Adrián no había llegado a salir a la terraza con Lila en realidad. Ella le había salido al paso en la fiesta y se lo había llevado a rastras con la excusa de que quería hablar con él en privado porque tenía algo muy importante que contarle. Se habían asomado a la terraza, pero al ver que llovía habían optado por retirarse a un pequeño pasillo lateral.

Después Lila había empezado a contarle una historia enrevesada acerca del vestido de Marinette y de que Chloé había dicho que no merecía ganar el concurso, y claro, siendo ella la hija de la prestigiosa crítica de moda Audrey Bourgeois, sin duda tenía algo de razón...

Adrián no había querido seguir escuchando. Aún no entendía por qué su padre había invitado a Lila a la fiesta, puesto que ella no estaba relacionada con el mundo de la moda (de hecho, las Tsurugi no habían sido invitadas precisamente por esa razón), pero el hecho de que ella hubiese mencionado a Marinette le había recordado que le había prometido un baile. Se estaba haciendo tarde, Adrián empezaba a estar cansado y lo último que quería era terminar la velada enredado en una de las retorcidas intrigas de Lila.

Se despidió de ella y se puso a buscar a Marinette por el salón, pero no la encontró.

–Me ha parecido verla salir a la terraza –le dijo Nathalie, preocupada–. Pero está lloviendo a cántaros, se le va a mojar el vestido y aún hay que hacer algunas fotos...

–Iré a buscarla –se ofreció Adrián.

De repente, tenía un mal presentimiento.

Se detuvo en seco al ver las telas. Estaban por todas partes, y parecían moverse solas, como tristes fantasmas bajo la lluvia. Y entonces oyó gritar a Marinette.

Corrió hacia el lugar donde había oído su voz. Se paró en seco, horrorizado, cuando distinguió al akuma y vio que la tenía atrapada entre los jirones que brotaban de su vestido como los tentáculos de un pulpo. Estuvo a punto de llamarla, pero se contuvo a tiempo.

Y entonces vio que el akuma estaba destrozando con saña el vestido de Marinette, y sintió que la ira lo devoraba por dentro. Sabía lo mucho que su amiga había trabajado en aquella prenda, todo el esfuerzo y la ilusión que había puesto en ella, las noches sin dormir, los nervios, las dudas...

–...Así todo el mundo verá que eres un fraude... –estaba diciendo la villana–, incluyendo tu adorado Adrián Agreste.

El chico inspiró hondo. Empezaba a resultarle molesto que las chicas se pelearan por él, o que incluso resultaran akumatizadas por su causa. Pero que atacaran a Marinette... por su culpa... eso jamás podría perdonárselo.

Se ocultó tras una sombrilla, procurando no tocar ninguna de las telas, y se abrió la camisa.

–Plagg, tenemos trabajo –murmuró–. ¡Garras fuera!

Se transformó en Cat Noir y se asomó de nuevo, con precaución. Marinette y el akuma seguían hablando, pero él se había perdido parte de la conversación. Lo vio encaramarse a la barandilla, aún con Marinette a cuestas, y oyó la última frase que pronunció antes de echar a volar por los tejados de París:

––...y después dirás ante las cámaras, para todo París, que eres un fraude, y que no merecías ganar este concurso.

–Oh, no, Marinette –murmuró el superhéroe, horrorizado.

¿Cómo podía alguien ser tan cruel, y precisamente con Marinette, la persona que menos se lo merecía? Se preguntó fugazmente si la chica akumatizada no sería Chloé; pero la había visto en el salón, poco antes de salir, así que debía de ser otra persona. ¿Quién podría odiar tanto a Marinette, y por qué razón?

Pero no tuvo tiempo de seguir preguntándoselo, porque la villana se alejaba con Marinette a cuestas, y él no tenía intención de perderla de vista.


Momentos más tarde, tras un breve enfrentamiento, logró que el akuma soltara a su amiga. La vio caer al vacío durante un angustioso instante, pero la recogió al vuelto y la estrechó entre sus brazos.

–Ya está, Marinette, te tengo –le dijo.

