LA SOMBRA DEL ALACRAN
6º PARTE
1
Mark estaba reclinado sobre la mesa de caoba. Su cabeza reposaba con una barahúnda de papeles y documentos importantísimos que en esos momentos, no dejaban de ser meros impresos y escritos sin valor, cumpliendo la función de improvisada almohada.. Mientras Candy le contemplaba en silencio. Se había arrodillado junto a él y le acariciaba los cabellos negros. Su esposo había estado recordando durante horas los acontecimientos que sucedieron entre su intento de asesinato y el momento en que renacido como quien realmente era, retornó al instante justo en que la fatídica bala alcanzaba a su otro yo y él le protegía, fusionándose luego con él. También había estado soñando con los sucesos que habían transcurrido desde el momento en que Dafne e Ivés se conocieron, hasta la rendición alemana. El muchacho, bostezó y abrió los ojos. Sus hermosos y tristes ojos oscuros descubrieron los de su esposa, verdes y deslumbrantes, mirándole amorosamente. Candy le sonrió y le besó en los labios:
-Buenas noches mi amor –declaró ella tendiendo la vista en derredor sobre el interminable mar de papel que cubría el lujoso y recargado despacho.
Mark se frotó las sienes y se restregó los ojos. Entonces contempló el reloj de pared, un recargado carillón con apliques barrocos y figuras de querubines y hadas dorados, que trepaban desde la base del reloj hasta la esfera en la que las manecillas indicaban una hora en punto. El carillón desde su rincón de la estancia emitió algunas campanadas. Mark contó en silencio arrugando la nariz, avergonzado por haberse quedado dormido en pleno trabajo de reorganización de las cuentas de los Andrew y enumeró ocho campanadas.
-Vaya, me he quedado completamente dormido –dijo Mark esbozando una expresión de circunstancias- y pensar que tenía que reorganizar todos los negocios de los Andrew.
-Tranquilízate cariño –dijo Candy solícita mientras le acariciaba los cabellos y se los apartaba para que no le cayeran sobre los ojos- es demasiado trabajo para una sola persona. Además, quizás deberías aceptar el ofrecimiento de Maikel y de Haltoran. Con su ayuda lograrías poner al día con más facilidad todo este papeleo.
En ese momento se abrió la puerta de improviso. Una anciana muy estirada con los cabellos grises recogidos en un moño y con un vestido oscuro que a Candy se le antojó el de más triste aspecto que hubiera observado nunca, entró en el despacho y sorprendió a ambos esposos abrazados. La tía-abuela que se pasaba gran parte del día encerrada en sus aposentos privados, carraspeó con su particular posecilla y dijo con su voz cascada característica:
-Mark Andrew Legan –rezongó la anciana con su característico tono ligeramente chillón y engolado- ya deberías haberte hecho con el control de los negocios de la familia Andrew, pero veo –dijo con cierto sarcasmo en la voz al percatarse del monumental desorden que reinaba en el gabinete de trabajo- que todo sigue manga por hombro.
Mark no deseaba enojarse con la anciana, porque ahora que tenía una vida estable y los peligros del pasado habían sido conjurados, con Candy y sus hijos a su lado era capaz de afrontar cualquier circunstancia que le acechara entre las brumas de la incertidumbre.
Como miembro de la familia Andrew, es más como nuevo presidente y cabeza visible de la misma, debía usar el apellido familiar, pero era algo a lo que no se acostumbraba. Por lo tanto estuvo todo el rato asintiendo a cuanto la anciana le decía, reconviniéndole en un largo discurso que parecía no concluir nunca. Cuando la estirada señora les daba la espalda, caminando por el lujoso despacho sin dejar de pronunciar su interminable sermón, Mark realizaba imitaciones de ella, que por un par de veces, estuvieron a punto de hacer reír a Candy, que tuvo que cubrirse los labios con las manos para evitar que su risa la delatara. Aun así, se le escapó una especie de resoplido nervioso intentando contener las carcajadas que Mark le producía de continuo.
Entonces la tía-abuela se giró y dijo:
-Espero que logres poner orden lo antes posible entre los asuntos que Albert…dejó pendientes. Eso es todo por ahora, buenas noches a los dos.
Se giró sorpresivamente rápido para su edad y abriendo los batientes de las puertas de roble, su figura desapareció en el dédalo de pasillos de la señorial mansión de Lakewood, a la que Mark se había trasladado eventualmente hasta que lograra poner al día los cientos y cientos de archivos y documentos relativos a los negocios del clan familiar. Pero era más fácil decirlo que hacerlo.
-No le hagas demasiado caso querido –dijo Candy conciliadora y aun riendo quedamente debido a las acertadas imitaciones que Mark había realizado de la anciana, sin mala intención –estoy convencida de que en el fondo te aprecia sinceramente.
La hermosa muchacha depositó sus manos en torno a los hombros de su marido y reclinándose junto a él unió su mejilla derecha con la de Mark.
-Sí, ya lo sé –dijo Mark mesando los cabellos de Candy- tras esa aparente fachada de dureza e irascibilidad se esconde una buena persona, lo que ocurre, es que o le es difícil expresar sus sentimientos, o quizás tenga que esconderlos, para desempeñar mejor su labor.
Candy observó la puerta, por la que hacía ni cinco minutos que la anciana había abierto para marcharse hacia sus aposentos privados y reflexionó en voz alta mientras se pasaba la mano por el mentón. Mark se sentía con ganas de bromear y empezó a tironear de las coletas de su esposa, en las que había vuelto a recoger sus largos cabellos porque se sentía cómoda con aquel funcional peinado que le confería un aire de inocencia, que tanto atraía a Mark.
-Aun debe estar muy dolida por el encarcelamiento de Albert –dijo Candy mientras intentaba que su marido mantuviera las manos quietas- ¡ay¡ Mark, no seas crío, -protestó ella fingidamente- vas a despeinarme las coletas y no es precisamente fácil hacerlas.
-No importa mi preciosa Candy –replicó Mark mientras la besaba en las mejillas y la enlazaba por el talle- yo te ayudaré a componerlas si fuera necesario.
Candy le observó arrebatada. Mark estaba riendo. Tenía una sonrisa deslumbrante y cuando la esbozaba su belleza masculina aumentaba exponencialmente. Ni siquiera Albert o Anthony o ese soldado inglés que le había confesado que soñaba con ella y tenía premoniciones acerca de una relación entre ambos que nunca existió, le hubieran parecido en esos instantes, más guapos que su propio marido.
"Esa sonrisa que ilumina su cara" –se dijo fascinada por la dulce expresión de Mark -"esa sonrisa que rivaliza con el Sol".
En esos momentos se escucharon unas pisadas amortiguadas que subían por la escalera. Mark, que ya conocía de sobra aquel peculiar y característico sonido exclamó un adelante, antes de que el dueño de las mismas, franqueara la puerta.
-Pasa Mermadón, pero agáchate –dijo Mark con tono afable- no sea que desencajes el marco de la puerta como la otra vez. A la señora Elroy le daría un patatús como entonces.
-Por supuesto señor Anderson –respondió una voz meliflua, muy fina, casi cantarina que a Candy le producía una vaga sensación de felicidad. Sentía cierta simpatía por el gigantesco robot que entró con paso un poco vacilante y tambaleándose en la ricamente decorada estancia.
-Buenas noches señorita Candy –saludó Mermadón educadamente. Candy asintió y posó sus manos en las tenazas metálicas del robot que podrían haber desgajado fácilmente los músculos de un hombre adulto si Mermadón no fuera el amable y servicial robot de apoyo y mantenimiento de los Andrew.
-Buenas noches querido amigo –declaró la muchacha rubia con alegría. Los ojos de Mermadon parpadearon levemente y en su rejilla metálica, titiló una breve luz parpadeante que equivalía a una sonrisa humana.
-Me halaga sus cumplidos señorita Candy y su preocupación por mí. Realmente, me manda el señor Parents, para que ayude al señor Anderson a concluir esta labor burocrática. Tómese un descanso, yo me ocuparé. Si surge alguna novedad, le avisaré.
Mark asintió visiblemente aliviado. Le dolían un poco los riñones de permanecer tantas horas encajado en el cómodo pero ya un poco torturante sillón de cuero, desde el que Albert antes de destrozar su vida, hubiera dirigido el imperio comercial de los Andrew, que por las trágicas circunstancias del ex magnate, ahora había pasado a sus manos. Teóricamente, más que una heredad o un traspaso de propiedad, era una especie de regencia, ya que nominalmente la tía abuela Elroy seguía ejerciendo el control, pero en la práctica no era así. Mark había pasado a desempeñar el antiguo papel de Albert, convertido en su rival y ahora caído en desgracia. Mermadón se sentó en el suelo, ya que el confortable y resistente sillón no habría resistido su descomunal peso y cogió entre sus manazas, algunos papeles que iba extrayendo de los rimeros que se erigían como edificios blancos hacia lo alto, sobre el escritorio simulando una pequeña ciudad de papel. Los iba examinando rápidamente mientras sus sensores ópticos captaban la información esencial de cada impreso, memorandum o albarán que estudiaba, trasmitiendo los datos a sus bancos de memoria y descartándolos para pasar al siguiente documento. Mark y Candy decidieron salir a dar un paseo. Marianne y Maikel estaban en compañía de sus abuelos Eleonor y Arthur, con los que estaban admirando los bellos caballos que el emprendedor y acaudalado empresario, y antiguo agente teatral de Eleonor había adquirido y que pastaban en las caballerizas de su mansión, muy cercana a Lakewood.
2
Candy y Mark caminaron tomados de la mano junto al lago, precisamente en el mismo lugar en el que rescatara a Anthony evitando que su cabeza se destrozara contra el suelo, al salir despedido del caballo cuando este introdujo inopinadamente una de sus patas, en un cepo hábilmente disimulado. Ella llevaba un sencillo vestido azul claro de gasa y Mark se había desprendido de su pijama de franjas y el albornoz oscuro que solía ponerse cuando estaba dentro de su hogar y se había vestido con un traje sencillo de chaqueta de sport y un pantalón a juego. Era tan feliz…Nunca antes había sentido una paz y una calma semejante. Hacía tanto tiempo…
-Hacía tanto tiempo que no disfrutábamos de una paz y una tranquilidad semejante…-exclamó Candy iluminando su rostro con una sonrisa.
Mark se sorprendió ligeramente. Era lo mismo que estaba pensando en esos momentos, y expresado casi con idénticas palabras. El joven bajó la cabeza y sonrió levemente, mientras cerraba los ojos.
-Tiempo, esa palabra es como una ironía para mí, Candy.
Candy, captando el verdadero sentido de aquella frase le abrazó lentamente atrayéndole hacia sí. Le ofreció sus labios temblorosos que recibieron los suyos uniéndose en un apasionado y largo beso.
Cuando sus rostros se distanciaron unos centímetros, Candy reclinó su frente contra la de su marido y dijo quedamente:
-Prométeme que a partir de ahora, no utilizarás más el iridium, amor mío, ni esa horrible arma o ninguna otra parecida –dijo Candy convencida de que el siniestro RPG-12 había sido definitivamente desmantelado o que por lo menos, Mark se había deshecho de él, tal y como ella le exigiera.
El enamorado joven asintió rápida y brevemente susurrando:
-Te lo prometo cariño. Nunca más lo empleare.
Mark no estaba seguro de poder cumplir aquella promesa, porque tarde o temprano surgiría alguna eventualidad que le obligaría a desplegar sus alas de fuego y volar rápidamente hasta el otro lado del mundo o del tiempo para solucionar algún amargo problema, para el que no existiría otra solución que la fuerza de las abrasadoras llamas que escupía su piel, obedientes a su voluntad, aunque no siempre era así. Entonces contempló en la lejanía la ventana iluminada en la fachada de la mansión y que correspondía al gabinete de trabajo, en el que un robot de dos metros de altura y tonelada y media de peso estaba sobrellevando, aunque solo fuera por unas horas, puesto que su capacidad de procesamiento era muy rápida, el peso de uno de los mayores imperios y entramados comerciales del planeta. A Mark, aquello se le antojó como una curiosa y absurda paradoja. Los antepasados de Albert habían realizado grandes e ímprobos esfuerzos, no siempre coronados por el éxito, para levantar un emporio, que inicialmente había sido bien llevado con mano firme y segura por Albert. Finalmente su loca pasión y su acendrado alcoholismo habían hecho que terminara en la cárcel. Y ese gran emporio ahora estaba en poder de un aventurero sin oficio ni beneficio, llegado allende del tiempo, cuyo inmenso poderío económico, obtenido de la noche a la mañana, había sido delegado temporalmente, por unas horas en un robot venido del siglo XXI, y que estaba analizando y resolviendo mejor de lo que Albert hubiera podido lograr en su lamentable y decadente estado tantos asuntos que había dejado pendientes y sin resolver. Pero lo peor para el joven rubio de ojos verdes y con una poblada barba que ya no se recortaba y que languidecía en el camastro de su celda, no era la pérdida de sus propiedades y bienes materiales, si no el del amor de una maravillosa criatura que aquel canalla de ojos oscuros le había arrebatado de forma inmisericorde. Albert pasaba todo el tiempo escribiendo poemas de amor y versos, dedicados a Candy que releía continuamente y repasaba y volvía a redactar, hasta que finalmente estaban a su gusto, para mantener su mente ocupada. Pese a que la penitenciaría era de las más peligrosas del país, la notable influencia del antiguo magnate no se había esfumado del todo y se le habían asignado compañeros de celda que no solamente no eran problemáticos para él, si no que a cambio de algunos incentivos en su dura vida de presidiarios le protegían y hasta había empezado a caerles en gracia. El único que le amargaba aparte del que consideraba como único culpable de sus desdichas era ese guardia gordinflón y con muy malas pulgas llamado Jarmmerson, aunque el alcaide, muy pendiente de Albert y al que prácticamente no le quitaba el ojo de encima, ya le había trasladado a otra sección de la penitenciaría para que dejara de importunarle.
3
"Maldito Mark, siempre tú, tú eres el único culpable de mi bajada a los peores estratos de la decadencia humana. Si aquel día hubiera llegado un poco antes, solo cinco minutos antes. Que ciego estuve, que incapaz y que poca intuición tuve en aquellos instantes. O si en aquel momento en que por segunda vez, te encontraste con Candy, hubiera ordenado que rodearan Lakewood y hubiera destinado gente más capaz que ese idiota de capataz que entonces trabajaba para mí, quizás hubiera podido separarte de ella más fácilmente, cuando aun no habías penetrado en su corazón y en su mente. Pero tampoco podría haberme acercado a él. He noqueado a muchos hombres que se pretendían mejor que yo, con mis propias manos. Cuando salvé a Terry de aquellos cerdos que trataban de matarle en una riña tabernaria, sumando mis propias fuerzas a las suyas en los suburbios de Londres, pese a que ellos eran lo menos ocho, pudimos vencerlos, pero ese hombre…Nunca ví a nadie tan rápido y certero, y encima con esos poderes que desafían la imaginación más loca y febril, aparte de toda lógica mínimamente racional. ¿ De donde salió realmente ?, quiero decir, ¿ quien o qué estuvo implicado en su involuntaria creación ? ¿ qué clase de accidente, infortunio o terrible experiencia traumática debió pasar, para ser capaz de volar a esas velocidades meteóricas, desprendiendo un haz de fuego a su paso, viajar a través del tiempo, o proyectar temibles llamaradas a través de sus muñecas ?
Le tuve a mi merced, cuando necesitaba aquella transfusión que como un maldito estúpido, guiado de un tonto y banal sentimentalismo accedí a realizar. En aquel momento puse en sus manos a Candy, y senté el precedente para que con el paso del tiempo, -esbozaba una amarga sonrisa, cada vez que el vocablo tiempo acudía a su mente, porque era el elemento que su enemigo utilizaba y con el que básicamente, le había vencido -me arrebatara además del amor de mi hija adoptiva, el imperio que mi familia me legó. Si no hubiera perdido el tiempo con aventurados e ilusorios proyectos…Y ya cuando traté de consumar una nueva venganza, era demasiado fuerte y poderoso. Incluso intentó matarme, aunque Candy, la propia Candy le disuadió de ás podría haber sido un poco más astuto de lo que fui y haber tomado como rehenes a ese gordiflón del sombrero de fieltro y las gafas, o al enano pelirrojo o ambos. Podría haberme servido de ellos como rehenes para obtener una venganza más completa y definitiva, pero en la precipitación del momento, se me pasó completamente actuar así. Si hubiera pensado con más frialdad y lógica, si no me hubiera dejado arrastrar por las pasiones y empapado en alcohol…".
Había descartado a Haltoran, desde un principio, porque aunque no tenía el temible poder que Mark esgrimía, y que en un primer momento sospechó en él también, aquel hombre pelirrojo, de ojos verdes y sonrisa burlona, era tan peligroso, por su diestro manejo de las armas y en el combate cuerpo a cuerpo, si no más que el objeto de su intenso y extremo odio, que podría haber llegado hasta él con facilidad y quitarle de en medio. Aun recordaba con un escalofrío la velada advertencia que le hizo, cuando Albert cometió la insensatez de amenazarle, poco después de la terrible y espantosa humillación a la que sometió a Candy, cuando fue en su busca para suplicarle su ayuda, en forma de nueva transfusión para Mark. El mal que aquejaba a Mark en aquellos momentos de triunfo para Albert, era parte de su venganza, y tal como pronosticó Karen Kleiss, Candy acudió desesperada a su mansión, que ahora pertenecía a los Anderson, para rogarle con sus hermosos ojos verdes arrasados de lágrimas, su auxilio. Pero no contaba con que ese idiota de Haltoran le devolviera la salud, haciendo que la sangre envenenada saliera al exterior, de forma similar a cuando alguien recibe la mordedura de una serpiente, cuyo mejor remedio es evacuar cuanto antes, la sangre envenenada, a través de una herida o similar.
Albert interrumpió sus cavilaciones cuando un nuevo guardián sustituto de Jammerson le trajo la bandeja repleta de comida. Por lo menos era más amable y no agravaba sus tribulaciones con insulsas y tontas vejaciones carcelarias, como haría Jammerson. Podría haberle partido la nariz fácilmente e incluso puede que hasta no le hubiera traído consecuencias, pero no deseaba problemas porque sus esperanzas estaban centradas en que sus abogados lograran obtener su libertad condicional cuanto antes, aunque no sería fácil. Sobre su cabeza pesaba la instigación de un asesinato por lo menos, de una joven sirvienta que se había visto implicada sin comerlo ni beberlo en la siniestra venganza que entre él y la intrigante Karen Kleiss habían ido tejiendo como una tela de araña en torno a Mark y Candy, aparte de diversos desfalcos y varios delitos contra el honor y calumnias hacia los Legan, que afortunadamente no llegaron a trascender, lo que sumado a algunas turbias operaciones económicas, le ponían en muy mala situación para alcanzar la condicional.
4
Mark condujo el pequeño pero confortable coche descapotable por las calles de Chicago. Desde que se había convertido en la cabeza visible de los Andrew, una de sus múltiples obligaciones, era la de visitar las distintas propiedades de la familia y asegurarse de que su estado de mantenimiento y rendimiento, en caso de que fueran empresas o negocios de importancia siguieran dando los frutos y beneficios deseados. Hasta ese momento no se había fijado con detenimiento en los edificios señoriales y las amplias y bien trazadas calles de la urbe que se abría ante él, como si la ciudad fuera el escenario de una importante obra teatral y Candy y él los principales actores. Pensó en cuando, desplegando sus alas de iridium había acudido con toda precipitación a salvar a su amada esposa, tan pronto como presintió que un gran peligro la amenazaba, cuando estaba trabajando como enfermera en el hospital de San Jorge y aun no había dado a luz a la pequeña y adorable Marianne que cada día ganaba más en hermosura, legada por su esplendorosa madre. En cuanto a Maikel era más reflexivo y callado, parecía contemplar la vida con sus grandes ojos verdes con la sabiduría de un erudito y la paciencia de un narrador. Ese rasgo tan característico preocupaba a veces a los jóvenes padres, aunque ya se habían habituado a esa circunstancia del carácter de su hijo. Mark sonrió. Aquella vez no había tenido ni el tiempo ni la oportunidad de visitar más reposadamente la ciudad del viento, cosa que ahora si le era posible, porque aunque tenía que revisar varias empresas y una gran mansión que por la información que había recibido de la tía-abuela Elroy era como una especie de castillo de cuento de hadas o un Versalles a escala más reducida, podría dedicarse con más calma y detenimiento a recorrerla de arriba abajo con Candy, tomándose de paso unas merecidas vacaciones. Giró la cabeza y miró en derredor. Candy estaba sentada a su lado, en el asiento del copiloto, mientras detrás viajaban Stear, junto con Annie y su esposo. Y aunque el vehículo solo tenía cinco plazas, me habían hecho un poco de sitio, apretujándose lo suficiente como para que mi oronda figura entrase en el deportivo, aunque a duras penas. El pequeño, pero potente coche se deslizó entre las transitadas calles. Entonces Haltoran fue señalando diversos negocios y locales, sobre los que destacaba la familiar e inconfundible divisa de los Andrew, consistente en un águila de alas desplegadas, que guarecía entre sus garras, la inicial, identificativa de la poderosa familia. Annie desplegó sus labios admirada, al distinguir en la fachada de un importante banco, el escudo de armas de los Andrew. Candy alzó la cabeza y sonrió entornando los ojos y llevándose la mano derecha a la frente a modo de visera, porque la luz del sol que brillaba en un radiante cielo azul, la estaba deslumbrando:
-Wow –comentó divertida- que edificios más altos.
-Aquí, parece que todo lo hacen a lo grande –comentó Haltoran, mientras se preguntaba cuantos más escudos de los Andrew continuarían divisando. Cuanto contó treinta y cinco, perdió la cuenta por un comentario de su esposa que le hizo perder el hilo del cálculo mental que estaba realizando.
"Media ciudad debe pertenecerles" –pensó Haltoran complacido, porque ahora era su amigo y no ese Albert el que controlaba con mano firme las riendas del imperio comercial, asesorado por mí, él y hasta Mermadon que había terminado de poner al día los asuntos que Albert debido a su lamentable y penosa situación había dejado pendientes e inconclusos.
Todos sabíamos que la principal razón para designar a Mark como su sucesor, y en ausencia de su sobrino por permanecer en la cárcel no era tanto la aparente falta de candidatos para seguir la labor que la tía abuela debido a su avanzada edad, ya no se sentía ni con fuerzas ni con ánimos de continuar o proseguir sino el hecho de que aquel joven de ojos tristes, salvase la vida de Anthony y de Stear, ayudando a encauzar las vidas de los descarriados Eliza y Neal. Aunque la anciana no era muy dada a exteriorizar sus sentimientos ni a hacer gala de su afecto, más que en presencia de Stear, Anthony y Archie reconocía que la deuda que Mark había contraído con ella, jamás sería lo suficientemente colmada o pagada con creces, hiciera lo que hiciera. Por otro lado, el inmenso y protector amor que Mark manifestaba hacia Candy, y viceversa, le había inducido a pensar que si Candy se sentía ligada a los Andrew y Mark protegería todo cuando la chica amase a su vez o que fuera objeto de su afecto, el muchacho que había demostrado una inteligencia excepcional destacando en todo lo que se proponía, defendería cualquier cuestión, cosa o interés que tuviera que ver, siquiera remotamente con su esposa. Mark estaba tan feliz, escuchando el incesante parloteo de su esposa con su amiga Annie, que para él era como una melodía que le arrollaba dulcemente, y entre Stear y yo, que conversábamos animadamente, que se puso a cantar a pleno pulmón una canción de U-2, un grupo mítico allá de donde venía. Mientras Haltoran sacaba fotografías con una cámara digital tan pequeña que la ocultaba fácilmente entre sus manos, evitando quedar en evidencia delante de alguno de los presurosos ciudadanos que miraban el automóvil con cierta envidia e indiferencia al apreciar grabada en sus puertas, la divisa de la familia Andrew
Candy se giró sorprendida. Era la primera vez que oía cantar a Mark y no lo hacía del todo mal. Tenía una buena y bonita voz, sin llegar a la calidad de un cantante profesional y le preguntó mientras le besaba en las mejillas:
-¿ Qué estás cantando cariño ? parece una hermosa canción.
Mark realizó un rápido asentimiento y dijo:
-Se trata de una vieja balada, por lo menos allá de donde procedíamos.
Yo, que creía estar a punto de deslizarme en cualquier momento fuera del automóvil porque la constante presión de los cuerpos de mis amigos, me empujaba contra la puerta, reconocí al instante la tonada y dije mientras empujaba la montura de mis gafas con un dedo, para asegurarlas sobre mi nariz:
-Se trata de U-2. El título es "contigo o sin ti" –dije distraídamente, sin reparar en quienes eran mis interlocutores.
Annie dio un respingo ante el extraño nombre formado por una vocal y un número y me dijo, ante la hilaridad de Haltoran por la observación de la muchacha, que el joven, disimuló como mejor supo, para no ofender el suspicaz carácter de su esposa:
-Qué extraño nombre para un compositor. ¿ No tiene acaso nombre de pila por lo menos ?
-No se trata de una persona Annie–dije yo asegurándome el sombrero de fieltro con la mano izquierda para que no se desprendiera de mi cabeza. Al ser un coche descubierto, el viento nos azotaba de cara, especialmente a mí. Había retomado mi antigua costumbre de cubrirme la cabeza- si no de un grupo, un conjunto de varios artistas. Una especie de banda de música, para que lo entiendas mejor. A grandes rasgos, y para simplificarlo mucho, es gente que compone e interpreta sus propias composiciones. Y en el siglo XXI, lo mismo que a finales de este, cada uno tiende a utilizar el nombre más llamativo o acorde a su perfil para, definirse mejor supongo y atraer a sus fans.
-¿ Qué son fans Mike ? –preguntó Stear súbitamente interesado en la conversación.
-Son los seguidores de cada grupo, la gente que escucha su música, les apoya, y va a sus conciertos. Podría definirse como sus aficionados o mejor dicho, incondicionales.
Annie dio muestras de no haber entendido nada, pero finalmente, gracias a algunas explicaciones adicionales de Haltoran, logró hacerse una idea más o menos aproximada, de lo que pretendía explicarla.
Candy tarareó la canción acompañando a su marido aunque no se sabía, como era de esperar la letra, mientras mecía la cabeza y entornaba los arrebatadores ojos verdes, esbozando una leve sonrisa, síntoma de que la canción aun sin música, le estaba gustando. Mantenía el rostro entre sus manos que aferraban ambas mejillas. Los largos cabellos rubios, recogidos en sus elaboradas coletas, adornadas con sendos lazos, se agitaron llenando el ambiente de un agradable aroma a lavanda y tomillo. Pese a que desconocía completamente su letra, tenía buena memoria y muy pronto su hermosa voz, siguió a dúo a la de Mark sin dificultad. Annie y Stear se entusiasmaron tanto, que se unieron al improvisado coro y como era de esperar, Haltoran se sumó igualmente, y yo al final, arrastrado por su contagioso entusiasmo no tardé en imitarles con desigual fortuna. Aunque seguía dirigiendo temerosas miradas de reojo, hacia la endeble portezuela del pequeño coche a la que me agarraba con manos sudorosas y temblorosas. Creía que en cualquier cedería o que saldría despedida de sus goznes debido a mi peso y a la fuerza que ejercían mis amigos al agitarse tanto en el reducido habitáculo del coche terminaría por precipitarme al exterior del pequeño deportivo, expulsándome con violencia del reducido habitáculo. Los únicos que no tenían problemas de holgura, eran Candy y Mark, que disfrutaban para ellos solos de plazas con la debida comodidad de la que nosotros, desde atrás, y sobre todo yo, carecíamos.
5
Atravesamos una larga avenida jalonada de encinas cuyas hojas empezaban a amarillear porque el otoño con su lenta pero firme progresión, estaba haciendo sentir su presencia entre todos nosotros. Mark había dejado de cantar y mientras Annie y Candy hacían bromas entre sí, y yo y Stear conversábamos de trivialidades, como dos viejos amigos. Haltoran continuaba observando con interés las hermosas mansiones que se alzaban a ambos lados de la avenida, justo detrás de la larga y bien cuidada hilera de árboles que sin solución de continuidad, se alzaban a ambos márgenes de la carretera que como una cinta de asfalto se extendía serpenteando entre las casonas, y regias mansiones. Pese a que la Primera Guerra Mundial había cambiado muchas cosas, subvirtiendo el viejo orden imperante hasta entonces, había circunstancias y elementos que permanecían inmutables, por más que fueran pasadas por el viejo y ancestral tamiz de la Historia. Una de ellas era la riqueza y la opulencia de las grandes familias, que apenas había sufrido mella con el paso del huracán bélico. Mark contempló a Candy de reojo. Era tan hermosa que se dijo que todas las dificultades, todas las amarguras superadas bien valían el permanecer junto a aquella hermosa criatura de ojos verdes y cabellos rubios que por un instante, al darse cuenta de que él la estaba mirando, clavó en su rostro una mirada cargada de amor. Mark sonrió y fijó de nuevo sus ojos en la calzada. Cruzaron por debajo de un paso elevado y en ese momento, Stear se puso a gritar alegremente, mientras extendiendo un brazo señaló hacia una gran cancela de hierro pintada de negro, detrás de la cual se alzaba una imponente mansión. Esperando delante de la entrada, se hallaba de pie una muchacha, con gesto impaciente, que no dejaba de consultar la hora en su reloj de pulsera cada dos por tres. La chica tenía cabellos castaños y unas gafas redondas enmarcaban sus ojos verdes. Llevaba un vestido sencillo de color rosa con un lazo a juego detrás y una pamela del mismo color. Stear agitó las manos por encima de su cabeza y luego, se las puso a modo de bocina entre los labios exclamando:
-¡Patty ¡ ¡Patty!.
Mark que nunca antes había estado allí, detuvo el coche delante de la muchacha y una vez que Annie le indicara que ya habían llegado. Stear descendió precipitadamente del automóvil y como si le hubieran nacido alas en los pies, fue al encuentro de su novia, a la que estrechó con fuerza, volteándola varias veces en torno suyo en vilo. Por extraño que nos pudiera parecer aun no se habían casado. Desde que Mark le trajera sano y salvo de la línea de frente, y Haltoran lograra convencerle de un modo algo expeditivo pero eficaz, de la inutilidad de la guerra ambos habían estado juntos desde entonces. Siempre fijaban la boda de un año para otro, y finalmente la posponían al siguiente, porque habían descubierto que preferían continuar así, para disgusto de la tía abuela Elroy y de la familia de Patty que no veían con buenos ojos que aquel largo y dilatado noviazgo no concluyera de una vez en boda. Pero su relación era firme y fuerte, como los troncos de aquellos árboles por delante de los cuales habíamos cruzado hacía un momento. Mientras Candy, Annie y todos los demás se saludaban efusivamente y las sesiones de abrazos y de manifestaciones de afecto parecía que se iban a alargar durante bastante rato. Cuando todos hubieron descendido del automóvil, yo me sentí como el tapón de corcho, que era expulsado con violencia del gollete de una botella de champan, cuando esta era descorchada. Una vez que mis amigos descendieron del pequeño automóvil, que me pareció increíble que pudiera llegar de una pieza hasta allí desde Lakewood, por el peso que había tenido que transportar, bajé con dificultad porque las piernas se me habían dormido durante el largo trayecto y mis riñones se quejaban levemente por las largas horas de viaje. Patty había venido hasta allí, trasladada por el chofer de su familia desde la estación. Su familia le había dado permiso para encontrarse con nosotros en Chicago y pasar unos días en nuestra compañía y la de su eterno prometido Stear, que esta vez nos aseguraba que la fecha de la boda sería la definitiva y que no habría más retrasos. Finalmente, el huracán de besos, felicitaciones y buenas palabras terminó por alcanzarme a mí también. Patty guardaba buen recuerdo, al igual que yo de nuestra breve relación y no había fantasmas ni malos recuerdos entre ambos. Nos habíamos hecho muy amigos. En esos momentos, Patty buscaba a alguien más, entre todos nosotros, alguien a quien nunca podría agradecer lo bastante la extraordinaria acción que realizó por el joven que tanto amaba, por mucho que viviera o años que pasasen, jamás podría apartar de su mente ni de su corazón la visión de una estela de fuego que descendía de entre las nubes, desprendiendo luego una cálida y maravillosa luz, con Stear sujeto por su cintura, y devolviéndoselo lleno de vida, en vez de en el interior de un féretro. También sintió un poco de reparo al evocar el enojo de Stear y como Haltoran le había propinado un puñetazo por sus duros reproches hacia Candy y Mark, pero todo aquello había terminado ya. ¿ Cuánto tiempo había transcurrido ? ¿ cinco ? ¿ o quizás siete años ? Nunca lograba recordar con exactitud las fechas. Su memoria era fatal en cuanto a retener algo aparentemente tan sencillo, como un día señalado.
Mark se había apartado discretamente del grupo y observó admirado algo que le dejó sin habla. Tenía las piernas ligeramente arqueadas y separadas, y los brazos un poco curvados, y distanciados unos pocos milímetros de los costados de su cuerpo. Una mansión colosal, se erguía frente a unos jardines de pulcro césped que era mantenido con escrupuloso cuidado por los jardineros de los Andrew y que eran surcados por multitud de caminos de grava y junto a los cuales se erguían pequeños árboles primorosamente podados, para darles diferentes y curiosas formas. Fijó sus ojos oscuros en la fachada principal del palacio y distinguió cuatro torres rematadas por pináculos puntiagudos que se abrían a ambos laterales de la fachada principal. Y a derecha e izquierda de esta, se extendían en dos interminables filas los muros de las distintas alas del imponente y monumental edificio. Entonces le pareció distinguir un súbito movimiento en los jardines de la mansión. Aguzó la vista y alcanzó a ver claramente como algunos ciervos corrían libremente para perderse entre los bosques situados un poco más lejos en lo que tomó por los lindes de la propiedad, aunque cuando Stear apuntó que aquellos árboles más o menos, vendrían a delimitar la mitad de la finca estando exactamente en su ecuador, el joven creyó no haber entendido bien la explicación de su amigo. Candy que le echaba en falta, reparó en su expresión sobrecogida y cuando llegó junto a él, le abrazó preguntándole, temerosa de que alguna preocupación o miedo le aquejara:
-¿ Qué te ocurre cariño ? pareces como sorprendido.
Mark sonrió al notar el contacto cálido y suave de las manos de su esposa en torno a su piel y realizando una leve inclinación de cabeza declaró con un deje de asombro en la entonación de su voz:
-Esta mansión…nunca creí que vería nada tan colosal, bueno…si exceptuamos el palacio de Versalles.
Candy sonrió y le besó en la mejilla alzándose sobre sus talones para llegar mejor hasta su rostro y observó mientras se acondicionaba el sombrero recargado de flores que llevaba sobre sus rizos rubios.
