Marde State: Muchas gracias por tus reviews :) Y tranquila que el yaoi va a pasar a segundo plano, así que lo verás poco jaja y con respecto a lo de Seraphina... creo que me leíste un poquito la mente ;) un abrazoo
Aquí traigo el siguiente capítulo, es más que nada de transición pero está hecho con amor :3 espero que lo disfruten :D
Advertencias: Un El Cid muy OoC, así que no esperen verlo demasiado serio xD
Capítulo 5: Despedidas.
A la mañana siguiente, Astrid se sentía horrible. Las secuelas de los golpes en las paredes hicieron acto de presencia a través de hematomas y dolores musculares, y por pura suerte, las heridas de los aguijones de Kardia no se habían abierto; se notaba que aquella medicina de Albafica era efectiva. Se sentó en la cama con un dolor lumbar horrible, y apenas apoyó los pies en el helado suelo, le sonaron los huesos. Parecía una anciana. Fue a peinarse al baño y luego se puso la blusa y el pantalón de la ropa de viaje, los cuales sintió ligeramente más pesados debido a los dolores y el cansancio, y salió casi a rastras de la habitación.
Mientras abría la puerta, pensó en lo difícil que sería bajar las escaleras en su estado, y pensó en ir a pedirle a El Cid que la cargara hasta abajo. Tal vez sería muy atrevido, dado que se conocían hace muy poco, pero la situación lo valía. Sí, eso iba a hacer; él lo entendería.
— ¿Señorita Astrid? —la llamó una voz justo cuando salió. Ella miró a la persona y se tapó inmediatamente la cara como un acto reflejo.
— ¡Unity! —Siguió con las manos en la cara hasta que recordó que él ya la había visto sin la máscara el día anterior—. Ah, da igual. Buenos días.
— Buenos días —la saludó, asombrado de poder verla al fin con su rostro normal al descubierto. Anteriormente no la había visto en su mejor faceta—. Venía a avisarle que la mesa está lista para el desayuno.
— Oh, genial. Yo voy de camino a despertar a El Cid.
— Yo voy por Dégel, entonces —acordó—. ¿Cómo se siente?
— Horrible. Me duele horrores el cuerpo y estoy llena de hematomas.
— El frío de afuera le hará bien para los hematomas. Espero que se encuentre bien para volver a la casa más tarde.
— Gracias, joven Unity.
Él le sonrió y siguió caminando hasta la habitación de Dégel. Astrid se dirigió hacia la habitación de El Cid y entró sin tocar previamente, encontrando a su compañero durmiendo en la cama con la mitad del cuerpo afuera. Ella tomó la almohada más cercana y se la lanzó a la cara, provocando que despertara con un salto y mirara a ambos lados asustado. Eso fue hasta que vio a la causante.
— ¿Por qué demonios me has lanzado una almohada a la cara?
— El desayuno está listo. Además, necesito pedirte un favor.
— Pero pudiste haberme despertado como una persona normal. —Pesadamente, se sentó en la cama—. Parece que se te está contagiando la locura de nuestros compañeros.
— ¿Podrías cargarme hasta abajo? El cuerpo me duele horrores. Sé un buen compañero y hazlo, ¿sí?
— ¿Y por qué no Dégel?
— Es que él es muy flaquito. Se me hace que puede romperse si me carga.
— ¿Me estás diciendo gordo?
— ¡No! —Astrid rodó los ojos—. ¿Vas a ayudarme o no?
— Sí, bien, pero espérame afuera.
Astrid obedeció y salió del cuarto. El Cid emergió de ella unos minutos después, ya vestido con la camisa y el pantalón y peinado prolijamente. Hizo que su compañera se subiera a su espalda, bajó con ella por las escaleras sin problema alguno, y luego la soltó al llegar al comedor. Cabe decir que durante el trayecto de las escaleras, Astrid no dejó de chillar como una niña pequeña para molestar a El Cid, a quien muy a su pesar, le hacía algo de gracia. Dégel ya estaba ahí, sentado al lado izquierdo de Unity, el cual ocupaba el asiento central. Frente a Dégel estaba la muchacha del cuadro que el día anterior no se encontraba en el castillo: tenía el cabello plateado, igual que Unity, y los ojos celestes enmarcados por largas pestañas. Era hermosa. Ella se giró hacia ellos y se puso de pie.
