Capitulo 6: Calma

Academia mágica de Tristania, al anochecer del día siguiente:

-¿Qué te pasa, compañero?-preguntó Derflingr a Saito, quien se había pasado gran parte de la noche apoyado en la barandilla del balcón mirando en silencio a la lejanía, únicamente con su fiel espada y amigo como única compañía mientras a sus espaldas la celebración por la captura de Fouquet seguía su curso. Sin embargo, Saito no se sentía con demasiados ánimos como para festejar nada.

-No me pasa nada-contestó Saito sin mucha convicción.

-Mientes muy mal. Hasta yo puedo ver que algo malo te ocurre, y eso que ni siquiera tengo ojos-respondió Derflingr con tono burlón, por si eso servía para levantar el ánimo de Saito. Sin embargo, este ni siquiera se giró-. ¿Es por lo del frasco de cristal?-preguntó en tono más serio.

Saito apretó sus puños. Sí, todo aquello era por aquel condenado frasco…

Después de haber capturado a Fouquet, y recuperado los objetos sustraídos, el pequeño grupo de magas y familiares había ido al despacho del director para recibir sus felicitaciones por un trabajo tan excelentemente realizado. Se les prometieron generosas recompensas por ello, y se les informó de que serían las invitadas de honor a la celebración que tendría aquella misma noche en la Academia, tanto para celebrar la captura de Fouquet como para rendirles honores. Al principio, Louise se había sentido sorprendida y bastante decepcionada al descubrir que Saito, al no ser noble, no recibiría recompensa alguna a pesar de haber sido quien había conseguido capturar a Fouquet casi sin ayuda. Saito, sin embargo, no le dio mucha importancia. En su lugar, pidió a Louise y a las demás que salieran de la habitación, ya que había algo que quería preguntar a Osmond en persona y en privado.

-Muy bien. Dime, ¿qué pregunta tienes para mí?-preguntó el anciano mago, quien se hacía una buena idea de qué era lo que quería saber Saito.

-El Báculo de la Destrucción no es un bastón de mago-dijo él-. Es un arma de mi mundo, un lanzacohetes, y quisiera que me explicara cómo pudo llegar algo así hasta aquí.

Así pues, Osmond se lo contó todo. Le explicó el encuentro que tuvo en su juventud con aquel peligrosísimo dragón, y como un extraño soldado armado con el Báculo consiguió abatirlo de un disparo. Osmond señaló, dándose cuenta en ese momento, que el soldado portaba un curioso traje bastante similar al de Saito, lo cual reconoció que debería de haberle llamado más la atención, pero a causa de los muchos años pasados entre ambos eventos no se le ocurrió buscar similitudes.

-Enterré al soldado y guardé el Báculo como agradecimiento de lo que hizo aquel día por mí. De no ser por él, yo no seguiría vivo-concluyó Osmond, soltando un suspiro.

-Pero el Báculo no fue lo único que guardasteis, ¿verdad?-preguntó Saito con aire suspicaz. Antes de que el viejo mago pudiera responder, se sacó del bolsillo la pequeña caja que le había quitado a Fouquet, y la dejó en la mesa con cuidado. Colbert contempló aquella pequeña caja sin entender muy bien a que venía aquel tono acusatorio por parte de Saito, pero Osmond se limitó a mirar con aire triste la caja.

-No, es cierto. El soldado que me salvó transportaba consigo algo muy valioso para él, algo ten peligroso que me hizo jurar en su lecho de muerte que, pasara lo que pasara, jamás abriría la caja que él me entregó.

-Pero lo hicisteis, ¿no es cierto?-preguntó Saito con un tono de voz que dejaba más que claro que él sabía ya la respuesta a esa pregunta. Osmond simplemente le miró a los ojos.

-¿Cómo lo habéis descubierto?-quiso saber Osmond. Su tono no era de espanto o suspicacia, sino más bien el de un hombre mayor demasiado cansado como para intentar mentir u ocultar la verdad.

-Esta caja también viene de mi mundo. Se usa para transportar sustancias peligrosas y evitar que entren en contacto con el aire, pero esta está desellada. Dudo que el soldado la abriera porque él sabía lo que había dentro, de manera que el único que se me ocurre que hubiera podido hacer algo así es usted.- Osmond asintió, corroborando sus sospechas.

