CAPÍTULO SEXTO

Largo como una tarde de verano

1

A las seis de la mañana del día siguiente, Mikasa se encontraba en el comedor, tomando un té negro por recomendación de Levi, que aseguraba que la infusión despeja y estimula. Las flores en su puerta le habían quitado el sueño y sólo podía imaginar quién había escrito la dedicatoria. La imaginación sigue una lógica, a veces, descabellada. Había una gran diferencia entre la persona que creía que le había mandado el ramo y la que querría que se lo hubiese mandado. La segunda jamás haría algo así. Lo que sentía, desde hacía tantos años, no era recíproco, ya lo había asumido. ¿Por qué se hacía, entonces, vanas ilusiones? ¡Es la tragedia de los corazones que no son correspondidos! Es la pesadumbre del romántico; una espiga que brota en el yermo, endurecido por las heridas del ayer, que es el alma; una cicatriz tan profunda cuya sangre embriaga a los poetas y altera a los filósofos.

¡Qué flores tan hermosas y qué tarjeta tan exquisita! El acto había vuelto a abrir esa vieja herida, tan dolorosa y que creía cicatrizada. Pero ella se equivocaba, y se conformaba con el equívoco si éste significaba que el dolor, también llamado amor, mitigaría. ¡Craso error! El suyo era perenne, imposible de extirpar. Su única alternativa era aceptar que, aunque picara y escociera en las entrañas, viviría desgraciadamente enamorada. Y, si el sino quiere, algún día su amor dejaría de estar loco porque, como dijo un dramaturgo, éste sólo recobra la cordura para morir, tal cual un famoso hidalgo.

Suspiró y apoyó el mentón en la palma de la mano. La hora de levantarse era a las siete, así que la estancia estaba vacía y silenciosa. Se quedó mirando a la nada, pensando en lo austero que era el comedor y en las vicisitudes de la vida. Bebió té. ¡Ahora entendía la adicción de Levi por dicha bebida! La puerta se abrió. Mikasa demoró su trago antes de mirar y, cuando miró, el té se congeló en su garganta. ¿A quién le pertenecía ese torso trigueño y esculpido en músculo? A Eren Jaeger, que llevaba una toalla sobre los hombros y el pelo recogido en un moño.

—Ah, buenos días —saludó—. ¿Qué haces levantada tan temprano?

—E-Estaba cansada de estar en la cama. ¿Y tú?

—No podía dormir y decidí hacer un poco de ejercicio. ¿Té negro? Debe ser cosa de Levi, sin duda. Lo tiene escondido al final de la alacena —señaló Eren dirigiéndose a la cocina, a la cual sólo los oficiales y el cocinero tenían acceso—. Yo me comeré un chusco.

Mikasa se pasó la mano por la cara, tratando de deshacerse de los repentinos calores. Y lo consiguió. Hasta que Eren regresó mordiendo el panecillo y exhibiendo su cuerpo, y otra vez volvió el sofoco. Ojalá fuera por el verano. Cuando se sentó a su lado, el hielo de sus venas pasó a ser fuego. Evitó mirarlo, pero se mordió el labio inconscientemente. Imposible no observarlo por el rabillo del ojo y analizarlo a detalle. Ella misma se sacó los colores al caer en ciertos pensamientos que, entre la gente de noble abolengo y recatado comportamiento, se consideraría un extraordinario paseo por el plano de la inmoralidad.

—¿No crees que deberías... ponerte algo encima? No creo que sea muy correcto ir ah... así.

—Todo el mundo está durmiendo todavía y hace calor. Este verano es el más seco de los últimos años —respondió el hombre, hablando con la boca llena.

—Esto no se compara al verano del oriente. Este calor no es nada. Allí hay desiertos de arena abrasante; una vez me dio una insolación, incluso —comentó.

—¿En serio?

—Sí. Fue horrible; parecía que la cabeza iba a reventarme en cualquier momento —recordó tocándose la frente—. En Paradise tenemos un clima maravilloso, aunque quizás un poco frío.

Mikasa le dio un sorbo a su té y Eren terminó de devorar el chusco. El silencio no era incómodo, pero ella tenía la impresión de que faltaban palabras, algo que se demoraba en llegar. Él parecía pensativo, como si estuviera buscando en la nada ese algo. El mutismo estaba moribundo; Eren le dio el golpe final.

—Oye, Mikasa.

—¿Sí?

—¿Por qué decidiste volver?

Mikasa cerró los ojos por un instante. Sí, ella también se había hecho esa pregunta últimamente. Hubo una temporada en la que se sintió como una persona nueva, recién nacida: desnuda de recuerdos. Pintó el lienzo con lo que conoció durante su viaje. No quería volver; sus rasgos y su tatuaje la delataban: pertenecía más a aquel lugar que a las murallas. Había pasado un tiempo magnífico con los Azumabito, la sangre de su madre. Pero siempre había un rostro de fondo, una voz trémula y lejana. "Está caliente, ¿verdad? Ven, vamos a casa. A nuestra casa". Irremediablemente le picó el cuello y buscó en el bagaje: la bufanda. ¡La bufanda! Cuántos años habían pasado ya. Estaba vieja y raída, así que la remendó. Esa tela había visto muchas cosas, casi su vida entera. Entonces sintió una morriña indescriptible, inexplicable, y miró por la ventana: su hogar estaba tan lejos que no se vislumbraba en el horizonte: en las comilonas de Sasha, en las bromas de Connei, en la brutal sinceridad de Jean, en las charlas con Armin, en la locura de Hanji, en los bufidos de Levi y en...

