Disclaimer: KHR! No me pertenecen ni sus personajes. Son de Amano Akira-sensei, Esta es la adaptación de un historia que lei
Rey de espadas
Si tomo posesión de Namimori, también lo haré de ti. Haru era la última de las Miura y su amor por la hermosa mansión familiar era una obsesión. Declaró que llegaría a cualquier extremo con tal de conservarla. Pero, ¿sería el matrimonio con Hibari un precio demasiado elevado? En una remota isla japonesa, Haru llegó a un acuerdo consigo y con el extraño que era su marido.
Capítulo 7
HARU se sentó en la orilla del derruido rompeolas, con la espalda apoyada en los restos de un poste de cemento, y la mirada perdida en el horizonte. No le parecía posible que pudiera sufrir tanto y seguir viviendo. Podía soportar cualquier cosa menos que Kyoya no la considerara adecuada para darle un hijo. Después de todo, era la última degradación, en especial cuando, unos minutos antes, su cuerpo había reaccionado de forma espontánea y gozosa ante la simple idea de concebir a su hijo y llevarlo bajo su corazón. «Haru Debió saberlo», pensó, con la garganta cerrada por la agonía. «Haru Debió saberlo». Se había preguntado cómo podrían llegar a tener una relación verdadera considerando la forma en que se había iniciado su matrimonio.
Bueno, ahora lo sabía. Kyoya no tenía la menor intención de que ella continuara siendo su esposa. Cerró los ojos, maldecía las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos. ¿De qué servía llorar? Tenía que mirar hacia el futuro, tenía que tratar de forjar un plan para cuando él se cansara de aquel juego cruel y le permitiera irse. Pronto lo pensaría, pero no en ese momento. Lo único que lograba su cansado cerebro, era reproducir imágenes de Kyoya; el rechazo en sus ojos, el desdén en su voz.
Se puso de pie, sacudió el polvo de su vestido y empezó a andar por el rompeolas, tratando de imaginar el pequeño puerto en días de prosperidad, con los barcos y los pescadores cantando al final de un fructífero día de pesca. De repente, vio un bote que se dirigía hacia el puerto: era de vela y llevaba un solo ocupante que se esforzaba porque las velas aprovecharan la brisa de la tarde. Durante un momento, Haru clavó la mirada como si fuera una aparición. No había nadie en Argoli, pensó sorprendida, bien podía venir de una de las islas cercanas. Islas habitadas con aeropuertos o servicio de transbordador hasta El Pireo. Ella no había explorado, no se había alejado más de cincuenta metros de la casa desde que habían llegado. El bote navegaba hacia el promontorio de rocas que formaba el otro lado del puerto. Frenética, Haru empezó a correr a lo largo del rompeolas, agitando los brazos.
— ¡Hola! —gritó—. ¡Oh, deténgase, vuelva, por favor! Ella pensó que el marinero solitario la había visto, que había vuelto la cabeza hacia ella. Era todo lo que necesitaba. Se quitó las sandalias y saltó al mar. El agua estaba más fría de lo que ella pensaba, y salió jadeando para ver cómo el bote continuaba su viaje y se perdía de vista. — ¡Oh, no! —Haru logró decir antes de empezar a nadar desesperada detrás del bote. Sólo nadó unos doscientos metros porque muy pronto se dio cuenta de que era inútil.
No tenía ninguna esperanza de alcanzar al bote, ni siquiera aunque el hombre la hubiera visto, de lo que no tenía la más mínima garantía. Ahora estaba más cerca del promontorio de rocas que del rompeolas, por lo que empezó a nadar hacia ellas, permitía que el agua la sostuviera, apenas movía los brazos y las piernas. El sonido del agua que oyó no se registró en su mente hasta que con una rapidez que la sorprendió, notó que Kyoya estaba a su lado en el agua. — hahi ¡Suéltame! —Haru pateaba alarmada. — ¡Relájate! —Dijo con voz ronca—. ¡Deja de luchar, Herbívora! La volvió de espaldas, ella todavía luchaba y jadeaba y él empezó a remolcarla hacia el promontorio. En el extremo había una roca enorme que formaba una plataforma que surgía del mar y la subió con poca gentileza. Ella permaneció allí un minuto, tosiendo y expulsando el agua que había tragado. Kyoya permaneció de rodillas a pocos centímetros de ella. Su bronceado pecho se movía, tratando de recuperar el aliento. —Haru —dijo al fin con la voz alterada—. No vuelvas a hacer eso nunca. Él debía haber visto el bote, pensó horrorizada, y había adivinado sus intenciones de alcanzarlo. —Tenía ganas de nadar, no pensé que estuviera prohibido. — ¿Nadar? —La desdeñaba incrédulo—. ¿Vestida? — ¿Por qué no? —Julia se encogió de hombros—. No tengo traje de baño. Desu—No mientas —dijo con voz ronca—. Cuando llegué a la playa y te vi, no parecías tener la menor intención de nadar. Y casi te estabas hundiendo cuando llegué a tu lado... —cerró los ojos. La preocupación de Kyoya era evidente. — ¿Pensaste que Haru se ahogaba? —Haru descubrió entonces cuáles habían sido los pensamientos de Kyoya
—. ¿Has creído que Haru había tirado al mar deliberadamente? —Echó la cabeza hacia atrás y rió ronca—. Abrumada por tu trato burlón, sin duda —imprimía tanto desdén en la voz como él lo hacía—. Vamos, te das mucha importancia, "carnívoro". Nada de lo que puedas decirle o hacerle a Haru la llevará a esos extremos, por lo que me temo que te has mojado para nada. Como te acabo de decir, sólo quería nadar. Haru imagina que el sindicato de esclavos lo permite. Se puso de pie, bajó de la plataforma y anduvo por la arena hacia el sitio en el que había dejado las sandalias. «Hahi Que piense que Haru se ha tirado», pensó molesta, mientras se calzaba. «Que piense lo que quiera mientras no adivine lo del bote». En adelante, iría allí todos los días, con el pretexto de nadar. Si aquel día había aparecido un bote, seguramente aparecerían otros.
