III

«La madreselva simboliza la amistad, la fraternidad y el perdón»

—¿Muestra gratis?

Una mujer llamó su atención. Antes de girar sobre sus talones, Ray apretó los labios en una fina línea, escondiendo la sonrisa que había comenzado a tirar de sus facciones nada más reconocer el timbre de la voz femenina. Acababa de pasar de largo, sin distinguirla. Usaba el tapaboca blanco reglamentario, guantes de látex y una cofia de tela rígida color rojo. Sus gafas eran los mismos rectángulos enormes de la primera vez y el moño contenía hasta el mechón más rebelde de su cabellera a la altura de la nuca. El uniforme le venía holgado, aunque corto en las mangas.

La joven bajó el tapabocas, descubriendo una sonrisa que Ray ya había distinguido porque le iluminaba los ojos y ponía un color en toda su persona que la volvía, ahora, imposible de ignorar. Los nervios hicieron presa de él. Había planeado en detalle ese encuentro. Y hoy, como la tarde en la cafetería, todo lo había olvidado de repente. Su mente trabajaba a marchas forzadas y no tenía idea de cómo actuar de manera natural para no despertar en ella la sospecha de que sus encuentros fortuitos y su tentativa de amistad implicaban más de lo que podía imaginar.

«Mírate, estás temblando. ¿No es adorable?»

Ray quiso disimular, sin éxito, la sacudida de cabeza con la cual intentó ahuyentar la voz cruel detrás de sus pensamientos. Pestañeó, dándose cuenta de que ella estiraba un brazo en su dirección. Al inhalar, recolectó sus pensamientos. En el pasillo subsistía una cierta calma matutina. El frío de los refrigeradores, al otro lado, se colaba debajo de su ropa y torturaba su figura delgada. Logró capturar las últimas palabras del anuncio que resonaba a través de un altavoz, el sonido estridente de una voz de mujer. El dolor de cabeza era una amenaza constante, pulsando detrás de sus ojos, pero este no era el momento para huir perseguido por el dolor. Con un movimiento carente de gracilidad, alcanzó el vasito de papel que contenía una prueba gratuita de café. Una pequeña cantidad del líquido se derramó por el borde.

—Este es tu empleo... —Su oración perdió el tono de una pregunta mientras alternaba la vista entre la mujer y el pequeño reguero de la bebida caliente en su mano.

Ella se apresuró a extenderle una servilleta. Le quitó el vasito, lo puso sobre el exhibidor y procedió a limpiarle los dedos y a inspeccionar que no hubiera sufrido una quemadura. Aparte de la sensación desagradable y un leve enrojecimiento, Ray estaba bien; tan bien como podía aspirar a estarlo. Se mantuvo rígido, procurando controlar el temblor de su muñeca y envidiándole aquella serenidad al, prácticamente, invadir su espacio personal sin dar señas de sentirse sofocada.

Así de cerca, el olor de algo herbáceo, como eucalipto o menta, inundó el olfato de Ray.

—Te dije que trabajaba en el autoservicio. ¿Qué has pensado? —inquirió tras un brote de esa risa cálida y franca—. No me digas, ¡me imaginaste detrás de un escritorio o como una cajera! Agradezco el voto de confianza, pero recién salí del equipo de limpieza. No es un trabajo lindo —parloteó alegremente e incluso hizo una mueca de asco fingido—. A veces me dejan encargarme del inventario. Soy buena con los números, ¿te lo dije? No soy buena en muchas cosas, así que me gusta sentirme orgullosa de lo que hago bien —puntualizó de manera significativa (como si quisiera decirle algo más con aquella réplica), empujando las gafas con el dedo índice. Después, desechó la servilleta y lo miró a la cara—. Ya está, ¿te duele?

—No —respondió Ray en voz muy baja, fijándose en la zona afectada—. No mucho. Está bien —matizó—. De todas formas, he sido muy torpe, así aprenderé.