Ella lo abrazó con fuerza. Estaba empapada y temblaba de frío, y Cat Noir sintió una súbita necesidad de protegerla de cualquiera que tuviese la mínima intención de hacerle daño.

Trató de sobreponerse. Ladybug y él derrotarían al akuma, que seguramente sería una chica confundida que no recordaría nada después, y su compañera repararía con su magia el precioso vestido de Marinette.

–Ladybug y yo lo arreglaremos todo –añadió–. No tengas miedo.

Y entonces Marinette se echó a llorar, y el corazón del superhéroe se rompió en pedazos.

Inspiró hondo. Tenía que concentrarse.

Lo primero era ponerla a salvo. Corrió y saltó por los tejados, aferrando con delicadeza su preciada carga... pero descubrió con horror que las telas lo perseguían, tratando de atraparlos a ambos. Se detuvo un momento para esquivarlas, pero estaban por todas partes, y le cortaban el paso.

Oyó la risa del akuma en algún lugar, por encima de él.

–¿Crees que puedes escapar, Cat Noir? Tengo un trozo del vestido de Marinette; mis telas la seguirán donde quiera que vaya. Podéis esconderos si queréis, pero tarde o temprano, Aracne os encontrará.

Cat Noir miró a su alrededor, preocupado. ¿Dónde estaba Ladybug? La necesitaba para que entretuviese a Aracne mientras él ponía a salvo a Marinette.

Las telas estaban por todas partes y se enganchaban a ellos como dedos húmedos y pegajosos. Cat Noir luchó por mantenerlas a raya, pero eran demasiadas. Cuanto trató de huir, descubrió que los habían rodeado. Miró hacia arriba y flexionó las piernas, listo para saltar... pero las telas los envolvieron y los ataron a ambos, inmovilizándolos.

–¡Cataclysm! –gritó Cat Noir.

Rasgó las telas, que se desintegraron al instante bajo su poder destructor. Oyó a lo lejos el grito de frustración de Aracne, pero no se volvió para mirarla. Tenía que salir de allí cuanto antes.

Aprovechó el momento de confusión de la villana para escapar por los tejados, cargando con Marinette, hasta que perdió de vista a su adversaria. Se detuvo un momento a recuperar el aliento y miró a su alrededor en busca de un refugio. Encontró una ventana abierta y no dudó en entrar por ella, aún sosteniendo a Marinette con firmeza y delicadeza.

Una vez en el interior del edificio, se apresuró a cerrar la ventana tras él y miró a su alrededor.

Se encontraban ambos en un viejo desván. Estaba oscuro, pero los ojos de Cat Noir veían sin problemas en la penumbra. Distinguió algunos muebles cubiertos de polvo, cajas de trastos y poco más.

Pero solo había dos ventanas, y eran bastante pequeñas. Depositó a Marinette en el suelo, con cuidado, y desplazó un armario hasta una de las ventanas para bloquearla. La otra la cubrió con una pesada estantería.

Su prodigio emitió un sonido urgente, recordándole que solo le quedaban unos minutos antes de volver a convertirse en Adrián. Se volvió hacia Marinette.

La muchacha seguía donde la había dejado, sentada junto a la pared y acurrucada sobre sí misma, temblando. Cat Noir se inclinó junto a ella.

–Tengo que transformarme para recuperar mis poderes –le dijo en voz baja–, pero no me voy demasiado lejos. No te preocupes, no voy a dejarte sola.

Ella no respondió. Un poco preocupado, Cat Noir se ocultó tras un montón de cajas y murmuró:

–Plagg, garras dentro.

Hubo un destello de color verde. Adrián respiró hondo y miró a su alrededor, pero había perdido su visión nocturna y solo distinguió los brillantes ojos de Plagg en la oscuridad. Le tendió un trozo de camembert y murmuró:

–Recupera fuerzas, amigo. Aún tenemos mucho trabajo por delante.

Se asomó tras la pila de trastos para mirar a Marinette, pero ella seguía acurrucada en su rincón, temblando. La oyó estornudar y frunció el ceño, preocupado. Se quitó la chaqueta del traje y la dejó colgada del respaldo de una silla antes de volverse de nuevo hacia su kwami.

