Nuevo capítulo, ¡Yes!
_Ryuzaki, ¿Hoy fue, verdad?_ preguntó la mujer, parada al lado del detective. Su abrigo negro cubría parte de sus muslos, llevaba jeans azules algo apretados. Su pelo oscuro ondeaba con la cálida brisa que prometía mejoras en las temperaturas. Se llevó una mano, y puso un mechón detrás de su oreja. Con cuidado y sutileza, con la otra mano libre, le apretó el hombro, en un gesto de comprensión. Sabía lo que era recordar la fecha de fallecimiento de un ser amado.
Él se agachó frente a la lápida, y sopló hacia ésta, quitando el polvo que se había acumulado a lo largo de los años.
"Misa Amane. Modelo, esposa y madre. 30/5/02" Rezaba la inscripción de la placa dorada y sucia sus pies.
Las letras habían sido grabadas por alguien muy hábil, con una caligrafía cursiva, como la de una portada de un libro antiguo. La piedra se había agrietado, la tierra había cubierto por completo la cruz blanca que se alzaba en el lugar donde estaba enterrada su amada esposa.
Hizo caso omiso a lo que Naomi le preguntó, se quedó paralizando, contemplando los estragos del tiempo en aquel lugar que contenía parte de su alma. Arañas del tamaño de una miga habían construido sus hogares en las esquinas de la cruz, haciendo que pareciera un barrilete desproporcionado.
Nunca antes había visitado su tumba. Después del funeral, se juró a sí mismo que no volvería. Pero allí estaba, agachado en el sitio donde sus huesos se iban convirtiendo en polvo. Maldita sea, ¿Para qué había decidido venir? ¿Era un masoquista o qué? No tenía en absoluto sentido venir. Ya está, estaba muerta por su culpa. Llevándole rosas que se morirían antes del alba siguiente no iba a remediar las cosas. No debía vivir en el pasado. Se había ido, ya está, no se puede traerla a la vida.
Debía enfocarse en el presente, el ahora. Tenía un hijo y mucho trabajo por hacer antes que seguir tonteando con cursilerías. Para colmo de males, se había deprimido. Se puso de pie, molesto. Buscó dentro de su bolsillo un caramelo, tenía que quitarse ese sabor metálico de la boca, que no era precisamente sangre. Lo encontró y casi con desesperación, le quitó la colorida envoltura, que guardó en otro bolsillo. Al sentir el dulce de frutilla en sus papilas gustativas, tuvo el impulso de escupirlo. Sabía horrible.
¿Por qué los dulces no sabían bien? ¿Por qué había tenido que morir? ¿Por qué sentía ese vacío sin importar cuánto comiera?
_Ryuzaki_ volvió a llamarlo la mujer. Sin voltearse, pudo percibir que ella estaba en el mismo estado que él. L sabía que esa agente había perdido a su prometido en un fatal accidente de carros. En sus ojos azules se podía notar la angustia y la tristeza. La comprendía, por eso le tenía cierta empatía. Aunque también admiraba su fortaleza espiritual. Ella siempre venía a visitar la tumba de Ray Pender y le dejaba flores que con el tiempo, desparramaban sus secos pétalos en el suelo cubierto de césped. Oh, las fatídicas coincidencias del destino habían deseado que esas dos personas tan queridas muriesen el mismo día. Por eso, ella estaba ahí, acompañándolo silenciosamente en su ropa de luto eterna.
_ ¿Vamos a tomar un café, no te parece? Nuestro turno empieza a las nueve_ lo invitó con suma amabilidad. No contestó, sino que giró en su propio eje y huyó a paso lento de aquel lugar tan espantoso, en los que la gente venía a llorar a quienes se habían marchado. La pelinegra lo siguió, y sin decir una palabra, caminaron hasta el auto del joven de ojos grises.
Al tiempo que se adentraban en la ciudad, dejando atrás el cementerio tétrico de los suburbios, el sol asomó desde el este, con sus rayos anaranjados que bloquearon la visión de Ryuzaki por un segundo. Inmediatamente, bajó el parasol, no quería quedarse ciego. Suficiente con tener midriasis, miopía era algo que no requería para nada.
