—Capitulo 5—
— ¿Sabes que volveré a buscarte muy pronto, cierto? Lo que tenemos que arreglar, aún está pendiente— le dijo Terry en un susurro, mientras su mano acariciaba su mejilla con ese tacto cálido y dulce que siempre le había fascinado.
— Lo sé. La próxima vez, pondremos las cartas en la mesa, lo prometo— aseguró al rubia. La sonrisa de Terry, débil pero luminosa no se hizo esperar. Tras un solo momento de duda, sus labios se posaron en su mejilla y su cálido aliento rozó su piel.
— Hasta pronto, pecosa— se despidió el castaño y cuando su tacto abandonó su rostro, los ojos verdes de Candy le siguieron hasta perderlo en la lejanía.
Luego del momento tan personal que habían vivido en el bar, la rubia no había dicho mucho, más que nada porque Sandra llamó anunciando que iba retrasada para la cita que había programado a una madre con dos niñas bastante infectadas de paperas. Terry, había accedido a dejarle marchar, pero era claro que no sería por mucho, y aunque el recuerdo que el chico le exigía esclarecer seguía pesando y doliendo por el inmenso sentimiento que le profesaba al inglés, Candy estaba resuelta a no evadir más lo que desde hacía seis años debería haber expuesto.
Una vez dentro del hospital, la consulta que tenía se dio sin problemas. Las niñas se hallaban en mejores condiciones y la madre disculpó su retraso por ser una profesional en su trabajo. Las siguientes dos citas resultaron sencillas, tal solo un resfriado y una pequeña con una infección en el oído tras horas bajo el agua.
Hacía las ocho de la noche, la hora de dejar el consultorio al fin llegó y segura de que aquella noche Anthony no podría visitarle –y quizás fuera lo mejor- dejó el hospital con calma aparente bastante sumida en sus pensamientos personales. Acababa de llegar a la estación del bus, cuando su móvil sonó:
—¿Candy?— cuestionó el rubio por la otra línea.
— ¿Pasa algo, Tony?
— Solo llamaba para disculparme. La junta de esta tarde ha demorado un poco y no he alcanzado a avisarte. Supongo que habrás dejado el hospital ya, en verdad disculpa que no haya podido ir a recogerte— el rubio sonaba apenado y Candy no pudo evitar sonreír ante aquello. Desde que le conocía, Anthony siempre se había mostrado dulce y amable, su ternura era ilimitada y su gentileza indiscutible.
— No te apures, todo está bien. Supuse que tendrías mucho trabajo. ¿Nos veremos después, vale?
— Por supuesto preciosa. Te quiero— le dijo el chico.
— Igual— la llamada se cortó antes de que su suspiro abandonara su boca. «Te quiero» ¿Cuántas veces no lo había escuchado de boca del rubio? ¿Cuántas veces lo había respondido al sentimiento porque era cariño lo que le profesaba? Y sin embargo, una vez, estaba ahí. Un nudo tan fuerte y resistente que por más que intentaba desenredar parecía irrompible. Una promesa y una frase tan significativa que jamás podría devolver con el mismo sentimiento. ¿Por qué, qué no acababa de aceptarlo en un bar?
No había olvidado a Terry.
Ni siquiera después de seis largos años. Ni siquiera después de haber sentido el dolor de un corazón roto y una traición innegable en el auge de su adolescencia. Y estaba segura, que con todo y todo, jamás le podría olvidar. Ni siquiera superar.
A la par, el querer a Anthony también era una certeza. Porque el rubio no se había ganado su cariño, sino que se lo merecía. El oji azul, la había sacado de su trance personal y su nube de recuerdos y aunque esta había regresado, no podía negarse que Anthony le quería y ella a él. Pero ya no podía aceptarlo.
Porque no podía decir que Terry seguía siendo su gran amor y profesar a Anthony un sentimiento parecido. «Vaya lío. ¿Es qué no puedo vivir sin el drama de la vida? No es justo para ninguno. Y tampoco lo es para mí» se dijo. El bus llegó y la rubia subió, desconectando sus pensamientos al instante en que optó por los audífonos en sus orejas y la mente en las letras de las canciones.
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— No me obligues a ser grosero— espetó Terry al teléfono, visiblemente molesto— Deje todo claro la última vez. No me vuelvas a llamar— sentenció al colgar la llamada. Irritado, lanzó el móvil a la cama frente a él y optó por servirse una copa del mejor whisky que guardaba en el bar.
En la pared, el reloj digital marcaba las 11 de la noche y pese a la hora, no tenía ganas de irse a la cama y tampoco recordarse que no debía beber. Cuando el licor llegó a su garganta raspando como era obvio, la certeza de que sus costumbres adolescentes no le habían dejado se cernió sobre él. «Inmaduro»se dijo, mientras la cajetilla de cigarrillos que guardaba en la mesita de noche aparecía en su mente. Otro de esos vicios de adolescente. Un trago más, basto para terminarse el licor del vaso y a paso apesadumbrado se dirigió de vuelta a la recámara.
