V
Una vez sentí que mis energías se recuperaban, me levanté, tomé las partes de mi alforja y enlacé una de las garras del dragón, el resto lo usé para guardar la lanza y me lo colgué como una maleta. Recorrí el camino hasta el cuartel arrastrando el cadáver del cabecilla, mientras sentía mi piel arder por las heridas.
Cuando entré en la base, fui recibida con un respetuoso silencio por parte de mis compañeros que aún permanecían en pie. Dejé mi trofeo en el patio mientras me tumbaba sobre el suelo, esperando ser atendida; mas mi capitán estaba al tanto de que había regresado y no tardó en hacerme llamar. Tuve la tentación de negarme a ir hasta que alguien tratara mis quemaduras, pero me hicieron saber que él no aceptaría un "no" como respuesta.
Él estaba molesto. No profería gritos en mi contra pero su enojo era evidente. Me hizo saber que si alguien hubiese lanzado la alarma en la atalaya, nuestras tropas hubiesen estado preparadas y no hubiésemos sufrido esas diez bajas, que me tocaron la fibra más sensible del corazón. Aún hoy me pregunto si todo hubiese sido distinto por el simple hecho de dar la alarma. No lo sé, pero lo que sí sé es que no cargaría con esas diez muertes en mi conciencia.
-… por otro lado, Nada mal, soldado. Derrotar un dragón altamente entrenado tú sola- me dijo el capitán luego de informarme sobre las consecuencias de haber faltado a mi deber-. Estoy seguro que la recompensa beneficiará enormemente nuestra base- mi mente se puso alerta al oír ese "nuestra"-. No obstante, alguien debe responder por todo este desastre. Así que dame una buena razón para que no estuvieses en tu puesto.
Permanecí en silencio. Deseaba tener una buena excusa, pero mi mente estaba en blanco.
-Muy bien, ésto es lo que vamos a hacer. ¿Ves este papel?- dijo mientras deslizaba la hoja sobre el escritorio- En ese documento asumes totalmente la culpa de lo ocurrido debido a tu discapacidad- Aquella palabra perforó mi orgullo-. Es una petición para conservar un lugar en el ejército como mi secretaria. No tendrás que jugarte la vida y, si haces todo lo que te pida, podría hacer que te tripliquen el sueldo.
El trataba de usar un tono seco propio de una negociación, pero no podía evitar escupir lujuria con cada palabra y cada mirada que me dedicaba mientras se acercaba. El destino parecía estarme jugando una cruel broma al darme la solución a mi problema de la forma más humillante posible.
-¡Jamás! Prefiero ir a juicio- Le dije
No tomó bien mi negativa. Sin que tuviese tiempo de reaccionar, él me derribó haciéndome caer boca arriba. Sentí que la vida se me estaba yendo con ese golpe. Inmediatamente me puso uno de sus cascos en mi boca. Traté de girar sobre mi cuerpo, pero él se recostó sobre mí impidiendo que me moviera. No pude retirarlo. La fuerza en mu cuerpo ya se había ido. Entonces, sentí cómo puso el casco que tenía libre sobre la quemadura en mis costados. Lancé un grito, que fue ahogado por la presión que me ejercía, mientras pataleaba, tratando de liberarme.
-Entonces serás juzgada como traidora y, cuando estés en mi calabozo, ya no habrá nada ni nadie que pueda ayudarte. Tu elijes, soldado: Puedes ser mía por las buenas o por las malas.
Estaba derrotada. Simplemente me rendí mientras me ahogaba en lágrimas. Él me dio un beso en mi mejilla húmeda, y sólo entonces retiró su casco de la quemadura. El dolor era tal que no me levanté cuando me liberó. Sentía que la piel se me estaba cayendo. Me quedé un rato tendida en el suelo mientras él regresaba a su lugar. Lo odiaba, hubiese ido a juicio, aun con la desventaja de ser su subordinada, de no ser por ti. El solo hecho de pensar una vida sin ti y sin las niñas me dolió demasiado, mucho más de lo que ardía mi odio.
Con todo el pesar de mi corazón, tuve que aceptar firmar el papel renunciando a mi sueño y mi dignidad. Él me avisó que no debía regresar al trabajo hasta que recibiera una razón de los altos mandos.
Cuando estaba saliendo del cuartel, apenas estaban llegando los servicios de emergencia junto con la prensa. Estaba tan molesta que no quise que trataran mis heridas. Me alejé por las calles de la ciudad en dirección a tu casa. La hora de recoger a las niñas ya había pasado y estaba muy preocupada.
Timbré en la puerta principal; me abriste casi en seguida. No sé en qué estaba pensando. Deseaba darte la impresión de que todo estaba bien y te saludé con el "hola" más natural que pude articular. Pero ¿Cómo iba a engañarte? Tenía la crin quemada, mi pelaje sucio, las heridas expuestas, los ojos rojos de tanto llorar, y apenas me podía mantener en pie. Me llevaste adentro de inmediato. Estaba tan débil que me cargaste con facilidad hasta la habitación que tenías reservada para emergencias.
