Vivir en cadenas
Capítulo 5 - Hecho añicos
20 de enero
Cuando llegó a casa eran altas horas de la madrugada. El pequeño crujido que hizo la puerta al abrirse le pareció que sonaba como si se hubiera disparado un cañón. Incluso su propia respiración le sonaba demasiado fuerte dentro de aquel silencio espeso en el que se encontraba sumida la casa. A medio pasillo tuvo que esconderse tras una columna, esperando que pasara un solado francés que parecía demasiado sumergido en su aburrimiento como para darse cuenta de que Antonio estaba allí de pie. Cuando el hombre dobló la esquina, España suspiró con cuidado, intentando no hacer ningún ruido. Y lo peor de todo el asunto es que tendría que escaparse en pocos días de nuevo. No sabía bien cómo iba a lograr que los franceses no se dieran cuenta de que no estaba en la habitación.
Por fin llegó a la puerta de su cuarto. La abrió con cuidado, entró y se giró para cerrar con el mismo sigilo. Una vez estuvo completamente encajada, Antonio se volvió a girar y apoyó la espalda contra la puerta. Suspiró, cerrando los ojos entre cansado y aliviado.
- Creo que nadie te ha oído. Qué bien, ¿no? -dijo una voz melosa.
España sintió que le daba un vuelco el corazón al escuchar esa voz tan conocida. Abrió los ojos, como platos, preso del horror que lo invadía por dentro. Lo único que atinó a pensar fue una palabra una y otra vez: "Mierda". Sus ojos se movieron nerviosamente hasta que dieron con la fuente de su inquietud. Francia estaba ataviado con su uniforme militar, portaba el gorro sobre su cabello rubio y sus manos, apoyadas de manera grácil a cada lado, estaban cubiertas por unos guantes blancos. Se encontraba sentado sobre la cama y observaba a España seriamente. No pudo leer absolutamente nada en su mirada: ni ira, ni sorna, ni superioridad... Nada. Aquello hacía que su inquietud no fuera a menos.
- ¿Dónde has estado?
- Fui... Fui a ver al doctor. No me encontraba bien... -dijo Antonio.
Notaba su corazón martilleando en su pecho. Lo había pillado. ¿¡Por qué demonios había vuelto tan pronto! España pensaba que le debería haber dado tiempo a regresar sin ningún problema. En cambio, Francia se encontraba allí. Su mirada gélida le estaba poniendo los nervios de punta al español. ¿Cuánto sabía?
- ¿Al doctor? ¿Por qué no has pedido a alguien del servicio que fuera a buscarlo? O a alguno de mis soldados incluso. -murmuró Francia levantándose del lecho. Se acercó unos pasos y lo miró analíticamente.
- ¿A tus soldados? -dijo España intentando sonar irónico a pesar que los nervios lo devoraban por dentro- ¿Esos que están más interesados en apropiarse lo que no es suyo? Sí, claro. Una perfecta compañía.
Se hizo un breve silencio. Francis se acercó más.
- ¿Dónde has estado?
- Ya te lo he dicho, yo...
- ¿Dónde has estado? -repitió el francés, aproximándose a él más.
- ¡T-Te lo he dicho! -replicó España frunciendo el ceño. Cada vez tenía más clara una cosa: Francia sabía algo. El rubio estaba ahora delante de él. Le miraba fijamente.
- ¿Ah, sí? Bueno. Si tú no quieres hablar, seguramente tu personal de servicio lo hará después de horas de interrogatorio. Ya que estás tan seguro de que esa es la verdad... -se fijó en el gesto que ponía Antonio. Era la culpabilidad, la angustia de saber que sería el responsable del sufrimiento de esa gente. Esa expresión era la que quería ver. Que no se creyera que podía engañarle- ¿Dónde has estado?
- He ido... A reunirme con algunos militares. -dijo España bajando la vista al suelo y aceptando la derrota- Ya está. Eso es todo.
El hispano movió la mano, intentando alcanzar el pomo de la puerta. Su instinto le clamaba que se marchara. Le había dado una respuesta. No era precisa, pero había confesado que no había ido al médico. De repente notó como Francia le asía con fuerza la mano para impedir que obtuviese una vía de escape.
- No hemos acabado de hablar. -murmuró el galo- ¿Con quién?
- Españoles...
La mirada que el galo le dirigió transmitía un claro mensaje: "Mentiroso". Ahora el rostro de Francia ya mostraba un sentimiento y ése era el enfado. El rubio tiró de él, agachándose lo suficiente para cargarlo sobre el hombro. España intentó revolverse, exclamando que le bajara pero tampoco tuvo demasiado tiempo para ello. De repente notó como lo dejaba caer con poca delicadeza sobre la cama. No pudo ni incorporarse, no pasó ni diez segundos y ya tenía al francés encima de él, apresando sus muñecas contra la cama. La rabia cada vez era más visible en su rostro.
- De todas las personas... De todas las naciones... ¡¿Él? Podrías haber pedido ayuda a tu hermano. Incluso a Austria... No. Tenías que ir a buscar a esa sucia rata de Angleterre. Tenías que aliarte con ese estúpido inglés que tantos problemas te ha buscado a lo largo de los años... -dijo con rabia Francia.
España desvió la mirada. Él mismo no estaba orgulloso de lo que había hecho. Aliarse con Inglaterra no era algo que hubiese pensado hace unos años que terminaría haciendo. No es que tuviera tampoco otra opción. Sabía que había estado batallando contra el galo desde hacía tiempo. Él mismo había estado ayudando a Francia a pelear contra él. Era, sin duda, la mejor carta que podía jugar.
- ¿No piensas decir nada? -dijo el francés después de un silencio.
Claro que no. No era tonto. Si le decía la verdad, saldría mal parado. Si le decía una mentira, él sabría que no era cierto y también saldría escaldado. La única solución que se le ocurrió fue quedarse callado mirando hacia otro lado. Decidió estarse totalmente quieto, esperando que se cansara de gritar y se fuera.
