Capítulo 6 – Haddaway & Big Mountain, Part 1

Janja era una suricata que, desde su juventud, había tenido la necesidad de sentirse por encima de los demás. Durante su infancia en los barrios bajos de Zootopia, buscaba riña con cualquier animal que lo superara en tamaño, o que creyera superarlo de cualquier forma. Con el tiempo, fue afinando sus habilidades de combate cuerpo a cuerpo, convirtiéndose en un formidable adversario en cualquier pelea a pata limpia.

Pero llegó un momento en que derrotar a los animales no fue suficiente, porque sabía que, en sus mentes, aquellos aún creían que podían superarlo, creían que al día siguiente tendrían otra nueva oportunidad para ponerse por encima de él. Y una vez que esa idea se asentó en la mente de Janja, no hubo marcha atrás. En una sola noche, la suricata mató a golpes a diez animales con sus propias patas en menos de dos horas. Fue atrapado por la policía y sentenciado a cadena perpetua poco después.

Se lo consideraba un psicópata extremadamente peligroso, por lo que se decidió que no debería compartir celda con nadie que quisiera conservar su vida. Por desgracia, por un error en el sistema el día de traslado de otro reo, se le asignó un nuevo compañero de celda: un fornido jabalí llamado Cheezi. Para cuando cayeron en la cuenta de aquel error, ya habían pasado diez minutos durante los cuales ambos prisioneros estuvieron juntos.

Los oficiales se dirigieron a su celda rápidamente, pero lo que encontraron no fue el cadáver del jabalí, sino a la suricata hecha un ovillo en un rincón, anémica y deshidratada, y al jabalí sentado en una de las camas con gesto tranquilo, como si nada hubiera sucedido.

Nunca se supo qué sucedió en esa celda, pero por seguridad se mantuvo echado el ojo en los días siguientes a la suricata en caso de que intentara vengarse del jabalí, pero eso no llegó a suceder.

Durante el tiempo fuera de sus celdas, la suricata seguía al jabalí a todas partes como una sombra, pero el otro no parecía molestarse a causa de ello, sino que lo aceptaba y se lo permitía. Comían en silencio, caminaban en silencio, y al regresar a sus celdas partían en direcciones opuestas sin decir palabra. Algunos creían que el peligroso Janja, por primera vez, había comenzado a sentir respeto por alguien más, pero nunca se supo exactamente por qué.

Dos meses después, Janja y Cheezi desaparecieron de sus celdas en el medio de la noche, sin dejar rastro alguno de su huida. Al día de hoy se los sigue buscando, aunque la policía está comenzando a pensar que ya no los encontrarán, pues para estas alturas ya deberían estar muy lejos de la jurisdicción de Animalia.


Nicholas y Judy estaban sentados en el frágil techo de una vieja tienda hecha enteramente de madera, observando a aquel extraño animal acercándose a lo lejos. La coneja no tenía idea de quien se trataba, mas sí lo sabía el zorro, que ahora apretaba los dientes con fuerza. Si se lo hubiera encontrado mucho antes habría sido otra historia, pero aún no se había recuperado del todo y era incapaz de mantener una pelea con un animal que había vencido a todos y cada uno de sus oponentes en combates a corta distancia.

Su única oportunidad era lograr escapar de aquel espacio y alejarse de aquel tipo tanto como pudieran. Sólo lo lograrían si él se ocupaba de distraerlo por unos minutos mientras la coneja hallaba al Usuario de Haddaway, el Stand que ahora tenía control total sobre el tiempo y espacio de aquel pueblo. Si lo vencían, todo regresaría a la normalidad y la barrera se rompería. Aquella era su única oportunidad.

—¿Es el enemigo? —preguntó Judy al mirarle.

—Sí, lo conozco. Esto es malo... no sé si seremos capaces de vencer a este tipo en nuestra condición —explicó mientras se incorporaba—. Voy a ocuparme de él. Tú encárgate de encontrar al Usuario de Haddaway. Tiene que estar por aquí cerca, en alguna parte... ¿entendido? —preguntó el zorro con un dejo de desesperación en su voz, y Judy asintió con determinación—. Bien... ¡en marcha! —gritó al correr hacia el enemigo.

