hola hola jejeje 2 capis de un solo tiron jeje a poco no me paso de buena jeje

Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 6

Las ideas comenzaron a girar en torbellino en la cabeza de Alice Lo mejor, pensó, era hacerle sentir como un tonto.

—¿Estás loco? — Alzó los ojos y frunció el ceño—. Sí, claro, es un diamante, un diamante azul y enorme. En la guantera llevo uno verde, y otro rojo, muy bonito, en el otro bolso. Me gasto todas las ganancias del bar en diamantes. Es una debilidad.

Él la observó un momento, balanceando lánguidamente la piedra. Parecía mosqueada, pensó. Divertida y retadora.

—Y, si no es un diamante, ¿qué es?

—Un pisapapeles, por el amor de Dios.

Él aguardó un instante.

—¿Llevas un pisapapeles en el bolso?

Demonios.

—Es un regalo —dijo ella quisquillosamente, alzando la nariz al aire.

—Sí, ya. De Hank, tu novio, claro —se levantó y comenzó a hurgar distraídamente entre el resto de las cosas que había volcado sobre la cama—.Veamos, aparte de una porra...

—Es un cartucho de monedas.

—Da igual. Aparte del aerosol antiagresión y de un abrelatas que dudo que uses para abrir cervezas, tenemos una agenda electrónica, una cartera con más fotos que dinero...

—Te agradecería que no manosearas mis cosas personales.

—Pues demándame. Una botella de agua mineral, seis bolígrafos, cuatro lápices, un lápiz de ojos, cerillas, llaves, dos pares de gafas de sol, una edición de bolsillo de lo último de Susan Grafton, buen libro, por cierto, no te contaré el final... Una chocolatina... —se la tiró—. Por si tienes hambre. Un teléfono móvil —se lo guardó en el bolsillo de atrás—, unos tres dólares en monedas, una radio y una caja de condones —alzó una ceja—. Sin abrir. Pero, claro, nunca se sabe.

A Alice empezó a subirle por el cuello un calor sofocante, mezcla de vergüenza y rabia.

—Eres un pervertido.

—Yo diría que eres una chica previsora. Así que ¿por qué no llevar un pisapapeles encima? Podrías toparte con un montón de papeles que hubiera que sujetar. Sucede muy a menudo —amontonó las cosas que había dispersas sobre la cama y volvió a guardarlas en el bolso—. No voy a preguntarte por qué clase de tonto me tomas, porque me lo imagino —acercándose al espejo que había encima de la cómoda, pasó la gema diagonalmente por el cristal, dejando un arañazo largo y fino—. Los espejos de los moteles ya no son como los de antes —comentó, luego se dio la vuelta y se sentó en la cama junto a ella—. Ahora, volvamos a la primera pregunta. ¿Qué estás haciendo con un diamante azul lo bastante grande como para que se atragante un gato? —Al ver que ella no respondía, Jasper la agarró de la barbilla y le alzó la cara—. Escucha, hermana, podría atarte otra vez, dejarte aquí y largarme con tu pisapapeles de un millón de pavos. Esa es la salida número uno. Puedo tumbarme aquí, ver la película y esperar a que te canses, porque tarde o temprano me dirás lo que quiero saber. Ésa es la salida número dos. La salida número tres consiste en que tú me dices ahora por qué llevas en el bolso un pedrusco con el que uno podría comprarse una islita en las Bahamas y empezamos a imaginarnos cómo vamos salir de este lío.

Ella no se movió. Ni siquiera parpadeó. Jasper tenía que admitir que tenía los nervios de acero. Aguardó pacientemente mientras ella lo observaba con sus ojos verdes y rasgados como los de un gato.

—¿Por qué no has optado ya por la salida número uno?

—Porque no quiero que ningún gorila intente partirme en dos, no me hace gracia que me disparen y no me gusta que una chica flacucha con muchos humos me tome por imbécil —se inclinó hacia ella hasta que sus narices se tocaron—. Alguien me las va a pagar por esto, nena. Y tú eres mi única pista.

Ella le agarró la muñeca y le apartó la mano.

—Conmigo no te van a servir de nada las amenazas, Withlock.

—¿Ah, no? —Jasper cambió de táctica suavemente. Volvió a posar la mano sobre la cara de ella con suavidad y le pasó los nudillos por el pómulo. Ella parpadeó, sorprendida, y entornó los ojos—. ¿Quieres que abordemos la cuestión de otro modo?

Sus dedos se deslizaron por la garganta de Alice y descendieron por su cuerpo para volver a subir antes de deslizarse alrededor de su cuello. La boca de Jasper parecía suspendida sobre ella, a un suspiro de distancia.

—No te atrevas —le advirtió ella.

—Demasiado tarde —sus labios se curvaron, y sus ojos se clavaron en los de ella—. Llevo dándole vueltas desde que entraste en ese edificio de apartamentos delante de mí.

No, pensó, en realidad llevaba dándole vueltas desde que Ralph le había dado su fotografía. Pero en eso pensaría más tarde.

Sus labios rozaron la boca de Alice y se apartaron levemente. Esperaba que ella diera un respingo o se resistiera. Era evidente que Jasper estaba pulsando todas las teclas que asustaban a una mujer, lo cual era deplorable. Pero de eso también se ocuparía más tarde. Sólo quería presionarla un poco, conseguir que cantara antes de que los mataran a ambos. Y si de paso obtenía un poco de retorcido placer, bueno, en fin, uno tenía sus defectos.

Sin embargo, Alice no se resistió, ni dio un respingo. No movió ni un músculo. Se limitó a mirarlo fijamente con aquellos ojos verdes de diosa. Y un estremecimiento turbio y primigenio se extendió por el vientre de Jasper. Lo cual era un pecado más que echarse a la espalda, se dijo, y, agarrando la mano Ubre de Alice, bebió un largo y profundo trago de ella.