— Oh. ¡Mi hermano me habló de ustedes! —exclamó emocionada—. Soy Seraphina. Encantada de conocerlos. Disculpen por no haber estado ayer para recibirlos, pero se presentó una emergencia en el pueblo y tuve que salir muy temprano. ¿Les gusta Blue Graad? Yo ya estoy acostumbrada, pero n...
Ambos dejaron de escucharla a la mitad. Tal parece que le gustaba hablar hasta por los codos.
— Yo soy Astrid de Géminis —se presentó, interrumpiéndola. A Seraphina no pareció importarle la intervención y siguió hablando.
— Lo sé. ¡Qué bonita eres! Dégel y Unity me dijeron que lo eras. Me encantan tus ojos. ¡Y tu cabello es tan largo! ¡Y qué bonito color tiene! ¿Desde hace cuánto estás en tu cargo? Es la primera vez que...
— El Cid de Capricornio —se presentó su compañero, algo abrumado por lo habladora que era la chica, y luego fue a sentarse de inmediato al lado de Dégel. Astrid tomó asiento al lado de Seraphina, quien al parecer aún quería hablarle.
— ¿No es tabú que las mujeres del Santuario se presenten sin su máscara? —preguntó la mujer.
— Mi máscara se rompió en batalla el día de ayer. Estoy excusada.
— No te ves triste por eso —murmuró. Astrid se rió.
— No lo estoy. La máscara me molestaba mucho.
— Nunca habíamos conocido a alguien que odiara tanto la máscara reglamentaria —comentó Dégel—. Durante el viaje se la pasó quejándose de que terminaría con la cara ardiendo debido a lo mucho que se calentaba el oro. Estuvo apunto de tirarla por la borda en un momento.
— Es que soy una rebelde —bromeó ella, provocando la risa de Seraphina.
— ¿A qué hora piensan volver a ir a la casa? —preguntó Unity luego de unos segundos.
— En lo posible al terminar de desayunar. Planeamos partir durante la tarde de vuelta a Grecia.
— Dégel, sabes que son bienvenidos a quedarse hasta cuando gusten.
— Agradezco tu hospitalidad, pero tenemos que volver al Santuario lo más pronto posible. Debemos ir a Italia y desde ahí tomar un barco a Grecia.
— Es un viaje muy largo.
— Precisamente.
Mientras esos dos seguían hablando, los demás continuaron comiendo en silencio. Astrid repentinamente sintió unos mareos extraños, los cuales se intensificaron tanto que se tuvo que disculpar y levantarse de la mesa, dirigiéndose luego a las escaleras para ir a su habitación. Una vez ahí, se sentó en la cama y respiró hondo, pero el mareo no cesaba. Cerró los ojos, centrándose en su respiración acompasada para tratar de calmarse, pero cuando los abrió, casi se va de espaldas. Delante de ella estaba Asmita de Virgo, flotando en el aire en posición de loto, luciendo igual que siempre pero... ¿por qué podía ver la pared a través de él?
— A-Asmita... —balbuceó, echándose hacia atrás debido a la impresión. Él alzó una ceja, como si recién se diera cuenta de que estaba frente a ella.
— ¡Astrid! Me tenías preocupado. En realidad, no solo a mí. —Rompió su posición para ponerse de pie, pero siguió flotando a unos centímetros del piso—. Dégel, El Cid y tú desaparecieron hace cuatro días sin dar aviso a nadie. ¿Dónde están?
— Pero... —Ella aún lo miraba con la boca abierta—. ¿C-Cómo...? ¿Por qué demonios estás flotando y luciendo casi invisible?
— Transporté mi alma hacia donde estás. Cualquier persona que pase por mi templo pensará que solamente estoy meditando —contestó con simpleza—. Disculpa si te he causado mareos. Te utilicé como ancla para llegar. Sinceramente, no pensé que iba a funcionar.
— Así que fui tu sujeto de prueba.
— Suena feo si lo dices así. —Agitó una mano, restándole importancia—. Volviendo al tema: ¿dónde están? El Patriarca no nos quiso decir nada.
— Si no les ha dicho nada, entonces no me corresponde decirlo —contestó, satisfecha al ver la expresión estupefacta de Virgo—. Estamos cumpliendo una misión y volveremos pronto, eso es todo lo que vas a obtener de mí.
— Pensé que podría persuadirte para darme información, al ser novata —dijo sonriendo—. Me has sorprendido. Eso demuestra tu lealtad y compromiso con el Santuario y el Patriarca.
