El escritor se acercó, como cada mañana, al escritorio de Beckett con dos cafés en la mano, uno para ella y otro para él. Dejó el de ella sobre la mesa, al mismo tiempo que Kate le dedicaba una sonrisa.

-¿Todavía buscando piso? – le preguntó él, al ver que Beckett tenía abierta la página web de una inmobiliaria.

-Sí. He encontrado uno que realmente me gusta, pero...

-¿Pero qué?

-La dueña de la casa es una señora tradicional y quiere alquilárselo a un matrimonio. No creo que le haga mucha gracia alquilárselo a una madre soltera.

Kate se centró de nuevo en la pantalla de su ordenador, mientras Castle se apoyó sobre el escritorio de Beckett, con una mirada divertida.

-Pídemelo – dijo, mirando a Kate.

-¿Qué te pida el qué? – preguntó ella.

-Sabes a qué me refiero.

Ella se quedó mirándole, adivinando qué era lo que el escritor quería decir, sin embargo no estaba segura de si él realmente querría y no quería ponerle en un compromiso, así que no dijo nada.

-Venga – le animó él – pídeme que te acompañe.

-¿Te gustaría?

-¿Te gustaría a ti?

-Sí – dijo ella, casi sin pensarlo – Quiero decir, sería un detalle Castle.

-Entonces no se hable más. Te acompañaré y ese piso será tuyo – dijo él, con una sonrisa.


Kate esperaba impaciente, mordiéndose el labio y golpeando la suela de su zapato contra el suelo una y otra vez, cuando él le sorprendió por detrás.

-¿Nerviosa?

-Un poco – dijo, volviéndose hacia él.

-No te preocupes, seré un buen marido – Al contrario que ella, él parecía de lo más entusiasmado con aquello que estaban a punto de hacer.

Ella sonrió nerviosamente mientras echaba un vistazo de arriba abajo a Castle. Éste se había vestido de una manera informal, con unos pantalones vaqueros y un fino jersey gris. Kate se sorprendió a sí misma dándose cuenta de cómo estaba mirando a Castle e intentó mirar hacia otro lado. Por suerte él estaba demasiado distraído mirando hacia el otro lado de la calle y no se dio cuenta.

-¿No habíamos quedado a las cinco? – preguntó él, mirándose el reloj de la muñeca.

Los ojos de Kate se desviaron directamente hacia el dedo anular del escritor, donde llevaba puesto un anillo de compromiso.

-Oh, ahí viene – dijo Castle, mirando esta vez hacia una señora mayor que se acercaba a ellos.

-¡Castle! – le susurró ella - ¿Llevas anillo de compromiso?

-Ah, esto – dijo él, restándole importancia – Sí, he pensado que así será más creíble.

-¿Te lo has comprado solo para la farsa de nuestro matrimonio?

-No, es mío – dijo en tono evidente.

Aquello pilló a Beckett por sorpresa, no sabía que Castle estaba casado.

-No te preocupes – dijo él – si pregunta, te quitaste el tuyo para lavarte las manos y se te olvidó.

Kate intentó esconder la decepción que sentía en esos momentos y se acercó a la dueña del piso para saludarla.

Después de saludarse mutuamente, los tres subieron a ver el apartamento. Se trataba de un segundo, con ascensor y en bastante buen estado. La mujer comenzó a hacerles una visita guiada por el apartamento, mientras les contaba alguna que otra anécdota de su vida. Cuando llegaron a los dormitorios, se quedó parada en el pasillo y les echó un vistazo a ambos.

-¿Tienen hijos? – preguntó, con desconfianza.

Castle vio la duda sobre qué contestar a aquello en los ojos de Kate así que rápidamente tomó él la delantera.

-Sí – dijo sonriendo y desprendiendo aquella carisma típica de él – Tenemos una niña preciosa, Emma. Está a punto de cumplir nueve meses.

-Oh – dijo la mujer, con una sonrisa – Entonces este dormitorio será perfecto para ella.

Cuando la mujer hubo entrado en el dormitorio, Kate gesticuló un gracias con los labios al escritor. Y rápidamente se preguntó si Castle realmente pensaba eso de su hija, si pensaba que era una niña preciosa y le encantó aquella manera en la que Castle había dicho aquello, con cierto cariño, sin ni siquiera conocer a la pequeña.

Cuando terminaron de ver los dormitorios, la mujer les llevó de vuelta al salón.

-Bueno, les dejaré a solas unos minutos para que se lo piensen.

-Gracias – dijo Kate, sonriéndole agradecida.

-De acuerdo, tomaremos una decisión – dijo Castle, sorprendiendo a Kate al rodearla por la cintura.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kate al notar los dedos del escritor en su cintura y esperó que él no lo hubiese notado.

-¿Qué te ha parecido? – le dijo él, soltándose de su cintura con total naturalidad, como si estuviese acostumbrado a hacer eso con ella.