-Yo estuve aquí, hace ocho años –dijo la muchacha evocando aquel lejano entonces, cuando acudió a la mansión invitada por Albert y en compañía de Annie, Stear, Patty y Archie. Ahora estaban los mismos, añadiéndonos a nosotros y exceptuando a Archie, cuya particular rivalidad con Mark le había hecho desistir de acudir a la mansión pese a que Candy le había escrito rogándole encarecidamente que acudiera, pero el joven letrado, había archivado aquellas cartas negándose a leerlas. A partir de la cuarta misiva sin respuesta, Candy resignada y apenada por él dejó de redactarlas y de enviárselas. Pese a estar invitado, declinó reunirse con nosotros y adujo a través de un mensajero que sus asuntos labores le mantenían demasiado ocupado como para reunirse con nosotros.
Mark admiró la enorme propiedad. Ahora todo aquello le pertenecía a él y a su esposa. Se había convertido en uno de los hombres más adinerados y poderosos del planeta por un extraño giro del destino, cosa que tampoco Archie podía perdonarle. A parte de haberle arrebatado a Candy, a ojos de Archie, había provocado la ruina tanto personal como económica de Albert Andrew
6
Mark atravesó los jardines lentamente, guiado por Candy que le apremiaba a continuar más rápido, pero el joven quería que la belleza de aquellos parajes quedara impresa en su retina para recordarla detalladamente, como si no fuera a contemplarla más, pese a que todo aquello era suyo y le pertenecía. Entonces, miró hacia donde su esposa le señaló haciendo muecas y agitando repetidamente la mano. Sobre una añosa y formidable encina, entre su ramaje desplegado se erguía una pequeña pero robusta cabaña de madera, que parecía salida directamente de un cuento de hadas. A Mark le recordó algunas construcciones típicas que había tenido el privilegio de admirar en el Tirol o en Baviera. La casita tenía un tejado inclinado y unas grandes y luminosas ventanas. Sobre la puerta había grabado primorosamente un corazón y una corta pero amplia terraza se abría a su alrededor. La cabaña estaba construida sobre una plataforma de troncos atados entre sí con maromas y sogas y robustos travesaños la mantenían horizontal, incrustados firmemente en el tronco del árbol. Candy sin dudarlo se puso a trepar ágilmente desafiando a Mark a alcanzarle. El joven sonrió y dando un salto, realizó un corto vuelo y planeó hasta la terraza de la cabaña ayudado por una breve emisión de iridium. Apenas fue perceptible pero Candy ya le conocía sobradamente para saber si lo estaba empleando o no. Mark intentó disimular, pero no podía engañar a la afinada y sagaz percepción de la muchacha.
-Mark, has hecho trampas –dijo ella medio enfadada- además sabes de sobra que no me gusta que utilices el iridium –declaró cruzando los brazos y frunciendo el ceño.
-Perdóname cariño –dijo él disculpándose sinceramente- pero no me apetecía demasiado ensuciarme mi traje. Además hoy estoy un poco cansado para trepar.
Como había empleado el iridium a la mínima potencia, su traje apenas sufrió desperfectos de importancia.
Candy simuló propinarle algunos golpes con sus pequeños puños cerrados y terminaron riendo abrazados. Yo sabía que Candy, pese a que estaba de buen humor, se había ofendido ligeramente porque Mark había empleado el iridium aunque muy brevemente, por lo que mi amigo no expulsó sus característicos y desagradables regueros negros. Un poco después Stear y Haltoran pasaron por mi lado, llevando de la mano a Annie que temerosa no se atrevía a ascender hasta la cabaña salvando la altura que la separaba del suelo. Haltoran trepó como un mono, aunque Stear tardó un poco más dado que sus manos eran diestras en inventar, no en escalar por el tronco de un árbol impregnado de resina como aquel, pero finalmente logró subir arriba. Desde la copa del árbol Haltoran le tendió a Annie una escala, animándola a subir:
-Vamos cariño, no tengas miedo, te sujetaremos. No hay ningún peligro.
Su temerosa esposa vaciló, pero finalmente se dejó influir por las tranquilizadoras palabras de su marido y terminó por ascender lentamente por el tronco, tanteando dubitativa cada peldaño de la escala ,que poco a poco conseguía subir, ascendiendo finalmente después de diez minutos de dudas, tanteos y miedos entre los aplausos de sus amigos. Faltaba yo, que me había quedado admirando la belleza de algunas estatuas de mármol blanco que representaban las efigies de muchachas hermosas ataviadas con túnicas. Una de ellas sostenía sobre sus hombros un cántaro. Me estremecí al recordar cierta escena irreal que tuvo lugar en Lakewood relacionada con los extraños acontecimientos de Neo Verona.
7
Por dentro, la acogedora cabaña parecía más grande, que externamente. Estaba amueblada de forma espartana, pero con gusto, con cómodas y pequeños estantes de madera labrados con dedicación y estilo. Mark suspiró y salió al exterior. La minúscula construcción le resultaba un poco agobiante, sobre todo para alguien como él que había surcado la inmensidad a lomos del fuego nuclear del iridium. Y entonces me vio. Me saludó agitando la mano y Haltoran, atraído por nuestra conversación salió a la terraza de la cabaña y me lanzó un jetpack disimulado en un cinturón. Le observé con extrañeza y le espeté:
-¿ No pretenderás que suba con uno de tus inventos ? Además no creo que aguante mi peso.
-Lo he perfeccionado hombre, y no seas tan desconfiado. Podría izar un peso cinco veces superior al tuyo.
Candy, Annie y Patty prorrumpieron en estruendosas risas sin mala intención. Me molesté algo por lo que tomé por una alusión personal. Ante mi mirada suspicaz, Haltoran se encogió de hombros y se disculpó:
-No pretendía ofenderte Maikel. Vamos, hombre ponte el cinturón y sube. No nos hagas un feo.
Rezongando me ceñí el cinturón poco convencido de que aquello funcionara. Cuando me acordaba del viaje que realicé en el interior de Mermadon, juré que nunca más me dejaría influir por las chaladuras de mi antiguo jefe de proyectos, pero las promesas que realizaba quedaban en agua de borrajas, y se las llevaba el viento. Lancé un resoplido y cuando estuve listo, dí una voz a Haltoran, que me hizo gestos para que bajara una palanca situada a mi costado izquierdo.
-¿ No sería más práctico utilizar la escala ? –voceé desde abajo espantando algunos pajarillos que revoloteaban en torno a las ramas más bajas de la encina.
-No aguantaría tu peso Maikel, no porque sea excesivo, si no que está pensada para gente de no más de setenta-ochenta kilos.
-Vale, vale, vale –le corté harto de tanta palabrería. Me encogí de hombros y tiré de la palanca como él me había dicho. Unas toberas retractiles surgieron por cada costado del cinturón y empezaron a expulsar gas y humo haciéndome ascender lentamente. No podía creerlo. Por un momento pensé que el jetpack no desestabilizaría y pasaría la prueba de fuego. Me iba acercando lentamente a la terraza de la cabaña, que despuntaba entre las ramas del denso y frondoso follaje del árbol. Mis pies estaban a punto de rozar ya la tarima de madera y me las prometía felices, mientras las chicas me animaban con sus aplausos y gritos de ánimo, cuando de pronto el caprichoso motor del jetpack petardeó y me impulsó hacia arriba, remontándome muy por encima del árbol y de la cabaña que se alzaba entre sus ramas. Mascullé una sonora imprecación mientras las enloquecidas toberas impulsoras me hacían ganar más y más altura. Manipulé frenéticamente los mandos, tratando de descender pero como le sucediera a Mark sobre el Atlántico y la vertical del Mauritania cuando iba a rescatar a Candy, los dichosos controles se atascaron de manera que ni subía ni bajaba, exactamente lo mismo. Haltoran me observó horrorizado y gritó que mantuviera la calma mientras se disponía a subir con otro jetpack que llevaba de reserva, para ayudarme a volver a tierra. Yo, en mitad del aire, pataleaba y trataba de hacer que aquel maldito trasto reaccionara pero cuanto más frenéticamente movía las palancas para que el tozudo y callado motor del jetpack funcionara nuevamente, más se iba recalentando. Candy percibió un olor a quemado que le era familiar debido a que ya conocía las imprevisibles consecuencias del mal funcionamiento de aquellos inseguros y aun poco perfeccionados aparatos. Enumeró mentalmente las veces que había experimentado el hedor a chamuscado, que le producía nauseas. La primera fue cuando Mark la rescató, a lomos de uno de aquellos renqueantes artilugios, del ensayo de boda previo al auténtico enlace con Neal, que afortunadamente nunca llegó a celebrarse.
La segunda fue cuando el valeroso joven empleó el jetpack junto con Haltoran para sacarla del Mauritania y también evocó como Haltoran liberó a Annie del internado londinense con el mismo invento delante de las narices de la hermana Grey, que se desmayó cuando contempló atónita como Haltoran salvaba la cancela del edificio, llevando a Annie a cuestas. Todavía se acordaba de la mareante fetidez, que hizo que le vinieran arcadas, cuando huían de allí con Annie y Haltoran, en el coche del doctor Sellers y que Mark conducía, aprovechando la confusión provocada por el afortunadamente fallido bombardero alemán, durante el cual Haltoran derribó uno de los aparatos germanos. Ahora todos me observaban temerosos de que me precipitara como una piedra contra el suelo. Mark estaba ya preparándose para alzar el vuelo y rescatarme, cuando Haltoran se puso otro jetpack frenéticamente mientras me gritaba:
-Maikel ¡! No fuerces así los controles o sobrecargarás el motor, produciendo un cortocircuito ¡
Tal y como me temía, un chispazo emergió del motor que se incendió soltando algunas llamaradas que estuvieron a punto de chamuscarme la piel y la ropa. Uno de aquellos chorros de fuego me calcinó aun así el sombrero, como no podía ser de otra forma. Temeroso de quemarme el cabello, lo lancé al vacío y mientras iba descendiendo, comprobé con una mueca de horror, como las llamas terminaron por devorarlo. Cuando tocó la tarima de la cabaña de la encina, se había consumido completamente quedando solo unas pocas cenizas.
-Mark, Haltoran, ¿ no podéis hacer nada ? –les apremió Candy- si sigue así terminará por precipitarse a…
Antes de que Candy pudiera terminar de concluir la frase, dicho y hecho mi alarido eclipsó su voz. El jet pack se había estropeado definitivamente, y su motor se había carbonizado llenando el idílico ambiente del bosquecillo y los jardines aledaños, de un pesado y molesto olor acre, que hizo toser a Candy, y a todos los demás, mientras yo iba perdiendo altura imaginándome chafado contra el suelo o con un poco de suerte, magullado pero vivo si las ramas de la encina lograban amortiguar el impacto de mi caída y conseguir que terminara acertando en pleno centro de la terraza de la cabaña.
-Socorrooo –grité despavorido mientras agitaba las manos percibiendo el suelo cada vez más próximo a mí y los rostros de mis amigos que me miraban atemorizados y sin poder reaccionar de la impresión –que me la pego, que me la pego.
En esos momentos escuché un siseo y noté un leve olor dulzón a ozono, mientras los brazos de Mark me sostenían en vilo evitando que me estrellara. Mi cuerpo dio un tirón seco pero estaba a salvo. Mark, rodeado por el haz de luz iridiscente, flotaba mansamente en pleno aire, y me sostuvo sin dificultad, aferrándome por la muñeca.
-¿ Estás bien maestro ? –me preguntó con una ligera sonrisa y preocupado de veras por mi estado.
-Sí, pero debes de dejarme ya en el suelo –dije agradecido y muy sorprendido de que mis gafas no se hubieran desprendido de mi nariz durante la pronunciada caída y que sus patillas continuaran fijas y aferradas a mis orejas –si tardamos más en descender, tu sangre empezará el proceso de depuración y no es cuestión de arruinar un día tan bonito y una reunión tan agradable –dije señalando discretamente la cabaña en la que su esposa, Haltoran, Annie, Stear y Patty seguían nuestras evoluciones con gesto serio y preocupado.
-Tienes razón –dijo Mark- sujétate. Vamos a bajar.
8
Tocamos tierra y cuando sentí la hierba bajo mis pies, resoplé aliviado y me llevé la mano derecha al pecho. Casi me dio un pasmo, y empecé a dar saltos de alegría. Todos mis amigos habían descendido precipitadamente de la cabaña y me rodearon solícitos e interesados por mis estados de ánimo y de salud. Me bombardeaban a preguntas de si estaba bien, si había pasado miedo, si necesitaba esto o lo otro…
Candy cuya preocupación por mí hacía que la pobre muchacha estuviera en un sin vivir cada vez que por mi torpeza o alguna de las encerronas de Haltoran me metía en problemas, me abrazó poniéndome perdido de lágrimas y de besos afectuosos en las mejillas y en la frente.
-Maikel, Maikel, no vuelvas nunca más a darnos semejantes sustos. Podías haberte matado.
Haltoran se abrió paso entre el corrillo que todos ellos habían improvisado en torno a mí y se disculpó rápidamente:
-Lo siento Maikel. Quizás tuvieras razón. No pensé que iba a fallar tan estrepitosamente –dijo el joven contrito.
No deseaba discutir o enojarme con nadie. Bastante tenía con haber salido bien parado de semejante locura.
-No importa –dije desprendiéndome del socarrado y ennegrecido invento, del que solo quedaba algunos trozos de cinturón y poco más. El resto había ardido literal y completamente hasta resultar destruido, impregnando el aire de aquel sofocante y asfixiante olor a quemado, aunque siendo un invento suyo, era de esperar.
Annie, afectada por el insidioso, e invasivo olor, se tapó la nariz con un pañuelo de encaje, mientras yo, no sabía si por el miedo que había pasado, el hedor a circuitos y mecanismos chamuscados, que lo impregnaba todo o ambas cosas a un tiempo, me desplomé súbitamente mareado en los brazos de Candy que se puso a gritar reclamando ayuda urgente para mí.
9
Me trasladaron rápidamente al interior de la imponente mansión, donde el médico personal de los Andrew y destacado prácticamente de forma permanente al regio lugar, me examinó concienzudamente tranquilizándonos a todos y a mi el primero.
-No es nada. Este hombre ha sufrido una pequeña intoxicación por inhalación de humo, pero ya está plenamente recuperado, aunque quizás debería descansar hasta mañana. Pese a que Candy intentó quedarme para hacerme compañía, conseguí disuadirla, aunque no sin esfuerzo. Encendí la luz, cuando noté que los ecos de los pasos de mis amigos se iban perdiendo en el pasillo, diluyéndose en el silencio de los grandes corredores laberínticos, a medida que se alejaban. Aprovechando que no había nadie, tomé papel cuadriculado y extraje un pequeño bolígrafo de cristal de mi bolsillo derecho, empezando a redactar una especie de testimonio que en cuanto hubiera leído y releído, destruiría. Aquello me ayudaba a sentirme mejor, cuando en ocasiones notaba como los remordimientos me atormentaban, aliviando parte del peso de mi conciencia, que a veces, se tornaba demasiado duro para poder trasportarlo sobre mis hombros.
La muchacha me tomó las manos entre las suyas y dijo retirando una lágrima de su ojo derecho:
-Maikel, ¿ por qué siempre tienes que preocuparte antes por los demás que por ti ?
Sonreí mientras me acomodaba lo mejor posible en el blando lecho y tiraba de las sábanas hacia arriba para taparme. Candy me ayudó y yo buscando las palabras adecuadas dije:
-Yo, quizás se deba a que…
Por un instante nuestros ojos coincidieron. Aparté la vista y bajé la cabeza. Resoplé levemente y observándola de soslayo mientras me retiraba las gafas con un movimiento del dorso de mi mano derecha dije:
-Jamás en mis más locos sueños soñé con conocer a alguien como tú, querida Candy.
La joven sabía a lo que me refería, por lo que antes de que pudiera añadir algo, cambié inmediatamente de tema, no fuera que la conversación transcurriera por derroteros similares a la que mantuvimos poco después de aquella cruenta batalla contra los hombres de Norden.
Candy me abrazó de repente recostando su cabeza sobre mi hombro derecho. Sus rizos dorados y su piel suave erizaron la mía, haciendo que me estremeciera. Candy no podía en cierto modo evitar el sentirse culpable, por que el amor no hubiera tocado a las puertas de mi corazón.
-Maikel, eres un hombre bueno. No entiendo como nadie se haya dado aun cuenta de lo grande que es tu corazón.
Callé y esbocé una sonrisa al recordar el ridículo que había realizado pataleando y braceando en mitad del aire, debido a que el poco fiable motor del jetpack había vuelto a atacarse de nuevo, quemándose finalmente hasta que Mark, consiguió bajarme recurriendo a una mínima utilización del iridium. La mala puesta a punto de los propulsores habrían podido provocar una tragedia por muy poco, ya que el combustible que utilizaban era altamente inflamable y habría devorado la pequeña cabaña de madera junto con el árbol en cuestión de minutos. En el fondo, me alegré de que Mark subiera a por mí y no al revés, dado que si hubiera aterrizado sobre la tarima que rodeaba la endeble casa, posiblemente se habría consumido ardiendo como la yesca seca.
Alargué la mano derecha y acaricié la mejilla de aquella criatura tan singular y maravillosa. Volví a sonreír y respondí a su observación:
-Te preocupas siempre por los demás, Candy, anteponiendo tu propia felicidad a la de otras personas. Y la mía, ya la culminaste, cuando te conocí, querida amiga.
Candy apartó sus ojos como esmeraldas y vertió sus lágrimas, que mojaron mis nudillos y parte de la colcha que cubría las mantas que me abrigaban.
-Pero, pero, no, como realmente soñaste, querido Maikel, no de esa manera.
Asentí y pasé mi mano derecha por sus hombros y dije para consolarla:
-Es hora de que empieces a pensar un poco en ti misma, aunque tu dicha comenzó en la Colina de Pony, cuando os conocisteis. ¿ Eres feliz con Mark y tus hijos ?
Cuando mencioné el nombre de su esposo, su rostro se iluminó. Se pasó la mano izquierda por los cabellos ondulados y ensortijados y entonces dijo algo que me heló la sangre en las venas:
-Jamás podré olvidar el maravilloso regalo que me hiciste Maikel, jamás. Porque presiento, que indirectamente, le enviaste hasta mí desde el otro lado del tiempo.
Dí un respingo de manera que mi cuerpo al moverse involuntariamente hacia atrás, tiró de las sábanas, deshaciendo parte de la cama y dejando mis piernas al descubierto. Candy me arropó nuevamente y yo, temblando levemente musité al adivinar una especie de carta, que había escrito para descargar mis remordimientos de conciencia, entre sus manos blancas:
-Entonces, lo sabes…
La muchacha asintió contrariada, al haberse puesto en evidencia sin querer. Cuando me acostaron en la habitación después de que me desplomara en sus brazos y apagaran la luz, Candy que no estaba del todo tranquila, respecto a mi repentino desmayo, se introdujo subrepticiamente en la alcoba y contempló un papel que sobresalía de entre mis dedos, que tenía cruzados sobre el pecho. La joven no tenía intención de leerlo, pero cuando lo tomó de mis manos para depositarlo junto a la mesilla reparó en que había escrita una especie de confesión. A veces, para aliviar algunos de mis cargos de conciencia o profundos secretos los plasmaba en papel, que luego destruía inmediatamente, para que no quedara constancia de nada. Sabía que Mark, por ejemplo, emitía algunas llamaradas de iridium a través de sus muñecas y conversaba solo, como manera de descargar su conciencia y compartir sus pensamientos aunque únicamente, lo hiciera consigo mismo. Yo tenía el hábito de redactarlos en una hoja en blanco. Sólo que aquella vez, algo tan prosaico como el sueño, acabó venciéndome y me dormí al instante, sin haber tan siquiera guardado la comprometedora nota en mis bolsillos, por lo menos, o en un cajón de la mesilla. Además, me dejé la luz encendida, por lo que cuando Candy entrevió el nombre de Mark garabateado en la nota, aun a sabiendas de que no estaba bien, su curiosidad y afán de saber terminó por vencer sus reticencias y se puso a leer. De esa manera, supo que a través de mí, aunque indirectamente, su fabulosa y desgraciada historia dio comienzo en una carretera desierta del sur de Francia. Sentí cierto temor, no porque Candy lo hubiera descubierto, debido a mi poca prevención y reserva, si no en lo que pensaría ella de mí. Mark había alterado su vida y la de los que la rodeaban, pero ello, en cierta forma, había destruido la vida de Mark, privándole de su humanidad. Le conté algunos aspectos que no conocía. Candy había intentado disimular cuando abrí los ojos, al parecerme vislumbrar a alguien a mi lado. Pensé que sería Annie o Patty, o cualquier otro, menos Candy.
-¿ No me odias Candy ? ¿ te sigo pareciendo tan maravilloso y noble ? Yo convertí a Mark en lo que es. Si el iridium circula por sus venas es por mi culpa.
Candy me tomó por los hombros. Sus ojos verdes resplandecían por las lágrimas que estaba vertiendo, no de ira, si no de gratitud hacia mí.
-¿ Cómo podría odiar a la persona que condujo hasta mí a un hombre tan bueno y dulce como Mark ? ¿ cómo podría odiar a alguien como tú Maikel ?
-¿ No te arrepientes de conocer la verdad ? ¿ de qué yo infundí en Mark un poder del que tantas y tantas veces ha renegado, al igual que tú ?
-Eso era antes de que presenciara con mis propios ojos, como Mark curó y ayudó a tantas personas. ¿ Sabías que cuando fuimos a Escocia a ver a mi madre, salvó de las aguas a una niña que estuvo a punto de ahogarse durante un temporal ?
Asentí. También conocía la historia de otra niña huérfana del Hogar de Pony que padecía hemofilia, y que Mark consiguió sanar gracias a las portentosas propiedades del iridium, después de que se hiriese trepando a ese árbol tan colosal que se erguía sobre una loma cercana al espartano hospicio.
Candy me sacó de mi ensimismamiento diciendo unas palabras que recordaré mientras viva:
-Maikel, si el iridium no hubiera convertido a Mark en lo que es, estoy segura de que su vida habría sido muy desgraciada. Con el iridium dentro de su ser, aunque a veces sea muy duro admitirlo, por las desastrosas consecuencias que puede tener para él, ha hecho felices a muchas personas e hizo que nos conociéramos. Sin Mark, querido amigo Maikel, mi vida también habría sido muy triste. Por eso, nunca te estaré lo bastante agradecida por todo. Yo, sospechaba, intuía aun mucho antes de esta confesión –dijo mientras me entregaba la nota de papel- que tú preparaste la senda que le condujo hasta mí, aunque en aquel momento no podías saberlo ni yo tenía la absoluta certeza de ello. Sin el iridium Mark no puede vivir, y si aquel día no hubiese entrado a formar parte suyo, estoy convencida de que tampoco lo habría hecho durante mucho más tiempo.
Me quité las gafas y me froté el inicio del tabique nasal. Candy era tan inteligente e intuitiva, además de hermosa, que todos aquellos años, guardó para sí, el secreto que yo tan celosamente ocultaba y que ella ya había adivinado, casi al poco de conocernos, atando cabos y sacando inteligentes deducciones. Y aquella nota de papel cuadriculado escrita apresuradamente con mano nerviosa y débil y con tan poco cuidado venía a confirmarla lo que ya intuía.
-No temas Maikel –dijo la muchacha- no se lo diré a nadie. Ni siquiera a Mark, tienes mi palabra. Guardaré el secreto.
Le devolví la confesión ante sus ojos asombrados y aunque intentó rechazarla, con mano reticente yo insistí:
-No, Candy guárdala de recuerdo…si una revelación tan dura y cruda puede tenerse y considerarse como tal.
-Desde luego Maikel –dijo ella acercando sus labios carnosos a los míos y besándome levemente en ellos- porque yo no podría deshacerme de nada proveniente de alguien tan excepcional y bueno como tú –declaró con una sonrisa, mientras aceptaba nuevamente la nota, que a modo de presente le estaba dando. Agarró mi mano derecha con fuerza y le pregunté sorprendido:
-¿ Cómo averiguaste que el iridium era uno de mis proyectos de investigación ?
-Porque muchas veces hablabas del iridium, pareciéndolo conocer muy bien y al detalle, y me fijé en la deferencia con la que tratas a Mark, Maikel, como queriéndote hacer perdonar por lo que fue algo fortuito. En un primer momento, pretendiste utilizar el iridium con fines nobles, como crear una fuente de energía inagotable y barata de la que pudiera beneficiarse todo el mundo.
-Lo hice por dinero, para aumentar mis beneficios y para pasar a la Historia Candy –admití con dureza y contemplando un cuadro que había colgado de la pared frente a mí y que reflejaba un combate naval en alta mar, entre viejos barcos propulsados a vela, que se cañoneaban intensamente en medio de la densa humareda producida por el fragor de la batalla.
-E hiciste algo bueno a fin de cuentas Maikel –me dijo Candy invitándome a tomar un trago del té que me había preparado- como si todo cuantos nos ha acontecido a mí, a Annie y cuantos nos rodean, no lo fuera de por sí.
Acepté la taza de té y esta vez fui yo el que realizó un comentario que habría hecho Candy si yo no me hubiera adelantado para decir lo yo mismo, por pura casualidad:
-Y yo también creo que Mark, lo sabe, porque siempre me ha llamado maestro, como reconociendo que para bien o para mal, yo fui su creador. Lo que no entiendo es porqué, finge no saberlo o me trata con tanta cortesía y consideración.
Candy bebió un sorbo de una taza dorada con incrustaciones de nácar y dijo:
-Quizás, porque le has dado tanto, quiero decir, nos diste tanto a él y a mí, Maikel que no tiene forma de expresar su gratitud y el afecto que siente por ti, al igual que yo. Y tal vez, lo mejor sea dejar las cosas como están.
-A veces el mejor agradecimiento es el silencio tácito y mutuo. –recité desgranando cada palabra.
Candy asintió. Ambos terminamos el contenido de nuestras tazas, envueltos en ese mismo silencio al que me había referido hacía tan solo unos breves instantes.
10
Después de departir un poco más conmigo, Candy se reunió con su amiga Annie en una habitación muy espaciosa y que los criados de la casa, habían acondicionado sin saber exactamente cual sería el número exacto de invitados o de huéspedes, que la colosal mansión alojaría durante aquellos días. Annie había extraído un lujoso vestido de su guardarropa y lo había superpuesto al cuerpo de su amiga, a pesar de sus reticencias, con la intención de que se lo probara. Tras vencer las últimas tentativas de resistencia de Candy, esta accedió más que nada para complacer a Annie más que para embellecerse. Candy cuidaba mucho su forma de vestir y sus maneras, de forma que se había trasformado en una dama distinguida y muy hermosa, aunque últimamente y sobre todo, debido a la ausencia de su esposo se había dejado un poco suscitando el disgusto y la contrariedad de su amiga y de los Legan que no podían permitir que Candy descuidara su aspecto personal eclipsando su belleza tras las brumas de la tristeza, que le causaban la partida de Mark. Pero antes que nada, Annie obligó casi arrastrando a su amiga a sentarse ante el tocador y a contemplarse en el espejo de la cómoda. Annie esgrimió un peine con mango de plata y comenzó a modelar las largas y sedosas hebras doradas de los cabellos de Candy, recogiéndolos en una larga cola de caballo, que remató con un lazo rojo que se extendía a lo ancho de la misma. Luego, instó a Candy a probarse el vestido. La muchacha obedeció y tras depositar sus ropas sobre el borde del biombo, y cambiarse apresuradamente, se asomó por el lado izquierdo del mismo. Estaba deslumbrante. Llevaba un vestido blanco de mangas flotantes, cuyas hombreras permitían intuir la fina y sedosa piel de sus hombros esculturales a través de su traslúcida tela. La falda del vestido nacía dos dedos por encima de su regazo cayendo hasta el suelo con un discreto y armónico vuelo, dividida en tres secciones, delimitadas por sencillos y elegantes volantes. Annie se alejó de ella unos pasos para observar complacida y orgullosa su obra y dijo satisfecha:
-Estás preciosa Candy. Pareces, no –se corrigió un poco sorprendida de la firmeza de su voz- eres una auténtica princesa.
Entonces distinguieron un resplandor aureo que se colaba por los cristales en que se hallaban divididas, separados por un fino marco, los batientes de las puertas que daban acceso al balcón de mármol de imponente balaustrada. Candy, un poco atemorizada y columbrando que se trataba de Mark, se asomó inmediatamente a los ventanales, pero sin llegar a traspasar el umbral de las puertas para salir al balcón. Estaba empezando a anochecer y en el incipiente firmamento nocturno, contempló cinco letras que con trazos de fuego se iban formando lentamente ante sus ojos, para crear su nombre. De las muñecas de Mark, emergían lenguas de fuego, que hábilmente manipuladas por su artífice a modo de pincel, esbozaron un nombre, utilizando la oscuridad como lienzo.
-Candy –leyó la muchacha con sus ojos verdes arrasados de lágrimas, mientras se llevaba las manos a los labios. Estaba tan emocionada y a punto de llorar que musitó el nombre de su esposo con devoción:
-Mark, amor mío.
Entonces el joven la distinguió y se estremeció de pies a cabeza. Candy traspasó finalmente las puertas y salió al balcón contemplándole. Entonces Mark sonrió y se preparó para reunirse con ella, aprovechando que el iridium aun estaba activo, para salvar la escasa altura que la separaba de ella, con un corto vuelo, pero la joven se recogió el vestido y se dirigió apresuradamente y con premura, hacia la salida, con el corazón latiéndole desbocado y desenfrenadamente. Antes de que Annie pudiera preguntarla algo acerca de su proceder, su amiga ya estaba en la planta baja y avanzaba por el sendero de grava del jardín para ir directa, al encuentro de Mark. El joven detuvo la emisión de energía y el nombre que había realizado en la noche desapareció. Corrió hacia Candy y cuando la contempló, envuelta en aquel deslumbrante vestido balbuceó:
-Eres…eres tan bella, Candy
La muchacha no contestó, aun acariciada, por el recuerdo de la hermosa dedicatoria que había presenciado flotando mansamente en el aire, hacía tan solo unos pocos minutos. Candy abrió los brazos y rodeó con ellos a Mark, besándole apasionadamente, mientras el joven la correspondía con igual efusión.
-Te amo tanto, tanto, tanto…-repetía Candy continuamente mientras acariciaba los cabellos de Mark con las yemas de sus dedos, apretándose con firmeza contra él.
-Te quiero Candy, te quiero con toda la fuerza de mi corazón, te quiero tanto que…no pude evitar hacerte otra dedicatoria. Perdóname si te he molestado o importunado cariño. Yo…
Candy rió a carcajadas y le besó nuevamente esta vez durante más tiempo. Cuando alejó sus labios de los de él amoratados, por la duración del beso y su efusividad le dijo riendo:
-Es…es lo más bonito y hermoso que he contemplado jamás, amor mío.
Recordó cuando había escrito su nombre sobre las frías y procelosas aguas del Atlántico, a bordo del Mauritania, poco antes de ser atacados por el submarino alemán o como lo había elaborado, a partir de las aguas del lago central de Lakewood, arrancando en ella en todos los casos, largas y emocionadas hileras de lágrimas.
-Todo es poco para cantar tu belleza, vida mía –declaró él en susurros mientras la tomaba entre sus brazos y ella se dejó conducir, riendo quedamente hasta la alcoba. Annie iba a reclamar a Candy por algo, cuando el brazo de Haltoran se posó en sus hombros. Annie se sorprendió ligeramente y se tranquilizó al cerciorarse de que se trataba de su esposo que dijo mientras observaban al matrimonio entrar en la mansión, riendo e intercambiando cumplidos e inocentes bromas o confidencias.
-No, cariño –dijo Haltoran negando con la cabeza levemente pero sin perder la jovialidad que chispeaba en sus ojos- debemos dejarles solos. Necesitan estar el uno en los brazos del otro.
-Por cierto –dijo levantando en vilo a Annie sorpresivamente, que chilló un poco entre avergonzada y gratamente sorprendida- podríamos imitarles, ¿ que te parece pequeña dama ?
-Haltoran no me llames así, sabes que me da vergüenza –dijo con voz melosa, la chica ruborizándose ligeramente y cubriéndose las mejillas con ambos manos. Se contoneó levemente y coincidió con su marido en que era una excelente idea. Entonces Haltoran la besó apasionadamente y Annie le correspondió estremecida y henchida de felicidad.
Luego, lentamente ambos se fueron retirando también a la intimidad de sus aposentos privados.
11
El teatro casi se vino abajo por los fuertes y estruendosos aplausos que llenaron el ambiente. En el centro del escenario, Terry Grandschester saludaba a la concurrencia mientras su esposa Louise, que llevaba actuando con él desde unos meses después de que se conocieran un lejano día de 1917 en Escocia, no dejaba de sonreir y corresponder a la ovación del público realizando continuas reverencias y genuflexiones. La compañía Strafford prácticamente al completo, tuvo que salir varias veces para atender a los deseos del público de ovacionarles y expresarles su admiración y devoción por su brillante y emotiva actuación. Terry había interpretado a Romeo nuevamente, mientras Louise espléndida en su traje de Julieta unían sus manos y las elevaban por encima de sus cabezas. La joven, que había tenido dos hijos con él, recordaba la primera vez que por un capricho fruto del azar, y casi medio en broma, se encontró con él una mañana, en un teatro de Edimburgo, en la que la compañía de Terry representaría Romeo y Julieta de nuevo. Louise había asistido al teatro en infinidad de ocasiones, pero nunca antes había estado entre bambalinas y mucho menos actuado. Realmente había acudido para desearle suerte, aprovechando actuaría en la cercana Edimburgo, por última vez aquella temporada, ya que ambos se separarían durante unos meses- Terry, que había decidido dejar el internado definitivamente y dedicarse de pleno a su carrera como actor estaba un poco molesto, porque su compañera de reparto, la actriz que interpretaría a Julieta aun no había llegado. Pensó en la curiosa coincidencia por la que él, debido a un incidente con aquel patán que le hizo perder su gorra preferida y el tiempo, también llegó tarde a una representación en la que actuaría como Romeo, cuando sucedió aquel incidente de los focos que se desprendieron del techo del teatro. Se pasó una mano por los cabellos castaños mientras rememoraba prácticamente la misma escena que su esposa revivía en su mente, casi punto por punto. Aun sentía un escalofrío cuando el mismo hombre que le salvó la vida durante la guerra, evitó que los pesados focos aplastaran la pierna de Susana Marlow, y que se había hecho con el corazón de la joven que contemplaba en sueños. Aquel día de ensayo, la muchacha que debía dar vida a Julieta estaba aquejada de gripe. El año siguiente sobrevendría una terrible epidemia mundial de esa enfermedad, pero que aun no había alcanzado los niveles de virulencia que sobrevendrían al año siguiente. No había en todo el teatro ninguna otra actriz capaz de sustituirla, porque las actrices suplentes, según Terry no tenían la fuerza interpretativa que él necesitaba para sentirse compenetrado con su personaje. Entonces reparó en su novia y la observó dubitativo, mientras se frotaba el mentón al tiempo que una idea quizás algo descabellada tomaba cuerpo en su mente.
-Louise, ¿ por qué no haces una prueba ?
-Pero, pero Terry –dijo la chica sorprendida esbozando una sonrisa nerviosa- no…soy actriz. Quizás no de la talla. Yo…
-Tú solo inténtalo –dijo el joven actor mientras hacía que trajeran desde atrezzo, y le entregaran un vestido de Julieta- yo juzgaré.