—¿Por qué lo preguntas?

—Bueno. —Eren se aclaró la voz—. Yo pensaba que no volverías.

—Yo siempre volvería, Eren.

—¿Siempre volverías a mí?

Mikasa no dijo nada. El vaso temblequeó en su mano.

—Eso es lo que dijo Armin —continuó él—. Que siempre volverías a mí. ¿Es cierto?

—Es curioso —repuso ella mientras removía el té con la cucharilla—. Armin tiene que hacer de intermediario entre nosotros, aunque ya somos adultos. ¿Es que no somos capaces de hablar el uno con el otro? Siempre he tenido esa sensación, Eren: una valla invisible nos impide hablar, por lo menos, de nosotros mismos. Me dijo que me habías echado de menos, demasiado. Yo también he extrañado todo esto. ¿Que si he vuelto a ti, preguntas? Sí, honestamente sí. He vuelto a ti, a Armin, a Sasha y a todos los demás. He vuelto a mí. Vagué durante cinco años por el mundo; sentí morriña en incontables ocasiones, pero decidí continuar y me di cuenta de una cosa: había un mundo más allá de mi nariz y de ti. Sí, hay un mundo vastísimo más allá de estas paredes, ordenadamente caótico, naturalmente bello, cruel y hermoso. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que dije esas palabras? ¡Cruel y hermoso! Sin embargo, a veces me quedaba quieta, en mitad del camino, miraba hacia atrás y pensaba en mi hogar. Mi hogar está aquí, contigo y con los demás, pero ahora soy capaz de estar lejos de él. Ahora, realmente, tengo las alas de la libertad. Soy capaz de levantar el vuelo; no obstante, tengo la necesidad imperiosa de volver aquí. Es la única cadena que no puedo ni deseo romper: mi hogar. Así que... Sí, siempre volvería a ti, obligatoriamente y por instinto.

Eren Jaeger escuchaba, los ojos muy abiertos, asombrado. Una mosca zumbó junto a su oído. Luego se paró en la mesa, y Eren la observó con el interés con el que se aprecian las cosas triviales cuando las importantes son un eco demasiado intenso, o cuando nos invade un sentimiento nuevo, o cuando un pensamiento nos obliga a reflexionar en silencio. La mosca alzó el vuelo y él parpadeó, apartándose unas greñas de la frente.

—Creo que yo opino exactamente lo mismo. Mikasa, ya sabes que jamás se me ha dado bien expresarme, pero ahora tú te acabas de expresar por los dos. ¿Puedo sincerarme, o al menos intentarlo? —Mikasa asintió—. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Hace ya muchísimo tiempo, ¿quince, dieciséis años...? Ese día llovía, y creo que no hace falta mencionar lo que ocurrió. Entonces te di la bufanda y viniste a vivir a casa. Mis padres estaban encantados y yo también. Luego cayó la muralla María y nos quedamos huérfanos; tú por segunda vez. Pero, entre toda esa vorágine, nos teníamos el uno al otro, y a Armin. Siempre me defendías, y lo que es más importante: me protegías de mí mismo. Era impulsivo, irascible y estaba cegado por la venganza. Sigo siendo un impulsivo. Ya lo creo. Pero tú siempre estabas para salvarme el culo, y yo no lo apreciaba. ¿Acaso aprecia algo la juventud? Cuando era un niño, tenía amor, tiempo y paz, y no lo valoraba. Contigo me sucedía exactamente lo mismo. ¡Debiste de haberme dado algún soplamocos, como dice Levi! No lo hiciste. Siempre paciente, aguantando mis rabietas e imprudencias. Cuando... cuando hice lo que hice, cuando maté inocentes en Mare, lo cual es irredimible, me dijiste: "¿Entiendes lo que has hecho, Eren? Has matado niños y ancianos". Lo sabía, era plenamente consciente, y creí que me aborrecerías...

—Era una guerra, Eren. Sigo sin aprobar lo que hiciste, pero la muerte es inevitable en una guerra. Hay que aceptarlo y seguir adelante con la culpa.

—A pesar de ello, no te apartaste de mí —continuó—. Ni la guerra, ni la destrucción, ni mis acciones nos separaron. Como mucho, no hicieron discutir, pero limamos asperezas. Cuando todo terminó, te fuiste y me dio igual. Lo admito: me comporté con absoluta indiferencia, porque todavía no lo había asimilado. Ibas a irte lejos, muy lejos, por primera vez. Creí que no lo harías. No concebía tal cosa, pero lo hiciste. Nos despedimos y después sentí que me faltaba algo. No sé cómo explicarlo, pero casi podía palpar el vacío. ¡Como si eso fuera posible! Armin se dio cuenta. Él siempre se da cuenta de todo. Ya sabes cómo es: a veces sus palabras parecen ambiguas, otras veces en clave, pero al final siempre cobran sentido. ¿Por qué te escribí esa carta? ¿Por qué quería que volvieras? ¿Cómo... se llama lo que siento? La otra tarde fui a merendar con Armin al club y todas sus palabras cobraron sentido frente a mis ojos —reveló—. Definitivamente, siempre seré un impulsivo...