- Yo tan tranquilo intentando conseguirte un estúpido pedazo de suelo...
- "Qué mentiroso... Lo quieres para ti. ¿Te crees que soy idiota?" -pensó Antonio.
- Y tú jugando a conspirar con ese inglés de cejas enormes. -dijo con un tono asqueado el francés. De repente habló con cierta normalidad. Aproximó su rostro al cuello de España, susurrando allí las siguientes palabras- ¿Sabes lo que hará? Te usará como un peón para poder llegar hasta mí, pelearse y luego te sacará hasta la última gota que te quede. Esa es la ayuda que te va a prestar.
Entrecerró los ojos y apretó los dientes para obviar un quejido del dolor que le provocó el mordisco que Francia le había dado sobre el cuello.
- Te arrebatará todo lo que tienes... Y te dejará tirado. Te apuñalará por la espalda cuando menos te lo esperes.
Y a España le dieron ganas de decir: ¿Acaso no es lo mismo que has hecho tú? Se mordió la lengua para no hacerlo. De hecho, ni le miró. Sabía que, si lo hacía, acabaría diciéndolo. Francia le observaba fijamente. Le gustaría tanto que reaccionara de algún modo y que no se limitara a quedarse quieto como si fuera un muñeco inanimado... Aunque seguramente lo que dijera provocaría que se enfadara (pero era difícil estar más molesto de lo que estaba). La mirada del galo ahora reflejaba también frustración y decepción. ¿Por qué tenía que hacerlo tan difícil? Le daba la sensación de que España estaba siempre lejos de él. Por mucho que intentara acercarlo a tirones, siempre se las apañaba para irse cada vez más y más allá. Siempre intentando evitar estar a su lado. ¿Es que tanto le repugnaba la idea? ¿Tan horrible era la posibilidad de estar junto a él bajo el mismo techo? Francia se sentía herido ante eso y lo odiaba. Odiaba tener esos sentimientos, odiaba que alguien pudiera hacerle sentir así cuando él era el Gran Imperio francés. Y, como no quería verse ni por un segundo débil, la única manera que encontraba era pagarlo con él. Le hacía mil y unas, y sólo lograba crear más odio en España, lo cual hacía que se comportara de ese modo con él. Al fin y al cabo, habían entrado en un círculo vicioso del que no parecía que escaparían.
- Tan sólo te pedí una cosa antes de irme... Una. Maldita. Cosa. Que te comportaras en mi ausencia. Y mira con lo que me encuentro de repente. Con que te alías con esa cucaracha... Tú...
Francia se levantó bruscamente, agarrando el sombrero que se había caído sobre la cama. No sabía qué hacer para escarmentarlo y, al mismo tiempo, quería acercarse a él, quizás abrazarle, quizás pasar tiempo juntos como lo habían pasado antes. Se acumulaban tantos sentimientos en su interior... Tiró el gorro al suelo, se quitó los guantes y también los lanzó. España se había sentado sobre la cama, acercándose más al cabecero y alejándose del galo, dándole la espalda. Francia se comportaba raro. Desde que obtuvo tanto poder que empezó a hacerlo... últimamente le daba la sensación de que no lo conocía en absoluto.
De repente, escuchó ruido de movimientos, alguien subirse a la cama bruscamente y entonces el cuerpo de Francis se pegó contra el suyo, presionándolo contra la pared y el cabecero. Las manos del rubio atraparon las suyas y las apoyaron en el cabezal metálico de la cama. Escuchaba la respiración agitada de Francia sobre su oído.
- No quiero que vayas a verle más.
- No puedes hacer nada al respecto.
- Te lo prohíbo. Eres mío, España. Te lo he dicho no una, sino montones de veces. Olvídate de ese inglés de pacotilla. Olvídate de todo lo de más. Tan sólo, sé mío.
- No. La alianza no se va a romper tampoco. Esa es la realidad. Lo mejor será que la vayas aceptando. -replicó España con frialdad.
Francia se había quedado estático por un momento, mirando la pintura de la pared fijamente. Por mucho que lo intentara, no lo lograba. Más y más lejos... No funcionaba ni que fuera amable o intentase enseñarle parte de sus sentimientos. Antonio no atendía a razones y Francis ya estaba bastante cansado. Rió brevemente, con resignación.
- ¿Es que contigo siempre tendré que ir a las malas?
El galo soltó el agarre del español y empezó a quitarse la tira blanca del uniforme militar que llevaba. España miró con gesto descompuesto la pared por dos segundos. Conocía ese tono. Lo conocía demasiado. Francia no se iba a ir por la puerta aceptando una derrota. Eso no iba con él. Era demasiado terco para ceder. Recordó el mordisco sobre su hombro. De hecho, aún podía notarlo si se concentraba. En ese tipo de situaciones se despertaba en Antonio su instinto de supervivencia y hacía cosas en un impulso.
El claro ejemplo fue cuando de repente se giró y golpeó a Francia en el rostro. El contraataque tardó en llegar un segundo. No pudo esquivarlo. Notaba cómo la mandíbula le ardía del golpe. Forcejearon unos cuantos segundos, España intentando apartarse y salir de allí, Francia intentando evitar eso mismo. Logró quitarse la tira blanca y sujetó con fuerza el español
- De algún modo, lamento esto que voy a hacer ahora mismo. Por mucho que no lo creas, lo lamento.
Francia volvió a girarlo usando su fuerza bruta. Agarró los pelos castaños de la nuca y lo empujó con fuerza contra el cabezal. El golpe de la cabeza de España contra los barrotes de hierro resonó con fuerza por la habitación. Notaba ese ruido retumbar por toda su cabeza y un tremendo mareo. Francia le hizo pasar las manos por cada uno de los lados del barrote que tenía justo enfrente y haciendo uso de la tira blanca de su uniforme, ató a España con fuerza al cabecero de la cama.
