Descubriendo la pasión
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 6
Aviso: Yo imagino que las que leen en este foro habrán leído la trilogía y deben estar plenamente conscientes de este tipo de lectura, aún así, dadas las rarezas y paradojas que últimamente hay en este sitio, les extiendo la advertencia sobre el contenido de este capítulo que incluye escenas de sexo explícito, no en la misma magnitud de la historia original, pero sí de una forma detallada, espero que lo disfruten.
De pronto me vi sin saber qué hacer. No se me ocurrió que Christian pudiera aparecerse. ¡Estúpida de mí! A estas alturas yo debería saber de sobra que ese hombre busca cualquier pretexto para cruzarse en mi vida sin ser invitado.
José no parece darse cuenta de nada, sigue aplicándome el bloqueador solar por todas partes y Christian no me quita los ojos de encima, no puedo escapar de su mirada siniestra.
—José, creo que ya ha sido suficiente...—dije, queriendo escapar de la guerra que se avecinaba.
—Creo que ya has hecho suficiente por hoy, José.
Cuando Christian dijo eso, José por fin lo vio, la expresión de mi amigo era una mezcla de desconcierto y asombro.
—¿Y tú quien eres, amigo?—la última palabra la dijo en español.
—Yo soy el jefe de Anna, ¿y tú?
Me sorprendió escuchar a Christian responderle en un español perfecto y fluído, en sus palabras habían perfección y naturalidad, en definitiva, era un idioma que dominaba.
—Oh, así que eres su jefe... bueno, pero en estos momentos, Anna no está trabajando, ¿o sí?
Kate y Elliot se fueron convenientemete a nadar y ahí estoy yo, en medio de la extraña dísputa de estos dos hombres, con todas las neuronas en neutro.
—Christian, no tenía idea de que venías...
—Lo sé perfectamente.—su voz fue tan profunda, su mirada siniestra y su sonrisa enigmática me reducían a nada, sus ojos me queman.
—Anna, ¿te apatece nadar? El agua se ve divina.— capté el descaro de la propuesta de José.
—¿Qué te parece si te adelantas? Anna y yo tenemos algo pendiente.
Me pareció increíble la arrogancia y la prepotencia de Christian, aunque no sé por qué me empeño en sorprenderme...
—Disculpa, gran jefe, pero yo he sido quien ha traído a Anna, si no deseas estar solo, entonces debiste traerte tu propia acompañante.
José también tenía algo de prepotencia, era su juventud lo que lo llevó a desafiar a un hombre como Christian. Christian le retuvo la mirada desafiante, sonrió de lado, como si se tratara de un niñato insolente lo que tenía delante.
Siento escalofríos a pesar del sol vibrante y despiadado de esta tarde, Christian en bañador... con su cuerpo de infarto, su imponente altura, su torso, esos músculos y el cabello castaño que el viento comienza a alborotar, se le veía más jovial, más hermoso. Me fijo que en su pecho hay una cicatriz extraña, algo tenue ya con los años... parece un símbolo... vuelvo a sentir escalofríos...
—No pretendo quitarte a tu acompañante, José.
—Qué bueno, porque ya...
—No puedo quitarte algo que ya es mío.
Luego de eso, una fuerza despiadada me arrastró y el fuego de los labios de Christian está consumiendo mis labios en implacables llamas de pasión.
Sé que luchar contra él es inútil, sus brazos, su fuerza, su presencia, me tienen dominada, al igual que mi deseo y mis ganas... este hombre está despertando mis instintos más bajos, banales y primitivos.
Cuando Christian decide poner fin al beso, me siento mareada, desorbitada, siento que estoy sobre arena movedizas y entonces me topo con el rostro desencajado y sorprendido de José, mirándome como un niño derrotado, con el orgullo hecho pedazos y aunque mi cerebro aún no está funcionando en su totalidad, me siento terriblemente mal.
—No lo hagas, José, por favor.— Christian levantó el dedo como advertencia cuando José hizo un ademán para golpearlo, el puño de José se quedó unos segundos en el aire y después lo bajó, como un luchador vencido.
