Capítulo 5: "Respuestas"

Un molesto rayo de sol la despertó esa mañana, esos que se cuelan por las rendijas de los postigos y te encandilan la vista, tan molestos como una mosca en la habitación, zumbando sin cesar cerca del oído. Se volteó algo irritada por su repentino despertar, y no ocurrió ni siquiera un segundo en su mente cuando recordó la noche anterior en el restaurante… Ya no podría conciliar el sueño, eso estaba más que escrito. Estiró su mano con pereza para alcanzar el reloj despertador muggle de su mesita de noche: Ocho de la mañana. Refunfuñando por lo temprano que era, se levantó sin ánimos, calzándose las pantuflas y una bata de terciopelo color beige. Salió de su habitación arrastrando los pies, directamente al baño. Al encontrar su reflejo en el espejo frente al lavabo, más recordó la cena de anoche. Tenía el maquillaje completamente arruinado, sus mejillas poseían surcos de color negro a causa del rimel y las lágrimas derramadas y sus labios estaban rojos, manchados por el lápiz labial, como si hubiera besado desenfrenadamente.

Besado, ja. Esa idea le produjo un ataque interno de risa irónica. En sus berrinches con la almohada el día anterior se trató mal, tan mal que se dio cuenta lo patética que era, el último beso que había dado fue uno de los últimos días en Hogwarts, con ese hombre que la hacía sentir tan miserable. Con ese hombre que la había humillado como mujer, que la había basureado, del que dependía su estabilidad económica a causa del proyecto en el que tanto había trabajado, invirtiendo tiempo y esfuerzo. Ese maldito hombre, que seguía despertando en ella esas mariposas idiotas en la boca del estómago a pesar de todo lo que le había hecho tiempo atrás.

Pero tenía a su Emily, que aunque fuera el vivo reflejo del tarado Draco Malfoy, era quien alegraba sus días y la alentaba a seguir viviendo.

Antes de meterse a la ducha, fue a la habitación de su pequeña hija, caminando por el pasillo hasta su cuarto. Ella seguía durmiendo, generalmente se despertaba como a las nueve de la mañana, tenía algo de tiempo para ocuparse de ella y preparar el desayuno. Arropó a la niña de manera cuidadosa y se dirigió nuevamente al baño, necesitaba una ducha de agua tibia para relajar los músculos tan tensionados de su espalda y de su cuello.

OoOoO

Draco no había podido dormir en toda la jodida noche. Ni siquiera regresó a su casa, se quedó en el penthouse del restaurante fumando todos sus cigarrillos y bebiendo lo que quedó de champagne. Sabía que no estaba borracho, Draco Malfoy conocía sus límites, pero el alcohol estaba comenzando a actuar por él inevitablemente. Se dedicó prácticamente toda la noche a mirar la fotografía de aquella niña en la cartera de Granger. ¿Quién se supone que era? ¿Su sobrina, su hija? Sabía que la castaña no tenía hermanos y que sus padres habían muerto en un trágico accidente, y sabía también que no estaba casada, por lo que no podía ser su hija.

'Eres un estúpido, Draco. No se necesita estar casado para tener hijos. Eres el vivo ejemplo de eso' – se recriminó.

Pero… nada encajaba. Esos rasgos, esos ojos, ese cabello, todo… Esa niña podría ser perfectamente su hija también, pero la idea era completamente absurda, descabellada. ¿Él acostándose con Hermione Granger, más aún en el colegio? Tenía que ser una coincidencia.

Una coincidencia de muy mal gusto.

Sin embargo, dentro del abanico de posibilidades que tenía, la idea no era tan absurda después de reflexionarlo un poco más. Dentro de las pocas pistas que poseía, sabía que tenía una hija (de sexo femenino), que la madre de ella era una bruja hija de muggles y que era contemporánea a él en el colegio, agregando también que era imposible que fuera una Slytherin, así que le quedaban tres casas por descartar… Esto se estaba tornando color de hormiga. Pero, según sus averiguaciones, muchas brujas contemporáneas a él tuvieron hijos luego de salir del colegio. Así que aún tenía una posibilidad de no haberse acostado con su peor enemiga de la infancia.

Todo era muy confuso, le hubiera encantado ir y sonsacarle la verdad a la estúpida de Parkinson. Pero prometió que él lo averiguaría por sus propios medios, y así sería costara lo que le costara.

Miró la hora en su carísimo reloj de bolsillo, de plata con incrustaciones de esmeralda. Eran casi las ocho de la mañana, tiempo suficiente como para ir a cambiarse esa ropa con olor a alcohol y vicios, y hacer la buena acción del día.

OoOoO

A pesar de todo lo ocurrido la noche anterior, Hermione no se sentía tan mal. La ducha tibia que se acababa de dar le había refrescado hasta el alma, le hubiera gustado, de hecho, quedarse toda la mañana bajo el agua temperada, disfrutando del exquisito tacto que le ofrecía el vapor. Pero tenía deberes de madre y de dueña de casa, gracias a Merlín era Domingo. Se vistió de manera deportiva, después de todo tenía que asear la casa, lavar la ropa, y una que otra tarea doméstica adicional, la idea le encantaba, a ella siempre le gustó mucho limpiar, más aún cuando eso significa poner la mente en otro lugar que no fuera en ese canalla hurón albino.

Ya eran casi las nueve y Emily no despertaba aún, le quedaba algo de tiempo para desayunar tranquilamente. Recogió su cabello en una coleta alta mientras se dirigía a paso rápido a la cocina. Comenzó a tostar algo de pan integral mientras que el agua hervía en el fogón de la esquina.

A pesar que el día era tan bueno y prometedor, no podía dejar de lado todos los problemas que la acongojaban. Con todo lo que Malfoy sabía, más temprano que tarde descubriría la verdad, toda su verdad. Y eso sería realmente terrible…

Tal vez… debería decírselo. Quizá era lo mejor para ella y para Emily.

El humo de las tostadas la sacó de sus pensamientos, les untó mantequilla a las que estaban listas y prosiguió a preparar su café. Cuando se disponía a colocar el agua hirviendo dentro del tazón, escuchó el timbre de la puerta sonar.

Tenía que ser Ginny, la muy cotilla no se aguantaría hasta más tarde para saber qué había pasado con Malfoy.

Siguió preparando su café sin siquiera inmutarse, tratando de que Ginny pensara que no estaba en casa, ella le dijo alguna vez que si no abría la puerta al tercer timbrazo no se encontraba. No era que no quisiera ver a su amiga Ginny, de hecho le debía muchísimo, pero necesitaba estar a solas ese día, tenía que reflexionar para no cometer ninguna estupidez de la cual no se podría arrepentir.