Sentía el vestido húmedo pegajoso y frío, y se preguntó si el que había lavado antes estaría ya seco. Haru la esperaba. Mientras andaban por las calles del pueblo, ella era consciente de que él la miraba de reojo. —Haru, tienes que entender que me preocupé cuando te alejaste corriendo de esa forma; al ver que no volvías... —Oh, sí, Haru está segura de que estabas preocupado desu—se encogió de hombros—. Haru se pregunta qué otro trabajo le tenías preparado. —No era eso —había una cierta angustia en su voz—. Lo que te dije... —No fue peor que las otras cosas que le has dicho a Haru desde que nos casamos —lo interrumpió —. Tal vez estuve mucho tiempo en el muelle, pero necesitaba pensar... y ya lo he hecho —respiró hondo—. Esto... todo en nuestra relación... ha sido un grotesco error. No me quieres como tu esposa, sino como una criada. La retribución que pido es que me devuelvas mi ropa y me proporciones un billete de vuelta a Inglaterra. — ¿Y cómo piensas imponer tus condiciones? —Haru Hará huelga —le informó con la cabeza muy alta—. Y también huelga de hambre. Pienso que tendrás que dar algunas explicaciones, Kyoya Hibari, si permites que tu nueva esposa se muera de hambre delante de tus propios ojos. Hubo un silencio. Haru esperó, se preguntaba frenética qué haría si Kyoya le decía que estaba alardeando, pero al fin él se encogió de hombros. —Así será —le dijo, sin ninguna expresión especial—. Serás mi criada bajo esas condiciones. Ella esperó a que el alivio que sentía la embargara, pero lo único que sintió fue un entumecimiento muy extraño.
Llegaron a la casa en silencio. Kyoya fue hacia el baúl colocado a un lado de su cama, sacó un pantalón de algodón y una toalla y sin siquiera mirar a Haru, se quitó el pantalón mojado. Se empezó a frotar con la toalla. Haru permaneció de pie sintiendo. El ya conocido ardor que la invadía cada vez que lo veía desnudo. —Una criada no debe estar en la misma habitación que su amo cuando está desnudo —dijo informal y en venganza por burlarse del carnívoro—. Ve a hacer algo. Haru se tapó la cara con las manos y salió al sol. Tambaleándose un poco, llegó a la parte posterior de la casa y se detuvo con un grito de incredulidad. Penélope se dio la vuelta y la miró interrogante con los restos de su vestido rojo colgando de su hocico. —Oh, Dios —se lamentó Julia. Cogió la tela y, frenética, tiró de ella. La cabra se resistió un momento, todavía movía la mandíbula con ritmo, después soltó la tela y Julia cayó sentada con lo que quedaba del vestido sobre sus piernas—.Hahi Maldito animal —gritó—. Sólo porque no te he ordeñado desu — ¿Qué pasa? — Kyoya habló detrás de ella. —Esto —con ojos que echaban chispas, Haru logró ponerse de pie y le enseñó los restos mordisqueados.
—Las cabras se comen lo que sea. ¿No lo sabías? —Hahi No, Haru no lo sabía —contestó enfurecida—. Veo que no se ha comido nada tuyo. Supongo que la has entrenado para que no lo haga. —No se ha comido mi ropa —su tensión era evidente—, herbívora, porque no ha podido alcanzarla. Su correa no se lo permitiría. Si hubieras puesto el vestido en otro lugar... —Desde luego, Haru tiene la culpa —Haru sentía cómo aumentaba su ira—. Haru Tiene que saber que la maldita bestia tiene por estómago un bote de basura... —Kyoya reía, se doblaba en dos, le temblaban los hombros—. ¡No te rías de Haru, bastardo! ¡No te atrevas a reírte...! —se lanzó contra él, para arañarlo y golpearle el pecho con los puños. A pesar de que Kyoya no estaba en guardia, era más rápido que ella, la agarró de las muñecas y con el otro brazo la acercó contra la fresca humedad de su piel. —Basta —le gritó cuando ella trataba de darle una patada en la espinilla—. Cálmate —la sacudió un poco. — hahi ¡Suelta a Haru maldito! —casi lloraba de rabia. Alzó la mirada y respiró hondo al ver su repentina intensidad en los grises ojos de Kyoya. —No me des órdenes, Haru ONA, ni ahora ni nunca. Inclinó la cabeza y su boca cayó sobre la de Julia. La obligó a abrir los labios y la invadió con controlado salvajismo. Ella gemía y trataba de liberarse, pero la mano de Kyoya estaba enredada en su pelo.
La obligaba a someterse manteniéndola quieta mientras la probaba con la lengua, bebía de ella y la dejaba seca hasta que ella empezó a temblar entre sus brazos. El olor de la piel de Kyoya parecía ser lo único que Haru podía percibir. Levantó las manos, pero no para hacer más daño, sino para abrazarlo, mientras el brillo del sol hacía que cerrara los ojos y su suave boca respondiera al deseo del beso de Kyoya. Él recorría el cuerpo de Haru sobre el vestido húmedo, buscaba, moldeaba cada línea y curva del cuerpo esbelto, permanecía sobre sus senos, sobre sus caderas, sobre los firmes muslos. Ella jadeaba, se oprimía contra él, mientras que sus caricias se volvían más íntimas.
La lengua de Kyoya presionaba cada vez con más fuerza la de Haru. Sus manos la tocaban, acariciaban, exploraban y la provocaban. Un gemido escapó de la boca de Haru presionada contra la de Kyoya. Fue suficiente para destruir el embeleso sexual que los mantenía unidos. Con un gruñido, Kyoya apartó la boca, las mejillas enrojecidas resaltaban su atractivo.
