VI
Sólo se ve bien con…
Más de seis años habían pasado después de los eventos con Blackstar, y Setsuna Meiō había admitido la derrota. Después de miles de años enamorada del mismo hombre, veía con pena e impotencia disimuladas el casamiento entre Serena y Darien. Tal parecía que no importara lo que ocurriera: ellos dos siempre iban a terminar juntos. Y tal era la fuerza del amor entre ellos que, sin importar en qué línea temporal mirara, siempre ocurría lo mismo. Por eso, Setsuna tomó una difícil pero necesaria decisión.
Dejar la obsesión de lado y tomar un camino nuevo.
Por miles de años, como la guardiana de la puerta del tiempo, Setsuna jamás había hallado un tiempo para experimentar los vericuetos de llevar una vida normal. No era su destino hacerlo. Aceptar un trabajo como el que ella tenía, implicaba consagrarse totalmente a él y abrazar la completa soledad. Aquella era una de las razones por las que Setsuna no había intentado capturar el corazón del príncipe de la Tierra. Se vivía diciendo a sí misma que aquel era un mero capricho, que ese romance jamás podía darse, pero aún así, él aparecía en sus sueños, en los pocos momentos en que ella encontraba algún respiro de su trabajo eterno.
Setsuna había visto a las demás Sailor Senshi tener algo que llamaban "citas", y que, usualmente la pasaban muy bien en ellas. Podía ver las risas, las charlas casuales, los besos y las caricias, recordando que, en algún momento, había soñado con tener una experiencia similar con Endimión, pero que jamás se dio.
Podría probar eso de la cita, al menos una vez.
Juzgando que no había ninguna amenaza a la línea temporal, Setsuna creyó poco prudente andar preguntando a hombres si querían tener una cita con ella. Después de todo, ella creía que todos los hombres eran como Darien, y que declinarían aceptar algo así de forma directa. En realidad, había pocos chicos que no aceptarían una cita con alguien que luciera como Setsuna Meiō.
Investigando, Setsuna se dio cuenta que la mejor forma, para ella, de tener una cita con alguien, era a través de Internet. Accedió a un computador, empleó un motor de búsqueda para encontrar una página de citas, inscribirse en ella y buscar un chico que le llamara la atención. Era crítico que fuese distinto a Darien, de lo contrario, iba a comportarse como una tonta, y Setsuna no quería eso.
Estuvo una hora explorando la página, hasta que encontró a un tipo de su edad, decentemente atractivo y maduro. Le envió un mensaje escueto, saludándolo, a lo que él respondió de una forma análoga. A lo largo de la conversación, Setsuna se dio cuenta que se trataba de un chico educado, respetuoso, que empleaba bien las palabras y, a juzgar por como se expresaba, era bien culto. Sin embargo, un comentario de él hizo que Setsuna se percatara que había olvidado por completo poner una fotografía de su cara. Usó la cámara web del computador para tal menester y la puso de foto de perfil. La conversación siguió su curso de forma normal, hasta que la persona al otro lado del computador quiso conocerla en persona. Setsuna accedió sin mucho pensamiento. Sin embargo, había unas condiciones muy extrañas en aquel encuentro.
Primero, tenía que acudir a un hotel, a una habitación en concreto. Segundo, tenía que entrar con los ojos vendados (habría una venda de terciopelo colgado en el pomo de la puerta). Tercero, no alarmarse por lo que fuese que ocurriera. Le había garantizado que no le iba a hacer nada malo, y que así lo sentía, podía irse en cualquier momento y llamar a la policía de ser necesario. Setsuna juzgó que aquellas eran condiciones razonables, y decidió aceptar el juego del desconocido llamado solamente Takeshi.
Setsuna no sabía si sentirse asustada o emocionada, pero tenía claro que ella era lo suficientemente madura para estar por encima de aquellas emociones si algo malo llegase a ocurrir. De ese modo, emprendió el camino hacia el hotel que Takeshi le había indicado a paso tranquilo, pensando en la sorpresa que le esperaba en ese cuarto de hotel. Tal vez se tratara de una velada íntima, pero no romántica, o quizá sí lo fuese, incluso más de lo que había imaginado. En cualquier caso, Setsuna sabía que necesitaba de cualquiera de las dos cosas, mucho más de lo que cualquier Sailor Senshi requería. Y, si se trataba de una trampa puesta por un criminal para robarle, o peor, violarla, bastaba con transformarse en Sailor Pluto y asunto arreglado. No se jugaba nada, salvo un mal rato.