Le puso un par de cucharaditas de azúcar al café. Sonó el timbre nuevamente.

Hermione se sentó en la pequeña mesa de la cocina con su humeante tazón de café y unas cuantas tostadas recién hechas, el sólo cuadro le abrió el apetito.

Tercer timbrazo. Al fin se iría esa pelirroja cotilla.

Abrió "el profeta" para revisar las noticias mientras mordía una crujiente tostada. Era increíble como después de tanto tiempo Harry seguía acaparando páginas de todos los medios.

Sonó un cuarto timbrazo. No era Ginny.

La castaña limpió su boca con una servilleta y dejó el periódico a un lado de la mesa. Se levantó de su asiento y caminó por el pasillo contiguo a la cocina para abrir la puerta a quien sea quien la estuviera interrumpiendo. Tal vez estaba muy distraída para ver por el ojo de la puerta, pero al abrirla, su apetito la abandonó, las mariposas volvieron, y un inevitable sudor frío le recorrió la espalda, haciéndola temer.

Draco Malfoy.

Se quedó un momento estática, paralizada, sin saber exactamente qué decir o qué hacer. En un segundo miles de posibles causales de la visita del rubio cruzaron su cabeza. No le gustaba el proyecto, o tal vez si… o tal vez descubrió a Emy…

No. No podía ser, por favor que no fuera lo último. Prefería lo primero.

-¿Me vas a dejar acá toda la mañana? – Preguntó Draco, haciéndose el ofendido.

-Lo siento – espetó la castaña, avergonzada – Pasa… disculpa el desorden, después de desayunar me disponía a limpiar.

-¿Aún no desayunas?

-Err… La verdad estaba en eso, pero…

-Una taza de café no me vendría mal.

Hermione resopló y refunfuñó para sus adentros. Ese maldito Malfoy estaba en plan incesante de arruinar su día, más bien, su vida.

-Sígueme a la cocina.

La casa que Hermione heredó de sus padres era bastante grande, cómoda y linda. Pero inevitablemente al tener a Draco Malfoy como invitado sorpresa era una condición adicional. Pensaba irremediablemente que el rubio se reía internamente por la casa que ella tenía.

'Claro, como el hijo de papá tiene la mansión más grande de todo New Castle…"

-¿Está bien si me siento aquí? – preguntó él.

-Ah, si. Enseguida te prepararé el café.

Veneno. Eso era lo que necesitaba. Algo así como cianuro para mezclarlo con la cafeína. O al menos algo que le hiciera un daño considerablemente grande o le diera amnesia temporal. ¿Por qué tenía ese maldito albino que complicarle tanto la existencia?

-Aquí tienes – la castaña le ofreció una tasa de café - ¿Te gusta con leche?

-Así está bien.

Ella se sentó al lado contrario de la mesa cuando ya tenía listo su desayuno. Quiso concentrarse en las tostadas o en su café, pero el hambre ya la había abandonado dejando un hueco horrible en el estómago. Vio al rubio abrir el periódico que había sobre la mesa, sereno, tan tranquilo, que llegaba a exasperarla…

-Ese cara rajada, sigue colgándose de la fama de su cicatriz para salir en portadas – pronunció.

-Si sale en los medios es porque es buen funcionario del ministerio y un excelente jugador de quidditch. – Atacó la ojimiel. Draco levantó la vista y la miró a los ojos. Ella desvió la mirada.

-Si así fuera, saldría en alguna noticia relevante a su trabajo o al deporte. No en reportajes idiotas sobre su vida privada.

-Al menos no sale todos los días en las páginas de vida social – volvió a apuñalar ella, él arqueó una ceja, sin inmutarse.

-No te pongas tan a la defensiva Granger, que no estamos en el colegio.

Es verdad, ella pensó por un momento que… bah, tonterías. Sólo quería acabar con esa incómoda reunión lo antes posible. Levantó la vista nuevamente y lo divisó beber su café, sin dejar de mirarla a los ojos. Todo eso era bastante familiar. Mucho para su gusto. Se sentía demasiado amenazada.

-¿A qué se debe tu agradable visita? – Preguntó, tratando de sonar lo más complaciente posible- ¿Se trata del proyecto?

-No, Granger – sacó de su abrigo un pequeño bolso de mano cuadrado. Ella lo reconoció inmediatamente. – Se te quedó anoche en el restaurante, deberías tener más cuidado.

Hermione lo recibió un poco apenada por dar tantos problemas, y también bastante aliviada porque no fuera por Emily. Tal vez su día no estaba del todo arruinado. Sin embargo, la presencia del heredero Malfoy la seguía inquietando en demasía, y aunque ella sabía que no había preguntas sobre Emily, ni negativa para el proyecto en que tanto había trabajado, todo era bastante incómodo. Comenzó a beber por inercia su taza de café y a mover compulsivamente la pierna bajo la mesa. Sólo quería que él se largara rápido.

-Tranquila, Granger. Termino mi café y me iré. Tengo asuntos que atender – pronunció el rubio con voz cancina, como si le hubiera leído la mente.

-No es…

-Sé que te inquieto. – Dejó la taza sobre la mesa, lentamente – Después de todo estás desayunando con alguien que no te agrada en lo absoluto, aunque en un futuro no muy idílico pueda ser tu jefe.

Hermione no podía más. Tanto resentimiento, tantas lágrimas derramadas por él, tanto sufrimiento y noches en vela cuidando a la hija de ambos que era más de suya que de él, al parecer. Y él se hacía el idota, o era idiota más bien dicho. Supuestamente buscaba a una mujer con sus mismas características, buscaba a una hija perdida. ¿No se le había ocurrido pensar que la noche que pasaron juntos en Hogwarts, podía haber tenido resultados? 'Diez puntos menos para Slytherin, por no saber nada de biología ni reproducción humana. Por ser un zopenco, víbora, mentiroso, petulante, y tantas cosas más…'. Pero se lo tenía que tragar. Tenía que tragarse todos sus benditos insultos, se tenía que aguantar más de un año de rabia acumulada. Se tenía que aguantar la impotencia que sentía cuando se imaginaba a Draco Malfoy contándole a todo Slytherin que se había follado a la sangre sucia y sabihonda Gryffindor, aguantarse todo lo que significó para ella sentirse denigrada de esa manera. Porque finalmente él siempre ganaba, y eso es lo que más le dolía. No poder nunca hacer nada contra Malfoy.

Tenía muchísimas ganas de tener un giratiempo lo suficientemente poderoso como para retroceder a tercer año, y disfrutar con más gusto la senda bofetada que le dio.

