...de esas que se te acaban las vacaciones :´D
Me vais a matar ´u` lo intuyo. En mi defensa, decir que esto es la mitad de algo que hasta ayer era un solo capítulo y que se alargó tanto que no quedaba bien ponerlo todo junto. Espero tener la segunda tanda lista para este viernes.
Este fragmento puede dejar un sabor amargo en la boca (escribirlo se me ha hecho cuesta arriba) pero para quitarlo buscad en YT "This love + Shingeki no Kyojin": ¡dura menos de dos minutos! No soy muy aficionada al K-Pop pero ¿Irvin, Levi, Eren, Jean, Bertholdt y Reiner bailando de traje y chaqueta? ¿Rivaille a lo icon bitch? ¿Armin siendo la chica del videoclip? Sobresaliente. En serio, los que lo hicieron tienen el cielo ganado. Si alguna tiene cuenta en YT y le gusta el vídeo debería dejar un comentario porque está muy bien hecho.
¡Gracias por los favs, los follows y los reviews! Sois la kriptonita de este fic nun
El día antes del fin del mundo
Jean ha oído cosas. Historias de veteranos a los que les falta un ojo o les sobra espacio al final de la pernera del pantalón. Encienden una fogata con paja seca, beben cerveza de malta y la sonrisa etílica nunca les alcanza los ojos.
Hablan de lo que le harían a Hanji si no estuviera tan loca, se burlan de la marca de navaja en el marco de la puerta del cuarto del sargento Rivaille ("el estirón, el estirón. Todavía no lo ha dado") y dedican una parte de la noche a echar de menos lo que ya no tienen. Un negocio, un hobby. Un hijo, un hermano. Una mujer. Entonan canciones de borrachos a cinco voces y a todo el que pasa por ahí le aúllan "eh chico, lo peor está por llegar, ¿no hay nadie con quien quieras casarte? John era cura antes de unirse a la milicia. ¿No hay un libro que quieras escribir? ¿Un árbol que quieras plantar? ¿No hay nadie que quiera hacerlo contigo? Siéntate muchacho, hay whisky para todos."
Jean se sentó en una caja de tomates puesta del revés y probó el whisky.
Los escuchó. Cada historia era diferente pero se parecía a las otras. John era un cura que había dejado de creer en Dios y convertido su rosario en un puñal de hoja corta. Abadie era un carpintero que había perdido a su hermano y socio y a su mesa de trabajo en un incendio. Bobby había superado un cáncer. Gaspare se había casado con Adele, su novia de toda la vida, en 845.
—Murió un mes después, durante la invasión. Yo no la vi porque estaba de servicio, evacuando gente a través del canal. Me dijeron que su barco había zarpado antes que el mío y que estaba a salvo, más allá de la muralla Rose.
Su mejor amigo, Irma, se declaró a la tabernera de un bar del distrito ese mismo día, después de meses de almuerzos a cuenta de la casa y cajas de zapatos de tacón. No volvió a verla.
Todos tenían el espíritu fuerte y el corazón cansado, y Jean les parecía tan joven que el instinto les decía que si estaba ahí era por algo, así que Jean les contó su historia (censurando las partes verdaderamente importantes, las que hablaban de él) y se dejó aconsejar.
Se reafirmó en lo que ya sabía, en que era lógico tomar decisiones precipitadas cuando vivías contrarreloj. Que si la vida te daba limones había que exprimirlos todo lo que pudieras y hacer limonada con ellos, y si te quedaba muy ácida, echarle azúcar. Que Armin era un sabelotodo al que Jean, como el resto de sus compañeros, debía cubrir las espaldas por cuestión de principios, y que lo que había pasado con él había ocurrido porque tenían miedo y un montón de hormonas haciendo de las suyas, y no porque hubieran sentimientos patológicos y enfermizos de por medio ni nada por el estilo.
A Jean ni siquiera le gustaban los chicos.
Hoy había engrasado los fusiles con Mikasa y le había mirado mucho los labios, se le habían vuelto los dedos de madera y la respiración pesada. Era preciosa y eso hacía difícil la comunicación con ella. Estaba enamorada de Yeager y no tenía ojos para él, pero Jean ni siquiera se autocompadeció esa vez porque estaba ocupadísimo felicitándose interiormente por volver a ser el mismo. Incluso había madurado.
