CAPITULO 5

EDWARD

Cuando James me envió un mensaje preguntando cómo fue la noche de boda, en lugar de responder, le pedí que nos reuniéramos para almorzar.

Mi mejor amigo tiene una manera de ser con el sexo débil, y tengo la esperanza de que tenga algunos consejos para mí sobre cómo proceder después de mi menos-que-estelar noche de bodas. No era como esperara que Isabella cayera sobre sus rodillas y me atendiera, o extendiera sus piernas en nuestra cama matrimonial, pero una buena noche de besos hubiera sido agradable. Caramba.

—Es malo, ¿no? —pregunta James cuando me deslizo en la silla frente a él.

—¿La noche de boda? Un jodido desastre.

No tiene que responder, ya que sus ojos lo dicen todo. En aquellas profundidades color miel bordeadas por oscuras pestañas por las que las mujeres se vuelven locas, el bastardo con suerte, son una mezcla entre de piadosos y curiosos.

Pero dice—: Cuéntale a tu buen amigo todo sobre ello. —Reclinándose en su asiento con los dedos entrelazados detrás de su cabeza.

Afortunadamente soy salvado de su papel de autoayuda al estilo Dr. Phill por la llegada de la camarera.

—¿Qué puedo conseguirles caballeros? —pregunta ella.

Cuando le pedí a James almorzar, aceptó con la condición de que fuéramos a su bar favorito al estilo británico. A pesar de tener sangre inglesa bombeando por mis venas, desprecio la comida. James nació y se crio en un campo a las afueras de Londres. Aún tiene un gusto por ella, supongo que le recuerda a su juventud.

Pide un almuerzo estilo labrador, y yo elijo la cosa menos nociva que puedo encontrar en el menú, pescado y papa. El té es una cosa en la que podemos estar de acuerdo.

Cuando la camarera se aleja, él vuelve a sonreírme con expectación.

—Entonces, cuenta. ¿Cómo es la esposa?

Si bate esas jodidas pestanas hacia mí una vez más, como si estuviéramos teniendo una charla de chicas, voy a golpear al hijo de puta.

—Al menos déjame tener mi té antes de que me molestes —murmuro.

La camarera trae una pequeña tetera de porcelana con agua caliente. Me recuerda a la que tengo en casa. Pienso en Isabella y algo en mi interior se aprieta. Ella estuvo en su teclado hasta tarde anoche, ya sea porque estuviera determinada a poner sus pensamientos en papel o para mantener su distancia de mí, no estaba seguro.

—No estoy tratando de molestarte —dice James con un suspiro—. Solo pregunto cuál es el problema. ¿Entiendo que la noche de bodas no fue todo lo que soñaste que podría ser?

—Podrías decir eso. —Tomo un sorbo de mi té y encuentro que está a la temperatura perfecta.

—¿Todavía es tan fría como siempre, o está calentándote?

—Pasamos toda la noche hablando sobre un nuevo plan de negocios —digo.

—Por amor a Cristo. La mujer es una cazadora de bolas.

—Cuéntame sobre ello.

Es cierto que Isabella es implacable en su búsqueda de la perfección. Es inteligente y determinada, y nunca carece de confianza. Es sexy como el infierno. Frustrante. Pero admirable.

Nada sorprende a la mujer. Es ingeniosa como un látigo, y no toma la mierda de nadie. Nunca la he visto retroceder ante un desafío. Lo que he visto es su fácilmente dominación de las reuniones ejecutivas llenas de veteranos en la industria, hombres lo suficientemente viejos para ser su abuelo, que usaban trajes de negocios antes de que ella usara pañales. Y ella ni siquiera nota o le importa cuán hermosa es…

Me doy cuenta de que James aún está mirándome y salgo de mis pensamientos. He estado poniéndome demasiado pegajoso para mi propio bien, de todos modos.

—Seguro como el infierno que no actúa como la esposa de nadie —murmuro.

Él se encoge de hombros.

—Así que no es una romántica.

En realidad, de acuerdo con su amiga Tanya, lo es. Pero no le digo eso a James por el riesgo a sonar como un total cliché.

—Se quedó dormida en su escritorio un poco después de la medianoche.

—No te conviertes en un éxito a los veintiséis años por quitar tus ojos de la bola.

—Supongo.

—¿Entonces puedo asumir que el hacer-bebés no va bien? —Se ríe entre dientes.