Aquel mamífero no tardó en correr de la misma manera, y Nicholas bajó al suelo de un salto, esquivando las lanzas de roca que ahora emergían a toda velocidad a su paso. A pesar de la vestimenta que llevaba, el enemigo frente a él no tuvo ningún problema a la hora de correr hacia el zorro, y colocó el brazo frente a él como defensa en el momento exacto en que el puño de Foxy Lady intentó atinar a su rostro, aún frente al riesgo que significaba para su Usuario el detenerse frente a aquellas interminables lanzas de roca.

El poder del impacto destrozó la manga de aquella gabardina, revelando un brazo tan escuálido como las patas del enemigo, cubierto por protecciones circulares de un material metálico, pero no parecían estar atadas sino adheridas al propio brazo, con sus bordes bajo la piel y pelaje del animal. Nicholas continuó moviéndose alrededor de su enemigo, propinando cuantos golpes era capaz con su Foxy Lady, pero aquel maldito brazo bloqueaba a todos y cada uno mientras las lanzas de roca continuaban emergiendo sin descanso a cada paso del zorro.

—Has cambiado, Wilde —dijo con una voz rasposa mientras se defendía—. Por aquella época, cuando te conocí, no te habrías arriesgado así para proteger a una conejita. ¿Qué fue lo que te sucedió?

—Podría preguntarte lo mismo, ¿no lo crees… Janja?

Remarcó el zorro cuando el puño derecho de su Stand atinó al sombrero de ala ancha del enemigo, dejando a la vista la mitad superior de su rostro por sobre su hocico de suricata, mientras la inferior estaba tapada aún por las solapas de su gabardina. Nicholas se alejó rápidamente cuando se dio cuenta de que su energía no tardaría en agotarse, sintiendo el peligro inminente, y subió a otro contenedor para evitar tocar las lanzas de roca.

Necesitaba detenerse al menos un segundo, pues un ataque como ese consumía energía en exceso, y el zorro no sería capaz de mantenerlo por demasiado tiempo si también huía de aquellas lanzas. Se alegró de haberse apartado al instante, pues ahora veía claramente a su enemigo sosteniendo un largo cuchillo con su pata descubierta.

—De la noche a la mañana, mataste a diez animales sin pensarlo dos veces. ¿Por qué lo hiciste? Ninguno de ellos te había dado problemas, y ninguno trató de devolverte el ataque. Entonces, ¿por qué? Y aún peor, ¿por qué ahora trabajas para S.A.V.A.G.E?

—Oh Nicholas... S.A.V.A.G.E me dio lo que ningún otro animal podría haberme dado jamás: la seguridad… de que sería el mamífero más grande de todos —dijo al desprenderse de su gabardina, dejando que el viento se la llevara.

El zorro no pudo evitar abrir el hocico con sorpresa al contemplar a lo que alguna vez había sido un viejo compañero de estafas, muchos años atrás. El cuerpo de aquella suricata exponía unas placas de metal a lo largo de todo su torso, y parte de la carne de su rostro había desaparecido, dejando visibles los dientes del lado izquierdo. Y su mirada… su mirada había cambiado demasiado, tanto que era simplemente irreconocible para él. Vestía un pantalón a cuadros con dos tonos de marrón, uno claro y otro oscuro, con el cierre abierto. El zorro no pudo hacer más que observar con desagrado lo que quedaba de aquella suricata.

—¿En qué te has convertido? —preguntó, negando con la cabeza.

—Me convertí en un ser perfecto —Se relamió la saliva que se derramaba por la abertura que se extendía desde su hocico—. Mi sueño siempre fue estar en la cumbre y ahora, gracias a Big Mountain… lo he logrado. Ya nadie puede vencerme.

—Big Mountain… ¿Es ese el nombre de tu Stand?