-En efecto, lo hice. Sin embargo, debes entender que no tuve más remedio que hacerlo. Cuando me convertí en el director de la Academia y transporté el Báculo y la Sangre a la Bóveda, temí que sin querer hubiera introducido algo peligroso o mortífero en el recinto, poniendo en riesgo la salud y bienestar de mi estudiantes. Así pues, rompí mi juramento para así poder cerciorarme de que la carga que me impuso el soldado no pusiera en peligro a los niños.

-No tenéis ni idea de lo que hay aquí dentro-dijo Saito, su tono dejando más que claro que desaprobaba enormemente la decisión de Osmond-. Lo que guarda esta caja es el arma más peligrosa del mundo, uno de los mayores males que jamás han asolado mi mundo, el catalizador para formar un mundo de horrores y pesadillas.

-¿De qué habláis?-preguntó Colbert, a quien todo aquel asunto estaba poniendo cada vez más nervioso-. ¿Qué es lo que guarda esta caja?

-Esto, señor Colbert, es la sangre de Elisabeth Greene, también conocida como MOTHER.

-La Madre-dijo Osmond, entendiendo entonces el extraño nombre que le había puesto aquel soldado.

-Exactamente. Greene fue un monstruo que provocó decenas de millones de muertes en apenas una semana de tiempo, y fue la responsable indirecta de otros tantas. Armada con un poder devastador y un ejército de seres de pesadilla que ella misma creó, una vez fue el monstruo más poderoso del mundo.

-¿U-una vez?-preguntó Colbert, algo asustado al oir la descripción de un ser tan terrorífico como aquel. No tenía ni idea de qué clase de criatura podía haber sido esta tal Greene, pero lo que si tenía claro era que debía de ser un autentico monstruo para haber causado tantas muertes en tan poco tiempo. Ni sus más sangrientas guerras habían provocado tantas bajas, ni siquiera en plazos de tiempo más extensos-. ¿Es que acaso murió?

-Si, hará cosa de un año aproximadamente. Un monstruo como ella la devoró, y ahora es él quien amenaza al mundo con su presencia-dijo Saito. Solo de pensar en aquel monstruo con aspecto de hombre, sintió como la rabia lo embargaba.

-Entonces… ¿por qué se preservó la sangre de alguien así? ¿Qué buscaban vuestros dirigentes obtener?

-Lo que buscan todos los que tienen poder: más poder-dijo Saito con desdén-. Greene y el monstruo que la sucedió son una clase muy especial de criaturas. Su poder actúa como una enfermedad, infectando a los seres vivos y convirtiéndolos en seres de pesadilla. Con su sangre es posible obtener una clase parecida de poder, aunque sus aplicaciones militares son mucho más extensas.

-¿Aplicaciones militares? ¿Quiere decir…?-preguntó Colbert, sorprendido ante la posibilidad de que alguien quisiera crear más cosas de esas voluntariamente.

-En efecto. Los líderes de todos los países del mundo darían lo que fuera por el contenido de esta caja. Soldados más fuertes, monstruos que siguieran sus órdenes, habilidades sobrehumanas… La sangre de Greene es poder líquido.

Osmond y Colbert escucharon espantados a Saito. La mera idea de un ejército así era aterradora, daba igual que estuviera en su bando o no. No se imaginaban un conflicto que pudiera llevar a alguien al cargo de una nación a tomar una decisión como aquella. Convertir a gente en monstruos solo para poder ganar una guerra… Era algo que ni siquiera en su mundo, plagado de magia, se había intentado jamás, y con razón. La mera idea era una aberración.

-¿Qué propone que hagamos, señor Hiraga?-preguntó Osmond.

-Destruirlo todo, hasta el más leve rastro de la sangre de Greene. Hasta que no carbonicemos por completo este mal, Halkeginia no estará a salvo.- Osmond dudó un instante, pero al final cedió.

-Tenéis razón. Mientras estos frascos sigan existiendo, seguirá habiendo gente necia que busque obtener su impío poder-sentenció Osmond, ganándose la aprobación de Colbert a sus espaldas. Saito, sin embargo, lo miró con expresión intranquila.