Al verlo acercarse, Mikasa entreabrió los labios para decir algo, pero sólo consiguió arrancar un jadeo de sorpresa a sus cuerdas vocales. Permaneció inmóvil, consciente de la proximidad y del brillo singular en los ojos de Eren. ¿Eran verdes o azules? Un pintor había mezclado ambos colores en sus cuencas para crear una combinación absolutamente atrapante. Lo primero que sintió fue el beso de su aliento sobre los labios, templado como los vientos meridionales, y cerró los ojos, la cara encendida y el corazón acelerado. Era la primera vez que sus sentidos se alborotaban de aquella manera. Luego sintió la áspera mano del hombre posarse en su mejilla, suave, gentil, con reverencia, y posó la suya propia sobre ella. Abrió los ojos nuevamente y, de no haber estado sentada, se hubiera desmoronado al contemplar el semblante de Eren, con una expresión que nunca antes le había visto: sus ojos con una claridad fulgurante, los bordes de su boca curvados en una minúscula y tímida sonrisa... Cada vez tenía que bajar más la mirada para ver sus labios, porque se acercaban lentamente y sin freno, hasta que sus frentes chocaron y sus narices rozaron.

—Mikasa —susurró acariciando su nombre, cada sílaba, cada letra, con voz enronquecida.

Sonaron tres palmas lánguidas. La intromisión los hizo separarse y mirar hacia la puerta, encontrándose a Levi con un gesto aburrido.

—Bravo. Sí, señor. ¿Vosotros sabéis que en todos los volúmenes de los diccionarios viene incluida una palabra llamada "discreción"? ¿Sabe usted, teniente Jaeger, que existen camisas, camisetas y toda una gama de prendas en su armario para cubrirse el torso? Bueno, imagino que la teniente Ackerman está bastante contenta con las vistas, pero ni yo, ni el cocinero, ni la oleada de soldados que están a punto de levantarse tenemos interés en ver sus abdominales mientras desayunamos. Y tampoco creo que queráis espectadores mientras folláis. ¿Y esas caras? Qué colorados os habéis puesto. Eren, corre a ponerte algo ya, que eres un oficial y tienes una imagen que mantener. Por todos los dioses. —Suspiró y anduvo hacia la cocina—. Hanji y yo tenemos una reunión en el cuartel de Mitras con los peces gordos; nos vamos a las diez y volvemos en tres o cuatro días. Mientras tanto, Kirstein está al mando. Necesito un té negro o no sobrevivo.

2

A las doce y media, Sasha Braus paseaba por el mercadillo embriagándose con el aroma de los alimentos. Su marido insistía en que se quedara en la cama, pero el cuarto era demasiado pequeño para alguien como ella, jovial y dinámica. Los últimos meses habían sido terriblemente aburridos; anhelaba volver a sostener un revólver entre sus manos, o cualquier otra arma que implicara la puntería. También tenía ganas de dar a luz y sostener al pequeño Connor, si fuera un niño, o a la pequeña Annemarie, si fuera una niña, entre sus brazos. Pensó en ir a Dauper y pasar con su padre el resto del embarazo, pero no quería dejar solo a Connei, quien trabajaba por los dos... ¡Qué ganas de reincorporarse!

Se paró en un puesto de sandías, preguntó el precio, le pareció demasiado caro y continuó andando. Luego se pasó junto a una tiendecilla de flores, y el dueño le regaló un clavel. Sasha recorrió la bulliciosa calle; la gente trajinaba de un lado a otro, los mercachifles gritaban y una chicharra empezó a cantar. ¡Una chicharra en la ciudad! ¡Una chicharra en las murallas! Sin duda, el verano era uno de los más calurosos. Vio a Armin Arlet, vestido de punta en blanco y con un ramillete de flores silvestres en el ojal de la chaqueta, despedirse de un anticuario.

—Sasha, amiga mía, qué sorpresa encontrarte por aquí —exclamó el hombre, una sonrisa amable dibujada en su rostro.

—¡Hola, Armin! —saludó con efusividad— ¡Mírate! Vistes como un caballero de la capital. ¡Estás hecho todo un dandi!

—Sí; me temo que hoy me dedico al aristocrático arte de no hacer absolutamente nada. El club me aburría soberanamente, así que he venido al mercado y he comprado esto. —Levantó un elegante bastón de madera con el pomo dorado, cuya calidad sería puesta en tela de juicio en cualquier parte—. El vendedor me ha dicho que perteneció a Karl III Reiss, pero no lo tengo muy claro... En cualquier caso, es exquisito. ¿Qué haces por aquí, Sasha? Pensaba que guardabas cama por orden del médico.

—¡Eso quisiera Connei! —Rió y comenzaron a andar—. Insisto en que estoy embarazada, no enferma.

—Ese marido tuyo se preocupa en demasía. Yo te veo estupenda.

Doblaron una esquina y unos niños pasaron corriendo junto a Armin.

—Gracias. Y es que estoy estupenda, pero Connei está muy sobreprotector. Cuando pesqué el resfriado, fue a buscar al médico como un loco. ¡Por un simple resfriado!

El hombre soltó una carcajada y se apoyó en el bastón, recolocándose con la otra mano las flores de su ojal. Tenía un porte elegantísimo, muy diferente al de su juventud.

—No puedo decir que yo no actuaría igual en su situación.

—Oye, Armin, he oído rumores sobre ti. Algunos dicen que le has propuesto matrimonio a la nieta de lady Agatha Frey. ¡Caray! ¿Es eso cierto?