Lo miró unos instantes, tratando de transmitirle todos sus sentimientos con un simple encuentro de pupilas. Estaba tan malditamente calmado que le exasperaba. ¿Qué tenía ese hombre en vez de corazón? ¿Hígado, vísceras? ¿Cómo podía siquiera aparecer en la casa de la mujer a quién le jodió la vida irremediablemente? Si, bien, él no sabía que tenían una hija en común, pero jugó con sus sentimientos descaradamente, y después 'si te he visto no me acuerdo'. ¿Cómo se puede ser tan canalla, tan sinvergüenza? Y por más que ella lo miraba, a esos ojos grises, los mismos ojos de su pequeña Emy, no encontraba ningún tipo de remordimiento, ni el más mínimo.

Canalla.

Estaba frente a un maldito canalla, el padre de su pequeña hija. En su propia casa. Tomando desayuno como si no hubiera pasado nada, como si fuera una agradable mañana de Domingo en familia. Canalla, canalla y mil veces más canalla.

Ya no aguantaba. Tenía que decirle todo. Tenía que hacerle saber que era el peor ser humano en la faz de la tierra. Se levantó, hecha una furia, casi tirando la taza de café frente a ella, dispuesta a increparlo, a decirle todo lo que se había guardado… A la mierda el proyecto, a la mierda todo. Podría conseguir otro empleo, podía sacar adelante a su pequeña, pero no se quedaría con las ganas de escupirle a la cara todo el daño que le había entregado a su vida, que era un miserable que no tenía corazón…

Él la miró. Con verdadera sorpresa expresados en sus ojos de mercurio.

Y fue ahí cuando la escuchó. Un llanto de bebé se oía desde el segundo piso. Emily había despertado, y con ella el miedo a que Draco la descubriera. Hermione abrió los ojos como platos, sin saber exactamente qué hacer. Malfoy la siguió mirando, como esperando a que ella hiciera su siguiente jugada.

-Espérame aquí, no tardo – pronunció la castaña, su rubor había abanado súbitamente sus mejillas, realmente estaba asustada de que él pudiera darse cuenta de la situación.

Subió las escaleras a toda marcha, entró a la habitación de Emily y la vio llorando, pequeña e indefensa en su cuna. La tomó entre sus brazos, dándole la espalda a la puerta.

-No llores Emy, por favor – la meció suavemente para que la bebé no siguiera llorando, más sin embargo no habían resultados – Tranquila mi amor…

Hermione meció a la niña unos momentos para tratar de calmarla, a pesar de que ya había parado de llorar. Cuando Emily dejó de hipar, la regresó a su cuna, entregándole en la manita un pequeño sonajero.

-Ya vengo Emy, te prometo que no tardo.

La castaña dio medio vuelta y bajó las escaleras casi corriendo. Al llegar a la cocina no vio a Malfoy, pero escuchó un repentino portazo proveniente de la sala, y pudo observar que el café de él no estaba ni a la mitad de ser bebido.

OoOoO

No podía ser, no podía ser… tenía que ser una broma, y de muy mal gusto debía recalcar.

Cuando Granger subió pálida y rauda a atender aquellos chillidos inconfundibles de algún niño pequeño, él tuvo, sintió la necesidad de seguirla sigilosamente, debía despejar sus dudas, que eran una gran calamidad. Luego de subir la escalera, vio como la castaña giraba hacia el primer cuarto luego del último peldaño, un aura infantil, con un aroma tan puro se desprendía de la habitación.

Malfoy se asomó con mucha cautela, después de todo, estaba invadiendo una casa que no era suya. El color rosa pálido golpeó su vista, y dedujo de inmediato que era el cuarto de una pequeña niña… Al buscar a su castaña enemiga de la infancia con la mirada, algo en su pecho se entumió. Sintió como el corazón se le recogía de a poco, y la boca de su estómago se llenaba de la más densa congoja. Veía a Granger de espaldas, haciendo callar a una pequeña bebé de no más de un año, que chillaba desesperadamente. Pudo ver que movía sus manitas con desesperación, blancas e inmaculadas. Los rizos de la pequeña brillaban con los tenues rayos que se escabullían por los cortinajes rosas de su habitación, tan rubios, casi albinos, platinados… Y quizás, lo más sorprendente de todo, los ojos de la pequeña eran tan grises y brillantes como la luna, y estaban llenos de lágrimas que no demoraban en caer por las mejillas sonrosadas y regordetas. Malfoy sentía que se le escapaba el aire de los pulmones, se mareó súbitamente al pensar que ella… esa niña que estaba llorando desesperada frente a él…

Retrocedió un par de pasos, con la garganta seca. Bajó la escalera sin medir el ruido que emitía al hacerlo, caminó por el pasillo hasta la sala, y de un portazo abandonó la casa de Hermione Granger. Caminó sin cesar, con la vista fija hacia delante, pero sin mirar algo realmente, sus pensamientos giraban en torno a los últimos sucesos, y tenía en la cabeza la cara de esa pequeña, que lloriqueaba infantilmente luego de su siesta. Tres cuadras, tal vez cuatro, ni siquiera llevaba la cuenta, ni sabía donde se dirigía. No estaba seguro tampoco de lo que tenía que hacer en esos momentos, necesitaba reflexionar acerca de todo. De cómo tendría que reaccionar, de qué tenía que hacer exactamente… Porque, si de algo estaba seguro Draco Malfoy en ese momento es que esa niña era su hija. No necesitaba sonsacarle la verdad a Granger, ni tampoco pedirle más ayuda a Lovegood, mucho menos interrogar a Parkinson. Algo en su interior, al momento de ver a esa niña, se lo había dicho desesperadamente. Él lo supo al simple instante de verla en persona, como sus ojos de mercurio brillaban tras aquella capa de saladas lágrimas, y como esos cabellos rizados brillaban como si fueran los mismos rayos del sol.

Hasta el más idiota Hufflepuff se daría cuenta, a kilómetros de distancia. Esa pequeña era una Malfoy.

Era su hija.

El rubio se detuvo al momento de procesar más calmadamente la información, algo agitado por la caminata repentina, y bastante afligido por lo que todo lo que había descubierto significaba. Es cierto que su pecho poseía una gran satisfacción por haber encontrado a su hija perdida, pero no supo exactamente que pensar o sentir al sacar por conclusiones obvias que la madre de esa criatura era Hermione Granger. La misma a quién le hizo la vida a cuadros en el colegio, la misma que trató tan mal durante los siete años en Hogwarts, a la que humilló descaradamente… Y eso, fue como un yunque en el estómago. Sus pensamientos, recuerdos y sucesos pasados y recientes comenzaron a tomar forma dentro de su mente, como si todos los engranajes de una máquina comenzaran a funcionar y calzaran con una precisión milimétrica, todo comenzó a ser tan real que tuvo que sentarse en el banco de una plaza muggle para no caerse. Apoyó ambas manos sujetando su cabeza, como temiendo que esta cayera al suelo y rodara en consecuencia al ataque de verdad que surgía en su interior.

