DISCLAIMER: Naruto no me pertenece.

ADVERTENCIA: Muerte de personajes/ Leve OoC/ Universo alterno.

Espero que lo disfruten.


El móvil del delito

Capítulo 5: Pacto

Aunque el suspiro que expulsó al traspasar , por fin, las grandes puertas polarizadas de la Comisaria Estatal de Konoha -justo antes de que empezara a llover- fue de genuino alivio, Sakura boqueó, estresada, cuando comprobó en el gran reloj de aguja, que decoraba el vestíbulo del edificio, cuán tarde era .

Estúpidas ONG's para la paz, refunfuñó para sus adentros; el entrecejo sutilmente arrugado.

Como la capital del país, Konoha nunca había sido una ciudad tranquila, pero dependiendo de la agenda gubernamental, había días más despejados que otros. Hoy era uno de esos días en los que la gente bullía por las calles de forma tan frenética, que si no estabas al pendiente te llevaban por delante, sin que les importara en absoluto. Y pese a su condición innata de urbanita, Sakura soltó, en la privacidad de su mente, otra retahíla de improperios para ver si así conseguía drenar el enojo que le producía todo ese pandemónium –a su ver- sin causa justificable, que había hecho del área metropolitana de Konoha una suerte de paraje rural intransitable. Prueba de ello era que la forense había tenido que dejar su auto en el estacionamiento del centro comercial más cercano para caminar a pie –con todo y los macundales que llevaba encima- las seis cuadras que la separaban de la jefatura mientras intentaba no ser arrollada por la marea de manifestantes que se aglomeraban a las afueras del Palacio de Justicia.

Esos pensamientos eran los que ocupaban su mente mientras firmaba la bitácora de entrada. Luego de caligrafiar el propósito de su presencia en el ente judicial, Sakura recogió sus pertenecías y se viró para emprender la marcha.

―Bella flor ―la saludó la almibarada voz de Rock Lee; un oficial de la Unidad de Hurtos que, desde que la conoció, se había mostrado especialmente interesado en ella―. ¡Qué alegría verte por aquí!

La joven trató de corresponder a su sonrisa franca, pero con el humor que se cargaba, no consiguió que la mueca pasara más allá de un gesto contorsionado, que hacía ver su rostro enfermo. En contraste con la expresión alborozada de Lee, ella parecía un bicho raro. Justo cuando la sonrisa del muchacho estaba en su punto más radiante, Sakura se preguntó cómo era posible que él lograra conservar tan buen talante en esa situación; era como si todo el caos que tenía lugar fuera de esas cuatros paredes, lo tuvieran completamente sin cuidado.

―Lee ―logró mascullar cuando lo tuvo tan cerca como para sentirse obligada a intercambiar palabras con él. Sobre su regazo, sostuvo con más ahínco la caja y los folios que contenían las pruebas forenses del caso Nohara; y esta vez, aunque pobre, su aspaviento logró asemejarse más a una sonrisa―. Que agradable sorpresa.

―Lo único sorprendente aquí es comprobar como cada día te ves más hermosa.

Ella se ruborizó; no porque se sintiera halagada, sino porque le avergonzaba sobremanera el modo tan zalamero con el que él buscaba adularla.

―Necesitas ayuda ―dijo Rock Lee, sin conferir a sus palabras el tono que acompaña a una pregunta, al tiempo que le arrebataba la caja junto con la pila de carpetas―. Déjame llevar esto por ti.

Y antes de que ella pudiera negarse, el enérgico joven apretó el paso y con grandes zancadas se encaminó hacia el ascensor. Sabía al dedillo que Sakura se dirigía al quinto piso; el lugar donde funcionaba la sede de la Unidad de Homicidios; así que una vez que las puertas se abrieron, se embutió tras de ella y, con una agilidad que la forense desconocía, presionó el botón correspondiente para poner el elevador en ascenso.