Terry tenía tanto carisma y su personalidad se había fortalecido ganando en aplomo y madurez, tras su paso por el frente, que aunque jamás pretendió desautorizar al director de la compañía de actores, a veces tomaba decisiones un tanto atrevidas, que siempre se revelaban como las correctas. Por eso, cuando tuvo una súbita intuición al contemplar a Louise decidió ponerla en práctica. Unos minutos después, tras aprenderse un corto texto de prueba, y vestida como Julieta, ensayaron la legendaria escena del balcón. Fue un ensayo muy corto, pero los pocos que asistieron a la actuación quedaron maravillados. Había una química muy fuerte entre ambos y cuando Terry terminó, notó como algo en su pecho se removía. Hasta ese momento, había cortejado y salido con su novia por pura inercia, porque el recuerdo de Candy, aun alentaba en su alma, tanto de la guerra como de la conversación que mantuvieron en Escocia y donde presa de los celos y un loco amor, había intentado agredir a Mark sin éxito. El joven ligeramente más alto que él, se limitó a apartarse, esquivándole sin dificultad y en ningún momento le atacó o intentó noquearle. Parecía como si se deslizara silenciosamente. Sus puños solo hendían aire, su rabia se disipaba a cada golpe fallido que le lanzaba. Se detuvo contrariado. Jamás podría cortar un vínculo de amor tan poderoso como aquel. Candy jamás se separaría de Mark. Sus corazones se hallaban unidos indisolublemente por la senda del tiempo que condujo al joven de ojos oscuros hasta ella, una mañana de Mayo, sobre el árbol de la Colina de Pony. Por eso, cuando contempló a Louise declamar los versos que apenas había leído apresuradamente, se prendó de ella. A partir de aquel día, y tras una corta negociación con los padres de la muchacha, Louise pasó a formar parte de la compañía Strafford. Su prodigiosa memoria, le permitió prepararse su papel como Julieta, justo a tiempo para su primera actuación como actriz. Nunca antes había hecho nada semejante, pero la firme y absoluta confianza de Terry en ella, terminó por vencer las últimas trabas del director, que temía que la velada, sería un estrepitoso fracaso.
Aquella lejana noche, el teatro donde actuaron, como todas las demás que seguirían a partir de la primera, los aplausos del público fueron tan estruendosos y rotundos que el director de la compañía Strafford, jamás volvió a dudar del increíble ojo clínico de su principal actor. Muy pronto cada representación que era anunciada con sus efigies en aquellos grandes y coloristas carteles, distribuidos por las calles, era sinónimo y garantía casi segura de éxito, lo cual conducía al conocido cártel de "no hay entradas" colgado de las taquillas de los teatros donde actuaban. Por otro lado, de ser cierta la conocida leyenda del mundo del teatro, según la cual el actor y la actriz que representaban Romeo y Julieta respectivamente, terminaban casándose, se hizo realidad al menos con ellos dos. Poco más de un año después se casaban en una pequeña ermita situada junto a los acantilados en un remoto y encantador paraje de Escocia, donde también se desposaron los padres de Candy, hacía ya tanto tiempo.
Aquella noche cuando su mente retornó de los recuerdos del pasado, distinguió entre el público que abarrotaba el aforo del teatro, en una butaca tapizada de raso rojo, unos ojos verdes enmarcados por unos cabellos rubios recogidos en una cola de caballo con un gran lazo rojo con un aderezo floral en su centro. Candy jugueteó con el camafeo de la esmeralda verde, pendido de su esplendido cuello y que le regalase Natasha en el puerto de Nueva York, hacía ya tanto tiempo. La muchacha que aplaudía con fervor, estaba enfundada en un traje de raso verde y a su lado, un hombre de cabellos negros y ojos oscuros de mirada triste, la aferraba por los hombros, haciéndole un comentario. Luego el hombre la soltó y se puso a ovacionarle. Junto a ambos, un hombre de ojos verdes y pelirrojo con un frac, junto a una muchacha de cabellos negros y ojos azules con un vestido azul claro, batía palmas asintiendo satisfecho.
Yo, junto con Stear me pasaba los dedos por los ojos para enjugarme algunas lágrimas que la emotiva obra me había producido. La muchacha de ojos verdes le sonrió y Terry asintió satisfecho de lo que había conseguido en la vida. Aun la seguía queriendo, pero era realista. Por lo menos estaba junto a una mujer a la que amaba y no persiguiendo un sueño inalcanzable. Terry supo desde el momento en que sus sueños se la mostraron, que no era más que eso, un sueño que compartiría con él una bella amistad, pero nada más. Aquel amor era tan poderoso que había trascendido los límites del tiempo y puede que de la materia. Pensó en Albert y notó un ligero escalofrío, alegrándose de no haber terminado sus días como él.
12
Cuando Bryan se dispuso a abandonar el Hogar de Pony, despidiéndose de los niños y de las amables administradoras del hospicio, llevando en una pequeña bolsa el uniforme de camuflaje que la señora Pony había conseguido limpiar después de grandes esfuerzos y restregones que la hicieron sudar de lo lindo, esta alcanzó al hombre cuando ya estaba rebasando la portezuela de la valla de madera que rodeaba el acogedor edificio. Bryan se detuvo sorprendido al distinguir como la señora Pony venía casi sin aliento hasta él, corriendo y casi tropezando y a punto de rodar por el suelo.
-Pero señora Pony –dijo con un deje de sorpresa en la voz- ¿ a qué vienen tantas prisas ? ¿ acaso ha olvidado algo ?
La señora Pony asintió mirando de reojo, temerosa de que la hermana María hubiera podido seguirla o la estuviera escuchando agazapada tras algún arbusto o detrás de alguna de las esquinas del hospicio. Después, contempló a Bryan, que encogió los hombros, sin entender nada del sospechoso y raro comportamiento de la señora Pony. Luego, la mujer, que había decidido realizar una, tal vez, arriesgada prueba para comprobar cual era la reacción de Bryan, susurró en su oído derecho, algo que no olvidaría jamás.
-Mark, señor Anderson…está en esta época. No me pregunte como, sería muy largo de contar y no quiero que la hermana María me pille confesándole esto –dijo en susurros, mientras oteaba sobre su espalda de nuevo y añadía en voz baja y nerviosamente:
-Aquí tiene sus señas. Es…relativamente cerca de aquí –dijo pasándole un papel garabateado y asegurándose de que la perspicaz monja no estuviera vigilando.
Bryan estuvo a punto de gritar, pero supo disimular perfectamente, al comprobar la súbita discreción de su anfitriona y musitó conteniendo a duras penas sus emociones:
-¿ Mi hijo Mark aquí ?
La señora Pony cerró los ojos tras los lentes de cristales redondos. Su sexto sentido no la había engañado, aun antes de que el misterioso hombre les dijera su nombre completo, apellidos incluidos.
-Sí, pero ahora…no puedo explicárselo. Búsquele y por el amor del cielo, intente que su encuentro con él…y ella, no sea traumático, por favor, sobre todo para ella –recalcó.
-¿ Ella ? –preguntó el médico militar, sin comprender ni entender nada, cada vez menos.
-La chica del retrato sobre la repisa de la chimenea, Candy –dijo la señora Pony temiendo que en cualquier momento, la familiar figura de la religiosa doblara algún recodo del camino- Candy, nuestra dulce niña –declaró la señora Pony enjugándose una lágrima.
Bryan le tendió amablemente un pañuelo, y la bondadosa mujer lo aceptó, pasando el fino borde por las comisuras de sus ojos, tras levantar levemente sus gafas.
-Sí, ella…es su esposa. Pero por favor…no me pregunte a mí. Bastante le he contado ya. Búsquele y hable con su hijo, pero por favor, como le he rogado y pedido, sea cuidadoso y tenga el necesario tacto, sobre todo con Candy y sus hijos.
¿ Hijos ? ¿ sus nietos acaso ?,¿ Mark casado con aquella preciosidad ? ¿ desde cuando ?, ¿Cómo.?
Demasiadas preguntas y tan poco tiempo para responderlas. El confundido médico, obviando el estupor y las lógicas dudas que le estaban asaltando, amenazando con terminar con su cordura por momentos, se sobrepuso y realizó una última pregunta a la señora Pony:
-¿ Por qué me cuenta usted todo esto ?
-Porque no me pareció justo que, estando tan cerca de su hijo, además en estas circunstancias tan especiales y excepcionales –declaró tras un momento de duda, realizando un significativo gesto con las manos-, un padre lo desconozca.
-Puede que mi hijo ni me reconozca, o que ni tan siquiera se plantee ni recibirme –dijo Bryan con una inflexión de temor en su voz.
-Eso es algo, que deberá averiguar por usted mismo querido amigo.
Bryan estrechó la mano de la buena y afable señora y dijo conmovido:
-Es usted una persona excepcional querida señora. No tema, no defraudaré sus esperanzas, ni la imagen que se haya formado de mí, así como la confianza que ha depositado en mí. Hasta pronto señora Pony. Tenga por seguro que regresaré. Aun tiene usted que aclararme como…se conocieron ustedes y él, pero en otro momento.
El médico se alejó a grandes zancadas mientras una tormenta de sentimientos se agolpaba en su mente y en su corazón librando una feroz batalla contra si mismo. La señora Pony reclinada en el quicio de la puerta de la entrada principal empujó sus gafas contra el tabique nasal y musitó observando como se alejaba:
-Que Dios le bendiga, Bryan. A usted, a su hijo y a nuestra dulce y querida Candy, que Dios les bendiga a todos.
13
Durante las casi tres horas que duró la representación, Mark estudió atentamente el semblante de Terry y el de su esposa, disimuladamente para intentar desvelar si había algún cambio en su expresión, pero el semblante de la muchacha permaneció sereno, sin mostrar asomo alguno de interés por el actor, que no fuera más allá de la sincera amistad que les ligaba. Poco antes de que la gran contraofensiva aliada en Cambrai, decantara victoriosamente la suerte de la guerra del lado de los aliados, Terry volvió a ser herido levemente en un brazo. Mark creyó que el temido símbolo de la inevitabilidad, estaba presente en él, pero no halló ni rastro del tono dorado que hubiera rodeado el iris de sus pupilas, en caso de que hubiera sido de esa manera. Terry fue licenciado dos semanas antes de que la guerra terminara y su padre, temeroso de que volviera a hacer otra tontería, le convenció de que ingresara nuevamente en el Real Colegio de San Pablo en Londres, a donde el muchacho retornó voluntariamente para tratar de terminar sus interrumpidos estudios, pero no fue posible, porque nuevamente su espíritu rebelde y díscolo haría que abandonase la antigua institución nuevamente. Solía bromear que había estado durante la guerra en el internado, del que se marchó para alistarse, y al que retornó poco antes de que esta terminara. La hermana Grey aun estaba muy enojada por el acoso periodístico y mediático que había sufrido por culpa de aquel maldito intruso, que además de secuestrar a una alumna, transformó el Real Colegio de San Pablo en blanco de chismes y titulares en prensa de pésimo gusto, debido a la desbordada atención que el derribo puramente casual de un bombardero alemán bimotor había atraído sobre el internado y al que algunos jovencitos histéricos y asustado había erróneamente atribuido a aquel joven de ojos verdes y cabellos pelirrojos. La rectora había tenido que readmitir a Terry muy a su pesar, debido a las cuantiosas donaciones que su padre realizaba con tanta generosidad y desprendimiento a la venerable institución.
En ese momento, en la escena de la declaración de amor entre Romeo y Julieta, en el balcón, Mark se removió inquieto en su butaca. Candy le observó preocupada porque sabía perfectamente a que obedecía aquella conducta. Aun sentía remordimientos por su desliz. La verdad es que Mark jamás se habría ni planteado que la obra de Shaskeapeare pudiera tener una base real, o tal vez el genial dramaturgo había tenido una especie de premonición o sueños similares a los suyos y a los de su esposa, permitiendo vislumbrar tal vez, lo que él había observado y vivido de primera mano. Terry cruzó una significativa mirada con Mark y realizó un brevísimo asentimiento, tal vez como muestra de respeto. Aunque hubieran sido rivales, el joven actor no podía olvidar que Mark le había salvado la vida durante aquel lluvioso día en las trincheras. Y que como yo, había sido testigo del extraño fenómeno que nos puso a ambos la carne de gallina. Afortunadamente, nunca reveló lo que sabía.
14
A punto de terminar la obra, en mitad del momento en que Romeo creyendo a su amada sin vida, sacrifica la suya, sonó mi móvil inopinadamente. Tenía puesta la alarma del despertador sobre las diez de la noche. Algunos espectadores, me miraron igual de mal, reaccionando airadamente lo mismo que si aquel singular contratiempo hubiera tenido lugar durante el siglo XXI. Me tomaron por una especie de bromista, ya que afortunadamente, no descubrieron la fuente del que procedía aquel sonido tan raro y crispante. El progresivo y ascendente bip, bip, bip, que iba en crescendo hizo que varias cabezas rematadas por sombreros de copa, bombines y grandes pamelas en el caso de las mujeres se giraran hacia mí. Candy intentó disimular, mientras intercedía por mí, pidiendo disculpas y fingiendo regañarme por mi "inopinada salida de tono", aunque tuve la sensación de que la muchacha se había enojado de verdad. Mark, Haltoran y mis amigos la respaldadaron y los enojados ánimos de parte del público, parecieron aquitarse, dándose por satisfechos, por mis disculpas y la supuesta reprimenda de mis parientes. Candy y Annie se habían hecho pasar por mis sobrinas y Mark, Haltoran, y Archie otro tanto de lo mismo.
-Que hombre más maleducado –observó una anciana con un vestido negro y un abrigo de bisón que parecía adherido a su piel porque no se lo había quitado durante toda la obra, pese al calor reinante en el edificio.
-A ver si se deja ya de bromitas –me espetó otra dama con un gabán verde y una estola de zorro en torno a sus hombros.
-Debería darle vergüenza a su edad –me reconvino un caballero de bigotes de manillar, chaleco, abrigo y sombrero hongo de color verde oscuro.
No dije nada, poniendo cara de circunstancias y aguardando a que el temporal de reconvenciones amainara.
Finalmente, el incidente fue olvidado y los rostros que me contemplaban serios y ceñudos volvieron a ser atraídos por el drama que bullía en el escenario justo a tiempo de contemplar la escena final, dejando de centrar su atención en mí. Intenté apagar el móvil, pero Candy me puso la mano derecha que cubría con un suave guante de seda hasta el codo y negó con la cabeza. Asentí y centré mi atención en el escenario. Finalmente cayó el telón y una cerrada ovación restalló por todo el Teatro de Chicago, como así se llamaba aquel vetusto y regio edificio. El público se puso en pie mientras las exclamaciones de bravo, y magnífico entre otras muchas hicieron que la compañía Strafford tuviera que salir al escenario varias veces a saludar al respetable. Louise que había bordado su papel como Julieta una vez más, se presentó junto a su marido cuya mano derecha aferraba con fuerza.
15
Eleonor había decidido acudir a felicitar al joven actor, y había presenciado su actuación desde un palco discreto y poco utilizado, para que su presencia allí no produjese una avalancha de admiradores y personas deseosas de expresarle su reconocimiento.
Cuando Terry terminó de saludar por lo menos una docena de veces, requerido por las ovaciones del público, que no cesaban de repetirse una detrás de otras, la famosa diva del teatro, ya retirada le hizo llegar una nota a través del fiel y siempre dispuesto Peter que continuaba a su servicio, y probablemente, lo haría durante el resto de su vida. Terry leyó la cartulina perfumada y cruzada por una banda azul diagonal de izquierda a derecha y cuando leyó el
nombre, se sorprendió ligeramente. Decidió acudir picado por la curiosidad, porque aunque la ha había visto actuar, nunca antes había estado frente a ella, cara a cara. El joven consiguió llegar hasta una pequeña sala donde su intimidad estaría asegurada lejos de cualquier posible intromisión, aunque Peter vigilaba la entrada y no permitiría que nadie ajeno les importunara. Terry tocó la puerta con el dorso de la mano, de modo que sus nudillos rozaron más que golpear la plancha de roble. Peter se cercioró de su identidad y se hizo a un lado permitiéndole entrar. Louise había preferido quedarse esperando a una discreta distancia de la puerta, pese a que Eleonor le había enviado a ella otra nota requiriéndola también, aunque la muchacha había preferido declinar el ofrecimiento de Eleonor. Cuando ambos se encontraron, la distinguida dama extendió sus manos enguantadas y tomando las del actor entre la suyas dijo lentamente:
-Permítame felicitarle, señor Grandschester, es usted un actor muy prometedor. Su carrera ha de conocer grandes éxitos venideros, se lo garantizo.
Terry deslizó la vista por la diminuta sala de estar. Aparte del papel pintado que cubría las paredes y que mostraba adornos de campanillas y lirios, había un armario librero con unas pocas novelas, y dos butacas de color crema que rodeaban una mesita de mármol, sobre la que destacaba un florero con rosas rojas y blancas, y un cenicero de cristal, en la mitad izquierda de la mesa. En las paredes pendían cuadros de automóviles lujosos y bodegones repletos de frutas y cerezas rojas.
-Me siento muy honrado por sus felicitaciones miss Baker –dijo el joven, halagado por los elogios de Eleonor y admirando su belleza. Se fijó en lo mucho que sus ojos verdes y sus cabellos rizados rubios, que terminaban en varios tirabuzones que bajaban por su espalda se asemejaban a los de Candy, aunque puede que solo se debiera a una pura y mera coincidencia. Eleonor no sabía que Terry podría haber sido su hijo por un extraño y retorcido giro del destino, que Mark indujo sin saberlo, tan siquiera cuando tuvo lugar. Luego sus premoniciones y sueños le permitieron vislumbrar la verdad, aunque por alguna ignota razón, pese a que Terry había adquirido aquella presciencia que tanto Mark como Candy parecían tener también, no supo en modo alguno que en una realidad alternativa que pudo haberse producido, ambos eran madre e hijo. Hablaron durante algunos minutos más, animadamente y sin tapujos charlando de temas intranscendentes y cuando se despidieron Eleonor le dijo:
-Tengo una hija –le comentó sin desvelar la identidad de Candy en ningún momento e intuyendo que Terry no divulgaría cuanto le había relatado aun así- pero si algún día, concibo un hermano para ella, me gustaría que fuera como usted.
Eleonor aun era joven y hermosa y se hallaba en edad fértil. Tanto Arthur como ella, no había descartado del todo, tener descendencia.
Si ambos hubieran sospechado por un solo instante, cuan cerca de tornarse realidad, estuvieron aquellas decisivas palabras…si supieran.
16
Haltoran estaba riendo aun ante la inoportuna y comprometedora señal de alarma que mi móvil había emitido sin previo aviso. Mark prefería no decir nada, y Candy me observaba reprobadoramente mientras los demás permanecían neutrales y al margen, adoptando la postura de Mark, de no cebarse conmigo, dado que me sentía avergonzado y un poco contrariado. Me había traído sin darme cuenta el móvil en el bolsillo de mi gabán. Haltoran le había dotado de una batería solar, por lo que no hacía falta recargarlo enchufándolo a la red eléctrica, pero todo eso fue antes de que yo, Carlos y Mermadón y por añadidura, Mark y Haltoran, escogiéramos por razones de fuerza mayor, los inicios del siglo XX, como definitivo lugar de residencia. Y aquel día, aparte de guardarme distraídamente mi móvil en el bolsillo derecho del abrigo, lo dejé además encendido y con la alarma del despertador activada. Observaba con la vista baja, el pavimento de la calle y las filigranas y arabescos que las baldosas de la acera de granito mostraban formando un mosaico abstracto y multicolor que se extendía hasta la esquina, donde la acera y la calle terminaban, cortadas por una intersección mientras la gente se agolpaba en el umbral del teatro, alabando la genial y emotiva actuación de Terry Grandeschester y de su esposa, en el papel de Romeo y Julieta. Suspiré algo contrariado mientras sacaba el pequeño objeto del bolsillo y lo observaba dubitativo.
-Pero Maikel –me dijo Candy mientras se ponía delante de mí para ocultar el móvil cuya pantalla refulgía tenuemente –guarda ese aparato. Al final nos meterás en un lío –susurró en mi oído izquierdo, al tiempo que lanzaba nerviosas miradas para comprobar que nadie había reparado en mi teléfono.
No obstante, pese a que la situación resultaba comprometedora, Candy no pudo evitar reprimir su natural curiosidad y hojeó de reojo el diminuto vestigio de una tecnología imposible para aquella época, lo que los expertos en fenómenos extraños, llamaban oparts, acrónimo en inglés de algo así como "objetos fuera de su tiempo". Le hizo tanta gracia el pequeño teclado y el visor fosforescente que por un momento, olvidó la bronca que tenía en mente y en la punta de la lengua para echarme en cara, mi falta de cuidado. Una vez mi amiga me había dicho mientras cargaba a cuestas con mi portátil, que Stear me había devuelto, y no siempre precisamente, dentro de los protectores muros de Lakewood.
-Maikel eres demasiado descuidado. Un día de estos te vas a poner en evidencia, y no sabremos como ayudarte. Hasta Mark anda muy preocupado de que un día, en uno de tus habituales despistes, reveles accidentalmente vuestra verdadera identidad.
Ante mis rasgos cómicamente contrariados, que me conferían un aire de –según Candy- vulnerabilidad y bonachona apariencia, la muchacha experimentó como su enfado y disgusto se estaban esfumando rápidamente y pasando su brazo derecho en torno a mis hombros me guiñó un ojo y depositó un beso suave en mi mejilla:
-Maikel, Maikel no cambiarás nunca. No podría enfadarme contigo ni aunque intentaras hacerme rabiar adrede.
Asentí antes los rostros felices de mis amigos que celebraron entre risas la observación de Candy.
17
Una vez en la mansión nuevamente, Candy sostuvo en la palma de sus manos el diminuto objeto que me había pedido prestado con la promesa de retornármelo lo antes posible. Ante mi cara de contrariedad, temeroso de que esta vez fuera ella, en vez de yo, el que pudiera levantar sospechas con una inapropiada exhibición del aparato, me dijo con un tono de voz al que no pude resistirme:
-No te preocupes querido Maikel, te lo devolveré enseguida. Ya que está saquí, te agradeceria que me permitieras echarle un vistazo. Lancé un suspiro y le expliqué para que servía y como se utilizaba. Candy estaba vagamente familiarizada con aquellos aparatos, porque durante su breve y corta visita al siglo XXI, había entrado en contacto con un par de móviles, solo que no lo recordaba, aunque su memoria pareció activarse cuando pulsó las teclas y observó los números que iban apareciendo en el visor para realizar una prueba que se le había ocurrido espontáneamente. Estaba marcando el número de la mansión, pero el silencio más absoluto, por lo menos en cuanto al auricular del móvil se refería fue lo único que percibió a través del mismo.
-No lo entiendo –dijo un poco disgustada- se supone que si es un teléfono, el de la mansión Legan debería sonar.
-Me temo Candy –dije adelantando el cuerpo hacia delante- que estamos pidiendo peras al olmo.
-¿ Qué has querido decir Maikel ? –me preguntó casi atragantándose de la risa. Había vuelto a utilizar otro refrán que no entendía.
-Lo que quiero decir, es que, quizás pidamos un imposible Candy. No creo que un móvil sirva para lo que estás pretendiendo hacer.
La muchacha fijó sus arrebatadores ojos verdes en el artilugio de otro tiempo y tras estudiarlo detenidamente, pareció satisfecha y alargando la mano, me lo entregó de nuevo, olvidando su afán de utilizarlo en un contexto en el que probablemente no funcionaría nunca, a menos que alguien tuvieran otro móvil preparado. Me quedé mirando al que probablemente, sería en aquellos momentos, el único de su clase, en toda la faz de la Tierra.
-Que curioso –dije en voz baja- de aquí a noventa años, habrá millones como él repartidos por todo el mundo y ahora él es único en su género.
Candy asintió recordándome que intentara no volver a exhibirlo en público, por lo menos más allá de los límites de la gran finca, ahora perteneciente a Mark y a ella.
Le prometí que sería más cuidadoso, y que no lo sacaría de Lakewood.
Candy me miró fijamente y se puso muy seria. Entonces me preguntó de pronto, cuando un pensamiento acudió repentinamente a su mente:
-Maikel, ¿ cómo es que la misma ciencia que ha creado estas maravillas, sirve a los intereses de la guerra ? ¿ por qué en vuestra época se pondrá tanto énfasis en la destrucción ? ¿ por qué esas horribles bombas atómicas ? ¿ por qué esas nubes en forma de hongo destruyéndolo todo, acabando con cualquier vestigio de vida ?
Ligeramente sorprendido por el imprevisto giro que había emprendido nuestra conversación intenté razonar una respuesta, aunque no di con ninguna apropiada. Finalmente bajando la cabeza y retirando el sombrero de mi cabeza, cogiéndolo por el ala, dije finalmente:
-No sabría responderte Candy. Tal vez esté en nuestra naturaleza,. Me refiero a la predisposición para destruirnos. Pero eso es en esta era y en todas las demás, anteriores o posteriores. Eso da igual. En eso, la Humanidad ha cambiado muy poco. En mi tiempo, llevamos acumulando misiles repletos de carga atómica desde hace décadas. La misma energía que sirve para producir electricidad, también puede desencadenar una destrucción a escala planetaria. La ciencia es solo un reflejo de nuestras intenciones según se emplee para lo bueno o para lo malo, a medida que extraemos lo mejor o lo peor de nuestro ser –declaré observándola con gesto serio.
Candy asintió, admitiendo que aquella pregunta no tenía una contestación sencilla, si es que la tuviera. Entonces tomó entre sus manos un crucifijo que la hermana María le había entregado hacía ya tantos años, cuando fue adoptada por los Legan en calidad de sirvienta y no como hija, aunque luego los remordimientos de Helen y sus dos hijos Neal y Eliza, y la presencia de varios hombres procedentes de otro tiempo, acompañados por un robot, contribuirían a que todo cambiase de forma radical. Candy alzó entre sus dedos el enjoyado crucifico, y me lo mostró observándome con ojos brillantes, al tiempo que exclamaba sonriente:
-Pero aun hay esperanza, porque cuando contemplo el rostro de mi querido y dulce Mark, y el de los mejores amigos que he tenido nunca, aparte de Annie, Stear y tantas y tantas buenas personas –declaró poniendo sus manos en mis hombros- se que aun queda bondad en el mundo.
Sus cautivadoras y seductoras pupilas acariciaron las mías y dijo emocionada:
-Pero de todos ellos, sin desmerecer a los demás, uno de ellos ocupará siempre un lugar muy especial en mi corazón.
Me propinó un beso en la mejilla izquierda y murmuró:
-Gracias por ser como un hermano para mí, querido Maikel, gracias.
18
De regreso a la gran mansión que en tiempos había pertenecido al todopoderoso Albert Andrew, Mark caminó por los jardines una vez que se había cambiado de ropa, meditando en silencio e intentando asumir que toda aquella fortuna y poder económico habían pasado a sus manos, de la noche a la mañana. La tía abuela Elroy, disgustada ante la decadencia de su sobrino y dado que Mark se había ganado un puesto en su corazón, por haber salvado a sus sobrinos, sus niños, como a ella le gustaba designarlos, de un triste y fatal desenlace, le había entregado el control de las finanzas de los Andrew, lo que equivalía a nombrarle sucesor de Albert de facto. Y como aquello era completamente legal y Albert había perdido su credibilidad y prestigio social, al ingresar en prisión, Mark se había convertido en un hombre inmensamente rico, puede que incluso más que yo, en el apogeo de mi imperio económico, comparándonos en perspectiva. Candy le había buscado tras ponerse una ropa más cómoda y le halló en los jardines de la mansión, meditando y reflexionando, preguntándose tal vez si en verdad no habría precipitado la ruina de Albert Andrew, pese a que tal cosa no era cierta. Su esposa decidió no importunarle, pese a que jamás había escuchado una mala palabra, una queja o un solo reproche de sus labios ante cualquier acción, frase o cuanto Candy realizara. De hecho, la chica se sorprendía a menudo, porque en todos esos años de noviazgo y matrimonio, nunca recordaba haberle visto enfadado o disgustado, por lo menos con ella ni con Marianne o Maikel. Un silencio profundo y absoluto se extendía por todos los rincones de la mansión y dado que todos nuestros amigos se habían encerrado en la intimidad de sus habitaciones, Candy vagó sin rumbo fijo por las enormes y desiertas galerías que conectaban salones, dormitorios o suntuosas estancias. Quizás fuera solo una impresión suya, pero le pareció que aquella finca con su imponente palacio, superaba con creces la magnificencia de Lakewood. Entonces recordó que desde el exterior le había parecido vislumbrar una luz encendida en la biblioteca, por lo que dedujo que sería yo y optó por hacerme compañía, en tanto en cuando Mark, ponía fin a sus meditaciones.
19
Stear y Patty se retiraron a su habitación, lo mismo que Haltoran y Annie porque a la muchacha le apetecía irse a dormir temprano. Puede que ambas parejas retornaran a sus domicilios al día siguiente. Mark tenía intención de quedarse algún día más, siempre que a Candy le pareciera bien, lo cual no pareció disgustarla. Yo me encerré en la biblioteca de la mansión, y mi mano inquieta repasó las distintas hileras de volúmenes, hasta que mi dedo índice se posó en uno de lomo de cuero oscuro y cuyo título en letras doradas repujadas rezaba:
"Hechos misteriosos de la Antigüedad hasta nuestros días".
Empecé a hojear el grueso libro, que versaba acerca de hechos misteriosos y enigmas sin resolver. Sonreí al recordar a cierto experto de mi país natal que tenía una gran aceptación entre los espectadores que cada semana seguían fielmente su programa. Mis ojos escrutaron el índice del interesante y atrapante tomo, buscando un hecho que me había impactado especialmente y cuyo origen si que podía asegurar y demostrar que no era tan ignoto y desconocido como en un primer momento, el título del grueso volumen sugería. Mis gafas brillaron levemente bajo la mortecina luz que la tenue iluminación instalada en la gran sala, a base de pequeñas lámparas individuales para favorecer la concentración y la lectura por orden directa de Albert, proyectaba sobre las páginas de papel satinado. Pero aunque el joven magnate, que ya no lo era, tuviera un indiscutible olfato para los negocios, no podía afirmarse otro tanto para la decoración y moblaje de la mansión. Aquellas lámparas levantaban cierto dolor de cabeza y aunque busqué el interruptor de las arañas que pendían del techo artesonado, no lo encontré. Me sumergí en la lectura de la obra y mis pupilas recorrieron vorazmente las líneas, una vez que hubieran saltado del encabezamiento del capítulo, que en llamativos y grandes caracteres góticos decía:
"1908, explosión en Tunguska. ¿ Qué la provocó ?".
En ese momento una figura se deslizó como un fantasma, sin provocar el menor sonido o alteración a su paso. Me sobresalté ligeramente, entre el tétrico ambiente de la biblioteca y la temática del libro que estaba leyendo con tanto interés y sesuda atención. Mi corazón latió agitadamente y mi respiración se aceleró, hasta que unos brazos blancos como la nieve y flexibles como un junco, rodearon mi cuello, y un suave beso con aroma a menta y tomillo, se extendió por la pesada y cargada atmósfera, se posó en mi mejilla izquierda, depositado por unos labios carnosos y frescos. Los rizos dorados de Candy me cosquillearon en la nariz y erizaron el vello de mi piel. Pese a que cada vez que experimentaba aquella sensación tan turbadora, como embriagadora me repetía lo del patrón y el marinero, pero a veces no cabía duda, de que el marinero le pateaba el trasero al patrón, haciéndose con el mando, aunque el superior recobrara su autoridad, prácticamente enseguida. Candy que llevaba un vestido ligero de color azul claro, con mangas de largo vuelo me saludó esbozando una sonrisa:
-¿ Se puede saber que estás haciendo aquí a estas horas tan solo, querido Maikel ?
Los arrebatadores e incitantes ojos de Candy, semejantes a esmeraldas ígneas, consiguieron que apartara la vista de las páginas por un momento. Me sobresalté ligeramente, al confundir su vestido veraniego con un camisón, pero me controlé perfectamente. Candy lo atribuyó acaso al sobresalto que quizás me produjo, al sorprenderme en tal concentración y en semejante y oscuro recinto.
-No, nada Candy, nada en especial –dije mientras mis pupilas oscuras se fijaban en el sombrero de fieltro que reposaba sobre la mesa, coronando un rimero de libros y novelas de temática ocultista que había escogido, aparte del volumen que centraba mi atención. Candy se asomó por encima de mi hombro, y leyó algunos párrafos, para luego fijarse en una fotografía en blanco y negro, que rmostraba la taiga siberiana devastada en un amplia área que se perdía en el horizonte. La hierba y el relieve del suelo habían prácticamente desaparecido, escondidos bajo una maraña de troncos y árboles calcinados, que a miles, alfombraban todo el terreno. Con el impresionante y tétrico paisaje como telón de fondo, posaba un hombre cuyo aspecto captó enseguida el interés de Candy. El hombre tenía una poblada barba canosa y su cabeza estaba tocada con una especie de gorro de piel circular. Sus penetrantes ojos estaban enmarcados por unas gafas de montura negra y lentes completamente redondos y su mirada destilaba inteligencia, decisión y una acentuada curiosidad. Estaba rodeado de varios hombres abrigados con pesadas y burdas ropas de lana y con guantes tan gruesos y ásperos que de seguro que el frío no podría entumecer las articulaciones de sus dedos, a juicio de Candy. Algunos de ellos iban armados con escopetas y rifles que portaban entre los dedos o llevaban ceñidos a la espalda.
-Es Leonid Kuliv –dije ante la curiosidad de Candy- el hombre que ha investigado recientemente esta misteriosa explosión.
Al margen del texto había unas anotaciones manuscritas realizadas con tinta azul y subrayadas. Candy se estremeció ligeramente porque aquella escritura de trazos rectos y elegantes, le resultaba vagamente familiar. Entonces abrió los ojos más de lo común y dijo con voz sorprendida al deletrear el nombre de Mark, entre las anotaciones personales del ex millonario:
-Es…la letra de Albert. Parece como si esto le interesara especialmente.
O hubiera estado investigando con acentuada dedicación aquello por algo.
Entonces Candy leyó algunos párrafos más. Nunca se había podido descifrar el origen de la voraz e inexplicable detonación, que arrasó miles y miles de hectáreas de bosque. Entre las posibles explicaciones y teorías, a cual más descabellada e infundada, figuraban desde cometas y erupciones volcánicas de una magnitud descomunal, al estallido de una presunta nave de origen extra terrestre, al entrar en nuestra atmósfera. Candy dio un respingo cuando finalmente localizó la ubicación de aquel paraje asolado que parecía estar en alguna remota latitud.
-Siberia, Rusia, -recitó abriendo ligeramente los labios y dejando escapar un tenue ¡oh!. Sus lazos semejantes a mariposas de vivos colores, eran de color azul, surcados por un entramado de líneas blancas que delimitaban una cuadrícula perfectamente simétrica y que se movieron al ritmo de su cabeza, que meneó incrédula y con rapidez. La alegría inicial de mi amiga, se tornó en seriedad y su semblante adoptó un gesto de contrariedad y enojo. Las notas manuscritas de Albert al margen del artículo, la habían hecho ponerse a la defensiva. Sospechaba que aquello tenía que ver con Mark, de un modo u otro.
