…
"¿Cómo puede interesarte un Amo, si no está acompañado de dolor, placer y el chasquido de sus látigos?"
…
Closer
Capítulo 5: Bienvenida a Casa
Mi mente recorre las últimas horas del día a una velocidad vertiginosa, comparando el hecho de que hace un par de horas estaba tranquilamente en mi apartamento, siendo simplemente yo. Y ahora, exhalo audiblemente, ahora está él. Busco en mi interior cualquier síntoma de arrepentimiento, o de miedo extremo que me impulse a huir pero... no hay nada de eso, no estoy arrepentida, por el contrario una gran parte de mi anhela el lunes.
Desde mi salida de aquel piso todo fue... veloz, el viaje en ascensor a pesar de los noventa y ocho pisos fue rápido, supongo gracias a mi mente, a la tonta sonrisa que he llevado desde entonces plasmada en mi rostro y es que... contrario a como me sentía minutos antes de, de aceptar, me descubro ahora feliz, a pesar de lo inverosímil de la situación, de lo difícil que pueda ser para un agente externo plantearse felicidad cuando estas estregando tu ser a otra persona, no es como si pudiese explicarlo, tampoco lo deseo... solo quiero disfrutar de esta sensación agradable de mi interior que indica que estoy haciendo lo correcto. El recuerdo del brillo en sus ojos antes de girarme, es todo lo que me acompaña y me hace sonreír ahora.
Tomé un taxi y rápidamente llegué donde estaba mi auto y luego llegué a casa o la que sería mi casa hasta este fin de semana, por tres meses.
—Doctora—saluda Ben cuando me ve moverme hacia la portería.
—Ben—devuelvo. — ¿Cómo va todo?—pregunto.
—Muy bien, gracias—dice con aquella sonrisa toda hoyuelos de su rostro flacucho —Que este bien—me despide cuando me interno, asiento hacia él agitando mi mano.
Finalmente entro a mi apartamento y todo lo que pienso cuando miro a mi alrededor es lo extraño que se siente. Ha sido uno de los logros más grandes que he hecho, las únicas veces que he estado fuera ha sido estrictamente durante congresos fuera de la ciudad o cuando he viajado a Seattle a visitar a mis padres, y ahora me alejaría durante tres meses, espero en algún momento poderme pasar por aquí, el pensamiento de dejarlo totalmente me llena de nostalgia. Camino a mi habitación y me dirijo directo hacia el espejo de cuerpo completo, me quedo de pie frente a éste, miro mi labio inferior, justo donde sus dientes han dejado marcas grabadas y han provocado la hinchazón, muevo mis dientes sobre la pequeña abertura y el dolor logra embotar mis sentidos, libero y me dejo envolver por el palpitar y el ardor que le siguen, y es como si aún él estuviese ahí, invadiendo mi espacio personal, con sus dientes sobre mi provocando el más placentero de los dolores. Sacándome de la ensoñación, mi celular suena.
La alerta de un mensaje es lo que refleja la pantalla del celular, nerviosa y avergonzada por lo que estaba haciendo, abro el texto
"La Obediencia supone confianza en quien obedece y responsabilidad en quien manda. Bien hecho pequeña mascota, empaca lo necesario, duérmete temprano y no respondas el mensaje"
Mi Amo
Me quedo observando la pantalla y el contenido del mensaje, boqueando sorprendida. Su mensaje es alto y claro, lo entiendo letra a letra pero ¿supone esto que sabe que... ya estoy en casa? ¿Cómo la sabe? aunque la sensación que me sobrecoge al pensar en esto no es... temor; por el contrario, su mensaje, el contenido y el trasfondo, me halagan y provocan el despliegue de una nueva sonrisa en mi rostro.
Me descalzo y cambio por un cómodo short y una franela de tirantes, busco en mi armario una maleta grande, para empacar lo necesario, necesario para tres meses. Con ese pensamiento empiezo a acomodar ropa y busco otra maleta, más pequeña, para zapatos y demás accesorios, guardo libros y documentos del trabajo. Sin darle mucha importancia y sorprendiéndome se hace de noche, cuando observo el reloj veo que indican las ocho treinta, el cansancio físico y mental de los acontecimientos del día, la presión, la tensión, todo... empiezan a pesar sobre mi haciéndome sentir totalmente agotada.
Voy a la cocina por algo de comer, no por hambre sino por no ir a la cama sin alimentarme en absoluto, se supone que suelo recomendar no hacerlo, por tanto yo debo comenzar tomándome la palabra.
No hay nada preparado, hace rato no cocino demasiado, la comida de la calle ha sido mi aliada en los últimos tiempos, espero que eso no me afecte demasiado en los días venideros. Ante la carencia me sirvo cereal y fruta y me dispongo a comer sentada en el sofá mientras veo algo de noticias. Al terminar lavo mis dientes y voy directo a la cama, dejo el celular a un lado de mis almohadas y cierro los ojos, sintiendo como soy envuelta por la nube de inconsciencia de mis sueños.
...
Pacífica y tranquila, es así como catalogo mi noche, sin sueños perturbadores, sólo una sensación de sosiego y paz. Me desperezo y tomo el celular para ver que son las siete de la mañana, tiempo suficiente para levantarme y empezar a disfrutar mi último día en el departamento, a pesar de ello logro sonreír ante la perspectiva de lo que me espera.
Decidida, me cambio a ropa de deporte, un pantalón de licra y camiseta, tomo mis llaves, auriculares y teléfono, bajo hacia el estacionamiento donde supongo Ben ha dejado mi auto ayer, efectivamente ahí está. Conduzco hacia el centro con la idea en mente de cumplir con la rutina de trotar, estaciono en un sitio seguro y empiezo a caminar más hacia la orilla del lago mientras activo el reproductor de música, cuando los primeros acordes de 'Survival' llegan a mis oídos, inicio un trote por el solitario muelle, el verano ejerce su aparición en el horizonte y el clima, la actividad en el litoral suele ser bastante movida, pero a esta hora parece que todo el mundo duerme, y eso me permite aprovechar este delicioso momento a solas.
Para cuando regreso a casa mis tripas rugen de hambre, tanto que apenas le doy atención a Ben cuando intenta decir algo, supongo saludar, solo alzo mi mano y corro hacia dentro. Cuando finalmente llego a mi piso quedo sorprendida observando ahí, en la puerta de mi departamento, una sonriente Alice con sus manos llenas de bolsas.
—Por fin llegas—dice casual— ¡Traje el desayuno!—hace énfasis alzando las bolsas en sus manos. Le sonrío de vuelta.
—Buenos días Alice, ¿cómo estás?, Bien, me alegra. Yo también estoy bien—respondo a su no saludo.
— ¡Ja!—exclama—No te mereces mi saludo, llevo esperándote más de diez minutos y créeme, estoy hambrienta—dice, paso por su lado y abro la puerta invitándola a entrar.
—Lo siento cariño, agradezco los minutos de tiempo que me dedicas—digo guiñándole.
—Pues agradécelos, tengo mucho trabajo, planos, esperándome en casa—suena obstinada. Sonrío tiernamente sabiendo que en realidad es así—Pero quería compartir el desayuno contigo, ya que no pudimos almorzar ayer... —me mira con ese rostro suyo lleno de picardía provocando que desvié mi mirada. —Isabella—llama para que me vuelva— ¿Que te paso en el labio?—me tenso y espero que ella no lo note, maquino rápidamente una mentira.
—No... No es nada—titubeo—Ya sabes que de los nervios y la ansiedad a veces me muerdo, creo que me he excedido un poco—la mentira fluye por mi boca al parecer muy fácil, eso creo, eso espero mientras ella solo asiente. — ¿Tienes mucha hambre? me gustaría bañarme primero y luego comemos o... ¿comemos primero?—dudo.
—Báñate primero—sonríe —No me gusta comer con personas sudadas—ambas reímos inevitablemente rompiendo la repentina tensión.