-Un momento… ¿"Los frascos"?-preguntó él, alarmado de repente-. ¿Quiere decir que hay más de uno?

-S-si-dijo Osmond, sorprendido por la repentina reacción de Saito-. Los dos frascos que hay en la caja. Solo los vi una vez, pero…

-Oh, dios santo…-dijo Saito, apoyándose en la mesa con aire tembloroso. Al ver que los otros dos magos no le entendían, abrió poco a poco la caja para que pudieran ver su contenido.

Dentro, rodeada de un suave cojín de gel espumoso que le servía de protección, se encontraba un solo frasco de cristal, repleto de un misterioso y oscuro liquido.

...

-Esto es un problema muy serio-dijo Saito-. Si no encontramos pronto ese frasco, dará igual que hayamos destruido el otro. Halkeginia estará acabada.

-Entiendo tu preocupación, compañero, pero de momento no podemos hacer nada-dijo Derflingr-. Sin pistas ni posibles sospechosos, no veo como vamos a seguirle el rastro al segundo frasco.

-Es cierto…-dijo Saito, abatido-. Por suerte, hemos sido convocados en palacio para reunirnos con la princesa en persona en un par de días. Le explicaré lo que sucede, y le pediré que me deje interrogar a Fouquet. Tal vez nos diga que hizo con el frasco desaparecido, o si sabe algo al respecto.

-Hmmm… No sé si hablará, pero no perdemos nada por intentarlo-comentó Derflingr. En el interior de salón, una oleada de murmullos y señales de exclamación resonaron hasta donde estaban ellos, llamando su atención-. Eh, mira quien viene por ahí…-comentó Derflingr, con aire divertido.

Era Louise… solo que diez veces más bella de lo normal. Su cabello estaba elegantemente recogido en una coleta tras su cabeza, y además portaba un precioso vestido blanco y rosa que hacía juego con su pelo y sus ojos. Para variar, su expresión no era de enfado ni de seriedad, sino más bien la placida expresión de quien se siente contento y satisfecho con su estado actual. Poco a poco, numerosos caballeros salieron a su encuentro para pedirle que bailara con ellos, pero ella simplemente los ignoró mientras proseguía su camino hacia donde estaba él.

-Anda, ve-le dijo Derflingr-. No tiene sentido que te preocupes por ello ahora mismo. Esta noche es para celebrar, o al menos lo es para Louise. No querrás preocuparla en un día tan especial para ella, ¿verdad?-le preguntó Derflingr con interés. Suspirando, Saito se permitió una pequeña sonrisa antes de volver a centrar su atención en la menuda figura de su ama.

Si, era cierto, ahora mismo no había nada que él pudiera hacer para resolver sus problemas. Seguiría la búsqueda cuando encontrara nuevas pistas, pero por lo pronto…

-Espero no parecer un pato mareado en la pista de baile…-murmuró él, saliendo al encuentro de Louise.


Castillo de Tristain, en esos momentos:

-¡Pariah!-exclamó Henrietta desde la puerta de la torre. Se trataba de la misma torre en la que había conocido por primera vez a Pariah cuando llegó al palacio, y era el lugar a donde él había huido al volver a la capital. Henrietta, rápidamente, había corrido tras de él sin acabar de entender que la pasaba-. ¡Pariah, sal, por favor! ¡Dime qué te pasa!

Un estruendoso rugido brotó de las oscuras profundidades de la estancia, espantando a los caballeros que habían corrido a acompañar a la princesa, pero sin que dicho rugido causara efecto alguno en Henrietta. Para muchos, aquel grito podía haber sido de furia, algo animal y monstruoso que indicaba que quien fuera que entrara en aquella sala moriría en cuestión de segundos. Sin embargo, para Henrietta fue algo completamente diferente. Era el grito asustado de alguien que se ha visto amenazado, alguien que ha sido arrinconado y que solo busca un rincón seguro en el que refugiarse. Henrietta hubiera querido dejarlo solo para así no agobiarlo, pero sus preocupaciones por su pequeño familiar solo habrían ido en aumento, y si había la más remota posibilidad de que ella pudiera hacer algo por ayudarlo, entonces lo haría sin dudar.

