Cuando el tren fue engullido por el largo túnel que daba acceso al Capitolio, comencé a sentir miedo, verdadero miedo, ante lo que estaba por venir. El paso por los distritos había sido duro, en ocasiones especialmente desagradable, pero no me producían ni la mitad que el temor que me provocaba saber que estaba volviendo a aquella ciudad que en mi memoria estaba siempre rodeada de un velo de maldad. Mi hermano había muerto a sus puertas, y hacía cosa de medio año, se había cobrado las vidas de varias personas a las que tenía verdadero aprecio solo para divertir a sus habitantes y moralizar a los que vivían en los distritos. Y ahora, para más inri, me había transformado en su marioneta, en la mascota que usaban para pregonar las bondades de los Juegos del Hambre.
―Tienes mala cara―Dust, como quien no quiere la cosa parecía haberse materializado a mis espaldas, asomándose a la misma ventana por la que yo contemplaba pasar las luces que iluminaban aquel oscuro acceso―¿Te preocupa algo?
―No lo sé―mentí en un susurro, mientras que apoyaba las manos contra el cristal, sintiendo su tacto frío bajo las palmas de las mismas―Supongo que todo esto saca a relucir los viejos recuerdos de la arena, lo cual no me resulta muy agradable.
―Me temo que en ese aspecto no puedo ayudarte―suspiró―Soy tu mentor, pero no he pisado jamás la arena, aunque deduzco que no ha de ser una de las mejores experiencias por las que has debido pasar, ¿me equivoco?
Negué levemente con la cabeza, mientras que poco a poco la oscuridad dejaba paso a la luz y de nuevo el Capitolio se abría ante mis ojos, con sus elegantes y coloridos edificios, y con sus avenidas llenas de coches y gentes que no dejaban de señalar el paso del tren por las calles. ¿Acaso fue así cuando los tributos llegaron a la ciudad para los días previos a los Juegos, también los señalaban desde las calzadas, como si fueran famosos o algo similar? No quise preguntárselo a Dust, pues temía ponerme de un humor más negro que el que ya tenía aquella mañana; bastante tenía con saber que durante la velada tendría que encontrarme de nuevo con Pollux Flickerman, el famoso presentador capitolino, y con el mismísimo presidente Ice, el creador de los Juegos y de todas las pesadillas que ahora me aquejaban.
Si el mero hecho de haber vuelto al Capitolio ya me ponía algo susceptible, el tener que volver a hospedarme en el Centro de Entrenamiento, lugar donde se alojaban los tributos hasta que eran enviados a la arena, ya me ponía el ánimo por los suelos. La última noche que pasé en ese edificio, una vez ya fuera de la arena, me pasé horas rodando en la cama, mortificada por el recuerdo de aquellos tributos que pisaron aquel lugar semanas atrás y que ahora estaban muertos.
Volvíamos a ocupar la última planta, la número doce, la misma que tenía nuestro distrito durante el desarrollo de los días previos a los Juegos. El dormitorio que sería el mío estaba exactamente igual a como lo dejé el día en que me marché de nuevo hacia el Distrito 12; parecía como si hubiera vuelto a aquellos días en los cuales me preparaba para ir a la arena, aquellos días en los cuales aún me sentía orgullosa de ser una tributo.
Hermes, acompañado de mis estilistas, pasó toda la jornada conmigo, intentando adecentarme para la entrevista de la noche. Parecía algo desesperado por las leves ojeras malvas que adornaban la parte inferior de mis ojos, las cuales trató de disimular aplicándoles mil y un cosméticos diferentes, mientras que las estilistas se encargaban de adecentarme el cabello y pulirme de nuevo las uñas. Hablaban entre ellos, pero su conversación no me llegaba, pues estaba demasiado ocupada intentando aislarme del torrente de recuerdos que me despertaba aquel sitio, tratando de luchar contra los fantasmas de mi mente. Tenía que luchar contra ellos ahora que aún tenía tiempo antes de vérmelas con Pollux y sus insidiosas preguntas.
Y de nuevo me encontré a mí misma sobre aquel escenario que ya había pisado en dos ocasiones previas, mientras que de nuevo la multitud rugía por mi presencia y el presentador, con su eterno pelo rojo y un traje de color azul claro, me presentaba jovialmente, como si se sintiera encantado de verme. Tal vez lo estuviera, pero lo cierto es que yo no me sentía deseosa en lo más mínimo de rencontrarme con él.
Las preguntas no tardaron en sucederse; el público aclamaba tras cada intervención del presentador, mientras que yo, con un tono ausente, me veía obligada a hablarle de como la vida de mi familia había mejorado después de mi paso por la arena, de como ahora el Distrito 12 no se encontraba asolado por la escasez gracias a los envíos que recibíamos en el Día del Paquete, y para mi propio descontento, de como la familia de Jack había tenido que rehacer su vida después de la muerte de su hijo. Todos parecían entusiasmados cuando yo mencioné el detalle de que su familia, aunque seguía estando desconsolada por su pérdida, había conseguido medrar un poco.
Pero a pesar de todo, a pesar de aquel ánimo que parecía haber levantado entre todos el hecho de que la familia de un tributo pudiera haberse rehecho a la normalidad, seguía sintiendo un odio visceral por los presentes. Todos ellos, como me había dicho mil y una vez, eran los mismos que en un pasado estuvieron clamando por la sangre de todos los tributos mientras permanecíamos en el estadio.
―Mi última pregunta para hoy―Pollux me sacó de mis pensamientos esgrimiendo la cercanía de una nueva dosis de tortura. Genial, ¿por qué me iba a preguntar ahora, por los muertos en el estadio, por sus familias en cada una de mis paradas en el Tour?―¿Hubo algo que te inspiró aquel día para presentarte voluntaria como tributo?