Dijo algo que parecía una maldición hacia los borregos y la alejó de él. Las piernas de Haru parecían de goma y cayó sobre la hierba, consciente sólo del palpitar ardiente y sensual de su cuerpo que sólo él podía satisfacer. Trató de pronunciar su nombre, de extender una mano hacia él, pero los ojos de Kyoya la miraban casi ciegos. La agitación de su pecho revelaba sus emociones caóticas. —No pretendía... hacer eso —dijo con voz ronca, casi para sí. Se dio la vuelta y se alejó dejándola allí hecha un ovillo en el césped, mirándolo con los ojos muy abiertos a causa del aturdimiento y con una nueva herida en su interior. Haru retiró el cubo de leche, lo colocó a una distancia segura y, al ponerse de pie, dio un golpecito a Penélope en el lomo. —Hahi Hemos terminado —murmuró. La primera vez que había intentado ordeñar a la cabra, Penélope había reaccionado ante su torpeza inicial dando una patada al cubo de leche. La segunda, había dado una patada a Haru en la rodilla. Ahora habían llegado a una etapa de neutralidad precavida.
Es extraño cómo se acostumbra uno a cosas que antes parecían imposibles, pensó Haru, mientras llevaba la leche a la casa. Aspiró el olor del pan en el horno al entrar en la casa y dejó el cubo. Se limpió el sudor de la frente. La primera hogaza que había hecho, había sido un fracaso total, parecía un ladrillo en forma y textura. Pero había mejorado desde entonces, por necesidad, y aunque todavía no era una experta, al menos se podía comer el pan. La práctica logra la perfección, pensaba irónica.
Antes había recogido un poco de agua del manantial, y ahora llenó un vaso y dio pequeños sorbos mientras contemplaba el brillo del sol sobre las altas rocas. Había transcurrido una semana y todavía no podía alejar de su mente los momentos que había pasado entre los brazos de Kyoya. Kyoya había vuelto tarde a la casa, con expresión molesta, y Haru no se había atrevido a preguntarle dónde había estado. Tampoco había encontrado valor suficiente para referirse a aquellos momentos robados bajo el sol, y él nunca había indicado ni con un gesto ni con una palabra que recordara siquiera el incidente.
Haru suponía que debía sentirse agradecida por ello. Se lo decía muy a menudo. Pero su cuerpo excitado por la satisfacción que se le había negado, no estaba convencido. Ella continuaba con su trabajo, se levantaba al amanecer. Las labores que antes consideraba tan difíciles, ahora sólo eran una rutina. Descubrió que era mejor terminar con lo peor del trabajo antes de que arreciara el calor.
Eso también significaba que tenía más tiempo para ella misma. Se dedicó a explorar hasta el último centímetro de la isla. El interior era rocoso y carecía de vegetación, pero con todo, poseía su propia belleza. Y al otro lado de la isla había un par de playas espectaculares de arena dorada y firme que flanqueaban un mar tranquilo y de cálidas aguas. Haru se preguntó por qué el pueblo no se había fundado en aquella costa que ofrecía mayores atractivos; después se reprendió por pensar como una turista. Una comunidad pesquera necesitaba un muelle con suficiente profundidad para los botes, no una playa para tomar el sol. También encontró un sitio del que debía proceder el bote que vio aquella tarde. Había otra isla mayor hacia el Oeste.
Pero, aunque mantenía los ojos muy abiertos, no volvió a ver más velas azules. Sus exploraciones también le proporcionaban una justificación excelente para evitar a Kyoya. Desde aquel día en el jardín, él la trataba, como le había pedido. No hubo más situaciones tentadoras que la lastimaran, pero ésas, pensó, eran preferibles a la fría actitud que mantenía hacia ella. Los únicos momentos que disfrutaba de su compañía, era durante las comidas, y notaba que siempre que estaban juntos, se percibía una peculiar tensión entre ellos, tan peligrosa como una corriente eléctrica.
Durante el día él se mantenía tan ocupado como ella, trabajaba en la reparación de la casa, que empezaba a tener mejor aspecto, en especial desde que la había pintado de blanco. Era por la tarde, cuando la luz desaparecía y salía la luna, cuando las paredes parecían caer sobre ellos, ese encierro les recordaba que eran los únicos seres humanos de la isla. Haru adoptó la costumbre de subir a su habitación en cuanto empezaba a caer la noche con su aterciopelada oscuridad. Era imposible sentarse en una habitación con alguien y no hablarle, ni siquiera mirarlo. Mirarlo implicaba peligro.
Cuando ella estaba segura de que él no la veía, lo estudiaba de forma obsesiva, se le entregaba, absorbía los rasgos de su cara y de su cuerpo, para recordarlo lo mejor posible el día que no lo volviera a ver. Era una locura y lo sabía. Lo sensato sería borrarlo de su mente, para que al menos pudiera fingir que aquellos tormentosos días nunca habían existido. Todas las noches permanecía despierta contemplando la luna desde la cama hasta que desaparecía y entonces por fin se sumía en un sueño tranquilo. Pero incluso allí no estaba a salvo. Sus sueños eran una tortura en los que él la abrazaba, la acariciaba, le murmuraba palabras de amor; sin embargo, nunca llegaba a poseerla por completo, por lo que al despertar sudorosa y afiebrada, su cuerpo exigía una satisfacción y estiraba los brazos en busca de Kyoya. Casi todos los días él salía a pescar y Haru aprovechaba la oportunidad para lavar el vestido verde que tanto odiaba.
