La Bruja de las Nieves—

Entonces una dulce voz deshizo las risas con suavidad:

—Gafrell, Faylall, ¿no creéis que ya habéis torturado bastante al príncipe? ¿Por qué no lo dejáis descansar un rato? Ya habrá tiempo para que juguéis.

Las dos brujas se giraron, sorprendidas por la interrupción. De pie, con su silueta recortándose contra la luz del fuego, había otra mujer. Loki no logró distinguirla bien hasta que ésta se acercó situándose bajo el redondeado umbral, junto a las otras. Iba toda vestida de blanco, cubierta con un gran abrigo cuya capucha ocultaba sus facciones. Llevaba un esbelto arco de bella manufactura y una aljaba con flechas colgando del hombro. Se despojó de ambos objetos, apoyándolos contra la pared.

—¡Menudo susto, querida! —cacareó la alta Gafrell.

—¿Se te ha dado bien la caza? —preguntó Faylall sonriendo esperanzada, mostrando el hueco vacío de los dientes que le faltaban.

—Esta vez no ha habido suerte. Pero mañana volveré a intentarlo —respondió la recién llegada con timbre dulce, muy diferente del de las otras, que parecían un par de gallinas.

—¡Da igual, querida! ¿Qué importancia tiene un venado perdido cuando tenemos en nuestro poder al proscrito hijo de Odín?

—Después de todo la caza sí que se nos ha dado bien —rió Faylall.

—¡Pero que muy bien! —se le unió Gafrell.

—Es cierto —pareció sonreír la desconocida, pero Loki no acertó a vislumbrarlo en la sombra de su capucha—. Esta presa compensa todo lo demás.

La extraña de blanco se acercó a la cama donde yacía Loki. Entonces su cuerpo se puso rígido bajo el níveo abrigo y se giró hacia sus compañeras.

—¿Todavía no habéis limpiado su herida? —las interrogó con tono frío—. ¿Ni siquiera le habéis dado de comer? Que sea nuestro prisionero no implica que debamos maltratarlo… al menos no sin un motivo…

—¡Bueno, nos ha insultado! —se defendió la rechoncha Faylall enrojeciendo.

—Y… —titubeó la alta Gafrell—, te estábamos esperando… No sabíamos si era seguro acercarnos a él sin que tú estuvieras. Podría atacarnos…

—Y tal vez la única manera de detenerlo hubiese sido herirlo aún más… —abundó Faylall rememorando el gesto con el que había arrojado los dardos ígneos contra el falso Loki.

—¡O incluso matarlo! —agregó Gafrell—. Y entonces no nos hubiese servido para nada. Dudo que Odín pagase por su cadáver.

—¡Quizás sí! —exclamó la gorda con súbito entusiasmo virándose hacia la alta; pero ésta negó.

—No, si acaso pagaría una suma insignificante en comparación con la cantidad que vale estando vivo.

—Sí, seguramente —admitió Faylall con cierto pesar.

Las brujas guardaron silencio tratando de aparentar inocencia y buenas intenciones. Pero aquellos gestos de mosquitas muertas no les pegaban para nada. La desconocida se encogió de hombros y pidió amablemente:

—Está bien, llena la jofaina y trae un paño limpio, Faylall; y tú, Gafrell, prepara algo de comer para el hechicero. Creo que queda algo de sopa.

—No, no queda —sonrió avergonzada Faylall.

—Entonces bastará con algo de pan y un vaso de vino.

—¿Vino? —se quejó Gafrell.

—Haz lo que te digo, por favor —se limitó a replicar con serenidad la mujer envuelta en blanco.

Loki observó, asombrado, cómo las dos horrorosas brujas desaparecían para llevar a cabo lo que aquella extraña les acababa de decir. La obedecían sin rechistar. ¿Era, pues, la jefa de aquella sucia banda de arpías? Eso era lo que sospechaba Loki, que volvió a levantar el cuello, desafiante, decidido a no mostrar ninguna debilidad delante de sus captoras.

