Bueno, pues aquí el sexto capítulo. Seguimos en el pasado, unos meses después de que Riza abandonara el Cuartel General Central. Sucede unos años antes del inicio del fic, a tres años del Día Prometido.
Riza va a visitar a su amiga y hablan de ciertos temas que tienen inquieta a la rubia.
Espero lo disfruten y comenten, por favor, a ver si les gustó o no.
6. Contacto.
Tocó el timbre un par de veces, posando sus manos distraída y suavemente por su ya bastante abultado vientre de veintidós semanas.
Aquella tarde no vestía su habitual uniforme militar, que, incluso entonces seguía portando cuando iba a realizar uno que otro papeleo en el Cuartel del Este.
Era su día de descanso, por lo que llevaba una blusa rosada y holgada, que dejaba ver una figura más redonda, pero no así menos firme que de costumbre. Sus largos cabellos dorados sueltos de su habitual amarre y unos simples pantalones negros.
Logró escuchar a alguien caminando pesada y lentamente desde el interior y aguardó.
— ¡Van! — exclamó aquella voz familiar al otro lado de la puerta.
Sonrió para sus adentros, sin apartar las manos de su abdomen.
La puerta se abrió lentamente, dejando ver a un hombre rubio, con un cigarrillo apagado entre sus labios, ojos azules un tanto cansados, apoyado en un bastón. Riza esbozó una tenue sonrisa.
—Buen día, teniente segundo Havoc— saludó con su habitual voz mesurada.
El hombre abrió mucho los ojos, sorprendido de ver a la rubia mujer frente a él — ¡Oy, Hawkeye! — Exclamó dejando caer el cigarrillo de entre sus labios con expresión claramente atónita, mirando el prominente vientre de su ex compañera casi descaradamente — ¡Mírate nada más! ¡Estás enorme!
Ella suspiró resignadamente. Jean Havoc, tan discreto como siempre. —También es un gusto verlo, teniente segundo— ironizó la mujer, cruzándose de brazos y con tono severo.
Ignorando el comentario de la joven, Havoc posó la mano libre –con la que no sostenía el bastón– en el vientre de la rubia, sus azules ojos muy abiertos — ¿Cuánto tienes ya? — preguntó, con la vista fija en la prominencia de Riza.
—Cinco meses y medio— respondió, sus ojos caoba suavizándose inmediatamente y un asomo de sonrisa en los labios, como era costumbre mirarla últimamente.
—Vaya, si que has crecido, amigo— comentó, dirigiéndose al vientre de la mujer.
Ella sonrió, entretenida por la elocuencia del hombre.
— ¡Ey, tú! — una voz femenina resonó desde el interior de la tienda de la familia Havoc, llamando la atención de ambos rubios. — ¿Quién es? Tienes que seguir con los ejercicios. Cómo detesto a los hombres que se valen de cualquier excusa para… Oh, Riza, hola— saludó la morena, asomándose a la entrada y dándose cuenta de la razón de la demora de su compañero.
—Hola, Rebecca— contestó ella, las comisuras de sus labios ligeramente curvadas en una sonrisa.
—Mira, la barriga le ha crecido bastante— comentó Havoc, dirigiéndose a Rebecca, como un niño pequeño sorprendido.
La joven pelinegra suspiró con exagerada exasperación — ¡Pues claro que ha crecido, tonto! Está embarazada ¿O qué esperabas?
—Hmpf. Amargada— rezongó el rubio por lo bajo, frunciendo el ceño.
— ¿¡Cómo me dijiste?! — exclamó Rebecca, molesta.
Riza negó con la cabeza, suspirando con resignación. Esos dos se la pasaban peleando.
— ¿Dónde está el teniente Breda? — preguntó, interrumpiendo a Rebecca y Havoc de su discusión.
—Aaaah, salió. Dijo que regresaría mañana por la tarde— respondió el rubio —Mejor por nosotros, ya no quedaba mucha comida.
Rebecca se cruzó de brazos, enfurruñada — ¡Cómo detesto a los hombres que no cuidan su figura!
—Tú detestas a todos los hombres— opinó Havoc, sacudiendo la mano, como restándole importancia al comentario de Rebecca.
La morena le dedicó una mirada envenenada que prometía otro buen rato de discusión —Disculpen por interrumpirlos, teniente segunda Catalina, teniente segundo Havoc, pero me preguntaba si puedo ingresar antes de que comiencen otra de sus… coloridas escaramuzas— inquirió la joven con un dejo de ironía en su voz.