—No exactamente.

—¿Qué vas a hacer? Una mujer nunca te ha rechazado antes, y ahora tu propia esposa no te folla. —Hace un ruido de decepción en su garganta.

Cuando simplemente le doy la vuelta, se excusa con una visita al baño. Y cuando James se ha ido, saco el teléfono y reviso mis mensajes.

Hay tres correos electrónicos de Charlie, todos sobre la grave situación de la compañía, y otro de Aro informándome que la junta tendrá una "reunión exploratoria" con una firma rival la próxima semana.

Mierda.

Cierro mi buzón de entrada. Ya que James todavía no vuelve, abro la aplicación de noticias de negocios en mi teléfono para desplazarme por los titulares, esperando alejar mi mente de todas las noticias de cama con el trabajo.

¿Puede la nueva "Pareja de Poder" de Manhattan darle un giro a un dinosaurio de mercadotecnia antes de que sea demasiado tarde?

Comienzo a leer la parte superior del artículo, solo para descubrir que es sobre Isabella y yo. Los asesores financieros están especulando sobre el futuro de la compañía y predicen una caída en el precio de nuestras acciones mientras los cambios de liderazgo se sacuden.

Bueno, a la mierda con eso. No veré a nuestra compañía derrumbarse en llamas. Pero la verdad es que, ni siquiera estamos cerca de estar fuera de peligro todavía. Y toda esta mala prensa está hundiéndonos incluso más.

Frustrado, estampo mi teléfono contra la mesa justo mientras James se aproxima.

—¿Ahora qué? —pregunta, deslizándose en su asiento y colocando la servilleta en su regazo.

Se siente como si mi la vida laboral y personal estuvieran explosionando. No estoy acostumbrado a fallar tan miserablemente. A sentirme tan indefenso.

Entonces me doy cuenta de algo, la solución a ambos problemas es ganar a Isabella. Tenemos que trabajar juntos para salvar este naufragio, y estoy cansado de sus rechazos, su pesimista idea de que nunca podremos funcionar juntos. A la mierda.

—Sé lo que tengo que hacer —digo.

—¿Y qué es eso?

—Necesito seducir a mi esposa. Necesito mostrarle cuan buenos podemos ser juntos.

James asiente.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Planear alguna gran y elaborada cita para cortejarla?

Pienso en ello, luego niego con la cabeza.

—No. Isabella es demasiado asustadiza. Tomará más delicadeza que esa.

Cuando Isabella llega a casa del gimnasio a las siete, estoy listo. Bajé la iluminación en el ático y puse algo de suave jazz a sonar de fondo.

Coloca la bolsa de gimnasio en el piso, me da una mirada escéptica.

—¿Qué está pasando?

Probablemente está leyendo el ambiente como uno romántico, y no estoy seguro de si eso es bueno o malo. Mi meta es solo lograr que se relaje esta noche.

Tratando de actuar natural, respondo—: Conseguí algo de cenar para nosotros y pensé que podríamos tomarnos la noche libre de hojas de cálculo y números.

Se encoje de hombros.

—Seguro. Déjame tomar una ducha rápida, luego estaré lista.

Esperaba más resistencia. Tal vez los dioses están mirándome esta noche con lastima.

Saliendo de sus zapatos deportivos color rosa brillante, Isabella se dirige hacia el baño. Cuando escucho el rocío de la ducha, entro en la cocina para terminar todo.

La comida llega al momento que escucho la ducha apagarse. Arreglo el contenido de los recipientes para llevar en un par de platos pequeños, para seguir con el tema de las tapas.

Hay queso de cabra con higos tostados, vieiras a la plancha, y una patata y gruyere gratinados. Huele genial. Sirvo dos copas de cabernet sauvignon y llevo todo a la mesa de café en la sala.

Escucho los pasos de Isabella en el piso de madera y levanto la mirada. Recién salida de la ducha, está llevando un par de leggings negros que abrazan cada curva de sus piernas bien formadas y trasero redondo, junto con una sudadera gris que está cortada para colgar fuera de un hombro desnudo, exponiendo su piel ligeramente pecosa. Se ve húmeda de rocío y sonrojada por la ducha, y quiero tocarla para ver si se siente tan caliente y suave como luce.

—Vaya. ¿Qué es todo esto? —pregunta, sentándose a mi lado en el sofá.