Sólo Merlín sabía cuanto había sufrido la castaña, y aunque no fuera culpa de él en el sentido más estricto de la palabra, sentía que el remordimiento se apoderaba de sus entrañas y causaba un malestar que nunca antes había sentido, ni creyó sentir tampoco.

Culpa. Sentía mucha culpa por haber abandonado a la madre de su hija por tanto tiempo, por darse cuenta que se perdió tanto de la vida de su primogénita, por haber causado el sufrimiento de ambas, sobre todo de Hermione, a su ausencia y su más fría indiferencia. Aunque no fuera de manera consciente, se sentía el peor ser humano de la faz de la tierra, porque intuía por un cálculo lógico que ella no sabía nada de lo que Parkinson le había hecho a él, por ende lo más sensato es que Granger pensara que él se reía en su cara, todo el tiempo, todos los días.

Y no podía dejar que eso siguiera siendo así. Tendría que hacerle saber, de alguna forma, que él nunca deseó en ningún remoto caso hacerle todo el daño que pesaba en su espalda. Tenía que convencerla, más ahora que estaba rememorando todo, esos recuerdos que creía irremediablemente olvidados en su cabeza. La cara de su hija había sido la piedra que removió el sedimento en el fondo del estanque que era su memoria. Esa laguna horrible, que lo hacía sentir con el alma incompleta, estaba desapareciendo, dando paso a una serie de acontecimientos, muy lejanos, pero demasiado vívidos y reales. Recordaba con exquisita precisión todo lo que creía perdido, ese olor a canela y vainilla que llegaba a sus fosas nasales como una utopía vacía, esos rizos con los que soñaba, en un cuerpo sin dueña. Esa sonrisa que rápidamente posesionó lugar en el rostro de su enemiga de toda la vida. Al fin tenía el puzzle completo frente a él, no sólo el de su cabeza, también ese que estaba en su pecho, en su corazón.

Y lloró. Frente a un montón de muggles en su paseo de domingo, en un banco de una plaza cercana a la casa en la que residía su hija, y aquella mujer que había dañado tanto sin predisponerlo. Lloró temblando como una hoja, como hace mucho no lo hacía, como nunca lo hacía.

Una pequeña niña se acercó a él, no tenía más de cinco años, de grandes ojos azules y cabello marrón. Lo miró con curiosidad y con un dejo de tristeza, y le entregó una pequeña flor silvestre.

-Tome – pronunció la pequeña, tímidamente – A mi me ponen feliz. Mi mamá dice que todos deben ser felices.

-No es tan sencillo – respondió Malfoy, interactuando con la pequeña sin prestarle atención a la forma incesante en que caían las lágrimas por su rostro – A veces, por el daño que causamos a los demás, no podemos ser felices.

La pequeña pareció pensar en lo que el heredero Malfoy contestó con hipidos. Ella sonrió.

-Mi mamá dice que hay que luchar por ser feliz. Entonces debería luchar por los demás, a quienes dañó.

Malfoy la miró atentamente, tomando la pequeña flor silvestre entre sus blancos y delgados dedos. La pequeña le dio una sonrisa y se despidió con la mano, corriendo a abrazar a su madre que la esperaba en la zona de juegos. El rubio pensó un momento en las Socráticas palabras de la pequeña, mirando la flor que esa niña le había obsequiado, y sonrió como hace mucho tiempo no lo hacía, sintiendo un poco entumecidas sus facciones.

-Tal vez, es lo que deba hacer.

Caminó un poco hasta a alejarse, sacó la varita del bolsillo de su abrigo y se desapareció del lugar. Con una flor sostenida fuertemente en su mano izquierda.

OoOoO

Hermione ya no daba más de la desesperación. Tenía mucho que hacer en la casa, y no sólo eso, tenía que preparar todo para la reunión del Lunes y Emily no colaboraba en nada, desde que la pequeña se había despertado en la mañana no paraba de llorar, de chistar, de lanzar las cosas que ella le entregaba, incluso a la hora del almuerzo no había querido probar bocado, y las dos cucharadas que forzadamente metió en su boca fueron escupidas a toda respuesta.

Emily era calmada siempre, no lloraba más de lo necesario y solía ser muy tranquila y pacífica. Sin embargo, ahora estaba echa todo un demonio rubio que no cesaba de patalear y gritar poniendo sus nervios de punta y su pobre cuello más tensionado que de costumbre.

Demonio rubio. Esa expresión fue tenebrosamente familiar.

De repente alguien comenzó a aporrear la puerta. Hermione tuvo que contar hasta diez para no gritar. Dejó a Emily, que no paraba de berrinchar, en un pequeño corral de la sala, y se dirigió a paso apresurado a abrir la puerta. Una pelirroja sonriente apareció tras la puerta, quien esfumó su sonrisa al ver la cara de consternación de su amiga y los gritos de su pequeña ahijada resonar por la casa.

-¿Qué sucede? – Preguntó al instante, cerrando la puerta tras sí.

Hermione llevó ambas manos a su cabeza y apretó su cabello con fuerza, lanzándose al sofá más cercano. Ginny se sentó a su lado acentuando más su semblante preocupado.

-No se qué le pasa a Emy… - suspiró la castaña, sin sacar sus manos de la cabeza – No para de llorar, no ha querido comer, no quiere que la tome entre mis brazos…

-¿No estará enferma? – Preguntó la pelirroja, asustada.

-Al menos no tiene fiebre…

-Déjame ver…

Ginny se levantó seguida de la castaña hacia el salón en donde provenían los gritos de la pequeña. Estaba sentada dentro del corral, con los ojos llenos de lágrimas y roja como un tomate. Hermione lanzó un sollozo de preocupación mientras la pelirroja tomaba a su ahijada entre sus brazos y la examinaba. Si bien, Ginny no era una medimaga, era muy instruida en el tema, puesto que a eso quería dedicarse luego de salir de Hogwarts.

Ginny revisó sus ojos, buscó por su cuerpo alguna evidencia de heridas, golpes o alergias, tomó su temperatura para cerciorarse de que no tuviera fiebre, revisó su nariz en busca de alguna mucosa extraña… pero nada…

-¿Segura que no ingirió nada? – Preguntó la chica Weasley.