Ambos la miraron como si apenas se percataran de su presencia.
— ¿Eeeeh? ¡Ah, claro! Pasa, pasa— invitó su amiga, con una sonrisa.
Ella lo hizo, con paso calmo, como siempre, y la espalda completamente erguida, aún cuando últimamente le costaba más de lo normal y le producía una que otra molestia dorsal.
—Mírate, pero si te ves preciosa— opinó la morena, observando a su amiga caminar, las manos aún posadas suavemente sobre su vientre.
Riza se volvió hacia Rebecca, que la miraba con los ojos brillándole y las manos juntas cerca de su rostro, como quien observa el mejor espectáculo del mundo y suspiró con suavidad. Típico de Rebecca Catalina.
—Gracias, teniente segunda— agradeció con un leve asentimiento.
Ingresó en la tienda, la cual no había visitado en las últimas semanas, pero que llevaba frecuentando desde que se había transferido a Ciudad del Este, puesto que su amiga se la pasaba ahí para ayudarle a Jean Havoc con su recuperación. Éste seguía a ambas mujeres, caminando aún dificultosamente, apoyándose por el bastón.
Tomó asiento en una de las sillas de un pequeño y sencillo desayunador de madera, respirando con alivio. Cada vez le era más cansado mantenerse de pie. Jean y Rebecca lo hicieron frente a ella, el uno al lado del otro.
—Oy, Hawkeye— llamó el hombre, con voz un poco atenuada.
La interpelada se volvió hacia él en respuesta.
—Esto…— balbuceó, rascándose la nuca compulsivamente — Me preguntaba… No has hablado con el jefe ¿cierto? — logró preguntar finalmente, de manera atropellada.
Rebecca le dio un codazo, para hacerlo callar, pero la rubia lo miró, extrañada por la inquisición. — ¿Por qué la pregunta? — cuestionó, ladeando ligeramente la cabeza.
El rubio no paró de rascarse con cierta ansiedad —Esto…— volvió a decir, nerviosamente —La otra vez… tal vez accidentalmente mencioné algo sobre tu casa nueva y…
Rebecca cerró el puño y lo estrelló contra el hombro de Havoc, quien de inmediato respingó de dolor — ¡Oy! Lo siento, no sabía que era un secreto de estado— se quejó, sobándose, con un puchero.
— ¡Serás tonto! ¡Cómo detesto a los hombre que no saben cuando mantener el pico bien cerrado! Te dije que no fueras de bocaza por ahí— exclamó ella, riñéndolo como una madre a su necio hijo.
— ¡Ya, ya! Se me salió, ¡Demonios! Cómo te gusta maltratarme, mujer. — rezongó el rubio sin dejar de sobarse.
Riza no supo cómo reaccionar, simplemente calló, pensando en lo que la accidental indiscreción de Havoc pudo haber significado para su ex superior.
—Obviamente no mencioné nada del embarazo— se apresuró a aclarar el chico, al adivinar la expresión de Hawkeye —Sólo dije algo sobre el tamaño de la nueva casa, pero él me colgó justo después de que lo mencioné y…
Rebecca le dijo un par de cosas más sobre la indiscreción –cosa que, obviamente ella tampoco conocía– pero la rubia reprodujo las palabras de Roy Mustang en su memoria.
"¿Es por alguien más?" había preguntado, asumiendo que esa sería la única razón por la que podría dejarlo.
Suspiró.
Tal vez era mejor que lo pensara de esa manera.
—No hay de qué preocuparse— concedió con serenidad. Rebecca y Jean observaron a la joven mujer por unos segundos, como intentando descifrar lo que acababa de decir. Sin embargo, Riza no habló nada más.
—Oy… esto ¿Cómo va todo? ¿Ya fuiste al doctor? — preguntó Havoc, con intensiones de aligerar el ambiente.
—Si— respondió ella, con suavidad, acariciando su vientre de forma inconsciente —Todo está bien. Al parecer está muy sano— dijo, sin poder evitar esa nota de orgullo en su voz.
Si. Su bebé estaba sano y eso era la noticia más feliz que pudo haber recibido.
— ¡Por Dios, Riza! ¿Te imaginas cuando ya haya nacido? — Exclamó Rebecca, efusivamente —Cielos, tienes que empezar a comprar ropa, y una cuna, y muebles, y todo lo necesario ¡YO TE ACOMPAÑO! Puedo ayudarte, mi prima tuvo un bebé hace poco y…— comenzó a parlotear la morena, con emoción.