Cuando Setsuna llegó al hotel, buscó al recepcionista y preguntó por un tal Takeshi y si estaba esperando por Setsuna. Cuando el recepcionista asintió con la cabeza, se sintió mucho más tranquila.
—Que tenga una buena estadía, señorita Meiō —deseó el recepcionista con una sonrisa. Setsuna le devolvió la sonrisa, haciendo un gesto de aprobación con la cabeza.
Cuando llegó a la habitación, Setsuna comprobó que, en efecto, había una venda colgada en el pomo de la puerta. Recordando las instrucciones que había recibido, Setsuna se puso la venda sobre los ojos, y abrió la puerta con la tarjeta que había recibido de parte del recepcionista. Recurriendo a sus manos para guiarse, cerró la puerta detrás de ella, y avanzó con extrema lentitud hacia lo que ella creía que era el centro de la habitación…
Setsuna pegó un salto cuando sintió que unas manos rodeaban su cintura, y estuvo a punto de defenderse cuando notó que no había ninguna mala intención en aquellas manos. La acariciaban con suavidad, de la forma en que ella esperaba que Darien lo hiciera alguna vez. Luego, sintió una respiración en su cuello, lo que causó escalofríos en ella, y, a continuación, un beso en el cuello. Uno podría pensar que alguien intentaba violarla o algo por el estilo, pero Setsuna, de algún modo, no se sentía de ese modo. Había algo en esos besos y en aquellas manos que no le permitían reaccionar de forma agresiva, o reaccionar en absoluto.
Hubo un punto en el que Setsuna se vio empujada gentilmente en dirección desconocida. Había momentos en los que ella quería quitarse la venda para ver con qué estaba lidiando, pero algo se lo impedía. Tal vez no quería ver realmente quién era Takeshi, tal vez se llevaría una sorpresa no muy agradable, porque lo que estaba sintiendo, definitivamente lo era. Había tomado la decisión de no quitarse la venda, cuando tropezó con algo a la altura de sus piernas. Creyó que la caída iba a ser embarazosa, y dolorosa, pero el dolor no llegó. De hecho, rebotó sobre una superficie suave varias veces antes de quedarse quieta. Fue cuando comprendió que había caído de cabeza sobre la cama. Giró sobre sí misma para quedar de espaldas, y, casi inmediatamente, sintió la respiración de alguien sobre sus mejillas. Setsuna anticipó que estaba a punto de ser besada, y así fue.
Esperaba que los labios de Takeshi fuesen un poco ásperos, pero le sorprendió lo suaves que eran. No obstante, aquello no era poco común en los chicos, y no le dio mucha importancia. Después de todo, estaba siendo besada con mucha dulzura y sutileza, y aquello le agradaba a Setsuna, por lo que le correspondió, aunque no sabía muy bien por qué lo estaba haciendo. Estaba rompiendo todas las reglas del sentido común con aquella comportamiento, pero estaba allí para experimentar en carne propia lo que era una cita, y asumió que lo que estaba viviendo formaba parte de eso.
Por eso, no esperó que Takeshi la tomara de los brazos y los sujetara con firmeza. No percibió ninguna mala intención en aquella acción, sin embargo, al menos hasta que notó que no podía mover sus brazos. Por un breve momento, Setsuna creyó que estaba siendo secuestrada, pero cuando sintió los labios de Takeshi besar los suyos nuevamente, supo que no había nada que temer. Setsuna había visto, desde la soledad de la puerta del tiempo, que la gente solía hacer ese tipo de cosas con sus parejas, tal vez para hacer el encuentro más especial, pero, como siempre había visto aquellas cosas desde afuera, no había sido capaz de entender el sentido de hacerlo.
La otra cosa que Setsuna había notado, era que Takeshi no había pronunciado palabra alguna desde que la tocó por primera vez. En todo caso, las acciones eran capaces de decir mil palabras, y las acciones que estaba llevando a cabo Takeshi hicieron que Setsuna se pusiera nerviosa.
Sentía que unas manos hábiles le desabotonaban la blusa, y esas mismas manos apartaron el sostén. Lo siguiente que pudo sentir Setsuna, fue una humedad en sus pechos que le causaba escalofríos. Se preguntó si aquello era normal en un primer encuentro, pero recordó que, desde su soledad, observaba a los humanos realizar aquellas prácticas horas después de haberse conocido. Lo único que no esperó fue el placer que sentía cada vez que ese tal Takeshi tomaba o besaba sus pechos. Era como si electricidad recorriera sus nervios, causándole un agradable cosquilleo. ¿Cómo podía ser desagradable aquello?