—De acuerdo, prometo no demorar - digo y corro a la ducha, hago mi mayor esfuerzo por no demorar, pensando en el proceso que es extraño no escuchar palabras de Alice desde el otro lado de la puerta, creo que han sido diez minutos los que he durado en el baño. Salgo con una toalla anudada a mi cuerpo y otra enrollando mi cabello, para mi sorpresa Alice está ahí de pie, en silencio y contemplando fijamente el par de maletas que reposan junto a mi cama. La observo de nuevo para apreciar cómo está enarcando una ceja perfecta hacia mí. Maldigo, a buena hora.
— ¿Podrías... explicarme?—pregunta—. ¿A dónde vas? Porque, a juzgar por el tamaño de tu equipaje, parece bastante tiempo. ¿Iras a Seattle?—sigue preguntando mientras camino hacia la cama donde reposa mi ropa y tomo las prendas interiores para ir a cambiarme al cuarto de baño.
—En un momento te explico—digo casi atorándome con mis propias palabras. Camino al baño y procedo a colocarme las prendas. Al salir ella solo está sentada en el borde de mi cama, inmediatamente me envía lo que a toda costa es, una mirada envenenada.
Le doy una pequeña sonrisa que intenta aminorar su rostro fruncido, termino de vestirme. Decirle que voy a Seattle seria la mentira más absurda y grande que pueda salir de mi boca, además, él... Edward ha dicho que puedo hablar libremente de ciertas cosas, sé que hay cosas que no puedo decir, no por él, más bien por mí. Cuando la observo y pienso en mentirle mi corazón se acelera, mentirle a ella es mentirle a Jasper, y mentirle a ambos es lo mismo que hacerlo con mi familia, pues ellos lo son. Peino mi cabello con precisión mientras el sonido de mis tripas logra liberarme un poco de los pensamientos, coloco un poco de crema sobre mi labio inferior y me dispongo a volverme hacia ella cuando la escucho hablar.
—Mis tripas agradecerían que te apuraras un poco—dice, le sonrío y le indico que sigamos al comedor, ignorando el hecho de que debería estarle explicando que significan mis maletas. Le ayudo a sacar el contenido de las bolsas con las que apareció en la puerta y observo una caja de Nuggets de Mc Donald's.
—Oh cariño—sonrío, siento casi mis ojos brillar y mi estómago anhelar aquello.
—Sé que los amas—dice. Y es cierto, como mucha comida chatarra que debo empezar a dejar. Las otras bolsas traen ensalada, café y un... Moka que huele y sabe delicioso.
—Ugh—digo saboreándolo—te quiero mucho ¿lo sabes?—expreso.
—Vale, no seas interesada. De nada—dice riendo y le respondería pero ahora estoy más enfrascada es saciar mi hambre con aquellas delicias.
Cuando solo estoy saboreando los últimos sorbos de mi Moka, ella vuelve a ponerse en guardia.
—Bueno, ya que mis tripas se han calmado y, creo que las tuyas también, ¿quieres hablarme?—pregunta pausada.
—Bueno—digo tragando, doy un largo suspiro pensando en que no puede ser tan difícil.
—Dime algo—dice interrumpiendo cuando estoy a punto de hablar— ¿Tiene relación con algo de lo que estabas haciendo ayer?—su ceño se frunce como si estuviese desenredando un nudo difícil.
—Alice—empiezo—No voy con mis padres, ni ninguna cosa relacionada con el trabajo—aclaro, quitando de mi camino la tentación por una mentira en primer lugar—He conocido a... alguien—empiezo y mi corazón se acelera. —He salido con él, ayer. Y... me, me ha pedido que me mude con él—sentencio viendo como su rostro pasa por diferentes facetas para centrarse en mi—Sé que puede sonar algo... apresurado, pero ya he aceptado—doy otro sorbo a mi café rezando para que dure un poco más y permita el escape que necesito.
— ¡Vaya! —exclama y me obliga a mirarla, su rostro parece perplejo, totalmente sorprendido y creo que no es para menos. —No puedo creerlo—dice frunciendo el ceño— ¿Estas bromeando? ¿Con quién has estado saliendo y no has dicho nada?—pregunta.
—Recuerdas... recuerdas que he mencionado a un... ¿Edward?—pregunto, al escucharme sus ojos se abren sorprendidos.
— ¿Te refieres al Edward por él que Jasper ha insistido?—asiento—Dijiste que no era nadie, mentiste—me acusa en un gesto gracioso. —No sé qué decir, lo juro—alza las manos y cae recostándose en la silla en lo que parece rendición—Estoy solo... demasiado sorprendida. No me malinterpretes, me alegra que estés con alguien, eso debes saberlo pero ¿no es muy apresurado? es decir, creo que lo conoces apenas ¿o me equivoco?—insiste, y ella tiene razón, a penas lo conozco, sus preguntas son como las mías hace unas horas, hace unas horas que he aceptado también pensaba que era muy apresurado, pero si yo no entiendo exactamente bien como me he metido en esto tampoco voy a poder hacérselo entender.
—Lo sé cariño—digo con una sonrisa comprensiva. —Te agradezco tanto que te alegres como que te preocupes, pero... créeme cuando te digo que conozco lo necesario para tener una idea en lo que me estoy metiendo. También me conoces, sabes que no soy ninguna insensata—trago, porque no sé si eso es verdad—Y quiero hacer esto—esa última corta oración, llena de convicción mis dudas, porque a pesar de todo, yo de verdad quería y quiero esto.
—De acuerdo, de acuerdo, no se hable más. ¿No crees que debería decirle a Jasper que venga?—pregunta tomando su teléfono. Por supuesto, debía saber que esto vendría.
— ¿Puedes solo decirle que venga? Ya me encargo yo de hablar con él—pido y asiente escribiéndole.
La siguiente hora la pasamos hablando de muchos temas, mientras ordenaba y guardaba cosas que iba consiguiendo y consideraba necesario llevarlas, Jasper había respondido al minuto, diciendo que aparecería a eso de las dos de la tarde trayendo consigo algo de comida para nuestro almuerzo. Con Alice intentaba desviar el tema con respuestas simples y preguntas interesadas, cada vez que intentaba preguntarme por Edward, no sabía bien cómo manejarme en ese campo y por eso le huía. Me encontré varias veces revisando mi celular, esperando su mensaje que, nunca terminaba de llegar, -¿Que estaría haciendo?- me pregunté en algún punto de las horas, me gustaría saberlo.
No estoy lista para hablar con Jasper, él es... intuitivo, y me conoce bien, bastante bien como para dejarse engañar en hechos incongruentes. Pero eso no evita que el timbre suene, como en este momento. Alice corre hacia la puerta y al abrirla, ahí, se encuentra mi amigo, con una sonrisa serena y las bolsas de comida en sus manos.
—Hola hermosa—saluda a Alice y desvío la vista cuando se dan un efusivo beso.
—Hola a ti también linda—dice hacia mí, me vuelvo y me acerco sonriendo para darle un abrazo. Jasper es para mí, mucho más de lo que siquiera he alcanzado a explicar, siendo quien ha estado a mi lado desde mi llegada a Chicago, defendiéndome cuando es necesario y siendo un punto de apoyo inquebrantable cada vez que lo he necesitado. Ha sabido tanto de mí, de mis relaciones e... incluso... todo.
— ¿Pasamos a comer?—pregunto sonriendo a ambos. Jasper bufa, por supuesto cree que solo lo queremos por comida, Alice en cambio ríe, ella está disfrutando esto. Vamos al comedor y me encargo de preparar los puestos para cada uno de nosotros, no hay silencio, con ellos nunca lo hay, las bromas, y la conversación, va y viene. Lastimosamente no es como si comer pudiese durar toda la tarde, así que solo recogemos todo y vamos a la sala acomodándonos cada uno en algún sitio cómodo. El teléfono de Alice suena y ésta se disculpa para ir a responder, aprovecho nuestro momento y me dirijo a Jasper sabiendo que no puedo dilatar más nuestra conversación.
—Entonces, ¿me dirás para que me han hecho venir? o ha sido solo por la comida—señala burlón. Le sonrío.
—Nunca te he llamado solo por comida—digo, él sonríe.