-No. Quizás en tu casa consumió algo… porque no la he dejado sola acá en ningún momento.

Ginny meditó un instante y la pequeña abrió su boquita para lanzar otro grito acompañado de evidentes lágrimas, sin embargo, cuando lo hizo la pelirroja notó algo al interior de su boca.

-Con que esto es lo que la hace llorar…

Hermione se acuclilló, rezando a todas las deidades de que no fuera nada grave. Sin embargo, no pudo reprimir una sonrisa cuando vio en la encía inferior de su pequeña hija el asomo de un pequeño incisivo blanco, el cual dejaba la encía de un color pálido. Le estaba saliendo su primer diente. Sus ojos se llenaron de agua al sentir una opresión muy fuerte en el pecho, una extraña mezcla de orgullo y nostalgia, Emily crecía tan rápido que la asustaba. Ginny no podía culparla, si bien era un hecho predecible en un bebé de la edad de Emily, Hermione no sabía como reaccionar ante esas situaciones, el papel de madre muchas veces la sobrepasaba, y si no fuera por ella o por Molly, la habría tenido mucho más difícil.

-¿Tienes poción tranquilizante? – Preguntó Ginny, tratando de calmar a su amiga que evidentemente estaba en una contradicción. Viviendo una emoción del momento, y saliendo del susto de ver a su hija llorar sin parar.

Hermione asintió temblorosa y se levantó hacia el baño. Abrió el pequeño botiquín que allí se encontraba y tomó una poción blanquecina, de contextura cremosa y se la llevó a la pelirroja. Ginny se lavó las manos en el fregadero y recibió la poción, en uno de sus dedos colocó un poco de la secreción cremosa y la untó delicadamente en la encía de la bebé.

El efecto fue inmediato. Emily dejó de llorar paulatinamente y terminó dando pequeños hipidos de cansancio y falta de aire. Hermione abrazó a su pequeña hija y le dedicó una radiante sonrisa a modo de agradecimiento a Ginny.

-La poción le dará un poco de sueño – dijo la menor de los Weasley – Es mejor que la dejes dormir un poco, además tanto llanterío debió acabar con sus energías.

La castaña asintió mientras conducía a su pequeña al segundo piso. Con cuidado la depositó en la cuna de su habitación y la cubrió con una manta rosa. Seguía hipando, pero evidentemente se estaba quedando dormida. La castaña limpió los residuos de las lágrimas de su hija y la besó tiernamente en la mejilla para luego salir de la habitación. Bajó las escaleras, y al llegar al salón no encontró a Ginny, por lo que supuso que estaba en la cocina. Y no se equivocó, la pelirroja estaba sentada en la mesa con una taza humeante de café, y también había uno servido para ella.

-Sé que tienes cosas que hacer, Herms. Pero no te escaparás de mí tan fácilmente. Quiero oírlo todo, con lujo de detalles.

Hermione sonrió, rendida. Después de todo, le debía más de un favor a la chica frente a ella. Se sentó frente a su taza de café y colocó ambos brazos en la mesa, mirando a los ojos castaños de Ginny que reflejaban una enorme curiosidad.

-Escupe – Pronunció la pelirroja.

-¿Qué es lo que quieres saber exactamente? – Preguntó en un suspiro.

-Todo.

Hermione volvió a suspirar y bebió lentamente de su taza de café. El líquido caliente la relajó un poco de su pasada tensión, y saboreó momentáneamente en su boca el sabor a granos tostados que tanto le gustaba. Cerró los ojos, concentrada y ordenando sus pensamientos, sintiendo la inquieta mirada de Ginny sobre ella. Finalmente abrió los ojos y carraspeó.

-La velada no fue, en si, mala – comenzó Hermione – De hecho hace mucho tiempo que no la pasaba tan bien. Todo estuvo espectacular: La comida, el lugar, la vista… incluso podría afirmar que hasta la compañía.

Un brillo malicioso y suspicaz cruzó los ojos marrones de Ginny.

-Hace mucho tiempo no divisaba un paisaje tan hermoso, y la noche parecía mágica. Además, no nos tensamos hablando de negocios desde un inicio. A pesar de todo el daño que Malfoy me ha hecho, y de que yo no debería ser tan permisiva con respecto a mi actitud, nos soltamos bastante en ese sentido. Fue agradable – Hermione bebió otro sorbo de su café – Cuando terminamos de cenar, ocurrió algo que hasta ahora me desconcierta. Lo vi con un semblante triste a orillas del balcón, y al mirarlo a los ojos sentí la misma sensación que tuve siempre con el en Hogwarts, y eso me asustó tanto…

Ginny le agarró la mano a su amiga cuando divisó un brillo parecido al de las lágrimas cruzando sus ojos.

-Todavía le quiero, Ginny. A pesar de que es un idiota que me ha dañado tanto… Algo en mi interior insiste en creer en él, en amarlo y gritar incesantemente su nombre. Y me siento una completa estúpida por sentirme así, después de todo él es Draco Malfoy, el mismo a quien no le importaron mis sentimientos al momento de acostarse conmigo y dejarme embarazada, para luego quizás burlarse con todos los Slytherin y pasar de mi, como si nada hubiese ocurrido.

Hermione entrelazó sus dedos con suavidad, poniendo los codos sobre la mesa y apoyando los dedos bajo su barbilla. Una lágrima se deslizó silenciosamente, rodando por su mejilla en un mudo acto de dolor. Ginny bajó la mirada, pensativa.

-Luego algo ocurrió – Prosiguió la castaña. La pelirroja levantó su mirada para seguir escuchándola – Le sonsaqué el por qué estaba tan interesado en apoyar un proyecto pro-muggles. Siempre encontré ilógico el hecho de que renunciara a sus ideales de la pureza de sangre y todo eso, pero hasta ayer no sabía sus motivos concretos – Hermione bebió otro sorbo de café y volvió a colocar sus manos entrelazadas bajo su barbilla – Ya me había contado que estaba buscando a una bruja, hija de muggles, que estaba escapando de él… Sin embargo – ella se removió de su asiento, intranquila – Ayer me di cuenta, de que esa mujer que él tanto busca con anhelo, soy yo.

Ginny abrió mucho los ojos en un gesto de verdadera sorpresa, como cuando vio el inodoro de Hogwarts que Fred y George le habían regalado una vez.

-Pero… ¿Cómo? ¿Por qué?

-Mencionó que tiene una hija con aquella bruja de esas características, y que no podía recordarla – Hemione se encogió de hombros – No creo que tenga otra hija con alguna mujer de mis características, ya bastante asco le debe haber dado al acostarse conmigo como para repetirlo con otra sangre sucia.