—Solo una cena casual. Pensé que merecíamos algo de relajación, considerando la presión bajo la que estamos trabajando.

Acepta la copa de vino que le entrego, y toma un sorbo.

—Que atento.

El dulce aroma de su jabón corporal de madreselva y vainilla me golpea en el rostro, haciéndome querer inclinarme y probar su piel, sus labios, sus pechos.

Mierda.

Necesito recomponerme. Mi plan es ganarla, cortejarla, no empujarme sobre ella con avances no deseados.

Ella puede tener un duro exterior, pero estoy empezando a aprender que es en realidad un poco tímida cuando se trata de ponerse física conmigo. A lo cual no estoy acostumbrado en lo absoluto. La mayoría de las otras mujeres adorarían montar a Edward Cullen.

Isabella se sirve una porción de cada plato, cortando un pequeño pedazo de vieiras de mar, dejando salir un pequeño murmullo de placer a medida que mastica, soplando el vapor de una patata gratinada antes de cerrar sus labios alrededor de ella.

—Muy buena —dice con un gemido—. ¿Cómo sabías que adoro las tapas?

Me encojo de hombros.

—Puedo haber sacado información de Tanya.

Sus ojos van hacia los míos mientras toma otro sorbo de vino.

—¿Por qué harías eso?

Regresando su mirada, decido hacerme vulnerable.

—Porque me gustas, Isabella. Quiero que esto funcione.

Y no solo me refiero a traer de vuelta nuestra compañía y hacer una jodida tonelada de dinero. Genuinamente pienso que, si está dispuesta a intentar, podemos tener una oportunidad de ser una real y feliz pareja. Pero no aclaro todas esas cosas extra. Isabella aprecia la honestidad, pero hay una cosa como desnudarse demasiado pronto. O por completo.

Ya sé que somos compatibles cuando se trata de cosas importantes; política, religión, y ética de trabajo, pero estoy comenzando a pensar que juntos en la habitación, seriamos explosivos. Ella trata de negarlo, pero la forma en que su cuerpo responde a mí es ridícula. Sin mencionar la desesperada manera en que anhelo su suculento trasero y sus turgentes tetas, incluso su inteligente boca es ridícula. Normalmente soy un tipo de tómalo-y-déjalo. Una vez que tengo una probada, he acabo y hasta el próximo rumbo. Pero algo me dice que, con Isabella, una vez no sería ni cercanamente suficiente.

Sin embargo, en primer lugar, necesito saber cómo se siente sobre todo esto. Con la amenaza del chantaje de Mike cerniéndose sobre nosotros, demandando toda nuestra atención, apenas he tenido una oportunidad de hablar con ella sobre la boda, el contrato, y especialmente el proceso de hacer-bebés que necesitamos que pase. Tenemos que discutir sobre este elefante en la habitación como adultos maduros y responsables.

—Así que, ¿cómo te sientes sobre los niños? —pregunto.

Sus cejas se elevan.

—¿Niños?

Asiento lentamente, tan confundido como nervioso en este momento. ¿Por qué está tan sorprendida?

—Yo, um… bueno, supongo que no he pensado realmente en ello— tartamudea.

Mi estómago aumenta su incomodad. ¿Cómo demonios no lo ha pensado? Esta es Isabella, la mujer que pesa cada decisión con una lista de pros y contras. Sus cartas de niña para Santa probablemente fueron escritas en el estilo oficial de memo con las peticiones en viñetas.

—¿Por qué? No estás pensando…. —Está tan nerviosa que deja el resto de su frase incompleta.

Claro joder, estoy pensando en ello. Tenemos una obligación contractual que cumplir. Punto.

Entonces la realización me golpea.

Santa. Mierda.

—¿El día de nuestra boda, leíste el contrato o solo lo firmaste? —pregunto, tratando de mantener mi tono neutral.

Se encoge de hombros, doblando sus piernas debajo de ella en el sofá.

—Lo firmé. Ya sabía lo que decía. Papá y Aro debieron haberlo explicado todo cientos de veces en todas esas reuniones que tuvimos.

Nunca esperé que Isabella, de todas las personas, firmara un contrato sin leerlo. Estoy tan sorprendido que solo me quedo en silencio mientras los minutos pasan y continuamos sorbiendo nuestros vinos.