—Así que has sido tú—dice, confirmando que su presencia aquí, hoy, ha sido por mi causa.
—No es gran cosa—le quito importancia, al menos lo intento. —Veras... voy a mudarme—suelto pronto, su boca hace una mueca entre el horror y la incredulidad que me hace retroceder en mi postura relajada.
—Pensé que te gustaba este lugar—su ceño solo se frunce y se mantiene así, perdiendo toda la serenidad que suele acompañarlo.
—Y lo hago—aclaro—No... No voy a dejarlo, solo estoy llevándome ropa y cosas que, que son necesarias—explico. La duda y el entendimiento luchan en su rostro, me observa perplejo.
—Creo que no estoy entendiendo—dice.
—Me... me mudo a casa de alguien Jasper, me mudo a casa de Edward—termino de decir e inmediatamente su rostro deja de expresarme algo, queda en blanco—He salido con él, hablado... —empiezo a retorcer mis manos con nerviosismo—Y hemos decidido vivir... juntos—suelto, sus ojos me escudriñan con una intensidad que en él resulta temeraria.
— ¿Que estás diciendo?— pregunta incrédulo. — ¿Estas bromeando no es así?—sigue alterado.
—Jasper—trato de calmar pero niega continuamente.
—Hey—Se acerca Alice colocando una mano sobre su hombro tenso—No seas así, no te comportes de esa manera—regaña ella interviniendo, intentando relajar a un molesto Jasper.
— ¿Por qué tan rápido?—me pregunta de repente después de unos segundos de silencio reflexivo, sus ojos intentan comprender, son suaves y a la vez intensos y juro que siento mi corazón constreñido por hacerlo confundir de esta manera.
— ¿No lo sé?—respondo sincera—No es como si lo hubiese estado planeando, solo... lo hemos hablado y, queremos que funcione. Ni él ni yo estamos en un momento de salidas de fin de semana, encuentros casuales—miento, miento mucho y él lo sabe.
—Isabella—su tono cambia, un tono lleno de conocimiento que logra tensarme, me estudia con recelo— ¿Estás haciendo esto?—la forma en que lo pregunta, como si supiese exactamente lo que estoy haciendo, anula toda capacidad de respuesta en mí.
—No te preocupes ¿sí?—pido suplicante—Si no funciona, solo retrocederé, tal vez sea apresurado por todo el rollo de la novedad, el gusto y los ratos amenos—sigo mintiendo, intentando que él me crea.
Se pone de pie de manera abrupta y camina hacia la pared de cristal. Alice observa nuestro intercambio sorprendida y acongojada por la forma en que Jasper está reaccionando. En silencio, se disculpa hacia mí antes de que su celular vuelva a sonar. Me pongo de pie y voy directo hacia donde está Jasper, tomo entre mis manos la suya, apretándola y sintiendo el calor que solo él, como mí amigo, ha sabido brindarme.
—Oye—lo llamo, pero es inútil, esta ensimismado mirando hacia afuera —En serio no te preocupes, nada malo va a ocurrirme—digo rogándole. Finalmente gira su rostro para verme, él es todo preocupación y dolor por mí, lo abrazo pasando mis manos por su cintura y pegando mi cabeza contra su pecho. Besa mi cabeza y murmura.
—Nunca entendí lo que... haces. No es como si supiera muy bien de que va pero... —se queda sin palabras y lo aprieto más contra mí.
—No tienes que entender nada. Solo despreocúpate y confía en mí—pido una vez más, murmurando contra la tela de su ropa e intentando borrar la evidente preocupación en su rostro. Nunca podría explicarle bien y él nunca podría entenderme, solo necesitaba que confiara en que sabía lo que estaba haciendo.
—No puedo dejar de preocuparme, no me pidas eso. Pero voy a confiar en ti por supuesto—dice estrechándome finalmente en sus brazos, me aprieta como si pudiese protegerme del mundo y lo agradezco, después de todo, ante la ausencia de Jake, él es todo lo parecido a un hermano que tengo.
Para cuando Alice se acerca a nosotros, la tensión ha pasado, ella sonríe y los tres podemos iniciar una conversación animada de nuevo, como si nada hubiese sucedido. En eso estamos cuando la alerta de un mensaje llama a mi celular, me tenso y estremezco ante la idea que sea él.
"Buenas Tardes. ¿Disfrutando tú último día libre, pequeña mascota? Espero que así sea, y que tengas todo listo. Mañana debes estar, repito, a primera hora en casa, y quiero que estés todo el día ahí.
2727 W. Leland Street, Chicago IL"
Mi Amo
Leo su mensaje claro y exigente un par de veces. Su dirección escrita ahí solo hace más real e inminente el hecho de que mañana estaré viviendo en otro sitio y... todo el montón de cosas que eso significa. Su mensaje también deja claro que mañana tendré que faltar al trabajo, y eso no es algo que me guste mucho pero no pienso rechazar en su primera petición. Creo.
Tecleo una respuesta simple.
"Si Señor"
Isabella
El silencio que percibo en la sala es de todo, excepto cómodo, alzo la vista para ver a Jasper y Alice, esta última tiene la mirada de saber de quién es el mensaje, y me sonríe con total comida y complicidad, en cambio Jasper es todo ceño fruncido y preocupación de nuevo, le sonrío porque no hay nada más que pueda hacer.
—Bueno—dice mi amiga levantándose—Te dejaremos descansar. Ya se ha hecho tarde—los tres nos volvemos al reloj para ver que ya son pasadas las cuatro de la tarde, la verdad es que el día ha pasado súper rápido. —Además tengo una maqueta que hacer—mueve sus manos.
—Está bien. Supongo que debes trabajar—sonrío—gracias por el desayuno, el almuerzo y la compañía de ambos—me acerco para abrazarlos, primero a ella y luego me voy hacia Jasper—Gracias por haber venido—envuelvo mis brazos de nuevo alrededor de su cintura.
—Cuídate mucho—murmura contra mi cabello—Puedes llamarme cuando sea que me necesites—dice antes de soltarme.
—Todo va a estar bien ¿de acuerdo? si estas tranquilo, me ayudaras a estar mejor—le sonrío de nuevo, éste me da como respuesta una suave inclinación de su boca. Me despido de ambos con la mano antes de que la puerta se cierre dejándoles fuera.
Largo un suspiro y me vuelvo hacia mi apartamento. Ya está hecho, ahora puedo afirmar que estoy lista para dejar este lugar. Me acero hacia la mesa de la sala donde se encuentra mi celular recordando que debo comunicarme con Benjamín o alguien del hospital para avisar que no apareceré por ahí mañana, preferible pedirle a Ángela que avise ella. Le envío rápidamente un texto pidiéndole exactamente eso.
Doy vueltas por ahí continuando con mi rutina de recoger y guardar cosas que creo, debería llevar conmigo, terminando con más equipaje del que probablemente debería tener. Cuando decido que he acabado y mi cuerpo se encuentra lo suficientemente agotado, voy directo a mi habitación recostándome entre las almohadas, una espesa bruma de paz me inunda, haciéndome saber que las cosas en vida, si bien están dando un giro total, parece que está... bien, en veinticuatro horas han cambiado más cosas que quizá en toda mi vida. Un paso importante voy a dar mañana, algo parecido a una decisión tan estrecha y definitiva como el matrimonio, solo que en mi caso se asemeja en la decisión y no en el resultado. Sé de qué va la relación, que idea mantener y yo espero tener, sé que he respondido, sin saberlo, bien a sus deseos, solo espero ser capaz de llevarlo por completo. Los recuerdos del par de días del congreso acuden a mi mente, la forma intensa en que él me observo desde un principio, como si desde ese primer instante... yo hubiese sido elegida por él. Me impulso a levantarme y camino hasta quedar frente al espejo, me voy desvistiendo mientras voy mirando cada parte de mí que va quedando desnuda, pensando de pronto... que tal vez no le guste lo que vea... quizá. Pero rechazo todo pensamiento negativo que intente bajarme la emoción que estoy sintiendo ahora. Me abrumo con el pensamiento de que todo lo que estoy viendo frente a mí, ahora, ya no me pertenece.
