El Bosque de las Muñecas

La mascarada prometía ser un evento enorme, pese a contar con la baja del matrimonio Kirkland-Fernández Garrido por parte del Kleine Haushaults. Luljeta atendió su cancelación de la plaza, viendo como ella parecía querer quedarse y él parecía preocupado por su salud, como si la pobre hubiera enfermado.

Igualmente fue a prepararse, recordando el éxito de fiestas anteriores con su increíble afluencia de público muy diverso. Pensó que Roderich seguramente tocaría en directo alguna de sus magistrales piezas, las cuales permitirían que bailara y conociera a alguien interesante.

Al caer la noche se mostró un número de no invitados demasiado alto, en general curiosos que tenían como objetivo preguntar al músico sobre su morbosa historia más que sobre su carrera o el espectacular evento. Parecía como si alguien se hubiera dedicado a hacer preguntas o peor, a responderlas. Sin embargo, al dueño del hotel no debía importarle mucho cuando llamó a la puerta de su asistente.

-Señorita Hoxha, venía a preguntarle si le gustaría acompañarme a la mascarada de esta noche.

-¡Por supuesto!-Respondió emocionada.

Para bajar al salón doble con decoraciones doradas elogió un vestido negro junto a unos guantes altos junto a una gargantilla blanca y su corona de rosas. Quizá estaba algo fuera de la elegancia y la teatralidad que poblaba el lugar, pero que no llamó la atención al bajar los escalones de mármol del brazo de su jefe, imaginándose el salón vacío para estar menos nerviosa.

-¿Qué te parece?

-Es una maravilla. Herr Edelstein, ¿quién es esa máscara?

Señaló a quien parecía un hombre con un elegante y decorado abrigo morado oculto tras una careta de cerámica y un velo floral. El desconocido sostuvo una copa de vino con la elegancia propia de un experto. Conversaba con un grupo que bebía de lo que fuera que hablara como si fuese una mezcla entre el mayor sabio de la historia y un bufón acorde a la velada. El desconocido se acercó a ellos, invitando a Luljeta a bailar mientras hacía una rima con lo bella que le parecía. También se acercaron una pareja: un hombre muy alto y corpulento, con el pelo platino algo largo, los ojos violetas de gran nariz y con traje tan níveo como su piel; y una chica con el pelo rubio corto, ojos azules y vestido rojo largo y pomposo.

-¡Sus majestades!-Realizó una reverencia ante la pareja.

-Vaya, Edelstein, no esperábamos verte.

-Veníamos a ver a nuestra sobrina Nataliya.-Explicó el hombre.

-Creía que venían por nuestro negocio.

-¿Negocio? No me pareció grave en absoluto lo sucedido, y ambas partes salimos compensadas. ¿De verdad desea hablar de esto?

-Sí. Pero, no delante de mi amiga.-Susurró.-Luljeta, ¿por qué no aceptas un baile con él mientras yo hablo con estos señores?

-De acuerdo.-Aceptó la mano del disfrazado aún sorprendida por cómo Roderich la había apartado de esa conversación pese a ser su mano derecha.

Él parecía conducirla suavemente al ritmo de la dulce música apoyando sus manos sobre sus caderas y enterrando el rostro sobre su hombro. Luljeta le rodeaba el cuello, intentando averiguar la identidad del extraño.

-¿Eres Mathias Khøler?

-No.-Encima, la máscara distorsionaba la voz.

-¿Allistair Kirkland?

-Ni siquiera le conozco.

-¿Entonces...?

-¿Por qué no mejor disfrutamos de este baile? Es una canción hermosa... Aunque, no tanto como tú...-La pasión del comentario la hizo sonrojar por un momento.-Diría que tu belleza puede reflejarse en el cuadro de Carlo Aldrovandi Venus terrenal.

-¿Sabes de cuadros?

-Mi querida compañera, sé de muchas cosas: Arte, música, matemáticas y ciencias diversas. ¿Y tú?

-Bueno, me gusta el Arte. Antes trabajaba como guía en Albania. Pero, lo dejé para cuidar a Herr Edelstein y ayudarle en algunas tareas.

-Luego, también sabes de Administración. Muy interesante...

La melodía terminó de repente cuando Roderich subió al escenario. El enmascarado se marchó fuera del recinto directamente. Luljeta le siguió sin que él se diera cuenta, sorprendiéndose al descubrir su verdadera identidad.