Se envolvía en una toalla mientras lo hacía. Después se dirigía al muelle y a la plataforma de piedra situada a un lado del mar, o a una de las playas, extendía el vestido para que se secara y nadaba y tomaba el sol desnuda hasta que estaba listo. Reacia, tenía que admitir que nunca había te tenido mejor aspecto que en ese momento. Lo único que delataba su estado interno eran las ojeras motivadas por las noches intranquilas que pasaba. Las recién casadas tenían muy buenas razones para lucirlas, pero ella no tenía ninguna. Siempre había sido esbelta, ahora además era ágil, tenía los músculos más firmes a causa del ejercicio que hacía y al que antes no estaba acostumbrada. También tenía la piel completamente bronceada, sin ninguna marca. ¡Qué desperdicio! Se miró e hizo un gesto.
El vestido verde nunca había tenido un color intenso, pero el constante lavado había hecho que perdiera el color. «Hora de lavar otra vez desu», pensó con un suspiro. Poco tiempo después, con el vestido hecho un envoltorio húmedo bajo el brazo, caminó sin prisa a su playa favorita situada a un kilómetro del pueblo. Un olivo brindaba una sombra acogedora durante las horas más calurosas del mediodía. Extendió el vestido sobre una roca, dejó caer la toalla sobre la arena y corrió al mar. Era en momentos como aquél cuando se sentía feliz, nadando y girando en el agua como una sirena.
Entonces podía olvidar que su matrimonio era un fracaso, un desastre desde el mismo momento en que se había iniciado. Casi podía olvidar, aunque no por completo, al hombre que despertaba en ella las posibilidades de una pasión, sin enseñarle su consumación. Se preguntaba si habría tiempo suficiente para que pudiera borrar a Kyoya de su mente y de sus emociones, o si él la dejaría con una cicatriz para toda la vida.
Suspirando, empezó a andar de vuelta a la playa. Se escurría el pelo y levantaba la cara para recibir el sol. De pronto lo vio. Estaba parado como una estatua a un lado de la roca donde se encontraba su vestido. No sonreía al ver cómo avanzaba hacia él. Haru se detuvo. No tenía con qué cubrirse. Alex estaba entre ella y la toalla. Aunque él permanecía inmóvil, ella podía percibir un músculo que saltaba en su cuello y el ardiente deseo en sus ojos al mirarla.
—Ona. ¡Qué hermosa eres! —le dijo él, volviendo a la realidad. Haru alzó las manos con languidez y se apartó el pelo. Ella era Eva. Era toda una mujer y le sonrió. Entonces, sin prisa, empezó de nuevo a andar hacia él. Cuando llegó a su lado, él también estaba desnudo, casi se había arrancado la ropa.
Envolvió el cuerpo de Haru con los brazos y sus cuerpos y sus bocas se encontraron. La llenaba de besos, los labios exploraban la cara y el cuello de Haru con frenesí. Cayeron sobre la cálida arena. Su ropa servía de cama. Haru había soñado que Kyoya la besaba de aquella forma, que la acariciaba con sus besos. Anhelaba sentir la ternura de sus manos sobre sus senos, recorriendo sus suaves curvas, acariciando los pezones con los dedos y la lengua hasta que se irguieran orgullosos. La realidad era un deleite que casi le ocasionaba dolor. Los labios de Kyoya descendieron en un viaje erótico sobre cada contorno de su cuerpo bronceado por el sol. Murmuraba su placer, su deseo contra la piel de la chica. Temerosa, Haru lo empezó a tocar, recorría los hombros con las manos, el largo de la espalda hasta llegar al tenso trasero. Titubeó, Kyoya la besó y llevó las manos de Haru a su cuerpo, mostrándole sin palabras lo que deseaba. Ella al principio actuó de una forma tímida, cautelosa, consciente de su poder masculino, pero él la alentaba con voz ronca, mientras los dedos se volvían más seguros, haciéndolo gemir con suavidad.
Kyoya inclinó la cabeza y trazó un sendero de besos ligeros sobre el vientre plano de Haru y bajó hasta los muslos. Ella se derretía, ansiaba que la tocara, pero el primer roce íntimo de Kyoya la sorprendió e hizo que se pusiera tensa. Le cogió del pelo. —No... Por favor... Kyoya alzó la cabeza con mirada intensa mientras colocaba un dedo sobre la boca de Haru para hacerla callar. —Confía en mí —murmuró—. Hay muchos caminos para llegar al placer, ona. Éste es sólo uno de ellos. Él se volvió a inclinar sobre ella, y con un pequeño sollozo Haru se abandonó a los deseos de Kyoya. El deseo se despertaba en ella como los pétalos de una flor silvestre bajo los primeros rayos del sol, la recorría como fuego por las venas.
El cuerpo de Haru empezaba a retorcerse inquieto, cerraba y abría las manos, su voz murmuraba algo que bien podía haber sido el nombre de él. Justo cuando sintió que no podía soportarlo más, que su necesidad interior amenazaba con destruirla en mil pedazos, Kyoya se movió de forma repentina y la cubrió con su cuerpo; luego, deslizó las manos bajo las caderas femeninas para subirla hacia él. Durante un momento ardiente, Haru sintió su calor y firmeza contra ella; entonces, lentamente y con infinito cuidado, la penetró. Ella sintió un repentino e inesperado dolor y retrocedió pero al ver que él titubeaba, tuvo miedo de que se retirara y se arqueó contra él, actuando por instinto.
Se aferró a los bronceados hombros masculinos, rodeó con sus esbeltas piernas la cintura de Kyoya y supo que la última frágil barrera se había roto y que al fin, él estaba dentro de ella. Permanecieron inmóviles un momento, casi había una expresión de tortura en la cara de Kyoya al mirarla. —He deseado esto tanto, no puedes imaginarte... —dijo alterado. — ¿No puedo? —A Haru le fallaba la voz mientras él con lentitud y dulzura se empezaba a mover dentro de ella, con ella—. Oh, Kyoya... Kyoya... Advirtió el ritmo que él había iniciado y se unió a él, permitiendo que la invadiera, maravillándose al hacerlo, de su ternura, su sencillez.