Voy al baño y abro las llaves para llenar la tina, pues por la mañana en presencia de Alice apenas y he hecho algo por bañarme de manera adecuada. Me sumerjo en el agua, y así despido otro día, él último día.
...
La alarma del celular me saca del clima nublado de mis sueños, estiro la mano y presiono varios botones hasta que ya no se oye nada. Poco a poco, voy abriendo mis ojos, primero uno y luego el otro, a la par de que estiro cada musculo de mi cuerpo. Lo primero que hago, como cada mañana, es girarme hacia el reloj que indica las seis de la mañana, a través del ventanal todo se aprecia oscuro. Me levanto sintiendo la extrañeza de lo que el día me depara en mis entrañas, sintiendo la nostalgia por la despedida a este lugar que tanto significa para mí y de la vida sin altibajos, más bien tranquila, que he estado llevando.
Voy a la cocina para arreglar algo de tortillas y café para mi desayuno, me siento a comerlas sin dejar de mirar los detalles a mí alrededor. El recuerdo de aquel maravilloso día en que pude mudarme viaja por mi mente como un flash de imágenes, para entonces mi madre había aparecido en compañía de Jake y juntos con la ayuda de Jasper me ayudaron a mudar y amoblar el apartamento, desde el momento en que me lo enseñaron a través de fotos había quedado enamorada del espacio y sus detalles.
Camino perezosamente hacia mi habitación para empezar a pensar que voy a colocarme, él no dijo mucho sobre cómo debía vestirme, todo se centra más bien en mi comportamiento. Aunque sigo pensando en que debo elegir con mayor detalle que voy a ponerme. Dudo en el cajón de la ropa interior, pero vuelvo a pensar que él no dio ninguna especificación al respecto, así que solo pienso en verme bien para él. Miro hacia el ventanal, allí donde una parte armoniosa y cálida de Chicago es apreciable, la línea del horizonte donde el sol empieza a hacer su aparición indicando lo que va a ser del día. Miro de nuevo hacia el closet y los cajones, la poca ropa que he dejado fuera, tomo un conjunto de ropa interior de encaje negro, un top blanco, un short negro y unas sandalias de suave tacón color negras también. Me visto, maquillo y acomodo las ondas de mi cabello.
Para cuando estoy lista y me miro al espejo, el arrepentimiento viaja por mis venas. No creo verme como él desea, pero... no tengo tiempo para cambiarme a algo mejor, aunque no sepa exactamente que es mejor para él. Mientras termino de ultimar detalles llamo a Ben a través del intercomunicador para pedirle me ayude a bajar el equipaje. Sorprendido pero respetuoso, sin hacer ninguna pregunta, aparece y me ayuda a bajar hasta mi auto las dos maletas, subo, apago luces y desconecto equipos, cierro con doble seguro y vuelvo a mi auto diciendo adiós con nostalgia. Es hora de ir a... su casa.
...
A medida que me acerco a la dirección indicada en el mensaje, van apareciendo una serie de conjuntos residenciales, los edificios han quedado atrás, una sucesión de bungalows llaman mi atención por lo acogedores que parecen ser, una zona aparentemente tranquila con mucha vegetación alrededor. De a poco, empiezan a emerger casas de mayor tamaño, cada vez más alejadas las unas de las otras debido a la gran cantidad de metros cuadrados que poseen. En determinado momento empiezo a verificar los números de casa, estoy en la calle correcta, falta poco para dar con la suya, y ese pensamiento provoca una aceleración en el tronante ritmo de mi corazón.
Todo se frena cuando, viendo mi celular y el número de casa indicada en un aviso frente, coinciden. Un gran portón negro en medio de un muro de piedra está frente a mí, solo a unos cuantos metros, y puedo sentir todo mi interior revolviéndose en miedo y ansiedad debido a esto. Antes de arrepentirme por lo que hago muevo el auto hacia el portón negro, una pequeña cabina alzándose entre las piedras emite un sonido.
—Identifíquese por favor—dice la voz al otro lado, la voz de un hombre que no suena como la suya que ya he memorizado.
—Soy... Isabella, Isabella Swan—respondo, no escucho nada más aunque sigo esperando una respuesta, pero debo enfocarme cuando el portón enfrente empieza a abrirse en un fluido movimiento hacia la izquierda, antes mis ojos empieza a dejarse ver lo que será mi... sitio, al menos por los próximos tres meses.
Pongo el auto en marcha, un corto camino enmarcado por un precioso jardín es lo que me lleva hacia su casa. Trago grueso, una majestuosa obra, de dos... o tres niveles, se yergue frente a mí, compuesta de piedra, acero y vidrio, siento como la casa logra robarme el aliento. Sus colores oscuros y su ubicación en medio de un conjunto de árboles, le regalan ese aspecto hermoso pero sombrío, justo como él, me recuerdo. Y detallar ese pequeño parecido entre algo suyo y su persona, me hace sonreír, pues es algo familiar en medio del mundo parcialmente desconocido que he empezado a explorar esta mañana.
Estaciono el auto frente a lo que parece la entrada, no hay ningún otro por ahí, no el auto en el que hemos viajado ayer hacia el restaurant. No sé si debo moverlo a otro sitio y esa duda solo me lleva a dejarlo justo donde estoy. Bajo con movimientos nerviosos y torpes, sintiéndome realmente pequeña cuando estoy de pie frente a la casa, lo que emana y representa para mí. Subo las tres gradas que llevan a un porche corto y la puerta de entrada, dudo en ir a buscar mi equipaje, tal vez debí bajarlo pero... toco el timbre y regresarme ya no tiene sentido. Un minuto o menos luego, la puerta se abre. Frente a mi aparece una mujer, ni muy joven ni muy pasada de edad, vistiendo el típico uniforme de una encargada doméstica.
—Bienvenida Señorita—dice con tono y expresión seria, pero totalmente amable. Me da una mirada evaluadora que no termina por gustarme—Michael—dice dirigiéndose a alguien que permanece aún dentro—Ayúdele a la Señorita Swan a bajar el equipaje de su auto—Ordena.
—Eh... Buenos días—saludo titubeando. Un hombre no muy alto y de cabello rubio asoma por la puerta, llevando también lo que parece un uniforme, solo que más formal. Me hace una muda petición apenas mirándome para que le entregue mis llaves.
—Siga Señorita—pide la mujer, la decepción me patea en el estómago al no verlo aparecer a él por alguna parte, no me había percatado cuanto guardaba esa ilusión.
Mis pasos resuenan en el hermoso piso pulido de mármol, un tono crema marfil que brilla impecable. Mis ojos, desde el momento que cruzo el umbral, no han dejado de admirar cada detalle visto, una sala o recibidor en cuyo centro hay un gran sillón blanco y una mesa de vidrio apoyada en una figura extraña, enramada. Cada cierto punto guarda una lámpara estirada y extraña, todas del mismo modelo, que a pesar de la luminosidad debido a las altas paredes de vidrio, brindan al interior un aspecto de intimidad y calidez tenue. Las columnas, al menos las que se logran apreciar, están revestidas de ladrillos de piedra gris, y las paredes en su mayoría, guardan la postura de cuadros con distintos motivos, todo es distinto pero armoniosamente perfecto. A la izquierda, una gran pared de vidrio da totalmente al jardín donde grandes árboles se alzan cobijando la casa, seguida de esta pared se encuentra una chimenea, del mismo material de las columnas, y junto a esta, otro sillón.
Estoy anonada observando cuando el Señor Michael entra con mi equipaje y la Señora carraspea llamando mi atención.
—Señorita Swan—me giro hacia ella, postura firme y manos juntas detrás de la espalda—Bienvenida una vez más, mi nombre es Carmen y él es Michael—señala a su acompañante quien asiente hacia mí. —Ambos nos encargamos del aseo y de llevar al día la casa del Señor Cullen—aclara. No me pasa desapercibido que ella sabe perfectamente quien soy yo, ¿sabrá a que vengo también?, me pregunto. Asiento.