-¿Feliciano?

-Sí.

No se le escapó la mirada de tristeza con que observó su antiguo disfraz, haciéndole sentir pena por él.

-Debí suponerlo por tu abrigo morado y tus halagos.

-Te sonrojaste al oírlos.-Pareció recobrar cierta alegría.-Iba a ver a mi hermano, le echo mucho de menos y se me ha ocurrido darle esta cosa. ¿Te gustaría acompañarme?

Un ramalazo de pena por empatía la alcanzó, de modo que asintió y le acompañó a coger un coche de caballos que inició su ruta.

-¿Está muy lejos?

-Tras el bosque.

-¿Tras el bosque? Está muy alejado, deberías haber ido por el día.

-Probablemente. Pero, estos días he estado muy ocupado, preparando este disfraz, hablando con chicas, cobrándole revanchas a Feliks, haciéndome amigo de él y Ludwig...-"Y colándome en la habitación de mi tío y que lo único extraño haya sido un libro viejo"

-Seguro que él lo entenderá.

-Eso espero.

Luljeta entendió que no tendrían mucha relación por algún grave suceso ocurrido en el pasado, pero nunca imaginando que para averiguarlo hubiera que parar en un cementerio, un cementerio tenebroso iluminado artificialmente. Feliciano le mostró una tumba con las fotografías de un chico muy parecido a él, pero con ojos verdes y vestido como un mecánico; y una chica muy pálida y elegante.

-Lovino Vargas y Maria Beildschmidt... ¡Por eso la conocías, era tu cuñada!

-Sí. Ella y mi hermano intentaron fugarse cuando rechazó a Roderich, pero uno de los caballos tenía un fallo que lo hizo trastabillar y caer, destrozando el carro y a ellos dentro. Recuerdo ver los dos ataúdes juntos. Abrí la tapa, encontrando los cadáveres tapados con máscaras y cuando los retiré...-Tomó aire para sobreponerse ante el terror y el asco de la imagen.-Lovino tenía la cabeza deforme y destrozada; aparentemente los caballos pasaron por encima de él cuando salió disparado por una ventana. A Maria le faltaba un ojo y alrededor, un eje de las ruedas le había atravesado por completo la cabeza. Nunca desaparecerá de mi mente esa impresión... -Cerró los ojos y se llevó las manos a la cara, permaneciendo así unos segundos.-En el fondo me apetecía pensar que si había un culpable y me vengaba, podría en cierto modo darles la paz que se merecen. Por eso quería acusar a Rode. Siento haberte llamado estúpida, aquí el único que lo ha sido fui yo.

-No, no lo eres. En cierto modo sólo te preocupaba por tu hermano, incluso después de muerto. Eso es bonito en cierto modo.

-Gracias, Luljeta.-Fue significativo que no la llamara "bella".

El silencio se instaló entre ellos, resultando tan incómodo que tuvieron que volver al carruaje, escuchando los cascos de los caballos y el pulular del viento entre los árboles, generando sonidos casi fantasmagóricos a su paso. Pareció que Feliciano regresaba a su personalidad divertida y seductora a juzgar por la sonrisa que le dedicó a su acompañante, haciéndola sentir tan nerviosa como en el baile. Iba acercándose más y más, hasta quedar totalmente a su lado y volver a coger su mano, que besó con cierta galantería. Miró a Luljeta directamente a los ojos, acercando su cara a la suya sin que hubiera rechazo. Es más, parecía invitarle a ello.

Cuando por fin iban a besarse, un silbido rasgó el aire y la pared del carruaje. Una de las cadenas de algún caballo había saltado por los aires y, a juzgar por el rastro de sangre, había impactado y atravesado al conductor. Feliciano gritó que se agarrara a un tirador, tal y como había hecho él, pero la imagen, los relinchos desbocados de los animales falsos y los cada vez mayores velocidad y desorden en el avance del coche la paralizaron por completo. Así, obligó a su acompañante a ser el héroe que la agarró y apretujó contra sí mismo.

Tras unos segundos de caos, final y afortunadamente, el carro chocó contra un árbol por el lado contrario a ellos, quedando las ramas a unos pocos centímetros. Las bestias seguían desbocadas y reiniciarían su carrera en cuanto les fuera posible, así que aprovecharon la única puerta no destrozada por el impacto, y que había servido como asegurador, para salir con las piernas aún temblando.