—¡Os arrepentiréis de esto, brujas! —siseó con odio a la espalda de la mujer de blanco—. Estáis cometiendo un grave error al retenerme… Te aseguro que lo pagaréis con la vida. Cuando me libere de estas cadenas nada ni nadie podrá protegeros. ¡No tendré piedad de vosotras, sucias puercas! ¡Acabaré con todas! ¡SOLTADME!

Loki gritó y se convulsionó en la cama como un enloquecido; pero lo único que consiguió fue herirse en las articulaciones donde las cadenas de oro se le incrustaron hasta hacerlo sangrar.

La desconocida se dio la vuelta y lo agarró de los tobillos.

—¿Quieres parar y dejar de comportarte como un poseso? ¿No ves que lo único que logras así es hacerte más daño?

—¡SUÉLTAME! —aulló Loki hirviendo de rabia e impotencia.

—De esta manera sólo pierdes energías.

—¡QUE ME SUELTES!

La extraña retiró sus finas y delicadas manos de los tobillos de Loki. El hechicero dejó de agitarse un segundo y la observó con el rostro bañado en sudor. Ella se retiró lentamente la capucha hacia detrás revelando una larga y lacia melena del color de la nieve que brillaba igual que ésta al ser alcanzada por los rayos del sol. Su fulgor iluminó incluso la estancia en penumbras, eclipsando a la luz de las velas. Loki pensó que su rostro era terriblemente hermoso; su piel pálida y limpia de defectos, sus labios sonrosados, su nariz recta, y unos grandes ojos negros que lo miraban con una profundidad insondable.

—Tu rostro me resulta familiar —susurró en voz baja el joven príncipe, momentáneamente apaciguado por la calma que aquella extraña muchacha le transmitía.

Ella no dijo nada. Se retiró el abrigo, arrojándolo sobre el sillón que había a su izquierda. Sus hermosos cabellos caían sobre sus hombros. Su atuendo no se parecía al de las otras dos brujas, pues al contrario que éstas, ella vestía totalmente de blanco. Lucía unos pantalones ceñidos y unas altas y confortables botas. Su blusa abotonada concluía en un cuello en forma de pico, dejando ver justo encima del escote un curioso y argénteo medallón circular que pendía del estilizado cuello unido a una fina cadenita. Un cinturón también plateado resaltaba la esbelta silueta de la joven. Su aspecto contrastaba con el de sus compañeras como contrastan el día y la noche.

Loki se quedó boquiabierto sin pretenderlo, admirando la belleza de aquella mujer. Entonces se fijó en el medallón, donde unos altorrelieves mostraban la imagen de un abeto triangular con un fondo de montañas que lo rodeaban, ensalzándolo. Loki reconoció el emblema y exclamó sorprendido:

—¡Eres una Bruja de las Nieves!

Su grave voz sonó sobrecogida, reconociendo que ante sí tenía a una hechicera sumamente poderosa. Ahora entendía por qué las dos feas arpías la trataban con tanto respeto y cumplían sus mandatos de buena gana.

—Nunca antes había visto a una Bruja de las Nieves —admitió Loki reposando la cabeza sobre la almohada y mirando al techo. Estaba muy cansado. No podía combatir contra aquella hechicera en unas condiciones tan lamentables. Así que optó por mostrarse sumiso e intentar averiguar más sobre su oponente. Descansaría el tiempo necesario para recuperar fuerzas. Entonces comprobaría quién era más poderoso de los dos. En el fondo estaba deseoso de batirse contra ella. Resultaría todo un desafío y una diversión para él.

—Aquí traigo la comida, querida.

—Y yo la jofaina.

Gafrell y Faylall bajaron el escalón. La larguirucha de ganchuda nariz dejó el plato y el vaso de barro sobre el escritorio, mirando desdeñosamente al príncipe de Asgard. Faylall fue derramando agua hasta depositar temblorosamente la jofaina a los pies de la cama, y le tendió un roñoso trapo a la Bruja de las Nieves mientras exclamaba:

—¡Yo no pienso curarle la herida a ese monstruo! Estando consciente sería capaz de morderme, ¿verdad, principito?