Setsuna sintió que Takeshi desabotonó su blusa más abajo, y la humedad que una vez sintió en sus pechos, la sintió en su abdomen, haciendo que se pusiera más tensa. Se estremeció sobremanera cuando sintió lo que parecía la punta de una lengua recorrer su piel. Quienquiera que fuese Takeshi, estaba siendo muy sutil al amarla.
Minutos más tarde, Setsuna sintió que Takeshi le levantaba la falda, o al menos intentaba hacerlo, porque le estaba siendo muy difícil. Queriendo sentir más de aquella dulce sensación, Setsuna le hizo el trabajo más fácil, pero no sintió aquella electricidad en donde esperaba, sino que en sus piernas. Era como si fuese acariciada por un trozo de seda, pues sus manos eran muy suaves, empleando las yemas de los dedos para tal menester. La misma electricidad que sintió minutos antes, hizo que volviera a estremecerse, y puso piel de gallina, gimiendo suavemente. Quiso tomarle la cabeza a Takeshi, pero recordó que estaba atada de brazos, y no pudo hacerlo.
—¿Quién eres? —preguntó Setsuna en un tono suave, pero Takeshi no respondió. Seguía ascendiendo por sus piernas, y Setsuna anticipó adónde quería llegar. Pese a que una mujer normal debería sentirse alarmada por aquello, las caricias anteriores habían ayudado a que Setsuna bajara sus defensas. En ese momento, por mucho que fuese la guardiana del tiempo, y la Sailor Senshi más antigua del sistema solar, se estaba comportando como cualquier chica en esa situación. Su cuerpo era susceptible tanto al dolor como al placer, y este último lo estaba recibiendo a raudales, pero, como pudo comprobar instantes después, aquella era una mínima fracción de lo que estaba por venir.
De pronto, el cosquilleo en sus entrañas fue tan dulce que Setsuna arqueó la espalda y emitió un suave gemido. Nunca, en todos los milenios que había desempeñado su rol, había sentido algo semejante. Si lo anterior lo había sentido en forma de electricidad, aquello era como si agua caliente fluyera por sus venas y un calor agradable creciera en su interior. Takeshi estaba siendo muy sutil con lo que fuese que estaba haciendo, y a Setsuna le extrañó, pues los chicos no se destacaban precisamente por eso. Sin embargo, una nueva oleada de placer envió sus preguntas a la parte de atrás de su mente. Sus nervios parecían estar hechos de fuego, y su sangre circulaba más rápido por su cuerpo, enrojeciendo sus mejillas y haciendo que la ropa fuese innecesaria.
—Desnúdame —pidió Setsuna, sintiendo el sudor mojar su blusa, lo que le incomodaba bastante. Su amante obedeció y, en unos minutos, su cuerpo yacía expuesto en su totalidad. Hubo un momento en el que no sintió ningún dulzor proveniente de su intimidad, y asumió que Takeshi debía estar mirándola. Es demasiado sutil para un chico. Bueno, no es que no haya chicos sutiles, pero no creo que sea lo suficientemente afortunada para haberme topado con uno por Internet. A Setsuna le asustaba la alternativa, pero, teniendo en cuenta lo que había ocurrido, no había nada realmente que temer. Si era, en efecto, una chica la que estaba con ella en ese momento, había mostrado mucha educación y ternura al amarla.
—¿Eres una chica? —preguntó Setsuna con un poco de tiento.
Segundos después de que hubo formulado la pregunta, la sensación de quemarse por dentro volvió a envolverla, y los gemidos regresaron a la boca de Setsuna, moviendo la cabeza de un lado a otro de forma instintiva. El aire se estaba agotando en sus pulmones, y respiró más agitadamente, mientras que su espalda se arqueaba para contener las contracciones musculares que ocasionaban el placer en su interior. Su sangre comenzó a hervir, los cosquilleos se hicieron casi irresistibles y casi no había aire para respirar. Era como si estuviera quemándose y ahogándose al mismo tiempo.
—Quiero más —se oyó gemir Setsuna, sin que realmente hubiera querido decir esas palabras, pero recibió más, mucho más de lo que había pedido. Su piel comenzó a brillar a causa del sudor, sus gemidos eran cada vez más altos, y el placer crecía a niveles insospechados, tanto que ya su cuerpo no pudo soportarlo más.