Antonio intentó forzar las ataduras para ver si cedían y podía soltarse. Lo único que consiguió fue hacerse daño y que éstas se apretaran con más fuerza sobre su piel. Notó como las manos de Francis se abrían camino entre sus ropas y hacía que su pantalón se deslizara hacia abajo. El hispano chasqueó la lengua a disgusto cuando vio que el otro predijo que le intentaría pegar una patada cuando se lo acabara de quitar y le agarró el pie.
Francia le hizo moverse y quedar de rodillas sobre el lecho. Aquella posición era humillante. Se pusiera como se pusiera, su trasero quedaba totalmente expuesto. El rubio había dejado de moverse, observando con detenimiento el cuerpo de su vecino español. Antonio se sentía cohibido sabiendo que el otro le devoraba con la mirada. ¿Por qué no se podía limitar a hacerlo simplemente? Suficiente tenía con la certeza de que no lo iba a dejar en paz hasta que lo hubiera invadido. Apoyó la frente sobre sus muñecas, ocultando su rostro. La mano derecha del francés acarició la zona lumbar de su compañero. Fue descendiendo hasta rozar una de las nalgas.
- Si me juras que romperás esa alianza, seré más condescendiente contigo. No tiene que ser como últimamente. A mí me gusta amar: con cariño y mimo.
- Es tentadora la idea de mentirte y librarme hoy de esto. Pero, te enterarías y vendrías a por mí de nuevo.
Sonaba como si fuera una obligación: como el que tiene que barrer una habitación. Siempre puede dejarlo para otro día pero la mierda acumulada crecería. Mejor resignarse y hacerlo en ese momento en el cual la cantidad de porquería era menor. Francia apartó la mano de la piel del español. Se levantó de la cama, se quitó las botas y la chaqueta del uniforme. España no quiso ni mirar qué hacía durante ese tiempo. Al poco notó como la cama se movía bajo el peso del francés y jadeó al notar una mano en su entrepierna, acariciando intensamente. La otra mano fue pasando por el torso, desabrochando los botones de la camisa con habilidad. Una vez se había abierto el camino, acarició el torso del hispano posesivamente. Su boca se entretenía besando el oído, provocando, buscando ser un aliciente para avivar esa excitación.
Dejó otro beso detrás de su oreja y descendió por su cuello, lamiendo también de vez en cuando. Francis estuvo siendo cariñoso hasta que escuchó el primer jadeo de España. En ese momento sintió que la poca cordura que le quedaba le abandonaba. Quería sentir a España, quería adentrarse en él, quería hacer que sólo pensara en él, quería que su cuerpo temblara bajo el suyo propio. Eso y otras tantas cosas, cada una más censurable que la anterior.
Tiró del cuello de la camisa intentando descubrir así parte de la piel de sus hombros. No podría retirarla, eso era obvio. Debería haberlo pensado antes de atarlo al cabezal. España pronunció un quejido ahogado cuando Francia volvió a morderle el hombro con fuerza. Eso provocó que su respiración empezara a hacerse añicos, claramente afectado por las insistentes caricias en sus regiones vitales. El galo se incorporó, dando tregua al hombro y el cuello del español, pero sin dársela a su entrepierna. Con una sola mano, se desabrochó su propia camisa. Empezaba a ser agobiante el calor.
Acto seguido llevó la otra mano también al miembro del español y lubricó sus dedos en el líquido preseminal del hispano. Disminuyó el ritmo de las caricias lo suficiente para no provocar que alcanzara el orgasmo. La otra mano se fue hacia su trasero y empezó a abrirse paso hacia el interior de Antonio, que se quejaba entre dientes por la molestia que sentía.
Francia estaba portándose. Podría simplemente haberlo penetrado, sin preparación alguna, pero le estaba dedicando un tiempo a hacerle aquello menos doloroso. O quizás sería más preciso decir que se lo hacía a él mismo más fácil. No quería entrar en él y, con la excitación y la estrechez, terminar sólo con eso. Quería adentrarse en él una y otra vez hasta estar satisfecho (o al menos hasta calmar el ansia que sentía). También podría haber sido más cuidadoso y haber dedicado más tiempo a hacer que se acostumbrara a la intrusión de sus dedos. Podría. Pero no quería. Aquello era un castigo. Francis no debía olvidarlo. España prefería aliarse con Inglaterra. ¡Con ése! Odiaba a Arthur. Siempre tenía que fastidiarle. ¡Siempre tenía que intentar arrebatarle lo que era suyo! No pensaba permitirlo. No con España.
Retiró los dedos de su interior y de repente se quedó pensativo, escuchando la respiración ajetreada del español. Dejó de acariciar por completo al susodicho y se quitó la camisa. Cogió la manga y la estiró bien. A continuación la arrugó de manera que quedara más fina, rodeó con la manga el miembro del español y la ató a éste con fuerza. Antonio se estremeció y ahogó un gemido apretando la lengua contra el paladar.
Oh, ¡qué grandísimo cabronazo! Notaba la presión que ejercía la prenda de ropa sobre su miembro. Sabía por qué lo había hecho. No quería dejarle terminar. Estaba seguro de que ése era el motivo. ¿Por qué sino iba a atarle con tanta fuerza ahí abajo? España se clavó sin querer las uñas a sí mismo, con fuerza, cuando notó que Francia se adentraba en él. No lo hizo bruscamente, pero tampoco lo hizo con delicadeza.
No esperó demasiado para empezar a embestirlo, al principio con suavidad, mientras se echaba sobre él, le levantaba la camisa y le marcaba con mordiscos y chupetones la espalda. Una mano descendió y delineó, con el dedo índice y corazón, la punta del miembro del español. Ese fue todo el mimo que le dedicó desde que lo penetrara. A partir de ese momento, Francis decidió volver a ser egoísta. Todo para saciar su propio deseo. Se incorporó y aferró sus manos a la cintura de España.
- ¿Sabes para qué te he atado la camisa? -dijo Francia con la respiración ligeramente agitada. España no le podía contestar. Tampoco es que esperara que lo hiciera- Porque no quiero que termines así como así. Callado... Sin decir nada. Quiero que me pidas que te deje terminar. Ruégamelo... Llámame. Di mi nombre y sólo piensa en mí.