Cuando Mikasa empezó a gustarle a eso de los doce, Jean se imaginaba consolándola y ayudándola a pasar página con Eren. Se imaginaba saliendo con ella y se ponía de mal humor cuando llegaba a la parte en la que ella lo protegía a él del peligro, y era un poco triste porque a medida que pasaba el tiempo, más lejos de ella se sentía y más claro tenía que nunca se fijaría en él. Luego vinieron las chicas que se parecían un poco a ella en la forma de la cara o el corte de pelo y vino el sigue siendo guapa pero por lo menos puedo decir frases enteras delante de ella sin trabarme.
Vino la idealización del amor platónico y trajo de la mano a la resignación.
Vino Armin y lo puso todo patas arriba.
Ahora todo estaba bien. Jean seguía mirándole el culo a Christa y lo seguía invadiendo esa sensación de desazón cuando Mikasa aparecía en el peor momento y oía cosas que no tenía que oír, pero ya no miraba a Armin como si el mundo fuera a acabarse ni sentía la culpa mordiéndole por todas partes. Lo compadecía y entendía su confusión, pero ya se le pasaría como se le pasaba al resto de la gente.
No hay dos sin tres
Lo más difícil que se puede hacer con la rutina es cambiarla, da igual lo mucho que uno la odie o lo muy decidido que esté a salir de ella. Dicen que el ser humano es un animal de costumbres, y Armin y Eren ya no tienen nada que los ancle a usar un vaso para los cepillos de dientes o les caliente la comida por las noches pero echaban de menos la ciudad, con sus vendedores ambulantes de oro falso y sus mentiras de azúcar y sus saquitos de sal colgados en las puertas de los comercios para atraer la buena suerte, sus salientes planos a orillas del río y sus matorrales de espino y hoja morada, con cuyas ramas se pueden hacer espadas excelentes a las que habían empezado a arrancar las púas cuando Armin le clavó una a Eren en el codo.
Las corbatas habían resultado ser de esos objetos sosos y con poco misterio que a Pixis le divertían de mala manera. Eren y Armin no tardaron más de diez minutos en decantarse por una color burdeos y otra azul cielo, respectivamente, pero después de hora y media y estampados de lo más insólitos, Pixis había descubierto las pajaritas.
—¿Y esta? —inquirió entusiasmado—. ¿No es genial? ¡Golondrinas rosas sobre un fondo amarillo! Qué locura —los chicos le dedicaron una sonrisa forzada que el rugido de sus tripas tiró abajo con el fatalismo de un niño hiperactivo que se acerca a un castillo de naipes. Pixis rió con desparpajo—. Qué desconsiderado por mi parte, id regresando a la base. Si os dais prisa llegaréis a tiempo para un tentempié antes del banquete.
Eren ya tenía un pie fuera de la tienda, pero Armin tuvo la delicadeza de preguntar:
—¿Y usted, señor?
—Yo me quedaré un poco más —respondió poniendo a contraluz una pajarita de bigotes negros y rizados—. Son maravillosas estas pajaritas, maravillosas.
Pagaron y se fueron.
Se perdieron por las callejuelas, dejándose guiar por los vapores del pan recién horneado y la mezcolanza abrumadora de las especias con las que se condimenta la carne asada manando de los patios interiores. Salieron a la avenida principal por debajo del último balcón de una calle atestada de macetones con pascuas como dos puños juntos de grandes y perales que crecían en las aceras, emulando una especie de ecosistema tropical.
Una mancha canela y con bigotes les robó la bolsa de papel, y la persiguieron esquivando mujeres vaciando cubos de agua sucia en las canaletas y niños jugando al teje con tizas de colores y, para cuando Eren lo alcanzó ya habían llegado a la fuente de monedas de la iglesia. Armin llegó sofocado y con los pulmones ardiendo y tuvo que apoyar las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Tardó un poco en comprender que Eren se estaba riendo.
En el collar del perro ponía Jean.
Armin se puso en cuclillas para mirarlo de cerca y Jean el perro movió la cola y le lamió la mano, como si se hubieran visto antes y se alegrara de volver a encontrárselo.
—Jean el perro —se regodeó Eren, rascándolo detrás de las orejas—. Esto quiere decir algo.