Trato de calmarme y pensar en esto. Pero estoy aturdido. El contrato está finalizado ahora, estamos legalmente unidos. Hemos estado legalmente unidos por casi una semana en este punto. Y ahora que he callado sobre esto por tanto tiempo… ¿cómo le digo a ella sin hacerlo parecer como si estuviera mintiéndole por completo?

Además, estoy noventa y nueve por ciento seguro de que romperá el contrato y lo arrojará, y el trato se derrumbará. Nada de herencia significa sin segunda oportunidad en la junta directiva. Lo cual, a su vez, significa que todos en Cullen & Swan, personas inocentes como Carmen, que dependen de los trabajos que suministramos, serán realmente jodidos.

No puedo dejar que nada ponga en peligro este acuerdo. No puedo permitirme tomar el más pequeño riesgo. Solo tendré que ganarme a Isabella con mi encanto y dejar que todo pase naturalmente. Bueno, tan natural como embarazar a tu esposa falsa puede ser.

Por otro lado, incluso si le dijera sobre la cláusula del heredero y milagrosamente no explotara, eso solo la presionaría más para lograr embarazarse por amor a nuestra compañía. Tener un hijo no sería una elección libre. Es mejor si le propongo la idea por su propio mérito.

Estoy a la altura de la tarea, ¿verdad? Ya he hecho algo parecido; ella solía odiar mis entrañas, y me tomó menos de un mes cortejarla hasta que se casara conmigo. Hacerla cambiar de opinión sobre los hijos será mucho más difícil, pero solo tengo que llevar las cosas a otro nivel. Poner realmente mi espalda en ello. Ser mi yo más encantador y atractivo. Si alguien puede hacer que una mujer caiga enamorada, lo suficientemente profundo como para comenzar una familia…

Pero Isabella no es solo cualquier mujer. Reprimo un gemido desesperado.

Jódeme… he conseguido el trabajo perfecto para mí.

¿Qué demonios hago ahora?

—Entonces, ¿qué más hay en la agenda, señor Cullen?

Isabella me sonríe cálidamente como si no tuviera idea de la batalla interna que estoy librando. He rellenado su copa de vino dos veces, y algo me dice que está sintiéndose mareada y despreocupada.

Al menos uno de nosotros lo hace.

Amontono los platos vacíos, llevándolos a la cocina, y los apilo en el fregadero. Luego me quedo de pie allí, mis manos sujetadas al borde de la encimera. Necesito un minuto. Siento como si el apartamento estuviera cerrándose sobre mí.

Antes de tomar cualquier gran decisión sobre cómo abordar este problema, tengo que pensar con cuidado. Pero con mi cabeza girando y Isabella esperando expectante en la otra habitación, no puedo hacer eso aquí. Tengo que dar un paso a la vez.

Así que la pregunta es: ¿Qué demonios hago ahora?

—¿Edward? ¿Vas a volver? —dice.

Tomo una profunda respiración y regreso a su lado. Dándome cuenta de que no puedo dejar que esta desagradable sorpresa me distraiga de mi plan, decido seguir adelante. Esta noche se supone que sería para lograr que se relaje, descanse, y confíe en mí. No hay punto en arruinar toda la noche por soltar todo imprudentemente. Encontraré una manera elegante de decírselo más tarde.

—Has estado muy cansada por el trabajo. Ambos lo estamos —digo mientras me siento.

Ella asiente en acuerdo.

—Esta noche estaba esperando que pudiéramos poner todo eso a un lado y descansar juntos.

Me sonríe.

—Muy buena idea. No descanso lo suficiente.

Una parte de mí está casi sorprendida de que esté de acuerdo con esto tan fácilmente. El resto de mí aún está ocupado procesando el pensamiento de que ella no tiene idea de que se supone que la embarace dentro de los próximos tres meses. En realidad, es más como dos meses ahora.

Isabella coloca su copa de vino en la mesa y rueda sus hombros, suspirando suavemente.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Solo un poco tensa, es todo.

Inhalo por la nariz. Tengo que poner la cosa del embarazo en la parte posterior de mi cerebro. De todos modos, tenemos un largo camino hasta que Isabella me deje llenarla con mi semen, así que, ¿por qué estoy estresándome por ello ahora? El primer paso es mostrarle cuan compatibles podemos ser.

Y eso comienza ahora. Le sonrío.

—Quédate quieta. Ya regreso.