El repiqueteo estridente de su teléfono celular, la salvó de tener que entablar otra embarazosa conversación con Lee, quien al percatarse de la interrupción momentánea, asintió como dándole permiso de atender. Gracias a que ahora tenía las manos libres, Sakura pudo tomar sin ningún problema el aparato que llevaba en el bolsillo derecho de su pantalón, pero al mirar la pantalla se dio cuenta que solo se trataba de un mensaje de voz. Además de este, se registraba la notificación de un par de llamadas sin contestar que, a juzgar por la hora, había perdido mientras venía de camino a la comisaria. Pese a no conocer el número, el corazón le latió con ímpetu al sospechar de quien podían ser; por lo que de forma presurosa, se llevó el celular al oído y después de un segundo de agónica espera, sus especulaciones se vieron comprobadas al escuchar la voz –arrebatadoramente sexi- de la única persona a la que le había dado su número telefónico, recientemente:

Espero que seas la Sakura Haruno de Ichiraku's y también espero que esta vez logres recordar quien soy… Solo llamaba para saber de ti. Miento. Lo hago porque te prometí una cita y… Bueno, yo siempre cumplo mi palabra. Llámame.

En esta oportunidad, no fue necesario que el hombre le repitiera su nombre; pues durante los últimos minutos que pasaron juntos, ella se había concentrado tanto en memorizarlo, que estaba segura que no conseguiría olvidarlo aunque lo quisiera.

Neji Hyuga, rumió en su mente, escuchando por segunda vez el mensaje; una sonrisa involuntaria le estiraba las mejillas. En su burbuja febril de emoción, Sakura debió reprimir las ansias de devolverle la llamada al percatarse de que en presencia de Lee, no podría coquetear abiertamente con el hombre con el que había dormido hace tres noches.

¡Tres noches!

Sakura estaría mintiéndose a sí misma si negaba que el hecho de que Neji no la hubiese llamado hasta ahora, le había provocado cierto malestar; eso, sin embargo, acababa de cambiar; pues ni siquiera saberse expuesta al intenso escrutinio de Rock Lee, evitó que los ojos de la forense resplandecieran, dando acuse de su regocijo. Y es que aunque ella no era el tipo de mujer que se quedaba esperando la llamada del día siguiente, con Neji Hyuga todo había sido diferente desde el momento en que sus miradas se cruzaron bajo las luces de neón de su bar favorito; al que él, por cierto, nunca había ido hasta ese día.

―Buenas noticas ¿eh? ―inquirió su acompañante, advirtiendo el cambio de humor en ella―. Siempre he pensado que te ves más hermosa cuando ríes.

―Gracias.

Sakura amplió el gesto, sinceramente, contenta.

Un instante después, la música que anunciaba el fin del ascenso, inundó cada rincón de la cabina, antecediendo la apertura de la compuerta de metal. Sakura emergió luego de que Lee le cediera el paso, encontrándose con mucho movimiento en los corredores: oficiales zigzagueando de aquí para allá, murmurando con apariencia aturdida; ella tuvo la impresión de que se estaba perdiendo algo.

―Dejaré tus cosas en la oficina de Naruto.

―Llegas tarde ―reclamó la voz de Ino, pasando por alto la reverencia que le dedicó Lee antes de marcharse.

Sakura la hubiese fulminado con la mirada si no hubiese estado tan feliz. Y su amiga, haciendo gala de ese sexto sentido que la hacía percibir las cosas a leguas de distancia, notó el rubor de sus mejillas; el brillo en sus ojos. A bocajarro, cuestionó:

―No me digas que tuviste sexo en el elevador. ―Ino volvió el rostro en dirección a la oficina del jefe de la UHK y añadió de forma dramática―. Es Lee, frentona.

―No seas puerca, Ino ―replicó con calma; la rubia junto las cejas en una falsa pose de cavilación.

―Eso explicaría tu retraso.

Sabía que si señalaba los otros síntomas, Sakura se cerraría de banda y no le contaría la verdadera razón de su buen ánimo. Era mejor no crearle recelos; así se le haría más fácil agarrarla con la guardia baja. En eso de manipular a la gente, Ino era una maldita especialista.

―Las protestas en el Palacio de Justicia explican mi tardanza; tuve que caminar un montón de cuadras, porque el tráfico está hecho un infierno.