No pasó ni un segundo cuando Francia empezó a embestir con fuerza al español. Su gemido quedó acallado bajo el que había pronunciado España. Las uñas de Francis empezaron a clavarse en su cintura y, con cada nueva fuerte penetración, España notaba su cuerpo estremecerse. Tal era la fuerza que el rubio usaba para embestirle, que por inercia se movía hacia delante y su frente chocaba contra el barrote de hierro al que estaba atado. Al segundo golpe, Antonio intentó mover las manos para apoyarlas delante del susodicho barrote y al menos evitar el impacto. Lo único que consiguió fue que la tela blanca se le clavara más en la piel, casi como si fuera esparto.
Unas pequeñas lágrimas asomaron por la comisura de los ojos del español. Su cuerpo estaba preso de tantísimas sensaciones... Notaba un calor impresionante, junto una sensación agradable y cosquilleante que lo invadía e intentaba sobrepasarle para alcanzar el máximo placer. Pero no podía. Francia le había impedido eso también (entre otras muchas cosas). España se sentía al límite, notaba que la cordura se le iba con cada nueva vez que el francés se adentraba en él. Sus gemidos empezaban a sonar desesperados, necesitados... Y, cuando menos lo esperaba, escuchó su propia voz sin que él hubiera sido consciente de querer hablar.
- F-Francia...
Escuchar su nombre en español le hizo estremecerse. ¿Cuánto tiempo hacía que no le llamaba así? Se dio cuenta que había parado un poco y volvió a adentrarse en él con fuerza.
- D-déjame... t-terminar... Fr-... por favor... Francia -dijo Antonio, cambiando inconscientemente entre su idioma y el que ellos usaban para hablar.
El galo llevó una mano a la entrepierna del español, tiró de la camisa y liberó por fin su miembro. Hicieron falta dos nuevas embestidas para que Antonio alcanzara el clímax y todo su interior se contrajese placenteramente sobre el miembro del francés. Hubiera seguido más tiempo adentrándose en él pero su cuerpo no pudo reprimir más aquella necesidad. Su respiración quedaba disimulada ante la de España, que resonaba por toda la habitación.
Los ojos azules de Francia desfilaron por la marcada espalda del español. Prestó atención a su cintura, abrasada por la fuerza con la que las manos del galo se habían apostado en ellas, con la fuerza con la que las uñas se habían clavado en su piel para penetrarlo con más fuerza. Salió de su interior y suspiró un poco.
Aparte del placer físico, no sentía nada más. Por ese motivo no le gustaba tener sexo salvaje tan a menudo. Se acercó a España y empezó a aflojar el agarre de la tira con la que le había atado a la cama. Cuando notó que la tela estaba más floja, Antonio pegó un grito horrendo. Un alarido con rabia, desesperación y otros sentimientos de la misma índole. Empujó a Francia contra la cama y llevó las manos a su cuello, apretando allí con fuerza.
Su mirada destilaba odio y humillación. Las lágrimas provocadas por el placer aún dejaban su leve rastro al lado de sus ojos. Tenía un morado en la mejilla, de cuando habían forcejeado y se habían estado golpeando. La frente también estaba roja en la parte en la que el flequillo era más corto y apenas la cubría.
- ¿¡Y así quieres que acceda a ser tuyo! -exclamó España con odio- ¡¿Haciéndome esto que me haces? ¡¿Así pretendes que no vaya tras Inglaterra para pedirle ayuda? Gabacho hijo de perra.
A pesar de que le faltaba el aliento, el rostro de Francis apenas se inmutó. Miraba fijamente el rostro de su vecino el cual no era capaz ni de controlar lo que sentía. Quedaba claro cuando veías como temblaba.
- No creo que quieras hacer esto. -dijo Francia con voz ronca, apoyando una de sus manos sobre el brazo de España. No hizo fuerza.
- ¡Claro que quiero! ¡Te quiero muerto! ¡Muérete de una puta vez y déjame ya tranquilo! -espetó Antonio.
- No. No quieres. Y... -tuvo que parar porque le empezaba a faltar bastante el aliento- la de problemas que puede acarrear que sigas... Sabes que... Que si quisiera, te hubiera podido apartar fácilmente.
España apretó dientes tan fuerte que casi se podía oír cómo rechinaban. Aborrecía que tuviera razón. Lo detestaba a él, su constante traición y a la parte de sí mismo que estaba haciendo que dejara de apretar, asustado por las consecuencias y otras tantas cosas. Bajó la vista y siguió temblando con los muchos sentimientos que lo embargaban.
- Vete... -dijo en voz baja. Francia se incorporó con tranquilidad y eso aún lo enervó más- ¡Vete! ¡Largo! ¡Vete de esta habitación! ¡Desaparece de mi vista de una jodida vez!
Lo empujó, le lanzó los cojines, la almohada, mientras seguía gritándole que se fuera, que saliera de allí. Y a pesar de que le empezaba a doler bastante el trasero, España se levantó y lo persiguió mientras lo apremiaba a que le hiciera caso. Tiraba las cosas al suelo, lo que podía coger sin demasiada dificultad se lo lanzaba a Francia y, una vez salió, pegó un portazo y aporreó la puerta cerrada.
- ¡Vete de mi casa! ¡Desaparece de mi vida! ¡Te odio! ¡Te detesto tanto, Francia!
Había aguantado... Había resistido por mucho tiempo sin derrumbarse y ceder por completo a las emociones. Hasta ese justo momento. El instante en que Francia había logrado que tuviera que suplicarle. España no podía seguir aguantando todos aquellos sentimientos que había logrado guardar. Su interior estaba cediendo por momentos y estaba arrastrando consigo todo lo que había en la habitación. Después de haber tirado un espejo al suelo y haberlo hecho añicos, Antonio miró los restos esparcidos por la habitación y encontró un símil entre ellos y él mismo. Francia acababa de lograr que se rompiera de ese modo, que explotara y se comportara irracional y destructivamente.