Agarro una botella de aceite para masajes del armario del pasillo y regreso a la sala. La suave música jazz parece flotar en el aire, creando un agradable zumbido en la atmosfera.

Lo ojos de Isabella se amplían cuando vuelvo a unirme a ella en el sofá, pero no hace ninguna pegunta.

—Te daré un masaje —sugiero—. Quítate la sudadera.

Isabella vacila, masticando su labio mientras me observa.

—Pero no estoy llevando nada debajo.

Esa es la idea.

—Prometo que no miraré.

Duda por otro segundo, luego gira su espalda hacia mí y tira de la camiseta por encima de su cabeza, dejándola caer sobre el suelo. El cremoso lienzo frente a mí es uno para ser admirado. Los hoyuelos gemelos en su espalda baja cerca de la banda elástica de sus leggings harían nada menos que llorar a los hombres.

Caliento unas cuantas gotas de aceite entre mis palmas y coloco las manos sobre sus hombros rígidos.

—Relájate. ¿Bien?

Me da un asentimiento rápido.

Trabajo mis dedos en los nudos que puedo sentir bajo su piel, y cuando presiono los pulgares en el siguiente nudo en su columna, ella gime.

—Querido Dios, eso se siente bien.

—¿Ha pasado un tiempo? —pregunto, con solo un toque de travesura en mi voz.

—¿Desde que tuve un masaje? Sí.

Me refería a si había pasado un tiempo desde que disfrutó el toque de un hombre, pero en el último segundo, decidí no aclarar mi pregunta. La última cosa que quiero escuchar es sobre las conquistas pasadas de mi esposa. No gracias.

Continúo acariciando sus tensos músculos y la siento relajarse lentamente. Saber que sus pechos están desnudos y justo fuera de mi alcance es prácticamente un pecado capital.

Tratando de averiguar una forma de atraer más Isabella, digo—: Si te giras, puedo alcanzar mejor la parte delantera de tus hombros.

Totalmente falso. Espero que no pueda leer mi mente.

Cuando vacila unos segundos, me inclino y beso la parte trasera de su cuello.

—Eres mi esposa, cariño. No es la gran cosa.

Esas palabras cuelgan entre nosotros, floreciendo en algo más que creo que ninguno de nosotros jamás soñó. Ella traga, luego lentamente comienza a girarse hacia mí. Atrapando su labio inferior entre sus dientes, sus ojos brillan con deseo, Isabella me enfrenta en el sofá.

Si decir una palabra, salpico un par de gotas más de aceite en mis palmas antes de frotarlas juntas. Masajeo la parte delantera de sus hombros, sus brazos, y lucho con la erección presionándose contra mi cremallera.

La respiración de Isabella ha cambiado, todo el ambiente rodeándonos ha cambiado. Mi mirada baja brevemente, y veo como sus pezones se endurecen en pequeños guijarros.

Incapaz de resistir la tentación que ella colocó delante de mí, acuno el peso de sus pechos en mis palmas y froto mis pulgares por los pezones.

Isabella suelta una respiración temblorosa, sus labios se dividen con sorpresa.

Mis dedos, manchado de aceite perfumado, se deslizan fácilmente sobre su piel mientras froto sus pezones con pequeños movimientos circulares.

Un pequeño gemido, apenas audible, atraviesa sus labios, y me sumerjo en un beso, sabiendo que está ardiendo en silencio por más, mi lengua se empuja pasando sus labios y me besa de vuelta, con fuerza y apasionadamente. Logré tenerla justo como la quería. Húmeda. Y lista para mí.

Mientras nos besamos, muevo mi cuerpo sobre ella hasta que está acostada sobre el sofá y estoy suspendido sobre ella. Sus muslos se abren, invitándome a acercarme aún más, y me acomodo hasta que mi miembro de acero se encuentra con su cálido centro. Isabella jadea, apartándose del beso. El contacto es deliciosamente frustrante, tan cerca y aun así tan lejos, separados solo por un par de capas de ropa. Pero si sigo así, estarán fuera muy pronto. Mi boca se mueve a su cuello mientras continúo moviendo mis caderas, golpeando contra su clítoris con cada movimiento.

—¿Esto está bien? —murmuro y espero en agonía a media que ella hace una pausa, sus ojos buscando los míos.

—No te detengas —dice en voz baja, sus caderas elevándose para encontrar esa fricción una vez más.