-Maikel –me dijo con voz serena pero triste, haciendo que la mirase inmediatamente- dime la verdad, si es que sabes algo, porque sospecho que lo que este libro narra, tiene que ver con Mark.
Sabía que sería inútil y un insulto a su prodigiosa y certera inteligencia tratar de engañarla o darle largas o evasivas. Candy pese a su aspecto de muñeca, angelical y dulce, no era tonta y mucho menos débil o vulnerable, si no todo lo contrario. Si el amor no se hubiera cruzado en su vida, y hubiese emprendido estudios universitarios, podría haber llegado muy lejos, aunque aun era muy joven y no era tarde para centrarse en una carrera o buscar trabajo, pero su familia se anteponía a todo lo demás, lo era todo para ella. Se tomaba muy a pecho el engaño y el que intentasen mofarse suyo, pero si eso se realizaba a costa de sus amigos o los suyos, su ira podía llegar a rozar cotas tales, que inspiraba miedo y respeto, entre los que sufrían sus consecuencias. Nunca la había visto totalmente enfadada, pero supuse que sería terrible y digno de ver, aunque prefería no abundar en tales extremos ni averiguarlo. Suspiré y afirmé resignado, porque si la mentía, no solo me pillaría en falso, si no que se ofendería y no me dirigiría la palabra durante unas horas, o puede que días, lo cual quería evitar como fuera. Una de las pocas cosas que sacaba de quicio a Candy, aparte de que alguien intentara dominar su indomable e independiente carácter, y que odiaba de forma visceral, era la hipocresía . Al poco rato, sin dejar de fijarme en la penetrante mirada del científico soviético que me devolvía la mía desde la foto, y que había investigado hacía poco, la horrísona y devastadora explosión dije:
-Vale, pero prométeme que no te enfadarás con Mark o conmigo por revelártelo. Sucedió hace mucho y quiero que sepas ante todo, que Mark jamás pretendió hacerte daño ni causarte mal alguno, a cuenta de lo que te voy a relatar.
Hice una pausa y observé su reacción, un tanto temeroso. Por el momento parecía serena y tranquila, dispuesta a seguir escuchándome. Añadí poco después:
-Y por favor, no le digas a Mark que yo te he contado esto. No le sentaría bien. Es un hecho de su pasado del que no está especialmente orgulloso, no tanto por la explosión si no porque te dejó allí, al pie del Padre Árbol sin socorrerte, pero puedo jurarte que ha pagado suficientemente por ello, con los remordimientos que le asaltaron continuamente, a partir de aquello.
Candy asintió lentamente jurando que no dejaría que sus sentimientos o emociones la dominasen. Afirmé con la cabeza y dije tragando saliva:
-Tienes razón Candy. Esa explosión fue provocada accidentalmente por Mark…poco después de vuestro primer encuentro en la Colina de Pony. Fue…por un salto en el tiempo imprevisto y mal realizado, cuando aun no dominaba por completo sus poderes. Al poco de que te desmayaras, por la fuerte impresión que sufriste, cuando su sangre te alcanzó casi de pleno, él se asustó y viajó a través del tiempo con consecuencias que pudieron haber resultado fatales. Afortunadamente, la zona estaba y sigue a día de hoy, prácticamente deshabitada.
20
Mark permanecía en los esplendentes y verdes jardines, caminando por un sendero trazado por setos recortados primorosamente y junto a las estatuas que yo había estado admirando, poco antes del poco grato y desagradable incidente con el jetpack de Haltoran. Un poco más lejos, destacaba la gran encina con la cabaña de madera en su copa, casi al pie de un lago en el que nadaban algunos cisnes de plumaje blanco, junto con otras aves en aparente buena convivencia. Entre la variopinta colonia de aves que poblaba los jardines de la mansión, Mark distinguió flamencos, garzas y hasta algún que otro huidizo y tímido colibrí, libando entre las flores que sobresalían de los setos. El joven se había puesto nuevamente sus ropas del siglo XXI, como Candy solía llamarlas y que por extraño que pareciera, le valían perfectamente. Aunque desde que perdiera gran parte de su elevada estatura, en aquella locura que casi le costó la vida, en el Artico, Candy, sabedora de que su esposo deseaba conservarlas, puede que como una especie de recuerdo un tanto extraño y puede que hasta morboso, de una época que Candy, detestaba profundamente, había conseguido no sin pocos esfuerzos, adaptarlas a la nueva talla de Mark. El joven contempló la luz que se filtraba a través de las vidrieras coloreadas de la biblioteca de la mansión y descubrió mi familiar e inconfundible perfil junto al no menos característico de Candy. Mark conocía de sobra mi soledad y puede que el sentimiento profundo que albergaba en mi corazón hacia Candy, pero el joven podia estar tranquilo. Yo, era realista y hasta algo pragmático. Me bastaba con disfrutar de la amistad de aquella maravillosa criatura y por ello, nunca intenté interponerme entre ambos. La única vez, que surgió algo remotamente parecido entre los dos, fue a la mañana del día siguiente, a la aciaga batalla que habíamos sostenido contra las hordas de Norden. Y fue ella en la práctica, la que desveló mis ocultos sentimientos, fue ella la que a partir de ese día, creó entre ambos una amistad indestructible y verdadera, a raíz de aquella confesión que me arrancó casi sin que me diera cuenta de ello, tan dulce y quedamente como un susurro. A fin de cuentas, la amistad que nos ligaba era también una forma de amor, y con eso me bastaba. Mark depositó su mano derecha sobre la efigie de una muchacha que sostenía un gran cántaro sobre sus hombros y que iba ataviada con una sencilla y vaporosa túnica. Bajó la cabeza mientras algunos mechones rebeldes negros se deslizaban sobre su frente, y musitaba quedamente y con una inflexión de pesar en su voz:
-Pobre maestro, me apena verle así, pero yo y Candy...
Entonces sin saber porqué se puso a rememorar el momento inmediatamente después, al que Candy se desmayó en la colina de Pony y él, de forma cobarde y repentina la abandonó a su suerte, remontándose en el tiempo.
21
Realmente no fue cobardía o miedo. El ya la amaba desde el primer instante en que ambos pares de ojos, unos verdes como esmeraldas de fuego y el otro, negro como la más insondable de las noches, se cruzaran en un instante fugaz y eterno a la vez. El pretendía buscar ayuda después de que sus infructuosos intentos de reanimarla, fracasaran uno tras otro. Asustado y desorientado se puso a correr cuando tropezó con una de las raíces del gran árbol sobre el que su cuerpo reposara la primera vez que conoció a Candy, meciéndose sobre una de sus ramas. Salió proyectado hacia delante con tan mala fortuna, que el iridium al que no podía controlar con el dominio y destreza que luego adquiriría gradualmente, se desató descontrolado, impulsándole a través de las eras. Mark lloró y gritó desconsolado, pero no de miedo esta vez, sino porque la caprichosa e inefable sustancia le alejó de aquel ángel de cabellos dorados y pupilas verdes, a cuyo lado quería permanecer como fuera, contra viento y marea. El joven ascendió a una altura de veinte mil metros en menos de dos segundos, pero antes de desaparecer en las inmensidades tenebrosas del tiempo, pudo vislumbrar a un hombre joven y rubio que ataviado con el traje tradicional escocés, se encaminaba hacia Candy sin haberla vislumbrado aun, desmayada sobre la hierba y cubierta en parte por la sangre que su cuerpo, inoportunamente había derramado casi encima de ella. De no ser porque Mark, reaccionó a tiempo, variando de postura, la sangre habría empapado completamente a Candy, que aun así se desmayó de la impresión. Aquella fue la primera vez que se separó de ella, la primera de muchas aunque finalmente los lazos que les ataban tan fuertemente que nada ni nadie podría romper ese trágico y atípico amor jamás, les conducirían ineluctablemente a permanecer juntos, el uno en los brazos del otro, como si estuvieran predestinados desde muy atrás y hubiera sido determinado de antemano por un poderoso destino inevitable. Cuando Mark fue capaz de entender mínimamente los mecanismos que regulaban los delicados y caprichosos derroteros que el iridium tomaba en caso de que una voluntad fuerte no le controlase, empezó a dominarlo, aunque a duras penas en un principio. Vislumbró una especie de abertura luminosa, al igual que en su primer salto temporal y se dirigió hacia ella lo antes posible. Aquel calidoscopio de formas y colores tan aberrantes como hermosos que era la dimensión temporal, que separaba unas eras o realidades de otras, amenazaba con volverle loco. Los remolinos flamígeros o los brillantes tonos que salpicaban aquella especie de lienzo gigante, salido de la mente de algún genial o demente genio abstracto, en el que se entremezclaban formas rocambolescas e imposibles, le impactaban tanto, que puso todos los medios a su alcance para hallar una salida como fuera.
Y la encontró, pero debido su inexperiencia y en su ansia por retornar a alguna realidad tangible, aunque no fuera la suya, ni tan siquiera la época en la que se había encontrado con la muchacha de los cabellos dorados y los ojos verdes sobrecalentó el iridium por encima de la temperatura recomendada, si es que se podía esperar o exigir algo así a una sustancia tan caprichosa e inestable, que se produjo una tremenda detonación de índole nuclear. Mark se quedó inmóvil en mitad de un cielo plomizo y gris. Bajo sus pies se extendía una basta e inacabable extensión nevada que alcanzaba hasta más allá de donde la vista podía abarcar cubierta de vastos bosques y árboles, algunos de ellos tan impresionantes como el que descubriera sobre la suave loma en la que se encontró con ella, por vez primera. Mark boqueó notando como un intenso frío se le clavaba en la piel, como si miles de finas agujas le penetraran a través de sus tejidos, llegando incluso hasta la médula de sus huesos. Su aliento formaba diminutas y volubles volutas que escapaban de sus labios en forma ascendente. Sin embargo, el frío cesó de repente y al punto experimentó un calor insoportable, casi tanto como el gélido aire helado que le había invadido hacia tan solo unos instantes, que provenía de su interior. Empezó a tener arcadas, mientras su piel se iba amoratando por momentos y adoptando un tono cetrino y cada vez más oscuro. Finalmente, poco antes de perder la conciencia, su cuerpo brilló intensamente y una energía de índole desconocida, incluso para él, eructó de su ser, desencadenando una explosión terrorífica, que se le antojó a escala de la que debió originar el universo.
Finalmente, las fuerzas desencadenadas de modo inconsciente por el joven, resultaron tan abrumadoras, que terminó por quedarse inconsciente, a su merced, como un juguete manejado a su antojo, por la devastadora deflagración. Mark no podía saberlo en esos instantes, pero se había materializado en Tunguska, una lejana y remota región de Siberia. La onda expansiva fue tan poderosa y demoledora, que el manto de fuego que desató arrasó cuanto encontró a su paso. Los árboles ardieron como teas, pero otros no tuvieron ni tiempo ni capacidad de hacerlo. Las elevadas temperaturas del orden de los cien mil grados carbonizaron la mayoría de la masa vegetal, pero otros de los infortunados árboles que la conformaban fueron sometidos a tales presiones atmosféricas y caloríficas que literalmente, sus tejidos se solidificaron quedando petrificados y convertidos permanentemente en una masa de piedra, siendo el germen de lo que más adelante se conocería como "el bosque petrificado". En Chernobyl, se sucedieron fenómenos y anomalías tan chocantes e inexplicables como las de Tunguska, pero esa vez, aunque el estallido del reactor también se debió a la mano del hombre que manipuló fuerzas que escapaban a su comprensión, Mark no tuvo nada que ver en absoluto, además de que su poder fue adquirido de forma fortuita e imprevisible.
22
Aquel 30 de Junio de 1908 no amaneció como los demás días. No fue un tranquilo y lento amanecer que dejara paso de forma parsimoniosa y lenta a la luz de un nuevo día, si no que algo de carácter desconocido y temible sacudió los hasta entonces calmos e inalterables parajes nevados de Tunguska. El río Podkamennaya se deslizaba majestuoso y en silencio a lo largo de un sinuoso curso que formaba numerosos meandros, jalonados por miríadas de abetos y pinos, que conformaban en apretadas y densas florestas lo que en la madre Rusia se conocía como la Taiga, o el típico bosque característico de las regiones más septentrionales y heladas del inmenso país llamado Siberia.
Algunos renos habían descendido como era habitual, hasta las orillas del río para saciar su sed. Unos metros más arriba, grupos aislados de osos pardos cazaban peces introduciendo sus garras afiladas en las heladas aguas una y otra vez, hasta que algún infortunado pez se ponía al alcance de sus patas y era lanzado hacia fuera del agua con una súbita y repentina fuerza de origen desconocido, que luego les aglutinaba en montones que iban creciendo poco a poco, hasta que los hambrientos plantígrados, decidían que ya tenía suficiente alimento para todos los integrantes de la manada, por el momento.
Entonces un espantoso y creciente rugido que provenía de poniente fue cobrando en fuerza e intensidad. Sobre el encapotado techo de nubes refulgió una bola de luz que los ojos de los animales no supieron dar una interpretación pero su instinto les advirtió que aquello no podía deparar nada bueno y muchos renos y otros pequeños animales intentaron huir entremezclados en una mezcolanza inenarrable de miedo y estupor. La estampida animal intentó ganar la relativa seguridad de tierras más alejadas, pero la furia de la explosión no conocía la piedad ni limitaciones a su poder. El manto de fuego barrió animales y árboles, deshaciéndolos sin miramientos, quemando su carne y desgajando los troncos de los pinos y abedules que hasta hacía unos instantes, se habían erguido conformando una tupida y densa maraña boscosa que se extendía por doquier. Mark, completamente inconsciente y privado de sentido no podía hacer nada más que limitarse a flotar en el aire, mientras las descontroladas fuerzas del iridium desplazaban sus tentáculos en un área que según investigaciones posteriores emprendidas por el gobierno surgido de la Revolución, abarcaría una zona de dos mil kilómetros cuadrados, aproximadamente.
23
Mark se desplomó a tierra a tal velocidad, que el aire que le golpeaba furiosamente en las sienes y el rostro, le despertó afortunadamente a tiempo de evitar que se estrellara contra el suelo. Lo peor de la explosión había pasado ya, pero el mal estaba hecho. Como se había mantenido por encima del huracanado y abrasador viento que redujo todo lo que encontró a su paso a cenizas, había quedado al margen de los devastadores efectos de la potente explosión que sin pretenderlo había provocado. Activó el iridium lo suficiente, para que el resplandor iridiscente le mantuviera en el aire el tiempo suficiente como para tocar tierra sano y salvo. Cuando aterrizó, lo que contempló no lo olvidaría jamás. Caminó entre un revoltijo caótico de árboles, animales y aves calcinadas. Un reno le miraba con sus ojos vidriosos sin vida. Solo se había salvado su cabeza, el resto de su cuerpo estaba quemado, pudiéndose entrever el esqueleto a través de los jirones de carne. Mark apartó la vista asqueado y continuó caminando en dirección hacia el Podkamennaya, cuyas aguas bajaban negras de hollín y arrastrando cadáveres de osos, renos y lobos que no habían sido capaces de ponerse a salvo con la suficiente rapidez. Por todas partes había un hedor a quemado y la desolación se plasmaba allá donde dirigiera su atónita mirada. Se percató de que un árbol yacía a sus pies. Pasó la mano por el tronco y la retiró espantado. La corteza se agrietaba con una facilidad pasmosa, fundiéndose entre sus dedos a la más ínfima presión. En cambio, otro árbol que reposaba junto a sus desventurados compañeros, presentaba la consistencia de una roca. Mark rozó la corteza de este con las yemas de los dedos y golpeó con los nudillos un nudo del añoso tronco. Sonaba como a metal. Entonces reparó que el árbol estaba petrificado. En el suelo, la nieve se había fundido casi de inmediato quedando algunas piedras tan quebradizas como la corteza del árbol que había desgajado hacía unos instantes. Mark cogió una de ellas y observó su reflejo en su tersa superficie. Aquella piedra parecía hecha de cristal. Vitrificada, convertida en vidrio por el intensísimo y tórrido calor que la detonación de índole nuclear, había provocado. Mark se sentó en un leño completamente tiznado y carbonizado y se pasó una mano por la frente perlada de sudor, mientras largos regueros de sangre negra empezaron a emerger de su espalda a través de heridas que se habían formado en la piel como por arte de magia. Consideró que salir corriendo y pedir ayuda no serviría de nada. Allí no había nadie, lo presentía, por eso, sus ganas de llorar cuando se convirtieran en lágrimas, no serían tan amargas. Mientras se retorcía bajo los dolorosos efectos del proceso de limpieza de su sangre, su llanto fluyó finalmente y escondiendo la cabeza entre las palmas de sus manos suspiró musitando:
-¿ Dónde estás querido ángel ? ¿ por qué no pude mantenerme a tu lado ? ¿ por qué ?
Pero como positivamente sabía, no había nadie para replicar a sus demandas ni calmar sus más profundos y escondidos anhelos.
24
Candy estaba jugando en el exterior del hogar de Pony. La niña llevaba una pelota entre sus manos que Tom, otro huérfano que vivía en el hospicio le reclamó insistentemente, pero algo atrajo la atención de Candy que no consiguió apartar los ojos del cielo nocturno. Tom, desconcertado por la tardanza de su amiga, requirió protestando levemente, que le pasara la pelota, cuando sus ojos se quedaron clavados en la dirección hacia la que Candy, estaba mirando fijamente. Un resplandor irreal, que teñía el firmamento de tonalidades carmesí, permitiendo que en plena noche, fuera posible ver como a la luz del día infundió un repentino miedo en los ánimos de los niños, de modo que la señora Pony y la hermana María tuvieron que emplearse a fondo, para lograr calmarles y consolarles. Candy dirigió sus ojos verdes hacia las luminiscencias ambarinas que danzaban entre las estrellas y se refugió tras la hermana María, que preocupada ante su tardanza, pese a estar justo delante de la fachada principal del hospicio, salió en su busca, así como de Tom, ante la insistencia de la señora Pony que no cesaba de lanzar nerviosas miradas hacia el turbador y amenazante aspecto del firmamento.
25
Mark conocía el suceso de Tunguska porque había leído acerca del mismo en varios libros. Antes de que sufriera aquel violento y repentino encontronazo con su destino, se había enfrascado en la lectura de cuantos libros caían en sus manos, para escapar a lo que consideraba una vida triste y sin perspectivas. Su padre había desaparecido en la Guerra del Golfo, pero para él, desaparecer y morir significaba lo mismo, siendo una sola cosa. En cuanto a su madre, había sido atropellada por un conductor borracho terminando con las perspectivas de una vida feliz y dichosa. Puede que sonara muy tópico, pero esa era la triste realidad de su existencia. Fue adoptado por un tío suyo, hermano de su madre que se pasaba el día recriminándole lo poco que valía y lo insignificante que era. No le maltrataban físicamente, pero el psicológico estaba a la orden del día. Solo su prima, a la sazón hermana adoptiva Sabrina le entendía y parecía prodigarle el consuelo que le faltaba. Mark se quedó huérfano con ocho años y hasta que cumplió los dieciocho vivió con sus tíos. Apenas fue a la escuela y cuando estuvo en edad de trabajar, a juicio de su despótico tío, le puso a trabajar como ayudante suyo en la ferretería familiar que le resultaba lóbrega, triste, antojándosele como una especie de prisión. De hecho su vida, le resultaba demasiado agobiante y sin salidas, por lo que optó por buscarse una. Un día decidió escaparse. Reuniendo el dinero y el valor necesarios, se escapó en dirección hacia la cercana ciudad, haciendo autostop a ratos, y caminando otros. Consiguió comprar un pasaje de avión en dirección a Europa.
"Cuanto más lejos de ellos mejor" –se decía mientras entraba por la puerta de embarque. La única persona a la que echaría de menos, sería a Sabrina que parecía tenerle un cariño muy especial. Finalmente, se daría cuenta, aunque ya demasiado tarde, que lo que había tomado por afecto suscitado por una profunda compasión, era algo más fuerte. Era amor. Pero cuando redescubriera ese sentimiento, su corazón ya estaría ocupado por la imagen y el recuerdo de Candy.
Una historia típica y tópica de un muchacho desgraciado y agobiado por su falta de perspectivas, y el recuerdo de sus padres perdidos. Pero era una historia real. Cuando se dio a la fuga, su tío no le extrañó, ni siquiera puso una denuncia por desaparición. Prohibió hablar de él en su presencia y quemó las pertenencias que Mark, no había podido llevarse consigo. Por otra parte, Mark no tuvo ningún problema para subir al avión. Era mayor de edad y su documentación estaba en regla. Nada ni nadie le impidió ir a Europa. Lo curioso es que tras una serie de desventuras y empleos fallidos, cuando estaba pensando en retornar más que nada por Sabrina, caminaba por una desierta carretera francesa, en dirección hacia otro pueblo en el que tomar un autobús que le permitiera desplazarse a una ciudad con aeropuerto, para regresar a Estados Unidos. El rostro de piel ligeramente tostada, de ojos oscuros, no tanto como los suyos y cabellos negros que caían sobre la espalda de Sabrina, acudió a su mente cuando se cruzó con un furgón blindado fuertemente escoltado al que dirigió una mirada indiferente. Su tío le odiaba porque atribuía el atropello de su hermana Anna, la madre de Mark, a la mala influencia que había representado para ella casarse con Bryan Anderson, un buscavidas, un don nadie sin oficio ni beneficio. Entonces algo extraño atrajo su atención. Alguien dio una orden gutural y las armas empezaron a disparar, mientras el furgón detonaba una carga explosiva, disimulada en la calzada que le obligó a detener su marcha. Se produjo un violento intercambio de fuego, hasta que un hombre cubierto por un pasamontañas levantaba un pesado lanzacohetes enfocando la mira hacia las puertas acorazadas del furgón. A partir de ese instante, ya nada volvería a ser lo mismo. Jamás.
La granada cónica partió contra el furgón mientras Mark, cogido entre dos fuegos, se tiró al suelo rabioso y confundido. Cuando la granada destrozó los pesados batientes arrancándolos de sus goznes con un estruendo ensordecedor, algunos hombres se internaron en la oscuridad del furgón. Las puertas fueron a parar a doce metros de distancia, mientras los ladrones se introducían subrepticiamente en la caja del vehículo. Al fondo, surgiendo como un fantasmal castillo que surge de entre la bruma, un arca forrada de plomo y construida en una aleación metálica, refulgía levemente al fondo del compartimiento. En su cubierta estaba grabado el símbolo de un átomo en torno al que giraban varios electrones, trazando órbitas elípticas. Los hombres confundidos porque no encontraron lo que esperaban, pero movidos por la codicia, y porque no podían irse con las manos vacías tras lo que habían hecho y que seguramente les costaría la pena capital si les cogían, se dispusieron a abrirla. No, ya nada sería jamás igual, nunca más cuando un resplandor dorado salía del interior del destrozado vehículo matando instantáneamente a quien encontraba a su pas, menos a él. El nombre y los rasgos de su prima, fue lo último que acudió a su mente cuando la neblina dorada le alcanzó convirtiéndole en lo que sería a partir de entonces.
26
-Resulta, que yo provoqué la explosión de Tunguska –dijo riendo quedamente y con aire entristecido -tiene gracia. Yo, leyendo de un hecho de índole desconocida que precisamente, desaté y que se tilda como de origen misterioso, cuando yo si sé cual es la verdadera raíz de todo este embrollo –se lamentó mientras recordaba aquellos pasajes de su vida.
El único consuelo que tenía si se podía considerar como tal, era que no parecía haber víctimas humanas, por lo menos en cuanto a lo que había leído acerca del espinoso asunto y que ahora era capaz de confirmar in situ, aunque la zona devastada era enorme. De haberlo deseado, hubiera logrado sobrevolarla en relativamente poco tiempo para calmar sus temores de haber provocado una matanza indiscriminada de seres humanos, y revisándola por encima, pero no lo deseaba. Estaba cansado, tenía hambre y no deseaba volver a recurrir al iridium de ninguna manera, nunca más. Entonces se detuvo, mientras un agudo dolor le martilleaba las sienes y el pecho. El recuerdo de la muchacha rubia con aquellas coletas adornadas con enormes lazos que parecían mariposas, y esos ojos, esos ojos tan verdes y adorables que parecían irreales de lo hermosos que eran, le persiguió constantemente. Se detuvo para recobrar el aliento y se fijó en algunos peces muertos que bajaban por las aguas del Podkamennaya, junto a los cadáveres de los famélicos osos que habían intentado pescarlos unos minutos antes.
La radiación no parecía afectarle y curiosamente, aunque él no podía saberlo, la explosión le había librado de un envenenamiento masivo de su sangre, al liberar todos los residuos tóxicos, que el intenso calor había generado, bloqueando las heridas de su piel, que a modo de válvulas, liberaban al exterior la peligrosa y hedionda sangre negra que arrastraba la ponzoña que circulaba por sus venas y arterias. De ahí el color púrpura que su piel estaba adoptando antes de quedarse sin conocimiento, de ahí los dolores y la pérdida de consciencia. De no ser por Tunguska, Candy jamás hubiera vuelto a verle, olvidándole seguramente y terminando por vivir una existencia completamente opuesta a la que la irrupción de Mark y todos nosotros había generado. Anthony y Stear habrían perdido la vida y posiblemente, Candy sería la condesa de Grandschester. Candice Grandschester Andrew. Eliza y Neal habrían llevado una existencia miserable siguiendo penosos derroteros, ella como cortesana con fama de mujer fácil y voluptuosa, su hermano como patético alcohólico y drogadicto, incapaz de olvidar a Candy y refugiándose en vicios prohibidos y cada vez más exigentes con su cuerpo, al que irían reclamándole un pesado tributo, cada vez mayor, en cuanto recurriese a sus dudosos servicios, hasta acabar convertido en una piltrafa humana. Mark se estremeció. Había dado la vuelta a la rueda del destino, convirtiendo a Eliza y Neal en buenas personas y a Albert en todo lo que el magnate detestaba y que le repelía. Borracho e implicado en graves delitos había ido a dar con sus huesos en la cárcel. Y paradójicamente, su mayor valedora, la tía abuela Elroy, que detestaba profundamente a Mark, tanto como apreciaba y estimaba a su sobrino Albert, movida por un sentimiento de gratitud hacia él, porque el joven había salvado a Anthony y Stear, y hondamente avergonzada por el descenso a la barbarie de su sobrino Albert, había intercambiado igualmente la suerte de uno por la del otro. Mark, que llegó con una mano delante y otra detrás, impulsado por las alas del iridium a una época que no era la suya, se había transformado en un hombre inmensamente rico y acaudalado, desposado con una joven por la que Albert Andrew había arruinado su existencia, por su fijación y empecinamiento hacia Candy.
27
En Kanks, a seiscientos kilómetros del epicentro de la explosión, la montura de un distinguido caballero norteamericano, un nervioso y musculoso bayo se encabritó tanto sobre sus cuartos traseros, que el caballero estuvo a punto de dar con sus huesos contra el suelo. Hizo falta la fuerza combinada de varios mujiks y un soldado que pasaba por allí de casualidad para calmar al noble bruto, que pifiaba y caracoleaba intentando encabritarse continuamente. El caballero se fijó que algunas viviendas de la pequeña ciudad temblaron ligeramente, y que una isba se vino abajo, aunque afortunadamente no había nadie en su interior en esos momentos. El hombre puso pie a tierra, agradeciendo a sus improvisados auxiliadores la ayuda prestada, repartiendo algunos kopecs entre los agradecidos mujiks. El único que no aceptó la recompensa, fue el soldado con aspecto de cosaco. El caballero de facciones altivas pero amables, posó sus ojos en unos paquetes que reposaban en el fondo de sus maletas, temeroso de que se hubieran roto o dañado, porque eran regalos destinados a su esposa y a sus dos hijos. El hombre se atusó el bigote y lanzó un suspiro de alivio, al verificar que estaban bien y que no había sufrido el menor desperfecto. No obstante, ubicó mejor los presentes en el fondo de sus maletas, y fijándose en el envoltorio de colores vistosos, decorados con flores y ositos, que mostraban unas etiquetas con nombres anglosajones, aunque en caracteres cirílicos. Los había comprado en San Petesburgo y había recalado en la remota Kanks, como última etapa de su viaje de negocios, para, una vez cumplidos sus compromisos, retornar a Norteamérica. Leyó las etiquetas con los nombres de sus seres queridos. Tenían un hermoso color dorado y refulgían levemente sobre el envoltorio de los regalos. Entonces una voz sonó a su espalda:
-Ernest.
Se giró lentamente y sonrió. Su compañero de viaje y amigo, el señor Brigtten reclamó su atención. Salía de una especie de fonda o posada, todo en uno, tan pronto como se había enterado del percance, por las voces excitadas de algunos mujiks, aunque afortunadamente comprobó aliviado, que estaba bien e ileso. Mientras Ernest le tranquilizaba, y el pequeño corrillo de desocupados que se había congregado en torno a él y a su caballo, que parecía más calmado, se iba disolviendo ante la falta de nada mejor o más estimulante, que presenciar. Ernest centró nuevamente su atención en la valija, intentando que el abrumador y agobiante cieno de las polvorientas calles no entrara en su interior, arruinando los regalos. Entonces leyó con voz temblorosa, evocando al mismo tiempo que lo hacía el nombre de su esposa e hijos:
-Helen –musitó examinando su paquete, en cuyo interior viajaba un valioso jarrón.
-Eliza –pronunció, casi acariciando el nombre de su hija, a la que llevaba unas matrioskas finamente pintadas y ricamente decoradas con tonalidades de vivos colores. Las facciones de las muñecas, que sostenían jarrones a escala y primorosamente pintados en sus pequeños cuerpos, le habían atraído desde un primer momento, casi de inmediato. No sabía si ese obsequio, le gustaría a su caprichosa y altiva retoña.
-Neal –recitó y palpó la caja con valiosos volúmenes y manuscritos destinados a su díscolo y mimado en demasía, hijo. Tampoco estaba muy seguro de que fueran de su agrado.
Un pope que pasaba por allí, enfundado en su oscuro hábito, y de larga y tupida barba les saludó inclinando cortésmente la cabeza. Ernest y el señor Brightten, le devolvieron el gesto con deferencia.
28
Cuando terminé mi relato, Candy me observaba con una mezcla de incredulidad, rabia y fascinación. Ella jamás había oído hablar antes de la explosión de Tunguska, en el corazón de la helada y remota taiga siberiana y apenas podía dar crédito a cuanto había oído de mis labios. Caminó por la biblioteca hasta un estante acristalado, repleto de novelas y volúmenes románticos y se detuvo en frente suyo. Sus pasos resonaron sobre el suelo de baldosas de mármol y meneó la cabeza, mientras sus hermosos ojos contemplaban el reflejo de sus rasgos en el cristal de la vitrina.
-No puedo creerlo -declaró con pesar- Mark utilizó esa maldita energía, poco después de conocerme. Puedo perdonarle que por la confusión del momento, el miedo o la precipitación huyera de la Colina de Pony dejándome allí sola, pero, pero que arrasara toda esa región.
Lancé un suspiro. A partir de ahí la reacción de Candy podía consistir o bien en una tristeza muy profunda o una ira desatada por sentirse engañada y ninguneada por el hombre al que amaba con todas sus fuerzas. Pero no acerté en ninguno de mis pronósticos. El resultado vencedor fue una suma de ambas emociones encontradas, como era típico en mi amiga. Por un lado, odiaba a Mark por no haberle narrado aquella etapa de su vida, puede que ella lo hubiera entendido y disculpado hasta cierto punto, por otra parte el amor que sentía hacia él le impedía llevar su resentimiento más allá de unos determinados límites. Salí en defensa de Mark, aun a riesgo de que Candy me hiciera blanco de sus iras:
-Candy -dije acercándome a ella y tomándola delicadamente por los hombros- Mark no te abandonó aquel día. En su precipitación y premura saltó accidentalmente en el tiempo, con los resultados que ya conoces. Por otra parte, jamás utilizó su poder en beneficio propio, más que en muy contadas ocasiones y siempre procurando pasar desapercibido. "Siempre que fue posible" -añadí mentalmente. La explosión fue totalmente accidental y tuvimos la inmensa suerte, si me permites calificarlo así, que no se tradujo en la pérdida de vidas humanas.
Candy estaba dudando. Se arrebujó en torno a la bata de seda que cubría su camisón con damasquinados y bordados y se llevó una mano a la frente mientras se recostaba en una mesa de roble sobre la que había varios libros de Balzac y Victor Hugo junto a una lamparita de lectura. Candy entornó los ojos y me habló con el corazón en la mano:
-Debería odiarle porque si en vez de en Siberia, llega a hacerlo sobre San Francisco o París o...el Hogar de Pony...-no pudo continuar. Cerró los párpados con fuerza y acudió a mis brazos, llorando mansamente. Tal como suponía, la ira inicial se había transformado en resignada aquiescencia. Candy quería tanto a Mark que le era imposible sentir animadversión hacia él.
-No, puedo Maikel -declaró meneando la cabeza con rapidez. Sentía el roce de su mentón sobre mi hombro derecho- no puedo odiarle por eso, le amo tanto que...temo que si se lo reprocho se aleje de mí para siempre.
-Eso nunca ocurrirá querida Candy -dije mientras sujetaba mis gafas que se habían resbalado de mi nariz de improviso, recogiéndolas al vuelo, con un revés de mi mano, que se movió en un acto reflejo hacia ellas, interceptando su trayectoria descendente rumbo hacia las baldosas de la biblioteca. Aquel inoportuno e imprevisto gesto, hizo reír a la muchacha cuyo rostro se iluminó al momento.
A mi cabeza acudieron las palabras que Albert le había dirigido cuando la encontrase desmayada al pie del gran árbol que coronaba la colina de Pony, poco después de que Mark partiera involuntariamente hacia 1908.
"Estás más bonita cuando sonríes que cuando lloras".
Pero me abstuve de repetirlas por no entristecerla aun más. Conocía la historia, porque ella y el propio Mark me la habían referido hacía ya tiempo.
A raíz de aquel incidente, conté a Candy otra anécdota, para mejorar su triste estado de ánimo y que volviera a sonreír, aunque solo fuera por unos instantes. Un ventoso día de Marzo, en mi país natal una ráfaga de aire me arrebató las gafas directamente de mi nariz. Corrí hacia ellas y cuando ya suponía que se habrían destrozado, pisoteadas por algún transeúnte ignorante del imprevisto objeto que había aterrizado a sus pies, o hechas añicos al impactar contra el suelo, las encontré para mi sorpresa y alborozo completa y totalmente intactas.
Candy se cubrió los labios con las manos riendo quedamente. Sus hombros se agitaban bajo los espamos que la suave risa le producía. Tenía los ojos ligeramente cerrados lo cual confería a sus facciones un aspecto maravilloso.
-Maikel, eres único para inventarte historias- exclamó realizando un rictus alegre- no hay anteojos en el mundo capaz de pasar una prueba o contratiempo como la que acabas de referirme.