— ¿Acabo de ser nuevamente tu sujeto de prueba? —bromeó. Él sonrió, negando con la cabeza.
— Mi preocupación es real, pero también quería ponerte un poco a prueba y darte una lección por si fallabas. —Se giró ligeramente hacia atrás y volvió ponerse en la anterior posición, sentado—. Escucho pasos. Solamente quería saber si estaban bien, y espero que vuelvan pronto.
— Claro. Adiós, Asmita.
Astrid volvió a sentir aquel mareo y luego Asmita desapareció de su vista. Se quedó un rato tirada en la cama para relajarse un poco, preguntándose quién más estaría preocupado por ella. Asmita había dicho que no era el único, lo cual le dejaba una gran duda. Sus compañeros le sorprendían cada día más, realmente no se esperaba un recibimiento tan agradable —dejando de lado su pequeño conflicto con Manigoldo y Kardia—, y sobre todo no esperaba que la mandaran de misión tan rápido.
Se escucharon dos golpes y luego la puerta de la habitación se abrió, revelando a Dégel y El Cid. Ambos la miraron preocupados al verla tirada en la cama y luciendo tan blanca como el papel.
— ¿Qué te pasó? ¿Te encuentras bien? —le preguntaron al unísono. Astrid se sorprendió un poco, pero después esbozó una sonrisa y asintió.
— No se preocupen. Tuve mareos, pero ahora estoy bien. —Se levantó y tomó la caja de Pandora del suelo, la cual con algo de dificultad se colgó en la espalda—. ¿Nos vamos ya?
—o—
Estaba nevando muy fuerte cuando llegaron a la casa. Esta vez solamente fueron los tres, ya que Unity y Seraphina tenían asuntos que atender en el pueblo y se fueron al mismo tiempo que ellos, pero en dirección contraria. Dégel y Astrid estaban vestidos con sus ropas de viaje, cargando su respectiva caja en la espalda, mientras que El Cid estaba cubierto hasta el cuello con su abrigo, una bufanda de piel y botas del mismo material. El trío examinó la vivienda frente a ellos que ahora tenía el techo cubierto de nieve, viendo que seguía como el día anterior, pero ya no emanaba esa energía maligna de antes. Ya sabían el porqué de ello: todo era obra de Ares, el dios de la guerra, que por algún motivo estaba presente en la Tierra. Al parecer ya se había ido de la casa.
— No se siente ninguna energía similar a la de ayer —comentó Astrid. Sus compañeros asintieron.
— Es cierto, sin embargo, me parece extraño que la casa siga en pie cuando ya no la necesitan —habló Dégel—. O quizá sea una trampa para que entremos y la casa se nos caiga encima.
— Qué paranoico eres —dijo El Cid mientras se acercaban a la puerta—. Te pareces a Kardia.
— No me compares con él. Kardia supera los niveles humanos de paranoia.
— ¿Van a ponerse a discutir sobre la paranoia? —les preguntó Astrid cuando puso la mano sobre el pomo—. Miren, no me rechazó.
— Lo mismo dijiste ayer y terminaste dentro de la casa y convertida en demonio —le recordó El Cid. Ella rodó los ojos.
— Ahora están atentos, así que sí pasa eso, sujétenme.
Abrió la puerta. Como no pasó nada dieron un paso para entrar, pero al momento se escuchó el sonido de algo rompiéndose. Se apartaron de inmediato de la casa y vieron cómo la madera se volvía cenizas poco a poco, comenzando por el techo y finalizando en las paredes. Todo se derrumbó, excepto el piso y unas cuantas cosas dentro de la casa que se quedaron en pie.
— ¿Qué les dije? —preguntó Dégel, probando que estaba en lo cierto—. Nunca me equivoco.
— Cierra la boca, sabelotodo —lo calló El Cid.
— Miren. —Astrid se acercó a un mueble que apenas se mantenía en pie y tomó un objeto negro que brillaba sobre él—. Es un pedazo de armadura. No recuerdo mucho de ayer, pero creo que esto es lo que vestían los soldados con los que peleamos.
— Déjame ver —pidió Dégel. Ella le pasó el objeto y él lo examinó—. Se parecen un poco a las armaduras de los espectros. Quizá Ares tenga que ver con ellos...
— Es imposible —replicó el de Capricornio—. Todos los espectros están sellados gracias al rosario de Asmita. De Hades no sabemos nada, pero según el Mito, no despertará hasta doscientos años más. Esa tradición no se puede romper ni cambiar.