―Pasa cada vez que van a ejecutar a alguien ―repuso Ino, encogiéndose de hombros para no hacer de los disturbios el tema principal de su disertación inductiva. Acto seguido, comentó―. ¿Algún día vas a decirle a Lee que está perdiendo su tiempo contigo?

Sakura observó al interpelado sonreírle desde el otro lado del pasillo; se sintió culpable.

―No sé cómo manejar la situación. Deberías enseñarme.

―¿Yo?

―La gente siempre se enamora de ti.

Ino sonrió con picardía y, con su habitual contoneo de caderas, emprendió la marcha hacia la sala de interrogatorios antes de decir:

―Eso no es cierto. Y debes hablar con él.

―¿No puedo esperar a que se la pase? ―apostilló Sakura, siguiendo a su amiga. No se le antojaba ni tantito tener que pasar por ese trago amargo.

―Normalmente, no se les pasa en buen un tiempo. Él tiene derecho a saber lo que sientes; es lo correcto.

Sakura hizo un mohín, deteniéndose tras Ino. El problema, en realidad, era lo que nunca había llegado a sentir por Lee; aun cuando ella sabía que de haber correspondido a sus sentimientos, hubiese sido muy feliz con él.

―¿Por qué hay tanto revuelo aquí? ―preguntó para cambiar el rumbo de la conversación; aunque, realmente, eso era algo que la había intrigado desde que llegó.

―Es por el caso Nohara ―murmuró Ino en un afectado todo de confidencialidad―. Están interrogando a un nuevo sospechoso; no vas a creer de quién se trata.

Sakura estaba a punto de exponer una de sus hipótesis, cuando Sasuke salió de la sala, escoltado por su antiguo profesor de Derecho Penal en la facultad y ex alcalde de Konoha. Y aunque el hombre conservaba su porte de antaño: cabello canoso, mirada distante y las misma máscara lóbrega que ocultaba sus verdaderas facciones; la forense no fue capaz de reprimir la impresión.

―Kakashi ―balbuceó, incrédula; hacía años que no lo veía.

Pero su sorpresa se quedó corta en comparación con el estupor que la embargó segundos después al vislumbrar a una tercera persona. Sakura sintió un escalofrío en la base de la columna que la hizo apretar la mandíbula cuando sus ojos se cruzaron –como aquella primera noche- con los de Neji Hyuga.

Kakashi, por su parte, seguía sin reparar en ella cuando, con su acostumbrado tono parco, farfulló:

―Supongo que con esto queda claro que mi cliente nada tiene que ver con el asesinato de Tenten Nohara.

Sakura contempló a los tres hombres con los ojos muy abiertos. Luego de que su cerebro elaborara una maqueta mental de lo que acababa de oír, un frío mortal se adueñó de sus miembros; impidiendo el paso natural del aire hacia sus pulmones en el proceso.

―Por los momentos ―siseó Sasuke, poniendo –como lo hacía siempre que ella estaba cerca- especial atención en la reacción consternada de Sakura. Frunció el entrecejo, redirigiendo su atención al sospechoso―. Primero hay que comprobar su coartada.

Y fue así como Sakura se enteró de que Neji Hyuga, el sujeto con el que había tenido sexo casual (después de emborracharse hasta la médula, claro) era el nuevo fiscal del distrito y -más grave aún- estaba sindicado como el posible asesino de la joven a la que ella misma le había practicado la necropsia un par de días atrás.

―Necesito tu ayuda.

Esas simples y escuetas palabras bastaron para que Shikamaru Nara despegara los labios de la botella de whisky que había estado engullendo desde tempranas horas de la mañana y, en un gesto vehemente, girara el rostro en dirección a la voz que acababa de hablarle. Tragó, con dolorosa dificultad, el sorbo de licor que aún tenía en la boca para poder contestar, pero su intento se tradujo en un incoherente balbuceo. Carraspeó al tiempo que trituraba su cigarrillo en uno de los ceniceros de la barra; la fémina a su lado rodó los ojos.