Se besaron, con gentileza en un principio, los labios y las lenguas en busca de los secretos del otro, después con una pasión fiera que se reflejaba en los impulsos más profundos de los cuerpos. La primera convulsión lenta de sensaciones dentro de ella la cogió desprevenida. La siguiente la hizo gritar con una mezcla de dolor y gozo. El placer la invadió transportándola a una dimensión sin tiempo ni espacio y la mantuvo suspendida en una dulce agonía que amenazó con hacerla pedazos. Sintió cómo Kyoya se estremecía en sus brazos y murmuró algo en su propio idioma cuando él a su vez alcanzó el climax. Muy despacio, todavía el uno en los brazos del otro, volvieron a la realidad. Haru estaba lánguida, como si careciera de huesos, llena de una satisfacción voluptuosa. Cuando Kyoya empezó a retirarse de ella, lo detuvo, le echó los brazos al cuello y deslizó las manos por los húmedos hombros. —No me dejes —murmuró ronca, con los ojos brillantes llenos de invitación y promesa—. Todavía no... Pero no hubo una sonrisa como respuesta en los ojos oscuros que la observaban. Con despreocupación él se incorporó y retiró los brazos que se aferraban a él, se liberó del abrazo de Haru. Se apartó de ella y se tumbó boca arriba, tratando de controlar su alterada respiración. Se cubrió los ojos con un brazo. Haru se apoyó sobre un codo, sentía en su interior una dolorosa angustia al observarlo. —Kyoya —extendió una mano y, tímida, le tocó a cara—. ¿Pasa algo malo? — ¿Qué podría estar mal? —Kyoya se sentó y buscó sus vaqueros—. Has estado tan cálida y dispuesta como cualquier hombre hubiera deseado. Espero que hayas quedado satisfecha. —Ha sido maravilloso —el rubor inundó sus mejillas. Trató de hablar tranquila—. Entonces, ¿por qué... por qué... no...? — ¿Lo hago otra vez? —él interrumpió la frase inconclusa de Haru, era directo, brutal. —Sí —lo obligó a mirarla a los ojos.
Él rió áspero, insolente, recorriendo la desnudez de Julia con los ojos. — ¿Estás tan ansiosa, Ona? ¿Me deseas tanto? ¿O quieres presumir con esa mujer en Inglaterra acerca de tu semental? —Sonreía sin mostrarse divertido al ver la expresión de horror en la cara de Haru—. Veo que al fin me comprendes, por lo que también tienes que comprender por qué debo desilusionarte —se puso de pie—. Disfruta de tus recuerdos, mi bella esposa. Serán lo único que tengas —añadió con inquietante incredulidad y se alejó de ella.
Capítulo 8
DANDO traspiés, Haru volvió al pueblo, no miraba ni a la derecha ni a izquierda, había olvidado todo, menos el dolor de aquel último golpe. Podía recordar cada una de las palabras que había pronunciado M.M. y el recuerdo hacía que se le helara la sangre. Tenía que alejar de su mente aquel desagradable incidente, pensó desesperada. Ella no había mencionado a nadie la visita de la señora M.M. a su habitación. ¿Cómo se había enterado? ¿Lo habría buscado también a él, se habría insinuado? Cuando se puso el vestido y las sandalias y salió detrás de él para tratar de explicarle, Kyoya ya estaba fuera de su vista, y aunque corrió por el sendero que conducía a la playa, gritando su nombre, no hubo respuesta.
Pero cuando lo alcanzara, ¿creería la verdad? ¿Qué le habían molestado los comentarios de M.M. y sólo los consideraba otro ejemplo de la malicia de la mujer? No le parecía imposible. —Su posición podría tener mayor credibilidad si ella no lo hubiera llamado campesino, y no le hubiera dicho todas esas cosas en la cara, pensó desolada. En su desesperación, no vio el sendero que cogía por lo general, y alió a un lado del muelle, gateando, sin prestar atención a los dedos e los pies raspados por las rocas del camino ni a los brazos y piernas arañadas, y subió al promontorio.
El velero de velas azules estaba atracado a un lado del rompeolas. Haru permaneció inmóvil, lo veía, el corazón le latía con rapidez. No había nadie cerca. Lo único que tenía que hacer era subir a bordo y navegar. Lo había hecho docenas de veces. Y no era robar, trataba de tranquilizar su conciencia. Cuando llegara a la isla grande, daría alma explicación a las autoridades de que rescataran al dueño. Tenía que alejarse de Argoli, de Kyoya que la odiaba, que sólo quería castigarla, que le había hecho el amor sólo por venganza. Ella ya no soportaba más. Ya tenía suficiente de su crueldad, de su indiferencia. Él le había enseñado el paraíso y después la había condenado a un infierno solitario. Que se quedara allí solo, pensaba, con un nudo en la garganta. Mirando a su alrededor por si el propietario volvía. Julia se dirigió al rompeolas. El bote era nuevo y de lujo. Miró el equipo. Era ideal para ser controlado por una sola persona. ¿Qué esperaba? Lo único que tenía que hacer era subirse a él. Podía sentir la leve brisa que la invitaba a buscar la libertad... De repente, se estremeció. Libertad, pensó con amargura. ¿Qué libertad habría sin Kyoya? Separarse de él sería como una prisión. Seguía mirando el bote, compulsiva, consciente del temblor profundo y terrible que se esparcía por su cuerpo.
—Los medios para su liberación llegaron demasiado tarde, pensó atontada. Parada allí, más sola de lo que nunca lo había estado en su vida, se dio cuenta de súbito de que amaba a Kyoya; de que se había enamorada de él casi desde el principio. Por eso había aceptado aquel precipitado matrimonio, pensó, clavándose las uñas en las palmas de las manos. No por Namimori, sino porque ella quería estar con él siempre. Se había engañado con razones, con argumentos racionales, pero la verdad era así de sencilla. «Hahi Haru ha tardado mucho tiempo en comprender», pensó sorprendida. Si hubiera sido un matrimonio normal, luna de miel normal, era probable que lo hubiera admitido mucho antes; pero Argoli... todo aquel enredo, la había cegado. Y Namimori había sido un obstáculo que había evitado que viera lo que en realidad sentía, lo que deseaba. Si el matrimonio hubiera sido normal, tal vez ahora todavía no supiera la verdad.