Me inclino y tomo un pezón en mi boca, rodando mi lengua sobre él y succionando la firme punta. Isabella grita de placer.

—Edward…

Mi nombre en sus labios, con esa dulce y rasposa voz cargada de deseo, rompe la última fibra de mi restricción. Me arrodillo y agarro los lados de sus pantalones de yoga, bajándolos y a sus bragas, por sus piernas hasta que está desnuda para mí.

Cristo. Mi pene se sacude súbitamente, goteando liquido pre-seminal en mi bóxer. El cuerpo de Isabella es perfección. Suaves curvas lechosas, pechos llenos, y el coño desnudo con un clítoris rosa saludándome desde entre sus jugosos labios.

Quiero envolver mis labios alrededor hasta que grite. No lo haré, no aún, de todos modos, pero no puedo evitar estirarme para tocarlo. Corriendo la punta de un dedo a lo largo de su hendidura, acariciando ligeramente el suave e hinchado brote.

Isabella deja salir un gemido de súplica.

Estoy tratando de ir despacio, lo juro, pero con Isabella desnuda y retorciéndose en el sofá, mirándome con esos enormes ojos marrones, es casi imposible. Luchando conmigo mismo para refréname y recordar mis modales, acaricio su clítoris con un cuidadoso dedo, mientras mi otra mano masajea sus pechos, acariciando sus pezones.

¿Hay una forma educada de decir: Monta mi rostro hasta que te vengas sobre mi lengua?

—¿Todo bien, princesa? —pregunto en su lugar, mi voz gruesa con deseo.

—Se siente tan bien.

Ella observa mi mano mientras continúo con mis lentos y tortuosos movimientos, suavemente frotando su clítoris, queriendo provocar su placer. Puedo sentir cuán húmeda está por mí, y uso la humedad para recorrer su hinchado brote, de atrás hacia adelante, atrás y adelante.

Un gemido de frustración se eleva desde su garganta, y sé que la tengo justo donde la quiero. No hay forma de que se aleje de esto, de nosotros, hasta que haya terminado de darle lo que necesita.

Los muslos de Isabella se abren más a medida que atrae sus talones hacia su trasero. Mi vista es jodidamente perfecta. Puedo ver cada respiración vacilante que atormenta su pecho, cada latido que hace el descontrolado pulso en su garganta, y cada pequeño temblor mientras me burlo de su coño con ligeros toques.

—Eres hermosa justo así —digo—. Tan sensible y húmeda.

Gime de nuevo, girando las caderas para encontrarse con mi toque.

—Edward… ha sido tanto tiempo…

Cuando creo que ya no puede soportar más de mis burlas, salgo del sofá, de manera que estoy arrodillado en el suelo. Luego tiro de sus caderas hasta que su culo descansa en el borde del sofá y sus rodillas están lo suficientemente abiertas para acomodar mis hombros.

—Voy a hacer que te corras con mi boca. Si no quieres eso, mejor que me lo digas ahora.

Estamos tan cerca que sé que puede sentir mi aliento caliente entre sus piernas. Ella asiente, su respiración pesada con anticipación. Luego sello mis labios alrededor de su hinchado clítoris y succiono… con fuerza.

Sus caderas de sacuden hacia arriba, su cuerpo temblando con mi asalto de besos eróticos. Tengo de sostenerla en su lugar, sujetando ambas manos alrededor de sus muslos para mantenerla extendida para mí.

—Vamos, nena, déjalo ir —susurro contra su carne resbaladiza, y luego continúo devorándola.

Ella está respirando con fuerza y gimiendo suavemente, gime tan jodidamente sexy. Su sabor, su olor, sus gritos de placer son todos tan intoxicantes. Dan rienda suelta a algo dentro de mí.

Puedo hacer esto toda la noche… pero pronto su cuerpo entero se pone rígido como una flecha y sus manos se introducen en mi cabello. La lamo, una y otra vez, sonriendo cuando grita.

¡Oh Dios, sí!

La lamo en un frenesí, mi ritmo demasiado rápido, pero no podría frenarme justo ahora, aunque así lo quisiera. Ella está tan cerca, y quiero ser el que la lleve allí.

Isabella grita mi nombre a media que los temblores ondulan por todo su cuerpo. Justo cuando comienza a venirse, empujo un dedo en su interior, incapaz de resistir la sensación de su apretado cuerpo sujetando y apretándose a mí alrededor.