A veces, el principal problema de tener un problema es reconocerlo.

PROBLEMAS

CAPÍTULO 6

La misteriosa mujer policía

Nicole Loper apretó el asa de su maletín antes de picar al timbre de la puerta roja. Aquél edificio era uno de los más seguros de Manhattan y contaba con un portero las veinticuatro horas del día, así que Nicole no se sorprendió cuando Rick le abrió la puerta casi en el mismo segundo en el que ella había picado.

Seguramente el portero ya lo habría avisado.

―Hola. Gracias por venir, yo... no sabía que hacer.

La barba de su cliente había crecido tanto en esas dos últimas semanas, que parecía un vagabundo.

―He anulado un par de citas para poder venir. El caso de Alexis es más delicado que tengo en estos momentos.

Y que tuvo nunca, pero eso no podía decirlo sin aumentar la preocupación de su cliente. Así que omitió decirlo y caminó hacia el comedor. Rick le ofreció asiento en la mesa cercana a la cocina, donde Martha Rogers le dedicó una sonrisa bastante forzada.

Conocía a la mujer de un par de veces en las que había sido ella la que había traído a la niña a las sesiones, así que no hizo falta presentaciones que alargaran más la angustia de ambos.

Loper se sentó frente a Martha y dejó su maletín sobre la gran mesa, por si lo necesitaba. Rick se quedó de pié, demasiado inquieto como para sentarse.

― ¿Qué ha pasado exactamente? ¿Ha empeorado mucho?

Rick se frotó la cabeza con una mano, despeinando su flequillo más de lo que ya estaba.

―Bueno, ¿recuerda el pequeño incidente de hace dos semanas?

Loper asintió. Para no recordarlo, perder a una paciente menor de edad en su propio recinto no era una cosa que quisiera repetir nunca. De hecho tenía suerte de que ni Rick ni Martha quisieron denunciar.

―Lo recuerdo. Alexis empezó a dibujar después de eso y durante dos días comió un poco más.

―Ha vuelto a dejar de comer ―gimió su cliente―. En esta última semana tuve suerte de darle un bocadillo o algo, pero lleva dos días sin comer nada. El médico le ha puesto suero en vena... Ahora mismo está en su habitación. No sé que hacer, me recomiendan hospitalizarla.

Loper cerró los ojos y se llevó una mano a su tabique nasal, dando un masaje leve a la zona alta. Aquello fue algo que veía venir durante mucho tiempo. Alexis fue el caso más grave de depresión que había tratado en sus más de quince años de experiencia. Y sabía que hospitalizarla era lo más sensato, pero su instinto le decía que tenía que impedirlo. Que la niña empeoraría atada en una cama de hospital.

Dudaba que durara mucho así.

―Físicamente, creo que es una buena idea ―reconoció Loper con lentitud, alternando su mirada entre padre y madre―. Pero también puede ser contra producente, puede aumentar o acelerar la depresión de Alexis.

Martha Rogers soltó un gemido más agudo que el anterior de su hijo. Rick simplemente dio una vuelta al comedor blasfemiando contra el techo. Cuando volvió a una posición más cercana a la mesa, Loper preguntó:

― ¿También dejó de dibujar?

―Sí, solo dibujó durante la primera semana ―susurró su cliente.

― ¿Puedo ver los dibujos?

―Claro, los tengo en mi despacho, un momento...

No tardó ni un minuto en volver con una carpeta ancha. Ella la cogió entre sus manos y la abrió. En cuanto lo hizo se sorprendió.

Había una serie de quince o veinte dibujos distintos al resto. Por norma, Alexis dibujaba en las esquinas de las hojas, con muñecos pequeños que solían estar solos y sin más de tres colores.

Pero los dibujos que tenía delante, esos eran un poco más grandes, estaban casi en medio de la hoja y contaban con algún tipo de fondo con más de tres colores.

Aquello era bueno y, por lo que veía, fue incitado por alguien.

Una mujer con coleta y uniforme de policía.

Espera un momento, ese uniforme lo había visto antes... Con un movimiento rápido, abrió su maletín para sacar su propia carpeta del caso de Alexis. Allí tenía unos cuantos de los dibujos escaneados de la niña, sobre todos los que indicaban ese cambio gradual que ella estaba teniendo. Esparció todos los dibujos por la mesa y buscó. Pronto encontró lo que buscaba:

Un dibujo de una mujer policía en una esquina del papel.