Ginny la miró con reprensión. Desde que se fueron de Hogwarts el año anterior, Hermione tenía la jodida costumbre de tratarse mal y humillarse a si misma, como si en realidad ella no fuera lo suficientemente buena para Draco Malfoy y no al revés. Sin embargo no dijo nada respecto a eso, estaba muy asombrada como para procesar correctamente otro tipo de información.

-¿Qué piensas hacer?

La castaña volvió a encogerse de hombros, dando a conocer que realmente no había encontrado alguna solución válida para su problema.

-Malfoy estuvo aquí esta mañana…

-¿Qué? – Ginny parecía alarmada - ¿Qué quería?

-Debo haber estado tan asustada ayer cuando me mencionó lo de Emily, que dejé mi bolso en el restaurante, y…

Hermione sintió como si una bludger furiosa golpeara su cabeza haciendo que todas sus neuronas, en vez de aturdirse, se conectaran correctamente para procesar la información que había salido de sus labios… Y sintió como si la segunda Bludger hubiera impactado en su estómago, dejándola sin aire momentáneamente por lo que acababa de idear en su mente. Bajo la mirada de una confundida Ginny, la castaña tomó el bolso cuadrado que Draco le había llevado esa mañana, el cual colgaba silenciosamente de una de las sillas. Lo abrió, con el corazón en una mano de que sus sospechas fueran ciertas, y sacó del bolso una cartera de cuero negro en la que solía transportar sus documentos y algo de dinero muggle. Pero cuando abrió la billetera, el nudo y el dolor que le dejó la bludger imaginaria aumentaron considerablemente.

La foto, que había sacado a Emily unas semanas atrás para llevarla siempre consigo, no estaba en la cartera. Los ojos se le llenaron de gruesas lágrimas al instante, y Ginny comprendió en su silencioso puesto lo que había ocurrido.

Abrazó a su amiga, mientras ella rompía en un llanto cargado de preocupación y angustia.

OoOoO

Como siempre, la mañana en Londres era fría y húmeda. Llovía incesantemente en las calles atestadas de paraguas caminantes y citadinos apresurados tratando de mantenerse secos bajo abrigos y gabardinas poco recomendables para la lluvia. Esa mañana, una pálida y ojerosa Hermione había olvidado su paraguas y su mente parecía haber bloqueado los hechizos impermeables. Entró a la cafetería habitual de los lunes en la mañana y se sentó en una mesa junto a la ventana, de la cual caían hileras y pequeños ríos de agua lluvia.

-¿Lo mismo de siempre? – Preguntó una chica morena, la mesera que siempre la atendía.

-No, gracias, solo espero a alguien - Respondió la castaña con una sonrisa forzada.

La mesera abandonó la mesa de Hermione y ésta volvió su vista hacia el cristal empapado tratando de organizar todos los pensamientos que la atormentaban. No había podido pegar un ojo en toda la noche, el dolor de cabeza era tal que a penas podía cerrar los ojos. Sabía que Malfoy había sacado la foto de Emily de su cartera, y eso la hacía temblar hasta olvidarse de la razón de sus nervios.

Al menos su noche en vela no había sido inútil. Había tomado una decisión con respecto a su vida, a lo que tendría que hacer de ahora en adelante, todo por el bien de Emily.

Abrió su bolso húmedo y sacó de él un pergamino pulcramente enrollado y lo apretó suavemente: Era hora de, por fin, darle un punto final a toda esa situación.

Y como si sus pensamientos lo hubieran invocado, una alta y pálida figura se sentó frente a ella, al otro extremo de la mesa de la cafetería muggle. Aunque ella miraba el vidrio como si fuera lo más interesante en el mundo, podía sentir los ojos de él fijos en ella. Era como si el mercurio fundido lanzara ondas expansivas para que ella notara que la estaba mirando, y cuando no pudo resistir más el silencio, ella volteó su rostro y lo miró fijamente a sus orbes de plata. Pudo notar una diferencia con el día anterior, bajo sus ojos se notaba una oscura marca que delataba unas ojeras en su pálido rostro, además su cabello no lucía tan impecable como era costumbre.

-¿Qué es aquello tan importante que deseas comunicarme? – Hablo él, tan frío y sereno como solo un Malfoy podría pronunciar. Hermione no despegó el contacto visual, y sin pronunciar palabra le extendió el pergamino que previamente había sacado de su bolso y lo dejó sobre la mesa, el rubio lo tomó entre sus largos dedos, y lo examinó sin abrirlo.

-¿Qué es? – Pronunció con voz cancina.

-Mi carta de renuncia – Dijo Hermione, más se sorprendió ella misma cuando no vio siquiera un dejo de sorpresa en el rostro de Malfoy – Aunque no eres mi jefe directo, muy pronto lo serás si apruebas el proyecto…

-Esto es completamente innecesario – El rubio lanzó el pergamino sobre la mesa sin siquiera leerlo, y volvió sus ojos hacia ella, quien se mordió los labios nerviosamente.

-Claro que es necesario, está dentro del protocolo y…

-No hablo de protocolos Granger, si no de intereses. No aprobaré ese proyecto, no le daré mi financiamiento.

A pesar de que Hermione estaba renunciando abiertamente al proyecto y a su trabajo, no pudo evitar que la boca se le secara de un momento a otro cuando Malfoy rechazó dar el financiamiento, y la abrió como si su mandíbula se hubiese desencajado. Todo su trabajo de meses arduos y sin descanso estaba yéndose a la basura por culpa de un rubio caprichoso y mimado que siempre quería cumplir sus fines. El fin de joderla.

-¿A si que de eso se trata, Malfoy? – Acusó la castaña, sintiendo como sus ojos se llenaban de agua - ¿Estás en una incesante empresa de humillarme y joderme la vida? Pues créeme, lo lograste por segunda vez. Ojala estés contento.

Y poniéndose de pie, una orgullosa Gryffindor abandonó la cafetería bolso en mano y con el orgullo pisoteado. Por segunda vez. ¿Cómo había podido ser tan idiota de confiar en Malfoy? ¿En creer que simplemente estaba buscando a su hija perdida? Simplemente su estúpida educación de sangre pura y estirpe lo habían obligado a pisotear su orgullo se manera constante, como si fuera el más entretenido hobby. Cruzó la puerta de la cafetería con la cabeza en alto, como si quisiera convencerse a si misma de que no estaba destrozada, caminó por la avenida un par de cuadras y dobló por una oscura callejuela, sin saber siquiera que rumbo tomar. Al fin, cuando se vio sola y sin concurrencia, se pegó a la pared de piedra de una vieja iglesia y se derrumbó.