Sin pensarlo mucho se tumbó en la cama. Hacía rato que se había cambiado, y en esos momentos lo único que le vestía era el pants deportivo que usaba para dormir. No había encontrado una camiseta limpia –lo que le había recordado que debía enviar el cesto a la lavandería- y había decidido pasar de ella. Los planes nocturnos habían consistido en examinar a fondo las acciones que pondría a la venta al día siguiente, pero en vez de ello, la llamada que acababa de tener, había terminado con sus ánimos y sus ganas de trabajar.
— Estás bromeando— le dijo ella apenas terminó de escucharle. Sus ojos azules como el agua lo penetraron de lleno con confusión y un atisbo de la poca gracia que le daban sus palabras, esperando que se tratara de un chiste.
— Me temo que no. Nunca te he dicho nada más en serio que esto. Creo que es hora de ser sinceros. No estoy enamorado de ti, Susana— aclaró— Y no puedo pretender que lo estoy o lo estaré, porque sé que no será así. Si he dejado que esto se alargara, es solo porque creí que había una oportunidad para nosotros, pero cierto es, que no la hay— sus palabras golpearon de lleno a la rubia frente a ella que dio un paso hacia atrás, indignada.
— Mientes. Hemos estado perfectamente, yo si te amo y quizás y tú ahora pienses que no lo haces pero no podrías estar más equivocado. Si nos das tiempo, verás que es justamente esto lo que debemos tener— espetó Susana, desesperada.
— No nos engañemos, hemos vivido todo este tiempo con esa mentira. Quizás fuimos buenas aventuras para el otro en la universidad, pero esos días han terminado. Lo único que nos une es una amistad. Y estos seis meses desde nuestro reencuentro solo me lo han confirmado. No quiero herirte Susy, así que créeme cuando te digo que estoy haciendo lo mejor para los dos. Ojalá puedas entenderlo. Hasta pronto—
Entre más lo recordaba, menos dudas le quedaban que había hecho lo correcto, pues después de todo, aunque no hubiera vuelto a encontrar a Candy, la decisión de terminar aquella relación no habría podido evitarse. Lamentablemente, Susana parecía no haberlo comprendido.
Susana Marlowe. «Vaya chica…» pensó el castaño.
La había conocido cinco años atrás, durante el segundo trimestre de Universidad, mientras ambos estudiaban la universidad en Londres, tras su regreso a la ciudad que ningún recuerdo le podría llevar de la rubia que tanto adoraba. Susana, rubia, oji azul y de un cuerpo envidiable, había estudiado modelaje mientras él estudiaba administración de empresas. La primera vez que la vio, fue por la sesión de fotografías que ella montó en el campus, en los jardines más alejados que él solía frecuentar y en aquella ocasión había rizado tanto sus rubios cabellos que había parecido, por un momento la viva imagen de la pecosa que lo acosaba en sueños. Fue por eso que le habló. E incluso cuando cayó en la cuenta de las diferencias y su garrafal error, no se arrepintió de haberse acercado. Susana era agradable, dulce y bastante carismática.
La había invitado a salir y se la había llevado a la cama tan solo después de dos citas. Una fiesta, mucho alcohol y una noche, entregado a las hormonas que no podía quitarse de encima. Tampoco se había arrepentido. Porque mientras buscaba un método para borrar el recuerdo de Candy de su memoria, el sexo con Susana le había parecido la mejor opción. Y había sido divertido. Ya fuera en su recámara, en los dormitorios de la residencia de chicos o en una habitación de hotel para dos muchachos sin compromisos. Porque Susana nunca había sido su novia.
No hasta que la volvió a ver, seis meses atrás, dos años más tarde de haber concluido la universidad. Terry la había encontrado en una cafetería en la ciudad y habían charlado como dos buenos amigos. Pero justo por aquel entonces, los recuerdos de Candy habían vuelto a florecer con mucha más fuerza y una nueva sensación de dolor. Presa de la cobardía, Terry había creído poder olvidarla como antes en brazos de la modelo. Se había equivocado.
Susana pronto demostró ser tan berrinchuda como altanera. Las sirvientas de la casa Grandchester se quejaron pronto de su conducta y la misma madre del castaño, aconsejó al chico irse con cuidado. Y sin embargo, Terry lo dejó pasar. Porque aunque no había vuelto a acostarse con ella –más que nada porque cada que se acercaba a los botones de su blusa, Candy aparecía para hacerlo sentir un traidor- Susana seguía pareciendo una buena vía de olvido. Y entonces, decidió asentarse en Nueva York. Aceptó reunirse con el sucesor y nuevo presidente de Brower Enterprise y cenó con el chico y su novia que no era otra más que el amor de su vida.
— ¿No puedo estar alejado del drama de la vida, aunque sea un corto tiempo?— se lamentó.
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— Noviembre 29. Miércoles.