-¡Princesa, alejaos de ahí, por favor!-exclamó uno de los soldados al ver a la princesa prácticamente en el umbral de la sala, mientras todos los demás se habían puesto a cubierto al otro lado del corto pasillo que conectaba la torre con el resto del castillo.

-¡No!-respondió ella, antes de volver a girarse hacia la torre. Pariah estaba ahí, en algún lugar, y estaba asustado por la razón que fuera-. ¡Pariah, por favor! ¡No puedo ayudarte si no me dices que te ocurre!- El rugido volvió a resonar con fuerza en la pequeña estancia, pero Henrietta se negaba a retroceder.

Alguien agarró delicadamente a Henrietta por su hombro. Al girarse, se encontró con la decidida mirada de la capitana de Milán, quien de alguna forma se le había acercado por la espalda sin que ella se diera ni cuenta.

-No intentéis detenerme, capitana. Voy a…-Sin embargo, Agnes se limitó a negar con la cabeza, e hizo delicadamente a un lado a la princesa, adentrándose ella sola en la oscuridad de la torre.

Agnes avanzó sin dudar hacia el centro de la estancia, contemplando impasiva a las sombras que la rodeaban amenazadoramente por todas partes. El gruñido de Pariah resonaba y hacía eco en la cavernosa estancia, impidiéndole a Agnes localizar su posición. Cruzándose de brazos, Agnes levantó la cabeza, y le gritó a las oscuras profundidades de la torre.

-¡Pariah!-exclamó a pleno pulmón, haciendo uso del tono de voz que solía usar para comandar a sus tropas en el combate-. ¡Deja ya de hacer el tonto! ¡La princesa está muy preocupada por ti, y tus acciones solo están haciendo que se preocupe cada vez más por ti! ¿Es que acaso eres tan cobarde que no te atreves a salir de las sombras?- El gruñido de Pariah ganó intensidad, y un afilado látigo oscuro brotó de las sombras y atacó a Agnes, pasándole a rozar de la cabeza. Ella apenas se movió, permaneciendo su expresión tan imperturbable y decidida como al principio-. ¡Te estás comportando como un bebé idiota! ¿Es que acaso quieres ver sufrir a la princesa? ¡Sal de una vez donde pueda verte!

El gruñido de Pariah siguió oyéndose, pero pronto Henrietta y los demás notaron que parecía haber perdido intensidad, hasta que finalmente se detuvo. Poco a poco, el cuerpo de Pariah empezó a salir de entre las sombras, plantificándose ante Agnes con la cabeza gacha y los puños apretados, dando la sensación de ser tan solo un niño travieso que hubiera sido pillado cometiendo alguna trastada. Agnes se limitó a permanecer en su sitio, mirándolo con aire severo.

-Pariah, mírame a la cara-dijo Agnes, pero Pariah se limitó a mirar a otro lado-. ¡Te he dicho que me mires!

El grito de Agnes pareció sobresaltar ligeramente a Pariah, quien finalmente alzó la cabeza y miró con aire tristón a Agnes. Al verlo así, Agnes relajó ligeramente su mirada, pero permaneció tan firme como al principio.

-Pariah, eres el familiar de la princesa. Tu tarea es estar siempre a su lado y protegerla pase lo que pase. Si huyes de su lado, si haces que se preocupe por ti sin razón, entonces estas fallando a tu pacto con ella-dijo Agnes sin alzar la voz. Cada palabra que salía de su boca parecía calar en Pariah, quien parecía visiblemente arrepentido por lo sucedido-. No sé qué razones has tenido para comportarte así, pero si vas a darle tanta importancia, entonces lo mínimo que puedes hacer es explicárselo a la princesa para que así no se preocupe demasiado y se imagine lo peor. ¿Está claro?

-…

-Pariah, te he hecho una pregunta. ¿Está claro?-repitió ella.

-…si.

-Bien. Ahora, ve donde la princesa, y pídele disculpas por haberla asustado así-le ordenó Agnes. Ante la sorprendida mirada de todos los presentes, el mortífero familiar hizo lo que la capitana le dijo sin rechistar, caminando poco a poco hacia donde estaba Henrietta y mirándola con ojos brillantes cargados de arrepentimiento.