También teóricamente era imposible viajar en el tiempo, sobre todo hacia el pasado y mucho menos modificarlo, a tenor de los sesudos estudios científicos realizados, y las más variadas teorías de distinta índole, pero me abstuve de comentarlo.
-De todas formas te agradezco que me hayas contado esta parte de la vida de Mark. Ahora me siento mejor y más tranquila con lo que me has confesado. No te preocupes, tampoco le diré a Mark nada esto. Ni palabra.
Realizó un significativo ademán, mediante el cual simulaba sellar sus labios con una imaginaria cremallera de la que tiraba con el dedo pulgar e índice de su mano derecha, de atrás hacia delante. Finalmente ambos estallamos en carcajadas, mientras Mark continuaba con sus cavilaciones en los jardines exteriores, reflexionando sobre los acontecimientos de Tunguska.
29
Haltoran permanecía despierto, reclinado en la cama. Faltaba poco para que amaneciera y Annie aun dormía plácidamente, recostando la cabeza en su pecho. El joven exsoldado metido a inventor de éxito la contempló arrobado. Se dijo para sí como Archie había podido ser tan ciego e insensato como para rechazar a la criatura que dormitaba junto a él y que se había convertido en su esposa hacía ya tantos años.
"No me arrepiento de nada" -reflexionó mientras removía el flequillo de Annie con cuidado de no despertarla- "eres tan hermosa y dulce, mi pequeña dama...".
Poco después de que Anthony y Annie rompieran, Annie estuvo saliendo con Archie, pero los sentimientos del joven aristócrata totalmente centrados y absorbidos por Candy terminaron por dar al traste con su relación. Por otro lado, la responsabilidad de que su relación terminara no era en justicia atribuírsela totalmente al joven de cabellos rubios que suspiraba por la belleza de Candy Annie notaba como su corazón anhelaba a aquel descarado y rebelde joven de ojos verdes y cabellos pelirrojos que la salvara de sufrir una caída aparatosa y probablemente mortal, desde la yegua de los Legan. En aquel lejano entonces, Neal que aun no había desplazado la maldad de su ser, hizo que el manso y apacible animal, se encabritara furioso al herirle con un trozo de espuela oxidada que encontró entre la paja del establo que hacía las veces de vivienda y dormitorio de Candy. Haltoran entró de pleno en las vidas de Candy y sobre todo de Annie, surgiendo de entre las nubes, volando gracias a la ayuda de un propulsor, cuya idea le fue inspirada por una novela de Julio Verne, en la que un inventor francés, creaba una especie de jarrón que repelía la gravedad de la Tierra para ganar altura o era atraído por ella, en tanto en cuanto el propulsor era orientado en una forma u otra hacia el suelo, desde la espalda del intrépido pionero volador que lo utilizase. No fue hasta unos meses después que se enteró de que Neal fue el responsable de aquella iniquidad, instigada por su hermana, que además le supuso a Candy un fuerte castigo. Si no le partió la cara, fue porque las súplicas de su futura esposa y los ruegos de Mark impidieron que fuera en su busca y le diera una lección.
Annie se removió levemente buscando el contacto con la piel de su marido. Haltoran se acercó a ella y susurró:
-Estoy aquí pequeña dama, y estaré para siempre a tu lado. Desde aquel momento en Inglaterra , tal como te prometí, aquella sería la primera de las noches con sus correspondientes días que pasaríamos juntos.
Annie no se despertó pese a que Haltoran había empleado un tono perfectamente audible. Entonces se puso de costado y tomó entre sus dedos, la medalla de honor del Congreso, con la que el presidente Wilson les condecoró en los jardines de Lakewood recién terminada la guerra, aunque paradójicamente aquellos honores no recibirían jamás publicidad alguna y deberían permanecer en secreto. Pensó en Mark. Si gracias a él, la guerra se había acortado sensiblemente, al modificar con la ayuda técnica de Mermadón, la tecnología de los primeros tanques, lo cual suscitó mi enojo en mitad de la contraofensiva final aliada que dirigía su punta de lanza hacia Cambrai decididamente. Gracias a Mark pudimos obtener el apoyo necesario del presidente Wilson, para impedir los planes del misterioso y siempre escurridizo Imperio Negro. Aunque también había reconocer que el sobrino del estadista había realizado un innegable y decisivo trabajo de investigación, en pro devencer las lógicas y prudentes reticencias de su célebre e importante tío.
"La verdad es que sin Mark no habríamos podido ni convencer al general Pershing de lo que tenían enfrente suyo, delante de sus narices, y hubiera sido demasiado tarde para contraatacar en cuanto hubieran siquiera intuido lo que se les venía encima." -pensó mientras acariciaba las mejillas de su esposa.
También tuvo un emotivo recuerdo para mí.
"Y sin Maikel que descubrió ese extraño detalle en la foto del periódico, aquel día, tirando del ovillo hasta desentrañar la madeja principal, nada de aquello se habría puesto en marcha".
Y gracias a Carlos, aunque de un modo indirecto, había hallado la célebre y que se creía perdida y extraviada para siempre, última copa del Barón Rojo de la que no se separaba en ningún momento, llevando el preciado trofeo consigo a todas partes. Candy solía bromear que solo le faltaba ponerla en el baño, a lo que Haltoran respondía con fingido y teatral horror, que suscitaba la hilaridad de Candy, por la exagerada comicidad de aquel gesto. Observó la reluciente y bruñida reliquia que reposaba sobre una repisa que estaba justo frente a sus ojos y en cuya placa de mármol figuraba una inscripción de que rezaba en alemán, en bellos y llamativos caracteres góticos dorados: "Dedicado por sus camaradas y amigos a Manfred Von Ritchtofen, El Barón Rojo por motivo de su victoria número setenta.".
Cuantos recuerdos, cuantas aventuras vividas. ¿ Quién iba a sospechar, que Mark involuntariamente hubiera torcido el curso de los acontecimientos, convirtiendo a Eleonor Baker en la madre de Candy, y en el célebre Barón Rojo en su tío ?
"Por lo menos, por dolorosa que resulte la verdad, sea cual sea, ya puede poner rostro y voz a su verdadera madre".
Lo más sorprendente fue enterarse que Annie había sido adoptada por sus verdaderos padres, creyendo que Annie era huérfana y para suplir la carencia del amor de su hija, a la que creían fallecida al poco de nacer, por culpa de un ambicioso rival económico del señor Brigtten,.
Pese a que había amado a Candy, pero sin llegar a caer en los más bajos y abyectos instintos como le había sucedido a Albert que ahora purgaba sus penas en prisión, sentía que cada día, cada amanecer que compartía con Annie y con Alan, crecía más su amor por su dulce y pequeña dama de grandes ojos azules soñadores y cabellos negros que aun adornaba con una cinta roja, como la que le entregara al poco de conocerla, como recuerdo y en agradecimiento a haberla salvado aquel día, en que también dio a Candy, de viva voz, un mensaje proveniente de Mark.
"No te quepa la menor duda, te dije aquel día mientras ganaba altura con ese petardeante y ruidoso cacharro mío, cuando nos separamos. Tú me preguntaste, mi querida y dulce Annie si nos volveríamos a ver, y yo te respondí de esa manera" -pensó el joven, complacido.
Se preguntó si aun podría seguir aspirando al trono de su país, pero era una cuestión que ya ni le preocupaba ni importaba. Todo cuando quería estaba allí junto a él y en una alcoba de la mansión de los Brigtten donde Alan dormía plácidamente al cuidado de sus abuelos. Tenía tantas ganas de volver a abrazar a su hijo...
Entonces Annie lanzó un pequeño bostezo y estiró los puños desperezándose graciosamente. Entornó las pupilas azules y sonrió a su marido al que rodeó con sus brazos musitando:
-Buenos días mi héroe.
-Buenos días mi pequeña dama -le replicó él afectuosamente besándola en los labios.
-Que hermoso día -susurró Annie fijándose en la luz del sol que entraba a raudales por entre las cortinas que cubrían los grandes ventanales de su habitación.
-Y que hermoso despertar -replicó Haltoran alegremente mientras contemplaba el reloj de pared, cuyas manecillas acababan de señalar las nueve de la mañana.
30
Hacía calor. Había llegado el momento de que Annie y Haltoran partieran. De hecho, Stear y Patty ya se disponían a marcharse hacía rato, siendo despedidos por todos nosotros, pero los abrazos, las muestras de afecto, y los llantos femeninos, mezclados con su cantarín parloteo retrasaron el momento de su partida. Candy lamentó que su amigo tuviera que dejarnos precisamente en esos momentos en que tan bien nos encontrábamos todos juntos, pero Stear tenía ganas de reemprender sus actividades como inventor y retomar los proyectos en la empresa de patentes de Ernest que había dejado pendientes, con motivo de aquellas cortas vacaciones que Stear y su novia, más bien a instancias de esta última, habían decidido tomarse. Mark estrechó la mano de Patty que tembló ligeramente al sentir la presión de los dedos, del hombre que había salvado la vida de su amado. La muchacha le dio un beso en la mejilla y aprovechando la proximidad de su rostro al de Mark, acercó sus labios a su oído izquierdo y musitó:
-Nunca olvidaré lo que hiciste por él –declaró señalando disimuladamente a Stear, que departía animadamente con Annie y Haltoran. Mark asintió y declaró en voz baja:
-Eres lo mejor que le ha pasado a Stear en serio –dijo Mark mientras la muchacha retrocedía unos pocos pasos. Sus gafas disimularon algunas lágrimas furtivas que restallaron contra los cristales de la montura metálica, pero Mark había adivinado enseguida lo que eran aquellas pequeñas manchas de humedad transparente sobre los anteojos de Patty.
-Candy tiene razón. Eres el hombre más bueno y dulce que he conocido nunca…aparte de Stear, claro –dijo ocultando sus labios con las manos y emitiendo una risa queda que hizo que sus hombros se contonearan rítmicamente. Mark la besó en la mejilla y dijo:
-Vuestra felicidad es el mejor regalo. Aquello mereció la pena.
Se estaba refiriendo naturalmente al prodigioso rescate del tozudo e intransigente joven, cuando aun creía que abandonar el frente era sinónimo de traición y cobardía hacia sus camaradas pilotos.
Haltoran estrechó la mano de Stear. El joven inventor aun recordaba el puñetazo que el enojado Haltoran le propinase marcándole la huella de su puño derecho en la mandíbula, derribándole por el suelo. Haltoran siempre lamentó tener que pegarle, pero cuando le oyó hablar en términos tan injustos e hirientes de Mark, y sobre todo de Candy, no logró contenerse y descargó su ira. Meses después Stear confesaría a Patty, mientras paseaban a orillas del lago de la mansión de los Andrew, cogidos de la mano:
-Haltoran estuvo muy duro conmigo, pero reconozco que me lo merecía. Hablé más de la cuenta e injurié a Mark, aunque lo que más me dolió, fue ser tan injusto con Candy.
-Aquello ya ha quedado en el pasado –le decía su novia mientras intentaba que olvidara aquellos duros momentos- ahora debemos centrarnos en el futuro.
Patty, trataba de quitar hierro al asunto, y aunque no lo manifestaba, en el fondo, siempre tuvo también una deuda de honor con Haltoran por disuadir a Stear de volver a enrolarse. Efectívamente, el puñetazo que le asestó quizás hubiera sido una reacción desproporcionada, bajo cierta óptica, pero entre aquello y el cohete que disparó contra el árbol seco para mostrarle a Stear, una ínfima parte de la verdadera y cruda realidad de la guerra, consiguieron quitarle de la cabeza la idea de alistarse nuevamente de forma definitiva.
Stear sacudió mi mano con efusión y me hizo prometerle que en cuanto regresáramos le echaría una mano con los nuevos proyectos e invenciones que bullían en su inquieta mente. Así se lo prometí mientras arrancaba el coche que nos había traído a todos hasta allí.
Finalmente Annie y Haltoran habían optado por quedarse un poco más. A fin de cuentas, ya no eran unos niños y en aquellos plácidos y esplendentes jardines se estaba tan bien…Había tanta paz y tranquilidad que finalmente, Haltoran cautivado por la idea de permanecer allí unos días más y sobre todo, por la dulce insistencia de Annie terminó por acceder, aunque su reticencia no había sido demasiado fuerte que digamos. Mientras el coche deportivo que había sido un tormento para mis riñones y mi espalda por la angostura de su habitáculo se alejaba de la mansión tras traspasar la cancela de hierro, me dí cuenta de que no había ningún otro vehículo en la mansión. Candy captó mi nerviosa búsqueda visual y me tranquilizó diciéndome:
-No te preocupes Maikel. Cuando tengamos que retornar, vendrá a Stuart a buscarnos tan pronto como le avisemos.
Me llevé las palmas de las manos a la espalda como si mis riñones hubieran vuelto a quejarse, haciendo que yo a mí vez, me quejase también y dije:
-Por lo menos, el coche de tu familia adoptiva es más espacioso. Si no creo que mis riñones no aguantaría otro viaje en semejantes condiciones.
Candy y Annie rieron al unísono, mientras Mark ponía cara de circunstancias y Haltoran me palmeaba la espalda amistosamente. Me hubiera gustado que Mermadón hubiera estado allí en el momento de nuestra llegada a la mansión de Chicago porque su base de datos médicos, me habrían proporcionado un rápìdo remedio que aliviara mis molestias, pero convine que cuanto menos le sacáramos de Lakewood, mejor.
31
El calor no era agobiante pero si invitaba a darse un chapuzón. La mansión disponía de un lago lo bastante espacioso y profundo como para que se pudiera disfrutar desde un agradable y plácido baño, hasta la práctica de deportes acuáticos, con relativa comodidad y soltura. Albert había diseñado aquella mansión a conciencia, escogiendo los mejores materiales y haciendo venir a los mejores profesionales artesanos y albañiles para levantarla. Y ahora pertenecía a un don nadie, a un palurdo venido a lomos de una sustancia antinatural y venenosa, que no solo le había arrebatado a Candy, sino que además había ganado el favor de su tía, la cual le había prácticamente legado la mayor parte de su fortuna. Pero ajenos a aquellas amargas reflexiones de Albert, que continuaba escribiendo poemas y cartas de amor a Candy, que seguramente ni leería ni querría tan siquiera echar una mirada, los cinco disfrutábamos de lo lindo del magnífico día de sol. Candy había decidido nadar en el gran lago, idea que fue inmediatamente secundada por Mark y Haltoran. Annie más temerosa se mostró renuente a la propuesta. Aunque sabía nadar tan bien como Candy, si no mejor, temía que pudiera irse al fondo. Haltoran siempre estaba intentando que ganase en aplomo y confianza, pero no era tarea fácil y la muchacha aun conservaba parte de los miedos que habían dominado buena parte de su vida. Su timidez no era fácil de vencer. Yo acepté encantado y me puse unas bermudas a cuadros que casi me llegaban hasta los tobillos, con unas chanclas. Antes de venir hacia la mansión había conseguido convencer a Haltoran, para que Mermadon me fabricase algunas ropas del siglo XXI, de mi talla, porque me encontraba más cómodo con ellas. Y ya puestos, como había oído comentar a Candy que la mansión disponía de una especie de lago o piscina, conseguí que el robot bajo la asistencia de Haltoran, cortara la tela y elaborase un traje de baño y unas chancletas. Para un robot que había fabricado munición de guerra durante el sangriento y pasado conflicto, aquello resultaba un juego de niños en comparación. De modo, que preparado para la ocasión bajé al jardín y me acomodé en unas tumbonas que Haltoran había encontrado arrinconadas en una especie de desván. Con la ayuda de Mark y Stear, las había lijado, repintado y dejado como nuevas, disponiéndolas a la orilla del lago. Estaba tomando el sol, mientras Mark y Haltoran intentaban convencer a Annie que se metiera en el agua, cuando Candy hizo su aparición con un bañador de color naranja que le llegaba hasta las rodillas y que cubría su torso, y aun así resaltaba su espléndida figura. Llevaba un gorro de baño con aparatosos flecos que la fresca brisa removía junto con los rizos rubios y rebeldes que se habían deslizado por el borde del aparatoso sombrero. En las mangas del bañador había unos volantes muy llamativos y una especie de puntillas ribeteaban con una cenefa en forma de punta la parte inferior del mismo, justo por encima de sus piernas. Cuando la ví pensé que me daría un pasmo, pero no dije nada. Por unos instantes me había olvidado que estábamos a principios del siglo XX y no del XXI.
-Maikel, no pongas esa cara –dijo Candy un poco sorprendida, mientras Mark que la encontraba preciosa, porque realmente lo era y lo estaba, se pusiera lo que se pusiera, aunque fueran esos anacrónicos y horrendos, -para mí- trajes de baño, la hacía cosquillas y la cogía entre sus brazos entre risas, haciendo que su esposa soltara exclamaciones con voz de inflexiones, ligeramente agudas y chillonas.
-Mark bájame, no seas juguetón –decía mientras yo buscaba las palabras adecuadas, para responderla, temiendo haberla ofendido con mi expresión de sorpresa. A fin de cuentas la había visto sin ropa, aunque fuera por un fugaz instante. Lo que me chocó era el aspecto del bañador.
-Tu bañador está genial Candy –dije medio en broma, medio en serio- solo que me sorprende tu nuevo look.
-¿ Mi qué ? –preguntó extrañada ante el modismo que había utilizado sin percatarme de que no estaba en un selecto resort del Caribe, en compañía de estiradas damas, esposas de ejecutivos e importantes clientes de mis empresas, si no en un lugar mejor, en un ambiente más relajado, junto a mis queridos amigos.
-Tu nueva imagen cariño –dijo Mark abrazándola desde detrás y besándola en la nuca- mi maestro tiene razón. Estás tan arrebatadora que cualquiera podría matar por ti.
Aquella expresión erizó ligeramente el vello de la piel de Candy. Sus ojos esbozaron una expresión de miedo, aunque fue solo por un momento. A su mente acudió el momento en que Mark la defendió de los ataques de los hombres del capataz de los Andrew que habían estado a punto de matarles. Fue la única vez que contempló a Mark dominado por una especie de frenesí asesino y rabioso, condicionado y desatado por las vejaciones que aquel demente inflingió a su esposa. Cuando le vio luchar por ella, pensó que no podía ser el mismo hombre, y le sobrevino el temor de que el dulce muchacho que tantas y tantas veces la había consolado, abrazado y mimado con tanta delicadeza como tacto, que la había amado con tanta pasión como cariño, pudiera convertirse en la antítesis de cuanto adoraba y amaba profundamente en él, en una especie de máquina de matar sin freno ni control alguno. Pero desde aquel día, jamás, ni un solo instante, sus peores temores a que el lado oscuro de Mark resurgiera nuevamente, llegaron a hacerse realidad. En todos aquellos años, Mark jamás dejó escapar ni una palabra malsonante en su contra, ni un gesto hosco, ni una mirada de reproche o torva indiferencia. Mark se había portado con ella como un caballero, un confidente y un amante padre y esposo. Candy rió quedamente descartando aquellas negras elucubraciones de su mente, sin sentido y descartó completamente que Mark pudiera convertirse en una especie de Mister Hyde o en un Frankenstein descontrolado y desatado.
-No creo que fuera el caso, porque ya ellos de por sí son bastante feos. No pueden compararse a mi Mark –reflexionó en voz queda. Mark escuchó las palabras finales de cuanto había pronunciado y preguntó amablemente a su esposa:
-Cariño, ¿ decías algo ?
-No, nada, nada. Solo pensaba en algunas cosas sin importancia.
Soltó una risita mientras sus mejillas se teñían de un leve rubor, por haber permitido que sus pensamientos más íntimos, fluyeran inconscientemente a sus labios y fueran casi descubiertos por su esposo, aunque tampoco le hubiera importado. Mark la tomó de la mano derecha y ambos entraron riendo y chapoteando en el agua, salpicando a Annie que nadaba junto a Haltoran, que la sujetaba por la cintura, recelosa de alejarse en demasía de la orilla, pese a que hacían pie sin problemas, en pleno centro del lago. La chica lanzó un pequeño grito al notar como una catarata de agua se cernía sobre ella, y que Candy y Mark habían levantado a su paso sin mala intención. Ambos se disculparon encogiéndose de hombros y esbozando una sonrisa de circunstancias. Pese a que me invitaron a reunirme con ellos, agitando la mano desde las calmadas aguas, aunque un poco frías, a juzgar como Candy y Annie tiritaban y hacían gestos que denotaban su malestar, braceando y poniendo caras muy expresivas y esbozando exageradas muecas que hacían reír a sus esposos, opté por permanecer un poco más en la tumbona, mientras bostezaba ruidosamente y me estiraba disfrutando de la calidez de la luz solar, no demasiado agobiante sobre mi cuerpo, mientras pasaba los antebrazos por detrás de la nuca, formando una improvisada almohada con ambos.
32
El servicio doméstico había llegado nuevamente a la mansión cerrada hacía tanto tiempo. Desde que Albert Andrew había ingresado en prisión, produciéndose tal escándalo y revuelo que la tía abuela había decidido desprenderse de todo lo que le recordara a su infausto sobrino y que no le resultara absolutamente imprescindible. Costó horrores y muchas lágrimas restablecer mínimamente el prestigio de la rancia y antigua familia de origen escocés. La estirada anciana estaba ante un dilema que no era precisamente baladí. Por un lado, si entregaba el timón de la familia a un aventurero de fortuna, las habladurías y las malas lenguas, junto con la implacable acción de la prensa, terminaría por socavar sus ya de por sí tocados cimientos, pero si no encontraba un candidato apropiado, todo se derrumbaría como un castillo de naipes. Anthony no deseaba hacerse cargo de la fortuna y los negocios de los Andrew, porque aunque vivía felizmente junto a Natasha y su hijo Clark, que crecía, siendo la viva imagen de su padre, no quería ni por asomo ocuparse de lo que consideraba una cadena tan larga y pesada que lastraría su vida para siempre. Tampoco Archie deseaba ni por asomo ocuparse de la familia. Así, que la tía abuela, no encontrando a nadie más, apto para hacerse cargo del incalculable patrimonio de los Andrew, lanzó un hondo suspiro y llamó a su presencia a Mark. Tras una corta conversación en la que el fiel de la balanza venció sus reservas hacia el joven de ojos tristes y oscuros y cabellos de azabache, debido a que salvase la vida de sus queridos niños, como llamaba a Anthony y Stear, optó por hacer de tripas corazón y acabó entregando de facto, su puesto a Mark al que nombró aquella misma tarde, como sucesor oficial de Albert. Candy amaba a Lakewood porque buena parte de sus recuerdos estaban ligados a aquel lugar, y Mark a su vez, cuidaba con especial veneración todo aquello que su bella esposa apreciaba. Por tanto, sabía que no encontraría mejor depositario del legado familiar que Mark. Candy llevaba a Lakewood en su corazón y el joven lo defendería con uñas y dientes.
33
Anthony estaba aquella mañana soleada un poco triste. A veces pensaba en Candy, pero no deseaba estar cerca de ella, no porque su amistad hubiera sufrido deterioro durante aquellos años, pero cuando has amado a una persona, es difícil según para quien, ser su amiga si todo ha terminado de un modo u otro. En cierta forma sentía que pese a que los brazos de Mark, sobresaliendo del haz de luz que le envolvía y le permitía volar, le habían salvado la vida, en cierta forma había fallecido de nuevo. De no ser por Natasha jamás se habría recobrado, aunque el muchacho notaba que nunca sería ya el mismo. Una parte de su alegría y su juventud había perecido el día en que Mark le salvó, aunque ya algo antes las cosas se fueron torciendo gradualmente. Cuando le vio allí, de pie, tras los ventanales sujetado por los brazos de los guardianes de la finca, y aun así era capaz de moverse, aporreando el cristal y llamando a gritos a Candy, entre lágrimas e interrumpiendo el fastuoso baile, supo que nada sería como antes. El hecho de que Mark, aquella noche desapareciera entre las sombras y la oscuridad, solo retrasaba el momento inevitable en que un amor más fuerte e imperecedero que el suyo, terminara floreciendo como una de sus rosas. El primer impulso que tuvo fue cortarlas todas, arrancarlas para borrar de sus recuerdos la sonrisa de Candy y sus deslumbrantes ojos verdes. Pero se dio cuenta de que estaba siendo injusto con sus pobres y efímeras rosas que ninguna culpa tenían, como él tampoco, de que un fantasma del futuro, del que ni siquiera podía haber imaginado en sus más atrevidas y fantasiosas ensoñaciones, atravesara casi un siglo, cruzando el tiempo envuelto en un haz de luz y produciendo un sonido escalofriante. Hasta ese momento, Anthony no sabía lo que era el iridium, ni el concepto de Mach 2, o 5, ni que era eso de la energía nuclear. De golpe y porrazo su mundo se vino abajo cuando Mark apareció de pronto en sus vidas y se quedó para siempre, retenido por la firme e ineludible ancla del amor. La cadena que unía Candy a Mark era tan fuerte como su desazón inicial y tan punzante como las más aguzadas espinas de sus rosas.
-Dulce Candy –musitó tristemente mientras Natasha le preparaba el desayuno. A veces cuando nadie le veía o escuchaba, los ecos del pasado se colaban en su corazón como un viento frío, removiendo sus recuerdos y haciendo sentir esa tristeza, que Natasha había logrado conjurar, al menos en parte.
-Que ironía –se dijo mesándose los cabellos rubios- Le dí su nombre a la más espléndida variedad de rosas que logré cultivar y sus espinas me hirieron el corazón.
Dejó de hablar cuando Natasha se presentó en la habitación con una gran bandeja repleta de viandas que se dispuso a compartir alegremente con su marido. Anthony disimuló y recuperó su sonrisa habitual, una vez que el ramalazo de nostalgia por lo que no pudo ser, se esfumó de sus pensamientos, al menos en apariencia.
34
Después del baño al que entré a regañadientes porque el agua estaba fría, pero no solamente un poco como había supuesto, caminé lentamente por la hierba para secarme un poco. Candy había decidido acompañarme para ayudar a reponerme de la impresión que la gélida agua me había causado. Mi amiga aun no podía dejar de reír, recordando el bote que había pegado tan pronto como mi piel sintió el mordisco del líquido elemento, seguido de un aullido gutural que sobresaltó a Annie y que hizo reír al resto de mis amigos, excepto Mark que se puso tenso creyendo que me había ocurrido algo.
-¿ Maestro, que te ha ocurrido ?
-Esta agua…está helada, joder –dije en español. Candy me entendió perfectamente y afeó mi lenguaje malsonante con una mirada de reproche.
-Lo…siento. Pero…brbrrrrr –dije palmeándome el pecho, abrazándome a mí mismo, para entrar en calor, algo irónico en mitad de un lago que parecía estar situado en plena banquisa antártica, y dando saltos, sin parar de moverme, mientras tiritaba.
Candy temió que me pusiera enfermo, como cuando había tenido que cuidar de mí, a bordo del USS Lancastria que nos condujo a la Francia en guerra, cuando aun estábamos en mitad del Atlántico, pero afortunadamente, terminé por encontrar el agua deliciosa, justo en su punto, una vez pasada la primera impresión y comencé a nadar con cierta gracia. Candy me retó a una carrera y se quedó sorprendida al comprobar mi relativa agilidad dentro del agua. Cuando salimos entre risas, y dejando el resultado de nuestra competición en tablas, caminamos por la orilla, mientras yo me envolvía en una gran toalla blanca, mientras Haltoran me guiñó un ojo y me dijo al verme pasar, junto a Candy, y sin ánimo de ofenderme:
-Me recuerdas a Obelix –dijo entre risas, de sopetón.
A veces, sin darse cuenta podía excederse en sus comentarios, por lo que cuando tal sucedía, solía ir a buscarme o pasarse a verme y pedirme disculpas, pero aquella vez se encogió de hombros y esbozando una sonrisa amable me dijo:
-Perdona Maikel, no quería ofenderte, pero es lo primero que me vino a la mente. Lo siento, no pretendía molestarte.
Me tendió la mano y se la estreché. Estaba tan acostumbrado a sus bromas y a su a veces mordaz sentido del humor, que acepté sus disculpas.
-Vale, vale –repuse aguantando la risa ante su contrariedad, que era de veras sincera- de acuerdo, dejémoslo.
Candy que no entendía nada de nada nos miraba de hito en hito cuando me llevó a un aparte y me preguntó:
-¿ Quién es ese Obelix Maikel ? ¿ por qué Haltoran parecía tan azorado si primero se estaba desternillando ?
-Es…una pequeña broma sin importancia entre nosotros. Y en cuanto a ese Obelix…no es nadie.
Candy desplegó ligeramente los labios asintiendo y no insistió más en el asunto, ante mi falta de ganas en hablar acerca de ello.
Nos adentramos en una especie de laberinto formado por setos y jalonado por bancos de mármol que estaban distanciados por una separación de unos cinco metros entre cada uno de ellos. Candy se sorprendió ante la magnitud e ingeniosidad del dédalo de corredores que estábamos atravesando. No conocía aquella parte de la casa, ni siquiera la recordaba de su anterior visita. Nos costaría un poco encontrar la salida, porque aunque no era demasiado grande ni su trazado especialmente complejo, que pudiéramos decir, siempre terminábamos encarados hacia algún recodo sin salida y no una o dos veces, si no hasta cinco en algunas ocasiones. Meneé la cabeza y pregunté desconsolado:
-¿ Para qué querría Albert diseñar una cosa así ?
Al escuchar aquel nombre, Candy bajó la cabeza. Su sonrisa luminosa, parecía haberse desvanecido como por ensalmo.
-Perdóname Candy –musité entristecido al percatarme de mi metedura de pata- no era mi intención…
Candy se arrancó el gorro de baño de la cabeza, y lo sostuvo entre los dedos laxos de su mano derecha, liberando una cascada de rizos de oro y ensortijados mechones de pelo, que cayeron sobre su frente hacia delante y los costados, en tropel. La joven aun conservaba intacto el aciago e infame día en que Albert, llevado por el despecho y los celos que le consumían, la maltrató cruelmente, cuando Candy movida por la desesperación, ante la impotencia que sentía por el sufrimiento de Mark, cuya sangre había sido nuevamente envenenada por el iridium, acudió a su mansión en busca de ayuda. Candy bajó la cabeza y consciente de que no lo había hecho adrede, me sonrió levemente y me dijo con tono conciliador:
-No importa querido Maikel. Ya superé…-hizo una pausa mientras repasaba con las yemas de sus dedos los volantes que emergían de las cortas mangas de su bañador- esa difícil etapa. No te preocupes estoy bien.
-Pero la procesión va por dentro.
Candy abrió sus ojos de forma un poco desmesurada. Le divertían los refranes que a veces solía recitar, y que no pocas veces creía que eran míos. Me costaba disuadirla de su error de apreciación, como cuando ella, su hermana y su madre adoptiva pensaron que Lo que el Viento se llevó, que visionaron en mi portátil, había sido una historia real.
-¿ Qué ? –preguntó efectuando un mohín de sorpresa, mezclado con una sonrisa de incredulidad- ¿ que has querido decir ?
-Significa que aun debes estar dolida por todo aquello –dije mirando hacia delante y clavando mis ojos en una sección de seto con la que ya nos habíamos topado, lo menos diez veces.
-Ya está superado Maikel –dijo rodeándome el cuello con sus brazos y guiñándome un ojo. La seguía queriendo, pero como habían aprendido a aceptar resignadamente, Anthony, Haltoran o Terry Grandschester el ineludible curso de los acontecimientos, yo también había sabido soslayar aquel difícil y duro camino hasta su corazón, que sabía que jamás podría alcanzar. Por lo menos tenía su amistad, una amistad fraterna y le había confesado mis sentimientos, más bien, fue ella, la que con paciencia y habilidad detectivesca, los había descubierto, haciendo que afloraran a la superficie de mi alma. Lo que más temí en aquellos instantes, hacía ya tantos años, es que nuestra amistad se acabara de golpe, cosa, que afortunadamente, no sucedió.
-No me extrañaría que hubiera un minotauro –bromeé para romper la tensión de aquel momento, que se podía cortar con un cuchillo.
En ese instante sonaron unos rugidos estentóreos. La enorme cabeza de un león de color ocre asomó entre los setos, gruñendo y observándonos con hostilidad. Sus melenas se agitaban con cada rugido y en ese momento, Candy se refugió detrás de mí, amparándose en mi espalda, tiritando de miedo, aunque yo también estaba temblando, y no precisamente por el chapuzón en las frías aguas del lago de la finca, que me habían dejado destemplado.
35
El enorme ejemplar se agazapó dispuesto a saltar. Candy clavó tanto sus uñas en mis hombros, que me produjo unas leves heridas que sangraron un poco. Estaba temblando tanto, que sus sacudidas amenazaban con derribarme por el suelo, lo cual nos convertiría aun en una presa más fácil para el enfurecido león. Entonces para calmarme y tratar de permanecer inmóvil, a ver si de esa manera, el fiero animal terminaba por dejarnos en paz me puse a recitar las primeras líneas de la novela de un conocido autor de mi país natal:
-No era un hombre honrado, ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.
Candy se asombró, enojándose prácticamente por lo que tomaba como una frivolidad mía, ante una situación tan peligrosa y con visos de terminar mal, como aquella.
- Pero, pero Maikel, -preguntó con fastidio- ¿ ahora te pones a recitar el Quijote ? –fue asomando tímidamente la cabeza por el lado izquierdo de mi cuerpo, para observar por el rabillo del ojo el temible animal que aun no se había movido, pero que pronto lo haría, porque ambos notamos la tensión que se acumulaba en sus músculos, como si fueran resortes a punto de liberar toda su energía, contenida a duras penas.
-No es Don Quijote Candy –dije sin perder de vista al león- es…algo más moderno, que digamos.
Cuando me ponía nervioso o algo me preocupaba, solía recitar estrofas, versos e incluso párrafos completos de algunos de los libros que leía asiduamente, para infundirme valor, y sobre todo ánimos, aunque no siempre lo hacía. Pero yo no era el afamado espadachín de la novela cuyas primeras líneas había citado, si no un hombre de negocios asustado, protegiendo a una criatura maravillosa, no menos temerosa que yo. El león rugió con fuerza y saltó sobre nosotros. En ese instante, no lo pensé más y reaccioné rápidamente, cubriendo a Candy con mi cuerpo y abalanzándome sobre ella para apartarla de la trayectoria del león.
Mientras rodábamos por el suelo, abrazados el uno al otro, mientras la acometida del león nos pasaba por encima, musité con fastidio:
-Pero, pero, esto parece un zoológico.
Pero antes que acabara de hablar, solté un aullido de dolor y me doblé entre los brazos de Candy, que notó como algo cálido y viscoso bajaba por mi hombro derecho. Mojó dos dedos de la mano derecha en el líquido caliente que corría por mi piel, y llevándoselos ante sus ojos, exclamó horrorizada al contemplar la tonalidad roja que empapaba las falanges de sus dedos índice y anular:
-Cielos, Maikel, estás herido.
-No…tiene importancia –dije esbozando una mueca de dolor, ahora no tenemos tiempo de esto. Hemos de salir de aquí.