—Es el nombre de la habilidad que te dará fin, Wilde. A ti… y a la coneja —Dijo al chasquear los dedos, y varias lanzas de roca comenzaron a emerger, mas no con dirección al zorro, sino hacia donde la coneja había partido.

—Oh no… ¡Judy! —gritó con preocupación al voltearse.


Judy Hopps, en tanto, saltaba y corría sobre los techos del pueblo, buscando cualquier cosa sospechosa, percibiendo cualquier sonido extraño. Necesitaba encontrar a Haddaway con urgencia, vencerlo y deshacer aquella prisión. De otra forma, la vida de Nicholas y la suya propia correrían peligro. Tenía que lograrlo, no había otra manera.

Pensó en qué lugar podría llegar a esconderse el Usuario, y entonces vio la iglesia. Una estructura de dos pisos cuyo campanario permitía una vista completa del pueblo, y una posición estratégica para coordinar un ataque, y desde el cual verían venir al enemigo si este se aproximaba. De ser así, el Usuario la estaría esperando, pero ella iría preparada. Y aún si no encontraba allí al mamífero que buscaba, aquella posición le permitiría una mayor facilidad a la hora de hallarle.

El único problema era que, para llegar hasta la iglesia, tendría que bajar del techo y cruzar cuatrocientos metros de calle a pata desnuda, y ella sabía el peligro que significaba. Aún así, sabiendo que Nicholas ahora estaba manteniendo ocupado al otro extraño que se había acercado, daba por seguro que las lanzas no la seguirían allí de momento.

Aquel pensamiento confiado fue el que la llevó a bajar a la calle a la carrera, y aquel mismo pensamiento desapareció cuando una lanza de roca emergió de golpe al contacto, arrancando una tercera parte de su pata derecha. Judy observó con terror esta escena al tropezar pero, habiendo estado prevenida de que algo como ello podría llegar a ocurrir, aprovechó el tropiezo para rodar y se puso en pie nuevamente, saltando con una sola pata en dirección hacia la iglesia mientras las lanzas de roca continuaban emergiendo tras ella.

No fue difícil pensar que lo que estaba ocasionando estas elevaciones era un Stand que ahora se movía bajo tierra, no siguiendo algún estímulo, sino fijando a un objetivo particular y siguiéndole incansablemente, y aquel extraño la había puesto a ella como blanco de su habilidad especial. ¿Acaso no la necesitaba para enfrentar a Nicholas?

Sin saber la respuesta a aquella pregunta, la coneja empujó la puerta de la iglesia con todas sus fuerzas, sin detener su paso, y procedió a subir por las escaleras laterales que la llevarían a la primera planta. Las lanzas destrozaron el piso de roca hasta los primeros tres escalones, y entonces se detuvieron. Judy se quedó ahí, al final de la escalera, con el corazón a mil por hora, y patas temblando por el miedo. Sacó una zanahoria de su bolso, la partió a la mitad, y empleando a su Stand la presionó contra su pata derecha, soltando un gemido mientras la composición de la verdura cambiaba, y se convertía en parte de su carne, parte de su sangre, cuando oyó un sonoro sollozo.

Aquel lamento sacado de una película de terror, que resonó en cada pared de la estructura, heló la sangre de la coneja hasta niveles que ni siquiera ella creía posibles. Judy volteó para mirar sobre su hombro con la lentitud de quien realmente no quiere conocer el origen de un grito en la oscuridad, pero se forzó a ello, sin encontrar a nadie detrás suyo.

Se incorporó con lentitud y se dispuso a avanzar en el poco suelo que había en el primer piso, donde se dejaban las sillas que no se utilizaban, junto con materiales de limpieza y de refacción. Pasado aquello, había una pequeña barandilla que evitaba una caída hacia la planta baja, donde se extendían varios asientos largos en fila frente a una plataforma que subía cinco escalones, donde un altar se ubicaba frente a una gran cruz colocada en la pared.

