El humano la miraba con atención, sin saber del todo en qué estaba pensado, su mente humana (o más bien aturdida por toda esa situación) no había llegado a la conclusión de que tendría que verla sin camiseta para poder curarla.
- Creo que también tengo heridas aquí detrás… - El ángel empezó a quitarse la camiseta, sin preocupaciones, sin caer en la cuenta de que la especie humana en esos tiempos, lo veía como algo prohibido, algo muy violento y que no se debía hacer. Claro que ella y todas sus compañeras en su reino natal, no tenían ningún complejo en enseñar los pechos, ni ninguna parte del cuerpo. Y los chicos no lo veían como algo prohibido ni excitante, solo creían que era una parte del cuerpo más, que a solo algunos seres les salía, como el color de los ojos o los lunares de la piel. Cuando el chico ya vio su ombligo, se pudo tan rojo como un tomate, y sintió que toda la sangre del cuerpo le iba a la cara. Se le agitó la respiración y abrió los ojos sin creérselo del todo. En cuanto entró en razón, se dio la vuelta rápidamente, dando la espalda a aquel ser sin camiseta que tenía cara de extrañez.
- ¿Qué ocurre? – Pregunta el ser, inocentemente.
- ¡¿Por qué has hecho eso?
- Si no me la quito no podrás curarme. – La cabeza del chico no paraba de imaginarse escenas no muy inocentes, como buen hombre que era, no podía evitar esos pensamientos. Le entraron ganas de darse la vuelta y observar su perfecto cuerpo lleno de heridas, ese símbolo de pureza y de lo sobrenatural. Ver casi desnuda a la chica que te ha cambiado su forma de ver las cosas, y de la que ya no puede separarse sería el sueño de cualquier chico, pero no de Fidio. Él prefería ganarse ese privilegio gracias a sus hazañas, no gracias a la diferencia de costumbres de un mundo y de otro. Por mucho que su mente le mandase que se diera la vuelta, consiguió decir algunas palabras que iban en contra de toda mente masculina.
- Tápate, por favor… - La chica no entendió del todo por qué tenía esa actitud, quizás porque su físico no era bonito. Se miró los pechos, y los vio como siempre, así que no era eso. Se puso algo triste, el chico no quería mirarla, y eso no era ninguna buena señal. Intentó comprender lo que le ocurría, y se fijó en que tenía los puños apretados, mientras que su voz era más temblorosa que antes, su respiración tenía un ritmo muy rápido, como cuando algo te impide hacer cualquier cosa. Uniendo todos los datos, y teniendo en cuenta las clases de historia humana que les enseñaron de pequeños, se dio cuenta de que los humanos consideraban ver la desnudez de una mujer como tabú, y no solo era culpable quien estaba desnuda, sino el que caía en la tentación también. ¿Por qué, si es algo que les ha dado la naturaleza? Nunca lo llegó a entender del todo, pero por no poner en un aprieto a Fidio, y por no pasar por alto las costumbres del mundo en el que ahora estaba atrapada, se tapó los pechos con las manos. Así el moreno no debería tener ningún problema. El ser le dio una señal al chico para que se diese la vuelta, y después de un rato diciéndose a sí mismo que debía verla así, con el ombligo al aire, se armó de valor e intentó no sonrojarse más. Superficialmente sereno y tranquilo, ayudó a la chica a sentarse en esa banqueta. Ella, al mover los músculos de la cadera al andar y al sentarse, se estremeció de dolor y apretó los dientes.
Fidio se percató de lo que iba a sufrir ella, pero no había otra manera de curarla. Si la llevaba al hospital, la atraparían y harían mil pruebas científicas con ella. Incluso podrían llegar a matarla. Y eso sí que no lo podía permitir, se prometió a sí mismo que a partir de ese momento, la protegería con su vida si hacía falta. El moreno se acercó a la mesa que tenía al lado y cogió un lápiz bastante grueso. Se puso delante de ella y se agachó. Le miró a los ojos, que seguían azules y brillantes, y aún haber pasado ya un rato seguían teniendo miedo en su interior. Con una mano acarició la mejilla de la chica, tan suave como el algodón. Le dijo que abriera la boca, y entonces, le metió el lápiz entre sus muelas. El ser no lo entendía al principio, pero cuando escuchó: "Puede que esto te haga daño, y no quiero que te muerdas esos labios tan perfectos que te ha dado dios", supo que lo que venía a continuación, no era ningún motivo por el que quitar ese miedo de los ojos.