–¿Estás listo?

–Cuando quieras –respondió Plagg, y Adrián percibió un cierto matiz de inquietud en su voz, normalmente despreocupada.

Pronunció las palabras mágicas y volvió a transformarse en Cat Noir. Recuperó su chaqueta, se acercó a Marinette y se inclinó a su lado.

–¿Cómo estás? –le preguntó, pero ella no respondió.

Cat Noir le cubrió los hombros con la chaqueta. Ella dio un breve respingo, sin levantar la cabeza. El superhéroe alzó su bastón y activó su teléfono para llamar a Ladybug... pero el dispositivo de ella no le devolvió la señal.

–¿Dónde estás, Ladybug? –murmuró, preocupado.

Marinette alzó entonces la cabeza y se volvió para mirarlo, con los ojos muy abiertos. Cat Noir malinterpretó su expresión de angustia.

–No te preocupes, seguro que no tardará en venir –trató de tranquilizarla–. Te pondremos a salvo y derrotaremos a esa... Aracne, o como se llame.

Marinette suspiró y bajó la mirada, con un gesto tan infinitamente triste que a Cat Noir se le encogió el corazón. No era justo, pensó. Apenas un rato antes, Marinette brillaba como una estrella en la gala del concurso que había ganado gracias a su talento y a incontables horas de trabajo y esfuerzo... y ahora estaba allí, en aquel desván polvoriento, empapada, con el vestido destrozado y los ojos llenos de lágrimas, acosada, una vez más, por un akuma que quería vengarse de ella por alguna razón absurda.

–¿Qué ha pasado? –le preguntó con suavidad. Como Marinette no respondió, Cat Noir añadió–: Estabas en la fiesta del hotel, ¿verdad? ¿Aracne también?

Ella asintió.

–Había un c-concurso –balbuceó con voz temblorosa–. Había que diseñar un vestido de n-noche, y yo participé, y Sophie... Aracne... participaba t-también, pero gané yo y...

–¿Y ella no se lo ha tomado bien?

Marinette negó con la cabeza.

–Pero tiene razón –susurró–. Debería haber ganado ella, su vestido era mejor que el mío.

–¿Qué? ¡No! –protestó Cat Noir–. ¿Por qué dices eso? Si mi pa... si los jueces han elegido el tuyo, será por algo, ¿no?

Marinette negaba con la cabeza, como si no quisiera escuchar su razonamiento.

–Pero ¿y si he ganado solo porque me conocen? –objetó–. Después de todo, A-Adrián y yo somos amigos y...

Marinette no pudo continuar, porque se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez. Cat Noir frunció el ceño. Empezaba a ver cierta conexión entre lo que estaba sucediendo y la historia que le había contado Lila, pero necesitaba asegurarse.

–¿Te refieres a Adrián Agreste? –siguió preguntando–. Pero él es modelo, no diseñador de moda ni juez de concurso...

Poco a poco, el superhéroe consiguió que Marinette, entre balbuceos y a trompicones, le contase todo lo que Aracne le había dicho y las dudas que había sembrado en su corazón.

–Pero ¿cómo has podido creer algo así? –le preguntó el chico, consternado–. ¡Tú tienes muchísimo talento, Marinette! ¿No ganaste también otro concurso el año pasado? ¿No has diseñado varias cosas para Jagged Stone?

–Jagged es un artista excéntrico e impredecible, sus gustos no tienen por qué...

–¿Y qué me dices del criterio de Audrey Bourgeois? ¿No alabó un sombrero que diseñaste tú? ¿No estaba dispuesta a llevarte con ella a Nueva York?

–Pero eso no... Un momento, ¿cómo sabes todo eso?

Cat Noir se frotó la nuca, incómodo.

–Uhhh... me lo contó Chloé... ya sabes, Queen Bee.

Marinette lo miró fijamente, frunciendo el ceño.

–¿Chloé y tú habláis de mí?

–Eeeeh... bueno, hablamos de muchas cosas... El trabajo de superhéroe no consiste solo en luchar contra los villanos, también hay patrullas, tareas de vigilancia... tiempos muertos, y ya sabes, charlamos para entretenernos...