El rubio volvió a reírse.

—Lady Agatha se desvive por casar a su nieta y me ofreció su mano. Yo, por supuesto, me negué. ¡Qué horror! Sé que sería un excelente marido porque jamás estaría pendiente de mi matrimonio, pero no estoy por la labor. ¡Tendría que ser fiel! Ah, fidelidad. Cuanto más la analizo, más me alejo de ella. La fidelidad es semejante a leer el mismo libro una y otra vez. ¡Horrible! Por supuesto, no descarto la posibilidad de encontrar un libro largo e increíble, que me mantenga leyendo hasta el final. Si alguna vez me casara, te aseguro que los sabríais incluso antes que yo mismo.

—Tengo ganas de asistir a una boda —afirmó Sasha jugueteando con el clavel—. En los últimos años, sólo he asistido a la mía propia. ¿Es que nadie pretende a nadie? Os conozco a ti y a los demás desde que nos enrolamos en el ejército. ¡Hace siglos ya! Y ni un solo noviazgo os he conocido. Armin, seguro que tú has estado con muchas mujeres en tus idas y venidas por el país.

—Es verdad. He conocido a muchas mujeres, y muy bellas. Últimamente los artistas estamos de moda. Una de esas veces en la que los escritores nos presentamos en sociedad, para recordar que no somos animales salvajes, conocí a una chica. Se llamaba Julia. ¡Ah! Creo que realmente me gustaba. Tenía el pelo rojo, el fuego en el que todos querían arder; y los ojos azules, el agua donde todos querían ahogarse. Me convierto en un poeta cuando hablo de ella. Fue muy fugaz. Esa es la única relación que he tenido, y fue hace un par de años. Con respecto a los demás, tal vez haya algo interesante... ¿Qué te parece si vamos al club o a una taberna? El Atlas está cerca de aquí.

Sasha negó con la cabeza.

—No soporto los clubs. Siempre están llenos de gente demasiado noble. Vayamos a un restaurante mejor, que ahí las tertulias son más agradables. Cielos, la verdad es que me gustaría sentarme. Andar con esta barriga es horrible.

Caminaron por una calle ancha. Los viandantes miraban a Armin de reojo, posiblemente por su apariencia refinada, que contrastaba con la joven embarazada y de aspecto ordinario que, para colmo, hablaba en voz alta y con acento hortelano. Era como un príncipe paseando con una sirvienta.

Armin le sonrió a una niña que lo observaba y le entregó su ramillete de flores. Sentía muchas miradas clavadas en su cogote. Un joven apareció entre ellos y reconoció a Armin, proclamándose como un lector encantado de la obra de Arlet. "¡Todo lo que brota de sus manos es una delicia!", le dijo. Armin le estrechó la mano y continuaron andando hasta el restaurante más cercano, un establecimiento pequeño y acogedor en el que nunca había más de cinco personas, discreto y apartado. Se llamaba El lirio. Sasha suspiró de placer cuando se sentó. El camarero se acercó a tomarles nota. Ella, hambrienta de algo dulce, pidió strudel de manzana; Armin, que había almorzado no hace demasiado en el club, una copita de vino tinto.

—¿Qué ibas a decir sobre los demás? ¿Algo interesante? —preguntó Sasha.

—Ah, sí. —El camarero llegó con la botella de vino y una copa—. Cóbrese lo de los dos, aquí tiene... Bueno, ¿por dónde iba? Verás: no es ningún secreto que Mikasa está enamorada de Eren, ¿verdad?

—Por supuesto que no. —El pedido de ella llegó y se relamió los labios. Habló con la boca llena—: lo sé desde que la conocí. Y también sé que Jean va detrás de ella. Connei me ha dicho que le echa unas miradas bastante...

—Ávidas, por decirlo de una manera elegante. Y no me extraña. Mikasa es bien parecida. ¿No decías antes algo sobre relaciones?

—¿Jean y Mikasa? —Abrió los ojos como platos, asombrada—. ¿Esos dos? Pero...

—No, no. Entre ellos no hay nada, aunque si fuera por Jean ya lo habría. No obstante, es a nuestro querido teniente Jaeger a quien me refiero —rió.

—¿Eren al fin se ha dado cuenta? —Armin asintió— ¡A buenas horas mangas verdes! Señor mío. Este Eren es más lento que un caracol. Se le notaba que le faltaba algo. Hasta mi Connie, que tampoco es mu' espabilado que digamos, se dio cuenta. Cinco santísimos años. Bueno, me atrevería a decir que lleva mucho más tiempo enamorado de ella. Y, cuando se fue, empezó a manifestarse. ¡Cuéntame! ¿No me digas que ya están emparejados?

—En absoluto. Confío en que pronto Eren me dirá que ha avanzado. Ahora que ya ha despegado, sé que no se rendirá. Jean también la pretende, y es absolutamente encantador. Tiene algo de poeta. Cuando éramos unos mancebos la dibujó, recuerdo que encontré el dibujo debajo de su cama. Seguro que ya ha tenido algún gesto romántico con ella, pero sigue siendo un tanto tímido, así que dudo que haya sido muy directo. En cambio, Eren no se anda con rodeos.

—Jean es de los que recurre a flores, bombones y dedicatorias.

—Eso conquista a cualquier persona: el perfume embriagador de la naturaleza, el adictivo sabor del chocolate y la imborrable marca de las palabras. Mikasa, por supuesto, tiene predilección por Eren, pero si Jean se esfuerza...