-…lo siento-dijo Pariah con voz baja. Henrietta, alegre al ver que la cosa se iba a resolver, no pudo evitar abrazar a su familiar al verlo tan triste y arrepentido, fulminándola con esa mirada de cachorrito abandonado que prácticamente le derritió el corazón y la deslumbró con la luz de su mirada.

-Oh, Pariah…Por supuesto que te perdono, no pasa nada-le dijo, acariciándole la cabeza-. Pero tienes que prometerme que, si te ocurre algo o algo te preocupa, me lo contarás todo a mí para que así podamos buscarle una solución. ¿Prometido?-dijo, estirando su meñique. Pariah, sin acabar de entender que quería hacer la princesa, decidió seguir su ejemplo y estirar su meñique. Sonriendo, Henrietta agarró con su dedo el de Pariah, y sacudieron sus manos un par de veces-. Es una promesa, entonces.

...

-Entonces, crees que el familiar de Louise es tu enemigo-dijo Henrietta una vez volvieron a su habitación. Sentados uno frente al otro en la enorme cama de la princesa, habían intentado abordar el tema de qué había llevado a Pariah a alterarse tanto. Pariah, ante la afirmación de Henrietta, se limitó a asentir.

-Huele a soldado.

-Bueno, es que me parece que es soldado-dijo Henrietta-. Dices que huele como uno. ¿Es que acaso lo habías visto antes, o a alguien como él?- Una vez más, Pariah asintió.

-En la base, donde me tenían encerrado. El soldado huele como los otros soldados de allí.

De manera que Pariah y el familiar de Louise, Saito, provenían del mismo lugar. Por un lado, eso tal vez le sirviera para aprender un poco más de la clase de lugar que vino su pequeño familiar, así como para poder entender definitivamente qué era él. Sin embargo, la idea de que aquel hombre pudiera haber estado trabajando para los mismos que habían encerrado a Pariah y lo habían estado torturando la hacía sentir inquieta, ya que no sabía qué clase de persona podía ser entonces en realidad Saito, o cómo podía afectar aquello a su querida amiga Louise. Su primera impresión de Saito había sido muy buena, habiendo visto en él a un hombre confiable, valiente y muy alegre. Louise parecía confiar mucho en él, y estaba claro que era lo bastante fuerte y desinteresado como para proteger a Louise sin importar lo que pasara.

Estaba hecha un lío. ¿Saito era una buena persona o no? Era todo tan confuso… Por lo pronto, decidió, intentaría descubrir toda la verdad en lo concerniente a su relación con Pariah, y en función del resultado hablaría con él, o intentaría separarlo de Louise si determinaba que podía llegar a ser un peligro para ella.

-¿Acaso él también estaba allí, en el lugar que te encerraron? ¿Él te hizo algo?-preguntó Henrietta, a quien su naturaleza bondadosa la llevó a darle un voto de confianza al familiar de su amiga. Quería pensar que Louise no había invocado a un mal hombre para que la protegiera, y al fin y al cabo un soldado no puede ser del todo responsable de las órdenes que sus superiores le hacen acatar. Era posible que, simplemente, se hubiera visto obligado por su juramento y su deber hacía su país.

Pariah, por su parte, empezó a hacer memoria, revisando las de las muchas personas que había consumido en el pasado por si alguien recordaba haber visto antes a Saito en algún lugar de la base. Los recuerdos robados lo llevaron de un punto a otro de su mente, ya que en varias ocasiones se vio obligado a recurrir a los recuerdos robados que, a su vez, habían sido robados por los evolucionados que asaltaron la base. Buscó en las mentes de los soldados muertos y de los científicos consumidos, pero no encontró nada que le indicara que aquel hombre hubiera estado en la base con él.

-¿Y bien?-preguntó Henrietta, su tono revelando su preocupación por lo que la respuesta de Pariah pudiera ocasionar.

-No. Creo que no estaba-dijo Pariah, tan impasible como siempre. Sus curiosos ojos captaron el tenue suspiro de alivio que exhaló la princesa, como si de repente se hubiera quitado un gran peso de encima. Sonriéndole, se acercó más a él y le puso la mano en la mejilla, ruborizándolo y agitándolo por dentro.