—Mi nombre es Isabella Swan—digo y no se para que si ambos ya lo saben. No sé qué debo decir ahora o que hacer, así que solo espero por alguna indicación.
—El Señor Cullen ha indicado que debe llevar su equipaje arriba, en el segundo nivel, su habitación será la segunda puerta a la derecha del pequeño salón—asiento frunciendo el ceño por su formalismo pero totalmente dispuesta a seguir sus indicaciones, debo moverme por hacer algo o voy a sufrir algún colapso nervioso.
—Puede el Señor... ¿ayudarme con mi equipaje?—pregunto dudando tomando por mis manos una de las maletas.
—Lo siento Señorita Swan—es la mujer quien responde —Pero tenemos prohibido ir arriba—mi mandíbula descuelga ¿es en serio?, a juzgar por su expresión seria, está hablando totalmente en serio. Tomo una respiración profunda para llenar mis pulmones constreñidos.
—De acuerdo, no hay problema—digo como si lo que acabara de decir no tuviese ninguna importancia, camino con una de mis maletas hacia las escaleras, observando los detalles en estas, el pasamanos asemeja una larga tira de tela que se mueve generando curvas, no puedo evitar tocarlas, pero me recuerdo que debo seguir y eso hago.
Llego al segundo nivel y, de nuevo, me quedo asombrada. Todo es simplemente... magnifico, el piso sigue siendo del mismo material, sin embargo una nueva sala se abre paso con otro mueble amplio, esta vez de color negro, replegable, ancho y aparentemente cómodo. Frente a éste se encuentra un mueble que guarda un estéreo y diferentes cosas que no detallo, más arriba un gran plasma. Sigo las indicaciones de la Señora Carmen buscando la segunda puerta pasando el salón, el pasillo es de paredes blancas, amplio y en ellas también reposan diversos cuadros, creo que a él le gusta bastante el arte, a juzgar al menos por lo que he visto hasta ahora. Me detengo en la puerta de la segunda habitación tal como me ha sido indicado.
Giro el pomo de la puerta de madera y empujo un poco, me permito por primera vez mirar "mi habitación", el color rojo flamea inundando mis ojos, en todas las paredes, miro hacia el lado izquierdo donde unas puertas replegables de madera se hallan, supongo son del closet, y junto a estas otra puerta, de madera como la de la entrada que supongo corresponde al baño. Totalmente al otro lado de la habitación hay dos grandes ventanales en lugar de pared, de vidrio y dan a lo que debe ser la parte trasera del jardín y de la casa, donde hay más de esos árboles de gran tamaño, acercándome logro ver bancas, caminos y detalles que guardo en mi interior para bajar y detallar más tarde, camino hacia el centro de la habitación donde un solo objeto llena toda mi visión, la cama. Toco la seda suave que cubre el colchón, de color blanco impecable, en sus cuatro postes se alza un dosel del cual guinda un tul negro y espeso. Observo los postes desde los cuales cuelgan cuatro tiras, trago y un pellizco se retuerce por mi cuerpo, solo ese detalle le hace lucir como lo que en realidad es, el resto es aparentemente... normal, aunque un tanto excéntrico. Varios cuadros cubren una de las paredes, cuento cinco en total, algunos tan abstractos que no me permiten identificar nada.
Pero dos cuadros logran capturar mi atención, ambos parecen centrales y dan el aspecto de estar ubicados para resaltar entre los demás, y es que expresan con claridad mi papel en este lugar, la razón que me trae hasta aquí... sumisión. Conozco uno de los cuadros, tuve la oportunidad de apreciarlo y saber al respecto en una exposición de la apertura de una galería que pertenece a la familia de Alice, un cuadro particular al que muchos le repelen, pero otros, entre esos yo, le intriga y fascina. Su nombre es "Esplendor de una Mujer Sumisa", en él, una mujer está de espaldas en posición, es decir, postrada en el suelo de rodillas, las manos juntas y unidas en su espalda resaltando su pecho, total señal de entrega y abnegación, su cabeza está un poco inclinada hacia abajo, cediendo, aquella mujer hace lucir la postura, hermosa y completamente sensual. Asemeja a su vez una mujer sola, es lo que muchos piensan, pero muy al contrario, su postura y la forma en que sus hombros están dirigidos, dan a entender lo atenta que se encuentra, los sentidos... sus sentidos, puestos en él, en su Amo, esperando su llegada tal vez o esperando su orden, es fascinante. El otro cuadro no lo conozco, pero refleja una mujer desnuda, encorvada y sujetándose a sí misma, se presta para muchas interpretaciones pero espero tener la oportunidad de preguntarle a él por su verdadero significado.
Sacudo mi cabeza recobrando mi postura respecto a lo que debo estar haciendo, y eso es ir por mi otra maleta, siento el sentimiento de aprensión, de gustarme lo que veo sobre lo que será mi habitación, pero no puedo evitar sentirme extraña, sentir todo ajeno a mí, y sé que en gran parte eso se debe a la ausencia de su persona aquí, hoy. Algo apesadumbrada por ese último pensamiento bajo en búsqueda de la otra maleta, ahí se encuentra la Señora Carmen, observándome.
—Señorita, por un momento pensé que tendría que llamar al Señor Cullen—dice con un deje de sarcasmo, frunzo el ceño por su actitud, ¿qué ocurre?
—No es necesario—respondo—solo me distraje acomodando algunas cosas—la ignoro porque su actitud me resulta molesta. Ya he asumido que probablemente él no está aquí porque se ha ido a trabajar, no conozco sus horarios, no tengo idea de lo mucho o poco que hace, pero me pregunto entonces ¿por qué no me dejo ir a trabajar? ¿Que se supone que voy a hacer el resto del día, en una casa que no es mía, sin él?
—Estaré en la cocina, el almuerzo se sirve a las doce treinta en punto, esté o no el Señor en casa. Si necesita cualquier cosa, en su habitación y en el salón de arriba hay un intercomunicador con el que puede ubicarme en el momento que lo desee—indica en modo profesional, asiento y en silencio tomo mi otra maleta junto al bolso de mano que he traído y me dispongo hacia arriba de nuevo.
Esta vez paso directo a mi habitación, aunque en mi mente, tal posesión, sigue sonando con incredulidad.
Decido ir acomodando pausadamente cada cosa, prendas, zapatos y demás accesorios. Sobre la mesa junto a la cama dejo una fotografía de mi familia, espero que eso no le moleste. Me tomo mi tiempo en cada detalle, distrayéndome lo suficiente para que, cuando levanto mis ojos y veo el reloj, éste indica que faltan solo cinco minutos para las doce treinta. Suelto lo que tengo en mis manos y bajo con velocidad las escaleras provocando un estruendo con mis tacones, voy directo hacia donde se me ha indicado se encuentra el comedor, más allá de la sala, representado por una mesa enorme de bordes finos, de seis puestos, totalmente para mi sola.
—Muy puntual señorita—doy un salto cuando escucho a la mujer a mi lado. Aprueba mi puntualidad con un gesto solemne—Tome asiento—señala una silla ligeramente movida para mí.
Al minuto siguiente me encuentro comiendo, ni siquiera sé lo que voy metiendo a mi boca y apenas registro el hecho de que es un sabor agradable. Mi mente está... revolucionada, es un buen término. No se detiene, ¿que estoy haciendo? en este lugar, rodeada de personas que no conozco, me siento ajena, extraña, las dudas se galopan en mi mente empujándome a querer salir de aquí, correr fuera. Y eso sólo se hace más potente cuando el recuerdo de su ausencia me golpea como cada minuto.
Afortunadamente aquella mujer se mantiene en silencio, y para cuando termino de comer, ignora cuando me excuso y salgo disparada de ahí. Voy a ese lugar rojo, no miro hacia los lados, la curiosidad se ha esfumado. Todo lo que guardo, y todo por lo que mi corazón palpita acelerado, es la decepción, conmoción y este sentimiento constante de pensar que todo está mal. ¿Por qué?, es la pregunta que más me ronda. ¿Por qué me está haciendo esto?, mis preguntas carcomen poco a poco mi cerebro, dejándome sin defensas.