Aquel beso era todo calor, primitivo como un retumbar de tambores tribales. Nada de razón, nada de lógica, todo instinto. Aquella boca sorprendentemente lujuriosa cedió bajo la suya, y Jasper se sumió en ella. Un eco triunfante resonó en su garganta al hundirse en ella, sumergiendo la lengua entre aquellos labios carnosos y tentadores, sumiéndose en aquel cuerpo alargado y recio, introduciendo los dedos en aquel casquete de pelo negro.

Su mente se apagó como una lámpara fundida. Olvidó que aquello era un ardid, una artimaña para intimidar a Alice. Olvidó que era un hombre civilizado. Olvidó que ella era un trabajo, un rompecabezas, una extraña. Y comprendió que podía hacerla suya.

Su mano se cerró ávidamente sobre el pecho de Alice. Su pulgar y su índice tiraron del pezón, que se apretaba contra la fina tela de la camiseta. Ella se retorcía bajo él, se arqueaba hacia él. Y la sangre retumbaba como un trueno en la cabeza de Jasper.

Alice se sacudió de pronto y le clavó los dientes como un cepo en el labio inferior. Jasper gritó, intentó apartarse y, convencido de que ella le arrancaría un pedazo de carne, le pellizcó la barbilla hasta que lo soltó. Se apretó el dorso de la mano contra el labio dolorido y, al apartarla, miró con el ceño fruncido la sangre que manchaba su piel.

—Maldita sea.

—Cerdo —Alice parecía vibrar. Se puso de rodillas sobre la cama e intentó golpearlo, pero él se apartó y ella comenzó a maldecir—. Pervertido.

Jasper le lanzó una mirada asesina y dio media vuelta. Cerró de golpe la puerta del cuarto de baño. Alice oyó correr el agua. Y, cerrando los ojos, se echó hacia atrás y dejó que los temblores se apoderaran de ella.

«Dios mío, cielo santo», pensó, llevándose la mano a la cara. Había perdido el juicio. ¿Se había resistido? No. ¿Había sentido rabia o asco? No. Había disfrutado.

Osciló suavemente, se reprendió y mandó a Jasper Withlock al infierno. Había dejado que la besase. No tenía sentido fingir lo contrario. Había mirado aquellos temibles ojos grises y sentido una sacudida eléctrica cuando aquella boca altanera había rozado la suya.

Y lo había deseado. Sus músculos se habían aflojado, sus pechos se habían erizado, y su sangre había empezado a bullir. Había dejado que él la besara sin emitir ni un murmullo de protesta. Y le había devuelto el beso sin pensar siquiera en las consecuencias.

M.B. Alice, pensó, aquella chica dura que se preciaba de llevar siempre la sartén por el mango, que era capaz de derribar a un tipo de cien kilos y pisarle el cuello en un abrir y cerrar de ojos, la segura y agresiva Alice, se había derretido hasta quedar convertida en un charco de ciego deseo.

Y él la había atado, la había amordazado, la había es posado a la cama de un hotel de mala muerte. Sentir deseo por él, aunque fuera sólo un instante, la convertía en una pervertida también a ella.

Menos mal que había vuelto en sí. Daba igual que la razón para detener a Withlock hubiera sido el profundo temor que le causaban sus propias emociones. El hecho era que le había parado los pies... y sabía que había estado a punto de dejarle hacer lo que quisiera con ella. Tenía razones para creer que, de haber tenido las dos manos libres, habría tumbado a Jasper de espaldas. Y le habría arrancado la ropa.

Era por el shock, se decía. Hasta una mujer como ella, que se jactaba de poder con lo que le echaran, tenía derecho a estar un tanto aturdida por la impresión, dadas las circunstancias. Debía olvidar aquel error y pensar qué iba a hacer.

Los hechos eran escasos, pero estaban muy claros. Tenía que contactar con Bella Fuera cual fuese la razón por la que le había enviado la piedra, Bella no podía saber lo peligrosa que había resultado su decisión. Ella tendría sus motivos, Alice estaba segura, y estaba convencida de que aquélla había sido una de esas raras ocasiones en que su amiga actuaba movida por un impulso desafiante. Pero Alice no pretendía que Bella pagara los platos rotos. ¿Qué había hecho con las otras dos piedras? ¿Las tenía ella o...? Oh, Dios.

Alice se dejó caer pesadamente sobre la almohada, dura como un ladrillo. Seguramente le había mandado uno de los diamantes a Rosalie. Tenía que ser eso. Era lógico, y Bella era sumamente lógica. Había tres piedras, y le había mandado una a ella. De lo cual se deducía que se había quedado con una y había enviado la otra a la única persona en el mundo a la que podía confiarle semejante carga: Rosalie Hale.

Las tres eran como hermanas desde sus tiempos de estudiantes. Bella, callada, seria y estudiosa. Rosalie, rica, bellísima e indomable. Habían compartido habitación durante cuatro años en Radcliffe, y desde entonces eran amigas íntimas. Bella se había metido en el negocio familiar; Alice había seguido la tradición y abierto su propio bar, y Rosalie hacía cuanto estaba en su mano por escandalizar a su rica, rancia y desdeñosa familia. Si alguna de ellas estaba en un lío, todas lo estaban. Alice debía avisarlas.

Tendría que huir de Jasper Withlock. O tendría que servirse de él. Pero ¿hasta qué punto, se preguntaba, podía fiarse de aquel hombre?


Espero que Alice quiera fiarse de Jasper jeje y ustedes ke opinan? les sta gustando la historia?

espero me dejen reviews porq si no no les actualizo ehh

hehe byeee