Antes de que ella se le acercara, Shikamaru había intuido –por los chiflidos sordos y las frases lascivas- que una mujer hermosa acababa de entrar al local; mas, ni por asomo, llegó a figurarse que se trataba de su esposa. Osciló la cabeza alrededor de la taberna y tras comprobar las expresiones embelesadas de los presentes, le sobrevino un repentino e irracional ataque de celos.

―¿Qué haces aquí? ―replicó cuando logró sacar las palabras con más claridad, mirándola de hito en hito―. Este no es el tipo de lugar en el que deberías…

―Ya te lo dije ―repuso Temari, cortándolo.

Permaneció en silencio un instante, como quien está a punto de hacer algo que no quiere. Algo que se había prometido no volver a hacer nunca: rogarle a Shikamaru Nara. Y es que después de haber pasado los últimos meses implorándole a ese vago redomado para que pusiera de su parte y lograran sacar adelante su matrimonio, Temari había acabado tan exhausta que, de buenas a primeras, resolvió instaurar la demanda de divorcio; a pesar de que su amor por él siguiera inhiesto.

―Necesito tu ayuda.

Shikamaru asintió, observándola sin parpadear mientras se acariciaba la barbilla descuidada. Si había una persona a la que él conocía en el mundo, era Temari. Y si había algo que caracterizaba a Temari, era su orgullo; por ende, ella no estaría allí, (después de haberle asegurado que lo sacaría de su vida para siempre) solicitando auxilio; a menos que fuera algo supremamente grave. Un asunto de vida o muerte.

La sola idea, le atenazó la garganta en un nudo y pese a lo desgarbado de sus movimientos, el hombro se incorporó de un saltó; casi trastabillando, logró erguir los hombros.

―Shikadai…

―Él está bien. ―La pose de Shikamaru se relajó, casi como si le acabasen de quitar un gran peso de encima―. Pero…

Un silencio incómodo, por lo menos para ella, quedó a continuación. Realmente no sabía cómo empezar.

―¿Qué ocurre, Temari? ―preguntó, delatando la preocupación que la presencia de ella allí le causaba. Sin embargo, Shikamaru no lograba adivinar en qué podía resultarle útil la ayuda de un mediocre como él.

Ella sacudió la cabeza, tratando por todos los medios de no reparar en el tono tierno con el que él acababa de hablarle. Había cosas más importantes, se obligó a pensar. Y una vez las ideas se priorizaron, confesó:

―Shikadai está perfectamente. Pero mi hermano… Shikamaru, están acusando a Kankuro de asesinato. Y necesito que me ayudes a demostrar que él no lo hizo. Sé que no lo hizo.

―¿Qué te hace pensar que puedo ayudarte? ―murmuró tras superar el desconcierto. La sujetó del brazo –cosa que perturbó a ambos- para sacarla de ahí; si no lo hacía, seguramente, terminaría peleándose con alguno de los babosos de la barra que no le quitaban la mirada de encima a su esposa―. No sé en qué líos se metió ese cabeza dura de Kankuro, pero no es a mí a quien debiste acudir.

Ya estaban en el callejón, que suponía la salida trasera de la taberna, (o sea, la dirección contraria de donde se encontraban la cuerda de rufianes que se comían a la rubia con los ojos) cuando Temari, saltándose los detalles sobre el homicidio en el que presuntamente estaba implicado su hermano, replicó:

―Eres el mejor detective que conozco.

―Lo era ―dijo con laconismo y cierto deje de rudeza.

―Es demasiado problemático cuando una persona reniega de sus propias habilidades ―Temari salvó la distancia, que él se había empeñado en marcar entre los dos, alzó las manos en su dirección y le acarició el rostro con dulzura, como solía hacerlo siempre que él llegaba cansado del trabajo para confortarlo. Aunque hubiera querido, el hombre no logró reprimir la sucesión de espasmos que le recorrieron la columna vertebral. Cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones de los suaves mimos de Temari―. Tú, Shikamaru Nara, eres un genio. Y nada que haya acontecido en el pasado puede cambiar eso. Es lo que eres, y no puedes darle la espalda a un don que te dio la naturaleza.