¿Qué? No conseguía poner en pie con exactitud los sentimientos que me llevaron a presentarme como voluntaria antes de que el Agente de la Paz enviado dijera el nombre de la seleccionada a sustituir a Silvana. En su momento me sentía demasiado deseosa de poder desfogar la rabia que tenía dentro contra cualquiera, y consideraba que hacerlo en la arena sería lo más apropiado. Pero ahora ya no pensaba así, ahora consideraba mi pensamiento un tanto infantil y egoísta. Si yo quería soltar así mi odio, me convertía en el tipo de persona que tanto odiaba, me transformaba en una desalmada, como los habitantes del Capitolio que mataron a mi hermano. Mi hermano… ¡mi hermano! ¿No había cumplido mi objetivo de conseguir darme a conocer? Ahora era famosa en todo Panem, y podía conseguir cosas que antes no estaban a mi alcance. Ahora podría hacer que el nombre de Nicholas Clearwater no quedase en el olvido.
―Hace varios años, durante el trascurso de los Días Oscuros―comencé, con una voz más firme que la que había venido teniendo hasta el momento―mi hermano, Nicholas Clearwater, falleció, dejándome realmente dolida, pues tenía una relación muy cercana con él. La creación de los Juegos, junto con la noticia de que el vencedor tendría una vida fácil y sería conocido en toda la nación fue la que me hizo presentarme voluntaria con el deseo de que, si ganaba, podría hacer que mi hermano no cayera en el olvido.
―Y no lo hará―Pollux me regaló una sonrisa que no le devolví―¿Cómo se va a poder olvidar al hermano fallecido de una vencedora? Dinos, Chrysta, ¿cómo es que falleció? ¿Acaso las bombas del Distrito 13 acabaron con su vida?
―El Distrito 13 no tuvo la culpa―sabía que lo que iba a hacer era una locura, pero me había envalentonado. Miré a los asistentes a la entrevista, a aquella multitud de capitolinos que me miraban con expectación, centrándome en el odio que les tenía, en el hecho de que ellos habían terminado con la vida de Nick, de Jack, de Silk, y de tantos otros chicos que habían ido a la arena―Mi hermano militó en el bando rebelde, y murió escalando las montañas cuando el ejército sublevado intentó tomar la ciudad.
Un silencio tenso siguió a mis palabras, mientras que notaba como el ambiente, antes animado, parecía haberse helado. Pero no tenía miedo, al menos no como el que hubiera podido tener de estar de camino hacia la arena nuevamente; aunque sabía que había cometido la mayor estupidez en lo que llevaba de vida, si no se contaba mi ofrecimiento como voluntaria. Había señalado públicamente que era familiar de un rebelde y que para más inri no quería que se le olvidase, justo lo contrario a lo que el Capitolio pretendía. Pollux se despidió de la audiencia con un último saludo apresurado, mientras que los murmullos se iban extendiendo por todas partes.
Supe que algo iba mal cuando, al bajar del escenario no me encontré a mi equipo, sino a un chico vestido con el clásico atuendo blanco de los avox, aquellos castigados a ser esclavos toda su vida y a los que se les extirpa la lengua, el cual me indicó por señas que le acompañase. La falta de Dust, Hermes y Athenea me había puesto sobre aviso de que me había pasado de la raya antes, además de que me estaba comenzando a preocupar más en serio. ¿Cómo podía haber sido tan inconsciente como para atacar de un modo tan directo la imagen construida sobre mí que el Capitolio había creado? No creía que mis palabras fueran a provocar nada del otro mundo, teniendo en cuenta que el miedo a la represión seguía estando en el aire después de todo lo que había pasado en los Días Oscuros, pero eso no quitaba que tal vez hubieran tenido algún impacto en los oídos de aquellos que, aún en secreto, soñaban con terminar lo que el Distrito 13 había empezado.
¿En qué estaba pensando? Uno de mis motivos para intentar ganar los Juegos había sido tratar de darle una mejor vida a mi familia, y si continuaba de tal guisa, solo les iba a traer problemas. Pero por otra parte, el haber declarado abiertamente que entre los Clearwater había habido al menos una persona que luchó y murió por sus ideales, me había hecho sentirme un poco mejor. Pero por mucho que quisiera desahogarme, no podía olvidar que ya no tenía la misma libertad, por llamarlo de algún modo, que antes. De haber dicho yo esto cuando no era más que una chica de la Veta, apenas si habría tenido alguna represalia; eran muchos los habitantes que quedaban en Panem y que tenían algún familiar que hubiera sido rebelde. Mas ahora, que era una ganadora, tendría que medir mis palabras y ceñirme al papel que se me había entregado, como una buena marioneta, que era en lo que me había convertido.
Perdida en estos pensamientos, no me di cuenta hacia donde era el sitio al que me estaba llevando el avox, pero cuando pude ver como este me indicaba que entrase en la mansión presidencial, noté como se me venía el mundo encima. Iba a ser llevada ante el presidente Ice.
Quisiera aclarar el hecho de que aunque Chrysta haya podido "incitar" a un levantamiento, ni era esa su intención ni dicho levantamiento se va a producir. Recordad que ella se sentía muy unida a su hermano, y que es de carácter fuerte y consideró que diciendo que era un rebelde, podría soltar parte de la rabia que tiene dentro desde los Juegos. Reitero que Chrysta NO ES Katniss, por lo que no liderará una rebelión o similar.
Digo esto para evitar posibles malentendidos. ¡Nos leemos!