—Antes mordería a una rata de alcantarilla —pronunció Loki con voz suave, sonriendo ante las provocaciones.

La Bruja de las Nieves hundió el paño en el agua cristalina, y arrastró la jofaina sobre la superficie acolchada de la cama, rodeando el maniatado y estirado cuerpo del cautivo.

—Dejemos que sea él quien se lave sus propias heridas —dijo la hechicera de blanco—. Acércale la comida a la cama, Gafrell.

La aludida obedeció a regañadientes. El mendrugo de pan era ínfimo, y el vaso de vino estaba medio vacío. Loki los miró con el ceño fruncido, tensando los músculos de los brazos.

—Muchas gracias, me siento abrumado por vuestra hospitalidad —exclamó irónicamente—. ¿Y ahora cómo se supone que voy a degustar esta suculenta cena y a limpiarme la sangre? Aún sigo atado.

—Descuida —sonrió la Bruja de las Nieves haciendo un gesto con la cabeza para que sus dos compinches se retiraran a la otra habitación. Gafrell y Faylall se apresuraron a subir el escalón. La mujer de níveos cabellos se movió grácilmente hasta los pies de la cama. Respiró hondo, y ejecutó un extraño movimiento de muñeca. Su blanca mano surcó el aire una vez. Luego realizó otro gesto con los dedos y las cadenas doradas que sujetaban a Loki se deslizaron rápidamente, cual serpientes, hasta liberarlo.

El príncipe, al verse libre, sacó fuerzas de su interior y se incorporó como el rayo dando un portentoso salto hacia delante con la intención de pillar desprevenida a su adversaria. Mas cuando estaba a punto de alcanzarla, sintió que su cuerpo impactaba contra una superficie que le quemó la piel, provocándole un repentino espasmo de dolor que lo lanzó hacia atrás. Loki se golpeó contra el cabecero de la cama y soltó un reniego, al tiempo que Gafrell y Faylall estallaban nuevamente en carcajadas.

—¡Ups! Me parece que el principito se ha llevado un pequeño electroshock —rió Gafrell con su diente de oro reluciendo.

—¡Esto no se lo esperaba! —se tronchó Faylall dándose palmadas en la rechoncha pierna—. ¡Menudo chasco!, ¿eh?

—¡Creo que ha salido escaldado!

—¡Rechazado!

—¡Teleportado!

Las brujas rieron con ganas hasta casi reventar y se despidieron con remedos de reverencias, abandonando la habitación y perdiéndose de vista en algún otro lugar de la cueva. Cuando sus estridentes y jubilosas voces se apagaron, la Bruja de las Nieves sonrió:

—He levantado un escudo de fuerza a tu alrededor. Sólo yo soy capaz de retirarlo; sólo yo puedo controlarlo, agrandarlo o estrecharlo hasta cerrarse sobre ti, aplastándote. Es imposible que lo atravieses sin morir, de modo que te sugiero prudencia a la hora de moverte. A pesar de que es invisible, estoy segura de que podrás detectar sus fronteras con tu magia, pero jamás lo romperás. Ahora come, lávate y trata de reponer energías, porque las vas a necesitar. Buenas noches.

Loki observó cómo la Bruja de las Nieves se marchaba con una sonrisa en sus preciosos labios. La siguió con la ardiente mirada mientras se frotaba las muñecas amoratadas. Un odio enfermizo le quemaba las entrañas contemplando la hermosa y nívea melena de la muchacha agitándose al compás de sus elegantes zancadas. Entrecerrando los ojos con saña, temblando de ira, deseó poder torturarla lenta y concienzudamente hasta la muerte. El crimen que aquellas brujas estaban cometiendo contra su persona no merecía otro castigo. No sólo lo habían herido físicamente. Para Loki lo peor era esa sensación de impotencia; él, que siempre se había servido de la magia, ahora se veía incapaz de recurrir a ella. La Bruja de las Nieves y sus acólitas habían tenido la desfachatez de encerrarlo en una jaula de la que no podía escapar. Aquellas insolentes lo habían herido en su amor propio, y pagarían por ello.