ¿Cómo piensas encontrarme? — exclamó el hombre con voz enérgica.

Tomados de la mano, el hombre y la mujer resplandecieron por un momento y cambiaron su apariencia, adquiriendo una imagen anciana y pequeña.

— Maestra Ivanna... — el espiritista finalmente reconoció el lugar en que se encontraba. Nunca había visto el paisaje, pero sin duda estaba en el espacio interior. Comenzó a caminar acercándose a su maestra y su pareja.

— No estas concentrado, así nunca podrás dominar tus poderes — lo regañó su maestra. — Sin concentración, el espíritu te fallara cuando más lo necesites.

— Tiene razones para no estarlo, querida. Estaba pensando en el amor — dijo el anciano a la maestra, luego extendió una mano hacia Zelgadis. — Ven hijo, dame la mano.

Zel dudó por un momento, pero luego de ver la señal afirmativa de su maestra, accedió y sujetó la mano del delgado anciano. Sintió un hormigueo extraño recorriendo su cuerpo desde las manos hasta su pecho, similar a la sensación de convocar su energía para utilizar el espíritu en el mundo físico.

— Si estas concentrado podrás encontrarme, y si me encuentras podrás pedirme ayuda — explicó el maestro.

— Si, recuerda que yo ya estoy muerta. Hay límites a lo que puedo enseñar a los mortales y la ayuda que puedo brindar — la anciana refrescó la memoria de su discípulo provocándole un escalofrío en la espina con sus palabras.

— Pero yo aún estoy aquí, por un tiempo más... pero no será mucho — comentó el anciano Tenzer, a quien había estado buscando.

— Mañana partiré en su búsqueda — respondió el hombre quimera.

— Recuerda, si estas enfocado podrás encontrarme... — comenzó el anciano.

— ...pero no bastará con encontrarlo — terminó Ivanna.

— ¿A qué se refiere maestra? — preguntó Zelgadis.

La pareja le sonrió mientras la escena comenzaba a sentirse más y más lejana, hasta terminar perdiéndose en el abismo del inconsciente. Al amanecer, Amelia se despertó con el sonido de los pájaros cantando. La tormenta había pasado y la luz del sol se filtraba por entre las nubes cada vez más dispersas. La princesa miró a un lado, luego al otro, no encontró a Zelgadis. Al no sentirlo cerca se levanto y miro por la habitación.

Cerca del balcón a unos metros, lo vio finalmente, el sol se reflejaba en su piel azulada. Vestido sólo con un pantalón y con los ojos cerrados, realizaba extraños movimientos lentos que junto a su respiración tranquila lo hacían parecer parte del cielo mismo, como un árbol que se mece con el viento. Amelia casi nunca lo había visto realizar esos ejercicios antes. Solo los usaba para tranquilizarse cuando se encontraba nervioso o alterado, cosa poco frecuente. Luego de un momento, el espiritista notó la presencia despierta de la joven.

— Hola — saludó el hombre quimera sin abrir los ojos ni detener sus lentos y sublimes movimientos.

— Ho-hola... ¿Qué pasa? — respondió Amelia algo confundida.

— Nada, hoy buscaremos al maestro Tenzer — respondió su compañero.

— ¿Maestro Tenzer? — preguntó la joven extrañada por el título.

— Si, hoy partiremos a buscarlo — respondió luego de detenerse y abrir los ojos, mientras tomaba una camisa y comenzaba a vestirse.

Unos minutos después, con todas sus pertenencias guardadas y listos para partir, Amelia notó una sensación extraña que no había sentido antes.

— Siento algo extraño... como un remolino en el pecho... — le dijo la princesa desconcertada.

— Es el espíritu — respondió Zel. — Has comenzado a sentirlo, es porque hemos estado algún tiempo juntos y solos... estas comenzando a sentir mi espíritu.

— Pero...

— No te preocupes, te acostumbraras. Además, comenzaré a enseñarte cómo controlar algo de tu propio espíritu — la tranquilizó Zel.

— ¿Estará bien?, ¿Tu maestra no te lo enseño como un secreto? — cuestionó la joven bajando la mirada.

Zelgadis tomó una pausa y lo pensó por un momento en busca de una respuesta. Después de meditarlo por unos segundos, sintió algo bueno y correcto que lo hizo sonreír.

— Enseñar a quienes sean buenos de corazón... creo que eso es lo que mi maestra quería — respondió finalmente.