–¿De mí? –insistió Marinette, con el ceño fruncido en un gesto de enfado que Cat Noir encontró adorable... y curiosamente familiar.

–De todo en general y de nada en particular.

Marinette sacudió la cabeza, no muy convencida. Pero finalmente suspiró, dejó caer los hombros y se acurrucó junto a Cat Noir. Él, sorprendido por aquel súbito gesto de confianza, la rodeó con el brazo instintivamente.

–No es el concurso, en realidad –confesó ella en voz baja–. Es que estoy tan cansada...

–¿Cansada? –repitió él en el mismo tono.

Marinette suspiró, cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre el hombro de su compañero.

–Cansada de luchar –susurró–. Cansada de esforzarme, de no tener nunca tiempo para tomarme un respiro, o para divertirme, o para disfrutar con mi familia o mis amigos...

–Creo que conozco esa sensación.

Marinette rió sin alegría.

–¿De verdad? Nunca lo habría dicho de ti. O a lo mejor sí –añadió de pronto–. ¿No te cansas... no os cansáis tú y Ladybug de defender París? ¿De tener que llevar una doble vida? ¿De dejar todo lo que estáis haciendo para correr a pelear contra villanos akumatizados... sabiendo que volverá a pasar una y otra vez?

–Pero llegará un día en que dejará de pasar –le aseguró Cat Noir–. Derrotaremos a Lepidóptero, recuperaremos su prodigio y todo volverá a ser como antes.

Marinette suspiró.

–Me gustaría poder ser tan optimista como tú, Cat Noir. Pero me temo que estoy empezando a perder la esperanza.

Cat Noir iba a replicar, pero ella no había terminado de hablar.

–Y es la misma historia una y otra vez –continuó, con la voz rota–. No importa cuánto trabaje, cuánto luche o cuánto me esfuerce, siempre pasa algo, siempre hay alguien ahí para recordarme cuál debería ser mi lugar. No vale la pena intentarlo siquiera, ¿verdad? Debería abandonar mi sueño de ser diseñadora, porque tendría que renunciar a demasiadas cosas... y ya no tengo fuerzas para seguir luchando.

–Pero...

–Y también debería empezar a asumir que Adrián y yo nunca seremos nada más que amigos.

–Pero tú eres una diseñadora de muchísimo talento y... espera, ¿qué?

Marinette se frotó los ojos para secarse las lágrimas, con rabia.

–Es tan difícil acercarse a él… –prosiguió, casi como si hablara para sí misma, sin prestar atención al desconcierto de Cat Noir–. Me ha costado mucho aprender a hablar como una persona normal cuando estoy a su lado, sin tropezar ni tartamudear, y sé que eso solo dependía de mí, pero... lo controlan muchísimo, siempre está encerrado en su casa, no lo dejan salir y tampoco tengo permiso para entrar. Ya no soy solo yo, es que él nunca tiene tiempo para estar con sus amigos... ni conmigo. Sin embargo, Chloé es parte de su mundo desde siempre, y luego están Lila y Kagami, que acaban de llegar y ya quedan con él o incluso entran en su casa, y es porque pertenecemos a mundos diferentes, ¿verdad?, y yo estoy fuera de su círculo, y por mucho que me esfuerce eso nunca cambiará.

–Ma... Marinette... –logró decir Cat Noir, perplejo–. ¿Qué estás intentando...?

–¡Y luego están los akumas! –continuó ella con desesperación–. Todas las veces que he conseguido acercarme a él, que hemos hecho cosas juntos... cuando entrenamos para el torneo de videojuegos, cuando fuimos al cine, el día de mi cumpleaños, cuando bailamos en la fiesta de Chloé... todas las veces apareció un villano akumatizado para estropear el momento... ¡todas las veces! Y hoy parecía que iba a ser diferente, porque reuní valor para pedirle un baile y me dijo que sí..., y entonces Sophie fue akumatizada, y ahora... –Las lágrimas volvieron a fluir de sus ojos sin que pudiera evitarlo–. Supongo que es el destino, ¿no? –concluyó con amargura–. Si la vida insiste en alejarme de Adrián será por algo, ¿verdad? Será que no estamos hechos el uno para el otro, después de todo. Hace tiempo que debería haber hecho caso a las señales, pero supongo... que soy cabezota y que no quería perder la esperanza de que quizá un día... tal vez un día, él...

