~EPISODIO SÉIS~
"Kaze Kaze no Mi"
Kaze se encontraba en su casa. Era mucho más pequeña, tenía siete u ocho... ¿Estaba soñando? No lo parecía. Todo era tan real...
Estaba en su cuarto leyendo un libro. El aire que entraba por la ventana hacía bailar las cortinas y daba un ambiente muy tranquilo y apaciguado. No le gustaba demasiado jugar con los demás niños, aunque eso no significaba que no lo hiciese a menudo. Tori no estaba en casa. Se había ido a recibir a Radian y se había quedado sola.
Pero cuando leía, pasaban las horas como minutos y los minutos como segundos, de manera que solía perder la noción del tiempo con relativa facilidad hasta el punto de no saber cuántas horas llevaba leyendo. Pero no le importaba. Ella aprendía cosas nuevas sin necesidad de que nadie se las explicase.
Ya era de noche cuando Tori llegó cargada de cosas. La mayoría eran artículos de cristal, algún que otro cachibache de latón o cobre... Tori para ese entonces ya había dejado de cocinar para los demás. Prefería reconocer que su sobrina de corta edad era la que le preparaba la comida a perder tiempo cocinando y no poder invertirlo en otras cosas mucho más importantes.
Kaze le preguntó a su tía qué cosas había traído y ella se lo explicó aún sabiendo que no le importaban.
—Pero tía, hay una cosa que no me has dicho lo que es —le dijo Kaze, con una inocencia extrema, señalando a un objeto azul que había escondido tras unas pipetas. Una persona de su edad tenía la desmesurada tendencia a querer conocer todo lo que hay en el mundo, y ella no iba a ser menos.
—Es muy tarde, chiquilla, deberías irte a dormir —le dijo la bruja, evitando su comentario.
Pero Kaze era una demasiado inteligente como para no comprender que su tía le ocultaba algo y demasiado poco curiosa como para no averiguarlo por sí misma.
Cuando Tori le acompañó a su cuarto y le arropó en su cama, subió al desbán para comenzar una larga noche de pruebas de hechicería y conjuros que sólo ella sabía...
Claro que Kaze era consciente de que entrar allí estaba infinitamente prohibido, y que jamás de los jamáses, por nada del mundo, bajo ningún concepto, ella debía subir.
Pero que subir no estuviese permitido solo le incitaba a querer hacerlo a toda costa.
Una hora más tarde de que Kaze simulara estar dormida, se escucharon los ronquidos de su tía desde el piso de arriba, lo que le daba bandera blanca para subir sin que ella se percatase.
Se percató de que hacía mucho frío e iba descalza.
—¡Achús! —estornudó.
Poco a poco, pasito tras pasito, fue acercándose hasta las escaleras desplegables que colgaban desde el techo del pasillo.
Todo estaba tan oscuro y era tan siniestro que la más pequeña de las sombras le habría asustado, pero la única experiencia sensorial que podría afectarle era el sonido de las hojas de los árboles golpeando las ventanas de la casa.
Subió un escalón. Luego otro. Alguno chirriaba cuando ponía sus pequeños pies encima y justo en ese instante Kaze se quedaba totalmente paralizada y no se volvía a mover hasta que su tía roncaba de nuevo.
Era la primera vez que Kaze veía ese lugar. Era totalmente subrealista y mágico. Estaba cubierto de alombras de manera que no se veía ni un solo centímetro de suelo, pero también había unas sábanas casi transparentes y de colores oscuros que caían del techo.
La única luz que había era la de las velas y los candelabros que estaban sobre la mesa de Tori, que estaba al final del todo, junto a una vetana que dejaba pasar el resplendor de la luna llena.
Y sin comerlo ni beberlo, ahí estaba, tan brillante, tan reluciente, el objeto azul del que Tori no quería decirle ni una sola palabra. Su tía, dormía encogida en la silla que había al lado de la mesa.
Kaze caminó hacia ella. De vez en cuando se tropezaba con algún objeto que había en el suelo (bolas de cristal, libros...) y de pronto, se tropezó con el bastón de su tía, la bara que siempre llevaba con ella y de la que jamás había visto separada.