—¿Es en serio, Anna? ¿Estás con este tipo?—me reclama incrédulo, Christian me mira, como desafiando mi posible respuesta.
—José, yo...
—Ni siquiera tienes que responder.— me da la espalda y comienza a recoger sus cosas.
—Espera...
—¿Para qué? Que tu jefe te regrese a casa.
Se marchó sin más, yo no pude hacer nada. Y es que no entiendo nada. José nunca demostró sentir nada por mí... ¿por qué ahora?
—Ya lo superará.— la voz de Chistian me trajo de vuelta.
—¿Se puede saber por qué hiciste eso? No tenías ningún derecho... no tenías por qué someterlo a esa humillación... ¡Quién te crees que eres!—le reclamé con rabia, si hay algo que odio es la injusticia.
—Anna, entiendo que estés molesta, pero fue lo mejor.— me desconcertó su argumento.
—¿Cómo te atreves...?
—Mi dulce Anna, tú y yo sabemos que ese pobre chico no tenía ninguna oportunidad contigo, no te engañes.
—¡Tú no sabes nada!
—Era peor que le dieras esperanzas, en estas cosas es mejor ser directo.
—¿De verdad? ¿Y qué te parece si te vas directo al infierno?
—Sólo volvería allí si tú me acompañas.
Me sonrió y me atrajo hacia él, abarcando mi cintura en sus fuertes brazos, ahogándome con su esencia.
—¿Por qué me haces esto? Hay tantas mujeres por ahí...
—Tienes razón, hay tantas... ¿crees que encuentre otra Anna?—su sonrisa fue dulce, acarició mi rostro con tanta suavidad que estuve a punto de derretirme, a veces... se muestra demasiado gentil y no se cuál de sus tantas sombras me aterra o me gusta más.
—Puedes encontrar una que esté dispuesta a...
—Pero ya te encontré a ti, deja de pelear, Anna, sabes que eres mía.— me lo susurró al oído y me recorrió una corriente eléctrica, mis músculos vaginales se contrajeron, mi centro comenzó a latir placentera y dolorosamente, mis labios temblaban.
—Eso no es cierto... tú no puedes simplemente decidir que yo...
—No sigas desafiándome, Anna. No quisiera demostrarte aquí todo lo mía que eres.
Me volvió a besar, me acercó todavía más a su cuerpo, sus labios húmedos acariciaron mi oreja y mi cuello, sus manos se pasearon sutilmente por mi cuerpo y gemí en su boca.
—Detente, Christian, por favor...
—Muy mala idea, Anna, ahora no hay vuelta atrás...—no dejó de besarme y pude sentir lo excitado, grande y duro que estaba, involuntariamente, me comencé a mojar.
—Por favor...
—Me estás suplicando, Anna, eso no te conviene...
—¿Por qué?
—Porque has conseguido que te desee más.
Su beso vino con más furia, me ocultó tras una palmera, nuestro espacio estaba deshabitado, rozó mis senos y sentí que iba a morirme.
—Christian, por favor, por favor...—volví a suplicar con las pocas fuerzas que me quedaban, mi escapatoria era como una puerta pesada que se iba cerrando más rápido mientras más me acercaba.
Sentí que me levantó, mi cuerpo abandonó el suelo. No sé a dónde pretende llevarme, pero mi boca es incapaz de pronunciar ninguna protesta.
—¿Por qué me has traído aquí?— me llevó en sus brazos a lo que parecía una cabaña reservada.
—Porque no puedo hacerte mía en la playa, a la vista de todos.
Me quedo mirándolo con los ojos como platos, él parece muy calmado.
—No estarás hablando en serio...
—¿Te parece que bromeo, cielo?— me besó otra vez y llevó mi mano a su erección, tragué hondo.
—Esto es una locura... no puede estar pasando... no puedo hacer esto...
—¿Por qué no, Anna? Yo sé que lo deseas tanto como yo, ¿cuánto tiempo piensas que puedes ignorar esta pasión?
—¡Yo no quiero un día de pasión! No me he conservado para finalmente terminar en la cama de un tipo como...
—¿No me crees digno de ti?
—¡Por supuesto que no!