Al día siguiente, Francis se marchó de vuelta a casa. No porque hubiera decidido dar marcha atrás en su plan de invasión y dejar a Antonio en paz. Simplemente iba a ayudar a sus tropas en los frentes Europeos. Ni tan siquiera se había presentado en la habitación de España para despedirse como había hecho en otras ocasiones. Aún podía recordar lo ocurrido la noche anterior. Todos los gritos y el ruido de las cosas romperse y caer dentro del cuarto del hispano. El rubio necesitaba poner en orden sus pensamientos. No le iría nada mal alejarse de la península por una temporada.
Dos días más tarde, España se encontró con un mensajero inglés para entregarle información estratégica sobre los franceses. El hombre no dejaba de observar a la nación con el ceño ligeramente fruncido. No es que estuviera preocupado del todo pero el aspecto que España ofrecía era realmente acongojante. Le echó un vistazo de nuevo al mismo tiempo que cogía los papeles con la información que éste le ofrecía. Un morado de un lila horroroso y con zonas rojizas adornaba su frente, justo en el punto donde su flequillo se hacía más corto (lugar en el que había estado golpeando contra el cabecero de la cama). Tenía otro, en la mejilla, aunque este se disimulaba más (claro que eso era porque el que tenía en la frente era como si tuviera luces). Tenía mordiscos por el cuello y algún que otro chupetón.
- Disculpe la pregunta pero, ¿qué le ha ocurrido? -preguntó el hombre- Sorry. Sé que no me incumbe pero sir England me ha dicho que le informara de todo lo que viera. Obviamente, su estado no me ha pasado desapercibido, sir.
España se quedó callado durante un buen rato. Miraba fijamente al inglés, sin una expresión definida. Comprendía que mayormente era la curiosidad la que motivaba la pregunta.
- Este es el precio que he pagado por aliarme con vosotros.
20 Febrero
Hacía un mes que se había marchado de la península. Aquel tiempo le había ido bien para reflexionar un poco. No es que sus intenciones hubieran cambiado, pero al menos ya tenía sus ideas ordenadas. Dos criadas se acercaron a él, a una le dio la caja que llevaba. Miró a la otra después de observar su alrededor.
- ¿Dónde está España? -preguntó.
- Creo que está en el piso superior, señor. -dijo la mujer.
- Ve y dile que, si puede ser, venga a verme. Estaré en esta sala. -ordenó el francés señalando la puerta que tenía justo a su izquierda.
- Señor... ¿Y si no quiere venir?
- Pues que no venga. No voy a ponerme a llorar porque no haga acto de presencia. -dijo Francia con indiferencia.
Se adentró en la estancia dando por finalizada la conversación. Se dejó caer en el sofá y pegó un suspiro hondo. El viaje había sido agotador. No iba a ir persiguiéndolo. No es que tuviera tiempo como para andar perdiéndolo jugando al pilla-pilla con Antonio. Ambos eran ya adultos. La situación era lo suficientemente seria como para no ir haciendo tonterías. Además, no tenía necesidad de irlo persiguiendo. Después de todo, más de la mitad del territorio español era ya suyo. Después de las repetidas veces en que lo había poseído, Antonio era más que suyo. Que alguien se atreviese a decir lo contrario.
El ruido de la puerta le distrajo de sus pensamientos. España, ligeramente enfurruñado, le observaba desde allí. Bueno, no es que hubiese esperado que le saltara a los brazos y le gritara lo mucho que le había echado de menos, por mucho que la idea le hubiera gustado. Pero no era posible. No después de lo que había ocurrido la última vez que se vieron. Francia sonrió casualmente. Ni por esas España se acercó.
- Menudo recibimiento más frío que le das a tu hermanito. -dijo el galo haciendo un pequeño puchero. Viendo que no se inmutaba ni un poco, sonrió resignadamente- No esperaba que vinieras.
- ¿Acaso me quedaba otra opción?
- Por supuesto. Le dije que te dijera "si puede ser".
- Pensaba que era una falsa expresión de cortesía. Ya sabes, de esas que sueles usar. Que te dan opción a algo que en realidad no está a tu disposición.
- Qué descortés.
Se hizo un incómodo silencio. Por no hacer, el hispano ni le miraba a los ojos. Bueno, se lo había buscado él solo. No es que se arrepintiera tanto de lo que hizo. Quizás ligeramente, en el fondo de su corazón, en un rincón remoto existía el arrepentimiento, acallado por el poder, la gloria y la supremacía.
- Siéntate, quiero hablar contigo.
- No me apetece hablar. Dijiste que podía irme si quería, ¿no?
- Siéntate. -ordenó. Su tono fue más seco esta vez.
Vale, aquello había sido un paso hacia atrás. Francia estaba intentando comportarse para así preparar el terreno a lo que iba decirle. El de pelo castaño cruzó la habitación, su rostro inmutable incluso después de haber sido ordenado, altivo, se sentó en un sillón que quedaba a la derecha de Francis.
- He venido únicamente para ver cómo van las cosas, atar algunos cabos e iré de vuelta a Europa. Tengo unos asuntos de los cuales no tengo por qué hablar.
- Sé lo de Austria. Sé que estás enfrentándote a él muy duramente ahora. -dijo España repentinamente. Francis se quedó bastante desconcertado. El español sonrió con superioridad- Que tú no quieras hablar no significa que tus soldados hagan lo mismo. Al parecer los españoles no son los únicos cotillas, ¿eh?
- De cualquier modo, -retomó el francés después de unos segundos de silencio- en tres días me iré. Me gustaría pasar tiempo contigo. -la expresión incrédula de España ante esta frase fue casi digna de retratar.
- No me digas más. Has perdido el único tornillo que te quedaba en esa cabeza, ¿verdad?