—Bendito, para ser exactos. Se lo puse al rescatarlo de la riada del año pasado —informó una voz tras ellos. Era una mujer joven y peinada a rastas en las que no cabían más abalorios—. El resto de la camada se ahogó.
Armin ya lo sabía. Lo de que Jean quería decir "santo" o, como lo prefería el propio Jean, "dotado." El nombre de Eren encerraba el mismo significado. Lo había descubierto en su última visita al Museo de los Nombres de Sina. Sabía que Kirschtein significaba "cristiano" y sabía lo que implicaba serlo. Y le parecía todo muy paradójico.
La mujer les pidió unas disculpas que fueron más bien como esos resquicios inútiles de orgullo por las travesuras bien hechas y les tendió dos pulseras de caracolas que habían pertenecido a sus abuelos. En los cinco minutos que se quedó con ellos apurando el cigarrillo, Armin no pudo dejar de captar detalles como los cuervos de terciopelo cosidos a la falda larga y los pies desnudos y sucios.
—Mi novia vivía en Trost. Se llamaba Amanda —sonrió como si Amanda y su trenza de espiga siguieran vivas y llegase tarde al herbolario que le ayudaba a sacar adelante cuando tenía tiempo que no dedicaba a servir mesas—. No se me ocurre a quién darle la otra.
Armin y Eren retomaron el camino hacia el cuartel.
Iban hablando de los animales que habitaban dentro de las caracolas y de tanto en tanto, Eren se las pegaba al oído, le pedía silencio a su amigo con un dedo y esperaba a ver si oía el ruido del mar dentro de la concha vacía. Armin intentó explicarle que en realidad era un efecto producido por el flujo de sangre en los capilares de la oreja, pero Eren le tapó la boca con las manos y siguió fantaseando sobre el mar y la espuma de las olas rompiendo contra las rocas.
Al cabo de un rato, adoptó un gesto de madurez aprendida por las malas y las caracolas repicaron unas contra otras al ser alzadas con resolución.
—No podemos quedárnoslas —sentenció.
Armin se detuvo en seco.
— ¿Por qué no?—quiso saber.
—Nos ha dado dos pulseras —explicó totalmente decidido— y somos tres.
Armin abrió la boca para objetar algo, pero la cerró tan rápido que le castañearon los dientes.
—¿Y qué vamos a hacer con ellas?
—No tenemos un trastero en el que acumular basura. Y por tener, yo ni siquiera tengo un armario —añadió con una sonrisa amarga—, si tuvieras que dársela a alguien que no fuéramos Mikasa y yo ¿a quién se la darías?
Armin boqueó como un pez. ¿A quién iba a dársela si no era a Eren y a…?
¡Jean! ¡Perro malo!
No.
No iba a albergar la esperanza hueca de que Jean, con el que solo había cruzado dos palabras dos noches atrás desde que llegaron de la última expedición, Jean, fuera a aceptar algo como eso. Jean no llevaba pulseras ni pendientes ni colgantes porque creía firmemente que eran cosas de chicas. De tías. A Jean no le gustaban los chicos, y si Armin le pidiera… si Armin fuera una chica tal vez… pero no lo era. No lo era ni quería serlo, y si Jean tenía tan claro lo que quería él a Armin le dolía en el alma, pero no había nada que hacer.
No se sentía un juguete ni nada con lo que Jean pudiera estar jugando, sabía lo que podía aspirar a ser para él y, si un mes atrás la mujer de las rastas hubiera vaticinado tras una bola de cristal que se besarían en el comedor de la base, Armin le habría aconsejado que dejara el mundo de las cartas y los muñecos de gamuza e invirtiera todos sus ahorros en el herbario.
Tenía los pies sobre la tierra. Jean podía ser su compañero. Podían ser amigos a media jornada y besarse los días festivos. Podían regalarse cosas prácticas, siempre lo hacían cuando tenían algo a lo que el otro podía darle un uso mejor; unos guantes de piel, un par de botas que a Armin le iban grandes. Una pulsera de caracolas no era práctica. Un giro brusco sobre una farola, una alcayata inoportuna en medio de una misión y un titán cerca y adiós pulsera y adiós brazo.
Así que no.
—A nadie. ¿Y tú?
—Creo que te la voy a dar a ti —anunció abriéndole la mano y volviendo a cerrarla con la pulsera dentro. Armin no tuvo ocasión de replicar porque Eren echó a correr—. Has tardado mucho en responder —gritó por encima del hombro.