— Sin embargo, habían otros dos dioses involucrados en la guerra —continuó Dégel—. Fueron sellados por el Patriarca y el Viejo Maestro de Jamir con el sello sagrado de la diosa Athena, pero a decir verdad, yo siempre he pensado que nada es imposible para los dioses. Además, me parece haber leído que el sello puede romperse a manos de un humano.
— ¿Estás... hablando de los Dioses Gemelos? —preguntó Astrid. Dégel asintió.
— Es una posibilidad. Son los consejeros de Hades, deben conocer los materiales que componen las sapuris. —Se guardó el pedazo de armadura en el bolsillo de la gabardina y se dio la vuelta—. No hay más que hacer acá. Será mejor que nos vayamos.
— ¿Te vas a llevar esa cosa? —volvió a preguntar, un tanto asqueada.
— Es una armadura, al fin y al cabo. Shion de Aries puede decirnos de qué está hecha, a quién perteneció y a qué dios sirve. Creo que incluso puede ver el pasado con sólo tocarla...
— Pero a Shion no le gusta utilizar aquel don —terminó El Cid—. Creo que le trae malos recuerdos.
— Llévala, entonces. Sólo espero que no aparezcas poseído en la noche mientras estemos en el barco. Soy capaz de lanzarte por la borda, Dégel.
El francés rodó los ojos. Sacó de su bolsillo el pedazo de armadura y lo cubrió con hielo, formando una pequeña caja invisible.
— ¿Más tranquila ahora?
Astrid bufó y se giró para irse, ignorando las sonrisas divertidas de sus compañeros, quienes luego de compartir una risa silenciosa, la siguieron.
—o—
Llegada la tarde, los tres santos dorados estaban listos para irse. Seraphina, amablemente, les había preparado algo de comida para el viaje de regreso, disculpándose otra vez por no haber estado presente el día anterior. Por su parte, Unity insistió en que se quedaran una noche más o, en caso contrario, les ofreció un carruaje que los llevara hasta las cercanías de Italia, pero los santos se negaron.
— Insisto en lo del carruaje —volvió a decir el muchacho cuando los escoltó hacia la entrada del castillo. Iba acompañado de su hermana—. ¿Están seguros de querer irse así? Es un largo camino.
— No te preocupes —le dijo Dégel—. Podemos ahorrarnos el viaje a Italia ahora que Astrid se sabe el camino. Es capaz de abrir dimensiones, así que estaremos dentro de nada en el puerto.
— ¿Y por qué no usan esa técnica para volver directamente al Santuario? —preguntó Seraphina.
— Porque el transporte en barco es parte del protocolo. Solamente vamos a hacer esto porque está ella, pero si estuviéramos sólo El Cid y yo, tendríamos que irnos tal y como llegamos.
— Ya veo —suspiró Unity, dándose por vencido—. Creo que ya no puedo convencerlos para que se queden. Espero que tengan un buen viaje.
— Volveremos a vernos, amigo —aseguró Dégel, estrechando la mano del muchacho—. Planeo venir a visitarlos antes de que esta guerra se ponga peor.
— ¿Lo prometes? —Seraphina se acercó al francés con la esperanza que le dijera que sí. Astrid y El Cid pudieron ver claramente la expresión de la muchacha, quien al parecer guardaba un especial cariño por su compañero.
— Intentaré cumplirlo —dijo simplemente, pues no se atrevió a prometer algo que no estaba seguro de que podría hacer.
Unity sólo sonrió, pues tenía el presentimiento de que quizás esa sería la última vez que lo verían; pero Seraphina fue más atrevida y se lanzó a los brazos de Dégel. Este se quedó inmóvil mientras veía el rostro de la muchacha acercarse al suyo, y cuando menos se lo esperaba, sus labios se juntaron con los de él. Las mandíbulas de Astrid y El Cid prácticamente cayeron al suelo por la impresión, pero luego vieron la expresión atónita de su compañero y se rieron silenciosamente. Unity estaba pasmado en su lugar.
— Por si no te vuelvo a ver —susurró Seraphina al separarse. Dégel solamente la miró mientras ella se iba a despedir de los demás.
Luego de recuperarse, Unity fue a despedirse de Astrid y El Cid, quienes aún se reían entre ellos debido a lo que había pasado. El gobernador de Blue Graad comenzó por el santo de Capricornio, a quien le dio un apretón de manos, y terminó con la muchacha.