—Pero al tal José sí, ¿verdad?—me levantó la voz, por primera vez levantó la voz, como si al fin hubiera perdido el control de la situación.
—No lo entiendes, ¿verdad?—mis ojos estaban aguados.
—¿Qué es lo que quieres, Anna? Pídeme lo que quieras y lo tendrás.
—No puedo entregarme a un hombre que no podrá amarme, eso sería traicionarme a mí misma.
Amargas lágrimas salieron de mis ojos, quemaban mis mejillas y apretaban mi garganta con un dolor que iba atascando mis palabras.
Christian me acercó a él, su expresión no era prepotente ni arrogante, más bien, el encanto avasallante de sus ojos se había vuelto una sombra oscura y dolorosa. Enjugó mis lágrimas y besó mis ojos, mi frente, sujetó fuerte mi rostro, mirándome fijo y siguió besando toda mi cara.
—No puedo amarte, no porque no te lo merezcas, es que no puedo, no puedo amarte, pero... puedo hacerte feliz, puedo darte el mundo si lo quieres, tendrás tanto de mí, tanta pasión, mi fidelidad, no necesitarás amor, Anna...
—¿Cómo puedes decirme semejante cosa, Christian? ¿Cómo piensas que seré feliz cuando te canses finalmente de mí?
—No creo que eso suceda, Anna. Déjame demostrártelo...
Sus besos no me dejaron responderle, yo ya no sabía que más responder, todo alrededor desaparecía cuando él me besaba, ni siquiera me había fijado en lo bonita que era la cabaña, los besos de Christian tienen ese poder.
Su boca no está siendo agresiva, me está dando un beso muy dulce, con una delicadeza que nunca antes le había conocido. La pasión va creciendo y mi voluntad disminuyendo, lo que emana de Christian está absorviendo todas mis fuerzas.
Apretó mi trasero y mientras siento su erección rozar mi vientre, su beso se volvió un poco violento, marcó mi cuello y sentí morirme cuando sus dientes lo mordieron suave, me levantó y me colgó a su cintura, enrosco fuerte mis piernas alrededor de él y ese fue el momento en que perdí toda mi voluntad, dejé de ser mía para ser de Christian.
Me sacó el top del bikini, liberando mis pechos, con firmeza, retiró mis manos cuando el poco pudor que aún me queda intentó cubrirlos, negó con la cabeza, me recostó de una columna y sus manos comenzaron a acariciar mis senos, mi respiración se agita hasta reducir el aire, tomó mis labios y frotaba mis pezones con los dedos. Gemí, no podía dejar de hacerlo.
—Hueles divino, Anna.— Dijo con la voz ronca, me sentó sobre el mostrador y me bajó el bikini. Nunca había estado tan expuesta, pero estaba demasiado excitada como para pensar en nada. Acarició mis tobillos hasta llegar a mis muslos, me los separó mientras me besaba en la apertura.
—¿Qué vas a hacer?—pregunté nerviosa.
—Quiero probarte. Quiero conocer tu sabor, dulce Anna.
Cerré los ojos y mi cabeza se fue involuntariamente hacia atrás. Comenzó a besar mi entrepierna, sus dedos frotaron mi clítoris, jugueteaba con él y yo dejé de pensar, de respirar.
Cuando pensé que eso era lo más increíble que había sentido, su lengua entró en mí, lamía todos mis rincones y sus manos me apretaban fuerte las caderas y los muslos, luego subieron a mis pechos y mi boca comenzó a emitir gemidos tras gemidos.
—Christian, para ya...—tanto placer me debilita, le he pedido algo que realmente no quiero.
Él lo sabía porque no se detuvo, siguió dándome tanto placer hasta que todo mi cuerpo se comprimió, mis piernas que colgaban en sus hombros comenzaron a temblar mientras yo me iba derramando en su boca que no paraba de acariciarme allí.
—Ahora, voy a hacerte mía.
Aún temblando, me cargó hasta una habitación y me colocó sobre una cama grande de sábanas blancas. Mi cuerpo desnudo y aún con los efectos de la satifacción divina que él me dio está tendido sobre esas suaves sábanas. Me está mirando con su habitual seguridad mientras se deshace del bañador y fue impresionante verlo.