Tal vez todavía estuviera diciendo que se había sacrificado por Namimori. «Kyoya trajo a Haru a Argoli para darme una lección, y Haru aprendió a conocerse, pero demasiado tarde». «No puedo dejarlo», se dijo desesperada. «Nunca lo dejaré mientras exista la más remota posibilidad de que pueda ganarlo, hacer que rectifique la imagen que tiene de mí. Él ha deseado a Haru hoy, y eso es un principio. De cualquier forma, puedo lograr que él me vuelva a desear a Haru», pensó con nostalgia al recordar la seductora ropa, los cosméticos y los perfumes que estaban a bordo de Hibird. «Hahi Y si lo único que existe es el deseo, si no puedo lograr que él se interese por mí de la forma que anhelo, entonces, de alguna forma, viviré con eso». «A eso es a lo que traído a Haru aquí, a que ansíe una sonrisa suya, una palabra de su boca». Se dio la vuelta con lentitud, se alejó del bote y avanzó por la calle que conducía a la casa.
Un hombre salía por la puerta delantera con las manos en los bolsillos de su pantalón corto blanco. Tenía el ceño fruncido. El marinero solitario había decidido explorar, pensó Haru. De repente, se detuvo con un jadeo al reconocerlo. Quiso darse la vuelta y correr a esconderse en una de las casas vacías, pero era demasiado tarde, él la había visto. Haru permaneció inmóvil, se humedeció los labios secos con la punta de la lengua al ver la incredulidad en la cara del intruso. — ¿Haru? —preguntó inseguro—. ¿Haru Miura? No es posible. —Hahi Hola Koyo—Haru esbozó una sonrisa—. ¿Cómo estás? Koyo Aoba continuaba observándola atónito. —Creo que me estoy volviendo loco. Argoli lleva años abandonada. Nadie viene por aquí. —Sin embargo, aquí estoy desu—Haru se encogió de hombros, trataba de parecer despreocupada, mientras la mente le daba vueltas tratando de pensar en qué decir, qué hacer. —Entonces fuiste tú quien vi el otro día —rió—. Pensé que era una alucinación. Una chica de pelo chocolate haciéndome señas desde un sitio vacío, desolado —emitía las palabras con disgusto, entornaba los ojos mientras la observaba, como si la viera por primera vez—. Pero ¿qué haces aquí? ¿Qué te ha pasado, por Dios? ¿Has naufragado? ¿Ha ocurrido algún desastre? Comparaba el aspecto de Haru aquel instante con el de la chica elegante, muy bien arreglada que había invitado a cenar en alguna ocasión.
—No exactamente. Es difícil de explicar... —No —dijo Kyoya, frío y tranquilo—. Es muy sencillo. Ninguno de los dos lo había oído acercarse, sin embargo, estaba a unos metros de ellos. Haru dio un salto y Hibari Kyoya se dio la vuelta como si lo hubieran electrocutado. — ¿Kyoya-san? —La palabra sonó como el croar de una rana—. ¿Tú? — ¿Por qué no? —Kyoya se encogió de hombros y miró a Haru con una expresión fría y cínica—. Bueno, Ona, cuéntale a mi primo Koyo como has llegado aquí y por qué. Él ansia escuchar tu relato, y estoy seguro de que le parecerá fascinante. La mirada de Koyo iba de uno a otro. Su cara reflejaba curiosidad. Intentó reír. — ¿Hay algún misterio? Ni siquiera sabía que os conocíais. Es evidente que soy un intruso... —Sí, lo eres, en cierta forma —dijo Haru sonriendo y con la barbilla bien alta—. Verás, Kyoya y yo estamos aquí de luna de miel. Se produjo un momento de intenso silencio, después, Koyo se echó a reír. — ¿Es una broma? Hace sólo unas semanas que nos separamos, Haru, ¿y me quieres decir que en tan poco tiempo has conocido a mi primo Kyoya lo suficiente como para casarte con él? Es imposible.
—Pero cierto desu—Haru no estaba segura de que las piernas le obedecieran, pero las obligó a ponerse en acción para cubrir la distancia que la separaba de Kyoya y se colocó a su lado. Él no hizo ningún gesto de bienvenida, pero tampoco se alejó—. Kyoya y yo llevamos diez días casados, ¿verdad, querido? —Sí —repuso él sin expresión en la cara. — ¡No puede ser! Los periódicos hubieran dado la noticia de vuestro matrimonio — Koyo ya no reía. Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la frente—. ¿Por qué no se lo dijiste a la familia? —Informé a mi madre —dijo Kyoya, seco—.Ya que estás aquí, supongo que te alojas en su casa. —Sí, todos nosotros —dijo Koyo con voz ronca—. Nos invitó; nos dijo que ya era hora de una reconciliación, que tenía una sorpresa para nosotros. Pensamos —se interrumpió de repente—. Es decir, no imaginamos... —Entiendo —la voz de Kyoya era irónica y profunda—. Ahora lo sabes. —Sí —dijo Koyo, casi mordía las palabras—. Ahora lo sé —los miraba a los dos con el ceño fruncido—. Pero, ¿qué hacéis aquí? Una luna de miel en este sitio. Ningún hombre le haría eso a su esposa. Ninguna mujer lo aceptaría... — hahi ¿Nunca has oído hablar de una luna de miel de trabajo? —Haru comentó tranquila, el corazón le latía con fuerza—. Todos los sitios convencionales nos parecían muy aburridos. Cuando Kyoya mencionó que pensaba restaurar la casa de la isla, me pareció muy romántico —deslizó una mano entre las de Kyoya sin obtener respuesta—. Y ha sido maravilloso, ¿verdad, querido? Hemos realizado grandes mejoras en la casa. Cuando esté terminada, será excelente para pasar las vacaciones; un lugar tranquilo a donde traer a nuestros hijos...