Allí, arrodillada frente al altar, se encontraba una enorme figura temblorosa, con sus pezuñas unidas en señal de ruego mientras lloraba a moco tendido. Desde la ubicación de la coneja, lo único que podía notar era que la misma exponía un cuero marrón oscuro, y una larga melena negra en linea vertical. Podía ver partes de su lomo cosidas, como si hubiera intentado cerrar heridas, pero no hubiera sacado el hilo luego de que las mismas cicatrizaran. Su pantalón, hecho de piezas de tela de distintos colores, tenía tirantes que iban a sus hombros, y en sus orejas, como aros, colgaban lo que parecían ser... ¿patas? Un escalofrío recorrió la espalda de Judy. No podía equivocarse; aquel tipo llevaba en cada una de sus orejas tres patas pequeñas a modo de aros, con el hueso aún expuesto en cada una.

—¿Tú crees en Dios, conejita? ¿Crees que perdonaría un alma tan podrida como la mía, por los pecados que ha cometido? —preguntó sin voltearse hacia ella.

"¿Cómo se dio cuenta de que estaba aquí?", pensó Judy al tragar saliva, pero lejos de mantener el silencio, la coneja le habló. Después de todo, aquella criatura que lloraba con tanto sentimiento no podía ser tan mala, ¿no?

—¿Cuáles fueron los pecados que cometiste? —preguntó compasiva.

—He hecho cosas horribles... cosas que no puedo olvidar. Cosas que me atacan en las noches, y no me dejan conciliar el sueño... y todo lo que hice no ha sido suficiente, porque aún debo seguir haciendo todas estas cosas... cosas que no quiero hacer —dijo al tomarse del rostro—. ¿En qué me he convertido? ¡¿Cómo pude permitirme el convertirme... en esto?! —gritó con dolor, sin dejar de sollozar—. ¡No tengo salvación! ¡Ni siquiera el dios misericordioso al que todos alaban podría perdonar las ofensas que he cometido a la vida misma! ¡¿Qué debería hacer?! ¡¿Qué puedo hacer? —preguntó desesperado, y la coneja no supo si aquel mamífero le estaba hablando a ella, o simplemente gritaba lo que pensaba.

Sea como fuere, la coneja no podía encontrar malicia ni mentira en la voz de aquella criatura arrepentida, y no le era difícil imaginar que tan sólo estaba siendo utilizada para los malignos propósitos de alguien más. Estaba claro que se trataba del Usuario de Haddaway, no había duda de eso, pero a todas luces... pelear no era la respuesta en esta ocasión, no contra alguien que no tenía intenciones de atacarla, y que buscaba la redención con tanta desesperación. Quizá en vez de obligarle a liberarles de la prisión de su habilidad, lo mejor sería pedírselo con la mayor de las cortesías.

—Escucha, yo... no tengo idea de qué clase de cosas habrás pasado, o cómo terminaste aquí haciendo esto, pero puedo darme cuenta de que tus lágrimas son sinceras. Y si realmente quieres seguir adelante, podrías hacerlo si encausas su camino. Nunca es demasiado tarde —habló la coneja desde lo más cálido de su corazón y, por un momento, el llanto de la criatura aminoró, y le respondió a la coneja sin voltearse.

—¿De verdad lo crees? ¿De verdad crees que merezco... otra oportunidad? —preguntó suplicante, y Judy asintió a pesar de saber que aquel no la vería.

—Si de verdad estás dispuesto a cambiar, estoy segura de que podrás salir adelante —alentó ella, y el mamífero se puso de pie. Una extraña corriente de aire circuló en el lugar, apenas perceptible por la coneja, justo antes de que aquel respondiera.

—Oh... pero yo no quiero cambiar —habló con un tono de voz muy diferente, sin rastro alguno de los sollozos que habían cesado un instante atrás, y Judy apenas fue consciente de lo que estaba sucediendo cuando algo la tomó de la pata izquierda.