— Fue un placer conocerla, señorita.
— Lo mismo digo, joven Unity —le dijo ella estrechando delicadamente su mano, sin embargo, el rubio tomó firmemente la suya y le besó el dorso, haciendo que la muchacha se sonrojara.
— Tengan un buen viaje los tres.
Los santos asintieron y luego los gobernadores volvieron a entrar al castillo.
— Parece que alguien está con la mente en las nubes —bromeó El Cid al ver a su compañera con la mirada pegada en su mano. Astrid parpadeó y lo miró molesta.
— Es la primera vez que me besan la mano —admitió—. Y no molestes si no quieres que te mande a una dimensión desconocida.
— ¿Y cómo sabes que te lo dije a ti? Mira como está Dégel. —El Cid se acercó al acuariano y pasó una mano frente a su rostro—. Oye, compañero, ya reacciona.
Astrid le dio la espalda a sus compañeros y comenzó a materializar una dimensión en sus manos. Recordó cómo era el puerto en el que habían desembarcado y buscó un lugar en el cual aparecer sin llamar la atención, a pesar de que sería prácticamente imposible. Tendrían que aparecer unos metros antes. Una imagen se le vino a la mente, y con esa se quedó.
— Another Dimension.
La dimensión se abrió frente a ellos, mostrando una profunda oscuridad en su interior que hizo temblar a los otros dos santos.
— Está listo —informó ella al ver que no se movían—. Haz los honores, El Cid.
— Espero que no hayas hablado en serio con lo de mandarme a una dimensión desconocida —murmuró asustado.
— Vas a averiguarlo —bromeó, esbozando una sonrisa maliciosa—, pero será mejor que te apresures, porque sino te vas a congelar los hijos.
Y sin tener otra opción, El Cid se armó de valor y entró en la dimensión, arrastrando con él al todavía inmóvil Dégel. Finalmente se metió Astrid, quien lo cerró.
Dégel cayó de cara al suelo en cuanto salió del portal, como si este lo hubiera empujado a propósito, haciéndolo reaccionar de su impresión. Pero justo cuando se disponía a levantarse, El Cid le cayó encima. Astrid salió con mucha agilidad de la dimensión y se rió al ver a los dos tirados en el piso.
— Novatos —se burló—. Levántense, tenemos un barco que abordar.
— El barco hacia Grecia sale en dos horas —informó Dégel en cuanto El Cid se levantó de su espalda. Estaba seguro de que su compañero le había roto un hueso—. Algo tenemos que hacer por mientras.
— ¡Es el tiempo perfecto para comprar recuerditos! —exclamó—. Traigo un poco de dinero también para que comamos, ¿me acompañan?
— Ya qué —bufó El Cid, siendo seguido por Dégel.
—o—
Abordaron el barco media hora antes de zarpar, pues era uno propio del Santuario y no transportaba a más pasajeros que ellos. Lo primero que hicieron los tres cuando el barco comenzó a andar fue ir a sus camarotes y tomar una siesta, a pesar de que no habían hecho mucho durante ese día, pero necesitaban un poco de descanso mental y lo que pasó el día anterior les había quitado un poco el sueño. El vaivén del barco, producto de las olas, era como estar en una mecedora para bebés, por lo que no les costó nada quedarse dormidos de una vez. Y eso hicieron hasta que cayó la noche, que fue cuando cenaron un poco de la comida que les había dejado Seraphina, y luego charlaron un poco sobre la misión, sin llegar a nada concreto debido a la poca información que habían obtenido. Al final, cada uno se retiró a su cuarto a dormir nuevamente, esta vez hasta el otro día.
Sin embargo, Astrid tenía insomnio. Había salido de su habitación cuando supo que ya no conciliaría el sueño y ahora se encontraba en la cubierta del barco, apoyada en los barrotes. Estaba releyendo la carta que le había enviado Deuteros, pensando en lo que le respondería y cómo le diría lo que había pasado. La verdad es que le daba vergüenza comentarle lo que había hecho, porque de seguro iba a decepcionarse de ella, y es lo que menos quería que pasara. En su carta se mostraba orgulloso, con mucha confianza en ella, pero... ¿qué iba a pensar cuando le dijera que había roto el sello en sólo unos minutos? Y él se había pasado casi un año buscando la manera de sellarlo...
— ¿Disfrutando del aire nocturno?