Una especie de rayo de color blanco salió disparado de este. Fue directo hacia la ventana, rebotó y llegó hasta la bola de cristal con la que volvió a derrotar para ir directamente hacia la cosa azul, que cayó a suelo y rodó sutilmente hasta los pies de la niña, incitándola a agarrarlo y observarlo con mayor precisión.
Kaze se agachó, lo alcanzó y vio que no era un objeto normal: era una fruta. Era de un color azul intenso y tenía cierto relieve formado por espirales repartidas por toda ella.
—¡Achús! —volvió a estornudar y miró a su tía por si se había despertado, pero no era así.
¿Qué debía hacer? Por supuesto que no era de sentido común comérsela sin tan siquiera saber lo que era, sobre todo teniendo en cuenta de que debía ser peligrosa puesto que Tori se la había ocultado.
Pero una fruta de esas características tan singulares y la cual no debería tener en sus manos solo podía ser una fruta del diablo.
Solo de pensarlo se horrorizaba y le daban ganas de dejarla donde estaba...
"No seas ridícula", pensó. "Es imposible que te la comas sin querer o algo parecido...".
Aunque ser diferente de los demás niños y poder hacer cosas espectaculares resultaba tan emocionante que la niña realmente se cuestionaba tomarla. Por otra parte, tampoco sabía los resultados que esta tendría ni cómo los asimilaría. Quizás todos pensasen que era un bicho raro.
Solo por curiosidad se la llevó a la nariz para olerla...
—¡Achús! —Tori se despertó. Se estiró momentáneamente, pero cuando dirigió su mirada hacia la mesa, vio que la fruta que no estaba en ella y su primera reacción fue girarse.
Kaze, al ver que su tía estaba a punto de verla con la fruta, teniéndola justo bajo la nariz, no se le ocurrió ningún sitio para esconderla menos que su propia boca, así que se la introdujo rápidamente, poniendo la lengua tras ella para evitar tragársela.
—¡Niña! ¿¡Qué estás haciendo aquí!? —cuestionó la bruja. Tori abrió mucho los ojos—. ¿¡No me habrás robado nada!? —gritó—. ¡Enséñame las manos! —le ordenó furiosa.
Kaze negó con la cabeza y le enseñó ambas manos, que estaban vacías.
—¡Vete de aquí ahora mismo antes de que me enfade! —Tori miró bajo la mesa—. ¿Dónde demonios...?
Kaze bajó rápidamente por las escaleras, pero cuando tan solo le faltaban cinco escalones para llegar a tocar el suelo, se resvaló con la mala suerte de caerse e involuntariamente tragar saliva o, en su defecto, comerse la fruta enterita.
—No, no, no... —susurró Kaze y se quedó quieta, inmóvil, esperando ver algún resultado. Quizás estuvo sentada cinco o diez minutos, pero no pasó nada.
Cuando se iba a levantar, Tori se asomó por el hueco de la escalera
—¿No te he dicho que te fueras? —le recordó molesta.
Una corriente que provenía de su cuarto le llegó de lleno.
—A... a... ¡ACHÚÚÚÚS! —estornudó, pero con unos resultados nefastos.
La escalera volvó por los aires chocando con la pared que había detrás, que se rompió de golpe.
—¿¡PERO QUÉ HAS HECHO, INSENSATA!? —gritó horrorizada la bruja—. ¡HAS SIDO TÚ! ¡TÚ TE LA HAS COMIDO!
Kaze corrió hasta fuera de la casa atemorizada por la reacción tan violenta de su propio acto, aunque tenía mucho más miedo de lo que su tía podría hacerle...
Pero destrozar media casa con tan solo su estornudo no era el único cambio que notaba. Se sentía más rápida, más ligera...
Tori llegó a donde su sobrina estaba.
—¡TE DIJE QUE JAMÁS SUBIESES AL DESVÁN! —le dijo, agarrando a su sobrina de la pechera de su camisa—. ¡Además...! ¿¡Cómo has hecho eso, niña!? ¿¡Qué le has hecho a la fruta!?
—Y-yo no le he hecho nada... ¡lo juro! —dijo la chica asustada.