Respondiendo al contacto sorpresivo, la coneja tiró con objeto de liberarse, pero aquel impulso la llevó a tropezar con la barandilla, cayendo del otro lado. Gracias a sus veloces reflejos, a pesar de haberse alejado del borde, Judy alcanzó a llamar a The Bunnyman para aferrarse con la pata derecha del Stand, evitando así la caída desde el primer piso. Sólo entonces cayó en la cuenta de que, en donde antes había estado su pata, ahora no quedaba más que un espacio vacío que sangraba en abundancia.

"¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo me atacó?! No tiró lo suficientemente fuerte para herirme así. Mi pata... ¡mi pata se desvaneció en el aire!", pensó la coneja a toda velocidad, para gritar con el mayor volumen de su voz frente al dolor que ahora sentía en todo su esplendor.

—¡Mi pata! ¡Arrancó mi pata entera! —gritó con desespero, oyendo una risa burlona de la criatura que ahora se volteaba hacia ella.

—El hecho de que necesite que Dios me perdone por las cosas que he hecho, no significa que vaya a cambiar. Y por más que no quiera hacer ciertas cosas, alguien debe hacerlas —explicó el mamífero con dos grandes colmillos junto a su trompa, donde colgaban en una cadena varias patas delanteras, observando a la coneja tras él con una mirada tan filosa que habría hecho correr a más de uno—. Después de todo, alguien debe iluminar el sendero para los que no están dispuestos a encender la luz. Alguien debe ser quien abra aquella puerta manchada de sangre, para que otros no tengan que ensuciarse las patas. ¿No estás de acuerdo, Judy Hopps? —preguntó al sonreírle. La aterrorizada coneja casi no podía pensar; aquel era un mamífero completamente diferente al que estaba llorando de rodillas en el altar un momento atrás.

—¡¿Quién eres tú?! —alcanzó a gritar.

—Yo... soy el doctor Cheezi Pigdwell, egresado de la Universidad de Zootopia. Es un gusto cono...

No alcanzó a completar la frase cuando el Stand de Judy sacó una zanahoria del bolso que aún llevaba en el hombro, lanzándola con tanta fuerza que, aún cuando el jabalí se hizo a un lado para esquivar un ataque mortal, atinó a arrancarle el extremo de su colmillo derecho. Cheezi rió al ver cuan poderosa era la coneja que ahora había caído en sus pezuñas.

—Eso... me dolió bastante. Se nota que eres una conejita muy enérgica. Tal parece que, antes de capturarte, tendré que ocuparme de arrancarte todo lo que pueda causarme problemas —dijo al retirarse a la oscuridad del fondo derecho de la iglesia—. No te preocupes, sé como hacerlo de forma que no te mueras del shock. Estoy seguro de que lo comprenderás... —habló al desaparecer en las penumbras.

Judy ya no podía percibir el sonido de sus pisadas o su respiración, ni tampoco lo veía en ninguna dirección, pero no podía quedarse allí. En primer lugar, si se dejaba caer a la planta baja, las lanzas de roca que la habían seguido hasta aquel lugar se clavarían a lo largo de todo su cuerpo, pues sin aquella pata sería incapaz de mantenerse erguida, y ya fuese que estuviese allí colgando, o en el segundo piso, ahora estaba vulnerable frente al ataque de Haddaway, cuya verdadera habilidad desconocía, y quien podía atacarla desde cualquier lugar, en cualquier momento, sin darle oportunidad alguna de escapar.

—¡¿En dónde rayos se metió?! ¡¿Cuál es la verdadera habilidad de este sujeto?! —se preguntó Judy con gran temor.


En tanto el zorro, a pesar de su estado, se esforzaba por enfrentar a la peligrosa suricata llamada Janja. Sabía bien que su "Big Mountain", un Stand de largo alcance, había ido tras Judy Hopps, pero el no podía ir en su búsqueda para ayudarla, pues Janja se ocuparía de darle caza y lo alcanzaría antes de que pudiera llegar con la coneja. Su mejor oportunidad era terminar con la suricata en aquel lugar, pues de esa forma, el Stand que estaba tras su compañera desaparecería, y entonces podrían ir en busca del Usuario de Haddaway sin mayores contratiempos. Dada la habilidad que este tenía, no era difícil suponer que el mismo no era especialmente fuerte, por lo que no debería darles mayores dificultades una vez lo encontraran.