Armin se calló.

—¿Qué ocurre? —inquirió Sasha, preocupada por la palidez que adquirió el rostro de su amigo.

—Por todos los dioses... Sasha, sé que lo que te voy a pedir no es muy adecuado para alguien en tu estado, pero necesito que vayas al cuartel y le digas a Eren, o a Mikasa, o a Jean que vengan. Rápida. Toma este dinero y págale a un cochero. —Armin se levantó, copa de vino en mano, y se dirigió hacia un hombre que acababa de entrar. Sasha no entendía nada, pero sabía que su literato amigo tendría una buena razón.

Sasha se levantó, dedicándole una última mirada a Armin, que se sentó en la misma mesa que aquel hombre tan extraño, alto y desgarbado, que ocultaba su rostro bajo una fedora, pero sus quemaduras eran notables.

3

Armin se acercó con una sonrisa teatralmente fingida. Desde luego, nadie diría que iba a entablar conversación con el famoso Acechador, aquel que aguardaba en las esquinas y se abalanzaba sobre las prostitutas para matarlas, aquel que tenía en vilo a todo el mundo. "Ten cuidado y no salgas de noche. El Acechador sigue suelto", solían decir en las calles. Muy pocas personas conocían su rostro. Dentro de la Legión, muy pocos lo sabían. El asesino debía tener, sin duda, un chivato dentro del ejército pues, según Jaeger, parecía estar al tanto de la emboscada en la taberna. Armin ya lo había visto antes y había cruzado unas palabras con él.

—Disculpe, caballero. ¿Se acuerda de mí? Nos tropezamos durante el último aguacero y recogió mi maletín del suelo.

El Acechador lo analizó, impertérrito, con sus extraños ojos amarillos. No tendría más de cuarenta años.

—Ah, usted. El rubio apurado de aquella vez. Lo recuerdo —asintió con languidez—. ¿Qué quiere?

—Recompensarlo por su buena voluntad. ¿Quiere vino, cerveza? Pida lo que quiera; yo invito. Parece usted un buen hombre, señor. ¿Cómo se llama? Yo soy Richard Vane —mintió.

—Un placer, señor Vane. Mi nombre es Víctor. A secas, sin títulos ni apellidos. Ah, si insiste, pida cerveza.

—Por supuesto. ¡Camarero, traiga una jarra de cerveza bien fría!

Armin se mordió los labios. A pesar de que los poderes titánicos lo harían regenerar si pasara algo, tenía miedo. Las manos le temblaban sobre el regazo. El ser humano es el peor monstruo que pisa la tierra. Había dado un nombre falso por temor a ser reconocido, o bien por sus novelas o por sus hazañas bélicas. El hombre ante él era inteligente, peligroso y sabía demasiado. Según le había dicho Eren, podría ser un experto en armas. ¿Un excombatiente, tal vez? ¿Cuál era el trasfondo del Acechador?

—Dígame, señor Vane, ¿qué hace un caballero como usted en este humilde restaurante? Creía que los dandis de Shigansina se escondían en el Atlas.

—Llámeme Richard, por favor. Me temo que no soy ningún caballero. Mi padre era chacinero y mi madre una doncella. No hay ni un ápice de sangre azul en mí, sólo mis ojos. Mi vestimenta se debe, simplemente, a decisiones favorables en los negocios. ¿Y qué hay de usted, Víctor?

—Nada en especial. Simplemente vivo.

—¡Ah! Si simplemente nos dedicáramos a vivir... —Richard Vane sonrió tratando de ocultar su nerviosismo. «Sasha, espero que hayas llegado ya», pensaba—... A vivir y a hacer lo que nos plazca. Eso sería maravilloso.

—Yo hago lo que me place, joven Richard, pero a los demás les parece mal.

—¡Oh! ¿Y qué mal puede hacer un hombre como usted?

Víctor se echó a reír y se llevó el vaso de cerveza a la boca.

—No querría escucharlo. Cuando pisas gusanos, mi querido Richard, te consideran un monstruo.

Armin intentó tragarse el nudo que se formó en su garganta. ¡Sasha debía apurarse!

—Creo que lo entiendo.

—Un señorito como usted, Richard Vane, no me entiende. Tiene usted un aura de pureza rodeándolo. No creo, ni siquiera, que haya empuñado un arma.

—Se sorprendería. Estuve en el ejército durante un tiempo, cuando Erwin Smith aun respiraba. Pero me lesioné una rodilla y lo dejé. La vida de soldado nunca fue para mí. Permítame decirle, Víctor, que esas quemaduras en su rostro delatan a un héroe de guerra. ¿O no?

—Nada más lejos de la realidad. Estas quemaduras me las hizo uno de esos gusanos.

—Lo siento si le he hecho recordar malos momentos —se disculpó.

—En absoluto. De hecho, estas quemaduras me traen también excelentes recuerdos. Ya sabe que todo lo malo tiene algo de bueno... Por cierto, ¿no estaba usted con una muchacha? ¿No me diga que ha dejado a su novia por venir a charlar conmigo?

—Oh, no. Ella no era mi novia, era mi prima. La pobre está embarazada, como habrá notado. Estaba cansada, así que se ha ido a casa.

Víctor le echó una mirada suspicaz.