Se le quebró la voz y las palabras que iba a pronunciar murieron en sus labios. Tragó saliva y alzó la mirada. Y entonces vio a Cat Noir, que la contemplaba con los ojos muy abiertos, entre confuso, conmovido y horrorizado.

–Oh –murmuró ella, dándose cuenta de lo que acababa de hacer–. Lo siento mucho, no pretendía...

–Estás enamorada de Adrián –musitó él.

Ella sonrió sin alegría.

–Bueno, menuda novedad. Estuviste en mi habitación y viste las fotos, ¿verdad?

Cat Noir pestañeó.

–Sí, pero pensé... bueno, es un modelo y tiene muchas admiradoras, y por otro lado... –Se revolvió el pelo, incómodo–. Si no recuerdo mal, una vez me dijiste que yo...

–Oh –repitió Marinette, y se cubrió la boca con las manos, angustiada–. Oh, no. Aquella vez. El almuerzo con mis padres.

–Todo lo que dijiste... ¿No era... no era verdad? –Parecía un tanto decepcionado, y Marinette se sintió peor todavía.

–Sí... Bueno, no... o sea, tal vez. No lo sé. Estaba muy confusa, supongo. A lo mejor intenté... no sé, un clavo saca a otro clavo, ¿no? Oh, no, qué mal ha sonado eso –gimió, hundiendo el rostro entre las manos.

Cat Noir le sonrió con cariño.

–No tanto. Creo que te entiendo, ¿sabes? Una vez, yo también traté de pasar página... con lo de Ladybug, quiero decir... y le pedí una cita a otra chica.

–¿De verdad? –se asombró Marinette; entornó los ojos y ladeó la cabeza, observándolo con cierta suspicacia–. ¿Y quién era?

Cat Noir se rió.

–No te lo puedo contar. De todos modos, no salió demasiado bien, y tampoco fue una buena idea, que digamos. Porque en el fondo yo seguía enamorado de Ladybug hasta las trancas, y creo que hice concebir falsas esperanzas a la otra chica, y... no se lo merecía.

–Entiendo –murmuró Marinette.

Se había acurrucado sobre sí misma otra vez, y parecía tan triste que Cat Noir sintió el súbito impulso de volver a abrazarla, de estrecharla contra su pecho y no dejarla marchar. Pero lo reprimió, porque lo que ella acababa de revelarle le quemaba como un dardo de fuego en el corazón.

No había nada en aquel momento que desease más que hacerla feliz, que volviese a sonreír.

Pero no podía darle la clase de cariño que ella esperaba de él... de Adrián Agreste... porque estaba enamorado de otra.

Había sido duro rechazarla la primera vez. Ahora, la simple idea de volver a hacerle daño le resultaba insoportable.

Sacudió la cabeza. Ella se lo había dicho a Cat Noir, no a Adrián, en realidad. En teoría, Adrián aún no sabía lo que Marinette sentía por él.

Así que no tendría que romperle otra vez el corazón... todavía.

Marinette temblaba debajo de su chaqueta, y Cat Noir volvió a pasarle un brazo por los hombros, con cuidado.

–¿Nunca... nunca se lo has contado a él..., igual que hiciste conmigo?

Ella negó con la cabeza.

–Lo he intentado un par de veces. Le envié una tarjeta por San Valentín, pero olvidé firmarla. Y la segunda vez... reuní el valor para presentarme ante él y entregarle una carta personalmente... pero... me equivoqué de papel –gimió, hundiendo el rostro entre las manos, muerta de vergüenza–, y le di en su lugar una receta del ma... de mi abuelo, que llevaba también en el bolso para entregar en la farmacia.

–¡Ah! –exclamó Cat Noir. Uno de los grandes misterios que rodeaban a Marinette acababa de aclararse por fin–. Entonces... –Trató de ordenar sus ideas–, le diste una receta, pero lo que ibas a entregarle era en realidad...