Las pocas milésimas de segundo usadas en recuperarse valieron la pena. Una vez recuperados del mayor susto de sus vidas echaron una oteada al lugar en el que habían caído y que, aparte de serles desconocido por completo, les heló la sangre.

Había muchísimos árboles, todos ellos mal cuidados y casi moribundos. Dichos árboles mostraban lo que a simple vista parecían protuberancias extrañas, pero que revelaron su aspecto como diversas partes de muñecas muy diferentes.

-¿Luljeta? ¿Sabes dónde estamos?

-No... Pero no me gusta, en absoluto.

Ninguno conocía alguna posible forma de regresar al pueblo, al hotel o siquiera al bosque. Ninguno sabía qué sitio era ese y por qué las muñecas colgando. Sólo sabían que debían ponerse en marcha para llegar a algún refugio hasta el día o serían la comida de las alimañas que merodeaban por el lugar.

El lugar iba volviéndose cada vez más tenebroso a cada paso que daban, encontrándose por todas partes miembros de muñecas que parecían haber sido torturados de las peores formas posibles. La oscuridad sólo potenciaba lo chocante, haciendo que desearan volver al Kleine Haushaults lo antes posible.

-¿Estás asustada?

-No.-Mintió Luljeta.

-Yo sí. Tengo la sensación de que en cualquier momento una de ellas cobrará vida y me perseguirá para matarme profiriendo grititos ininteligibles.

-...No deberías pensar algo así. Sólo son muñecas.-No quedó claro si el mensaje iba dirigido a Feliciano o a ella misma.

No se dieron cuenta hasta que no quedó ninguna, pero a medida que habían ido introduciéndose en el bosque el número de juguetes había ido decreciendo. Lo notaron concretamente al llegar a un claro con una casa en el centro, que, contrariamente a lo que habían creído en un momento, sólo les dio mala espina.

-Tal vez halla un teléfono dentro.

Siguiendo tal pensamiento se acercaron a la que sería la puerta, pero ésta estaba cerrada y era demasiado grande y pesada como para poder abrirla. Luljeta observó a Feliciano muy empeñado en seguir intentándolo, así que se acercó a las ventanas.

Si hubiera podido habría gritado al observar ese horror de nuevo, pero otra vez el terror súbito la hizo frenarse. Había una parte de su mente que, sin embargo, estaba muy interesada en el morbo de la imagen, así que le hizo ver que las muñecas del interior eran más realistas que las del bosque, pareciendo casi bebés que alguien había desmembrado.

-No consigo abrir y...-Feliciano observó también las nuevas muñecas, pero, quién sabe de dónde, sacó valor y abrió la ventana, cayendo los juguetes con estruendo.

-¿Por qué?

-Tenemos que pasar dentro y buscar un teléfono. Aunque, me siguen dando mal rollo...-Dijo antes de entrar a una habitación vacía, seguido por ella.

No encontraron nada interesante, de modo que entraron a otra sala, desnuda también salvo por una estantería con lo que en un principio les parecieron cadáveres de niños, pero que no era así. En esta ocasión no les asustó especialmente, cada vez más acostumbrados a su aparición.

-Más que asustarme, voy a acabar odiando estas cosas. Juro que si algún día tengo un hijo o una hija nunca le compraré una muñeca.

-¿Y con qué jugarán?

-Trenes de juguete. O libros. Mi abuelo solía darme muchos libros, sobre todo Matemáticas, Música y Arte.

-El abuelo Vargas quería que fueras inteligente.

-Supongo. ¿Y el tuyo?

-No llegué a conocerlo. Me crió mi padre, el cual murió antes de mudarme.

-Yo es que ni conozco al energúmeno que preñó a mi madre hasta tres veces y se largó, teniendo la soberana desfachatez de venir a su funeral a reclamar herencia. Mis abuelos nos criaron. Él se llamaba Rómulo Vargas y siempre ponía mucho empeño en mí, decía que yo era muy listo y talentoso. Mi abuela Apanu prefería a Lovino porque afirmaba que era pasional y selectivo en las amistades, como ella. La realidad es que los dos solían cabrearse mucho y ser muy bordes, pero le inculcó su habilidad en la herrería y la mecánica. Muchos caballos metálicos que ves los hizo él. Carlo fue una auténtica sorpresa, y recibió cariño por parte de ambos, pero al ser tan joven no ha mostrado interés en ninguna materia, más allá de ser una casanova. Ve~, a los 14 años yo también lo era, pero ya cantaba el Sole mio.