Tan sumida estaba en sus pensamientos, que no se percató de que Rick tomó asiento al lado de ella.

― ¿Y esta persona? ―Loper señaló el muñeco palo de uno de los dibujos de Alexis―. Parece una mujer policía, ¿la conoce?

Rick se inclinó para ver el dibujo con interés. Lo vio fruncir la nariz y luego se removió el pelo otra vez.

―No, no conozco ningún oficial de la policía. ¿Y tú madre?

―No querido, los oficiales que yo conocía ya están jubilados.

― ¿Qué tiene que ver ese dibujo con el estado de mi hija?

Loper ordenó los dibujos por orden cronológico, gracias a la fecha que solían poner detrás de los dibujos, una de las primeras cosas que les había aconsejado hacer y ahora agradecía.

―Bueno, como ya le dije el único método de saber qué le pasa a Alexis son los dibujos. Es la única forma de comunicación que tenemos con ella ante su cierre hermético de los últimos meses ―Loper terminó de colocar los dibujos en orden y señaló los primeros―. Estos dibujos corresponden a días en los que Alexis no comía. Son dibujos pequeños, cortados, descentrados...

Por el rabillo del ojo vio a su cliente asentir, así que señaló otra tira de dibujos.

―Y estos son de los días que Alexis comió un poco más.

―Estos se ven más coloridos ―supo ver Martha.

―Exacto. Y no solo eso, están centrados, son más grandes y ―señaló el muñeco que estaba al lado de la oficial―. Alexis aparece.

Tanto Martha como Rick abrieron las bocas con un "oh" a dúo. Cuando volvieron a mirarla, Loper dijo:

―Quizás ustedes no conozcan a esa persona, pero Alexis sí. Y parece ser que siente seguridad con ella, solo tenemos que averiguar si Alexis muestra algún signo de mejoría mencionándola. Si es así... Puede que su hija recupere la apetencia señor Rogers.

xxx

Sobre el mantel de cuadros azules, un oso de peluche residía en medio de la mesa de los Beckett. Jim miró al oso magullado, luego a su esposa, que comía como si no pasará nada, y después a su hija, quien miraba al oso como si este le hubiera insultado.

―Esto es de locos ―atinó a decir Jim Beckett―. Cuando una está bien la otra está cabreada, ¿en serio vais a continuar así?

Kate dio un golpe a la mesa y señaló a su madre con los dientes apretados.

―Mamá se ha metido en mi trabajo, tengo derecho a estar cabreada.

― ¿Qué has hecho? ―Jim miró a su esposa y esta se encogió de hombros.

― ¿Yo? Nada.

―Johanna...

―El capitán Montgomeri me pidió que apuntara a Katie a algún tipo de acto comunitario que tuviera contacto con los niños ―confesó con una gran sonrisa la abogada―. Así que le sugerí que la policía hiciera más charlas de concienciación. Es una idea perfecta.

―No, ¡no lo es! ¡No me gustan los niños!

―Eres policía, una cosa es que no se te de bien tratar con ellos y otra es que los huyas ―rebufó Johanna sonriendo segundos después.

―Es un castigo, te estás vengando por todos estos días en los que yo sonreía por la retirada de Richard Castle. Confiesa.

― ¡Oh! ―Johanna soltó el tenedor sobre la mesa de mala manera―. ¿Así que reconoces que te divertía verme triste?

―Me divertía pasar más rato contigo ―se exasperó Kate ante el tono de voz acusatorio de su madre―. Pasé de verte una vez a la semana a quedar contigo todos los días ―Jim se alegró por la sinceridad de su hija. Aquello pintaba bien―. Pero sí, también me alegro de que el escritor ese haya dejado de escribir.

En realidad pintaba muy negro.

― ¿Así que te divertía? ―alzó la voz Johanna―. Pues yo también me divierto viéndote hablar con niños.

―Serás...

― ¡Haya paz! ―Jim se levantó de la mesa con los brazos extendidos de lado a lado.

― ¿De parte de quién estás? ―dijeron madre e hija a la vez, con los brazos cruzados y una ceja levantada.