Ya no tengo nada que acomodar, nada que hacer, voy al baño para lavar mis dientes y tal vez despejar un poco mi mente con algo de agua en mi rostro, aprovecho echando un vistazo al único sitio que no he detallado. Lujo es lo que resalta, detalles cromados, una enorme tina y... en fin. A pesar de eso, no logro entusiasmarme.
Mido mis opciones y escojo la lectura, busco mis cosas, apuntes, laptop y algunos libros, acomodo todo sobre la cama y me dispongo ahí para repasar sobre la Contractura Isquémica de Volkmann. Tengo un caso al respecto y he estado repasándolo para no dejar escapar ningún detalle la próxima semana cuando corresponda la consulta.
No tengo una idea precisa sobre cuánto tiempo me pierdo entre textos y apuntes, sólo soy consciente del momento exacto en que me distraigo por lo opaca que se ha vuelto la luz y levanto hacia los ventanales para percatarme de los pocos rayos de sol que acceden y eso, a causa de que éste ha empezado su descenso inminente hacia otro lugar del planeta, tal hecho me hace mirar el reloj, las cinco con quince minutos, miro el celular que desde hace horas he dejado sobre la mesa, en modo silencioso, dos llamadas perdidas de Alice reza la pantalla.
Decido devolverle la llamada mientras me recuesto mirando hacia la nada.
— ¿Alice?...
— ¿Quien más?—responde con su habitual tono. — ¿Por qué no respondías?—pregunta de inmediato.
—Lo siento, estaba leyendo —esa declaración basta para que ella entienda.
—Tú y tus libros Isabella.
—Ya me conoces.
— ¿Cómo va todo? ¿Te mudaste?—pregunta con cautela.
—Eh... si, lo he hecho por la mañana. Todo va bien. Luego te cuento ¿sí?—no considero la llamada como algo demasiado importante, y no es como si tuviese muchas maravillas que pueda compartir con ella en este momento.
—De acuerdo, quería saber que estabas bien, Jasper también ha insistido en que te llame—frunzo el entrecejo, pensando en Jasper, ya me imagino sus razones para insistir.
—Dile a tu novio que estoy muy bien, que deje de preocuparse ¿De acuerdo? Ahora voy a dejarte, hablaremos luego. Un gran abrazo—me despido.
—Igual para ti.
Corto la llamada sin esperar más.
Tan pronto como lo hago los sentimientos y pensamientos negativos me abruman nuevamente. Un pensamiento cruel y poco infundado se cuela en mi mente. ¿Qué hago aquí?
Repentinamente todo se siente complicado, incorrecto, y ni siquiera puedo decir que algo ha iniciado, porque estamos en cero.
Sin embargo me consigo cuestionando todo, este día y su comportamiento. ¿Por qué así? o ¿Por qué simplemente tengo que soportarlo?
Él está jugando conmigo, eso es lo más que puedo pensar. La forma en que él describió como podíamos conseguir lo mejor de nosotros mismos hace días, pierde todo fundamento ante mí y la perspectiva de esta casa sin él. Yo no quiero esto, al menos no de esta manera.
Poco a poco, un impulso va colándose en mi cuerpo, tensando y alertando cada nervio y poro de mi sistema. Quiero irme. Me levanto, tomo celular y bolso de mano que contiene mis documentos. No sé definir muy bien lo que estoy haciendo, soy movida por la necesidad de sentirme liberada de toda esta opresión repentina, salir, y no sentirme asfixiada con tantos pensamientos.
Sin pensarlo demasiado me encuentro bajando las escaleras, topándome al final de estas y en plena sala con la Señora Carmen, con su mirada desdeñosa puesta directamente sobre mí.
— ¿Señorita Swan?—pregunta ella con voz robótica— ¿A dónde va?
No le respondo, porque la verdad es que ni yo misma lo sé.
—Esto no va a gustarle al Señor—asegura observándome mientras paso a su lado dirigiéndome directamente a la puerta, en este momento su Señor que se supone también es el... mío, no me interesa.
Abro la puerta de un tirón, ignorando completamente sus protestas, pero cuando levanto los ojos para dirigirme fuera, todo mi cuerpo se congela. Trago grueso, mis oídos pitan y el miedo se acumula en mis venas.
Ahí, de pie en el umbral de la puerta con la mano extendida, a solo escasos centímetros de distancia, se encuentra él. Cuando observo sus ojos todo mi cuerpo sufre una vibración a modo de escalofríos, algo que tiene mucho que ver con el reconocimiento en su mirada. Me desestabilizo en mi posición observándolo, airado, poderoso en su traje formal, luciendo tan frio y con esa mirada calculadora que ya había conocido. Su ceño fruncido cambia cuando alza una ceja delicada hacia mí, luce desquiciadamente hermoso.
Soy invadida por un poderoso sentimiento de aprensión y reconocimiento, me abruma y llena. Regresando a mi todos esos sentimientos que había olvidado a lo largo del día. Y seguido de ello, sin darme tregua ni descanso, el arrepentimiento se filtra por mi cerebro, la culpa, mis ojos se llenan de lágrimas, la bola de opresión crece en mi pecho pero por sentimientos diferentes. Agacho la cabeza llena de comprensión ante lo que he estado a punto de hacer.
—Sube—dice en un susurro peligroso, una orden mordaz. No lo dudo, me doy la vuelta manteniendo mis ojos en el suelo y emprendo mi marcha arriba. La indecisión cruza mi mente cuando llego arriba y pienso hacía donde debo dirigirme pero lo hago a la habitación que ha sido destinada para mí.
El desorden en mi cama me alarma, así que me muevo rápido guardando la laptop, los libros y las demás notas esparcidas sobre la cama. Cuando ordeno todo pienso que ha pasado el tiempo suficiente para que él ya esté viniendo pero... nada.
Sin embargo pronto escucho sus pasos resonando contra el mármol, los sigue un rastro de silencio cruel que enfría mi cuerpo, observo hacia la puerta y veo el giro que empieza a dar el pomo, agacho completamente mi cabeza de nuevo.
Todo lo que escucho son los latidos furiosos de mi corazón. Mis nervios se crispan, dejando todo rastro de seguridad atrás. Por primera vez me reconozco como lo que soy ahora, desde que he firmado su contrato. Él, mi Señor, se pasea a mi alrededor sin emitir sonido o palabra, de él solo se oyen sus pasos y el sonido errático de su respiración, que a diferencia de la mía que se encuentra afectada por el miedo, la suya debe ser por la ira contenida.
— ¿Eso es todo lo que tienes, mascota?—pregunta con desdén. — ¿Ha sido eso una muestra de lo mucho que deseas entregarte a mí? No ha pasado un día completo, pero ¿ya quieres irte?—acribilla con preguntas en un tono de voz que hiela mi sangre y provoca que un sudor frio se forme en mi nuca, mi estómago da un vuelco y todo lo que hago es sentirme mal, físicamente derrotada y mentalmente agotada. Porque ahora que él está aquí es como si todos los pensamientos que he estado teniendo se esfumaran—Respóndeme—dice con pausa. — ¡Respóndeme jodida puta!—, su voz retumba mis oídos provocando más lagrimas acudiendo a mis ojos, haciéndome casi imposible la tarea de contenerlas.
—Yo-yo, lo siento, Amo—digo, no sé qué decirle, no sé qué más podría decirle. Preguntarle tal vez... ¿Por qué no ha estado? no, no puedo hacerlo.
— ¿Lo sientes?—pregunta con sorna—Yo—dice y su mano sujeta mi rostro con rudeza, apretando mi mandíbula y levantándome para que vea sus ojos, una lagrima rueda por mi mejilla—Yo voy a hacer que lo sientas, que cada parte de tu cuerpo sienta el arrepentimiento. Te voy a enseñar las reglas puta, y vas a aprender de la única forma en que cada palabra quede grabada en ti y que entiendas e interiorices a quien perteneces.