La rubia esbozó una sonrisa, agradecida de contar con alguien tan entusiasta como Rebecca.
Cuando haya nacido… dejó aquella idea reposar en su mente.
En realidad no había pensado en ese pequeño detalle. De ella con un bebé en brazos. Con su hijo.
Sinceramente, el sólo considerarlo le erizaba la piel. Nunca antes en toda su vida, el ser madre había sido una opción para ella. No se imaginaba convirtiéndose en una. De hecho, la sola idea le parecía por demás desastrosa.
Si bien, se sabía completamente capacitada para mantener a una persona con vida. Claro, a una persona "autosuficiente", –sí, entre comillas– y "adulta", –si, también entre comillas– y no a un bebé completamente dependiente de su persona. No a una criatura tan ridículamente frágil.
Ella era una francotiradora, una heroína de guerra, un guardaespaldas, una asesina. "El Ojo del Halcón". No una madre.
Sabía perfectamente cómo armar y desarmar una pistola en menos de diez segundos, pero se sentía completamente incapaz de alimentar a un bebé, o de sostenerlo con esas manos tan manchadas de sangre inocente.
Tragó saliva.
Si… ella era una asesina. Una mujer que había,matado a tantas personas que incluso la cifra parecía ser un insulto. Recordaba sus rostros, los recordaba perfectamente…
Ser juzgada era su destino. Ser juzgada por la sociedad y afrontar las consecuencias de sus actos, tal como le había dicho a Edward Elric que estaba dispuesta a hacerlo unos años atrás.
Y si era certera, aún se creía capaz de afrontarlo. Los juicios de todos. De los ishvalitas, de los amestrianos… del mundo entero si era necesario. Pero el sólo pensar que en un futuro él… o ella, aquella pequeña criatura que se gestaba dentro de ella, crecería y sería enterada de todos y cada uno de sus pecados… el sólo pensar en ser juzgada por esa persona, que aún no había llegado a este mundo…
No. Definitivamente no estaba preparada para algo así.
"Cuando haya nacido" había dicho Rebecca.
Lo cierto era que estaba aterrada, como nunca antes en su vida. Aterrada por ella misma, pero sobre todo por su bebé.
Intercambio equivalente… esa regla que regía al mundo. Si era cierto… entonces quién sabe qué le esperaba.
Ella, y él también, habían arrebatado demasiadas vidas. ¿Serían capaces? ¿Sería ella capaz de traer una al mundo? A salvo… ¿Podía ser que Dios, o la Verdad, o Todo, pudiera concederle eso? ¿Incluso con todos sus pecados?
Porque por increíble, o por estúpido que pareciera, y a pesar de ser aún una idea muy abstracta, ahora, el sólo imaginarse un mundo sin esa criatura parecía erróneo. Igual o peor de lo repulsivo que le resultaba pensar en un mundo sin él.
—Oy, Hawkeye, pareces en otro mundo— la voz de Havoc la arrancó de tajo de sus cavilaciones.
De nuevo se había encerrado en sus propios pensamientos.
— ¿Qué dices? — preguntó ella, intentando retomar –inútilmente– el hilo de la conversación.
Rebecca respiró con exagerada sonoridad —Preguntaba si ya has pensado en un nombre— repitió la morena, notoriamente contrariada por la distracción de su amiga.
La pregunta la tomó desprevenida.
No. En realidad no se había detenido a pensar en eso… abstracto, eso era lo que la idea representaba aún para ella. —No— respondió.
— ¿¡EEEH!? — exclamó la morena, con reprobación y voz exageradamente aguda — ¿¡Cómo de que no?! Riza, tu bebé nacerá en unos meses ¡TIENES QUE PENSAR EN UN BUEN NOMBRE YA!
En unos meses.
Si… en unos meses lo tendría en sus brazos. Y eso era sencillamente aterrador.
—Ni siquiera sé el sexo aún— replicó, con voz calma, suspirando ante la impaciencia de su amiga.
—Será niño— comentó Havoc, con una sonrisa, alzándose de hombros con suficiencia.
Ambas mujeres se volvieron a él, sin entender.
— ¿Cómo dice, teniente segundo? — inquirió Hawkeye, ladeando la cabeza.
La sonrisa del rubio se ensanchó —Tengo este… presentimiento de que será niño— aseguró —Además, — añadió socarronamente —He apostado con Breda.