Al levantar la cabeza, se dio cuenta de que ella fruncía el ceño. No recordaba haberle visto un semblante tan serio.

—Ha sido un accidente —señaló, observándole con algo que no alcanzaba a ser sospecha tanto como preocupación—. Todos cometemos errores.

No.

—Claro, tienes razón —concedió Ray, tratando de empujar, de vuelta a su origen, la desesperación bullendo poco a poco en su interior.

No. Es demasiado pronto para arruinarlo.

Un destello de confusión surcó el rostro femenino. Ladeó la cabeza, apretando los labios en una mueca tierna que le restaba edad.

Sus facciones se habían suavizado, aplacando así el remolino de angustia que había estado cerca de engullirlo.

—No pienses que soy raro, por favor.

—Pero desde el principio he pensado que eres raro.

Sin sonreír, estiró una mano para apoyarla en su hombro. Titubeó un instante, sus largos dedos moviéndose rápidamente justo sobre la tela de su camisa, apenas rozándolo. La expectación hizo que algo se retorciera dentro de Ray y no de una manera desagradable.

Al final, sintió el peso de su mano, acompañado de un tenue apretón. Él no pudo reprimir un suspiro.

—Raro está bien para mí, es solo que a veces hablas como si...

Se interrumpió y fijó su mirada en la de él. Buscaba algo, quería rastrear el motivo de la curiosidad que sentía hasta su matriz. Ray temió que pudiera meterse en su cabeza y oír las voces. Oír los secretos. Era un miedo estúpido, desde luego, pero no pudo ser racional. Desvió la mirada y ahogó otro suspiro que ella debió malinterpretar, a juzgar por el carraspeo incómodo y la velocidad que tuvo al soltarlo, como si de pronto quemase.

—Vaya, pero si la rara soy yo. ¡Lo siento! —se disculpó riendo e intentando distraer las manos acomodándose la cofia—. Hemos hablado un poco por teléfono estos días y estuvo lo de las fotografías, fue un bonito paseo, pero esto... me extralimité, ¿cierto? Siempre he sido un bicho raro. Siempre. Uh, solían decírmelo mucho en casa. "¿Sabes a dónde llevan a los bichos raros? ¡Al manicomio!" Hmm. Me acordé de eso. ¿Es un poquito tonto? Le tuve miedo al psiquiátrico toda mi infancia —rio, pero esta vez fue una especie de cacaraqueo al que había intentado imprimirle ánimo a la fuerza—. No temas ser un bicho raro mientras estoy cerca, porque siempre te llevaré ventaja en el tema. —Carraspeó y luego siguió golpeteando con la uña de su dedo índice el cristal de sus gafas—. Woah. Qué incómodo. Olvida lo que dije. Todo.

—¡Señorita Park!

La aludida pegó un saltito al mismo tiempo que se mordía el labio inferior en un mohín alarmado. Una voz masculina demandaba su atención. Ray se volvió hacia el hombre, anunciando su desprecio al encumbrar una ceja. Se trataba del gerente del establecimiento, si su ropa y su actitud, mientras avanzaba hacia ellos, le decía algo.

—Señor —replicó ella, girando sobre sus talones—. Teníamos un cliente insatisfecho. Teníamos. No más, me he encargado. —le aseguró fingiendo orgullo. La mentira venía ataviada de una actitud que Ray podía asociar con mayor facilidad a la mujer. Una especie de alacridad de ingenio que podía confundirse con cinismo porque quizá, en el fondo, lo era.

El encargado la contempló inexpresivo. No se lo había tragado. Ray especuló que debió haber estado observado las cámaras de seguridad.

—Encárgate de tu puesto o volverás a limpiar baños más pronto que tarde.