Ella estaba haciendo un colosal esfuerzo porque las lágrimas no se le escaparan de los ojos, pero por el temblor en sus últimas palabras, Shikamaru había advertido que todo aquello era más de lo que la rubia podía soportar. Se maldijo por ser el causante de su desdicha; ella estaba allí, porque, a pesar de todo, todavía guardaba esperanzas de poder salvarlo y eso también era su culpa: sus erráticas acciones la seguían confundiendo. Por eso, tenía que dejarle claro que él era una causa perdida.

Casi que a la fuerza, Shikamaru la tomó de las muñecas y rompió el contacto. Sin atreverse a mirarla a la cara, le dijo.

―Voy a firmar los papeles del divorcio.

Temari se quedó de piedra, viendo como la última posibilidad de recuperar su matrimonio, se hacía trizas ante sus ojos. Y en esta ocasión, las lágrimas fueron más rápidas que cualquier otra maniobra de entereza. Por su parte, Shikamaru se detuvo, dudando; sabía que ella jamás le perdonaría que la dejara sola en algo como eso.

Sakura se aovilló en el futón y con una de sus manos palpó el lugar vacío junto a ella. Al comprender lo que significaba aquello, abrió los ojos con prontitud, pero volvió a cerrarlos cuando la fastidiosa luz, proveniente de la ventana abierta, la encandiló; de manera que no alcanzó a dar con quien buscaba.

―¿Neji? ―voceó Sakura; la voz adormilada―. ¿Estás ahí?

Al no recibir respuesta, la forense se levantó de la cama, desperezándose. Inspeccionó la habitación en una rápida oteada sin prestar un mínimo de atención al olor campestre que imperaba en cada recoveco del cuarto ni al relajante sonido de lo que parecía ser una fuente que bullendo a lo lejos. Lo único que realmente le importaba era que Neji no estaba allí. Todavía con el sueño a cuestas, Sakura entró al baño y cuando el espejo del lavamanos le devolvió su reflejo: ojos hinchados y el cabello rosa convertido en un almiar; ella recordó con lujos y detalles, cómo es que había terminado durmiendo en aquel mullido futón, ataviada en ese exquisito pijama de ceda china…

Después de recorrer un caminado intrincado de colinas, que circundaban el terreno de los Hyuga y bajo uno de los peores aguaceros que había tenido la mala suerte de presenciar, Sakura se mordió el labio, recelosa, cuando Neji estacionó el auto a unos cuantos metros de una pequeña, y perfectamente iluminada, casucha de madera; que dado el ímpetu de la borrasca, la forense no lograba entender cómo es que aún seguía en pie.

―Pasaremos la noche aquí ―avisó Neji, desabrochándose el cinturón de seguridad. Se removió en su asiento y se sacó la cazadora de cuero para tendérsela a Sakura a la par que un siniestro rayo surcaba el cielo plomizo―. Ten, cúbrete con ella mientras llegamos a la casa.

―Pero tú…

―Te prometo no pescar un resfriado.

Sakura pasó por alto el tono de fastidio de Neji y examinó su atuendo, dándose cuenta que ni el primoroso Versace ni el tabardo de chifón, le brindaban el cobijo suficiente como para evitar una neumonía si se exponía al invierno; así que tomó la chaqueta que reposaba en sus piernas y se la acicaló sobre los hombros. Mientras lo hacía, Neji rebuscó en la guantera del auto hasta dar con un manojo de llaves.

―Sakura, tienes que caminar lo más rápido que puedas hasta la entrada ―indicó, mirando a un punto indeterminado del oscuro horizonte; ella, en cambio, tenía la vista clavada en él―. O puedo llevarte cargada si lo prefieres.

―Puedo llegar sola.

―Perfecto ―pactó Neji, sin mucho interés; por dentro, no obstante, dudaba que ella pudiera lograrlo: recordaba con claridad que Sakura llevaba zapatos de tacón―. Deberías descalzarte; e intenta no salirte del camino de caico.