El golpe de Rebecca no se hizo esperar demasiado, dejando estrellar su puño cerrado contra su hombro.
— ¡Demonios! ¡Cómo detesto a los hombres que apuestan con cosas tan importantes! — se quejó, malhumorada.
Riza suspiró, considerando las palabras de ambos.
No había pensado en un nombre para su hijo aún. Menos aún había sido capaz de visualizarlo.
Bueno, sí. Tal vez sí.
Ojos negros, cabello negro… igual a él. Aunque, pensándolo mejor, si llegaba a parecerse demasiado sería un problema.
No era tonta y estaba consciente que tanto Havoc, como Breda, como Rebecca, como la misma Winry Rockbell –quien había advertido su estado desde que la visitó unas semanas después de abandonar el Cuartel Central– eran sabedores de que su ex superior era el padre del bebé. Incluso el Fuhrer Grumman lo sabía, y probablemente Edward Elric también –de este último podría dudarlo por su habitual falta de percepción– pero no le convenía que más personas del Cuartel lo notaran, ya que había más de uno tras la cabeza de Roy Mustang, y ella no planeaba ser la razón de su fracaso.
— ¿Tu qué prefieres? — preguntó Rebecca, mirándola con extrema curiosidad.
Riza se encogió de hombros —Mientras nazca sano, lo demás es secundario para mí— respondió simplemente.
La morena resopló — ¡Cielos! ¡Sí que eres aburrida!
—Si es niño deberías llamarlo como su padre ¿Eeh? — sugirió Havoc de repente, dándole un suave codazo a Hawkeye, con gesto pícaro.
Riza lo miró con severidad.
Era cuento de nunca acabar con ese hombre. Siempre tanteando el territorio para hacer comentarios sobre la identidad del padre de su hijo. Como si no fuera lo suficientemente obvio.
—Agradecería, teniente segundo Havoc, que se abstenga de hacer esa clase de comentarios— repuso ella, inhalando hondo para mantener la paciencia.
—Idiota— secundó Rebecca, con los brazos apretados contra sus pechos. Entonces su expresión cambió y se volvió a Riza, de nuevo con entusiasmo —Oye ¿Y ya lo has sentido? Escuché que empiezan a moverse en el cuarto mes y tú ya llevas cinco.
Riza negó con la cabeza —No aún. El médico dijo que es normal, cada uno lo hace a diferente tiempo, supongo.
— ¡Qué decepcionante! — exclamó Rebecca, enfurruñada.
Ella se abstuvo de manifestarlo, pero lo cierto era que ella también lo estaba. Decepcionada.
Necesitaba sentirlo. Tener la certeza que estaba ahí, a salvo… vivo.
La tarde continuó. Los tres militares continuaron conversando hasta tarde.
Riza se complació de notar a su amiga, hombro a hombro con Havoc.
Lo suyo con el General de Brigada era equivalentemente evidente a lo de Rebecca y Havoc. Algo que no se mencionaba pero que simplemente estaba ahí, tenue pero claramente. Él incluso parecía más animado con la recuperación y eso la aliviaba. Estaba segura que, allá en Central, también aliviaría a Roy.
Rebecca la llevó a su casa por la noche, a pesar de que ella insistió en regresar caminando. La morena había alegado que no permitiría que su amiga embarazada caminara sola de noche.
Riza de todos modos seguía portando su par de pistolas entre la ropa. Ahora era incluso más importante proteger su vida. Ella no podía morir. No con el bebé en camino, dependiendo tan preocupantemente de ella.
Abrió la puerta del recinto y observó.
Era grande, sí. El Fuhrer Grumman la había elegido, pagado y adquirido y no le había dado la opción de replicarle nada. Para ella era grande, pero igual no había dicho nada. Tal vez al bebé le gustara en un futuro. A Hayate, por ejemplo le había encantado el pequeño jardín, en el que podía echarse y correr.
Suspiró, cerrando la puerta tras de sí y encendiendo la luz.
Ella jamás había conocido la calidez de un hogar. No en todo su esplendor, al menos. Con su padre tan absorto en sus investigaciones y la temprana muerte de su madre, Riza siempre había estado acostumbrada a la silenciosa y cómoda soledad. Hasta que, como siempre, había llegado él a perturbarle el orden.
Si. Ahora que lo pensaba, lo más cercano a un hogar habían sido aquellos años que había pasado a su lado en la casa de su padre.