Este hombre es tan perfecto. Su enorme pene me excita, pero me causa un temor horrible a la vez. Si la primera vez es como me han dicho, no creo que pueda caminar en días...
—Te has asustado, ¿por qué?— vino hacia mí y de pronto la cama se volvió pequeña.
—Es que... presiento que me vas a destrozar...—una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Anna, mi dulce niña...
Buscó mis labios y suavemente acariciaba mi cuerpo, encendiéndome una vez más. Estoy tan sensible que me vuelvo a mojar y excitar inmediatamente, a pesar del temor que me produce saber que muy pronto Christian estará dentro de mí y yo lo dejaré lastimarme física y emocionalmente para vivir algo que no podré igualar jamás.
—Tienes un cuerpo tan divino, me enloqueces, Anna.
—Eso no es verdad...
—¿Sabes que es lo que me enloquece más?—tomó uno de mis pechos y lo chupó.
—No...
—Tu inocencia, tu deliciosa inocencia...—subió hasta mi boca y dejó en mis labios un beso ligero y suave, adoro su olor único y embriagador.
Lo abracé y besé su cuello, lo sentí temblar, volví a ver aquella cicatriz... era un símbolo que se había hecho a fuego, era pequeño, pero estaba ahí. Fui a acariciarlo con mi dedo, pero él me detuvo en el intento y en cambio, besó mi dedo.
—¿Qué representa esa marca?
—Nada ya.—respondió evasivamente y metió sus dedos dentro de mí.
—De verdad quiero saber...—dije entre gemidos.
—Ahora no, Anna.—suspiró y su tono fue contundente.
Christian se colocó sobre mí, buscó mis labios de forma hambrienta y desesperada, yo sabía que ya había llegado el momento. Respiré profundo y le mordí los labios, él entró en mí, de una, pude sentirlo hasta en la garganta, un dolor que ardía y un grito que se ahogó en su boca.
Sus besos y sus caricias eran reconfortantes, pero su penetración era precisa y firme, estaba haciéndome suya, me llenaba entera y eso a la vez me encendía aunque el dolor era casi insoportable.
—Christian... me duele...
Detuvo sus besos un momento y me miró, no pude evitar las lágrimas, mi rostro se inundó de ellas y aunque Christian se había dejado de mover un momento, seguía dentro de mí.
—Lo sé.— dijo y besó mis lágrimas, mis labios, me abrazó fuerte como para darme más calor.
—No creo que pueda continuar...—más lágrimas salieron de mí y me mordí los labios con cierta vergüenza, realmente quiero continuar y aunque siento un placer que no entiendo, el dolor no se aplaca.
—No llores, preciosa, no hagas eso.
—Pero es que...
Tomó mis pechos otra vez, los besó, los acarició y los chupó, me encontré gimiendo nuevamente, más excitada que antes, clavé las uñas en la espalda de Christian. De pronto, sentí que él me levantaba por las caderas y entró en mí tan fuerte que elevé un grito, pude sentir el desprendimiento completo de mi virginidad y lágrimas calientes volvieron a bañar mis mejillas.
—Ya no te haré llorar más, te lo prometo.
Volvió a mis labios, no paraba de moverse dentro de mí, cada vez más rápido, más fuerte, y aunque el dolor me escosía, los gemidos roncos de Christian, esa firmeza con la que entraba y salía de mí me excitaba, mi interior se había ensanchado un poco más para él, el grosor de su pene me satisfacía, no dejaba espacios vacíos, me llenaba toda. Sentí a Christian apretarme fuerte, su pene contraerse y comprimirse dentro de mí, esa sensación debió tocar puntos débiles en mi interior porque me hicieron terminar una vez más, entre lágrimas, me vi sonriendo, de puro placer, de pura satisfacción.
Sentí su cuerpo poderoso temblar, las violentas sacudidas de su pene dentro de mí mientras se venía, sentí su semen caliente, luego, se desplomó sobre mí.
Continuará...
¡Hola!
Perdón por el abandono, espero que lo hayan disfrutado, gracias por sus comentarios y hasta pronto!
Wendy