Al medio día ya habían salido del pueblo y estaban en camino. Pese a la insistencia de Amelia, Zelgadis no probó bocado durante el desayuno. Caminaron sin rumbo fijo por un rato siguiendo el camino pedregoso, pero luego de un rato el espiritista guió a la joven fuera del camino y continuaron por el campo.

— Creo que es por aquí — indicó el hombre.

— ¿Porqué no preguntamos? — cuestionó la princesa indicando una de las ultimas casas que tenían a la vista.

— Debo encontrarlo... — fue la enigmática respuesta de Zel.

Sin animo de discutir y acostumbrada a seguir los presentimientos de la quimera, la joven asintió y caminó tras sus pasos. Continuaron por varias horas, alejándose del pueblo y del camino principal, siguiendo el presentimiento del espiritista.

— Por aquí — dijo Zelgadis acercándose a un camino estrecho y poco transitado entre los árboles, donde podía escucharse el sonido de un río.

— Si... siento una presencia agradable por ese lado — asintió Amelia apuntando en una dirección del camino, con rostro perplejo y algo confundida.

— ¿Lo ves?, es el espíritu, al estar en sintonía conmigo comienzas a sentirlo... pronto te enseñare a entrar al espacio interior por ti misma — explicó su compañero.

— Estoy seguro, es aquí — señaló finalmente el hombre quimera al llegar a una casa de madera sumamente arruinada y vieja.

Se acercaron a la entrada, pero la vieja puerta de madera se salió de su lugar tan pronto Zelgadis la tocó con la mano, cayendo al suelo con un estrépito. Algo avergonzado por su falta de cuidado, el hombre quimera levantó la puerta y la dejó a un lado, luego se dispuso a entrar.

El interior de la casa estaba completamente cubierto de polvo como si nadie hubiese ocupado el lugar en años, e incluso algunas raíces y yerbas comenzaban a brotar en los bordes de los muros. No se veían habitaciones, ni muros, ni puertas, sólo un gran salón rectangular de madera que ocupaba todo el interior. En el muro opuesto a la puerta había una suerte de altar con varias velas apagadas y en el suelo aún podía verse un extraño dibujo concéntrico pintado en las tablas, desgastado por el paso del tiempo. En el centro de la formación del suelo, había un hombre increíblemente anciano, con el cabello largo y blanco y los ojos cerrados, sentado con las piernas cruzadas y vestido únicamente con una toga celeste arruinada por los años. El hombre estaba cubierto de tanto polvo como el resto de la habitación, como una estatua abandonada en el lugar por décadas.

A penas Zel puso el primer pie en el interior, el anciano abrió los ojos y lo miró fijamente. Era una mirada profunda, que parecía rodear al hombre quimera, como si se hundiera en el mar de aquella mirada. La realidad se alejó, el entorno se oscureció y cambió mientras la mente de Zelgadis entraba al espacio interior forzado por el anciano. Por un momento, el espiritista quimera se vio rodeado por la oscuridad, pero pronto el lugar tomó forma. Un amplio campo árido, como un desierto rocoso que se extendía hacia todas las direcciones. En medio de la nada, frente al joven, se encontraba el anciano Tenzer, alto y delgado pero tan anciano como Ivanna, de pie y mirándolo directamente a los ojos.

[ Veo que me has encontrado, pero te has tardado mucho ] — se escuchó la voz del anciano sin que éste moviera los labios.

[ Pero te dijimos que no bastaría con eso ] — el anciano se estiró e hizo sonar los dedos.

Su aspecto comenzó a cambiar al instante adquiriendo una imagen juvenil, la del joven pelirrojo de cabello largo que la quimera había visto en su sueño.

— Ahora tendrás que demostrar que estas listo — habló Tenzer, esta vez vocalizando sus palabras.

[¿Listo para qué? ] — se escuchó la voz de Zelgadis sin que éste lo quisiera.

[ Eres un libro abierto para mi, no puedes ocultar tus pensamientos ] — le respondió el anciano mentalmente. — [ Listo para enfrentarme, claro está. ]

Zel se sorprendió por un momento, pero comprendió al instante que este no era momento para distraerse. El anciano de aspecto juvenil se acercó con una mano por delante para golpearlo, moviéndose con una velocidad asombrosa. El hombre quimera logró esquivarlo a duras penas, pero tropezó por la velocidad del movimiento y cayó al suelo.