-¿Qué es "Ve~"?

-Una contracción de Bene. No es que me halla vuelto loco o algo así. Y... No hay ningún teléfono.-Se apoyó en la pared y se dejó caer hasta el suelo. Cuando ella se puso a su lado se dejó caer en su hombro.

Permanecieron de nuevo en silencio. Por romperlo, se aventuró a preguntarle a Luljeta sobre su familia, encontrándose con una información sorprendente:

-Mi madre murió en el parto. Mi padre se hizo cargo de mí, aunque a veces era algo taciturno. Tenía una hermana mayor, a la que no recuerdo mucho, pues un día la violaron y asesinaron cuando volvía del colegio. Él se volvió aún más solitario, pero jamás me descuidó. Tuve pareja por mucho tiempo, y hasta tuvimos un hijo, con él fui muy feliz. Mi padre jamás cesó en su búsqueda del culpable de la muerte de mi hermana, y un día averiguó que era el alcalde del pueblo, denunciándolo. Sospechosamente, mi marido y mi hijo fueron asesinados y sospechosamente mi padre estaba en la escena del crimen con un cuchillo ensangrentado. Todos saben que fue él, pero nadie movió un dedo cuando le ejecutaron injustamente. Por eso, cuando hace dos años me pude ir lo hice.

-Es horrible...

-Da igual. El tiempo lo cura todo, y sobre todo cuando intentas ver todo lo positivo hasta en las pequeñas cosas. Por eso me enfadé cuando te empeñaste en que Roderich no era un asesino, porque no quiero que esto se derrumbe.-El tono aún contenía cierta tristeza.

-¡No se derrumbará! ¡Me tienes a mí y siempre me tendrás!-La abrazó súbitamente, pareciendo tener cinco años de nuevo.

-Si apenas te conozco...-Rió.

-Voy en serio. Así siempre habría sorpresas entre nosotros, lo que haría todo más divertido.-Volvió a acercarse de la misma manera que en el carruaje, pero esta vez encontrando sus labios. No hubo rechazo alguno.

Incluso le devolvió el beso. Se separaron y volvieron a juntarse, pero esta vez con más rapidez, como si no quisieran perder el tiempo. Por eso aceleraron el ritmo, pero cuando cayeron sobre el suelo y el abrigo morado ya había sido lanzado escucharon unos pequeños pasos del piso superior.

-Oh, no...

A esos primeros pasos se unieron más, e incluso les pareció oír unas risas infantiles muy agudas. No tardaron en oír las tablas de los estantes crujir. Sin perder mucho tiempo retrocedieron. En la habitación inicial ahora habían aparecido nuevas inquilinas que reían y se arrastraban como podían hacia ellos.

Gritaron e intentaron salir por la ventana, hallándola cerrada y atrancada. Seguramente las muñecas que estaban fuera riéndose y señalándoles como podían eran las responsables. Luljeta intentaba forzar la ventana mientras Feliciano contenía como podía a esas criaturas, sirviéndose de todo lo que estuviera por el suelo: Piedras, maderas... Al volver a agacharse notó un líquido claro en ambas manos. Miró a sus costados, viendo un muñeco de pelo castaño con la cabeza destrozada y una rubia con el único ojo no arrancado azul con tintes rosados.

-¡La he abierto!-Ella fue la primera en salir, aprovechando él para coger ambos.

Corrieron por el bosque siendo perseguidos por esas pequeñas aberraciones infernales. Parecían gritar "Mamá" una y otra vez, seguramente fueran de cuerda. Al principio fue fácil huir, pero cuando regresaron al bosque, aquellas bajo sus pies les agarraban, lo mismo con las colgadas en los árboles, que les dejaron varios arañazos y cortes en la cara.

No frenaron ni cuando el oxígeno llegaba con pinchazos en el pecho ni cuando sus piernas flaquearon. Llegaron al límite con el bosque real, el vigilado por Bastian Zwingli desde su cabaña. Estaban salvados.

Cuando se giraron vieron esos monstruitos darse la mano y regresar a su hogar mientras dijeron un "Volved pronto amigos. Recuperad vuestros huesos".

Luljeta se abrazó a Feliciano y aunque le devolvió efusivamente el contacto, sabedor de cómo habían cambiado las cosas entre ellos esa noche, una parte de él sabía lo que eran los huesos...