Sakura asintió, pero pese a todas las precauciones del hombre, terminó necesitando de su ayuda para recorrer –por los menos sin trastabillar- los varios metros que separaban el límite de la propiedad (donde habían tenido que aparcar) de la entrada de la cabaña. Una vez guarecidos en el pórtico, Neji hizo uso de las llaves y luego de unos pocos intentos, consiguió abrir la puerta.

―Adelante ―la invitó, cediéndole el paso a una Sakura que se convulsionaba en temblores.

Cuando Neji encendió las luces, ella pudo notar que la misma casa que hace un momento le había parecido de lo más anodina; en realidad, era lo más cercano a un refugio en medio de aquel paraje ignoto: constaba de tres niveles, unidos por cortos tramos de escalinatas; cuyas paredes y pisos estaban hechos de madera de pino; mientas que las puertas, así como el alto techo habían sido construidos en machimbrado. A pesar de lo austero del decorado (solo habían unos cuantos sillones y un par de mesas), el ambiente a Sakura le resultó bastante placentero. El calor abrazador impregnó su piel gélida de una agradable sensación y fue entonces que ella supo que no desearía estar en un lugar distinto. No era solo por lo acogedor o por la elegancia pragmática del lugar; era porque Neji y ella estaban juntos.

Ambos pegaron un respingo cuando el retumbar de un trueno hizo eco en la estancia; el hombre, no obstante, se repuso al instante.

―En el armario… ―Señaló una pequeña puerta al lado de la entrada―; hay toallas para que te seques. ―Giró sobre sus talones para indicar―: Ese de ahí es el baño.

―Gra-cias ―replicó Sakura, todavía tiritando de frío al tiempo que dejaba la cazadora de cuero y las zapatillas en la cómoda que estaba al lado del guardarropa.

Sin embargo, antes de que llegara a ir por una toalla y obedecer los lineamientos de Neji, se quedó alelada mirándolo mientras él, totalmente ajeno al escrutinio de la mujer, se quitaba la camisa mojada y, poniéndose en cuclillas, empezaba a deponer unos troncos secos para encender la chimenea.

En esa posición, ella logró ver -por los menos cuanto se lo permitía la cascada castaña que ocultaba gran parte de la desnudez de su espalda- cómo en su torso ancho y brazos bien trabajados se remarcaban cada uno de los músculos, de acuerdo a los precisos movimientos que ejecutaba. Tras esa pletórica imagen, a Sakura no le llevó ni un segundo sopesar su arrebatada decisión. Llevaba más de un mes intentando contener todo lo que Neji despertaba en ella; durante cuatro semanas le había tocado hacer malabares con el deseo y mantener a raya sus instintos más primarios. La única razón que tenía para reprimirse de ese modo era la posibilidad de que Neji fuera un asesino. Pero ahora que sabía que él nada tenía que ver con el asesinato de Tenten Nohara, ya no había más impedimentos; así que ni corta ni perezosa, Sakura lo imitó y emprendió a quitarse la ropa.

Él volteó a su llamado, hondeando la cabellera todavía húmeda.

―¿Qué haces? ―preguntó.

Ella no lo notó, pero Neji tuvo que tragar grueso para conseguir hablar. Sakura se quedó callada y siguió despojándose del vestido ante la penetrante vigilancia del hombre, que, sintiendo una inexplicable resequedad en la boca, se lamió el labio inferior; sin atreverse a romper el contacto ni para pestañear.

Sonrió con suficiencia cuando, finalmente, lo vio caminar hacia ella.

―¿Te había dicho lo endemoniadamente hermosa que eres?

―No desde hace un buen tiempo ―confesó, recibiendo con anuencia las caricias vigorosas del hombre―. Y creo que jamás podrás hacerte una idea de cuánta falta me hizo.

Neji también esbozó una sonrisa, pero en lugar de agregar algo, le apartó la guedeja rosa del rostro y le besó los labios, frenético; impaciente. Robándole el aliento, ahondó el contacto de sus lenguas al tiempo que le sacudía las entrañas con una caterva de furiosas mariposas. Tal y como si no hubiera un mañana, los dos empezaron a recorrerse, explorando sus cuerpos, nuevamente; marcando con sus huellas dactilares la piel del otro.