[ Te falta mucha concentración, niño ] — se burló el maestro. Con un movimiento de la mano, alzó a Zelgadis en el aire usando el simple poder de su voluntad y lo depositó en el suelo, de pie.

— Espero que ahora si estés listo. Esta vez comienza el combate — le advirtió en voz alta el anciano, dándole al joven la oportunidad de que se preparara.

Con un movimiento de sus manos y cruzando los brazos frente al pecho, el maestro adquirió el color del suelo rocoso y desapareció de la vista.

[ Mente en Blanco, la defensa básica ] — pensó Zel.

Buscando rápidamente en un ataque apropiado en su mente, el joven imaginó un lobo con la piel pétrea como la suya propia. Al instante cambió su aspecto al de aquella criatura y comenzó a cavar en el suelo rápidamente, iniciando el ataque. De pronto el entorno cambió, parpadeando por un momento, y siendo reemplazado por un patio de piedra similar al exterior de un templo. El lobo en que se había convertido el joven era incapaz de causar daño a las duras rocas del suelo y se detuvo. Frente a Zelgadis apareció de pie Tenzer, que al momento realizó un movimiento con sus manos e hizo aparecer frente a él dos grandes escudos metálicos flotantes que lo protegían.

Viendo que su forma sería ineficiente en ese contexto, la quimera regresó a su forma normal, pero esta vez armado con una enorme maza de acero sujeta con ambas manos. Comenzó a sentir un hormigueo y un ligero mareo que le indicaban la energía que estaba gastando en su transformación. Sin perder tiempo, embistió la defensa del anciano golpeando con el mazo y haciendo volar uno de los escudos, para luego recuperar el balance y comenzar otro golpe, pero el maestro era rápido y se deslizó hacia atrás llevándose el escudo restante y quedando fuera del alcance de Zelgadis.

A esa distancia, la pesada arma sólo lo hacía más lento, dificultando su ataque y su movilidad, por lo que lo hizo desaparecer y corrió hacia Tenzer. Al acercarse, saltó a una altura impresionante e hizo aparecer una jabalina en su mano, para atacar desde arriba evitando el escudo.

Sin perder la calma, el maestro del espíritu saltó abandonando su escudo y agarró sin problemas el proyectil de Zelgadis en el aire. Continuando el ascenso, el maestro se preparó para utilizar el proyectil como lanza y atacar al hombre quimera en cuerpo a cuerpo. El joven decidió bajar para evitar el ataque, pero al hacerlo colocó a Tenzer en ventaja. El maestro reaccionó al instante arrojando la jabalina tal como lo había hecho Zel momentos antes.

Sin la precisión suficiente como para repetir la maniobra realizada el maestro para evitar su propio lanzamiento, lo esquivó dando un pequeño salto hacia atrás. Buscó a Tenzer luego de esquivar el ataque, pero no pudo encontrarlo. Desde atrás, sintió un golpe del poderoso espiritista que lo hizo estremecer. Por un momento vio varias barras de luz bien definidas con el aspecto de resistentes pilares de mármol, la representación de sus propias defensas, y varias de las estructuras cayendo hechas pedazos.

Recuperando la concentración, se giró desviando otro ataque del maestro y logró quedar en posición defensiva. Para el contraataque, imaginó otro par de brazos que le crecían de los costados y comenzó el ataque a mano desnuda contra su contrincante. El anciano pareció sorprendido, pero esquivó con gran destreza los múltiples ataques.

Dándose cuenta de que, si bien sus golpes no eran suficientes, la táctica era efectiva, decidió mejorarla. Se concentró mucho más, sintiendo cómo sus energías fluía en gran cantidad causándole un cosquilleo en el estómago y un mareo cada vez mayor. Imagino que miraba al maestro desde el frente y desde un flanco simultáneamente mientras lo empujaba con un par de golpes fuertes. A su lado apareció un doble exacto de sí, ambos con cuatro brazos, y ambos armados con espadas ligeras.

Comenzó un ataque mucho más rápido y eficiente, rodeando al maestro con los gemelos Zelgadis y atacándolo desde todos los flancos. El anciano de aspecto juvenil hizo aparecer dos pequeños escudos como rodelas en sus antebrazos y los usó para detener los ataques sin perder velocidad. Al fin, una de las estocadas de Zel dio en el blanco golpeando el pecho del anciano.