- No estoy diciendo que vayamos juntos al campo, paseemos y miremos un atardecer. Ni siquiera que nos sentemos a jugar a las cartas como antes. He traído una botella de vino estupenda que encontré por casa. Me apetece cocinar algo, hace mucho que no lo hago. Sólo te pido que comas conmigo esos tres días.
- ¿Me lo pides? ¿Es otra obligación camuflada?
- No, no lo es. Si no quieres venir, está bien. No es que vaya a ponerme a llorar. Sólo pensé que sería agradable.
A Francia le había venido un terrible sentimiento nostálgico mientras estaba fuera. No era algo que fuera a admitir. Era un estadio por el que todo imperio pasaba, el aislamiento del poderoso. No es que fuera a entregar todo lo que había obtenido por recuperar algo que, con toda seguridad, no podría volver a obtener. Francis se levantó y se encogió de hombros.
- Tan sólo son tres comidas. Seguramente al mediodía. La decisión final es tuya. Como a las doce y ceno a las siete. Ya sabes mis horarios.
Francia salió de la sala. España suspiró pesadamente. Se apoyó en el respaldo del sillón y acomodó los pies sobre la pequeña mesita que había delante, mirándola con fijación. No sabía qué hacer. De hecho, aquello no era nada de lo que esperaba. Casi había deseado que le hubiera gritado. A eso sí hubiese sabido cómo reaccionar. Y había otro problema...
- Encima comes tan jodidamente pronto... -murmuró hastiado.
7:00 p.m
El plato que había cocinado, olía de maravilla. Y eso no lo pensaba solamente porque lo hubiera cocinado él. Era una evidencia. La sala estaba bien iluminada por una cantidad considerable de velas. La mesa de roble estaba cubierta con un mantel ostentoso y encima de ésta descansaba la cubertería, de las mejores que el hispano tenía en las alacenas de su hogar. Las copas de vino restaban inmaculadas, a la espera de una botella que permanecía cerrada en el centro de la mesa. Observó por tercera vez el plato que había preparado para Antonio. Bueno, había sido demasiado necio por su parte el pensar que vendría.
España había estado pensando bastante en la petición del francés. Desde un principio había decidido que no iría. La invasión seguía, no tenía por qué cenar con él. Aún recordaba lo que le había hecho hacía un mes, cuando lo había agarrado y lo había dejado caer desde lo más alto (al menos en sentido metafórico). Ninguna de las cosas que había hecho Francis en los últimos años era un motivo para ir a cenar o comer con él.
En cambio, el olor a comida fue un perfecto motivador para salir de su habitación. Maldito Francia, ¿por qué tenía que cocinar tan bien? El aroma estaba por todas las partes de la casa. Por mucho que estuvieras bastante rato en un sitio, la pituitaria no se acostumbraba al olor y lo podías notar durante largo tiempo. Su estómago gruñó. Se golpeó el estómago. Se encorvó y se llevó las manos a la barriga, la cual le dolía del golpe que se había dado a sí mismo.
Se paró en mitad de las escaleras. ¿Qué demonios hacía allí? Se suponía que había decidido que no iba a comer con él. Bueno, ¡es que no iba a hacerlo! Tan sólo iba a mirar. Quería comprobar qué tipo de trampa había preparado Francia. Quizás lo estaba esperando desnudo para intentar a saber qué depravación sexual.
Lo bueno que tenía su comedor es que era grande. Podías estar en una punta y, si eras lo suficientemente silencioso, nadie tenía por qué darse cuenta de que estabas allí. Cuando iba por el pasillo, se escuchó un reloj dar la hora en punto. Por fin llegó al dichoso comedor y se encontró con el añadido de que la puerta estaba abierta. Se asomó y vio que Francia estaba totalmente vestido. Bueno, aquello descartaba la idea que tuvo en un principio.
El rubio había mirado el plato que tenía al lado, el cual supuso que era para él, unas cuantas veces antes de comer. Después de aquello, suspiró pesadamente y empezó a tomar los alimentos que él había preparado. España lo observó desde las sombras, en silencio. No entendía realmente al galo. No lo comprendía. Con todo lo que le estaba haciendo y que aún quisiera cenar, como si nada hubiese pasado.
Una hora más tarde, el hambre le estaba matando. No sabía ni por qué motivo seguía aún allí, apoyado contra una pared, mirando a Francia. De hecho aún seguía comiendo. Después del primer plato, había estado esperando una media hora larga. En un momento miró hacia la puerta y Antonio se pegó contra la pared, intentando quedar oculto en las sombras. Al parecer no era visible ya que Francia miró de nuevo a la mesa.
¿Por qué a las ocho y media se apartó de la pared y se adentró en el comedor? Ni idea. Caminando dignamente, España cruzó la sala hasta llegar al extremo de la mesa donde estaba su plato. Levantó la mirada y se fijó en que Francis le miraba con una expresión ilusionada que había intentado inútilmente retener. Realmente no era algo que esperaba.
- No te hagas ilusiones. Tenía hambre. Eso es todo.
Su conversación no era la más distendida que pudieras presenciar. El francés intentaba hacer que su vecino hablase con cierta normalidad y no se dedicase a responderle con monosílabos.
Aunque seguramente fue a causa del vino, hacia el final de la cena, España participaba más activamente y hasta estaban teniendo una decente charla sobre la cosecha de la vid de aquel año. Cuando terminó el postre, el hispano se levantó de la mesa.
- Te espero mañana para comer o cenar. Lo que prefieras. Pueden ser ambas.
- Te dije que no te emocionaras. Que haya venido no significa que lo haga mañana también. -dijo España frunciendo el ceño un poco.
- Lo sé. -replicó con una sonrisa- Igualmente esperaré tu presencia.
- Sigue esperando.
22 de Febrero
Si a Francia le hubiesen dicho hacía cosa de dos días que iba a escuchar reír con normalidad a España, no se lo hubiese creído. Esas últimas dos jornadas habían sido tan corrientes que hasta era extraño. Como una escena que no cuadraba con la realidad que se desarrollaba fuera de esa casa. La risa apenas duró un segundo, pero él la había escuchado. Fue por el comentario sobre la historia de una mujer que le había pillado con otra. La situación iba bastante bien. La primera cena fue un poco desastrosa, pero España había acudido con regularidad a la siguiente.
