-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
-Te gusta Yamamoto, ¿verdad? –Su cabeza giró como tirada por un resorte y su mirada era más sorprendida que enojada.
–¿Qué?
–Siempre lo estás mirando. –Me aceleré, ¡que rayos acababa de decir!. Seguí hablando, y lo poco de alguna otra emoción que pudiera tener Hibari, se desvaneció dejando en claro su sorpresa; no esperaba que yo me hubiera dado cuenta. Se había puesto un poco sonrojado y eso también me sorprendió a mí, porque el chico no parecía ser capaz de eso. Luego sus cejas se fruncieron y su cuerpo se tensó. También desvió la vista al ventanal.
– ¿Vas a chantajearme? –Preguntó muy serio. Su tono me dio a entender que creía lo peor de mi. Que me iba a burlar o a humillar por ello.
– ¿Qué? - Eso me tomó desprevenido. ¿De dónde había sacado esa idea? Claro que pensándolo bien, no fui muy sutil. -No lo dije por eso. –Corregí mi tono. Aunque creo que aun salió un poco agresivo.
–Entonces no lo miraré más. –Declaró después de unos segundos. Se ponía cada vez más tenso y se veía muy incomodo. Era como si se fuera haciendo roca debajo del uniforme.
–Tampoco me refería a eso. –Me quedé callado, pensando un poco. ¿A dónde quería llegar? – Me di cuenta porque siempre andamos juntos. Y, aunque no es muy listo, en algún momento se dará cuenta y no lo va a entender. Sólo creo que deberías hablarle o algo si eso es lo que quieres. –Y ahora fue él quien me miró extrañado.
– ¿Por qué? –Preguntó después de pasar su mirada por mi rostro muy severamente.
–¿No quieres que te ayude? –Contesté de inmediato, pero no lo había pensado. Aunque tampoco estaba mintiendo. Algo se retorcía en mi estomago incómodamente, mientras me acordaba de Yamamoto y la mirada lejana de Hibari. No sabía si era vergüenza por ser imprudente y quererlo compensar o, quizá, que realmente buscaba ayudarlo desde el principio.
Él estuvo callado un rato mientras me taladraba con los ojos. Después giró la cabeza bruscamente lejos de mí y del ventanal.
–Ponte a hacer tus deberes, o algo. No me hables. –Ok. Eso había sido todo, y no sabía si estaba decepcionado o aliviado. –Y… no lo menciones de nuevo.
–De acuerdo. –Zanjé el asunto.
Durante las siguientes dos horas del castigo, me dediqué a hacerme el desaparecido. Mirando sin ver mi cuerno o viendo por la ventana cuando el alboroto del entrenamiento alzaba el barullo. A veces distinguía a Yamamono y entonces regresaba la vista a la nada del libro. Sintiendo que me sonrojaría si pensaba en lo que acababa de hacer. ¿En que rayos me estaba metiendo? ¿Para que demonios había dicho aquello?
Todo el tiempo tuve esa incómoda sensación de que aquello no había salido como quería. Más incómodo era darme cuenta que no sabía que quería. Y ahora sabía algo que no tenía que saber, y al menos tenía que actuar como si no lo supiera.
Mientras me hacía el muerto delante de Hibari, me entró sueño. Cuando comenzaba a quedarme dormido la voz de Hibari se escuchó de nuevo.
-Ya te puedes ir. –Di un brinco en el asiento y miré mi reloj. Tenía que irme ya si quería alcanzar el autobús que me dejaba cerca de mi cafetaría favorita para merendar.
Sin decir nada, tomé mis cosas y estaba a punto de salir cuando lo oí.
– ¿En que… como sería tu ayuda, exactamente?
Me di la vuelva y miré a Hibari y sus ojos suspicaces. Sonreí.
Tendría que irme a pie.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