¿Pero ahora? ¿Podría ser ella capaz de construir un hogar adecuado para su bebé? Intentando no pensar mucho en ello, acarició a Hayate y se dirigió a su recámara.
La casa estaba aún medio vacía, con una que otra caja sin desempacar por acá y por allá y una habitación –la que pronto se convertiría en la de su bebé– completamente vacía. Al pasar por ella, pensó que Rebecca tenía razón. Tendría que comprar lo necesario pronto.
Llegó al umbral de su cuarto y encendió la luz. Un solitario colchón con algunos edredones la aguardaba para descansar finalmente.
Se sacó la ropa y se colocó la usaba a diario para descansar, acostándose cuidadosamente en la posición que había leído era la mejor para el bebé.
Una vez en la cama intentó cerrar los ojos y descansar.
Pero sabía que las pesadillas seguían aguardándola incluso después de tantos años. Y ahora se habían convertido en algo insoportable.
Algunas veces era Ishval, algunas otras era Maes Hughes… y esas podía soportarlas, incluso si la atormentaban… pero las que no aguantaba eran aquellas donde lo veía a él, con sus obres negras y ese tono opaco, anunciándole que estaba ciego… aquellos recuerdos que no podía superar… o a veces, lo observaba morir frente a sus ojos… por su culpa, por no ser capaz de mantenerse a su lado. Y no podía ni cerrar los ojos, porque el sólo hacerlo lo hacía pensar en que a cada momento en que no estaba a su lado corría peligro…
Pero las peores, las más espantosas eran aquellas donde ella cargaba un bultito entre sus brazos. Un bultito que acunaba protectoramente… pero no se oía nada, todo era silencio, y cuando asomaba la vista para fijarse en él se daba cuenta… que aquel precioso niño de ojos y cabello negro no estaba ahí… se había ido para no volver jamás. Y esas pesadillas la hacían perder el aliento.
Ella no quería soñar con eso. Así que sólo cerraba los ojos e intentaba pensar en algo que no fuera Ishval… o Roy… o ese niño silencioso.
Entonces su mente se ponía a trabajar. A irse por rumbos oscuros y recónditos.
Miles de preguntas se arremolinaban en su mente. ¿Y si Dios o la Verdad o Todo se lo arrebataba? ¿Y si el intercambio equivalente no la dejaba? ¿Qué pasaría si algo sucediera, si algo saliera mal? Estaba segura que no sobreviviría. Pero la idea no abandonaba su mente. No desde cinco meses atrás. En su cerebro se repetía aquella imagen del niño silencioso y le aterraba. Le aterraba como nada en este mundo.
Entonces lo sintió.
Si… lo sintió finalmente.
Un movimiento, si bien casi imperceptible, pero ahí, dentro de ella, como la caricia de un pétalo de rosa… algo suave y cálido. Algo que nunca antes había sentido y que la hizo sentirse… viva.
Si. Era él. Era su bultito, pero ya no era silencioso.
Ya nunca más lo sería.
Porque estaba a salvo, vivo y pronto estaría a su lado. Porque había hecho eso para acallar sus malos pensamientos.
Una sonrisa genuina curvó sus labios y sus manos se posaron ahí, en su vientre, permitiéndose disfrutar el gozo más grande que había tenido en toda su tortuosa vida. Si… ese ligero contacto la había hecho sentir la dicha más grande. Porque no había de qué preocuparse.
Estaba a salvo. Y ella se aseguraría de que siempre lo estuviese.
Tal vez ella no era Gracia Hughes, tal vez no había nacido para ser madre… pero lo intentaría. Sería lo mejor para él. Sería lo que él o ellanecesitara.
Estaba convencida que lo lograría.
TA-DAAAN! Bueno, aquí estuvo el capítulo 6. Espero que les haya gustado. Si les gusto COMENTEN, por favor, sino les gusto TAMBIÉN COMENTEN. ¿Qué creen que pasará? ¿Qué les está pareciendo la historia?
Me disculpo si tiene faltas de ortografía, o de gramática, o a veces tiendo a comerme conjunciones, si es así háganme saber. Me gusta conocer sus opiniones, así sean buenas o malas. En serio, no saben cuánto me ayudan sus comentarios.
¿Les gusta el rumbo que está tomando la historia? Si consideran que estoy cometiendo un error en cómo manejo a los peronajes. Si encuentran algún error , les agradeceré si me lo hacen ver.
Bueno, los dejo, sayonara, COMENTEN. Por favor.