Nicholas Wilde corrió hacia su oponente sin duda en su mirada, sacando a su Foxy Lady para propinar una lluvia de puñetazos que la suricata bloqueó concienzudamente, con sus propios brazos, sin sudar una sola gota. El agente de S-paw-agon no tenía idea de cómo aquella suricata era capaz de seguir los ataques de su Foxy Lady, un Stand con una velocidad de ataque casi perfecta, y reflejar sus ataques con tanta facilidad. Llegó un momento en que Nicholas simplemente ya no pudo atacarlo por más tiempo, y debió apartarse para recuperar fuerzas, respirando agitadamente, y Janja se volteó hacia él sin moverse de su posición, con una mirada gélida como el hielo mismo.

—¿Eso es todo lo que tienes? Creí que estaba luchando con un experto en esto, y ni siquiera eres capaz de darme un golpe directo —dijo al señalarlo, tomándose de la frente con su otra pata—. Y si acaso estás tratando de quitarme información a través de los puñetazos de tu Stand... déjame decirte que no conseguirás nada de mi parte mientras sigas golpeando las placas de metal de mis brazos.

—¡Por favor! Apenas estoy calentando —sonrió el zorro con una confianza que realmente no tenía. Sólo entonces cayó en la cuenta de cuanto dependía de Clarice, quien había sido su compañera desde el primer día en S-paw-agon, quien siempre le prestaba el consejo adecuado en el momento justo. Nunca pensó que alguna vez no escucharía su dulce voz durante una pelea.

—No tengo intenciones de prolongar esto por más tiempo, Wilde. Así que voy a dejarte algo bien en claro: no vas a ganarme —dijo con seriedad—. Quizá, si no te hubieras cruzado con Duke hace rato, podrías haber tenido una oportunidad contra mí, pero ahora mismo tu cuerpo está al límite. Completaré tu captura en un minuto y medio exactamente, así que será mejor que te prepares. Por otro lado, para este momento la Usuaria de The Bunnyman debe de haberse encontrado con mi compañero, por lo que han de quedar unos pocos segundos más antes de que acabe con ella.

—Nos estás subestimando un poco, ¿no crees? Además, ¿de dónde rayos sacas números como esos? ¿Un minuto y medio? ¿De verdad estás calculando el tiempo que te tomará vencerme? No me hagas reír.

—Puedo ver en el palpitar de tus músculos y cada uno de los movimientos que piensas realizar a continuación —decía cuando Nick ya había saltado en su búsqueda nuevamente, llamando a Foxy Lady frente a él para lanzar un potente puñetazo al rostro de la suricata.

Nicholas no vio la pata de su enemigo moverse, y sólo se percató de ello en el momento en que capturó su brazo, moviéndose con una velocidad sobreanimal para propinarle un fuerte codazo en el pecho, agachándose a tiempo para evitar el contraataque del agente, girar sobre sí mismo para terminar espalda contra espalda y efectuar un nuevo codazo contra su columna. Invadido por el dolor, el zorro terminó arrodillado.

No dispuesto a darle tiempo a propinarle un golpe en aquella posición, se dispuso a barrer con el brazo de Foxy Lady al enemigo a sus espaldas, pero contra todo pronóstico la suricata esquivó el ataque al deslizarse por debajo, para propinar un potente puñetazo al rostro de su Usuario, quien cayó de espaldas a causa del dolor de un hocico roto.

El zorro derribado se tomó del hocico sangrante, siendo incapaz de respirar correctamente por su nariz negra, y el fuerte resplandor del sol en lo alto del cielo se vio eclipsado por la suricata cuando se paró a su lado con rostro tranquilo. Nicholas podía ver claramente en su mirada que, para el viejo Janja, él no representaba amenaza alguna, y al darse cuenta el zorro no pudo reprimir la ira que esto le provocaba.