Su piel se estremeció, sus gemidos se convirtieron en gritos, el aire desapareció y sus nervios colapsaron. A continuación, sus músculos se relajaron por completo, trayendo consigo un placer delicioso que pudo sentir en cada rincón de su cuerpo, especialmente en su intimidad, donde nadie había accedido antes. Y, mientras ella se recuperaba de tamaña sobrecarga sensorial, recibió un beso tan dulce y suave como todos los anteriores. Setsuna se dio cuenta que el sabor de sus labios era distinto, aunque no sabía cuál era la razón.
—Saben a ti —dijo una voz muy sensual, en un tono bajo y seductor, al tiempo que Setsuna sentía que sus brazos eran desatados y la venda, removida. Fue cuando ella vio que el tal Takeshi siempre había sido una chica. Su cara estaba muy cerca de la de ella, y vio que sus ojos eran grises, y su cabello era plateado, largo y brillante.
—Eres… una… una chica.
—¿Acaso importa?
Setsuna, a juzgar por todo lo que había experimentado, la dulzura con la que esa mujer la había besado, acariciado y excitado, no podía decir que fuese importante si la persona encima de ella fuese hombre o mujer. Compuso una leve sonrisa.
—No realmente.
—Ahora te das cuenta que tus ojos pueden engañarte —dijo la mujer, acercándose un poco más a Setsuna, mirándola fijamente a sus ojos rojizos—. Cuando se trata de amor, solamente se ve bien con el corazón. Pudiste haberme dicho que me detuviera, y yo lo habría hecho, pero no lo hiciste. El placer que sentiste bien pudo habértelo dado un hombre, y no habrías podido notar la diferencia.
Setsuna no decía nada. Simplemente miraba a la hermosa chica del cabello plateado, pensando en todo lo que había pasado, solamente para darse cuenta que ella tenía razón.
—Si hubieras sabido que yo era una mujer, ¿habrías accedido a venir aquí?
Setsuna, en un segundo, supo cual era la respuesta a esa pregunta.
—Para nada.
—¿Y después de esto, lo harías otra vez?
—Sí, pero no considero que yo sea…
—No, Setsuna, no eres lesbiana, pero esto te dijo algo nuevo sobre tu persona —dijo la mujer, besando brevemente a Setsuna, para luego recostarse de lado, e invitándola a ella a que hiciera lo mismo—. Como dije, tus ojos pueden engañarte. Crees que estás viendo las cosas correctamente, pero la verdad es que solamente estás viendo lo que quieres ver, no lo que hay realmente. Esto te dijo que, en cuestiones de sexo, lo que importa es lo que sientas, no con quién lo haces.
—¿Pero esto no me hace bisexual?
—¿Acaso importa? —repitió la chica, y Setsuna, como la primera vez, se dio cuenta que la respuesta era la misma. Ella vio en sus ojos que había llegado a esa conclusión, y sonrió.
—Si te sientes cómoda con alguien, da igual si ese alguien es hombre o mujer. Era eso lo que quería mostrarte. Ahora, si quieres verme otra vez…
La mujer se puso de pie, tomó un bolígrafo y un papel, y anotó un número de teléfono sobre éste. Le tendió el papel a Setsuna, quien lo tomó, mirándolo por un breve instante, para luego plegarlo y guardarlo en su cartera.
—Ahora que lo pienso —dijo Setsuna mientras se vestía, mirando a veces a la chica hacer lo mismo—, esta no fue una primera cita común. Me haces entrar en una habitación a ciegas, me atas de manos, solamente para hacerme el amor de una forma en que a asumo que a cualquier chica le gustaría.
—Discúlpame por eso, pero era la única forma en que pudieras comprender lo que quería que experimentaras. Te até de manos porque no quería que supieras de antemano que yo era una chica. Aquello habría arruinado la sorpresa.
Setsuna asintió con la cabeza en señal de aprobación. Se quedó de pie, sin saber qué hacer a continuación. La mujer, percibiendo la incertidumbre, se acercó a ella, la tomó por la cintura y la besó suavemente en los labios. Setsuna iba a corresponderle, pero ella se había alejado ya.
—No tienes que hacer nada —dijo ella, abriendo la puerta y haciendo un gesto cortés para que Setsuna saliera—. Como dije, si quieres verme otra vez, llámame.
Setsuna iba a salir de la habitación, cuando recordó que había olvidado algo importante.
—¿Cómo te llamas?
La mujer tomó el bolígrafo nuevamente, le pidió el papel a Setsuna y anotó algo más en él, junto al número de teléfono.
—Me gustaría volver a verte otra vez —dijo la chica después de entregar el papel a Setsuna y cerrar suavemente la puerta. Setsuna emprendió la marcha, mirando el trozo de papel, fijándose en el nombre que había anotado aquella bella mujer.
Saori Sato.