Las lágrimas corrían incesantemente por sus mejillas, como si de sus ojos estuvieran escabulléndose todas las lágrimas que le quedaban. Comenzó a hipar sonoramente, llorando como una niña pequeña y perdida, y así más o menos era como se sentía. Indefensa, incapaz de huir de su pasado y del hombre que tanto daño le hacía, y perdida en un mar de desolación que la inundaba sin descanso. Deslizó su espalda por la fría pared de roca hasta quedar acuclillada en el suelo, abrazando su bolso y sin parar de llorar, estaba empapada de pies a cabeza, chorros de agua caían de su enmarañado pelo, que ahora estaba aplastado a causa de la torrencial lluvia que no parecía querer aminorar.

Se sentía tan desdichada que dolía. Le dolía todo el cuerpo, como si el sentimiento experimentado la hubiera roto en mil pedazos, cosa que no estaba muy lejos de la realidad. Su corazón latía rápida y tortuosamente en su pecho, con cada palpitar sentía que los fragmentos que componían su ya roto órgano se incrustaban más en su ser y en su alma. Se sentía tan humillada y estúpida por volver a caer, que no solo tiritaba por el frío que calaba sus huesos, si no que tal sentimiento obraba en su cuerpo como si ella fuera una marioneta presa de sus emociones.

De repente, no supo si pasaron minutos u horas, la lluvia que caía sobre ella cesó, pero seguía escuchando el sonido de las precipitaciones caer rabiosamente sobre el pavimento. Presa de la curiosidad levantó la vista, mostrando sus enrojecidos ojos castaños a Draco Malfoy que la cubría con un paraguas, mientras él se empapaba con la lluvia incesante.

Y, como si la rabia fuera el combustible para su cuerpo adolorido y humillado, se levantó rápidamente y plantó su mano derecha en la mejilla pálida del hombre frente a ella, enrojeciendo automáticamente la zona abofeteada y ladeando la cabeza de Malfoy. Hermione se quedó en la misma posición durante unos instantes, mirando con todo el desprecio que podía irradiar con sus ojos enrojecidos y húmedos. Nuevas lágrimas se resbalaron de sus pestañas, y haciendo una mueca con los labios para reprimir un inminente sollozo, se dispuso a marcharse de ahí. Sin embargo, la fría y pálida mano libre de Draco se cernió sobre su muñeca, con la otra mano aún sostenía el paraguas, brindándole una pequeña protección de la lluvia a la castaña. Ella trató de zafarse del agarre sin mucho éxito, aunque la rabia era el combustible de sus acciones, no la hacía más fuerte que el rubio.

-Suéltame – Dijo ella. Pero no sonó como una órden, más bien pareció una súplica. Draco la miró fijamente, pero solo podía distinguir parte de su perfil entre los cabellos mojados que caían sobre la cara de ella.

Malfoy sabía que se lo merecía. Aunque no había obrado conciente en un cien por ciento durante más de un año, por la poción que le dio a beber Parkinson, tenía la certeza de que tenía bien ganado esa bofetada, y el odio de la chica. Él estaba dispuesto a que ella se descargara consigo mismo, que le insultara, incluso que lo golpeara, pues no llegaba a dimensionar todo el daño que le había echo. Y a su hija.

-Suélame, Malfoy – Volvió a decir, pero ésta vez con la voz más segura.

-No.

La castaña suspiró, cansada física y emocionalmente. Echó su cabello hacia atrás con un movimiento de cabeza y miró a los ojos al hombre que la sujetaba fuertemente de la muñeca. Estaba sereno y mortalmente serio, su pulcro cabello caía empapado por su cabeza, al igual que toda su ropa, y el flequillo rubio se le pegaba a la frente, sin alcanzar a cubrir sus ojos grises, que la miraban con algo que ella no supo explicar. Se recompuso al notar que Malfoy ejercía un poco más de fuerza a su agarre.

-Haz ganado, ¿Si? – Pronunció ella, con una sonrisa irónica en sus labios. Draco pudo notar que sus ojos hinchados se llenaban nuevamente de lágrimas y su boca, de un rosa pálido por el frío, tiritaba incesantemente más por la tristeza que por el clima – Por favor, déjame en paz de una vez. Ya me has humillado lo suficiente toda mi vida. ¿A caso es tan entretenido joderme la existencia, Malfoy? ¿Tanta obsesión tienes con ese asunto de la estirpe que no puedes dejarme al menos, en paz? No soy la única sangre sucia en la tierra, déjame vivir tranquila.

No lo dijo con rabia, ni con reproche, ni siquiera con un deje de tristeza. Su súplica estaba cargada de una resignación tal, que Draco flaqueó por un momento en su intento de retenerla y pensó, sólo por un segundo, en dejarla libre. Pero sólo duró eso, la sujetó aún con más fuerza para seguir escrutándola con la mirada.

-No te dejaré en paz, hasta que me escuches – Comenzó él, esperando una protesta por parte de la chica. Sin embargo ella simplemente lo miró, con la misma resignación que había demostrado con sus palabras – Mi intención no es humillarte, nunca lo ha sido…

-¡No puedes ser tan hipócrita! – Gritó ella de repente. Hizo un movimiento brusco con su brazo tratando de zafarse nuevamente de la mano del albino, pero no obtuvo ningún avance - ¡Joder! No voy a caer nuevamente en tu juego de "Humillemos a la sangre sucia"

-Sólo escúchame. Si luego me quieres mandar a la mierda, estás en tu derecho.

Ella no pareció muy convencida, pero no dijo nada más.

-Como decía. Nunca he querido humillarte, sin contar desde primero a sexto en Hogwarts, en el que fui un verdadero imbécil.

-Y lo sigues siendo – corroboró ella.

-Si rechacé el proyecto es por un motivo en concreto – Draco siguió como si ella no lo hubiera interrumpido. Suspiró luego de tomar una bocanada de aire, y la miró con una expresión tal, que ella se vio obligada a cerrar la boca – Lo hice por Emily.

Si bien Hermione ya sabía que Malfoy era quien había sacado la foto de su hija de la cartera, y por consiguiente era en un gran porcentaje lógico que supiera toda la verdad, no pudo evitar que su mandíbula de despegara en una mueca mezclada entre la sorpresa y la estupefacción. Sintió rabia, miedo, angustia, tantas emociones juntas que no supo por cual empezar a descargar. Lo miró con los ojos bien abiertos unos instantes, y entonces supo que era ella la que tenía que hablar ahora.