La comida del día 21 fue tan bien que el español también se presentó a la cena. Francis no podía pedir más. Habían momentos de silencio, pero casi le daba la impresión de que no eran tan tensos como antes. Se estaba bien. Después de la convivencia envenenada, aquello era extrañamente fresco.
El nuevo comentario sobre la comida hizo sonreír a España.
- Qué idiota.
Y aquel tono libre de cualquier deje de odio hizo que Francis se atreviera a dar un paso más. Agarró la mano del español entre la suya y la besó caballerosamente. España no se movió, aunque ahora le miraba con cierta inexpresividad en su rostro.
- Estas comidas no han estado mal, ¿no crees? Han sido entretenidas. -dijo con su tono meloso.
- Supongo.
- ¿Lo ves? Podemos cohabitar juntos. Podemos estar bajo un mismo techo sin tener que odiarnos. No es tan malo estar conmigo. Yo te cuidaría bien, España. Si dejaras de resistirte, yo sería tu protector a partir de ese mismo momento. -con el pulgar acariciaba la mano de su vecino- Podría acabar la guerra y el sufrimiento. Sólo tienes que ser mío. No soy tan horrible. Lo has podido comprobar estos días.
España bajó la mirada hacia la mano que el otro sostenía entre la suya. Si lo pensaba seriamente, esos días no habían sido malos. Quizás Francia podría darle lo que él solo no había podido conseguir. Ni tan siquiera sus mandatarios habían logrado que progresara igual que lo había hecho el galo. Puede que no fuera mala idea dejarle guiarlo. A él le estaba yendo bien, tenía un imperio, era la nación que muchas otras temían...
De repente pensó en algo: La situación había mejorado porque a peor no podía ir. Había tocado fondo, lo único que podía hacer era remontar, aunque fuera ligeramente. Entonces pensó en todo el cansancio físico que siempre sufría, todas las consecuencias de las batallas que seguían sucediéndose en el territorio. Todas esas luchas las había provocado Francia. Todas esas muertes que a veces le asaltaban en forma de pesadilla por las noches también eran su culpa. Lo odiaba y sería por más denigrante dejar de hacerlo sólo por cuatro o cinco comidas y un buen vino. Su gente valía mucho más que esos manjares.
Y entonces se percató de que aquello seguramente había sido una estratagema para intentar que se rindiera y dejaran de batallarles. Casi con toda certeza, aquello era para poder mandar los efectivos que tenían en la península hacia Europa, lugar donde la guerra era bastante cruenta. Fuera como fuera, Francia siempre jugaba con él. Siempre intentaba manipularlo. Notó una punzada en su pecho. Sí, y él era estúpido por permitirlo.
Por un momento, el francés había tenido cierta esperanza. España no había dicho nada y le miraba como si estuviese pensándolo. Cuando el hispano apartó la mano, con suavidad pero aún así contundencia, supo que no lo había logrado. La expresión que tenía en el rostro era extraña y Francia no supo leerla.
- Así que era eso. -murmuró España antes de levantarse de la silla- Buen intento.
No habían terminado de comer siquiera. Era una clara señal de que aquella extraña tregua de sentimientos negativos se había terminado. El de cabellos castaños cruzó la habitación hasta quedarse en la entrada de ésta. Francia le miró, sin saber qué era lo que vendría a continuación. El otro viró sobre sus talones y le devolvió la mirada. En ella se podía leer decisión.
- Van a seguir luchando. YO voy a seguir luchando. Esta nunca va a ser tu casa. Esa fantasía tuya en la que los españoles te iban a dejar pasar y recibirte con los brazos abiertos es una patraña. Quítatela de la cabeza y regresa al mundo real de una vez. El palo que te llevarás será menor luego.
- Prácticamente toda tu parte de la península es mía. ¿Y dices que soy yo el que me voy a llevar un palo? Creo que tú eres el que está demasiado cegado. Soy más fuerte que tú y al final me acabarás perteneciendo. Sólo intentaba hacerte esto menos difícil.
- No necesito tu asquerosa compasión. No necesito que me protejas, ni que me guíes, ni que me ayudes. Soy mayorcito.
- Pues estás guiando a tu pueblo a su propia destrucción. No creo que estés dando el mejor ejemplo llevándote a ti y a tu gente al borde del abismo hacia el que ya te estabas dirigiendo.
- Al menos yo no disfrazo mi deseo posesivo y enfermizo de manipular tras ganas de ayudar a otra nación. -dijo el español después de un largo silencio en el cual buscaba qué era lo idóneo replicar- No lo haces por mí. Esto ya no es más sobre mí. Es sobre ti. Quizás siempre lo ha sido y yo no me di cuenta.
Francia no respondió, únicamente le aguantaba la mirada, serio. España dio por finalizada esa primera pelea en la cual ninguno de los dos había levantado la voz y habían usado un tono bastante neutral. Aunque le hubiese gustado replicar que al principio sí había sido sobre él, Francia no lo hizo. Sabía que, incluso si lo intentaba, España no le creería. Porque en algo tenía razón: Ya no era por él. Era sobre su propio deseo. Y lo acabaría por cumplir. Aunque al hispano no le gustara la idea.
Este capítulo es bastante cruento al principio, lo reconozco. La cosa es que mientras yo escribía podía notar que el rencor y la sensación de rechazo que ambos personajes sentían había ido creciendo y creciendo y cómo las situaciones se tornaban cada vez más y más violentas. De hecho pensaba: es que con todo lo que ha pasado, ¡no puede ser muy suave! Y pensé que este lemon (el último que hay completo) debía ser un punto de inflexión y tenía que apartarlos para que se les bajaran los humos.