Recuerdo cómo tratabas de tranquilizar a las niñas desde el otro lado de la puerta, diciéndoles que todo iba a estar bien, pero que te dieran espacio. Nunca te había visto trabajar de ese modo. Eras veloz. Me tomaste los signos vitales en la mitad de tiempo que los paramédicos del ejército. Afortunadamente, mi vida no estaba en riesgo, pero mi piel lucía terrible. Yo sólo te dejé trabajar. Me sentía tan vacía que no deseaba hablar. Una vez acabaste, te di la dirección de mi madre para que le enviaras una carta. Sólo recuerdo que te marchaste de la habitación y me quedé profundamente dormida.
Al día siguiente, fui despertada por el ruido de Dinky jugando en una esquina de la habitación. Fue reconfortante escucharla decir "mami" y correr junto a mí. El resto del día lo pasé rodeada del afecto de mi madre y las niñas; pero, al final, en la tarde se tuvieron que marchar, le dejé instrucciones a ella para que revisara el buzón de mi casa y estuviese atenta de la carta del ejército.
Fue un sueño pasar el tiempo contigo. En cierto modo, me sentía feliz de gozar de tus cuidados. Casi me hizo olvidar que, en la primera página del periódico, estaba la foto de mi cuartel. En el texto alababan la valentía y fortaleza de los soldados, que lograron acabar con uno de los más importantes líderes de los dragones; y todo gracias a la brillante táctica de su capitán.
Al tercer día, me quitaste la venda de mis heridas y yo, en ese momento, aproveché para volver a caminar. Entonces me topé con un espejo de cuerpo completo que tenías en uno de tus pasillos. Fue doloroso verme así. Tenía un largo parche en mi costillar izquierdo, y uno más pequeño en el pecho. Mi piel había perdido su elasticidad, se veía vieja e irritada. Me dio asco, las lágrimas se me empezaron a escurrir, mezcla del dolor y la repulsión. Entonces, en ese preciso momento apareció Dinky. Siempre trataba de evitar que ella me viera llorar, pero no tuve oportunidad de disimular.
-Mamá, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?- Me preguntó mientras se acercaba.
No tenía palabras para decirle la verdad. Traté de ocultar mis heridas y le dije "me duele mucho, quizá deba volver a la cama".
-Yo también me he pegado muy fuerte antes, siempre que me das un abrazo me siento mejor- Acto seguido, me estrechó en un largo abrazo. Tenía razón, el dolor empezó a desaparecer- Además- agregó-, mi primera mamá siempre me daba un beso- y dicho eso, me besó en la cicatriz. Más que nunca me sentí afortunada de tener a mi pequeña Dinky. Lo menos que podía hacer era regalarle una sonrisa de vuelta.
Sin embargo, cuando regresé a mi habitación no pude dejar de pensar en ti. Ya ni siquiera te era aceptable en mis fantasías. ¿Cómo me ibas a amar si había dejado que mi cuerpo se convirtiera en una blasfemia? Era imposible que me vieras con cariño si yo misma no podía verme al espejo. Había empezado a pensar que tenía mucho más valor aceptar el corrupto cariño de mi capitán, mientras fuese joven y pudiera tenerlo. Después, no me quedaría ni el recuerdo de un "te quiero"
Esa noche fuiste a mi habitación para volverme a tratar. Llegaste con un par de sobres, de los cuales resaltaba uno del ayuntamiento. En él se encontraba la respuesta de mi supuesta petición. Dejaste a un lado el correo y me dijiste:
-Dinky me dijo que aún sufres mucho dolor, pero quería confirmar antes de darte analgésicos.
Te dije que no era necesario. Tuve miedo, había quedado mirando directamente la carta en el sobre especial y mi corazón empezó a latir con fuerza. Sabía que una vez aceptara los abusos de mi capitán, no tendría el coraje de volver a mirarte a los ojos. Por primera vez, me di cuenta de que te estaba perdiendo y me dolía. Me dolía muchísimo. Me dolía verte en el futuro como un brillante científico, con una hermosa familia mientras yo continuaba siendo la concubina de mis superiores. Me dolía pensar que, algún día, ya no sería importante para ti y que ese espacio en tu corazón, que yo tanto anhelaba, se lo dieses a otra.
Sentía un torbellino de emociones en mi cuerpo mientras terminabas de arreglar mis vendas y, cuando estuviste a punto de terminar, el nudo en mi garganta se desató y mis sentimientos fluyeron en dos simples palabras
-Te amo- Dije dispuesta a recibir una puñalada en mi corazón.-Yo te he amado desde el primer instante— Dije dejándome llevar por el momento.
Lentamente, mi corazón se empezó a normalizar cuando empezaron a pasar los segundos y tú no respondías. Cada segundo de silencio era la muerte.
-¿Nada?- Pregunté cuando el silencio se hizo insoportable.
-Yo… no es que no te quiera, es sólo que es un poco repentino. Yo no esperaba nada de ésto…- Empezaste a decirme y por cada palabra sentía que me clavabas más profundo el puñal.
Te miré a los ojos y te dije:
-Por favor, si es así, dime que me quieres… que de verdad de me quieres como yo te quiero.
Por un momento me perdí en tus ojos, y entonces vi aparecer en tus mejillas aquel hermoso rubor que nunca te había visto.
-Yo también te quiero.
Supe que si no lo hacía, tú no lo harías, y me lancé hacia tus labios. Y aunque ya había fantaseado miles de veces con aquel momento, siempre atesoraré la cándida ternura con que me regalaste tu primer beso