-No te justifiques Malfoy, ni mucho menos utilices a mi hija como pretexto para…

-Nuestra hija – Corrigió.

Ahora si, Hermione descargó todas sus emociones en una risotada tan cargada de ironía que Draco temió por un momento que, de verdad, lo mandara a la mierda.

-Abría que inventar un nuevo calificativo para lo descarado que eres, Malfoy. De verdad, nunca creí que tendrías tan poca vergüenza de decir algo así.

-¿Vergüenza? – Preguntó él, como si de verdad no conociera esa palabra – He estado buscando a mi hija desde que supe de su existencia, tu insististe en huir de mi como una… - Se mordió el labio, tragándose el insulto – Mira, el punto es que quiero estar con mi hija, tengo todo el derecho de hacerlo.

-No tienes derecho Malfoy, y lo sabes. La ley mágica y muggle me ampara.

-¿Crees que quiero llevar esto a tribunales? No se trata de eso…

-¡Entonces qué mierda quieres! – Ahora si, la rabia había salido a flote - ¡Si crees que puedes llegar como si nada después de haberme dejado embarazada por un efectivo intento de humillarme, estás muy equivocado!

-¡Nunca he querido humillarte, maldita sea!

-¿Y cómo le llamas a lo que hiciste? ¿Una broma de fin de curso? Porque créeme que…

-Estaba enamorado de ti.

Hermione cerró la boca de golpe, como si de la nada se hubiera olvidad de cómo se hablaba. Malfoy nunca era directo, y cuando lo era, cuando lo había sido en el último año de Hogwarts, a ella le había parecido totalmente sincero. Por razones obvias no podía simplemente creerle, pero algo en esos ojos le dijo que no mentía.

-No puedo creerte Malfoy. Esta vez no.

-Hace un tiempo, me iba a casar con Pansy Parkinson – Hermione se estremeció por el recuerdo de ambos besándose en el vestíbulo de Hogwarts – Nunca la amé, sólo era conveniencia. Días antes de la celebración, Luna me citó en el caldero chorreante.

Hermione abrió los ojos con sorpresa, pero no dijo nada. Draco la soltó de su agarre.

-Parkinson me dio una poción llamada Blardonia, imagino que ya sabes cuál es su efecto. Lovegood lo sabía, ella me lo dijo e impidió que yo me casara con esa vívora que me hizo olvidarte.

-Blardonia… - Hermione se cubrio la boca con ambas manos, mientras procesaba todo lo que Malfoy le decía.

-Siempre hubo un vacío en mi vida, desde el último día de Hogwarts. Olía un perfume peculiar, recordaba una risa, la sensación de unos labios, de una piel, todo perteneciente a una muchacha sin rostro – Draco carraspeó, por la lluvia que lo seguía empapando su garganta comenzaba a atrofiarse – Luego de que Lovegood me ayudara, pude intuir que eras tú, de alguna forma. Sólo ayer lo supe con certeza, y recordé todo lo que pasamos…

La castaña estaba completamente estupefacta, como si le hubieran lanzado un petrificus totallus. Todo comenzaba a encajar en su cabeza. ¿Y ahora qué pasaría?

-Lamento el daño que te hice, nunca fui realmente conciente de lo que estaba haciendo. Todo lo que sentí en séptimo fue real, Hermione, y nada de eso ha cambiado para nada. Ahora la muchacha sin rostro eres tú, siempre lo fuiste – Él esperó a que la castaña dijera algo, pero parecía tan sorprendida que continuó – Quiero hacerte feliz a ti, y por sobre todo a nuestra hija.

A pesar que la muñeca de Hermione ya había sido liberada del agarre de Malfoy, ella no se movió ni un ápice. ¿Qué significaba todo eso? ¿Acaso él quería burlarse de ella nuevamente, inventando una patraña bastante convincente? No, si Luna estaba en eso, no podía ser mentira. Entonces ¿Todo era cierto? ¿Su sufrimiento era todo por la vil causa de Pansy Parkinson? El uso de la Blardonia estaba penado por la ley mágica, ella sabía que era una pócima oscura y muy fuerte para hacer olvidar ciertos recuerdos. Y Parkinson la utilizó para que Malfoy la olvidara. A ella, y a sus sentimientos.

Hermione levantó la cara, abandonando su gesto de incredulidad. Su mente formulaba dudas a toda máquina, y su corazón latía desbocadamente por todo lo que Malfoy le había confesado significaba. Miró a los ojos del rubio, y al encontrarse con ellos se dio cuenta que no necesitaba preguntarle a Luna, ni interrogar a Pansy… todo era completamente cierto.

Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos castaños, con una sensación muy distinta a las que se habían escapado minutos antes. No sabía exactamente cómo definir el sentimiento que la estaba albergando, pero podía interpretarse como alivio. Sintió que su alma descargaba un peso de toneladas, y se sentía ligera, liberada. Sin embargo, ella y Draco sabían que no era el momento de tomar ninguna decisión. El rubio le extendió el paraguas a Hermione, quien lo miró con renovada curiosidad.

-Cuando tengas una respuesta, ya sabes donde encontrarme – Hermione tomó el paraguas que él le ofrecía, y sus frías manos se tocaron un instante, dejando en evidencia el sentimiento que aún existía entre ellos. A pesar de todo.

Cuando Draco alejó lentamente la mano de ese pequeño contacto, Hermione tuvo el impulso de pedirle que no se fuera, sin embargo sabía que era lo mejor. El rubio la miró unos segundos, con una expresión indescifrable en sus ojos de mercurio, luego se volteó y comenzó a andar en la misma dirección de la que había llegado. La castaña observo su silueta difuminarse entre la lluvia que ofrecía Londres. Sólo el tiempo le ayudaría a pronunciar la última palabra.

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¡No me tiren tomates aún! Se que esperaban más del último capítulo, pero habrá un epílogo que traerá lo que le falta a la historia. Lamento mucho haberme tardado, tenía este capítulo listo hace siglos, pero por diversos motivos no había podido subirlo. Uno de ellos es que pensaba actualizar el día de mi cumpleaños, pero justo ese día se muere mi artista favorito (Ronnie James Dio, para aquellas que lo conocían) sin duda la mejor voz del metal… En fin, también he estado llena de exámenes… así que mis sinceras disculpas.

Un aviso, estoy en construcción de mi segundo Dramione titulado "Sentimiento inevitable", para aquellas que no lo han visto está en mi perfil, espero que les guste. Lleva solo un episodio, pues prefiero terminar con éste antes de dedicarme de lleno en el otro.

Suerte chicas, ojalá les haya gustado el episodio. Esperen el epílogo :D

Besos, y gracias por todo.