Irónicamente, el día había amanecido espléndido. Había un sol radiante y el cielo estaba totalmente despejado, ni una nube contaminaba la pureza azul que éste presentaba.
_Hoy hace un día precioso, ¿No crees?_ dijo Naomi. Estaba rígida en el asiento del acompañante, sus manos en su regazo, una encima de la otra, mirando al paisaje. El detective pulsó un botón y las ventanas se abrieron, el viento templado y ameno hizo que los cabellos de ambos se despeinaran. Ella estiró el cuello y suspiró, con el sol calentando su piel de porcelana. La radio comenzó a pasar la canción My Demons de una banda americana de rock Starset. La voz del cantante dio al ambiente una atmósfera mágica y sumamente nostálgica.
En algo tenía razón el baboso de Matsuda, Naomi Misora era una mujer bella. Pero lo bello no dura para siempre.
_Sí, hay un noventa por ciento de probabilidades de que no llueva._ respondió, rompiendo ese perfecto equilibrio entre música, viento y sol.
_¿No tienes que pasar por tu hermano?_ dijo ella, acomodándose, recobrando la dureza de su compostura.
_No, él fue en autobús hoy. Por arrogante, no quiso venir conmigo_ indicó L, recordaba que la noche pasada había venido Near a decirles que lo dejaran dormir de una vez, dado que sus peleas se sentían hasta la planta de arriba. Se habían agarrado a las piñas, como si fueran animales salvajes. Se tocó la mejilla, la misma que hace un tiempo se había cortado, estaba inflamada por el puñetazo que Light le había propinado. "Y a él le debe de doler la jeta de la patada que le devolví. Ojo por ojo, hermano".
_ Gracias Naomi_ expresó, conteniendo una sonrisa de superación.
_ ¿Por qué?_
_Por enseñarme Capoeira. Es una actividad muy práctica y útil._
_De nada, pero no quiero enterarme con quién tuviste que utilizarla. Pobre tipo_ Las comisuras de los labios del joven se estiraron en un intento de sonreír, alagado.
Llegaron a una pintoresca cafetería pintada de amarillo pastel y estacionaron cerca. El tráfico era maravilloso, como si los astros se hubieran alineado para hacer de esa mañana menos dolorosa.
Después de media hora y de haber tomado un delicioso café con una charla escueta, se quedaron en silencio, mirando a la gente que había dentro del bar. Como investigadores curiosos y analíticos que eran, analizaron a cada uno de los individuos que se encontraban en la chica cafetería.
Un hombre gordo que leía el diario con el ceño exageradamente fruncido, debía ser un oficinista muy amargado. Unas chicas de quince o menos, colegialas que se habían escaqueado de clases matutinas. Las pupilas de irises grises iban y venían de un lugar a otro. Hasta que se posaron en un sitio específico, al otro extremo del bar.
Estaba sentada una familia tipo: madre, padre y dos divinos retoños. Los críos disfrutaban de tostadas con mermelada, y los padres tomaban té, hablando vivazmente. La risa del mayor de los hijos invadió su sistema auditivo. El chico debía de tener unos seis años. Su alborotado cabello del color del sol se movía con sus carcajadas. Se oía tan… Feliz. Parecían tan felices, los cuatro. Puso toda su atención en ese grupito. En un momento, la madre los hizo callar. No pudo escuchar lo que decía, pero fue fácil deducir lo que dijo. Señaló su vientre plano. Estaba embarazada. Acto seguido, el marido la besó y tocó su panza, los niños gritaron con algarabía, festejando la futura llegada del afortunado integrante.
No pudo evitar sentir ese sentimiento humano tan conocido y arrollador: Envidia.
_Vámonos_ le ordenó a Naomi, con sus facciones oscurecidas.
_ ¿Estás bien?_
_Sí, sí, pero llegaremos tarde si no nos marchamos ahora mismo, Misora._ Ella concluyó que había visto algo que le perturbó. Dio una rápida repasada por toda la estancia, y notó a la familia que escupía su júbilo en la cara de los desafortunados. Salieron sin que él diese explicaciones, y ella sin pedirlas.