–Una confesión de amor –musitó ella, aún abochornada y roja como una cereza.

–Ah –repitió él, reflexivo–. Oh –murmuró.

Era una suerte que su amiga se hubiese confundido de papel aquella mañana, pensó. Porque a su vuelta de Londres no habría tenido más remedio que mantener con ella una incómoda conversación que sin duda la habría hecho sufrir.

Y por nada del mundo deseaba que ella sufriera. Cerró los ojos y suspiró para sí mismo. A veces deseaba poder desdoblarse y ser de verdad las dos personas que todo el mundo pensaba que era. Así, Cat Noir podría seguir siendo fiel a Ladybug, y tal vez Adrián...

Sacudió la cabeza ante aquel extraño pensamiento.

–Es como si la vida se empeñase en mantenerme alejada de él –estaba diciendo Marinette–. Tengo la sensación de chocarme contra la misma pared una y otra vez. Es absurdo, ¿verdad? Debería haberme rendido hace tiempo.

–No lo sé –murmuró él, sin saber muy bien por qué lo decía–. Yo sí me he declarado a Ladybug..., varias veces..., y ella siempre me ha dado calabazas, pero no he perdido la esperanza. Así que supongo que no soy el más indicado para aconsejarte.

–Pero es que no es algo que dependa de ti. Si ella no siente lo mismo por ti, si quiere a otro, ¿qué puedes hacer tú? ¿Qué sentido tiene insistir? –Suspiró–. Tendría que haberlo aceptado hace tiempo, pero supongo que nunca es tarde para tomar la decisión correcta.

–¿Cómo, que vas a rendirte con Adrián? –preguntó él; calló de pronto, sorprendido por la ligera indignación que acababa de detectar en su propia voz.

–No puedes obligar a nadie a que te quiera como a ti te gustaría –se defendió ella–. Solo desear que sea feliz, aunque sea con otra persona..., si lo quieres de verdad.

–O esperar a que tal vez un día cambie de idea. La gente cambia, ¿no?

Ella clavó sus enormes ojos azules en los de él.

–¿Crees de verdad que Adrián podría enamorarse de mí?

Cat Noir tardó un poco en contestar. Tendría que haber sido sincero con ella, haberle insinuado, con delicadeza, que tal vez su amor fuese imposible, que hay más peces en el mar, pero... ¿quién era él para responder tal cosa? Después de todo, ¿no seguía enamorado de Ladybug, a pesar de que ella le había dicho por activa y por pasiva que amaba a otro?

–No lo sé –murmuró finalmente–. ¿Crees que Ladybug me querrá algún día?

Por alguna razón, los ojos de ella volvieron a llenarse de lágrimas.

–No lo sé –musitó.

«Si pudiese quererla a ella, igual que amo a Ladybug», pensó Cat Noir, abrumado, «sería todo mucho más sencillo».

Le tomó el rostro entre las manos, con infinita ternura, y la miró a los ojos.

–Pero sí sé una cosa, Marinette –le dijo–: que eres una chica maravillosa y repleta de creatividad y de talento, y que no deberías renunciar a tus sueños. Sé que a veces la vida es difícil e injusta, y que hay gente que parece que solo existe para ponerte palos en las ruedas, pero no estás sola. Tienes a tu alrededor a muchas personas que te aprecian, te apoyan y te valoran, y estoy seguro de que Adrián Agreste es una de ellas. Y de que realmente quería compartir contigo ese baile que le habías pedido.

Marinette parpadeó, emocionada, pero no pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas.

–Cat Noir, yo... –empezó, pero un súbito estruendo los interrumpió y los hizo dar un respingo.

–¿Creíais que no os encontraría? –se oyó la voz de Aracne desde fuera–. ¡Pues estabais equivocados!


NOTA: ¡Intenso Marichat! Parece que Marinette está muy hundida, pero resurgirá de sus cenizas cual ave Fénix, no lo dudéis. ¿Qué pasará ahora? ¡Todavía quedan muchas sorpresas por desvelar!

¡Muchas gracias por leer! :)