Lo que no pude calcular (y os lo juro que hasta yo misma me quedé sorprendida cuando acabé escribiendo esto) es que España se me desmoronaría hasta este punto. Fue una de las dos veces que España tomó vida propia en el fic y se escribió su propia escena. En otra parte me pasó exactamente lo mismo y pensé: ·_· Ah, Dios... España volvió a tomar vida propia...
Después del parón, las cosas se calmaron. Sobre todo tenía que calmar a Francia, que se me había ido a unos extremos imposibles. De esos que sacaban sus instintos más primitivos (y eso le quita glamour a tito Francis) y salió la escena de las comidas. Después de esto, como ha anunciado, Francia volverá al frente europeo. ¡Pero no voy a dejar abandonada la historia de España! Francia no puede apartarse de él mucho tiempo 8D honhonhon
Espero que os guste y perdón si la primera parte os pareció dura. Después de todo, estáis leyendo un fic para adultos, M, así que estas son a las cosas a las que os aventuráis.
Sobre el título. Me vino espontáneamente y luego comprobé que la frase salía en el capítulo así que... Parfait XDDD Nada más que comentar XD.
Ahora paso a comentar vuestros hermosos reviews que abren mi ventana y dejan pasar pajarillos que portan ramilletes de flores y los coros celestiales los rodean (oy dios, qué pelota soy xD)
Atsun, creo que cuando dejaste comentario hacía muy poco que lo había posteado. No sufras òvo Fuiste la primera XDDD No, el titulo Y regreso a ti fue un pedazo de gazapo del que me tuvo que avisar la francesa que me lee xD Menos mal XDDD Rancia! XDDDDDD No piensa que sea omnipresente, pero cree que tiene mucho instinto. Se conocen muy bien y saben cómo encontrarse de algún modo. Después de todo, las naciones también se identifican y se encuentran fácilmente. El ejemplo con América cuando era pequeño. No creo que Antonio pueda estar ajeno a todo lo que pasa. Francia en realidad se siente muy rechazado y gran parte de ese sentimiento le hace ser un completo capullo xD La zanja xDDD y tu historia me ha matado. Recuerdo que la leí en el tren y me hiciste reírme delante de todo el mundo. Me miraron raro, vale? XDDD Deja de pensar en plumas! Vacía la mente! Ooooomm... Fratulencia XDDDDDDDDDDDDDDDDD
Kitshunette, awww you could try. You write spanish pretty well. But it's okay ò.o I'll read the information about the game. Ahahah yeeeah~ France is soooo damn possessive on this fiiic xDDDD Ahaha xDD Because it sounds like a jerk, and it's so Arthurish xDDDD pff *hugs * Thanks for the review ovo
Nani18, seeeeh, es cabrooon~ Ahora ha tenido un descenso de su nivel de cabronosidad (¿?) pero ya le subirá, ya XDDD Portugal ha sido un ente bastante etereo xD intenté poner como que no era ni un sexo ni el otro para que así cuando salga no me joda el fic entero. Eso sí, en mi mente era hombre XDDD Ya subiré ese lemooon ;A;! Y-ya lo haré... algún día XD No dejaré de escribir FrSpFr ò.ó9
Akirah, xDDD está posesivo... Pero es que es España.. La tentación es grande xD. Es una frase muy fuerte de repente, en un contexto muy tranquilo xD Creo que de ahí ese impacto XDDD Hay charlas, nada de acción sexual xD Porque España cree que es un hijo de puta y no le va a dejar tocarle. Menos después de todo lo que le está tocando ya Francia. Gracias por leer :D
Suzume Mizuno, piensa que si es demasiado brusco puede enfadar a Francia y entonces puede ser peor... -.- Ya vemos cómo se porta cuando se enfada. El pobre Napi *XDD * tiene una guerra que mantener. Si tiene que preocuparse de los arranques infantiles de su nación.. puf... Te digo... Habrá combate XD Es imposible que no lo haya ;D Gracias a ti por dejar review en cada capítulo. Mi esfuerzo se ve recompensado con vuestros reviews ;w; -hearts-
Yuyies, lo está y en este capítulo se le acabó el aguante al pobre. Napoleón es benevolente hasta cierto punto. Pero todo eso de lo del desfile y tal es cierto. Leí que Napoleón había dado esas órdenes y que se cumplieron. Francia ya se tomó su venganza por esa alianza. Y esas conversas entre Inglaterra y España rezuman... xDDD no sé qué rezuman, pero se odian xDDD Gracias a ti por tu review ;)
The-sweetest-revenge, xDDD A mi el UkSp no me desagrada siempre que se puteen y se odien y sea una puta mierda de relación. Si hay amor es como EWWW that's not real! Les seguimos odiando! XDDD Mira Gibraltar! No, no habrá xD Pero sí charlas y odio puterío xD Si disfrutas con eso, entonces supongo que te gustará. Es algo sexy pero ya se le fue del todo de las manos. Ahora mejor, un poco más calmadito xD Uumm... A qué relación de personajes... Creo que a ninguna existente xD
Eakeles, ... xD uuff... Pues escribe! Así puedo leer algo de ellos que no haya escrito yo! XDDDD Toño no puede quedarse quieto, es lo que hay. Sí, volverá a salir. La frase de Arthur muy en su onda xD me alegro que os gustara. Gracias por el review =D
Hethetli, España sabía que no podía ir si no iba en ese momento. Aunque, igualmente, le salió el tiro por la culata. Pero bueno... Porque Francia igualmente le pilló y le hizo pagar. Gracias por el review! =D
Hinayoso, se está deshijoputizando? Toma el despunte del hijoputismo xDDD Aunque ahora sí se ha vuelto a calmar xDDD
Nolimy-kun, Iggy ya está aquí xDDDD No cavará nada, será un hijoputa como siempre! XDDDDD Si te gustaba que lo amarrara, aquí tienes la segunda parte. Y ya ves que sí, el abuso físico hizo mella y acabó por ceder en este momento. Como expliqué, se me f ueron los personajes de las manos. Gracias por el review ;D
Y eso es todo por esta vez,
Nos vemos en el próximo capítulo
Miruru.