Astrid ladeó la cabeza, encontrándose a Dégel vestido con su ropa de dormir y, sobre esta, la gabardina negra. Hacía contraste con ella, quien solamente vestía una túnica corta y pantalones beige. Ninguno llevaba calzado.
— Ni siquiera hay viento —dijo ella, mirando el mar—. Pero ver las olas del océano y sentir el vaivén del barco me relaja.
— Eres muy parecida a Kardia —comentó él, apoyándose también en los barrotes—. Hasta te vistes como él.
— ¿También le relaja ver el mar?
— No precisamente el mar, pero le gusta la calma, a pesar de ser como es. —Compartieron un breve silencio cómodo hasta que Dégel reparó en el objeto que sostenía Astrid—. ¿Qué es eso?
— Es una carta que me escribió Deuteros —explicó, esbozando una mueca de tristeza que él no pasó por alto.
— Pues no te ves feliz —mencionó. Astrid sonrió un poco más animada y negó con la cabeza.
— No es eso. Es sólo que... no sé qué le debería responder. Él está tan orgulloso de mí y siento que si le cuento lo que pasó ayer voy a decepcionarlo.
— ¿Por qué?
— Porque pasó mucho tiempo buscando una manera de sellar a mi demonio interior, y cuando al fin lo consiguió, yo lo rompo en sólo unos minutos. —Bajó la mirada, volviendo a leer las palabras de su hermano—. Si hubiera leído la carta antes...
Dégel soltó una pequeña risa, sin intención de molestar a su compañera.
— Vaya, eres más parecida a Kardia de lo que esperaba. —Se aclaró la garganta luego de reír—. Yo me la paso buscando maneras de solucionar sus fiebres y él no hace más que darme problemas, pero de eso se trata la dedicación, Astrid, y también tiene que ver con el aprecio que le tienes a esa persona.
— Es distinto. Las fiebres son temporales, pero yo quizás...
— No te mortifiques pensando en lo que podría haber pasado —continuó—. Ya está hecho, y Deuteros no va a estar enojado toda su vida. Como te digo, ustedes dos se parecen a Kardia y yo. No nos queda otra cosa más que solucionar nuevamente sus problemas, porque nos preocupamos por ustedes. ¿Crees que, de no apreciar a Kardia, seguiría teniéndole paciencia?
— Creo que no. Debe ser algo insoportable.
— No tienes idea —suspiró, soltando una risa que contagió a la griega—. ¿Te sientes mejor ahora?
— Un poco, sin embargo... aún me da algo de vergüenza.
— Eres una gran chica, Astrid. —Le puso una mano en la cabeza, revolviendo su cabello—. No te conozco mucho, pero me atrevo a decir que eres capaz de grandes cosas. Tus experiencias te han hecho más fuerte que muchos de nuestros compañeros, un poco de vergüenza no debe detenerte al enfrentar tus problemas.
— Habló el que se puso todo avergonzado luego de haber sido besado por una chica —se mofó. Dégel la fulminó con la mirada.
— Eso... eso no viene al caso.
Astrid se sintió como una niña siendo consolada por su padre. Sonrió mientras Dégel aún le revolvía el cabello, añorando que fuera su hermano quien lo hiciera.
— ¿Me perdí de algo?
Ambos se voltearon al mismo tiempo, encontrando a El Cid parado en la cubierta y mirándolos con una ceja alzada.
— No. —Dégel quitó su mano del cabello de Astrid y le dio unas palmaditas en el hombro—. Buenas noches.
— Buenas noches, Dégel —lo despidió ella. El francés se retiró hacia los camarotes, mientras que El Cid se quedó ahí.
— ¿Estás bien? —le preguntó. Astrid sonrió, ya mucho más segura.
— Sí, gracias. Ahora me siento mejor.
— Me alegro. —El Cid esbozó una pequeña sonrisa, la primera sincera que Astrid veía en él—. Deberías entrar. Hace frío aquí afuera.
— Pues tú eres el único que lo siente.
Él le sacó la lengua de forma infantil y luego entró. Astrid sonrió mientras se volvía a apoyar en los barrotes. Gracias a sus compañeros ahora se sentía más segura con respecto a la respuesta que le enviaría a Deuteros. No le contaría que había roto el sello, por el momento, pero sí le diría que tenía compañeros que se preocupaban por ella a pesar de conocerla poco, y que la aceptaban junto a sus defectos.
Y con una sonrisa en el rostro, volvió a su camarote.