Jim suspiró moviendo la cabeza horizontalmente.

―Odio cuando hacéis eso. Me van a salir más canas con todo esto ―se tocó el pelo con una mano―. ¿No podéis, simplemente, poneros en el lugar de la otra y hacer las paces?

Ambas se miraron, fruncieron el ceño y dijeron:

― ¡No!

Jim miró hacia el techo contando hasta diez, luego volvió a observarlas y se sorprendió al ver a su mujer señalar al oso con una sonrisa maliciosa, mientras su hija gemía.

― ¿Y ese oso? ―preguntó Jim aún de pié.

―Es el oso de la niña a la que ayudó Katie. El perro de la mujer mayor lo cogió y jugó con él, magullando un poco al oso. La mujer lo trajo a comisaría horas después, le sabió tan mal lo que hizo su perro que lavó el oso de peluche.

―No entiendo por qué aceptaste tenerlo ―susurró Kate.

―Porque es un bonito recuerdo ―sonrió Johanna de lado a lado―. Además, quien sabe, quizás un día vuelvas a ver a la niña y tengas la oportunidad de devolverle su oso.

Antes que Kate pusiera el grito en el cielo o volviera a la carga, Jim extendió los brazos hacia el techo y dijo:

―De acuerdo, me rindo. Voy a por el postre, no os arañéis en mi ausencia.

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Rick pestañeó para aguantar sus ganas de llorar. Incorporada en la cama, su niña, su bebé, su pequeña calabaza comía una galleta mirando el dibujo de la mujer policía. Al principio la idea de la psicóloga le causó escepticismo, pero al enseñarle el dibujo y preguntarle si quería ver a la mujer del dibujo, como Loper le dijo, Alexis sonrió emocionada. Luego, la niña miró la mesa de rosa de su habitación, señaló su cuaderno de pintura y dibujó una galleta.

Y Rick corrió escaleras a bajo para coger todos los paquetes de galletas que encontró. Maldita sea, si hubiera hecho falta habría ido a comprar las galletas al supermercado de la otra manzana. Pero por suerte no hizo falta y su hija disfrutaba de su galleta.

Alexis terminó su galleta, miró a su padre y señaló el dibujo de la galleta de nuevo.

― ¿Quieres otra? ―preguntó y Alexis asintió―. Claro cariño, toma, aquí tienes calabaza.

La niña cogió la galleta y empezó a comer en pequeños bocados, sin dejar de mirar el dibujo de la señora policía.

Sentado en el borde de la cama como estaba, Rick tuvo que girar su cabeza hacia atrás para poder mirar hacia la puerta, donde Loper y Martha sonreían aliviadas.

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―Ha comido tres galletas ―dijo Rick una vez bajaron al salón para hablar del milagro que había sucedido momentos atrás―. Y ha sonreído, llevaba meses sin verla sonreír.

―Eso confirma mi teoría de que esa mujer policía existe ―dijo Loper sentada en la mesa del comedor con sus informes desplegados sobre esta―. Por las fechas de los dibujos, quizás la conoció cuando la llevaron a comisaría. Aunque días antes Alexis había ya la había dibujado un par de veces.

―Puede que la viera el día de las profesiones ―habló Martha sentada cerca de la psicóloga―. La maestra dijo que fueron un par de policías a su clase, ¿verdad Richard?

―Sí madre, puede ser.

―La pregunta ahora es, ¿qué estaríais dispuestos a hacer para que Alexis se recupere? ―preguntó Loper mirándolos a los ojos―. Porque Alexis necesita encontrarse de nuevo con esa mujer y, a partir de ese encuentro, planificar más para ayudar a la niña. No sabemos por qué, pero Alexis se siente cómoda con ella hasta el punto de reponerse un poco con solo mencionarla. Así que creo que sería un buen plan de ataque buscar a esa persona y hacer que nos ayude.

―Encontraré a esa mujer ―afirmó Rick apretando los puños―. Por fin puedo hacer algo más por mi hija que quedarme sentado viendo como sufre. Así que encontraré a esa policía y la encerraré si hace falta en este loft.

Y por el tono en su voz, Loper y Martha sabían que era capaz de secuestrar a una agente de la ley si era necesario.