Volvieron al coche y emprendieron la ida al trabajo. No volvieron a intercambiar frases hasta el final del viaje, cuando ya veían la estación de policía. Naomi le dijo en un murmullo cargado de compasión:
_ Lo siento tanto._ Ryuzaki no le contestó. O no quiso responder.
_ Near, ¡Near! ¡Mira lo que Watari trajo de mi casa!_ gritó el chico de los googles, era la primera vez que lo veía tan activo. Normalmente, Matt era un vago total, que no se movía ni a la esquina, como él. Sin embargo, estaba saltando de un lado para otro, sosteniendo como si fuera un tesoro invaluable, una Play Station. Al carecer de conocimientos sobre consolas de videojuegos, no supo cuál era. No le incumbía en lo más mínimo en mundo de los juegos informáticos.
Hasta ese minuto de ése espléndido atardecer en el que no planeaba salir, había estado armando una imponente fortaleza de cartas, que cayó derrumbada por el aire que empujó el pelirrojo al azotar con violencia la puerta de su habitación. Al ver que su compañero no mostraba señales de entusiasmo alguno, corrió hasta el televisor apagado de la pieza, que Near rara vez usaba, y se fijó si tenía las entradas para conectarla. Sí, y en perfecto estado. Sonrió, mostrando su dentadura infantil, haciendo que dos hoyuelos se formaran en su carita.
_ ¿Puedo pasar?_ inquirió una voz de anciano desde el umbral, sin entrar, esperando una autorización de los niños. El albino inclinó la cabeza, no había problema. Como era habitual, Watari estaba vestido elegantemente, con la exquisitez que sólo un ciudadano longevo de Londres podía tener.
_ ¡Muchas gracias, Watari!_ exclamó el ojiverde, llegando hasta donde estaba el anciano, y lo abrazó. Él correspondió a esa muestra de afecto inesperada. Near miraba de reojo, tratando de reconstruir su castillo de naipes.
Posteriormente, Watari instaló la consola entre los gritos de emoción de Matt, y la quietud del otro, que observaba y no ayudaba. Al finalizar, les advirtió a los dos:
_ Sean cuidadosos con la electricidad, es peligrosa niños. Yo ya vuelvo, tengo que ir al supermercado a comprar crema y fresas para el joven Ryuzaki. ¿Necesitan algo que quieran que les compre?_ sendos críos negaron y Watari se retiró, prometiendo volver en veinte minutos.
_¿Quieres que juguemos?_ dijo Matt, agarrando los mandos de la play, uno en cada mano. Near volvió a asentir. Realmente, no tenía muchas ganas, pero era eso o nada, ya que las cartas no las iba a poder apilar con el otro gritando y moviéndose de un lado a otro de la habitación, mientras manejaba un auto de carrera en la pista virtual. El espacio no era tan grande, y el viento podía ser modificado con escasos movimientos.
_Bueno, yo voy al baño, ya vuelvo_ respondió el menor, dejando a solas al pelirrojo. Su verdadera intención no era esa. Quería comprobar si Mello estaba en el espejo del baño. Capaz que ya había vuelto, y como la cosa con Matt daba para rato, decidió ir a dar una inspección. Ojalá hubiera regresado.
Desde hacía una semana que no lo veía. Se estaba preocupando, pensando que se habría ofendido porque hablaba con Matt y no con él. O tal vez se habría alejado porque quería, se había aburrido de verle, cualquier variante era válida cuando se trataba de Mello. Era imprevisible, no sabía lo que haría. Y eso era entretenido. No saber cuál será su siguiente movimiento era interesante. Por lo general, sus reacciones estaban profundamente ligadas con sus emociones, a tal grado, que Near creía que su capacidad de razonamiento era dependiente de su estado emocional.
Lamentablemente, fue una decepción para el albino. Mello no estaba en el espejo. Podía ver su figura fantasmagórica y nívea en el reflejo. No le gustaba verse ahí, quería ver al rubio. Por un lapso de diez minutos, Near esperó en vano a que su amigo apareciera, diciendo "Hola, Oveja Estúpida". Deseaba que se asomara, o que diera señales de estar cerca.
Y para más desgracia, su deseo se cumplió. Desde ese entonces, el niño de pelo blanco no volvió a pedir un deseo nunca más.
