Adrien realmente quería preguntarle a Marinette que era lo que le sucedía. Pero su mente se nubló en el momento que entraron a McDonald's. Porque no había fila. Así que arrastró a su amiga a la fila, ambos corrían. Aunque ella iba algo cabizbaja, estaba perdida en sus pensamientos.
—Buenas tardes, ¿qué van a pedir? —preguntó la cajera.
El rostro de Adrien se iluminó. ¡Tendría pronto un Furby! Esos muñecos le encantaban desde que era pequeño.
—Hola. Yo quiero una cajita feliz, pero no me importa demasiado eso. ¡Quiero un Furby! Y de preferencia que sea amarillo, ¡como mi cabello! —exclamó emocionado, incluso daba algunos brinquitos —. Y para mi amiga un helado, un mcflurry con chubis. Y —se acercó un poco a la cajera —. Sé que se llaman M&M, pero a ella le gusta decirles chubis. No rompa su ilusión.
—De acuerdo... —la voz de la cajera solo demostraba desconcierto, además, la sonrisa de oreja a oreja del rubio podía resultar algo perturbadora. Era demasiada emoción para tratarse solo de un juguete.
Adrien estaba sacando su billetera, cuando la cajera le habló, consiguiendo que su buen humor desapareciera.
—¿No preferirías comer sin juguete? Quizás algún niño lo espera más que tú.
—¡¿Acaso me está diciendo viejo?!
Marinette no pudo evitar reír ante aquello. Ese grito la hizo volver a la vida. Estaba acostumbrada a estar en medio de las peleas de Adrien, que casi siempre eran solo por tonterías.
—Solo digo que quizás sea una mejor idea guardar el juguete para algún niño. Es una nueva política de la sucursal.
—¿Tienes idea de con quién te estás metiendo?
Marinette no pudo evitar recordar a su compañera de clases, Chloé. Ella cada vez que se molestaba inmiscuía a su padre en el asunto, y de ese modo se salía con la suya.
Era un dolor de muelas. Pero le resultaba siempre.
—¿Con un adolescente común y corriente?
Definitivamente ella no debió haber dicho eso. Sonrió al saber lo que pasaría a continuación. Era un poco obvio, pero siempre era divertido.
—¿Un adolescente común? —Adrien se permitió carcajearse un poco —. Usted está hablando con Dante Bourgeois. Soy sobrino del Alcalde André —la cajera alzó una ceja de incredulidad —. Vea esto.
Adrien sacó su celular y buscó entre sus contactos hasta que encontró el número del Alcalde. Se lo mostró, con foto y todo. Los ojos de la cajera estaban abiertos de par en par debido a la impresión.
—Yo...
Antes de que pudiera hablar, Marinette intervino.
—Y yo soy Denisse Agreste, soy pariente lejana de Gabriel Agreste, ya sabe. Él famoso diseñador. Y claro, de su hijo. Él reconocido modelo.
Adrien palmeó el hombro de su amiga, dándole apoyo. Ambos pusieron rostro enojado.
—Supongo que no le gustará que llamemos a esas personas en éste instante, solo porque usted le negó un Furby a un adolescente. ¿No? —preguntó Marinette cruzando sus brazos, en una pose altanera.
—Lo peor de todo es que no era para mí. Era para una fundación con niños que padecen cáncer, lo iba a donar. Pero usted solo me juzgó mal —sollozó Adrien.
Marinette lo abrazó de modo tierno y fulminó con la mirada a la cajera. La pobre intentaba esconderse, pero no tenía dónde. Para su mala suerte, ya todos los trabajadores estaban ahí, incluso él jefe de local.
—¡Ahora esos pobres niños enfermos se quedarán sin un Furby! —sollozó Adrien con voz fuerte, para que todos oyeran.
El administrador se acercó.
—No pude evitar escuchar todo este lío. Así que, en mí nombre quiero pedirles una disculpa. Por favor, no llamen al Alcalde o a Gabriel, deben tener asuntos más importantes que resolver. No es que esto no sea importante, claro. No se preocupen, tomaremos medidas. Ella será despedida.
El horror en la cara de la chica se hizo presente de inmediato. Adrien chocó los cinco con la azabache disimuladamente.
—Y como recompensa y disculpa, les daremos una bolsa con los ocho colores de Furby disponibles. De ese modo, no harán feliz solo a un niño, sino a ocho —Adrien dejó de sollozar —. Pueden sentarse. Yo especialmente llevaré sus órdenes a su mesa. Gracias.
—Gracias, jovencito. Personas como usted me devuelven la fe en la humanidad —agradeció Adrien de modo sincero —. Y en cuanto a usted, más le vale aprender a tratar bien a las personas, a mi juzgar. Además, le aseguró que soy más joven que usted.
Tomó la mano de Marinette y juntos se dirigieron a una de las mesas más apartadas de las cajas. Una vez que se sentaron, mentalmente contaron hasta diez y luego comenzaron a reír a carcajada limpia. Aunque intentando no llamar la atención.
—¡Te luciste con eso de que eres pariente de Agreste! —felicitó Adrien.
—¡Y tú con lo de André! Debiste ver su cara, pensé que se iba a desmayar.
Ambos continuaron riendo.
—¡Somos dinamita! —ambos chocaron los puños. Como cada vez que hacían una maldad.
—No entiendo cómo pudiste llorar de verdad, tienes un don.
—Cuando vives con una secretaria amargada, aprendes algunos trucos —respondió guiñando su ojo —. Sucede que cuando lloró, es más fácil que Nathalie me de permiso.
Marinette asintió.
—¿Debo suponer que te quedarás con todos los Furbys?
Los ojos de Adrien brillaron, contuvo los saltitos internos que querían salir.
—No. El rosado es muy femenino, te lo daré a ti.
—Vaya, qué caritativo.
—Tendrás uno, con eso ya debes sentirte especial. Aunque, bueno, tú siempre has sido especial para mí.
Hubo un momento de silencio incómodo. Adrien notó como las mejillas de la azabache se sonrojaban un poco, acto que consideró adorable.
Todo en ella era adorable, ¿para qué mentir? Ella era una niña preciosa. Aunque parecía desconocer su belleza, o simplemente no le interesaba.
Fue entonces cuando recordó algo.
—¿Ahora me dirás el porqué de tú reacción? Y no te hagas la tonta, me refiero al sujeto que viste y te hizo correr.
Marinette trago en seco.
—Pensé que lo habías olvidado.
—Cuando se trata de ti, no puedo olvidar nada.