—Es extraño, Richard. Su cara me resulta conocida. Además de aquel día de lluvia, tengo la sensación de que le he visto antes. ¿A qué se dedica usted? De verdad, su rostro me es demasiado familiar.

Armin se mantuvo sereno. ¿Qué posibilidad había de que supiera quién era en realidad? ¿Era, tal vez, un lector como el que se había encontrado por la calle, que, además de sus letras, conocía su cara?

—¿Yo? Pues verá, Víctor, he sido embajador de la su majestad en Mare hasta hace bien poco, pero ahora regento una fábrica de textiles en Trost. ¡Esto es completamente injusto! Yo le cuento sobre mis negocios y usted no. Vamos, Víctor, tengo verdadera curiosidad por usted. Creo que podríamos llegar a ser amigos.

—Amigos —repitió—. Los amigos son como los coches de punto, querido muchacho: cuando hace mal tiempo, escasean. Seamos, mejor, conocidos. ¿Quiere saber algo de mí? Hago lo que me place, como he dicho antes. Parece usted un buen muchacho, así que le contaré algo más concreto, si así lo desea.

El tono agresivo no pasó desapercibido para Armin, que remató el contenido de su copa. Víctor, si es que era su verdadero nombre, era una persona indudablemente aguda. De repente, sintió una curiosidad insana por descubrir qué lleva a alguien a cometer tales aberraciones. Las cicatrices, los gusanos a los que se había referido, los amigos... ¿Qué motiva a un hombre a convertirse en un homicida? ¿Por qué mataba a las prostitutas? ¿Qué le había sucedido para transformarse en un monstruo?

—Sabe de sobra a lo que me dedico, Richard. Por cierto, ¿es ese su seudónimo?

Armin abrió los ojos como platos.

—Qué pálido se ha puesto usted, señor Vane —siguió. Armin supo que había estado jugando con él— ¿O prefiere que le llame teniente Arlet? ¡Ah! Pero ahora es escritor, ¿cierto? No utiliza usted seudónimo en sus obras, pero sí lo usa conmigo. ¡Qué curioso! Y esa prima suya... ¿Sasha Braus, la gran tiradora de la Legión, casada con Connei Springer y embarazada de casi siete meses? Me pregunto a dónde habrá ido con tanta prisa.

—Usted...

—Dígale a su «prima» que tenga cuidado. Hay un loco suelto que está matando mujeres. Ha sido una conversación interesantísima, pero debo irme. Hasta más ver, señor Armin Arlet. Su primera novela es maravillosa. Un placer conocerle.

Armin, que nunca había sido buen luchador, no dudó ni un instante en lanzarse contra él, dispuesto a detenerlo a base de bastonazos. El camarero gritó algo. Sereno como una balsa de aceite, el Acechador detuvo el bastón con la mano y se lo arrebató en un abrir y cerrar de ojos. Armin quedó indefenso, pero con intención de pelear a puñetazos. Apretó los dientes y adoptó la posición de pelea, aquella que Keith Shadis le enseñara en sus tiempos de recluta.

—Podría convertirse en titán y acabar conmigo en un santiamén. Conmigo y con todas las personas de la manzana. ¡Vamos, hágalo! ¡El fin siempre justifica los medios! ¿No pensaba así el difunto Erwin Smith? ¡Debió haber aprendido algo más de él! —rió.

El rubio le lanzó dos puñetazos, pero el bastón impactó contra su cabeza tan fuerte que sus ojos se tornaron blancos durante un instante. Se tambaleó como un borracho, llevándose la mano a la testa y manchándosela de sangre. Mareado, cayó de rodillas al suelo. El mesero fue junto a él, y le gritó a Víctor que se largara o llamaría a la Legión. Armin quiso decirle que fuera a por los legionarios antes de que escapara; sin embargo, perdió el conocimiento y lo último que escuchó fue la sutil carcajada del Acechador.

3

Cuando James Schell, el segundo al mando de su escuadrón y su asistente, entró a la oficina con una montaña de papeles, Mikasa se llevó las manos a la nuca.

—¿Más? —interpeló con amarga sorpresa.

—Sip; más documentos sobre incautaciones, registros, sentencias, multas, fichas sobre los nuevos soldados y lo del archivador rojo no sé lo que es. ¡Tenemos mucho que hacer, mi teniente! —exclamó el muchacho con su típica alegría. Era pelirrojo y tenía la cara llena de pecas.

Mikasa suspiró con cansancio.

—Llevamos tres horas haciendo papeleo. ¿No podría ayudarnos el capitán Kirstein?

—El capitán está reunido con Flegel Reeves. Mm... ¡Creo que el teniente Jaeger está libre ahora mismo! Puedo ir a llamarlo si quiere.

Mikasa, sobresaltada, enmudeció. Pocas horas antes, podría haber pasado algo que jamás habría imaginado. Si Levi no hubiera llegado, si todo hubiera fluido un poco más rápido, ¿qué habría hecho Eren? Se echó hacia atrás en la silla y cogió el periódico, meditabunda.

—Tomémonos un descanso, Jim. No se puede trabajar bien si no se descansa bien. Cielos, la esquela está abarrotada. El viejo Elliot Stratmann ha muerto; pensaba que mala hierba nunca muere.