Había iniciado la partida él solo. Near estaba tardando mucho tiempo, y su vasta paciencia se había ido al traste cuando pasaron apenas dos minutos. Quería jugar ya. Cuando se trataba de videojuegos, Matt se ponía ansioso y muy inquieto.
"Tiene hormigas en el culo" solía decir su padre, riéndose, dando una calada al cigarrillo que usualmente tenía entre sus amarillentos dientes.
Empezó la carrera. Él iba cuarto, pero velozmente tomó la delantera. "Tomen eso, perras" pensó el joven gamer , moviendo los controles y apretando botones del aparato como si no hubiera un mañana. Como si fuese la última partida de su vida. Literalmente.
Estaba dando la segunda vuelta a la pista de tierra, cuando de repente el televisor emitió un ruido extraño y se apagó. Enojado, se levantó con el mando en mano, preparado para maldecir como todo un adulto de cuarenta si no se encendía. Dio unos golpecitos no muy suaves a la máquina, y ésta se volvió a encender, reanudando la partida. ¿Qué había pasado? No interesaba, lo vital era continuar con la carrera.
No obstante, la tele volvió a fallar, la pantalla se puso toda azul y un zumbido salió de su interior. Error, leyó. Era la palabra más odiada y temida por el niño.
_¡Pero qué mierda pasa!_ Su cara enrojeció de ira, haciendo el amague de un puchero de bebé. Sus gestos cambiaron radicalmente cuando el mando que sostenía entre sus dedos salió disparado, algo se lo había arrebatado. Cayó en el suelo, a unos pasos de donde estaba sentado, con el seco sonido del plástico golpeando en los cerámicos.
Inmovilizado por el pánico, no atrevió a gritar mientras el control se alzaba por sí sólo en el aire, controlado por una fuerza maligna que no comprendía. Asimismo el otro mando se elevó todo lo que el cable negro de la Play le permitía.
Su respiración se agitó, su pulso cardíaco aumentó tanto que pensó que tendría una arritmia, los vellos de sus brazos se erizaron y retrocedió, aterrorizado. Se arrastraba, sin poder ponerse de pie. Un chillido de dolor se le escapó cuando uno de los legos sueltos de Near se le clavó en la piel, dejando una marca.
_Near,¡Near! ¡NEAR! ¡AYU-AYUDA!_ suplicó, al borde del llanto descontrolado. El albino no socorrió al horrorizado pelirrojo.
Los aparatos flotantes, al ver que trataba de trataba de huir, se lanzaron apresuradamente en su dirección. Y antes que Matt gritara desaforado por protección de un mayor, sus cables se enroscaron alrededor su cuello, acogotándolo. Ejercieron una presión descomunal, como si de una boa constrictora se tratase. Apretaron con fuerza, impidiendo el paso del aire de su tráquea a los pulmones.
Los globos oculares se hincharon, con sus casi invisibles venas que de pronto, tomaron un color rojo. Abrió la boca, tratando de tomar oxígeno de manera desesperada. Con el terror consumiendo cada célula de su infantil cuerpo, arañó los cables de los mandos, intentado inútilmente de librarse de ellos. Matt se retorció sobre las baldosas, moviendo los brazos y las piernas, en una pataleta callada, rogando a Dios que lo que sea que lo estuviera ahorcando se detuviera. No quería morir.
Sus piernas, agotadas, cayeron pesadas sobre la fría cerámica. No, no ¡NO! Tenía a su mamá, su papá, Watari, ¡Near ! ¡Esto era imposible! ¡Era una pesadilla, tenía que serlo!
Sus uñas cortas continuaban en su incansable lucha, pero sus brazos se rindieron y se desplomaron a los costados. ¡No quería morir! ¿¡Cuándo iba a despertar!? Con la cabeza golpeando constantemente el suelo, Matt miró hacia el apagado foco del techo.
Su vista se nubló, no sabía si por las lágrimas o porque se estaba quedando sin aire. Intentó por última vez tratar de incorporar oxígeno, pero no lo logró. Sintió cómo la oscuridad lo iba abrazando lentamente arrastrándolo al abismo que significaba la muerte.
_Muere de una vez_ fue lo último que escuchó, quedándose inerte en la habitación, con los ojos verdes abiertos como platos.