Cuando los dedos de Neji coronaron la intimidad húmeda de Sakura, ella arqueó levemente la espalda, siendo incapaz de retener un jadeo de excitación, que solo acrecentó la lujuria (hasta ese momento narcotizada) del fiscal. Él no perdió más tiempo para hacer desaparecer las braguitas de Sakura. Acto seguido, la alzó en vilo para encaramarla sobre la cómoda del recibidor, tumbando tanto las accesorios que ella había colocado, como una estatuilla forjada en bronce de Themis -la Diosa de la justicia-. Sin desatender la labor que ejecutaba en su clítoris, utilizó su otra mano para deshacerse también del sostén, dejándola enteramente desnuda; y aunque no tuvo suficiente tiempo para admirar la silueta enjuta de Sakura, la sola idea de saberla como se supone que Dios la trajo al mundo, le envió una descarga de testosterona por todo el sistema nervioso.

La forense volvió a gemir al sentir la boca de Neji sobre sus pezones: mordiéndolos, chupándolos y poniéndole toda la carne de gallina. Sakura se quedó pasiva, disfrutando de esos generosos mimos, solo por un par de minutos. Enseguida, tomó la batuta y separando un poco más los muslos, dirigió su mano hacia la entrepierna del hombre; una vez que bajó el cierre, el orondo y pulsante pene de Neji emergió, hambriento, de entre la tela de gabardina, aún custodiado por su calzoncillo.

―¡Joder! ―masculló el fiscal cuando Sakura empezó a masturbarlo por encima del bóxer―. ¡Me estás volviendo loco, mujer!

Los dos habían anhelado tanto ese momento que al presentarse la más mínima oportunidad, ninguno tuvo la fortaleza, ni física ni mental, para resistirse; a pesar de todo cuanto aún había en juego. Presa de un orgasmo, conducido por la amaestrada mano de Neji, Sakura emitió un sonoro jadeo, aferrándose con su única mano libre al hombro de él. Casi al instante, recostó la cabeza en su omóplato, exhausta; provocándole un leve gruñido de hastío por no terminar su tarea anterior.

Si bien tras la renuncia de Sakura, Neji no había logrado llegar a una placentera polución, sabía que tendría toda la noche para desquitarse; estaba seguro que al igual que aquella vez, Sakura lo haría ver estrellas. Porque si había algo de lo que él podía dar fe, era que esa mujer sabía complacer a un hombre. Tal vez por eso había perdido la cabeza por ella; aun sabiendo las complicaciones que un apego emocional de ese tipo podía traer para sus planes originales.

Esperó unos minutos a que ella relajara la respiración y cuando por fin los latidos de su corazón se hubieron acompasado, la alzó en volandas al tiempo que Sakura le rodeaba las caderas con las piernas; enrumbándose, escaleras arribas, hacia la única habitación de la cabaña.

―Estás temblado ―observó; ella se ruborizó en respuesta.

Agradecía que Neji hubiera optado por llevarla alzada, porque estaba convencida de que sus piernas no lograrían sostener su peso, por más que ella así lo exigiera. Desde su posición, él no podía advertir su arrebol; así que no puso especial atención al ardor de sus mejillas; mas bien le echó un vistazo distraído a la recámara y tras comprobar que se trataba de una bonita buhardilla, adornada con pulcras cortinas y pocos enseres, sonrió con beneplácito. Tardíamente, confesó:

―Estoy nerviosa.

―No tienes por qué estarlo ―repuso Neji, depositándola en el futón para él poder quitarse los pantalones―. No pasará nada que no hayamos hecho antes.

―Lo sé ―sonrió ella; a juicio de Neji, demasiado seductora―. Realmente son tonterías mías. Es que no puedo ocultar mi dicha por saberte libre de cualquier culpa. ―Él pareció no entender; de manera que, mientras cubría su desnudez con una sábana blanca, Sakura explicó―: Estas últimas semanas se habían convertido en una tortura para mí. Aunque lo quise no pude dejar de sentirme como la peor persona del mundo por estar filtrando información. Pero ahora que sé que no tienes nada que ver con el asesinato de Tenten Nohara, siento como si me hubieran quitado un peso muy grande de encima.