Mi sangre goteó desde las puntas de sus dedos, y entre los míos, escurriéndose sobre mis nudillos cuando apliqué mi mano derecha en la herida, intentando cortar la hemorragia. El león me había inflingido un doloroso zarpazo, pero aparentemente, no parecía tan profundo, como su aspecto en un principio parecía denotar.
El león, burlado momentáneamente se revolvió y empezó a flexionar sus cuartos traseros, para saltar nuevamente. Por un momento, me pasó por la cabeza que el vengativo Albert lo hubiera traído ex profeso para ejecutar una nueva venganza contra nosotros, porque no podía soportar que una de sus más fastuosas propiedades, pasase a manos de su más acérrimo rival, o sea, Mark., pero lo descarté. Lo más seguro, es que se hubiera escapado de su alojamiento original. Sabía que en aquella enorme y hermosa finca había ciervos y jabalíes sueltos, pero no esperábamos encontrarnos leones. Aquello ya rebasaba mis expectativas. Me zafé de la toalla que tenía enrollada en torno al cuerpo como si fuera una especie de túnica y la dispuse en torno a mi brazo izquierdo a modo de muleta. Cité al león, esperando ganar tiempo para que Candy pudiera ponerse a salvo. Candy me contempló anonadada y cubriéndose las sienes, con las palmas de sus manos. Por un instante le pareció contemplar a Mark, luchando contra los treinta canallas que habían intentando matarles. Intentó atraerme con sus gritos, suplicándome histérica que corriera junto a ella, pero no me moví ni un milímetro. El león se abalanzó sobre mí y efectué el primer pase con la improvisada muleta, haciendo que el felino pasara de largo. Me giré de forma sorprendentemente rápida para mi peso y apresté la toalla, para un nuevo embite de tan peligrosa mascota. El león embistió nuevamente, pero esta vez no fue derecho hacia el rudimentario capote, si no contra mí. Candy chilló fuera de sí:
-¡! Nooo, Maikel, no ¡ -y fue ella la que esta vez, me sacó del camino que el embravecido león emprendió contra mí, apartándome justo a tiempo. La fiera rugió con un eco sordo y se dispuso a terminar de una vez. Estaba tan cansado que era incapaz de moverme o levantarme para tratar de salir corriendo y Candy no fue capaz de erguirme y permaneció a mi lado, pese a mis furiosos requerimientos de que me dejara allí y se salvase.
-No, no, no –gritó al borde de la desesperación, aunque yo creo que ya estaba instalada plenamente en ella- no voy a dejarte solo, Maikel, no jamás.
Era demasiado pesado para ella. El león se las prometió felices. Ya habíamos jugado bastante con ella. Cuando se disponía a darnos el golpe de gracia, un haz iridiscente brilló ante nosotros, formando una especie de escudo, contra el que el león rebotó inofensivamente. Entonces Mark, que había emprendido un corto vuelo para localizarnos desde el aire, aterrizó ante nosotros. Candy le abrazó besándole y entonces mi amigo, reparó en la aparatosa herida de mi hombro derecho:
-¡ Maestro ¡ -gritó Mark asustado ante la pérdida de sangre, acercándose hasta mí de dos zancadas. Rápidamente envolvió mi hombro con su mano derecha varias veces más grande y aplicó suavemente el iridium a la mínima potencia para cauterizar la herida. Escuché un siseo y observé como una espiral de humo que formaba volutas en el aire salía de la herida. Por un momento imaginé que un casquillo de bala rebotaría por el suelo, cuando las ascuas que refulgían en la punta de una pequeña rama atravesaran mi herida para cauterizarla. Pero ni aquello era una herida de bala, ni yo Rambo precisamente, pero el efecto se me antojó semejante. Sin embargo, no me dolió ni la mitad de lo que habría padecido Johnny al extraer la bala de aquella manera. La hemorragia cesó casi de inmediato y la herida cicatrizada, sin apenas rastro de desgarros producidos por el zarpazo del león. Mark detuvo la emisión de iridium, y su mano dejó de brillar. Entonces el león que había intentado acometernos, y derribar el muro que le separaba de nosotros, volvió a rebotar un par de veces, contra la invisible pared, que Mark había levantado para protegernos. El felino parpadeó sorprendido, y tras lanzar un par de rugidos de fastidio, decidió marcharse en busca de presas más asequibles y menos defendidas que nosotros. Mark levantó el escudo y casi al instante, escuchamos una detonación seca, seguida de un lastimoso gruñido. Candy se horrorizó y cuando Haltoran emergió entre la espesura con un rifle al hombro, la chica le saltó embravecida encima golpeándole con sus puños.
-Pero, pero, Candy, ¿ que te ocurre ? –inquirió extrañado nuestro amigo.
-No debiste matarlo, no debiste –se enojó Candy- Mark se habría hecho cargo de la situación sin tener que acabar con su vida.
Haltoran sonrió y apartó a Candy con delicadeza para mostrarle una especie de dardo, con las aletas pintadas de verde oscuro.
-No lo he matado pecosa –dijo Haltoran sonriente- le he dormido con un dardo tranquilizante. Encontré esta carabina y su munición en una especie de taquilla situada justo a la entrada del laberinto.
Candy dio un respingo y le miró sorprendida. Tardó un poco en reaccionar y preguntó esperanzada:
-¿ Quieres decir que el león…está vivo ?
Completamente Candy. Si quieres, acércate a comprobarlo.
La acompañé junto con Mark al que se abrazó tan fuertemente que creí que se fundiría con él, como aquella noche tan horrible, en el que diluviaba a cántaros y se libraba una dura batalla en las trincheras y su otro yo futuro le salvó de ser abatido por una bala de antimateria, para luego fusionarse con su alter ego del pasado.
Candy se aproximó recelosa al extraordinario ejemplar. El león respiraba agitadamente, pero estaba vivo. Más que anestesiado parecía dormir una plácida siesta después de atracarse de comida. Di gracias porque ni yo ni Candy, hubiésemos entrado en ese hipotético menú para fieras.
-Ya he avisado al zoológico. Me costó un poco que me tomaran en consideración y han estado a punto de mandarme un par de enfermeros con una camisa de fuerza, en vez de dos laceros y cuidadores, -explicó Haltoran mientras esgrimía la escopeta por si tenía que suministrar otra dosis de anestésico más potente al león, ante la eventualidad de que se despertara, pero no fue necesario- y finalmente, conseguí que entraran en razón. Llegarán en seguida y se lo llevarán al zoológico donde será bien atendido, mejor que aquí.
Annie llegó corriendo en ese momento portando vendas y alcohol desinfectante, tal y como Haltoran le había pedido. No era necesario, pero Candy, aplicando toda su pericia y conocimientos de enfermera, me desinfectó la herida y aplicó un sólido vendaje con el que fajó mi hombro.
-Escuchamos los rugidos mientras aun estábamos bañándonos –dijo Mark mientras besaba a Candy en los cabellos rubios y ella le correspondía, depositando otro en sus labios- y me puse a investigar hasta que os encontramos, y justo a tiempo además.
-Este bicho –dijo Haltoran moviéndole levemente con la puntera de su zapato, para asegurarse de que continuaba bajo los efectos del potente narcótico- debió ser un capricho de quien todos nos imaginamos, y por la razón que sea, ha logrado salir de su jaula o forzar la cerradura, no lo sé, y ha deambulado por la finca, aunque no parece muy hambriento. Yo diría que se escapó anoche .
36
Antes de que realizásemos elucubraciones, señalando a un posible culpable, que ya estaba entre rejas, y cuyo nombre Haltoran no había mencionado para no perturbar el ánimo de Candy, como había hecho, inconscientemente, llegó un hombre bajo y gordo, calvo y con un pequeño bigote. El hombre de mediana edad llegó hasta nosotros jadeante y haciendo una reverencia dijo apesadumbrado:
-Mis disculpas señores. Soy el guardes de la finca y como hasta ahora, la mansión había permanecido cerrada, Lady Elroy decidió hacer economías, destinando únicamente el personal indispensable para su mantenimiento y cuidado. Pero hoy, casualmente era el día de descanso de parte del servicio, pero no sé como, el caso es que todos se han tomado la tarde libre, me temo, que por una lamentable confusión. No volverá a ocurrir.
He llegado lo más rápido que he podido, cuando me pasaron el aviso de que los señores –dijo refiriéndose a Mark y Candy- iban a venir a la finca, pero también me dieron el recado tarde.
-¿ Cómo es que no apareció antes por aquí ? –pregunté un tanto airado, mientras Candy terminaba de fijarme las vendas para que no se movieran o desliaran y esbozando una mueca de dolor, cada vez que la muchacha sin pretenderlo, apretaba demasiado las vendas, haciendo que se disculpara azorada por su torpeza, debido al nerviosismo y el miedo, que aun teníamos ambos, en el cuerpo.
-Mis disculpas nuevamente señor –declaró el guardes bajando la cabeza un tanto avergonzado- pero Lady Elroy me dio vacaciones y me autorizó a marcharme unos días para ver a mi familia, en tanto y en cuando no ocurriera ninguna incidencia.
-¿ Y cómo se explica lo del león ? ¿ que estuviera libre ?, ha podido lesionar o matar a mis amigos –preguntó Haltoran que no dejaba de lanzar furibundas miradas hacia el empleado, aunque había ido tranquilizándose gradualmente, a medida que el hombre presentaba sus excusas y daba unas expiaciones más que convincentes del lamentable suceso.
-Mil disculpas de nuevo, señor –dijo el pobre hombre que no sabía como hacerse perdonar por el lamentable incidente- pero ayer, el encargado de alimentar a Claus, que así se llama el león, un chico con no mucha experiencia, que sustituye al cuidador habitual, que se ha puesto enfermo y convalece en su casa–dijo el hombre dirigiéndole una mirada de soslayo- le dejó poca comida aparte de la puerta de la jaula entreabierta. No se fijó en que no estaba cerrado con llave.
-¿ Hay algún animal salvaje más en la finca ? –preguntó Mark receloso de recibir una respuesta afirmativa.
El guardes se rascó la calva y musitó tratando de hacer memoria:
-Que yo sepa no, señores, pero nunca se sabe.
-Que lo comprueben –ordenó Mark- y en caso afirmativo, me lo reportan y ya decidiremos cual es la mejor estrategia a seguir.
Unos minutos después y una vez que el guardes se hubo marchado para cumplir con nuestras órdenes, una furgoneta verde oliva, llegó hasta allí y los dos operarios se hicieron cargo del león, almacenándolo en el compartimiento trasero del vehículo.
Gradualmente fueron llegando más miembros del servicio, reclamados por el guardes para hacerse cargo nuevamente de las tareas domésticas. Estaban un poco temerosos ante la reacción de sus nuevos señores, formando en una larga hilera ante ellos, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas por debajo del regazo y el cuerpo, ligeramente encorvado hacia delante, pero Mark se mostró amable, cortés y hasta atento y no decretó ningún despido para alegría de Candy y de todos los demás, pero sobre todo, de los integrantes del servicio doméstico, de la colosal casa. Solo Haltoran parecía un poco contrariado, porque consideraba que, un incidente como aquel debía ser castigado, y que las normas laxas de una disciplina que se habría degradado, y relajado alarmantemente, entre la servidumbre, por los largos períodos de inactividad, y la ausencia de un plan de trabajo completo que los mantuviese ocupados y alerta, habían propiciado que el león se escapara de su jaula, junto con la impericia de algunos sirvientes y trabajadores contratados a toda prisa, para disponer todo en la mansión y que estuviera de nuevo a punto, aunque no la comprobación de si la puerta de la jaula estaba realmente cerrada.
El león fue conducido al zoo, para alegría de Candy y todos nosotros, que no lamentaríamos en absoluto, el traslado forzoso de tan feroz mascota a un espacio y recinto donde estaría indudablemente bien cuidado y mejor que en los jardines de una finca, por muy grandes que fueran y por mucho que algunos expertos considerasen, que crecería más sano y fuerte en libertad , por los relativamente amplios terrenos de la finca, que en la precaria cautividad de un zoo.
37
Una vez que el peligro había pasado, y estuvimos todos más calmados y relajados, tras ganar la salida del laberinto, guiados por Mark y Haltoran, nos cambiamos de ropa, porque aun no nos habíamos despojado de los trajes de baño. Sabía que Albert había estado en Africa, pero no me encajaba, ni mucho menos, me esperaba, y seguramente, mis amigos tampoco, que se trajera aquel león de su periplo por aquellas lejanas tierras. Annie había estado con Haltoran todo el tiempo y cuando su amiga, seguida por mí a corta distancia, emergió de entre los muros vegetales del laberinto, que al parecer si tenía su particular "minotauro", abrazó a su amiga entre lágrimas, temerosa de que estuviéramos ya en el estómago del felino. Unos minutos después, entré en la mansión acompañada por Candy, que insistió tanto en revisar mis vendajes nuevamente que no pude negarme, así que Mark secundado por Haltoran, se despidió de nosotros, porque iban a cerciorarse de que no hubiera más animales peligrosos campando a sus anchas por los jardines de la propiedad, mientras Annie se retiraba a su habitación, temblando de que hubiera alguna otra fiera deambulando cerca de la casa. No saldría de su cuarto, hasta que su esposo, acompañado por Mark, le juraran y perjuraran, que ya no había ningún peligro.
Después de nuestra particular "aventura de los leones", permanecí sentado en una butaca, mientras Candy examinaba los vendajes por enésima vez. El león ya había sido puesto a buen recaudo, y Mark y Haltoran efectuaron una batida por la propiedad, acompañado del guardes y varios sirvientes armados, por si quedaba algún otro animal peligroso en libertad, pero lo único que encontraron fueron ciervos y algún que otro escurridizo conejo, que como era lógico, rehuía todo contacto humano Al compararme mentalmente con Don Alonso Quijano, también conocido como "el caballero de la triste figura", esbocé una sonrisa irónica y musité en voz baja:
-En todo caso, podría equipararme si acaso a Sancho, porque no creo que Don Quijote sea un alter ego adecuado para mí.
Entonces la voz de Candy llegó claramente audible hasta mí, porque pese a haberme expresado en voz baja, el fino oído de mi amiga, había captado el sentido de mis palabras, y eso que las había pronunciado en español. Cada día que pasaba, la comprensión de Candy del difícil idioma mejoraba un poco más, de forma que ya era capaz de hacerse entender y entender a su vez, el castellano de manera fluida y hablarlo con soltura.
-Puede que quizás no en cuanto a la apariencia –dijo pasando el brazo derecho por mis hombros y atrayéndome, hacia ella- pero sí en cuanto a valor y heroísmo. Querido amigo, me has salvado la vida.
Al sentir la presión de su suave cuerpo en torno al mío, noté como una oleada de orgullo me invadía por sus constantes halagos al tiempo que el vello se me erizaba. Me envaré, al sentir apesadumbrado y alerta, que mis antiguos sentimientos hacia ella, retornaban con fuerza.
Candy debió notar algo, un hondo estremecimiento que me sacudió hasta lo más recóndito de mi ser. Candy fijó sus ojos verdes tan deslumbrantes como hermosos, en los míos, pequeños y oscuros, aunque de una tonalidad algo más clara que los de Mark.
Sus pupilas verdes, parecieron escrutar lo que se escondía detrás de los mías y algunas lágrimas asomaron a la comisura de sus ojos, al descifrar su significado.
38
Habíamos salido al exterior, porque el bochorno de la estancia nos estaba agobiando, a mi particularmente.
Candy me observó con lástima. Conocía la naturaleza de mis verdaderos sentimientos desde hacía mucho tiempo atrás. Se acercó lentamente a mi lado, adelantó su rostro y sujetando mis gafas por las articulaciones de las patillas, las retiró con cuidado entregándomelas. Yo estaba paralizado. Me temía que es lo que iba a hacer, pero no quise o supe parar a tiempo aquella situación. Deseaba fervientemente conocer el final de aquello. Acercó sus labios a los míos y cerró los ojos. Noté el aroma embriagador del perfume que desprendía, pero en ese momento, cuando iba a besarme, se detuvo, justo en el mismo instante en que yo finalmente había reaccionado, sacudiéndome esa especie de dulce modorra que me había invadido y por la que estuve a punto de dejarme llevar. Guardé mis gafas en el bolsillo derecho de mi pantalón y cuando tuve la mano correspondiente libre, deposité las palmas de las manos justo bajo sus hombros, para frenarla y entonces Candy, comprendió lo que había estado a punto de hacer, aunque yo hablé antes por ella.
-No Candy, -repuse con voz triste y negando con la cabeza- esto…no soluciona nada. Un beso sería como un pequeño alivio, pero nada más. Y justamente, ya hemos hablado de esto antaño, hace ya mucho, casi inmediatamente después de mi llegada a esta época.
Me alejé unos pasos de ella. Era tan hermosa que si seguía mirándome de aquella forma, acabaría besándola, con o sin su consentimiento. Pero me contuve y me senté en un banco que se encontraba justo delante de mí, bajo un gran árbol cuya frondosa sombra se proyectaba en derredor nuestro. En la copa trinaban varios estorninos y me pareció distinguir a un ruiseñor que iba de rama en rama revoloteando rápidamente, con movimientos precisos y elegantes, siguiendo una sinuosa trayectoria, en zig-zag.
-Maikel, Maikel –exclamó cubriéndose las manos con los labios y acudiendo junto a mí- aun me amas, lo sé…No puedo verte sufrir así. No soporto contemplar como te haces daño de semejante manera. Quizás a otro le diría que no, pero a ti…
Tragué saliva, e hice un notable esfuerzo por tragarme también mis lágrimas y mis deseos de hacer realidad mis sueños, que Candy, por compasión, pretendía materializar. Pero me mantuve firme. No deseaba ser desagradable con ella ni perder su amistad, pero negar la evidencia sería completamente inútil. Seguía estando enamorado de ella, y si Haltoran y Carlos lo habían superado, porque lograron encontrar a tiempo, el afecto y el cariño de otras muchachas que les colmaron de felicidad, logrando encauzar sus vidas, no había ocurrido así conmigo. Me vino a la cabeza Anthony, al que Candy había querido creyendo que el joven aristócrata, que cultivaba las maravillosas rosas de la cancela había sido su primer amor, para luego rechazarle, cuando recordó que ese lugar en su corazón había sido ocupado ya, por otro hombre, mucho antes que él.
También Terry Grandschester y Albert Andrew corrieron la misma suerte, aunque el primero había conocido a Louise y al igual que su hermanastro Anthony lograron alcanzar la dicha que les correspondía, aunque en ocasiones la nostalgia, conseguía abrir brecha en sus ánimos, y se colaba en sus almas, haciéndoles evocar lo que podría haber sido, y no fue. Albert había corrido peor suerte, por su insana pasión por Candy. Yo temía convertirme en algo así, aparte de que jamás coaccionaría un sentimiento tan noble y puro con un vil chantaje, pervirtiendo la compasión que Candy sentía por mí.
Pero había algo que me inquietaba ligeramente. De todas las personas que había enumerado en mi mente, todos ellos, hasta Terry Grandschester, aunque tardíamente, habían intentado acercarse a Candy y enamorarla, una vez, que todos ellos se prendaron a su vez instantáneamente de ella. En mi caso, había sido un proceso más gradual y lento, durante el que experimenté cierta envidia de Mark, pero nunca me interpuse ni intenté nada hostil u ofensivo para llamar la atención de la muchacha. Otro factor aun más enrevesado e incomprensible para mí, era mi apariencia física. No era guapo, ni siquiera estaba delgado o tenía un físico mínimamente proporcionado o atractivo. Mi personalidad no destacaba especialmente, aunque según la gente que había tratado conmigo, ya fuera en los negocios o mis escasas amistades, antes de conocer a Mark, Haltoran y Carlos, me comentaban que desprendía un magnetismo especial y que me infravaloraba demasiado. Según ellos, valía más de lo que en un principio aparentaba, conscientemente o no.
Por eso, me pasmaba que alguien como Candy se hubiera fijado en mí, aunque solo fuera por lástima. El único que había logrado alcanzar el casi inexpugnable baluarte de su corazón, fue Mark, y el que más cerca estuvo de conseguirlo, hasta que Candy recobró la memoria, Anthony.
Realicé una inspiración y crucé los dedos sobre mi regazo diciendo:
-Candy, tienes razón. Siempre te he querido, pero no insistas, por favor. A quien amas realmente es a Mark, y no a mí. Me conformo con ser tu amigo y eso es mucho más, de lo cualquier otro hombre podría aspirar. Estoy contento, en serio, no necesito más. Con que seamos amigos, me es suficiente.
Candy se sacudió con ambas manos, de sus mejillas, largas hileras de lágrimas que se esparcieron por el aire en torno suyo. Sonrió con esfuerzo y dijo:
-No cambiarás nunca Maikel. Mientes muy mal y finges peor, porque sé, que siempre me querrás, pero en lo último que has dicho has sido plenamente sincero. Tienes razón. Aunque no pueda corresponderte como realmente merecerías, porque estoy enamorada de Mark, siempre te tendré a mi lado, como un fiel amigo.
Entonces me abrazó con ternura. Sin poder evitarlo, yo, muy poco dado a alharacas y expansiones sentimentales, no pude reprimirme en aquella ocasión, y lloré en su hombro, no de pena, por no estar en el lugar de Mark, sino por contar con la inestimable amistad y el cariño de la muchacha. Recliné mi mentón en su hombro izquierdo por espacio de algunos minutos. Ella me estrechó entre sus brazos, permitiendo que me desahogara, que calmara mi sed de afecto junto a ella.
-No te avergüences nunca de llorar, mi querido amigo, nunca –me dijo en voz baja y estrechándome contra su pecho- ni de haberme confesado tus verdaderos sentimientos de nuevo.
Cuando lo separé de su piel fina y cálida, me dí cuenta, un poco avergonzado de que había empapado con mi llanto la fina y delicada tela de su vestido.
-No te preocupes querido amigo, no te preocupes, eso no tiene importancia –me dijo mientras sujetaba mis sienes con sus manos- aunque no pueda entregarte la llave de mi corazón, porque pertenece a mi amado Mark, lo abriré siempre para ti, cuando me necesites, cuando estés triste, cuando sientas que la pena te embargue, acude a mí. Yo siempre estaré ahí para consolarte y llorar contigo o reír a tu lado. Siempre seremos amigos, querido Maikel, siempre, y más desde que hoy, has salvado mi vida.
-¿ Por…qué, eres tan buena y generosa conmigo Candy ? ¿ por qué ? –pregunté mientras me sorbía las lágrimas, intentando aparentar una fortaleza y presencia de ánimo que no tenía en absoluto y entender su proceder.
Candy removió mis cabellos ralos, por la coronilla y me dijo afectuosamente:
-Porque nunca he visto a un hombre tan digno y honesto como tú, Maikel. Porque desde el primer momento me demostraste tu auténtica valía, con tu resignado silencio, porque tu bondad queda fuera de toda duda. Si te hubiera conocido a ti primero antes que Mark…-dijo inclinando la cabeza como si estuviera reflexionando en que añadir después, y mirando hacia las nubes, con gesto dubitativo-…quien sabe.
-Pero no fue así y casi me alegro de que Mark llegara antes, porque eres inmensamente feliz a su lado, y yo, debido a eso, también lo soy.
-Maikel, dices unas cosas tan bonitas…por eso quiero que no dejemos nunca de ser amigos, como hermanos, mejor aun.
Asentí. Cómo ya había cavilado en más de una ocasión, la amistad, bajo una cierta óptica, desde un concreto y particular punto de vista, también es una forma de amor como la compasión o la devoción filial.
39
Terry Grandschester se encontraba en una fiesta ofrecida en su honor por el alcalde de Chicago, para celebrar el éxito de una nueva representación de Romeo y Julieta, que protagonizaba junto a su bella esposa, Louise Malcott cuyo carácter se había tornado más dulce y menos altanero, desde los lejanos días en que sufriera el duro mazazo del destino, cuando fue expulsada del Real Colegio San Pablo, debido a que su padre se había arruinado. Entonces, cuando más desesperada y perdida estaba, se encontró con Terry, en aquel lejano y distante valle verde. Ya le conocía de vista en los lejanos días del internado, pero nunca había reparado en él, porque le consideraba frívolo y superficial, pero cuando su llanto atrajo la atención del amable joven, no pudo evitar echarse en sus brazos, notando como un sentimiento repentino y desconocido nacía en ella. Tal como sucediera con Eliza, cuando ella y Haltoran se enamoraron brevemente, el amor trajo un renacimiento de sus sentimientos, dulcificando su frío y distante carácter. Eliza se habría convertido en una muchacha de cascos ligeros, a la caza de cualquier millonario que pudiera mantenerla y su hermano Neal en un patético y sombrío toxicómano, al cual le salvó precisamente el profundo amor que sentía por Susan Marlow. Aquella catarsis había cambiado las vidas de ambos, así como la de Louise. Sus hijos estaban en el salón central del Ayuntamiento, a unos metros del matrimonio, donde se estaba celebrando un fastuoso baile y departiendo con otros chicos y chicas de su edad, aguardando pacientemente a que sus padres recibieran los agasajos de sus admiradores y se reunieran con ellos.
En ese momento Terry no supo eludir el ramalazo de nostalgia que le asaltó mientras estrechaba afectuosamente la mano del alcalde de la ciudad con sus dedos finos y fuertes.
40
El sargento Terry Grandschester estaba bebiendo la enésima copa que un cejijunto y enteco barman calvo le servía también por enésima vez. Había perdido la cuenta de cuantos tragos había trasvasado a su estómago. Ni siquiera desde sus días de rebeldía, en el Real Colegio de San Pablo, del que se había fugado, tras dejar una escueta nota a la atención de la severa rectora del mismo, la hermana Gray había bebido tanto. La huraña y seca religiosa leyó el papel que alguien deslizó bajo el quicio de la puerta de su despacho y se levantó refunfuñando, creyendo que alguien le estaba gastando otra broma pesada, recogiendo la nota del suelo de mármol en el que estaba impreso el escudo del colegio. La desdobló rápidamente y leyó en voz baja:
"Hermana Grey, me marcho a combatir a la guerra. Espero que sepa disculparme por mi repentina y un tanto precipitada ausencia. También espero retornar con vida.
Firmado: Terry Gradschester.
PD: Mi padre ya está al tanto de mi decisión irrevocable. Nos hemos peleado y discutido, pero no ha tenido más remedio que asumirlo."
La monja alzó las pobladas cejas y resoplando, se quedó pensando en como encajaría esa noticia.
41
El bistro era una suerte de tasca, restaurante que servía comida a precios populares y en ocasiones hasta tienda de ultramarinos, todo en uno. El ambiente estaba cargado por el humo del tabaco barato que los soldados aliados y algunos paisanos fumaban con displicencia. Había algunas mesas de madera ajadas en las que varios parroquianos o jóvenes reclutas, brindaban entrechocando sonoramente sus vasos de vino, otros jugaban a los dados, lanzando hurras si ganaban, e imprecaciones y amenazas si perdían su buena racha. Unas pocas mujeres pintarrajeadas, con vistosas plumas de colores adornando sus cabellos sueltos, y llevando llamativos y provocadores vestidos de generoso escote, contemplaban descaradamente a la clientela, mayormente masculina intentando captar su atención y su cartera. Eran prostitutas que atraídas por la relativa abundancia de divisas habían acudido en tropel allá donde un solo soldado aliado estuviera de permiso, aunque solo fuera por una tarde. El local tenía una pobre y deficiente iluminación y tras la barra repujada de cuero, se alzaba un gran estante de madera carcomida que sustentaba el peso de varias botellas. En las paredes forradas de falsos paneles de imitación de madera, pendían carteles con consignas patrióticas o réplicas de cuadros de pintores impresionistas, muy en boga en aquel entonces. Al fondo, un pianista de generosas patillas y prominente nariz, con un sombrero hongo que le recordó a Peter, el guardaespaldas y secretario personal de Eleonor Baker, que no se separaba ni un momento de la afamada actriz, tocaba una pianola con más buena voluntad y fortuna que pericia. La música salía desafinada y poco grata al oído sensible, pero no desentonaba en absoluto en el caótico local, donde las conversaciones a gritos, las risotadas y las imprecaciones la eclipsaban casi por completo. En el suelo, una mezcolanza de cigarros, servilletas usadas y algún que otro poso de café y hasta vómitos alfombraba el suelo de baldosas, punteadas por motas negras sobre un fondo blanco aséptico, circunstancia muy chocante en un garito como aquel, que en general tenían muy mala fama, incluso entre los propios oriundos del país. Terry estaba de permiso e intentaba ahogar sus penas porque no era capaz de apartar de su cabeza, a la enfermera de esplendorosa belleza, de ojos verdes como esmeraldas y cabellos rubios que resbalaban en cascada por su espalda, bajo la gorra de su uniforme blanco. Sus esfuerzos por acercarse a ella y conseguir entablar con ella algo más que una conversación galante o una sincera amistad. Pero aquello era más difícil de lo que parecía. Candy se había resistido discreta y elegantemente a su asedio casi constante, y entre ellos se había establecido un pulso en el que si aun no había entrado Mark, era por las súplicas y denodados ruegos de su esposa, que no quería que se inmiscuyera, porque temía que Mark, si le golpease pudiera ocasionarle heridas de consideración. De modo, que tras su último intento en que había ido más allá de lo permisible, cegado por un irracional amor, Candy le cruzó la cara, lamentándose luego profundamente de haberlo hecho. La joven huyó llorando a refugiarse entre los brazos de Mark, que si no se encaró con el joven actor, fue porque entre todos nosotros, incluida la propia Candy, le quitamos esa idea de la cabeza.
Por eso, estaba tratando de desligar de su mente, la imagen de la muchacha a la que ya amaba con todo su ser, y por cuya razón se había alistado. Pero la guerra y hasta la propia vida habian perdido interés para él. Sin Candy nada tenía sentido. Y al igual que en los lejanos días del internado volvió a emborracharse y a pelearse. Dado que el alcohol no conseguía sacar el recuerdo de la bella enfermera de su cabeza, quizás una buena pelea, con sillas volando y hombres machacándose en un tumulto de piernas, brazos, entremezclados en multitudinaria algarabía lo lograse.
Empezó provocando a un joven de recia musculatura y cara de pocos amigos, que se encontraba jugando a los dados en una mesa junto con otros compañeros. Terry, bastante embriagado y tambaleándose, no midió bien su objetivo. El joven al que provocó, mofándose de su cara era más sensato que él y no deseaba pelearse, pero Terry insistió y finalmente, cuando parecía que iba a tener su reyerta, el joven fornido, tocó un silbato y varios compañeros suyos aparecieron. Entonces le rodearon sujetándole firmemente, mientras Terry se debatía rebelde y realizaba un amago de enfrentamiento lanzando puñetazos y derechos, sin especial éxito, que se perdían en el aire, hasta que asieron sus brazos firmemente y le sacaron en volandas, entre las risas de la concurrencia y las exclamaciones groseras de las mujeres. Finalmente, entre las brumosas nieblas del alcohol alcanzó a distinguir un casco pintado de oscuro con unas iniciales que deletreó con dificultad: MP, acrónimo de Military Police, o Policía Militar.
42
El joven sargento dio con sus huesos en el calabozo por insubordinación y alteración del orden público. Se libró de un consejo de guerra por muy poco. Gracias a los buenos oficios del capitán Duncan Jackson, todo quedó en una severa reprimenda y algunos permisos cancelados. Terry estaba tan desesperado que pensó incluso en el suicidio. Pero recapacitó mejor. No era tan imbécil como para quitarse la vida por algo como el amor, pero tal vez, si todo quedaba en la escenifación de una mera farsa de esa manera, tal vez de esa manera, lograra atraer a la chica hasta él si tenía noticias de sus intentos por quitarse la vida. Buscó una soga lo bastante resistente, tan pronto como le permitieron moverse nuevamente por Charmotierex al que había sido transferido temporalmente y en la penumbra de un cobertizo en el que se guardaba la impedimenta de algunos soldados, deslizó la cuerda por el travesaño de una viga que pendía del techo al que sujetaba, pero lo descartó porque el lugar estaba bastante apartado y probablemente, Candy aunque solía pasar por delante del astroso y viejo edificio tal vez no presenciara su puesta en escena e ideó otro sistema, como por ejemplo subirse a una azotea o al techo de un barracón y ponerse a gritar, hasta conseguir que Candy se personara ante él para intentar dialogar con él y hacerle cambiar de parecer. Eran ideas absurdas y ridículas, como él admitiría tan pronto como le licenciaran tras combatir en la inminente contraofensiva aliada final, la operación G.I. y retornara a la vida civil, pero el amor obnubilaba su intelecto y le restaba facultades, por lo que cualquier solución por extravagante y chocante que resultara, si servía para atraer la atención de Candy, le seguía pareciendo lo bastante buena. Sin embargo, cuando iba a desistir de su parodia porque Candy no sería testigo a buen seguro de su engaño, e iba a bajarse del taburete al que se había subido, poniéndose la soga al cuello, el semblante preocupado y asustado de un hombre alto y delgado se asomó por un hueco rectangular de la puerta del cobertizo, al que le faltaba la plancha superior, de forma que había quedado como el batiente de los famosos saloones de las películas del Oeste, y que alguien se había llevado para hacer leña. Excepcional era que el resto de la puerta no hubiera sido arrancada de sus goznes.
El hombre, un sacerdote de edad provecta para la época, que frisaría en torno a los cincuenta y tantos años, con una tupida y poblada barba y unos intensos ojos oscuros se precipitó en el interior del cobertizo tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Terry se detuvo sorprendido, mientras el hombre, enfundado en una sotana negra y con un crucifijo al cuello se abalanzaba sobre el sargento. Terry parecía confundido y finalmente, bajó del taburete, tratando de esbozar una especie de disculpa ante el airado sacerdote que le miraba con reproche.
-No…es lo que parece padre –dijo Terry clavando sus ojos azules en los del religioso, para luego desviar la vista rápidamente hacia un montón de paja amontonado en el fondo del cobertizo.
-Ya veo, joven –dijo el sacerdote con los brazos en jarras y sonriendo levemente- por lo menos, le contará a un viejo sacerdote, que hacía ahí arriba, quizás tratando de probar la resistencia de la cuerda, respecto al peso de su cuerpo.
Pese al dramatismo de la situación, Terry sonrió y el sacerdote, extrajo una botella de bourbon que llevaba disimulada en una bolsa en la que guardaba otras viandas.
-Me llamo Armand Graubner, y como puede comprobar joven –dijo señalándose con un amplio y ampuloso ademán, que hizo reír quedamente a Terry, la oscura sotana que pendía hasta sus pies- soy un humilde sacerdote, al que le encantaría oír su historia.
Armand Graubner fue extrayendo diversas viandas y alimentos que constituían su comida del día, y la compartió con Terry, que algo azorado, pero animado por la jovialidad del religioso, empezó a narrarle sus pesares, comenzando con estas palabras:
-Cuando le cuente esto, me va a tomar por un excelente fabulador o un loco de remate –suspiró Terry mientras cogía con sus manos y masticaba ansiosamente un trozo de carne en su salsa que Armand le pasó en una escudilla que también llevaba para la ocasión, reservándose otra para sí, por si tenía que compartir como en aquel momento, su comida con alguien.