—Pues no me extraña —replicó Jim mientras se sentaba—. Según he oído, se pasaba el día fumando habanos, uno detrás de otro. Supongo que eso pasa factura. Su hija Carly heredará una fortuna y la compañía Marleen. Esa chica está como un cencerro; creo recordar que le gustaba hacer de cabaretera en los bares y traficar. Ya no sé cómo se comportará. Si sigue siendo así, hará de la fortuna familiar un desastre.

—No he tratado mucho con la señorita Stratmann, pero he oído cosas acerca de ella. Que si su novio la ha echado a perder, que se ha vuelto una drogadicta... Francamente, nunca estuve demasiado atenta a los rumores.

Jim asintió.

—Sí, sí. Traficaban con codeína en Stohess. Se armó un revuelo impresionante; por aquel entonces, yo vivía allí y era pequeño, pero recuerdo que fue la comidilla del barrio durante un tiempo. Pero... ¿Caer en la droga? No lo creo. Carly tiene, o tenía, buen juicio, aunque no lo parezca. El idiota con el que sale sí que es un drogadicto de mucho cuidado. Qué recuerdos. Una joven preciosa, agradable y que le caía bien a todo el mundo. ¿Su novio la habrá convertido en un despojo?

—Cuando una persona nos influencia, siempre deja algo de sí en nosotros. Me inclinaría a pensar que toda influencia es inmoral. Así que no podemos descartar que sea igual o incluso peor que su novio.

La puerta de la oficina se abrió de golpe y Eren Jaeger —ya con la parte de arriba cubierta—, hizo acto de presencia con un gesto de inquietud.

—¡Mikasa! Sasha ha venido. Dice que Armin necesita que vayamos a un restaurante cerca del mercado. Cuando le he preguntado que qué sucedía, me ha dicho que estaban comiendo y un tipo con la cara quemada entró. Armin fue a hablar con él. Tiene que ser el Acechador. ¡Vamos a por él!

La mujer se levantó de un salto.

—Jim, quédate aquí y avisa al capitán.

James Schell asintió y, al encontrarse solo, su sonrisa amable se borró. Se dejó caer en la silla y suspiró. ¿Qué había hecho Vic esta vez? No tardaría mucho en reunirse con él para pedirle más dinero. La malicia se adueñó de sus facciones. Esta vez, fue él quien cogió el diario, preguntándose si los nombres de Eren Jaeger o Mikasa Ackerman aparecerían pronto en la esquela.

4

—Me siento fatal —dijo Armin Arlet mientras se taponaba la herida con un trapo—. ¡Camarero! ¿Podría traerme alguna bebida fuerte? A ver si emborrachándome se me pasa. Sí que es duro ese bastón, sí. Ay, demonios. Gracias, camarero. Si bebo para olvidar el dolor, no me olvido de pagar. Mikasa, dale al buen hombre lo que haya en mi cartera. Eso es. Muchas gracias.

Eren se sentó en la silla de al lado.

—¿Qué ha pasado?

—Lo que te ha contado Sasha, ni más ni menos. Estuvimos hablando y luego intenté detenerlo, pero ya ves cómo he acabado. Me quedé inconsciente unos cinco minutos. Menos mal que tengo la cabeza dura. No vuelvo a pelear en mi vida. Esa época ya pasó. La única acción en la que estaré involucrado será en la que escriba. ¡Qué dolor! A ver si esto se regenera. ¿Es muy profunda la brecha? Luego me saldrá un chichón.

—No parece muy grave.

—Pues duele que te cagas —informó con un léxico que jamás usaba. Después susurró—: Demonios, Eren, ¿cuántos sabéis todo acerca del Acechador? Me refiero a nombre, cicatrices y demás.

—Hanji, Levi, Mikasa, Jean, Connei, Folch, Ben, Matt... Oscar, James, tú y yo. Gente de confianza. ¿Por qué lo preguntas?

—Claramente tenéis un chivato. Si no, ¿cómo crees que ese sujeto sabía que estaríais en La vieja copa con Moon? Sabía quién era yo y hasta los meses de embarazo de Sasha.

—Es completamente imposible que Hanji, Levi o Jean sean los chivatos —repuso Mikasa—. Tampoco creo que lo sean Connei o Folch. James es demasiado bueno, así que no creo que lo sea.

—Ben, Oscar y Matt se pasan el día enclaustrados en el cuartel; es improbable que lo sean. Y lógicamente, ni Mikasa ni yo tenemos nada que ver con ese hijo de perra —apostilló Eren.

—Estad ojo avizor. Ese hijo de perra, como lo llamas, es bastante inteligente. Se llama Víctor. Probablemente tenga apellidos, pero no me los ha dicho. A penas ha soltado prenda. Me ha dejado intrigado, además de dolorido. Si alguna vez lo atrapáis, dejadme hablar con él. ¿Qué? Presiento que su historia es interesante. —Echó la cabeza hacia atrás y bebió de la botella de ron—. Mucho mejor, mucho mejor... Acompañadme a casa, por favor. Estoy mareado y con una incipiente borrachera. Me he manchado el traje, jolines...

Eren sonrió ante la manera tan hilarante de quejarse.

—Anda, vamos, te llevamos a casa. Estás hecho unos zorros.

—¡Qué mañana tan larga!

—Y que lo digas —secundó Mikasa.

Eren cruzó la vista con ella.

—Y vosotros dos me tenéis hasta las narices. ¿Cuándo pensáis arrancar? —gruñó Armin, examinándolos a ambos como un abuelo enfurruñado—. Justamente lo estaba hablando con Sasha antes de que me noquearan. No me miréis con esas caras de besugos y echadme una mano. Me duele todo.