Aprovechando el ataque exitoso, se concentró en la espíritu de su oponente para tomar la ventaja. Visualizó el corazón de su ser, su nexo, y un bosque lleno de árboles con troncos delgados y brillantes apareció. Se imaginó golpeando los árboles con todas sus fuerzas, pero su golpe rebotó en uno de los troncos luminosos haciéndolo temblar, las defensas del maestro estaban demasiado protegidas. Viendo que aún era incapaz de afectar directamente al maestro, decidió volver a la pelea.

El anciano lanzó un golpe con uno de los pequeños escudos arrojando al joven espiritista varios metros. Zelgadis recordó algunas palabras y lecciones de su maestra Ivanna que, por alguna razón, se le vinieron a la mente en ese momento, palabras que aún no acababa de entender.

[ "¿Has escuchado que mientras más grandes son, más fuerte caen?" ] — recordó que un día le comento la anciana.

[ "Con el espíritu es igual, mientras más poderoso, más susceptible. La confianza del poderoso es la única arma con la que el débil puede lo vencer" ] — continuaba aquella lección.

Ideando rápidamente un plan, el joven se levantó ignorando el dolor y el cansancio, y anuló tanto a su doble como la multiplicación de sus brazos. Se concentró un poco y aumenta su tamaño y su fortaleza, volviendo al ataque por la fuerza. El anciano logró detener algunos de los golpes de Zel, pero le costó trabajo por el tamaño de éste. Decidió responder a la quimera aumentando también su tamaño, más que Zelgadis, y golpeándolo una vez más.

El joven no se quedó atrás y volvió a aumentar su tamaño, esta vez una enormidad y sintiendo un torrente de energía gastada que pronto le impediría continuar. El maestro repitió el truco y contraataco, y continuaron creciendo y atacando por unos momentos más. De pronto, Zel se lanzó de un salto contra Tenzer, pero esta vez invirtiendo la táctica y reduciendo su porte hasta el de un insecto en comparación al maestro. De esta forma, logró eludir fácilmente los golpes del rival y llegó hasta su pecho, donde golpeó reuniendo todo su poder.

Volvió a visualizar el bosque mientras su golpe impactaba, esta vez se concentró al máximo en su mano, juntando toda su fuerza vital en los dedos. Con un suave toque en el que descargó todo el poder, derribó uno de los delgados pero resistentes troncos que representaban las defensas espirituales del maestro. De pronto los peleadores volvieron al mundo real, Tenzer los había sacado del espacio interior.

— Basta, es suficiente — le dijo amablemente el anciano maestro, aún sentado en medio del añoso salón de madera. — Lo has hecho muy bien.

El anciano se paró con dificultad y lentitud. Era alto y delgado, tal como lo había visto al principio de la pelea espiritual, pero sus ropas estaban arruinadas por el tiempo y su cuerpo estaba cubierto de polvo, como si hubiese permanecido sentado en aquél lugar por años.

— Pasen y siéntense, son bienvenidos — invitó al par de viajeros.

— ¿Qué... fue eso? — Amelia parecía confundida, pero sin duda se había dado cuenta de algo, pues mantenía los dedos en la sien como si le doliese la cabeza.

— Eso fue un combate espiritual... y ha sido uno difícil... — le respondió Zelgadis agachándose un momento para descansar y respirando con dificultad.

— No exageres, sólo ha sido una prueba — comentó el maestro.

— Usted es muy poderoso, tanto como mi maestra Ivanna — le respondió el joven espiritista.

— Pues tú tendrás que serlo aún más — le respondió el anciano en un tono nada tranquilizador.

— Lo necesitaras para enfrentar a tu enemigo. Descansa un momento, mientras les preparo un poco de té — continuó el maestro mientras comenzaba a buscar entre los polvorientos objetos de una mesa en un rincón.

— No se moleste, yo voy — reaccionó al instante Amelia.

— Ahora hablemos de lo importante, Hound... — comentó el maestro del espíritu con una mirada seria.

Continuará.

Avance del próximo capítulo: Una Noche de Tormenta

Los héroes disfrutan de un descanso en medio de la tormenta.

¿Qué pasó entre Amelia y Zelgadis?

¿Qué relación hubo entre Kala y Xellos? y ¿Dónde deja eso a Filia?

¿Qué ocurre entre Lina y Gourry cuando pueden al fin descansar?

Algunos detalles pendientes, una pausa antes de continuar con la aventura.