-Pruebe joven, pruebe –dijo el amigable sacerdote con una amplia sonrisa, cosa que chocó un poco a Terry, que siempre había tomado a los religiosos por personas extremadamente serias. Que abismales diferencias había entre aquel afable y jovial sacerdote y la adusta y siempre ceñuda hermana Grey, la rectora del Real Colegio San Pablo de Londres.
43
-Y eso es todo –concluyó Terry mientras terminaba de apurar las últimas porciones de comida que aun quedaban en su escudilla.
El joven sargento exhaló un hondo suspiro y negó con la cabeza, entornando los ojos.
-Jamás en mi vida había visto algo semejante. Un hombre capaz de emitir llamas a través de la piel sin quemársela, que es capaz de sostenerse en el aire como un pájaro y…
-Que emite un aura entre iridiscente y plateada, que una vez que ese misterioso don, poder, facultad o lo que sea, ha terminado de manifestarse, hace que surjan largos regueros de sangre negra, que brotan de su espalda y de su piel, a través de heridas que luego se cierran o se curan, sin dejar rastro –continuó Armand por él, clavando sus ojos oscuros en los de Terry, que total y completamente asombrado estuvo a punto de soltar la escudilla de sus manos. Sostuvo el tenedor con la mano izquierda que refulgió levemente bajo la luz que se filtraba por entre las rendijas de las agujereadas y carcomidas paredes de madera del cobertizo, cuando su temblorosa mano, le imprimió un leve movimiento de vaivén y rotacional.
Terry aun no había visto, por así decirlo, a Mark en acción, volando o emitiendo abrasadores chorros de fuego tal y como le describiera al padre Graubner, pero si había sido testigo de sus prodigiosos reflejos y de su pasmosa rapidez. Caviló con acierto que ningún ser humano, podía tener semejante capacidad de respuesta y de reacción, como no fueran unos pocos privilegiados contados con los dedos de una mano, pero lo había contemplado a través de sus sueños o premoniciones y hasta ahora se habían cumplido invariable y totalmente.
Terry no era capaz de discernir que le habían causado más impresión y desconcierto, la confirmación de que sus visiones se tornaban realidad o que el padre Graubner, hubiera tomado contacto de alguna manera con el enigmático y asombroso joven, que había enamorado a la joven, objeto de sus desvelos, y dueña de sus más secretos anhelos y sueños.
-No…no es posible –prorrumpieron casi al unísono el sacerdote y el joven actor, en la vida civil y ahora, en pleno frente occidental, sargento.
Se miraron balbucientes, casi sin acertar a articular palabra. Decidieron serenarse y tras inspirar aire, empezaron de nuevo, intentando mantener una conversación coherente y un intercambio de impresiones, que permitiera desentrañar aquella inextricable madeja de enigmas y preguntas sin respuesta.
-¿ Cómo es que ambos le conocemos ? –preguntó entonces el sacerdote, anticipándose a Terry, ya que temía que nuevamente volvieran a improvisar una especie de coro al repetir los mismos interrogantes, que solo conduciría a un estéril diálogo de besugos.
-Yo, ya se lo he revelado padre –dijo Terry poniéndose de costado y aplanando un montón de paja para sentarse encima y estar más cómodo- supongo que ahora le toca a usted, ahora que tanto yo, como usted, hemos confirmado mutuamente que no estemos locos de atar o de remate y que Mark, sea quien sea,…o lo que sea, existe.
44
Armand Graubner asintió con gravedad. Su jovialidad y buen humor habían parecido esfumarse repentinamente y poniéndose muy tenso, notó que un sudor frío le recorría como un desagradable cosquilleo por la médula espinal, tan pronto como lo que tomó por la confesión de un joven en estado de embriaguez, por un asunto de desamor, que convenientemente abordado con las palabras adecuadas y cuidadosamente escogidas, quitarían de la mente del muchacho, esa antinatural vía de escape, que había pretendido emprender, como solución a su desengaño sentimental.
No sería la primera vez, que Armand, que había vivido intensamente y guiado por su carácter aventurero y de servicio por buena parte del mundo conocido, como solía bromear, no hubiera recompuesto un corazón roto a base de afecto y buena disposición, pero cuando escuchó la voz lenta y cadenciosa del joven sargento, lo último que esperaba oír en aquel perdido rincón del frente occidental, era la confirmación de algo que había ocultado celosamente desde hacía casi una década y que estuvo a punto de costarle su cordura.
Armand parecía reacio a hablar, pero dado que se había puesto en evidencia, inconscientemente al continuar la minuciosa descripción que Terry había realizado de su mayor rival, por el corazón de Candy, no tuvo más remedio que contárselo.
El sacerdote suspiró y encogiéndose de hombros, en el típico gesto característico en el que no tiene nada que perder, si realiza una acción concreta que en principio no deseaba emprender, dijo:
-De acuerdo. Te lo contaré, pero por favor, te agradecería que guardaras el secreto…si es que no es mucho pedirte, Terry.
El joven asintió. Sus ojos azules reafirmaron la confianza del padre Graubner que intuyó en las pupilas encendidas del chico un atisbo de sinceridad plena, en la que podía confiar totalmente. Sonrió imperceptible. Él también, en su lejana juventud había sido un crápula, un jugador empedernido y un don Juan conquistador de muchas jovencitas casaderas, cuyas promesas de amor eterno y larga vida en común juntos, quedaban finalmente en nada, hasta que repentinamente sintió su vocación y lo abandonó todo para seguir su llamada.
Regularmente, le habían asignado misiones un tanto comprometidas, extrañas si se prefería así y Armand nunca había ambicionado puestos de preeminencia en el seno de la jerarquía de la Iglesia, y siempre que le era posible, o se lo autorizaban prefería dirigirse a los destinos más lejanos y exóticos que fuera capaz de hallar o de alcanzar. Rememoró su crucial e imprevisto encuentro con Mark, un día de Julio de 1908, en la lejana Siberia.
45
La voz profunda y ahora ligeramente melancólica del padre Graubner empezó a desgranar lentamente su historia, la historia de su encuentro con alguien imposible, alguien que de ser humano, no debería haber existido como tal.
-Me habían destinado a una misión situada en la aldea de Tomoyev, en Siberia. Había llegado hacía dos meses. La vida allí era dura, espartana y difícil, pero no me arrepentí, ni aun me arrepiento de haber escogido un paradero tan remoto, al que me aclimaté desde el primer momento, casi con tanto éxito, que hasta yo a día de hoy, a veces, me siento más foráneo en plena Europa Occidental que cuando estuve en el lejano Oriente de Rusia –declaró con sinceridad, mientras recobraba su habitual buen humor, riendo quedamente.
Terry le escuchaba con interés, mesándose los cabellos castaños de cuando en cuando. Aun se sentía extraño por llevarlos tan cortos, cuando siempre le habían remansado sobre sus anchos y amplios hombros.
-El país estaba atravesando dificultades, de las que aun no se ha recuperado, y creo que no lo hará en bastante tiempo –explicó pesaroso, evocando las duras condiciones de vida de aquella sencilla y humilde gente- Éramos un grupo de cinco religiosos y varios seglares. El padre O´connor se ocupaba de la capilla, y yo de ejercer de profesor en la pequeña escuela que habíamos logrado levantar no sin dificultades. El resto de mis compañeros atendía un comedor comunal y se ocupaba de que las necesidades de la misión, estuvieran cubiertas en la medida de lo posible, cosa que no era sencilla. Los popes nos miraban con recelo y desconfianza, pero la necesidad de ayudar a aquellas pobres almas, que por no tener, no disponían de una alfabetización más que razonable nos permitía llevarnos más o menos, razonablemente bien. Teníamos nuestras diferencias, no voy a negarlo, porque aunque éramos religiosos, también somos hombres, sencillas criaturas, y no somos inmunes a las debilidades, aunque procuramos no sucumbir a ellas.
Entonces, el amanecer del 30 de Junio de 1908, ocurrió. Una explosión tan devastadora como cegadora, que se recortó en el horizonte, proyectando una especie de nube en forma de árbol. Jamás olvidaré una visión tan horrenda y espantosa. Afortunadamente, estábamos tan lejos, que el viento de fuego que aquella detonación desató no llegó a devastar Tomoyev, pero los cimientos de algunas isbas y edificios temblaron. La casa consistorial se removió y cimbreó aunque su estructura, afortunadamente y gracias a Dios, aguantó. En la misión, algunos estantes y muebles pesados como armarios o mesas se volcaron o se vinieron abajo, pero, no tuvimos que lamentar víctimas de consideración o heridos graves. Lo más sobrecogedor fue cuando llegó la noche. Una claridad irreal iluminaba el firmamento, permitiendo leer como si estuviéramos a plena luz del día o discernir hasta los más nimios e ínfimos detalles sin tener que forzar o aguzar la vista. No sabíamos si aquella luz sería o no dañina para los niños que estaban a nuestro cargo, por lo que le pedí al padre O´connor y a la hermana Allen que se encargaran de guarecerlos en la capilla, porque era el edificio más próximo a donde estábamos, a efectos de que no se vieran expuestos a los efectos de aquel resplandor, semejante a una aurora boreal, pero más sobrecogedor y extraño. Reinaba un silencio pesado, plomizo, y agobiante. Ni siquiera, para las fechas en las que estábamos, las ranas croaban, dado que estábamos asentados cerca de una zona pantanosa. Durante el día anterior, en las horas siguientes a la explosión, ni tan siquiera los insectos zumbaron o los renos bajaron a saciar su sed al cercano arroyo que discurría por la ladera sur de Tomoyev. Era como si un gran muro de mutismo y sigilo hubiera sido alzado ante nuestra pequeña aldea, y las tierras que la circundaban. La claridad hizo relumbrar las doradas cúpulas de cebolla de la iglesia ortodoxa. Algunos campesinos se arrodillaron espantados, otros se santiguaban y algunos se arrojaron al suelo, vertiendo barro sobre su cabeza o cubriéndose los ojos con las manos. La única calle principal de Tomoyev quedó pronto desierta y el único que permaneció allí, en pie y observando hacia el horizonte fui yo. Entonces le ví. Al principio, era como un haz de fuego, como la cola de un cometa que se desgajaba del núcleo principal en una larga y deshilachada hilera nívea. La luz fue perdiendo altura y a medida que se aproximó a tierra, pude distinguir, de la misma forma y tan claramente como te veo a ti, Terry, y a poco más o menos igual distancia, a un muchacho muy joven de cabellos negros desplegados en torno a sus hombros y con unos ropajes que nunca antes había visto, bueno, ahora sé que llevaba una chaqueta de cuero, sobre todo, cuando observé las de los primeros pilotos del Servicio Aéreo Americano que llegaron al frente, tras la entrada de Estados Unidos en esta locura de guerra.
Hizo una pausa y se sirvió un trago de bourbon antes de continuar. Terry le aceptó un trago, pero Armand le escanció muy poca cantidad en su vaso, a petición del joven. El bochornoso episodio del patético intento de trifulca, que había intentado provocar, y su penoso estado de embriaguez, en el interior del abarrotado bistro, aun coleaba en su mente y deseaba olvidarlo cuanto antes.
Por eso moderó su ingesta de alcohol. Armand sonrió y declaró plenamente de acuerdo con la actitud de su joven interlocutor:
-Haces bien muchacho, haces bien, si abusas de los favores de Baco, puedes terminar en una penosa y comprometida situación.
El sacerdote continuó relatando su historia, a medida que los recuerdos retornaban a su mente.
46
Aquel joven se posó en medio de la calle principal de Tomayev, mientras mis compañeros me suplicaban que me reuniese con ellos cuanto antes, porque temían que el desconocido me hiciera daño. Curiosamente, no vieron lo que yo, porque estuvieron durante todo el tiempo, concentrados en reunir a los niños y ponerlos a salvo. No observaron como aquel muchacho llegaba…volando, envuelto en una claridad irreal. Cuando sus pies calzados con unos zapatos de un material elástico, que jamás antes habría ni podido ni concebir, tocaron el suelo, avanzó hacia mí. Sus ojos eran oscuros, negros y muy tristes. No supe como, pero mi alma me estaba indicando que era un ser humano y que necesitaba ayuda desesperadamente. Confieso que tuve miedo, que mi primer impulso fue aceptar los requerimientos de mis compañeros para que me apartara cuanto antes del camino del ser, pero no lo hice, por alguna extraña razón, quizás fue la piedad, el sentimiento de caridad cristiana me impelió a acercarme a él. Y llegué a su lado, justo en el mismo instante en que se derrumbaba entre mis brazos. Le sostuve como pude. Era fornido, pesado, y con una estatura tal vez de dos metros, o en torno a esa medida –dijo moviendo la mano derecha, en rápidos giros- y casi no era capaz de sostenerle. Entonces me miró y me dijo con voz grave y triste:
-Padre, ayúdeme, necesito que…
Entonces se dobló hacia delante como si un hilo invisible hubiera tirado al unísono de sus extremidades. Comenzó a sudar copiosamente y esbozó una mueca de dolor gimiendo ligeramente. De su espalda, cubierta por aquella especie de chaqueta de cuero que era tan oscura como sus ojos de expresión triste, comenzaron a manar con fuerza y a presión largos regueros negros, que interpreté como sangre. Cuando intenté cortarle las hemorragias, me detuvo aferrando mis manos con una fuerza bestial, increíble. Jamás antes había experimentado una presa tan férrea en torno a mis muñecas. Lo digo, porque en mi juventud llegué a ganar varios campeonatos y concursos regionales de pulsos y aunque peque de soberbia, no era fácil vencerme Terry, pero aquel hombre…aquel hombre tenía una fuerza descomunal. Entonces su voz sonó de nuevo realizándome una advertencia:
-No padre, no toque ahora mis heridas. Si lo hace…podría perder las manos. Mi sangre está ardiendo, depurando mi sistema circulatorio y expulsando fuera mi sangre emponzoñada. Cuanto se torne roja –se contorsionó de nuevo ahogando un grito- podrá usted atenderme. Por el momento, no me toque.
Así lo hice, obedeciendo sus extrañas indicaciones. Esperé por espacio de cinco minutos, hasta que tal y como había pronosticado, la sangre adquirió su habitual coloración natural.
Me sonrió con esfuerzo y dijo con voz cansada y con una inflexión que me recordó a un lejano eco:
-Me llamo Mark, padre, y…aunque no me crea…y dado que ha sido testigo de algo que ni yo mismo asimilé hasta que entendí medianamente que me estaba ocurriendo, debo confesarle que soy un viajero del tiempo. Esta época…este año, no es el mío.
-Estamos en 1908 –contesté como si estuviera manteniendo la conversación más banal, anodina y normal del mundo, como si aun a pesar de cuanto había visto, aquello fuera una trivialidad sin importancia- ¿ de qué año procedes, muchacho ?
Mark hizo un esfuerzo para hablar. Respiró lenta y dificultosamente. Esa sustancia que corría por sus venas, le había dejado completamente agotado.
Cerró los ojos, tragó saliva y me miró con gesto abatido y exánime.
-Del año 2010, del siglo XXI.
Luego, cuando con más calma reflexioné en la intimidad de mi habitación, pude apreciar en toda su magnitud, la crucial y aterradora dimensión de cuanto Mark me había revelado y tomar conciencia de ello. Una vez que le ayudé a entrar en el comedor comunal, le servimos una frugal pero apetitosa cena que devoró rápidamente y le acostamos en uno de los dormitorios que uno de nuestros hermanos, había dejado vacante, por cuestiones personales. Me ocupé de cuidarle y entonces cuando terminó de cenar, se apoyó en mis hombros, porque su debilidad era tal que no era capaz de dar un solo paso sin cojear o tropezar continuamente. Por un par de veces, rodó por tierra, aunque no llegó a tocar el suelo, porque inmediatamente le asistimos entre varios compañeros y yo.
No fue fácil encontrarle un pijama de su talla y tuvimos que unir dos camas para que pudiera reposar con un mínimo de comodidad. El joven agradecido, lamentó las molestias que nos estaba ocasionando y poco antes de apagar la luz de su habitación me miró interrogante, yo diría que suplicante. Comprendí inmediatamente, lo que aquella mirada entrañaba y asentí diciendo, mientras me agarraba la barba y tironeaba de ella, porque no podía mantener mis manos quietas, de lo nervioso que estaba:
-No temas Mark, no le contaré a nadie lo que presencié.
-Muchas gracias padre –se expresaba correctamente, con una fluidez y riqueza de lenguaje que me sorprendió gratamente- sé que le debo una explicación y se la voy a dar, aunque no me crea, cosa que está en su pleno derecho, le juro que soy un ser humano, por lo menos, hasta donde yo tengo plena conciencia de ello.
Me narró una misteriosa y enrevesada, pero a la par fascinante historia de una vida triste y desgraciada en un punto del futuro, a más de un siglo de distancia, me contó algo de una sustancia que brillaba como si estuviera imbuida de vida, me habló de una colina, de un árbol inmenso, de una muchacha tan hermosa que en su delirio creyó que era un ángel de profundos y arrebatadores ojos verdes. Y me aclaró el misterio de la explosión y la subsiguiente luminosidad que clareó la penumbra de aquella noche y las que vendrían consecutivamente después durante muchos meses. Aquel fenómeno no solo sucedió en Rusia, si no que afectó a Europa, y a buena parte del orbe.
-Una historia irreal –coincidió Terry dolido, en cuanto a la parte que a él le afectaba.
Armand Grauber afirmó dando la razón a Terry:
-De no ser porque es totalmente cierta y verídica.
-Me habló de esa muchacha, Candy, que al parecer…es también la causa de que hayas escenificado esa suerte de suicidio para atraer su atención. Por cierto, me alegro de que no tuvieras intención de quitarte la vida realmente. Me habría enojado mucho contigo, si hubiera sido así realmente.
Terry ignoró su última reconvención y le instó a continuar el relato que seguía con mucho interés, pero procurando no ser descortés o demasiado impulsivo con su impaciencia.
-No hay mucho más que relatar, Terry. A partir del momento, en que cerré la puerta de su dormitorio deseándole buenas noches, no volví a verle más ni a saber más suyo, hasta que tú me has hablado de él. Se marchó al día siguiente, muy temprano, poco antes del alba. Dejó constancia por última vez de su presencia entre nosotros, con una claridad anaranjada, muy hermosa y luminiscente que destacaba sobre la que él había provocado involuntariamente como consecuencia de la explosión, que según sus palabras, había desatado también. Observé como se remontaba hacia lo alto, mientras me saludaba extendiendo un brazo y perdiéndose en la lejanía, como una flecha desprendiendo llamaradas como cuando le ví llegar por vez primera. Le seguí con la vista hasta que mis ojos fueron incapaces de distinguirle, una vez que alcanzó las capas más altas de la atmósfera. Debió superar la barrera del sonido. Me habló de una medida para contabilizarla, algo así como Max, Moch, no, no, no –rebuscó en su mente el nombre correcto de aquella ignota unidad de medida y de pronto chasqueó los dedos, sonriendo como si hubiera realizado un descubrimiento genial, y no le andaba muy a la zaga, la verdad:
-Mach, eso es, Mach, seguido de un número.
-Partió hacia ese mundo de naves voladoras con cientos de personas en su interior, de comunicaciones entre personas que estaban situadas en extremos opuestos del mundo, comunicados, conectados, me explicó, por una red mundial que nombró como…Internet, o algo así. Me dijo que mucha gente se movía en automóviles como los actuales, pero mucho más rápidos, cómodos y efectivos –dijo el sacerdote y añadió:
-Me dio la impresión por sus palabras que ese mundo es muy triste y un tanto deshumanizado, pese a ese supuesto esplendor y despegue tecnológico del que parecen hacer gala y que esa confianza fue duramente puesta a prueba, con el derrumbe de dos inmensos y altos edificios.
Terry asintió pero contradijo la suposición del amable y jovial sacerdote de que Mark hubiera retornado al siglo XXI.
-No padre –replicó Terry negando con la cabeza- no volvió al siglo XXI, o si lo hizo…no tardó en regresar junto a Candy, con la que aun continúa.
Ambos se sumieron en un significativo y prolongado mutismo. Terry porque no podía desprenderse del amor que sentía por Candy, y el padre Grauber porque lo que presenció aquella noche quedaría muy oculto en el seno de su corazón, temeroso de que estar al borde de perder la razón y ahora que había confirmado que todo aquello no había sido una alucinación de sus sentidos, no se sentía mejor, por el hecho de haberlo probado.
47
Bryan Anderson Langeron se preguntaba como reaccionaría su hijo y su hermosa esposa en cuanto le vieran aparecer por el umbral de la mansión Legan, cuyas señas le había entregado rápida y subrepticiamente la bondadosa y amable señora del hospicio, al abrigo de la inquisitiva mirada de la hermana María, que por alguna razón, no deseaba que se enterase de que la señora Pony había contribuido a reunir a padre e hijo. Cuando recibió la noticia, Bryan no sabía si reir o llorar, si condensar sus sentimientos en una reacción de alegría o de circunspecta moderación. Optó por lo segundo. Bryan era más bien pragmático, y pensó que reservaría sus emociones para cuando se reuniera con su hijo. El que él hubiera transcendido los límites del tiempo, con aquella extraña tecnología imposible mediante la cual se cometieron horribles masacres en la más remota antigüedad no le había quitado su capacidad de asombro para preguntarse como había llegado su hijo hasta allí. No podía ser una broma, debido a que los datos que la anciana señora Pony le había reportado acerca de su hijo, aunque vagos, eran lo suficientemente precisos como para convencerle de que algo no iba como debiera, que un misterio de épicas proporciones se escondía tras aquellas líneas garabateadas a prisa en la hoja cuadriculada. El presentarse allí no sería, en su opinión, problema. Había puesto a buen recaudo su uniforme militar, ocultándolo de miradas indiscretas que guardó en un maletín hermético que había comprado en la pequeña ciudad cercana, en una tienda justo al lado de una librería regentada por un amable anciano que le informó rápidamente de donde podría adquirir lo que buscaba. A continuación, compró ropa elegante con la que se cambió en la habitación de un hotel, en la que se alojó por una sola noche y haciendo acopio de su valor y sus reservas de autoestima, se encaminó al día siguiente hacia la mansión de los Legan, después de tomarse una jornada de relajo para mentalizarse y prepararse para las probablemente, adversas reacciones que podría causar en el ánimo de su hijo. Recordó la severa y perentoria advertencia de la señora Pony:
"Por favor, cuando se presente ante ellos, hágalo con mucho tacto, sobre todo por ella, por nuestra querida niña…nuestra Candy…y también con sus hijos, por favor".
Entonces evocó el rostro de la muchacha en el retrato sobre la chimenea del hogar de Pony, aquella cautivadora sonrisa, sus deslumbrantes ojos verdes, sus cabellos rubios y ensortijados.
"¿ Dónde la conocería y como ? ¿ en qué circunstancias ?" –se preguntó. Le habría gustado averiguar más acerca de la hermosa muchacha y de cuanto le había acontecido a Mark en aquella lejana época, pero era más que evidente que la señora Pony no iba a soltar prenda. Tendría que averiguarlo por sí mismo, tan pronto como traspasara el dintel de la mansión. Salió a la calle y llamó a un taxi. Un pequeño automóvil de carrocería cerrada y pintado de amarillo chillón se detuvo a su altura, con el motor ronroneando suavemente como si se tratara de un gigantesco gato, al tiempo que el taxista de cara rubicunda y ancha, con una gruesa nariz roja y unos labios exageradamente grandes le hacía un gesto displicente de que abordara su vehículo. Llevaba un sombrero ladeado con una pequeña pluma en el costado izquierdo, como si fuera un tirolés, aunque a juzgar por su acento,parecía irlandés o tal vez de ascendencia galesa. El hombre le sonrió, cuando el médico se acomodó en los mullidos asientos traseros. Bryan le dio las señas que la señora Pony le había facilitado y el hombre asintió diciendo con voz cordial y ligeramente guasona:
-Esto le va a costar una pequeña fortuna amigo. Esa propiedad esta en un paraje algo alejado de aquí.
No era cierto, pero Bryan no tenía ánimo de discutir ni de enzarzarse en peleas dialécticas con el taxista, por sus honorarios, aparte de que no parecía haber ningún otro taxi disponible en las proximidades. Tampoco quedaban prácticamente calesas o coches de punto. La Gran Guerra, como todas las guerras, tenía un aspecto tan curioso como siniestro y era que favorecían enormemente el avance de la tecnología. Era una cuestión de lógica. Necesitabas descubrir nuevas formas de superar a tu adversario, mediante la invención de otras tantas nuevas formas de matar, más rápido y mejor, con armas cada vez más sofisticadas y poderosas. El conflicto que había terminado en Septiembre de 1917, había generado una expansión inusitada de los vehículos de motor, desplazando en mayor medida a los carruajes y los vehículos tirados por caballos. Bryan lanzó un suspiro y aceptó los abusivos términos del taxista. Tenía una cierta cantidad de dinero que la señora Pony le había entregado secretamente, más lo que obtuvo empeñando algunos objetos no comprometedores que pudieran delatar su verdadera procedencia. Por supuesto, le había prometido a su amable anfitriona que le reembolsaría ese dinero tan pronto como le fuera posible. El vehículo se puso en movimiento y entonces reparó en un periódico que estaba semi doblado de forma displicente sobre la tapicería y que tal vez algún despistado cliente hubiera olvidado en el interior del taxi. Lo recogió y leyó distraídamente hasta que un artículo llamó poderosamente su atención. Se trataba de una breve reseña acerca de los costes en vidas humanas y materiales que la recién terminada guerra había supuesto para Estados Unidos y sus aliados. Ojeó las largas y monótonas listas de cifras, datos, costes y fechas de las principales batallas, cuando se fijó en la que reseñaba el final de la guerra: 11 de Septiembre de 1917.
Estuvo a punto de dar un bote tan gigantesco que su cabeza se habría incrustado en el techo del pequeño vehículo, pero se contuvo y notó como un sudor frío le recorría el cuerpo.
"No, no puede ser…-se dijo mentalmente, mientras el taxista le observaba de hito en hito a través del espejo retrovisor interior- "la fecha de fin de la Primera Guerra Mundial debería haber sido el 11 de Noviembre de 1918, a las 11 de la mañana."
Tuvo la insoslayable y fuerte corazonada de que su hijo Mark, había tenido que ver y no poco precisamente, en aquella cuestión.
Se mesó el mentón para tranquilizarse con movimientos mecánicos y espasmódicos, y apoyó su frente en el vidrio de la ventanilla, mientras el trajín de la vida ciudadana se desenvolvía a su alrededor. Por un acto puramente reflejo, intentó acariciarse las largas greñas de su inexistente e hirsuta barba, que por un razón también inexplicable le había crecido durante su particular viaje en el tiempo, como si todos aquellos años en los que se desplazó hacia atrás hubieran acelerado el crecimiento de su vello facial. Afortunadamente, solo se quedó ahí y no afectó a su edad y sobre todo su cordura.
48
Cuando Bryan Anderson se bajó del taxi, justo delante de la cancela de los Legan notó como su corazón se aceleraba vigorosamente, mientras contemplaba la fachada blanca del palacete, en la lejanía, detrás de las imponentes verjas de hierro pintadas de negro. Pagó el importe que el taxista le demandó y tras extraer su exiguo equipaje del maletero del coche, este partió dejando unas volutas de humo blanquecinas procedentes del tubo de escape, cuando el vehículo enfiló la carretera de vuelta a la pequeña ciudad. Bryan se aproximó y tocó el timbre situado junto a las grandes puertas de hierro. Le llamó ligeramente la atención un escudo de armas encabezado por un águila en la que destacaba una refulgente inicial, concretamente la A, y del que pendía una especie de campanilla. El escudo estaba inscrito en una placa de plata atornillada en el poste de hormigón, al que iban fijadas las bisagras del batiente izquierdo de la cancela, mientras que a la derecha de su compañero, había un timbre cuyo pulsador era de un llamativo color rojo. Bajo la placa con el escudo, que también se reproducía en la recargada decoración de las puertas de la cancela, había otra placa con una inscripción que rezaba:
"Ernest y Helen, señores de Legan".
-Aquí es, no hay duda –musitó Bryan mientras alzaba la mano y dejaba caer su dedo índice derecho sobre el pulsador, procurando que su presión sobre el mismo no ocasionara un desagradable timbrazo, que le indispusiera de origen con los padres adoptivos de Candy.
Al cabo de unos escasos minutos, apareció un muchacho de corta estatura ataviado con una librea de mayordomo. Era pelirrojo, con grandes ojos verdes y cabellos pelirrojos que le caían en mechones rebeldes sobre la frente de su rostro, que a Bryan le recordó inmediatamente al de un muñeco a ratos, y a veces a un niño, pero decidió guardarse sus pareceres y opiniones para sí, porque solo deseaba causar buena impresión entre los señores Legan, suponiendo optimistamente que se dignaran a recibirle.
Carlos le preguntó que deseaba y Bryan aclarándose la voz respondió:
-Soy un conocido de los señores Anderson –dijo un poco azorado ante la suspicaz mirada del mayordomo de corta estatura. Por un momento estuvo tentado de emplear la palabra "amigo" en lugar de "conocido", pero algo le advirtió de que no lo hiciera.
Carlos le contempló con recelo, no exento de cierta desconfianza, pero como su obligación como mayordomo era avisar a sus señores, no tuvo otra alternativa, que cumplir con su papel, mientras caminaba lentamente hacia la mansión para trasmitir el recado a sus señores. Mientras tanto, afuera, Bryan caminó nerviosamente en círculos, con el corazón en un puño rogando porque le recibieran permitiéndole traspasar el umbral de la propiedad.
49
Habíamos retornado hacía unas pocas horas, antes de la llegada del misterioso visitante, que con tanto afán intentaba entrevistarse con Mark, y al parecer también con Candy. Resuelto el incidente del león, y tras la imprevista y apabullante tormenta de sentimientos que había protagonizado en compañía de Candy, la mansión de Chicago quedó bajo el cuidado del guardes y el servicio doméstico que se había reincorporado de pleno a su trabajo. Gracias a mi insistencia y sobre todo, a la de Candy, nadie fue despedido, aunque Haltoran era de la opinión de que los responsables de que casi se nos merendara un león, a mí y a Candy deberían ser inmediatamente despedidos, pero la muchacha, recordó el desagradable incidente con Dorothy, cuando llegara por vez primera a la mansión Legan, tras el imprevisto chapuzón que Neal le diera, al arrojarle el contenido de una jarra de agua sobre su que con el tiempo, y valga la redundancia, se convertiría en la esposa de Carlos, estuvo a punto de perder su empleo a consecuencia de la lógica y justa reacción de defensa de Candy, que no se dejaba avasallar tan fácilmente. Naturalmente, la muchacha ahora convertida en una de las mujeres más ricas de Norteamérica, no permitió que volviera a ocurrir lo mismo y los sirvientes respiraron aliviados, abrumándola con sus muestras de afecto y reconocimiento por haber garantizado sus empleos. A raiz de aquello, recuerdos de su juventud regresaron con fuerza a su mente y se preguntó si habría echado a Neal abajo cuando le ató la mano derecha, con su lazo empleando una certera puntería y se respondió así misma que no. No tenía el corazón tan duro como sus hermanos adoptivos por aquel entonces, como para cometer una barbaridad semejante. Luego Eliza fue en busca de Helen y la amenazaron con expulsar a Dorothy si no se arrodillaba pidiendo perdón, acusada injustamente de algo que no había cometido. Y naturalmente, tuvo que hacerlo. Ahora era ella, la que estaba sentada en ese mismo salón de divanes y canapés de color azul, con la gran escalinata doble que llevaba a los pisos superiores, departiendo con sus padres adoptivos, mientras Mark jugaba y bromeaba con Maikel, y Candy sostenía amorosamente en su regazo a Marianne que no paraba de reclamar su atención y sus mimos. En ese momento entró Carlos, anunciando la visita del desconocido. Mark enarcó las cejas y miró a Candy que estaba narrando a Helen el apuro que ella y yo habíamos pasado con lo del león, omitiendo claro está lo que aconteció entre nosotros dos, poco después. Ernest dio el visto bueno para que el caballero entrara y por parte de Candy y el resto de los presentes, no hubo el menor inconveniente. Yo estaba de pie, en un rincón del gran salón revisando mi portátil, que Stear me había devuelto finalmente, mientras Clean daba vueltas en torno mío demandando mis atenciones y caricias. Mark autorizó a Carlos a que hiciera entrar al caballero. Mientras el mayordomo se retiraba Mark dijo:
-Debe ser algún empleado de los Andrew o tal vez alguien que tiene que entregarme un mensaje, ¿ pero de quien ?
Candy dejó a su hija Marianne en brazos de su madre adoptiva y fue a reunirse con Mark que se puso de pie y ofreció galantemente el brazo a su esposa. La muchacha se ciñó del codo derecho de Mark y respondió:
-No le des más vueltas querido. Puede ser cualquiera, incluso algún rico potentado que viene a proponerte algún fastuoso negocio. Recuerda que te has convertido en un hombre muy rico e influyente –declaró, mientras le guiñaba un ojo y sonreía con picardía, mientras posaba sus manos entrelazadas sobre su hombro izquierdo.
Helen torció el gesto con desagrado ante la espontánea observación de Candy y Ernest sonrió jovialmente mientras daba una larga calada a su pipa.
50
Bryan observó como el pequeño mayordomo caminaba velozmente hacia él, mientras una bella muchacha con un uniforme almidonado y de color blanco de sirvienta, le abrazaba por un número indeterminado de ocasiones, mientras un tropel de cuatro chiquillos, dos niños y dos niñas que guardaban un tremendo parecido con sus padres, les rodeaban, celebrando jubilosos el profundo amor que ambos se profesaban, desde que se casaran hacía ya tanto tiempo. Carlos llegó a duras penas hasta la cancela, entorpecido por los abrazos y los fuertes y apasionados besos de su esposa Dorothy y las continuas intromisiones de sus hijos, en forma de muestras de afecto, que no dejaban de tironearle de los pantalones negros, impecablemente planchados, y el chaleco a franjas negras y amarillas.
-El señor tenga la bondad de seguirme y…disculpe la efusividad de mi familia –dijo algo azorado mientras Dorothy le estampaba el enésimo beso en las mejillas, la frente y los labios.
-Oh, no tiene importancia –dijo jovialmente Bryan, preguntándose si reinaría la misma afabilidad cuando estuviera ante su hijo y su familia.
Carlos le franqueó la entrada, mientras Dorothy finalmente, se llevaba a sus hijos para que no entorpecieran el trabajo de su padre y Bryan le siguió silencioso por una larga avenida jalonada de estatuas. Se fijó en dos querubines alados que franqueaban la entrada principal bajo un hermoso frontispicio y que tocaban sus trompetas con especial celo y dedicación. Bryan atravesó la gran entrada principal precedido de Carlos que había recobrado su compostura después de que su familia le abordara todo el tiempo. El padre de Mark paso justo por debajo el balcón donde Candy tuviera aquel desagradable y doloroso primer contacto con la dura realidad, que fue como un jarro de agua fría, nunca mejor dicho, para ella.