En días como esos, Armin cerraba los ojos y veía tras los párpados la época en la que en el mundo no había nada más que Eren moldeando figuras de plastilina con las manos y metiéndolas en charcos de fango y musgo antes de revolcarse en el polvo con él. Mordidas en los hombros y carcajadas frenéticas al rodar por una pendiente de tierra. Eren siempre se quedaba encima y le llenaba la cara de barro.
Era una persona con energía para sacar adelante un pueblo que estaba perdiendo la guerra, uno entre un millón, obstinado por naturaleza y fácil de querer. Armin lo quería cuando le apretaba la mano y lo animaba a leer en voz alta para toda la clase. Lo quería cuando no había nada más que ellos dos y lo querrá siempre, incluso si siempre quiere decir seguirlo hasta el final, incluso si siempre conlleva que no volverá a haber nada más que ellos dos.
Fue el primero y de lo que Armin tiene miedo no es del tiempo y de la sangre que se derrama como canicas todos los días. De lo que tiene miedo es de Jean, que es como un libro escrito en un dialecto que Armin no sabe interpretar, como un crucigrama, con más de la mitad de huecos en blanco, enormes e insondables y sin la página de soluciones al final.
De lo que tiene miedo Armin es de ese realismo que es como un analgésico para Jean y que lo lleva a la deriva a partes iguales, como una cortina de humo que lo protege de sus enemigos, pero lo desorienta y lo hace caminar en círculos cuando trata de moverse.
Armin siempre supo que Eren no sería el último y eso es lo que le da miedo, que el último sea Jean.
Dame una máscara y te diré la verdad
Si Mikasa tuvo alguna vez la esperanza de salir de la base sin ser vista, a hurtadillas como los ladrones, esta se esfumó al ver a Sasha calzarse las sandalias de tacón.
Vestido amarillo canario y moño cercado por una trenza y sujeto con horquillas (todas diferentes entre sí, todas dispares) y grandes dosis de esa magia de andar por casa que a Sasha no le gusta llamar brujería, guiñándole el ojo de mapache a Connie al pasar por delante de su habitación.
—¿Estoy guapa o no estoy guapa?
Connie había abierto y cerrado la boca. Dos veces.
—Estás… —Jean le había dicho a Connie que somos las palabras que conocemos y sabemos utilizar, así que en ese momento Connie debía ser algo parecido a un diccionario, repleto y hecho solo de palabras pero mudo, sin posibilidad de poner voz a ninguna—…estás…
Sasha le había plantado un beso rojo caramelo en la frente, le había dicho que era un encanto y que se quedara con hambre porque iba a traer tarta del banquete, y había vuelto a encabezar la comitiva, levantando las piernas más que antes y silbando una melodía desconocida y pegadiza. Mikasa iba detrás, procurando no arrastrar los pies, tirando de la falda de tul negra hacia abajo y subiendo los hombros para que no se le escurriera la bufanda de Eren, que Sasha no había consentido en dejarle enrollada en el cuello. Le picaba toda la cara y no podía rascarse.
Se habían maquillado igual. Leche de coco sobre la cara lavada, dos capas de base líquida con la esponja y pellizcos de colorete bajo los ojos. Lápiz negro y purpurina a traición en el escote, labios rojos para Sasha y naranja coral para Mikasa. Gotitas de esencias de la tierra como el sándalo y el pachuli y una sacudida de cabeza por parte de Mikasa para deshacer el tupé a medio hacer.
Se habían maquillado igual pero Sasha iba como pez en el agua, a gusto sin sus botas cómodas y calentitas y ligera sin su equipo de maniobras. Mikasa no podía dejar de notar que le faltaba ese peso extra encima, que la hacía sentir fuerte y segura y que había dejado un vacío peligroso a sus costados.
Se encontraron a Jean al final del corredor, y a Mikasa se le formó un nudo de materia viva en el estómago cuando las saludó con un gesto de la mano y siguió de largo, con la vista fija en algún punto detrás de ellas y un paño rezumando aceite. Si Jean no se había dado cuenta de que… si Jean no había dicho…
Eren.
Se dio de bruces contra él y la bufanda se quedó colgando entre ambos, más larga por un lado que por el otro.