Sus ojos brillaron con peligro, su enojo es palpable y acongoja cada parte de mí. Lo he hecho enojar, tanto que todo se transforma en recriminación hacia mí, un día y... lo he decepcionado de tal manera.
—Sígueme—suelta mi rostro como si sujetarme le causara repulsión, eso sólo lo hace todo peor. Cuando voy a dar un paso tras de él se detiene y gira su rostro por encima de su hombro, rápidamente tiro de mis ojos hacia abajo —Las perras, mascota, no caminan en dos piernas, al piso—demanda, recuperando su hostil tono suave. Caigo sobre mis rodillas y manos para ir a gatas tras él, salimos de la habitación y andamos hasta toparnos con un salón circular cuyas paredes son solo... cristales. En el centro logro observar las patas de una silla y mesa de madera talladas con detalle, pero poco veo de éstas, al lado de la silla y recostado a ésta se encuentra un violín, un instrumento impecable que puedo jurar está esperando ser tomado por las manos correctas, logro imaginarlo a él tomándolo.
Salgo de mis ensoñaciones para seguirle sin perder el paso, gira hacia un pasillo a la derecha, deteniéndose un segundo, pero solo eso. No podría saber dónde estamos yendo o que caminos estábamos tomando, repentinamente la casa parece formada por un montón de pasillos. Para cuando se detiene por poco choco contra la parte posterior de sus piernas. Observo entonces una puerta semicircular de madera, completamente distinta al estilo moderno que conforma la casa. Espero mientras él abre, provocando que un frio se cuele a través de ésta, como si dentro conservase su propia temperatura y nos golpee a ambos. Él se interna y lo sigo.
La habitación en la que ahora nos encontramos es amplia y oscura, el suelo es de una cerámica empedrada, igualmente diferente a la del resto de la casa. No levanto la vista para ver nada pues sé que no lo tengo permitido, pero si sé de inmediato que todo es distinto, que lo que me espera, no puede ser tomado como... positivo. Al menos no en este momento.
—Quédate ahí donde estas—su voz resuena por toda la estancia creando un eco que va y viene. Me detengo congelada, centrando mi vista en las formas empedradas del suelo. Escucho sus pasos y el sonido de una puerta cerrándose. Ahora lo escucho caminar de vuelta y sé que se ha posicionado a mi espalda. Mi respiración se acelera de inmediato, veo aparecer un zapato suyo a cada lado de mi cuerpo y luego... oscuridad, no puedo ver nada excepto algo rojo que cubre mis ojos.
—De pie—ordena, aun distraída por ser dejada sin visión, intento ponerme en pie con algo de duda y nerviosismo. —Ven acá—demanda. —Sigue mi voz—escucho atenta dejándome llevar por el sonido de sus palabras, esperando no chocar contra nada en el camino o tropezar con mis propios pasos. —Ahora detente y levanta ambos brazos por encima de tu cabeza, juntando las manos—ordena.
Cuando lo hago, siento de inmediato algo envolverse en torno a mis muñecas. Ante eso se me hace imposible controlar mi respiración que empieza a formarse como jadeos ruidosos. El miedo me atenaza aunque soy consciente que lo que sea que él vaya a hacer, me lo he ganado.
—No siento arrepentimiento de haberte elegido a ti—empieza a hablar, su voz dejando la hostilidad para solo convertirse en un ruido profundo que taladra mis sentidos. —Eres... —dice y siento algo cruzar mi pecho, en medio de mis senos, bajando por mi abdomen sobre la tela de la ropa—Preciosa y una provocadora innata por la forma en que estas vestida. Encarnas a la mascota que deseo exactamente para mí—su voz susurra y arrulla cerca de mi oído, tiemblo de miedo. —Pero eso parece físicamente ¿Me he equivocado contigo, Isabella?—su tono se transforma en algo monótono y neutral, terminando por pronunciar mi nombre, provoca renovadas lagrimas acudiendo a mis ojos. —Voy a darte permiso para hablar, sólo para que me digas si me he equivocado contigo, ahora—dice.
—No-no Señor—murmuro—No se ha equivocado—mis palabras se precipitan—Lo siento. Yo... fue un impulso- digo con todo el arrepentimiento que estoy sintiendo.
—Ya te dije que yo voy a hacer que lo sientas—dice y siento lo que antes paso entre mis pechos contra mi mejilla, afilado y frio. — ¿Me permites castigarte, Isabella?—lo dice con un deje de sarcasmo que sabe a hiel en mi boca.
—Sí, Amo—digo derrotada, cansada y deseosa de ser castigada.
— ¿Por qué?—tomo una respiración profunda.
—Porque lo merezco, me he comportado de forma incorrecta, porque le he decepcionado y faltado respeto—digo hundiendo más la cabeza entre mis hombros.
—De acuerdo, te lo has ganado. No has tenido paciencia, me has decepcionado ciertamente, tu comportamiento ha sido... deplorable—otra lagrima sale rodando por mi rostro.
Seguido de sus palabras un silencio estremece todo a nuestro alrededor.
Vuelvo a sentir la cosa filosa contra mi cuerpo, a la altura de mi cintura. Entonces, escucho el desgarro de la ropa. ¡Tijeras! la tela acaricia mi piel mientras va siendo cortada, el filo estremece mi piel y me pone alerta. Hace todo el proceso con cada prenda de ropa que cubre mi cuerpo hasta dejarme en solo ropa interior. Soy consciente de que esto es lo más desnuda que estoy por primera vez frente a él, y me avergüenzo y me retuerzo en mi lugar con ese pensamiento.
—No... No estoy equivocado—murmura, los nervios, la ansiedad, se apoderan de mí. Mis manos inmóviles en su totalidad se estremecen entre las cuerdas que las aprisionan, pero es tanto el ensimismamiento que me envuelve a su causa que no siento ningún tipo de cansancio debido a la posición de mis brazos.
Silencio. Todo lo que hay a nuestro alrededor es un silencio sepulcral. Mi respiración es el único ruido real, fuerte, que se escucha en la habitación.
Me tenso cuando siento algo serpenteando en mi espalda, fino, duro, frio. Un jadeo sale de mi garganta por la sorpresa. Que... que es.
—Aprenderás, Isabella. Me hubiese gustado empezar de otra forma pero tú te buscaste esto. ¿Conoces el látigo de serpiente?—pregunta con una suavidad que ya se no es propia de él y solo es una ilusión de su tono hostil. Mi cuerpo se tensa al escuchar el nombre del instrumento que ha mencionado. Asiento, conocedora de él, sin verbalizar. —Te he dado una palabra de seguridad en el momento de firmar el contrato. Sin embargo yo no tengo una palabra para decir que pares cuando creo que estás pasando un límite, ésta—enfatiza—es mi manera de enseñarte lo que debes y no hacer. Voy a darte diez azotes, en la parte de tu cuerpo que yo considere correcta, ¿entendido?—asiento, con la boca seca y los nervios a flor de piel, sé que va a doler, es todo lo que nubla mis pensamientos. —Vas a escuchar, aceptar y agradecer cada azote con respeto—indica, desde alguna parte de la habitación pues noto como se ha alejado por la lejanía de su voz.
Luego de sus palabras el silencio vuelve a inundarlo todo. Pero esta vez la tensión crepita a mi alrededor, expectante de lo que va a darme. Soy consciente de cada parte de mi cuerpo, de las partes que cubre mi ropa interior, de la agitación, expectación y excitación pueril de mi cuerpo. Atada y vulnerable. Tengo que calmarme para poder soportarlo.
Pero es algo que no veo venir, él no dice nada, pero el aire y el silencio es roto por la forma en que el movimiento del látigo hace su paso por el espacio directo hacia mí. Son mis nalgas las que reciben el golpe, viajo hacia delante impulsada por la fuerza del golpe.
Aúllo de dolor por ese primer azote. Sintiendo los restos de aquella sensación como de mordida en la piel, el impacto muerde, rasguña, pica y arde, todo por igual, desde donde impacta la parte más gruesa del látigo hasta la más fina.