-Bien – dijo ella, intentando recomponerse – el piso es grande y está bastante bien. Me gusta.

-Me refería a mí actuación como marido – dijo él, riéndose.

-Bueno, no creo que te haya costado mucho esfuerzo fingirlo ¿Estás casado? – dijo ella, señalando el anillo del escritor.

-No – dijo él - ¿Pensabas que…?

-Sí, bueno… Tienes un anillo, ¿no? – dijo ella, en tono evidente.

-Bueno, en realidad estuve casado. En pasado. Ahora estoy divorciado, pero todavía conservo esto – dijo, dando vueltas al anillo sobre su dedo.

-Oh, vaya, lo siento – dijo ella, intentando ocultar su alegría esta vez y sintiéndose algo estúpida.

-No lo sientas. No hay día que no de las gracias por haberme divorciado – dijo, provocando la risa de Kate.

-Creo que voy a decir que sí – dijo ella, echando un vistazo al salón.

-Me parece una buena idea. Además, el salón tiene un gran espacio para que Emma corretee.

-Todavía no sabe andar – dijo Kate, con una sonrisa. Castle la miró, admirando aquella sonrisa que aparecía en su rostro cada vez que pensaba en su hija.

-Entonces le encantará gatear por aquí.

-Tampoco gatea todavía, su abuelo la tiene muy consentida y la tiene en brazos todo el día.

-Entonces aquí es donde aprenderá a gatear – dijo él.

-Gracias Rick.

-No tienes por qué dármelas.

Sus miradas se cruzaron durante un momento donde ambos se miraron fijamente a los ojos. De nuevo un escalofrío recorrió el cuerpo de Kate, era aquella necesidad de sentirlo, pero al mismo tiempo el miedo de no saber exactamente qué era lo que sentía y el miedo de querer hacer las cosas bien.

-¿Se han decidido ya? – les interrumpió la dueña del apartamento, con una sonrisa al ver la complicidad que desprendía aquella joven pareja.

-Sí – dijo Kate – nos lo quedamos.

-Me alegra escucharlo, estoy segura de que esta casa os depara un buen futuro juntos.


-Entonces, ¿te ayudo mañana con la mudanza? – dijo Jim, mientras recogía los platos de la mesa.

-No hace falta. Mañana es tu día de pesca. Puedo arreglármelas sola, tampoco tengo muchas cosas para llevar.

-Quiero ayudarte. Además, tengo algo que mostrarte – le dijo Jim, haciendo que su hija la siguiese hasta el salón.

-¿Qué es esto? – preguntó Kate, sorprendida, mirando la caja que tenían delante.

-Es una cuna de madera para Emma. Es mi regalo para vuestra nueva casa.

-Gracias papá – dijo ella, abrazando a su padre – En serio, no tenías por qué hacerlo.

-Os echaré de menos – dijo Jim – Estos dos meses y medio que habéis estado aquí han sido maravillosos.

-Papá – dijo Kate, desenganchándose de su abrazo para poder mirarlo a la cara.

-Lo sé, lo sé, tenéis que hacer vuestra vida y, lo entiendo, pero os echaré de menos.

-No – dijo Kate – Iba a decirte que gracias por dejarnos estar aquí durante este tiempo. Y que también te echaremos de menos. Y prometo que vendremos a verte todas las semanas.

Jim sonrió y la abrazó de nuevo.


Kate entró sigilosamente a su dormitorio y se sentó en el borde de la cama, observando cómo Emma dormía plácidamente al lado de su osito de peluche. Jim se lo había regalado y la pequeña se había acostumbrado a dormir junto a él.

Emma se revolvió despacio, cambiando la postura de sus brazos y haciendo una pequeña mueca con la boca. Kate sonrió, al mismo tiempo que un fugaz recuerdo cruzó su mente, se trataba de la primera semana que Emma había pasado fuera del hospital y ella apenas podía despegarse de la cuna y dejar de observar cómo dormía. Fue más o menos la misma semana en que Tom cambió su actitud, seguramente porque entendió que Kate tenía otras responsabilidades ahora y comenzaba a dejar atrás su pasado. Kate volvió al presente, con la amargura de algunos de sus recuerdos. Desde aquel enfrentamiento a las puertas de la comisaría y aquella amenaza, Tom no había vuelto a aparecer.

La pequeña volvió a moverse, esta vez entreabriendo los ojos. Kate sonrió y se tumbó junto a su hija.

-Mi amor – le susurró, al mismo tiempo que la acercaba contra su pecho para darle calor y besaba su frente con ternura.

Emma luchaba por intentar mantener los ojos abiertos, sin embargo, el sueño pesaba más, así que Kate comenzó a acariciarle detrás de la oreja izquierda, bajando por su cuello. Aquello siempre conseguía relajarla, y no fue distinto esta vez. Emma se volvió a quedar dormida en los brazos de su madre mientras ésta también comenzaba su visita a Morfeo.


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