—¡No me subestimes, imbécil!

Gritó con furia Nicholas al sacar su Stand sobre él y frente a su enemigo, dispuesto a arremeter con una terrible andanada de furiosos puñetazos, un ataque que terminó antes de tiempo cuando Janja bloqueó sus golpes, acercándose unos pocos centímetros más para pisar fuertemente su pecho, provocándole un daño que obligó a regresar a su Stand.

El dolor fue mucho mayor al que esperaba, y justo después pudo sentir el gusto de la sangre en su hocico. No podía estar sucediendo. ¡Foxy Lady era mucho más poderoso que ese tipo! ¿De verdad había quedado tan débil luego de sus anteriores enfrentamientos con la comadreja y la coneja?

—No te estoy subestimando, Wilde. No eres rival para mí, y ni siquiera estoy usando a Big Mountain para defenderme o atacarte. Francamente, es una lástima no haber podido luchar contigo una última vez antes de que se ocuparan de ti, pero supongo que no siempre podemos tener lo que queremos —dijo al ponerse en cuclillas junto a él, sacando una jeringuilla de su bolsillo.

El zorro ya no tenía la fuerza para atacarle, y por más que lo hiciera, el hábil Janja se hubiera protegido sin dificultad alguna. No podía ganar esa pelea combatiendo a su nivel, tenía que pensar en otra forma antes de que fuese demasiado tarde.


Mientras tanto, en la iglesia a cuatro calles de aquel lugar, Judy enfrentaba a un terrible Usuario cuya habilidad desconocía. Ahora colgaba del borde del primer piso, y por si no fuera suficiente el hecho de que había un loco allí que le había arrancado una pata sin que ella se diera cuenta, se sumaba también el hecho de que el Stand de la suricata la había seguido hasta aquel lugar, y si tocaba el suelo, las lanzas de roca emergerían nuevamente y la harían pedazos. La situación era desesperada.

Según la "enciclopedia" de Clarice, Haddaway sólo debería ser capaz de crear una jaula para capturarlos, pero estaba haciendo algo más, algo que le había permitido acercar su Stand hasta ella, a aproximadamente quince metros de distancia, sin que la coneja se percatara siquiera, superando a su aguda audición. Al menos debería haber oído sus pasos, sentido el sonido de la corriente de viento que generó su movimiento mucho antes. ¿Cómo se había movido así detrás de ella, y cómo había arrancado su pata en un sólo tirón?

Mientras seguía pensando en aquellas preguntas que parecían no tener respuesta, la sangre aún seguía saliendo a borbotones de aquella herida, y si no hacía algo en breve tenía la seguridad de que perdería la consciencia, aunque el enemigo no la dejaría morir hasta que hubieran obtenido a The Bunnyman. De eso estaba segura, pero aún así el terror creció en su interior cuando vio a criatura similar a un escarabajo gigante, gris oscura, con extraños ojos amarillos y patas que terminaban en garras.

Ese no era un insecto gigante... ¡Ese era Haddaway! ¡El Stand de Cheezi Pigdweel!

¿Sabías que, si implementas la fuerza adecuada en los puntos correctos, puedes arrancar cualquier parte del cuerpo de un animal con suma facilidad? —la voz del jabalí sonó desde su Stand, al tiempo que sus garras delanteras tomaban la pata que la coneja ahora utilizaba para sostenerse. Estaba a su merced—. Es algo fascinante, ¿no crees? —y sin darle tiempo a reaccionar, las filosas garras de Haddaway penetraron en su carne, separando el hueso y el cartílago en un sólo movimiento, y el cuerpo de la coneja se desprendió de la pata que el escarabajo se llevó a la oscuridad de la estancia—. Buena suerte —rió antes de desaparecer, y la coneja cayó al vacío. Sabía que, en el momento en que tocara el suelo, sería presa de las lanzas del otro Stand enemigo. Si no encontraba la manera de escapar en aquel mismo instante sería su fin.