—Tarde, que sea tarde, por favor... Uh, ya mismo regreso, jefe —se sometió, llevándose dos dedos a la frente para imitar descuidadamente un saludo militar. El hombre suspiró, sacudiendo la cabeza y optando por alejarse, no sin antes darle otra advertencia. Cuando el gerente desapareció al dar la vuelta en un pasillo, ella se volvió con una expresión contrita—. En serio, lo siento. Por la rareza y... por tocarte y... ¿por todo? Ha sido bueno verte, Ray. Gracias por venir. —Él se apresuró a abrir la boca para desmentir aquella aseveración sobre la naturaleza del encuentro. Sin embargo, ella sacudió la cabeza, sonriente—. No hace falta, de veras. Ha sido tierno que intentaras fingirlo, pero no hace falta. Yo he estado conduciendo todos los días por la misma calle de esa tarde. No estoy segura de que este interés mutuo sea muy bueno, pero no es algo que se pueda evitar.

«Ella ha estado conduciendo por la calle de esa primera (y segunda) vez todos los días.»

Inevitablemente, Ray enlistó:

Esta mujer guardaba una fotografía suya en un álbum y dos veces le había conminado a abrazarle durante los viajes en aquel vehículo al que llamaba Sweet Pea aunque el contacto físico parecía ser una especie de desafío para ella. Su cabello olía a algo fresco, hierva recién cortada. Y su piel tenía una nota limpia, jabón. Incluso había detectado un tenue aroma a café.

Ray, luego de aquellos encuentros, se había quedado con la impresión más extraña: atónito, curioso y férvido, pero también relajado, invadido por una especie de cansancio que no se parecía al que sobrevenía luego de todas esas horas frente al ordenador. Dormía mejor si el agotamiento estaba relacionado con la joven Park.

Park.

Ray solo pronunciaba un apellido, incluso en la intimidad de sus propios pensamientos, por no traicionar la promesa que le había hecho de nunca articular el nombre que su madre le había otorgado. Lo odiaba y en sus ojos algo se enfriaba cuando se ponía a pensar en ello.

Ella, un poco ojerosa por la vigilia a la que se sometía en nombre de las pesadas lecturas y revistas de ciencia, le enviaba mensajes a mitad de la madrugada, preguntando sobre fórmulas químicas (que él se apresuraba a investigar para no perder tema de conversación), explicándole acerca de supersimetría como si cualquier cosa o demandando conocer los pormenores del lenguaje de programación para luego decir que ser un robot, por fuerza, debía ser solitario.

La señorita Park, de ojos como la champaña y blusas de cuello alto en verano, tomaba fotos borrosas, muy extrañas, de las flores que hallaba en su camino porque le recordaban a él y su gusto por la jardinería. Después de que Ray tuvo un episodio lamentable tras beber el elixir, ella había enviado la fotografía de una gardenia; desde entonces todos los días recibía la imagen de una flor diferente y una serie de preguntas al respecto.

A ella, la chica sin nombre que no encajaba aquí y dudaba que hubiera encajado de aquel lugar que le ponía el corazón enfermo de nostalgia, a ella le gustaba el helado de caramelo y básicamente cualquier tipo de golosina.

Desgarbada y en ropa anticuada, extrañaba las carreteras alemanas y nunca hablaba de la razón por la cual, con su vocación de científica, no había concluido la universidad, saltándose años de su vida cuando se trataba de contar alguna anécdota al respecto.

Ella y el genuino interés que iluminaba su cara (cuyo tono algo bronceado delataba un poco de esa vida de la que no estaba tan dispuesta a hablar), cuando Ray hablaba de jardinería o de las cosas simples en las que solía encontrar una belleza más allá de las palabras.

Nadie le había escuchado como ella en mucho tiempo, con los ojos fijos y la cabeza un poco ladeada, consagrada solo a lo que él tenía que decir en ese preciso instante. Ray se sentía más libre, más querido y mucho menos inútil bajo la mirada ávida de una niña jugando a ser científica. A veces, incluso se le ocurría que ella profesaba una curiosidad más bien peligrosa por él; que, si se descuidaba, la voluntariosa señorita Park aprovecharía para diseccionarlo y estudiarlo a su gusto.