—Debes esperarme cuando no esté. Debes saber ahora que estaba probándote y no aguantaste. Espero que algo como esto no se repita ¿Entendido?—gruñe el final y siento el impacto del látigo de nuevo en mis nalgas pero en un punto diferente al anterior.
—Entendido Amo, gracias—digo en un jadeo sonoro mientras mi cuerpo es nuevamente impulsado hacia delante. Lagrimas ruedan por mis ojos.
—Si vas a salir debes avisarme. Ya no te mueves por ti misma. Me perteneces ¿Entendido?—Otro golpe, ahora en la parte delantera de mis muslos. Gimoteo de dolor, pica y arde.
—Entendido Amo—sorbo en mi nariz y sollozo en silencio.
—No debes mirarme a los ojos, eso ya te lo había dicho y no me gusta repetir lo que ya he dicho—Otro azote contra mis piernas.
—Entendido Amo.
—Vistes muy bien, no tengo queja respecto a ello. Pero, a menos que yo lo pida, vas a ser más discreta. Eres 'Mi' mascota, mía, no de nadie más. A menos que yo disponga, nadie debe ver algo sobre ti ¿Entendido?—, el látigo vuelve a impactar contra mis nalgas, un grito agudo brota de mi garganta al sentir mi piel ya resentida ser impactada de nuevo.
—En-entendido Amo—digo entre dientes, cada vez más difícil. ¿Cuantos van?
—Cuando llegue a casa quiero encontrarte en posición. Y eso, es desnuda, arrodillada con esas bonitas piernas abiertas ofreciéndome tu coño. Espalda erguida, manos apoyadas en los muslos en la misma abertura de tus piernas, ofreciéndome tus pechos. La mirada gacha, la boca abierta. Completamente dispuesta y ofrecida, como la pequeña puta que ahora eres. ¿Entendido?—Otro azote que muerde parte de mi espalda.
—Si...si, entendido Amo—empujo las palabras fuera de mi boca. Conteniéndome de no gritar.
—Respeto Isabella, respeto y confianza. Tienes que aprender a escucharme—otro azote en mis nalgas y ya no pude retener más los sollozos y las suplicas, si antes había dejado salir algunos, ahora es incontrolable la manera en que salen a borbotones de mi garganta. — ¿Quieres que pare?—pregunta dejando otro azote contra mis nalgas ya sensibles. Reprimo el grito. ¿Quiero usar la palabra? no, no quiero hacerlo. —Habla pequeña, dilo—demanda dejando caer otro azote en parte de mis piernas.
— ¡No!—grito con todo el dolor que estoy sintiendo, con la opresión de haberme sentido como una paria todo el día, con la tristeza y la furia de saber que lo he decepcionado en tan poco tiempo. Tanto, que siento en mi garganta el resentimiento del grito que ha roto mi silencio.
—Que no se repita—deja caer un nuevo azote contra mis nalgas, pero algo me hace saber que es el último. Tanto así que no exclamo de dolor, me rompo en sollozos de alivio. Ha terminado.
Me siento... en blanco. He aceptado y recibido mi castigo. Duro, no puedo cuestionarme si era lo que había esperado o si tan siquiera lo había esperado. Lo único que siento es el alivio que va inundando mi cuerpo. Reconozco mi actitud precipitada, actitud que debo rectificar y de la cual ya estoy completamente arrepentida. Siento como remueve la venda de mis ojos. Parpadeo un par de veces para enfocar donde estoy y todo lo que me rodea. Siento mis ojos hinchados y todo mi rostro húmedo, cuando logro enfocar mi vista lo primero que noto es él, de pie a unos pasos de mi posición, con su mirada clavada en mis reacciones.
—Lo has hecho bien—dice rompiendo el silencio, empleando por primera vez desde que ha llegado un tono diferente, con una suavidad sincera, aunque igualmente autoritario. Sus labios hacen un amago de sonrisa, un movimiento sutil de la comisura de sus labios que provoca movimientos erráticos de mi corazón, nuevamente, aunque esta vez por causas muy diferentes. No puedo apartar mis ojos de él aunque soy consciente de que quizá es lo que debería hacer. Sin embargo me quedo prendada de su figura, viendo cómo se gira caminando hacia un lado de la habitación, lo sigo mientras camina pero las cosas tras él captan mis ojos y me permito, por primera vez, mirar alrededor. Trago seco, a nuestro alrededor de alza una réplica o quizá una autentica mazmorra.
Paredes altas conformadas por estructuras en forma de arco en su punto más elevado, paredes de ladrillo gris y piedra, dando al lugar un aire oscuro aunque llamativo y misterioso. Por todos lados hay estantes con cajones de madera, cuadros. En el fondo reconozco varios instrumentos: Mobiliario, la cruz, el cepo, una mesa con sujeciones, una camilla o... eso creo. A un lado en una de las paredes hay grilletes abajo y más arriba. Vuelvo a tragar saliva sintiendo la resequedad en mi boca. Sacudo mi cabeza y le busco por la habitación, lo ubico llevando en sus manos el látigo, llevándolo para colocarlo en su lugar junto a...los otros instrumentos que ahí se aprecian: fustas de distintos tamaños, floggers, paletas, látigos cortos y largos. Todos acomodados y alineados en la repisa sobre una imponente chimenea cuyas brazas brillan encendidas, brindando a la habitación un calor que no siento pero que arde en consonancia con mi piel, que siento palpitar. Me atrevo a bajar la mirada a mis piernas, aunque sé que la mayor parte de los azotes los han recibido mis nalgas, doy un respingo. Largas marcas rojas surcan mi piel, enrojeciendo alrededor de la larga línea que parece una quemadura.
Sus pasos resonando me hacen volver la vista arriba, observo todo de él, notando que trae algo entre sus manos.
— ¿Estas bien?—sus ojos, de este tono entre el azul y el verde, me traspasan. Camina tan cerca que un temblor me recorre pero pasa por mi lado a una distancia prudente para ni siquiera rozarme, siento miedo por sus acciones siguientes. ¿Qué va a hacer?
—Sí, Señor—respondo, porque de cierta manera lo estoy. Tal vez no físicamente pero al menos mentalmente me siento un poco más... aliviada. Como respuesta a lo que digo sus manos se ponen en mis nalgas, lo suficientemente grandes para abarcar mi carne herida y apretarla entre sus manos. Siseo de dolor, intentando moverme hacia delante para escapar de su agarre.
—Calma, confía en mi—susurra a mi espalda, entonces sus manos dejan de apretar y se mueve suavemente acariciando mi piel adolorida y rasguñada. Sintiendo el ungüento frio de alguna crema, él la esparce con suavidad, masajeando. Me pierdo en la suavidad extrema de su toque, en la sensación de sus dedos provocando esa sensación de dolor y alivio. Vuelve frente a mí y repite el mismo accionar ahora en mis muslos. No puedo apartar mis ojos del movimiento de sus manos. —Mírame—demanda. Alzo mis ojos en seguida, como un acto reflejo al sonido de su voz. Sus ojos se han oscurecido y su mandíbula cubierta por esa barba suya, se encuentra tensa. Me pierdo en ello, en sus facciones y lo que representa, mientras sus manos acarician mi piel con esa lentitud. De esa manera empieza a ejercer un tipo de tortura totalmente diferente sobre mí, y es la de desear... desear sus manos sobre mí, en todas partes, causando las mismas sensaciones en cada porción, dolor y alivio.
Se inclina hacia mí, y tengo una vaga esperanza de que tal vez vaya a besarme, pero no. Son sus dientes los que salen al encuentro de mi labio inferior, tomándolo entre estos y jalando hacia él. Un gemido de éxtasis y dolor sale de mi boca, y observo como su mirada se estrecha, abandona su tarea en mis labios y el masaje, pero pronto sus manos van a parar en otra parte. En mi sexo.
—Bienvenida a casa mascota—susurra enviando ese delicioso aliento suyo a mi rostro, una de sus manos se cuela por mi ropa interior, tocando con sus dedos la ardiente piel de mi sexo. Y sé que finalmente estoy con él, oficialmente le pertenezco.