—¡ESO NO ME LO CREO NI YO, NIÑA! ¡AUNQUE TE HAYAS COMIDO LA FRUTA DEL VIENTO, CON UN ESTORNUDO NO TE PUEDES CARGAR MEDIA CASA!
Entonces Kaze lo vio claro. El rayo que había lanzado con el bastón de su tía debía haberle hecho algo a la fruta, algo que la había modificado genéticamente.
Tori soltó a su sobrina, que se levantó rápidamente. La bruja silbó y su bastón fue volando hasta ella.
—¡No me dejas alternativa niña, mira que te lo he dicho...! ¡Dampnas funis! —gritó.
Una cuerda negra salió desde el bastón de Kaze, enrollándose al rededor de sus piernas y su tronco hasta que no se podía mover ni un milímetro. De pronto, esa cuerda se plasmó en el cuerpo de la chica, quedando como un tatuaje.
—¿¡Qué me has hecho!? —preguntó ella.
—Ahora será como si nunca hubiese pasado nada —le explicó Tori, un poco más calmada.
Pero los días pasaban y cada vez que Kaze lloraba o se enfadaba aquellas líneas se contraían causándole un fuerte dolor en el abdomen... Ya no se sentía libre y eficaz, ya no podía jugar con los niños aunque no le gustase pues temía a que se rieran de su aspecto...
Kaze despertó de su sueño.
Estaba tumbada en su litera de la cama del barco. Llevaba su pijama puesto y no sabía cuánto tiempo llevaba así.
Se asomó desde su cama y bajó sin mucha dificultad. Subió a cubierta. Era de noche pero Ace, Emi y Tori estaban sentados en la popa del barco. Ver a los tres hablando sin discutir era definitivamente un logro, aunque le preocupaba al mismo tiempo.
Cuando le vieron aparecer, Ace y Emi se levantaron.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Emi—. Nos tenías muy preocupados, ¡yo estaba comprando y de repente vi a Ace llevándote y estabas casi sin ropa! Menudo susto me disteis...
—Estoy bien, gracias —respondió Kaze algo confusa aún—. ¿Qué ocurrió?
—Vinieron los marines y tu te desmayaste. Tuve que traerte hasta aquí... —explicó Ace—. Tori nos ha explicado lo tuyo, no tienes por qué preocuparte.
—¿El qué mío? —cuestionó.
—Lo de tu sello —comentó Tori—. No he tenido alternativa, Ace se negó a poner su mano en el libro de nuevo si no contaba lo que te pasaba. Además, si vamos a estar más tiempo con ellos no podíamos ocultárselo mucho más —admitió triste—. También me han dicho que Ningo es un esbirro de Midori. Ace se encontrará con él mañana. Si no te utiliza a ti de escudo, puede que tenga más probabilidades de acabar con él —explicó—. Emi irá con él.
—Desde que subí a este barco me siento inútil —admitió Kaze—. Solo he traído problemas. Ace y Emi saben defenderse pero yo... Bueno...
—No te preocupes, todo se arreglará mañana. ¡Y ahora todos a dormir, pesados!
Tori bajó a los almacenes del barco, mientras Emi se fue a dormir, pero Kaze se quedó sentada en la cocina con Ace, que quería la segunda cena.
—Siento no haberos dicho nada —dijo Kaze, humillada.
—Venga, no es nada de lo que avergonzarse —comentó Ace con la boca llena de comida.
—Es que siempre había pensado que haber tomado una fruta del diablo era cosa de... piratas —reconoció.
—Siempre puedes pedirle a Tori que te quite el sello —le dijo Ace una vez hubo tragado.
—No lo hará... Pero aún así existe un problema. Cuanto más mayor me he ido haciendo menos aguanta el sello. Algún día desaparecerá por completo y entonces no sé lo que pasará. Además... —continuó—, tienes que tener cuidado con el loco de Ningo, siempre podría clavarte a ti las agujas.
—No te preocupes pequeña, no soy tan patoso como para eso —aseguró.
Pero Kaze estaba segura de que algo no iba a ir bien. Quizás fuese su intuición femenina, o quizás las enormes y negras nubes que se observaban a lo lejos y que no dejaban ver la hermosura de las estrellas.