51
Cuando Bryan traspaso el zaguán tras ser anunciado por el mayordomo, una vez que las grandes puertas batientes de la mansión se abrieran para franquearles el paso, lo primero que sus sorprendidos ojos descubrieron, fue la faz de la bellísima muchacha cuyo retrato le mostrase la señora Pony en el hospicio.
Candy le observó sorprendida y se llevó una mano a los labios abriendo desmesuradamente los ojos. Había reconocido en aquel caballero, al soldado de rasgos prominentes y ojos oscuros que mostraba la fotografía que tan displicentemente sostuviera su marido entre los dedos, el día en que se había quedado dormido en plena tarea de revisión de los asuntos y negocios de los Andrew, que Albert con su ingreso en prisión, dejó pendientes y por zanjar. Era el mismo rostro que aparecía en aquel recorte de prensa que Mark, tenía en la mano. Ambos pensaron al unísono al reconocerse mutuamente, tras haber contemplado la efigie del otro, en su respectivo retrato:
"No. Es ella." –pensó Bryan –" y esos niños, deben de ser mis nietos" – añadió en silencio, estudiando a Marianne y a Maikel, que le contemplaban ligeramente sorprendidos, e incómodos por su presencia.
"El…el padre de Mark" –se dijo Candy a punto de gritar.
Bryan se fijó también en mí y por el rabillo del ojo creyó intuir la bamboleante mole de una especie de robot o autómata que se acercaba al grupo portando un servicio de té, entre sus grandes y descomunales manazas robóticas, con la misma delicadeza que el más atildado y eficiente de los camareros o sirvientes.
52
De nada servía gritar, reprochar o llorar. Mark no daba crédito a lo que sus atónitos ojos estaban contemplando. Permaneció mudo, indeciso sin saber que hacer, si romper a llorar o a reír y Candy consciente de la tormenta interior por la que su marido estaba atravesando en esos momentos, se irguió y le abrazó con fuerza mientras le musitaba a Mark en el oído:
-Valor, amor mío, valor, no te dejes llevar por tus emociones. Yo estoy a tu lado y no voy a dejar de secundarte, mi vida. Siempre estaré a tu lado, siempre, para lo bueno y para lo malo.
Lo dijo en un tono tan apagado que no nos fue posible entender lo que le había referido a Mark. A todo esto, los Legan y yo contemplábamos atónitos la extraña y evocadora escena, porque no entendíamos nada de nada, pero intuíamos que algo muy importante y decisivo estaba a punto de suceder. En esos momentos, los hijos de Mark y de Candy se irguieron y caminaron al encuentro de sus padres. Marianne tomó la mano de Candy con fuerza, y Maikel aferró la de su padre, como tratando de infundirles ánimos.
-Mark, me alegro de verte sano y salvo –repuso Bryan con una amplia sonrisa, que esbozó en su atractivo rostro de mandíbula cuadrada y facciones decididas.
Mark miró a Candy. Su esposa clavó sus deslumbrantes pupilas verdes en las suyas y volvió a decirle en un tono muy bajo, como un suspiro:
-No vaciles amor mío, recuerda que me tienes a tu lado. Y por favor, no seas muy duro con él.
Mark se sorprendió visiblemente pero no dijo nada. Por alguna razón que la propia Candy le revelaría no mucho tiempo después, ella conocía a Bryan Anderson Langeron, o por lo menos, el rostro de su padre.
Mark no sabiendo si estaba viviendo una alucinación o un sueño, de seguro que habría perdido allí mismo, delante de su familia y sus suegros políticos la compostura de no ser porque él mismo había protagonizado una situación tan inaudita como increíble. Quizás el portentoso viaje en el tiempo que tanto había alterado su vida e impreso un giro de trescientos sesenta grados, cual brusco golpe de timón en la de los Andrew, y la propia Candy, le ayudó a sobrellevarlo y a dominarse, aunque a duras penas. Por otro lado, si aquello no era un engaño de sus sentidos, sentía una enorme curiosidad por saber como su presunto padre había llegado hasta allí. Antes de aceptar la realidad como tal, se dirigió sorpresivamente al hombre que tenía ante sí y que guardaba un notable parecido físico con él, temiendo que pudiera ser un taimado impostor, en cuyo caso su disfraz era excelente y la información de que disponía acerca suyo, también. En caso de aquello fuera un terrible engaño, aunque no tenía idea de porque el presunto impostor, estaba haciendo aquello, no le resultaría difícil descubrir el porqué de sus razones, si la ira le impulsaba a arrancarle la información que necesitaba de grado o por la fuerza.
-Necesito una prueba de su identidad, señor –repuso fríamente, ante el temor de Candy, de que desatara el lado más salvaje y oscuro de su ser, por no haber sabido de su propio padre durante tantos años. Pero tal y como Candy, había supuesto acertadamente, no tenía motivos de reproche, sobre todo teniendo en cuenta la particular y dramática situación, en que el propio Mark, había llegado hasta ella.
El perplejo Bryan se apercibió de que su hijo le estaba reclamando que le procurase algún indicio de su paternidad, que aun no había manifestado. Entonces extrajo del maletín hermético que había comprado en la cercana ciudad, un uniforme militar de camuflaje, que desdobló cuidadosamente, y en cuya manga derecha destacaba un escudo amarillo atravesado por una franja diagonal negra en sentido descendente. A la derecha de la franja se podía adivinar el perfil de la cabeza de un caballo de color negro y bajo el escudo se leía la siguiente leyenda:
"1º División de Caballería Aérea".
Entonces tragó saliva, se aclaró la garganta y realizó un esfuerzo por hablar, cosa que le estaba costando lo indecible. Ernest y Helen estaban cada vez más inquietos ante la extraña e irreal escena que iba tomando tintes más dramáticos, al tiempo que teatrales. Candy apretó con rotundidad y firmeza la mano de su esposo y sus hijos. Maikel y Marianne unidos por una sorprendente afinidad a sus padres hicieron lo mismo, intuyendo que estaban a punto de atravesar un momento crucial y decisivo en sus vidas. Yo observaba sin moverme, petrificado a medio camino entre la fascinación y la curiosidad. Los ojos del caballero se desviaron un instante atraídos por el logo en forma de manzana mordisqueada, en relieve que se podía adivinar en la tapa de mi portátil que sostenía bajo el brazo izquierdo. Entonces Mark, confortado por el tácito y silente apoyo que su esposa y sus hijos le transmitían suspiró y postergando por el momento, de su ánimo el rencor, la ira o las dudas, dijo venciendo sus últimas reticencias para confesarnos una verdad tan desconcertante como abrumadora:
-Ernest, Helen –dijo refiriéndose a sus suegros políticos.
Calló y luego me miró a mí y me habló con deferencia, ante el estupor de Bryan:
-Querido maestro.
Finalmente contempló a su esposa y a sus hijos y añadió:
-Amor mío, mis pequeños, Marianne, Maikel.
Hizo otra corta pausa y continuó:
-Os presento a mi padre, Bryan Anderson Langeron.
Un pesado y ominoso silencio cayó a plomo como una losa sobre nuestro ánimo. La imprevista confesión nos había cogido totalmente por sorpresa. Helen y Ernest, lo encajaron con cierta enjudia, dado que no era la primera sorpresa que recibían de tal índole y calibre, desde que Mark irrumpiera en sus existencias. Más sorprendente e inaudito me pareció a mí, el hecho de que la orgullosa y altiva mujer, suplicara el perdón de Candy, por sus maltratos y vejaciones, y otro tanto de lo mismo ocurriera con sus dos hijos, Neal y Eliza. Cuando lo presencié no daba crédito a mis asombrados ojos. Y aparte de ellos, el único que no pareció alterarse en absoluto, permaneciendo tan incólume como siempre, fue el imperturbable Mermadon que se acercó a Bryan y le preguntó mientras le ofrecía una taza de té de la charola metálica que sostenía entre sus gruesos dedos de acero y kevlar, dirigiéndose a él, tan pronto como dispuso de la información necesaria y precisa acerca de su identidad y que guardó en sus sofisticados bancos de memoria:
-¿ Le apetece un poco de té señor Anderson ?
FIN DE LA SEXTA PARTE
EPILOGOS
LA SIRGE Y LOS ENAMORADOS
1
La sirge surgida de lo alto se materializó sobre el confundido y ansioso muchacho, que trataba de defender a su amada de las acometidas de la cuidadora. Cuando estaba al borde de sus maltrechas fuerzas, pese a la ayuda que Curio, Francisco y los demás le estaban dispensando, tratando de evitar que las grandes y sinuosas raíces de Escalus, erizadas de espinas, le lacerasen la carne o se la desgarraran cruelmente de forma horrible, una armadura que desprendía un brillo aúreo rasgó la oscuridad de la noche y situándose sobre la vertical del Palacio del Gran Duque, emitió una resonancia como un tintineo que fue en gradual aumento, llegando claramente audible a los oídos de los cansados y exánimes protagonistas de aquel drama. Julieta levantó levemente la cabeza, mientras las grandes alas membranosas que salían de su espalda le producían una sensación de sordo e indefinible dolor y justo entonces la vio. La sirge emitió un fulgor que irradió una claridad semejante a la luz del sol, que se filtraba por entre las grietas de la gran bóveda subterránea que estaba justo bajo palacio. La armadura descendió entonces a una velocidad indescriptible atravesando varias plantas del palacio ducal y el techo de los subterráneos donde Escalus tenía su morada, situándose sobre Romeo, el cual, distinguió algo más, suspendido de la armadura que iba a remolque de la estela luminosa que esta dejaba a su paso. Entonces la sirge, que tenía la forma de un águila metálica de bruñidas y airosas formas, soltó una espada cuyos gavilanes estaban ricamente decorados y mostraban un escudo de armas correspondiente a los Capuleto. El arma se desprendió de la sirge y fue a parar directamente a la mano de Romeo que la alzó, como intuyendo lo que debía de hacer. La sirge se separó entonces en piezas que descendieron sobre el joven Montesco posándose sobre su armadura, cuyos componentes fueron aplastados bajo el peso de su competidora y reducidos a polvo, aunque sin producir ni el más leve rasguño a su nuevo portador. Un par de alas se extendieron lentamente una vez que la sirge cubrió el cuerpo de Romeo desde su espalda, al tiempo que una suave luz dorada empezaba a desprenderse, de las piezas metálicas de la sirge.
La Cuidadora no pareció temerosa ni preocupada, hasta que Escalus, rechazó a la muchacha que fue expelida hacia delante y sujetada por Romeo que dando un gran salto, la tomó entre sus brazos evitando que se estrellara. Cuando su enemiga intentó atacarle, una pared invisible, una especie de escudo refulgente evitó que pudiera siquiera acercarse a la pareja. Romeo besó a Julieta apasionadamente, y esta le correspondió. Mark aun estaba presente en sus pensamientos, pero ahora era ya un lejano aunque dulce recuerdo. Romeo confió a su amada a la protección de Conrad, Curio y Francisco y se enfrentó a Ophelia. La mujer intentó herirle, pero Romeo rechazó su ataque con la facilidad, con la que se quiebra un delgado y cimbreante tallo. La descarga multiplicada por varios veces su potencial alcanzó a la cuidadora arrancándole parte de su piel morada, dejando entrever lo que se asemejaba más a la corteza seca y rugosa de un árbol que a tejidos y vísceras humanas. Romeo la contempló con un creciente odio que titilaba en sus ojos verdes. El yelmo con forma de águila se había asentado perfectamente sobre sus sienes, como si estuviera especialmente diseñado, al igual que el resto de la sirge, para él. Entonces comenzó el verdadero combate.
2
Unos minutos después Ophelia yacía en el suelo sin vida, con una expresión de contrariedad y sorpresa en sus pupilas vidriosas, como preguntándose como había podido perder frente a alguien tan insignificante en apariencia como Romeo. El joven, comprobó que Julieta se encontraba bien, sana y salva y se dirigió, acto seguido, hacia el moribundo Escalus, que aun mantenía un débil y ya casi extinto hilo de vida, próximo a agotarse como la luz de una vela carente de aire.
Extendió la mano derecha en torno al tronco y aferró la corteza, casi como si la acariciara, con dedos trémulos y cuidadosos. Se concentró y un halo de luz pasó de su brazo al árbol, que lo recorrió en toda su plena y luenga extensión. Escalus se agitó brevemente, mientras el iridium que Mark le transmitiera cuando le convirtió en guardián de la diosa, insufló nueva savia al gran árbol que con sus raíces, sostenía el peso del mundo. Escalus resurgió poco a poco, pero pronto la chispa de una nueva savia regeneradora corrió por todo su ser, haciendo que en las ramas más altas florecieran nuevas hojas blancas, semejantes a plumas níveas y que los frutos dorados que tanto había codiciado el padre del muchacho, recubierto de pies a cabeza por la sirge, florecieran de nuevo. La caída del mundo se detuvo y los temblores de tierra y los seísmos cesaron por completo. La ciudad de Neo Verona y sus airosos y elegantes edificios que desafiaban a la gravedad, continuaba en pie, herida en lo más recóndito de su ser, pero idemne y dispuesta a resurgir de nuevo. Conrad se arrodilló ante Romeo, al igual que Curio y Francisco y todos sus partidarios y empezaron a jalearle, mientras Romeo y Julieta, se fundían en un fuerte abrazo, besándose más apasionadamente que antes:
-Salve Romeo, salve Julieta, salve los nuevos gobernantes de Neo Verona, larga vida.
-Larga vida –respondieron a coro, cientos de voces.
Una vez cumplida su misión, la sirge se desprendió de Romeo, y ganando altura, las piezas desperdigadas formaron nuevamente la bella e imponente figura del ave que se detuvo unos instantes sobre sus cabezas. Romeo y Julieta la contemplaron estupefactos, pero el que más, fue el joven, porque ni había notado como la sirge se alejaba de su piel, concentrado como estaba, besando a su amada. Entonces la sirge emitió un fulgor cegador y ganando rápidamente altura, se perdió entre las estrellas con rumbo desconocido, dejando un haz de luz blanca a su paso, terminado ya su cometido.
EL FIN DE UNA LOCA AMBICION
1
El ceñudo doctor Infierno meneó la cabeza con tristeza, mientras sus ojos ribeteados de negro se posaron en el agrietado pavimento de su palacio subterráneo. Por todas partes había caos y desorden, rumor de pasos acelerados y voces nerviosas y asustadas que exhortaban a salvarse o a tratar de alcanzar la relativa seguridad del exterior. Pero no había escapatoria posible. A sus pies, yacía el cuerpo sin vida del último de sus colaboradores más directos: el cuerpo del conde Broken se había desplomado en una posición grotesca, y su cabeza había rodado unos metros más allá yendo a parar contra una columna partida por la mitad. Su monóculo estaba astillado y su expresión se había quedado congelada en una mueca de horror permanente. El doctor Infierno alzó su copa de vino y realizó un brindis a su infortunada mano derecha. Se arrellanó en el trono desde el que había soñado conquistar el mundo y dirigir sus destinos. Todo fue bien, hasta que estalló aquel levantamiento en Europa Central dirigido por un anciano centenario, de indómito carácter y acusado carismas que había conseguido aglutinar en torno suyo, los últimos y desesperanzados combatientes que se refugiaban en las montañas o en cuevas intentando sobrevivir a los ataques sin tregua de las bestias mecánicas, o de los cuerpos de élite del Imperio Negro.
-Ivés…ese médico… –musitó el científico con desdén, mientras una llamarada iridiscente, perforaba otro depósito de combustible, que estalló con un fragor ensordecedor.
Y lo peor fue que había descuidado insensatamente la vigilancia del único enemigo que podría haberle causado un inmenso daño, como desgraciadamente para él estaba sucediendo en esos precisos momentos. El asesino que había enviado al pasado para acabar con la vida del joven, no solo no lo había conseguido, si no que le había convertido en un rival más temible y poderoso de lo que era ya de por sí. Poco después de la victoriosa ofensiva aliada de Septiembre de 1917 en Cambrai, sin decir nada a nadie, y dispuesto a zanjar definitivamente aquella espada de Damocles que pendía sobre él y su felicidad, y más que nada por Candy, el joven, convertido en un arma con forma humana, se materializó en el año 2010, una vez que el asesino le entregó toda la información precisa y necesaria a cambio de una promesa de protección y una nueva vida bajo identidad falsa. Lo que más había temido e inquietado al científico de largos cabellos, pobladas barbas grises y ropones negros,cuya maldad era pareja a su excepcional inteligencia, se había producido. Mark atacó con saña la base, no perdonando a nadie, actuando exactamente igual que cuando protegió a Candy de aquellos treinta canallas encabezados por su sanguinario jefe, al que humilló primero en la velada de una esplendorosa fiesta a la que asistió Candy, invitada por Anthony y los hermanos Corwnell. Aunque reventase ese día, aunque consumiera todo el iridium y por ende, su vida, por lo menos conjuraría esa amenaza contra la seguridad de su esposa y de su familia.
El doctor Infierno apuró su copa. Otro temblor, otra grieta más, nuevos cascotes desprediéndose del techo, una araña de cristal que se vino abajo y, que ya no proyectaría más su luz, sobre sus maquiavélicos planes.
-Ese maldito Ashura –se lamentó- debería haber sido más duro con él. Seguro que me traicionó y les reveló todos mis planes.
Pero su larga mano ya no podía castigarle, quizás en otras circunstancias más favorables, en otro momento más propicio, pero ahora no. Contempló unos grilletes oscuros, que habían sido forzados y completamente desencajados a golpes, para liberar a alguien. Nunca sabría porqué lo hizo, y tampoco le quedaba mucho tiempo para seguir preguntándoselo, pero poco antes del amargo final, ordenó que pusieran en libertad a su eterno enemigo y rival, Koji Kabuto, junto con la muchacha que lo amaba profundamente, Sayaka Yumi y con la que pronto concebiría un hijo, desposándose con él, en un mundo en ruinas pero en paz, dispuesto a recobrarse de las heridas que las largas y titánicas luchas, habían dejado en su torturada faz.
Cuando Koji buscó la mirada del anciano, este apartó la vista, negándose a responder a sus preguntas:
-Iros, marcharos ya –replicó reclinando su frente en su mano izquierda e indicándole con un ademan de la otra que se fueran, mientras algunas lágrimas furtivas escapaban de las comisuras de sus ojos –idos antes de que sea demasiado tarde.
Y así lo hicieron. Nunca sabrían porqué, pero quizás todo se debiese a la misma razón por la que había respetado sus vidas, aunque limitando sus movimientos. Quizás porque aun en el oscuro y retorcido corazón del señor del Imperio Negro, todavía ardía un rescoldo de honor y admiración hacia quien había resistido tan valiente y decididamente sus ataques.
El doctor Infierno cerró los ojos y asintió. En ese momento un gran explosión hizo que la bóveda de la nave se derrumbara sobre él, empujada por los restos destrozados y reducidos a amasijos ardientes de la misma bestia mecánica que había arrasado en mejores tiempos para su causa, el Santuario. El robot con forma de toro se precipitó con un escalofriante silbido sobre la cúpula de la residencia del doctor Infierno, horadándola primero con su cuerno giratorio. Mark había hecho explosionar las entrañas robóticas de su enemigo, al atravesarlo de parte a parte. Tauros F-5, mortalmente herido, se precipitó desde gran altura, sobre el palacio del doctor Infierno, destrozando la bóveda acristalada y haciendo que la imponente estructura se viniera abajo sobre él. La copa de cristal que aun reposaba en su mano cayó al suelo y se hizo añicos, mientras toneladas de piedra, hormigón y vigas caían con un rugido sobrecogedor sobre su cuerpo. La mano del anciano científico, ya sin vida, sobresalió de entre los cascotes, como tratando de conseguir y reclamar una gloria, que ya no estaría jamás al alcance de la misma, cuyos dedos crispados, dejaron de moverse agitadamente, sobre el asolado pavimento de granito. Mark sobrevoló el lugar, que había convertido en una gigantesca sepultura, y asintió con un brillo de siniestra satisfacción en sus oscuras pupilas, poniendo rumbo a principios del siglo XX, nuevamente. Afortunadamente, los niveles de peligrosidad del iridium, que una vez alcanzados, podrían provocar accidentalmente una nueva Tunguska o envenenar su sangre con dramáticas consecuencias para él, no fueron rebasados, lo cual también fue facilitado grandemente y en no poca medida, porque la sirge se materializó justo a tiempo para recubrir su cuerpo e infundirle el poder del que tan necesitado estaba, para completar su obra de destrucción. Cuando esta hubo concluido, Mark y la sirge se separaron con destino distintos y diametralmente opuestos.
EL NACIMIENTO DE UN NUEVO AMOR
1
Oliveros y Cinthia descubrieron que tenía mucho más en común de lo que aparentemente suponían. Se habían enamorado en aquellas difíciles y excepcionales circunstancias, y su primer beso había surgido entre ambos, poco antes de que Luke junto con Gray confirmara definitivamente que la paz había llegado finalmente a Esperanza, una vez, que las hordas invasoras hubieran sido rechazadas y finalmente derrotadas en un ataque casi suicida a su base central, una gigantesca nave nodriza, desde la que un cerebro dominaba con su prodigiosa inteligencia, su plan maestro para hacerse con el control del planeta. Cuando la inteligencia enemiga, fue vencida finalmente, todo se desplomó como un castillo de naipes y la Tierra pudo celebrar también su liberación con grandes fastos. Finalmente, los cuatro consiguieron que una pequeña y ágil astronave de rescate se posara discretamente en la superficie de Nevus, sacándoles de allí. El CT-8 fue alojado en las bodegas de carga de la astronave y todos se disponían a partir, cuando Rand negó con la cabeza porque había prometido cumplir una promesa realizada tiempo atrás. Luke pensó en dejarle inconsciente y llevárselo por la fuerza, pero no sería fácil por varios motivos:
Primero, la destreza en el combate cuerpo a cuerpo de Rand. Luke era un auténtico maestro, experto en todo tipo de estilos de lucha y armas, pero no podía medir su habilidad con la de su amigo, que, seguramente, terminaría venciéndole.
Segundo, aun consiguiendo llevárselo por la fuerza, prácticamente secuestrado, no se lo perdonaría nunca. Perdería su amistad y tal vez con toda probabilidad ganaría un peligroso enemigo.
Tercero, la principal motivación era de la misma índole que había vinculado finalmente a Cinthia y a Oliveros. Por eso se despidieron de él resignados y entristecidos, después de unos breves pero efusivos abrazos y apretones de manos, enfatizados por firmes y rotundas promesas de retorno y reencuentro. Cuando la astronave se elevó del suelo, emitiendo varios chorros de fuego procedente de sus motores y levantando una densa polvareda, Rand estaba tan concentrado en observar como sus amigos partían de nuevo hacia su hogar, y entristecido por no haberles acompañado, que no reparó en una figura femenina que envuelta en etéreos y vaporosos ropajes de seda le estaba observando, con un pequeño holocímetro entre sus finos dedos. La diminuta pantalla proyectaba la imagen de un mundo azul y verde que rotaba lentamente en torno a su eje, tachonado de nubes y salpicado de océanos profundamente azules. Rand se giró lentamente cuando una voz suave y cristalina susurró su nombre. Se volvió sorprendido y se encaró con el par de ojos más azules que jamás hubiera visto nunca, aunque de hecho, ya conocía a la joven a la que estos pertenecían.
-Hermione –musitó él, sonriendo, mientras la chica abría sus brazos y avanzaba corriendo hacia él, tras guardar el delicado presente de Rand entre los pliegues de su vestido, en un pequeño bolsillo que se abría en el costado derecho del mismo.
Rand volvió a repetir el nombre de la chica con más fuerza, gritándolo a pleno pulmón por tercera vez, mientras ella reía emocionada contagiando su risa al joven. Se fundieron en un fuerte abrazo, besándose apasionadamente, mientras los cabellos rubios de Hermione dispuestos en un complicado tocado formado por varios tirabuzones se estremeció cuando ambos jóvenes unieron sus labios, dedicándose mutuamente ardientes palabras de amor.
-El maestro de ese Mark…un hombre grueso pero muy simpático y amable, me reveló tu paradero, poco antes, de que retornara junto al hombre pelirrojo, a su mundo. Me advirtió que me diera prisa, porque quizás tú también habrías partido en dirección hacia el tuyo, con tus amigos.
-Pero ya ves que no, mi querida Hermione, -dijo volteándola por el aire, mientras la muchacha lanzaba un leve grito de sorpresa- me he quedado, porque te amé, te amé desde el primer día que contemplé tu rostro, en aquel claustro, rodeado de hermosas flores que aun así no podían ni imitar, y mucho menos, rivalizar con tu belleza.
-Te quiero Rand, te quiero –suspiró ella reclinando su cabeza en el pecho del joven y rodeándole con sus brazos,- quiero que estemos juntos para siempre.
-Para siempre amor mío –susurró él acariciando sus cabellos rubios y deshaciendo las ataduras del complicado tocado de sus cabellos, liberando una cascada de rizos aureos, que se movió inquieta sobre sus hombros, bajando por la espalda de la muchacha en largas y onduladas hebras doradas.
-Quizás sea muy tópico, -observó el antiguo soldado- pero este cuento de hadas hecho realidad, lo culminaremos con muchos hijos y una felicidad total.
-Hijos, felicidad, tú y yo unidos, para siempre –recitó la muchacha poéticamente y entornando los ojos –que bien suenan esas palabras en tus labios, Rand, mi amor –replicó con una sonrisa y repasando el contorno de los labios de Rand con la yemas de sus dedos índice y anular derechos.
LA LLEGADA DE LA PAZ, HONRA A UN COMPAÑERO Y AMIGO CAIDO
1
Saori había permanecido refugiada durante todo aquel tiempo, no por cobardía si no para lograr reconstruir una nueva orden de caballería que pudiera enfrentarse con garantías de éxito al despiadado y mortal enemigo que había asolado el Santuario y por ende el resto del planeta, en aras de una loca y malvada ambición que había terminado abruptamente. Sin embargo, aunque los nuevos caballeros ya estaban completando su entrenamiento y se disponían a lanzar la ofensiva final contra el Imperio Negro, ya no fue necesario. Tal y como suponía, la astuta e inteligente Saori, Mark terminaría tarde o temprano, por aplastar la megalomanía del Doctor Infierno. Tuvo que sacrificar prácticamente, el Santuario y a todos sus caballeros, para que el doctor Infierno se confiara y decidiera acabar con la última amenaza real a su poder, el propio Mark. La sirge realmente lo único que hizo fue acentuar el sentimiento de peligro que Mark representaba para el doctor Infierno, y despertó en el joven el poder necesario para enfrentarse en igualdad de condiciones al científico y sus lugartenientes. Al provocar a Mark y desatar su ira, se alcanzó el objetivo que tan denodadamente Saori, había perseguido, que este se convirtiera en un enemigo aun más temible y letal y que terminara con los planes y auspicios del brillante pero enloquecido científico.
La muchacha retornó a lo que quedaba del Santuario, una vez que los últimos máscaras y cruces de hierro se rindieron a las tropas del FLM y a sus caballeros. Por delante quedaba una ingente labor de reconstrucción y renacimiento. Los jóvenes que tan denodadamente habían luchado por ella, en aquella lucha fraticida que asoló el Santuario, que hoyaron las heladas llanuras de Asghard batidas por un viento gélido y helado para derrotar a los guerreros de Odín, que descendieron a las profundidades del reino de Poseidón y al Hades, la acompañaron nuevamente caminando en silencio y con gesto sombrío, por las destrozadas y derruidas edificaciones, de cuanto quedaba del Santuario. Entonces se fijaron en una mujer de cabellos verdes que llevaba una máscara que ocultaba su rostro y un ceñido traje que resaltaba sus formas femeninas. La joven retiró la máscara de sus facciones y de sus hermosos ojos, pendieron algunas lágrimas. Permanecía de pie, en total mutismo ante una lápida que en caracteres griegos rezaba un nombre: Hyoga.
Saori y su escolta se unieron a la apenada mujer, rodeando en semicírculo la lápida que sobresalía de una pequeña y sencilla sepultura, para guardar un respetuoso silencio por el valeroso y desventurado caballero de Acuario, que perdió la vida, combatiendo contra un leviathan mecánico junto a otro caballero de oro, cuyos restos mortales reposaban en otra sepultura, a no mucha distancia de la suya. Entonces Seiya se destacó de entre sus amigos, y adelantándose, depositó un crucifijo de oro que había pertenecido a la madre de Hyoga sobre la lápida. Todos oraron con los ojos cerrados y en especial recogimiento por la memoria de su compañero de armas y amigo caído en el fragor del combate.
RECUERDOS DESPUES DE LA BATALLA
1
Ivés Bonnot, un ídolo, una leyenda para la inmensa mayoría de la población mundial, sonrió débilmente cuando recibió la noticia de que el doctor Infierno, su máximo y más encarnizado rival, había perecido en un ataque por sorpresa, que fue atribuido al FLM, para no despertar los miedos y recelos de cuantos habían gemido bajo el yugo del Imperio Negro y lo habían combatido encarnizadamente. Pero el anciano conocía la verdad y mesándose sus cabellos encanecidos, con gesto torpe y lento por la edad, musitó con una lucidez extraordinaria, evocando su lejana juventud:
-Candy, te confundí con mi Dafne, pero no me importa. Ni un solo día, desde que me casé con ella, ni un solo día –recalcó- me he arrepentido de nada.
Calló por un momento. Su voz cascada pero aun firme, resonó por las paredes de piedra de su alojamiento, amueblado de forma espartana, en la base de la Resistencia, excavada en la dura roca viva de los Alpes Centroeuropeos por una legión de hombres y mujeres libres que con poco más que sus manos desnudas, y la mera fuerza de su voluntad, erigieron aquella fortaleza en los gélidos parajes, permanentemente cubiertos de nieve y azotados por helados vientos. Desde allí dirigió, pese a su avanzada edad, la resistencia contra el invasor, que hizo que bajara la guardia, descuidando su mayor amenaza, el joven de cabellos negros y ojos oscuros que ocupaba el lugar junto a Candy, que le debería haber correspondido a él.
Pero nuevamente sonrió, fruciendo sus encías desdentadas y repitiendo con énfasis:
-No, no me arrepiento de nada. Ni un solo día. Mi Dafne, mi querida esposa.
Sus hijos estaban fuera, preparando y dirigiendo las celebraciones por el día de la victoria coordinándose con el resto de la comunidad de combatientes y luchadores. El anciano médico, había dispuesto que no le molestaran. Estaba recordando, en el aniversario del fallecimiento de su esposa, que se había producido recientemente. Ivés suspiró y presintió que no estaba muy lejos el día en que se reuniera con su mujer, para siempre.
RETIRO DORADO, ARREPENTIMIENTO Y PAZ
1
El barón Ashura estaba reclinado en un diván bajo las ramas de un frondoso árbol que proyectaba su sombra en derredor, en los límites de la señorial finca que los nuevos señores de Neo Verona le habían concedido.
Contemplaba las nubes en su lento y lánguido discurrir con la seguridad de que ya no volverían los terribles días de incertidumbre durante los cuales, temeroso de la ira de su señor, no podía descartar por completo, que sobre él recayera un castigo ejemplar porque no había logrado culminar su misión con el éxito esperado.
Sonrió levemente. Pese a su terrible apariencia, su carácter se había dulcificado y sus maneras eran más suaves y afables, al igual que los impecables modales de los que solía hacer gala, sobre todo cuando era requerido en la corte ducal. Sus sirvientes, que en un principio, le habían observado recelosos y espantados de su pavorosa apariencia, terminaron por habituarse a su nuevo señor y el barón Ashura aprendió a su vez, a ganarse el respeto de sus subordinados. Un joven criado le trajo una copa rebosante de zumo, que el despreocupado barón tomó con displicencia de la bandeja de plata que el muchacho sostenía entre sus manos, para apurarla de un trago. Ashura observó complacido, que ya no le temblaban produciendo ese característico tintineo que tanto le molestaba e irritaba a partes iguales, producto del cerval pánico, que los primeros días a su servicio, el joven sirviente experimentaba, sin ser capaz de controlarlo, con un mínimo de decoro y dignidad.
Presintió la tragedia de su señor. Había visto una vez a Mark en acción cuando destruyó uno de sus monstruos mecánicos, y se sobrecogió de la decisión y el arrojo que se escondían detrás de sus pupilas tristes y oscuras. Sabía perfectamente, que jamás podrían derrotar a ese joven de excepcionales facultades y que si algún día se convertía en acérrimo enemigo del doctor Infierno, no bastaría todo el potencial del Imperio Negro para pararle. Koji Kabuto fue vencido tras arduos combates y sobre todo por la traición de uno de los miembros del personal del Instituto de Investigaciones Fotoatómicas que les entregó el secreto de la aleación Z y la portentosa energía foto atómica, pero con Mark habría sido necesario arrebatarle su razón de ser, la muchacha de la que estaba profundamente enamorado y que había convertido en su esposa. Pero llegaron demasiado tarde, o quizas…el astuto barón Ashura, intuyendo lo que podía acarrearle despertar la ira de Mark, decidió quedarse en aquel bello y a veces turbulento mundo tardomedieval para disfrutar de los placeres que la vida le ofrecía. Mediante un sencillo acuerdo, había logrado ventajosas condiciones para si y sus hombres, que se habían integrado en la guardia personal de los nuevos duques Romeo y Julieta que regían con mano segura y justa los destinos de Neo Verona.
2
Laertes estaba contemplando la actividad de los monjes que cultivaban la tierra y oraban, agradeciendo los dones y frutos que la exuberante naturaleza les ofrecía. No ambicionaba ni la púrpura ni los fastos, solo ansiaba recobrar la paz perdida y hacer penitencia por sus muchos pecados y desmanes. Se había autoexiliado voluntariamente en el cenobio pese a que Julieta le había perdonado y solo le había exigido como una condición la entrega absoluta del poder, al que renunció con profundo alivio. La losa del mando y el dominio, de la autoridad y la gloria pesaban demasiado sobre sus cansados y gastados hombros, por lo que lo cedió gustosamente tan pronto como se recobrara del potente narcótico que el taimado Ashura le suministró a través de su subordinado Titus y los hechos le enfrentaran a una realidad insoslayable y que no podía seguir negando por más tiempo.
Laertes empuñó su azada entre sus manos, aun fuertes y nervudas y se puso a arar la tierra con dedicación, junto con los demás monjes. Casi le agradecía a aquel ser de dos caras que le hubiera traicionado, poniéndole a disposición de su propio hijo y la muchacha a la que durante tantos años y con desmedido odio y afán había buscado, y ahora que por fin la había encontrado, advirtió que irónicamente las cosas no resultaron como en un principio había previsto.
Una suave brisa meció los pliegues de su sencillo hábito mientras escuchaba complacido y experimentando una profunda paz, el canto de los monjes y los murmullos de sus oraciones elevándose desde el interior del claustro del monasterio.
Había recibido hacía unos pocos días la infausta noticia de que Mercutio, habiendo logrado burlar la vigilancia de los soldados, de los nuevos duques de la ciudad, y perdidos totalmente sus esperanzas y el leif motiv de su vida, se la había quitado arrojándose a una profunda sima, de la cual rescataron su cadáver una semana después con cierta dificultad, debido a la profundidad a la que se hallaron los restos del desdichado e infortunado muchacho y por lo accidentado del terreno.