El rubio se apoyó en Eren para andar.

—Creo que ya hemos arrancado —musitó Jaeger, tan quedo que sólo Armin pudo escucharlo.

—Pues lo próximo que me contarás será la tentación efectuada.

—¿Qué es lo que tanto susurráis? —preguntó Mikasa.

5

A las tres menos cuarto, Eren y Mikasa ya habían dejado a Armin en su casa y caminaban por la orilla del río. Había pescadores y capitanes gritando, marineros trajinando y estibadores cargando cajones en los barcos. Ninguno de los dos decía nada; miraban cada uno a un lado. Eren la observó de soslayo, sin que ella se diera cuenta. ¿Cómo no se había percatado antes? Pudo verla, durante una milésima de segundo, a través de los años: aquella niña con frío, aquella serena joven y, por último, aquella mujer a la que, sin saber cómo, necesitaba como los peces necesitan el agua.

Su vida era un puzzle y Mikasa una pieza esencial. Era, de cierta manera, una parte de él. Eren no concebía una existencia sin ella; estaba implícita en su vida. No podía faltarle. Los cinco años de ausencia le habían servido para comprenderlo. Como lo describiría un poeta no muy agraciado: «¡Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado. Es un descuido que nos da cuidado, un cobarde con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado!» ¿Cómo seguía? «Es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero paroxismo; enfermedad que crece si es curada. Éste es el niño Amor, éste es su abismo. ¡Mirad cuál amistad tendrá con nada el que en todo es contrario de sí mismo!»

Pero Eren Jaeger no era el poeta poco agraciado.

—Juraría que esta mañana hemos dejado un asunto inacabado —señaló hablando lentamente.

Mikasa oteó en él de la misma forma en la que, todos nosotros, nos anuncian que hay secuela de una novela que nos gusta: entre emocionados y expectantes.

—Tú decides si está acabado o inacabado.

—Creo que acaba de comenzar.

Ella sonrió y detuvo su caminar.

—Por mi parte comenzó hace mucho.

—No supe verlo.

—¿Ahora cómo lo ves?

—¿Ahora? —Eren cerró los ojos y negó con la cabeza—. Ahora lo veo con más claridad que ayer. Más de cinco años con una venda en los ojos, pero ahora esa venda ha caído. Lo veo y no lo creo. ¿Cómo es posible que alguien como yo, que ha hecho más cosas malas que buenas, sienta algo así? Supongo que todas las personas están expuestas. Al final te acaba alcanzando.

—Te alcanza como una flecha que no se desprende —respondió ella con cierta melancolía—. Y juro que he intentado desprenderme de ella. Pero no puedo. Cuando Eros dispara, sólo se puede aceptar su voluntad. Es una herida en el pecho, Eren. A veces duele y otras es dulce. Dices que cómo es posible que alguien como tú lo sienta; de todas las fuerzas del mundo, Eren, esta es una de las que atrapa a todo el mundo.

Eren Jaeger no necesitaba decir ni escuchar nada más. Creyendo tener la sentencia de sentencias, avanzó hacia ella y concluyó la conversación con un beso, que es en sí una continuación de la charla por otros medios. Ella correspondió y, ahí, Eren se sintió capaz de elevar su Amor a los cielos. Fue desacompasado al inicio, pero después cobró consistencia. Beber de aquellos labios fue para Eren lo que la posada al peregrino. ¡Una ambrosía! ¡La manzana prohibida del Edén! Sus manos descendieron hasta sus caderas y ahí se quedaron. ¿Cómo decía otro poeta? «En un beso sabrás todo lo que he callado». Mikasa le rodeó el cuello con los brazos y profundizó el beso. Era algodón, comerse la luna y el sol, fresco y delicadamente intenso, una rosa en la boca, olor a tierra mojada, las nubes blancas y la noche más estrellada. ¿Puede describirse, acaso, el lenguaje más adecuado de los que aman el Amor? Lenguas de fuego que jugaban a encontrarse. Y, de no haber sido por el amigo aire, aquello se habría alargado como una tarde de verano. Ellos se separaron, pero una parte de los dos quedó unida para siempre en aquel lugar, junto al río, donde los atareados marineros, capitanes y pescadores no estaban por la labor de percatarse.

—Cómo deseaba esto —murmuró Eren con una sonrisita—. Y deseo mucho más.

Mikasa le acarició la mejilla.

—Yo también. Y deseo que te cortes el pelo.

Eren soltó una carcajada.

—Tengo unas tijeras en mi cuarto, pero no peluquero.

Y emprendieron el camino hacia el cuartel, aunque el camino se hizo largo entre beso y beso.

OoOoO

¡G-lou!

Piuff. Creo que este es el capítulo más largo del fic hasta el momento. Copón.

¡Ya está, ya está! Ya sabéis lo que dicen: después del beso, viene el revolcón. Vamos despacito, como Luis Fonsi. ¿Ha dicho Jean su última palabra? No. ¿Habrá algo entre Armin y Sasha? No deliro Creo. ¿Qué hará Víctor? ¿Representa James una amenaza, con sus peca de niño bueno?

Sorry por cualquier galta ortográfica o gramatical. No soy una escritora profesionas, sólo una chavala que disfruta con un lápiz y un papel.

¡Ciao!

Y recordad: más vale buen humor que en el culo un tumor.