Ray no quería pensarlo mucho, pero presentía que él mismo le alcanzaría el bisturí si las cosas llegaban a eso.

¿Las cosas podían llegar a eso?

En el fondo, esperaba que sí.

—Nosotros podemos ser amigos. ¿Te...? —Ray tragó saliva con esfuerzo, aspiró lentamente y compuso la mejor sonrisa pacífica que pudo—. ¿Te gustaría ser mi amiga?

No obtuvo una respuesta inmediata. Se había quedado paralizada, como si él hubiera dicho algo muy grave (Ray retorció los dedos, ansioso, quizá había dicho algo raro, incluso para sus estándares). La fijeza de su mirada se vio enturbiada por algo acuoso que se parecía (oh, por favor no) a las lágrimas.

—Suena bien —susurró con emoción contenida—. Nadie me había propuesto ser su amiga. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve un amigo. —Sus labios se fruncieron en apoyo a lo que decía.

—Yo nunca tuve uno —confesó Ray, rascándose nerviosamente el codo izquierdo.

Reprimió el impulso de acercarse de nuevo a ella y pasar la yema de los dedos por la comisura de sus ojos, de donde las lágrimas no habían logrado escapar.

—¡Gracias! —dijo parpadeando muy rápido, si saber qué hacer con sus brazos que, desde donde Ray podía verlo, querían estrecharlo. Él se preguntó por qué no lo hacía, pero no comentó nada—. Va a llevar tiempo sacudirnos lo de bicho raro asocial. Pero a que es emocionante, no seremos más como los niños que se sientan solos en el almuerzo porque nadie les habla —festejó con una expresión de emoción tal que entibió el corazón de Ray—. ¿Te parece quedar para comer? Me dan media hora, no es mucho, pero si comemos rápido todavía tenemos tiempo de ver algunas tiendas en el centro comercial. ¡Hay algo que quiero mostrarte!

Ray se halló pensando, con hilaridad, que tendría que dejar de hablar para poder comer y que, por lo que veía, esa iba a ser la parte difícil.

—Siempre hablas muy rápido... —La joven calló, abrió mucho los ojos e hizo un mohín gracioso. Ray sonrió con suavidad, le gustaba que ella no se ofendiera cuando realizaba observaciones honestas. Como su declaración podría entenderse mal, se apresuró a explicar—. Está... bien.

Estaba muy bien, de hecho. El parloteo de esta chica lo hacía sentir mejor. Hablaba muy rápido y a veces su fuerte acento extranjero regresaba. Mezclaba palabras de su lengua materna con un coreano fluido, pero bajo. Solía, también, marcar un tono más agudo cuando se emocionaba y ese era el detalle que delataba su nerviosismo mejor que cualquiera de sus muecas.

Sonrió para sí mismo. Eso no se lo diría, aquellos hábitos los guardaría dentro suyo, buscando encajarlos en el rompecabezas que era la amistad que se estaban prometiendo el uno al otro.

Le complacía la posibilidad de ser la única persona capaz de reconocer sus pequeños guiños, las inflexiones de su voz, los ademanes que traicionaban sus pensamientos. La exclusividad lo hacía sentir bien, era un lujo que casi nunca había tenido.

—Ya —musitó ella, descolocada. Sacudió la cabeza, tratando de ahuyentar cualquier que fuera el pensamiento dándole problemas—. Entonces, ¿te veo a las tres?

—Por supuesto, señorita Park.

Iba a ser interesante.

El problema, llegó a pensar mientras la observaba hablar con un cliente... El problema era que su curiosidad, a medida que la conocía, no hacía sino crecer, cuando tendría que estar haciendo justamente lo contrario.

El problema era que lo estaba atesorando todo.

Y que un día, él no podía saberlo, iba a olvidarlo todo también.