Neji la contempló durante un rato largo, dejando sus pantalones a medio desabrochar. Conocía la sensación que había inundado a Sakura desde que escuchó aquella plática que, supuestamente, lo eximía de cualquier cargo: era somero y llano alivio. La única sensación que sucede al hecho de comprobar que aquello que parecía malo no lo es y que, en realidad, estamos haciendo lo correcto.

Pero no era correcto que Sakura confiara en él. Tampoco lo era que él la arrastrara en aquel ineludible estropicio.

―¡Neji! ―lo acució, en un tono cercano a la histeria, al percatarse que el fiscal se estaba ajustando la correa―. ¿Qué pasa?

El interpelado, ahogando el deseo en un gruñido gutural, arrugó la nariz, mirándola con insistencia. Para sacarla de su campo visual, se volvió y dio tres zancadas; las suficientes para llegar a un cajón de la alcoba. Revisó una a una las gavetas hasta dar con un pijama estampado en ceda china, que había pertenecido al último huésped de la cabaña. Tendiéndoselo a una desconcertada Sakura, expresó con inflexión queda:

―Esto es un error, Sakura.

Y anticipándose a cualquier reacción de la forense, Neji se apresuró a desalojar la habitación, dejándola a ella íngrima y quedándose él con unas ganas sobrehumanas de fallársela.

Un error, repitió Sakura frente al espejo, estrechando los ojos hasta convertirlos en dos rendijas furiosas mientras trataba, desesperadamente, de relegar a un costado el amargo recuerdo de anoche. Tal vez debería empezar por despojarse de ese estúpido pijama, argumentó, dolida, para sus adentros; justo cuando iba poner manos a la obra, el ruido sordo del motor de un auto aproximándose, se fundió con el del agua correr. Siguiendo una orden que nadie había pronunciado en voz alta, Sakura se asomó por una de las ventanas de la habitación y aunque no reconoció el auto, pudo advertir que Neji sí lo hizo, porque le salió al encuentro muy tranquilamente.

Un hombre de mediana edad, al que a pesar de no haberlo visto nunca antes, a Sakura le resultó repentinamente familiar, emergió del asiento del conductor y luego de intercambiar unas cuantas palabras con el fiscal, otra persona se le unió. La mujer abrió la boca, espantada, cuando una punzada de reconocimiento le recorrió la espalda; a partir del incidente de ayer, ella jamás olvidaría el rostro –en apariencia angelical- de Hanabi Hyuga. La cabeza de Sakura empezó a especular un montón de incoherencias, pero se le acabaron las ideas en el momento que vio a la joven mujer extender una mano que Neji no dudo en apretar, como quien sella un trato.

Continuará...


Bueno, hasta aquí el capi del día. Yo sigo loqueando con la trama, pues -aun cuando tengo una escaleta armada- las ideas no paran de llegar y si no quiero que esta historia se me haga eterna, debo hacer los capítulos más largos; así que les ofrezco disculpas si los aburrí con algo que les resultara innecesario: prometo que todo tiene una razón de ser (Cada letra y cada punto la tienen, de hecho). Además quiero que aparte del meollo policial, los personajes sean lo más humanos posibles: con sus altos y sus bajos; sus alegrías y sus tristezas. Ojalá haya logrado mi cometido.

También quería aprovechar para darle las gracias a los lectores que hasta ahora se han sumado a esta aventura: millones de gracias por sus reviews, me hacen muy feliz y me animan a sentarme a escribir, a pesar de estar muerta del cansancio. Tal vez no se los diga seguido, (Claro que no, ni siquiera respondo sus comentarios xD)pero son lo mejor del mundo. Bueno, espero que esta entrega haya sido de su agrado y que me puedan contar que les ha parecido lo que han visto hasta el momento.

Empiecen hacer sus apuestas, porque el asesino ya ha hecho su entrada triunfal.

¡Feliz existencia!