Mikasa se mordió el labio como cuando era pequeña y cambió el peso de una pierna a otra, nerviosa.
—¿Qué te has hecho en la cara? —preguntó Eren, tocándole el labio con el dedo y mirándose la yema. Sasha protestó y se metió entre ellos pintalabios en mano, haciendo gestos con la boca para que Mikasa la imitara y el maquillaje volviera a su sitio.
Mikasa se encogió de hombros, derrotada.
Eren…
—¿Me queda mal?
—Mal no —Eren ladeó la cabeza meditabundo, buscando el término adecuado—. Raro.
Mikasa asintió, conforme.
Había estado ensayando un poco mientras Sasha hacía poses frente al espejo mesándose las caderas, metiendo tripa y sacando pecho y desinflándose de la risa como un globo por lo ridículo de la situación. Sasha estaba radiante y, aunque preguntó un par de veces en voz alta qué diría Connie al verla así vestida, no parecía que hubiera fuerza sobre La Tierra capaz de hacerla sentir fea. Hizo caso omiso de la reticencia de Mikasa y la llevó a rastras frente al espejo.
Mikasa contuvo la respiración y después la dejó escapar toda de golpe.
Había temido parecerse a la Sasha de ocho años, que en lugar de los zapatos fuera el vestido el que le quedara grande en la zona del pecho, o que fuera al revés y le quedara pequeño. Había esperado verse como se veía siempre, negro, blanco y negro y la bufanda emitiendo la acostumbrada chispa de color, pero lo que vio la sorprendió y la hizo desear por un momento quedarse así para siempre.
Se sentía bonita.
Gracias.
Practicó la caída de pestañas y la sonrisa de acuarela, el asentimiento leve y después hacia un lado, atrapando la mirada de Eren durante un segundo y dándole las gracias (con la ese fundiéndose en la punta de la lengua) por haberse dado cuenta de lo crucial que podía ser su veredicto en todo aquel asunto en el que se había metido al verlo desesperado por no conseguir montar la nata con la varilla de metal. Se había deslizado entre la esquina de la encimera y Eren y le había tocado la mano con los dedos, pidiendo permiso. Eren le había preguntado con la nariz manchada de moca si sabía lo que hacía y Mikasa había dicho que no, había pensado que sabía por quién lo hacía y había empuñado la varilla sabiendo que le saldría bien.
Gracias.
Mikasa no se arrepiente de lo que siente por él. Nunca ha pensado que sería más fácil querer a Jean, que querer a Armin dolería menos, nunca ha deseado arrancarse el corazón para no sentir nada. Pero lo siente. Lo siente y se le va la vida esperando algo de Eren que nunca llega, no un beso, no una mano tapándole la boca para que no chille mientras le acaricia la espalda y la besa detrás de la oreja, no una mirada de esas que se le escapan cuando Annie está cerca.
Lo que espera es ese reconocimiento que significa que si Eren no la considerara una hermana más de lo que se esfuerza en desmentir cuando Mikasa tiene que protegerlo de sí mismo, si no conociera todos los defectos que el resto de sus compañeros todavía pueden esconder pero que, a fuerza de vivir bajo el mismo techo que él, Mikasa hace mucho que no puede ocultarle, si no hubieran matado juntos, si no hubieran sobrevivido juntos, si Eren no hubiera entrado a los diez años en su habitación mientras se estaba cambiando y hubiera comentado que jamás tendría que usar sujetador, podría verla de otra manera, como cuando Carla decía que Eren era tan guapo como su padre y que si lo hubiera conocido de niña se habría enamorado de él.
—¿Y eso? —cabecea, en dirección a la bolsa de papel. Eren sigue su mirada y saca una corbata del mismo color que la bufanda.
Mikasa se pregunta si será una coincidencia.
—Pensé que te la quitarías —confiesa rascándose la nuca, azorado. Armin y Sasha intercambian una mirada de incredulidad—. Así parece que nos hemos puesto de acuerdo —masculla, señalando su pantalón negro—. ¿Me queda mal?
Mikasa sonríe con la sonrisa que tenía preparada para él, tenue y de témpera, bien dibujada sobre el rostro cubierto de pintura.
—Mal no —le ajusta el nudo que se ha hecho él mismo y la escena se le hace tan íntima que la sonrisa amenaza con desmoronarse—. Raro.