Como otras tantas veces, a Candy le tocaba hacer el recorrido por el área de internos que correspondía a la especialidad de pediatría y aquello, siempre terminaba en un corazón de pollo tembloroso que la rubia no podía evitar tener. No se quejaba. Adoraba el trabajo con los pequeños y contribuir a ayudarles a recuperarse de lo que fuera que los aquejara, pero en el área de internos, los chiquillos solían permanecer ahí por enfermedades como neumonía, algunos por cáncer que necesitaba la supervisión de su pediatra y su oncólogo y algunos más por enfermedades varias que no podían pasarse por alto.
Pese a todo, el recorrido finalmente había terminado y la rubia podía dejarse caer en su silla para digerir los sentimientos que el trato con los pequeños le dejaban. Poco había pasado desde que tomó asiento, cuando llamaron a la puerta y a la voz de su invitación un personaje bastante pintoresco con un inmenso ramo de claveles entró al consultorio.
— ¿Y esto?— preguntó Candy con una sonrisa tatuada en los labios. Por detrás del ramo, Anthony asomó la cabeza.
— Pasaba por la florería y vi este arreglo. Pensé «¿qué clase de novio no sorprende a su novia?» y ¡voilá! Heme aquí— rió el rubio. Candy aceptó las flores y las olisqueó. Aunque Anthony gustaba mucho de enviarle arreglos florales, casi siempre se inclinaba o por las orquídeas y los claveles o los tulipanes y los girasoles. Tal vez porque pensara que era original y menos predecible, pero en todo un año de relación, Candy no recordaba alguna ocasión en que hubiera recibido rosas del rubio. Y aquello era una lástima considerando que esas eran sus flores preferidas.
— Son hermosas, Tony. Gracias—
— Se parecen a ti— aceptó el chico— Pero bueno, he de aceptar que no son solo un regalo sorpresa. Son también una disculpa— expresó con una pequeña sonrisa.
— ¿Y eso?
— Candy, no nos hemos visto estos días tanto como yo quisiera que lo hiciéramos y sé, que eso es culpa mía. Trabajo mucho quizás, pero son cosas que no puedo hacer a un lado. Las flores, no pretenden disculpar este tiempo, pero sí que espero funcionen para que recuerdes que estaré pensando en ti.
— ¿Estarás?— el verbo en futuro la hizo arquear una ceja. Anthony estaba lo suficientemente cerca como para rozarle la mejilla.
— Ajá. Tengo que irme Candy— anunció—Esta misma tarde, debo estar en Ohio. El sábado parto a Río de Janeiro y el martes a Buenos Aires. Permaneceré ahí aproximadamente 14 días. Tengo inversiones que requieren mi atención y las construcciones en Argentina—explicó el rubio. Candy no pudo evitar resentir la noticia, pero al tiempo el orgullo que le producía el alto sentido de deber y la profesionalidad del rubio, se hizo presente.
Si algo de bueno tenía Tony, sin duda eso era su dedicación. El empeño y esfuerzo que el rubio dejaba en su empleo eran dignos de admirarse y Candy siempre se había sentido orgullosa de advertir que el chico se desvivía por sus metas y los sueños que albergaba.
Sin mucho que decir pidió a Anthony recuerdos de Brasil y Argentina y también que se cuidara y llamara. Le deseo suerte en su viaje y lo despidió dulcemente. Su vuelo a Ohio partía en una hora, por lo que Anthony se marchó rápidamente. Había hecho maletas ya desde hacía un rato antes de ir al hospital y en el aeropuerto, Tom le esperaba.
Con la bonita vista de los claveles y su fragancia envolviéndola, Candy siguió el día a día, con dos citas programadas y se alistó para dejar el hospital, como todos los días a las siete de la noche. La noche ya había caído y el viento arreciaba calando los huesos. Las primeras heladas del invierno habían llegado. Aferrada al abrigo que llevaba y esperando coger un bus lo más pronto posible, la rubia se encaminó por la acera cuando un BMW se detuvo a su lado.
La ventanilla del copiloto bajó y Terry asomó la cabeza con una sonrisa en los labios.
— ¿Necesitas transporte?— preguntó. Candy sonrió. Acercándose al auto, se asomó al interior y percibió la calidez que un auto podía ofrecer. Terry la miraba embelesado, contento de haberla abordado a tiempo.
— ¿Estás ofreciéndote a llevarme a casa?
— Por supuesto. No puedo arriesgarme a que te roben de camino— guiñó un ojo el inglés. La sonrisa boba que la invadió no pudo ser reprimida. Sin miramientos, abordó el auto y dirigió a Terry a su apartamento. Tal vez fuera una amabilidad de su parte, pero Candy sabía que esa noche finalmente había llegado el momento de poner las cosas en orden. El pasado que tanto la perseguía tendría que cobrar vida con total fuerza y la ruptura que los había separado en definitiva saldría a colación.
Ya no podía evitarlo, había llegado el momento de remontar y aclarar el pasado.
Continuará…
JulietaG.28