—Ah, sí — Koyo contestó meditabundo, examinaba los pliegues poco favorecedores del vestido verde de Haru, observaba su cintura—. Ahora tal vez entiendo... el matrimonio a la fuerza. Hubo otro silencio y Haru sintió una oleada de rubor al darse cuenta de lo que Koyo insinuaba. Abrió los labios para emitir una protesta enérgica, pero los cerró cuando Kyoya le apretó la mano con afecto. —Tienes razón, esto es muy tranquilo. De hecho, casi es primitivo —la atractiva cara de Koyo presentaba ahora una sonrisa burlona y Haru recordó que lo había visto salir de la casa—. Eres muy valiente, Haru, y muy leal para soportar estas condiciones.
—No se necesita mucho valor desu—interrumpió Haru, molesta—. Kyoya es esposo de Haru, y a donde quiera que vaya, Haru ira con él. — ¡Qué sentimiento más encantador! —Koyo se dirigía a Hibari—. No me extraña que hayas mantenido tu matrimonio en secreto, primo. Cualquier hombre desearía disfrutar de ese amor, de ese embeleso devoto —movió la cabeza, burlón—. ¡Y yo he venido a interrumpir vuestro idilio! Pero cuando vi a Haru a lo lejos en el muelle, tuve la extraña impresión de que estaba en apuros, de que necesitaba ayuda. ¿No te parece absurdo? —Bastante desu— Haru apoyó la cabeza en el rígido hombro de Kyoya—. En especial cuando sólo fue un vistazo; e incluso entonces pensaste que sólo era una alucinación desu —Y en lugar de eso eres la esposa de Kyoya, y bastante real —comentó Kyoya Hibari, ya no había señales de burla en su cara—.
¿Cuándo pensáis dejar este sitio idílico? —Ahora que ya se ha descubierto nuestro secreto, no tiene sentido que nos quedemos —contestó Kyoya, brusco—. Cuando vuelvas a Lymmos, por favor pídele a mi madre que envíe a Rauji a por nosotros inmediatamente. —Con el mayor placer —la máscara encantadora estaba otra vez en su lugar—. ¿Sabe ella que estáis aquí? —No. Ella piensa que una luna de miel es un asunto privado. —Desde luego —aceptó Koyo—. Y ella sabe guardar muy bien los secretos, ¿no es cierto? Será una sorpresa maravillosa para ella... y también para mi familia —miraba a Haru—. Mi madre y mi hermana Adelheid se alegrará mucho de conocer a tu esposa. Koyo asintió afable, luego se dirigió hacia el muelle, sin volver la vista atrás ni una sola vez.
Tan pronto como desapareció, Haru se separó de Kyoya. — Hahi ¿De verdad vamos a irnos de aquí? —preguntó. —Ya has oído lo que he dicho —su voz era amenazadora. — hahi ¿Y vas a presentar a Haru a tu madre y al resto de la familia así? —Se mordió el labio inferior—. ¿Forma parte del proceso de humillación? —Por supuesto que no, ¿por quién me tomas? Hay ropa para ti aquí, la ha habido desde el principio. —Entonces, ¿me la puedes dar, por favor? desu—Haru dio un paso hacia la puerta, pero Kyoya la detuvo. — ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has fingido? Le podías haber dicho la verdad, hacerme pagar bien caro lo que yo te he hecho, la forma en que te he tratado aquí —reía ronco—.
A Koyo le habría encantado oír cómo te he tenido. Te podía haber rescatado, llevarte a contar la historia a la prensa mundial. Hubiera causado sensación —hizo una pausa, la traspasaba con la mirada—. ¿Por qué no le has dicho la verdad? Por qué te amo, gritaba el corazón de Haru en silencio. Porque mi instinto es protegerte, a pesar de todo. Haru tenía la mirada fija en él. —Tal vez considere que todo lo que ha pasado aquí sólo nos incumbe a ti y a Haru—se liberó de la mano que la sujetaba—. Y tal vez la sed de venganza de Haru no sea tan intensa como la tuya —añadió tranquila y entró en la casa.
La hogaza de pan que había hecho por la mañana todavía estaba sobre la mesa de la cocina. Tocó el pan crujiente con la punta del dedo. Bueno, aquél era un logro que ya no le serviría de nada, pensó sin sentir ningún placer especial. Había oído decir que los prisioneros que permanecen mucho tiempo encerrados llegan a amar a su celda, y lo creía, a pesar de que su estancia en Argoli no había sido muy prolongada. Ella parecía haber perdido la noción del tiempo conforme pasaban los días.