La noche había caído en Londres.
_ ¡Maldita sea! _ farfulló Light entre dientes, molesto porque la llave de la casa se le había perdido. No la encontraba por ningún lado. En el pantalón no estaba, tampoco en el maletín, ni en los bolsillos del interior de su chaqueta.
_¿Buscabas esto, Light Yagami?_ cuestionó en un tono impasible su hermano. Ay, ay, ay, su querido hermano. Lo apreciaba a tal grado, que le daban unas ganas de regalarle una bufanda, ponerla alrededor de su cuello de jirafa y tirar hasta que la lengua se pusiera morada.
Sostenía sus llaves, balanceándolas, restregándole en la cara su error.
_Antes de hacerte el orgulloso, aprende a no dejar tus cosas en mi auto, Light_ señaló L, sabiendo que eso era una puñalada en su orgullo y soberbia.
_Dame_ gruñó, hastiado. Entraron en la residencia, y acto seguido, su furia cambió a angustia. Se abstuvo de poner una expresión resultante de la mezcla de compungido y confundido. Le pareció que había un elemento oscuro, que no cuadraba. Una sombra se cernía sobre todo el lugar, como si una catástrofe estuviera por desatarse.
_ Voy a buscar mi pastel, Light, anda a ver cómo está Near_ Por lo visto, Ryuzaki se había percibido ese clima preocupante.
_ ¿Near, estás ahí?_ Nadie le contestó. Si bien el mocoso era insoportable y le hacía burla con frecuencia, le contestaba rápidamente. Subió las escaleras, e intentó llamarlo otra vez.
_ ¿Near? ¿Dónde está Watari?_ El hombre no aparecía por ninguna parte. Toda la planta estaba sumida en un mutismo inaguantable.
A la sazón, descubrió que el niño albino estaba parado de pie, frente a su habitación. Estaba observando pasmado hacia dentro de ésta. No parecía sorprendido, sino petrificado. No pestañeaba, no abría la boca, no hacía nada para demostrar que tenía movilidad. Al verlo en ese estado, la pregunta obvia se le vino a la mente: "¿Qué estará mirando?"
Se acercó poco a poco, como un ciervo asustado de pasar en las cercanías de un cazador sagaz.
_ ¿Near? ¿Qué carajos estás viendo?_ inquirió impresionado. El pequeño permanecía estático. No se asustó de verdad hasta que notó que estaba conteniendo la respiración. Llegó hasta su lado, y como todo ser humano normal haría, se fijó en lo que estaba mirando con tanto detenimiento.
_Mello_ musitó el albino, y el adulto sintió el pavor corriendo en su torrente sanguíneo.
La tez se puso pálida, sin pestañear tampoco ni atrever a entrar a esa recámara del demonio, clamó a un volumen altísimo y con mucho terror:
_ ¡RYUZAKI!_
El aludido, pávido por la idea de que Near estuviera herido, largó el plato que traía con el pastel, que se quebró en pedazos, y corrió como lunático escaleras arriba. Subió los escalones de dos en dos, y casi se cae al llegar al penúltimo. Trotó hasta el sitio de origen del chillido de su hermano, para encontrarle agarrándose la cabeza, con el horror surcando sus juveniles rasgos. Sus labios continuaban temblando por el grito que acababan de dar, y tiritaba sin control alguno. Su brazo derecho se alzó hacia dentro del cuarto de su hijo, quien estaba al costado de su tío, inactivo y tieso como una roca.
Esa emoción de incertidumbre lo atacó por entero, y se preparó mentalmente para lo que iba a contemplar.
Ni cien años de entrenamiento militar servirían para poder mirar con frialdad al cadáver ahorcado de un niño de seis años. Gritó.
Fanáticas de Matt, no me maten todavía. Era necesario para la trama xD. Sí, ya sé que soy una hija de p*ta, pero es lo que hay. Debo hacerles una advertencia, en los capítulos posteriores, va a haber algo de gore, pero no se preocupen, yo daré el aviso. Saludos SYTMMHC.
PD: Para quienes conozcan mis trabajos en Wattpad, sabrán que yo soy mucho más cruel con mis propios personajes. Con Matt he sido suave