Pero el día que importaba, el que recordaría siempre, era aquél, pensó. El día en que, aunque de forma muy breve, había pertenecido al fin a Kyoya. Su cuerpo se estremecía de deleite al recordar aquellos momentos. Se puso tensa al verlo entrar con una maleta en la mano que reconoció como parte del equipaje que la había acompañado al Hibird. —Será mejor que te cambies —le dijo brusco—. Una vez que Koyo entregue mi mensaje, enviarán el bote a por nosotros inmediatamente. — ¿No pensará tu madre que todo esto es un poco raro? —Tal vez —contestó él encogiéndose de hombros—. Pero no dirá nada. Su propia vida no ha seguido nunca caminos muy convencionales. —Supongo que no —Haru se mordió el labio inferior, estaba pálida—. ¿Habla inglés? — ¿Temes encontrarte en compañía de otra campesina ignorante, Ona? —Hahi No —negó con la cabeza—. Kyoya, ¿No podemos olvidar todas esas tonterías? Ya he pagado con creces por las cosas que dije, por las cosas que pensé. Por favor, no me culpes por lo que dijo M.M... No tengo idea de por qué habló como lo hizo. Me hizo sentir mal... —Herbívora —Alex reflexionaba—. El día de nuestra boda, yo estaba dispuesto a olvidar el pasado. Estabas tan encantadora, tan inocente cuando te acercaste a mí, que cualquier pensamiento de castigarte, de salvar mi orgullo a costa tuya, me pareció grotesco. Así que decidí abandonar el plan de traerte aquí. En vez de eso, pensé que te cortejaría para que no aceptaras la vida que podríamos tener juntos. Una vida en la que podrías enamorar un poco de mí. —Pero Kyoya... —No —alzó la mano para que ella guardara silencio—, escúchame. Todo aquel tiempo en la casa rodeado de Herbívoros extraños, fue para mí una tortura. Deseaba tanto estar a solas contigo, tenerte para mí. Cuando subiste a tu habitación, me pareció que tardabas mucho, así que decidí ir a buscarte. La puerta estaba abierta y lo oí todo —una irónica sonrisa curvaba sus labios—. Ya sabía por qué te casabas, Ona. No debía haber abrigado ilusiones; pero, me comporte como un Herbívoro, esperaba que tú empezaras a considerarme diferente. Y debido a que sabía que era un Herbívoro, volví a enfadarme, por lo que te traje aquí.
— ¡Pero no puedes creer que Haru acepto todas esas cosas horribles que dijo, esas mentiras atroces! —Haru se puso de pie—. ¡No es posible! —Sé lo que escuché, mi hermosa esposa. Y no hubo una sola palabra de contradicción, de negociación por parte tuya. —Hahi Pudo haberte dado esa impresión —contestó desesperada—. Pero no fue así. Oh, Kyoya, ¡tienes que creerme! No discutí con ella porque pensé que no valía la pena; no quise darle la satisfacción de hacer una escena, tampoco deseaba que viera que sus palabras me afectaban. Lo único que quería era que se fuera. Ella es una mentirosa, una intrigante.
—Y sin embargo, durante nuestro primer encuentro —hablaba sin sonreír—, cuando ella habló de que te casabas por Namimori, no decía más que la verdad. —No —negó Haru; se retorcía las manos—. Oh, Kyoya, estás tan equivocado... —Sí —contestó tranquilo—. Equivocado desde el principio. Equivocado acerca de todo —se encogió de hombros—. Pero, después de todo, ¿qué importa? Hoy en día, un error a pesar de lo grave que pueda ser, no tiene que convertirse en una tragedia que dure toda la vida. No tenemos que castigarnos el uno al otro durante más tiempo. Tú tendrás Namimori, Ona, como parte de nuestro acuerdo de divorcio. — ¿Vas a divorciarte de Haru? —Haru sentía que se asfixiaba. —Será un acuerdo mutuo —apretó los labios—. Tal vez nuestro matrimonio pueda terminar con dignidad, si no hay nada más. —Pero apenas ha empezado... —Haru se humedeció los labios con la punta de la lengua—. Hahi ¿Ya no me deseas? Parecía que... —Perdí el control, Ona, a causa de la visión de tu imagen al salir del agua como una exquisita Afrodita —la sonrisa no le llegaba a los ojos—.
Sin embargo, sé enmendar mis locuras. —hahi Entonces, ¿cómo pretendes presentar a Haru a tu madre y al resto de tu familia? ¿Cómo tú ama de llaves? —En público serás mi esposa, naturalmente. En privado, mi invitada —Kyoya hizo una pausa—. Mantendremos nuestra visita corta. —Sí —las uñas de Julia se clavaban en las palmas de sus manos—. Eso será lo mejor desu —hizo una pausa, se obligaba a producir una sonrisa—. Tu madre va a llevarse una desilusión. Recuerdo que me dijiste que ella deseaba que te casaras. —Entonces tendré que asegurarme de que su desilusión es mínima. Por fortuna, no tengo que buscar otra novia. Hace un año, la tía Iris empezó a dejarme ver que debía dar una compensación a la familia por el daño económico que mi existencia les ha ocasionado, casándome con mi prima Adelheid. — Hahi ¡Qué conveniente para los dos! —la boca de Haru apenas podía pronunciar las palabras. Los celos la herían como una garra salvaje. Requirió de toda la voluntad que poseía para no caer de rodillas y rogarle, suplicarle que diera otra oportunidad a su matrimonio. —hahi ¿Y qué piensa la futura novia? —Estará dispuesta... De hecho, ahora que ha visto que mi dinero se escapa de sus manos, hasta puede sentirse agradecida. —Entonces, no queda nada que decir desu —Haru cogió la maleta—. Gracias por esto, al menos. —Espero que contenga todo lo que necesitas —le dijo Kyoya, cortés—. Lo guardó I-Pin, no yo. —Entonces todo estará bien —oh, Dios, ¿cómo podía hablar de esas cosas cuando sentía el corazón destrozado, cuando todo su mundo se derrumbaba? —Permíteme subirla —Kyoya extendió el brazo. —No, gracias. Haru lo puede hacer sola. Eso era algo a lo que tenía que acostumbrarse, pensó, mientras caminaba con la cabeza erguida hacia la escalera. Estar... sola. Sola en Namimori. En una época, ésa era la mayor de sus ambiciones. Pero la Haru Miura que había planeado su vida en su aislamiento espléndido y egoísta había cambiado, ya no existía más. Y en su lugar estaba una chica con el corazón destrozado y vulnerable, que había descubierto lo que deseaba de la vida cuando ya era demasiado tarde. Y cuya oportunidad de encontrar la felicidad junto al hombre que amaba le estaba siendo arrebatada.