-Pariah, ya sé que lo pasaste muy mal en aquel lugar tan tenebroso, pero no debes dejar que aquella experiencia te impida perdonar y vivir el presente-le dijo Henrietta con ternura-. Es posible que Saito simplemente fuera otro soldado más que…

-Soldado…-dijo Pariah. Henrietta notó como se tensaba la piel de Pariah bajo su mano, mientras sus iris felinos parecían hacerse más estrechos-. Enemigo…

-No, el no es tu enemigo-dijo rápidamente Henrietta para tratar de calmar a Pariah-. No puedes culpar a un soldado por las faltas de otro, y tampoco puedes culparle enteramente de seguir las órdenes que les den. Los soldados deben obedecer a sus superiores para así poder defender los intereses del país, y si bien a veces se dan ordenes malas, los auténticos responsables son aquellos que las han dado, no quienes no tienen más remedio que ejecutarlas.

-Algunos disfrutaban-dijo Pariah-. A algunos les hacía gracia ver como experimentaban conmigo.

-Hay toda clase de personas en este mundo, Pariah-dijo Henrietta con aire triste-. Hay gente buena, y gente mala. Hay gente que solo quiere ayudar a los demás, y gente que solo busca el beneficio propio. Pero Pariah, no puedes castigar a los buenos solo porque no los distingas de los malos. Dime, ¿acaso conoces o sabes algo de Saito?- Pariah negó con la cabeza-. Entonces, ¿cómo puedes estar seguro de que es tu enemigo?

-Es un soldado. Es mí…

-Pariah, por favor-dijo Henrietta, abrazando a Pariah estrechamente entre sus brazos-. Por favor, no digas eso. Eres…eres…-Pariah notó como la princesa parecía sufrir a la hora de decir aquello. De alguna manera, la princesa parecía estar triste, y Pariah no sabía qué podía hacer para remediarlo-. No quiero que te conviertas en el monstruo que aquellos hombres malos querían que fueras. Quiero que seas feliz, que vivas como una persona normal, que…que te quedes a mi lado-dijo Henrietta, sonriéndole cálidamente al separarse de él. Pariah solo pudo contemplar con ojos bien abiertos a aquella persona tan extraña, la primera que lo había llegado a querer, la única que le decía cosas tan raras como aquellas. Era la única persona a la que no quería matar ni consumir, la única a quien quería proteger pasara lo que pasara, a la única de quien aceptaba órdenes…bueno, sin contar Agnes. Pero es que Agnes a veces le daba un poco de miedo.

-¿Qué debo hacer?-preguntó Pariah, frunciendo ligeramente el ceño al verse involucrado en tan extraña y confusa situación. Sonriendo, Henrietta le acarició la cabeza.

-Quiero que intentes darle una oportunidad a Saito-le dijo-. Sé que puedes ser muy bueno, de manera que quiero que me prometas que intentarás darle siempre una oportunidad a las personas antes de malpensar o no fiarte de ellas. Puede parecer difícil, y es posible que alguna vez metas la pata, pero…-Henrietta se encogió ligeramente de hombros, sonriendo cálidamente a Pariah-…es lo que tiene ser humano.

Pariah escuchó las palabras de Henrietta. Como siempre, no acababa de entender lo que la princesa le estaba diciendo, ya que nunca antes nadie le había dicho nada parecido. Confuso, Pariah se miró la mano en la que la princesa había grabado su sello. ¿Él…humano? ¡Pero si estaba bien claro que él no lo era! Podía hacer cosas que ningún otro ser del mundo podía hacer. Podía comerse a las personas, imitar su comportamiento, hablar y caminar como ellos, tener sus recuerdos y experiencias…Pero eso era todo. Y, sin embargo, la princesa creía de verdad que él podía llegar a vivir una vida normal como los humanos. No sabía si eso era algo bueno o malo, pero por el bien de la princesa y para poder hacerla feliz una vez más, Pariah decidió que iba a hacer su máximo esfuerzo.

-No lo entiendo…-empezó a decir Pariah. Alzando la vista, miró a la princesa a la cara-…pero lo intentaré, te lo prometo.

-Eso es todo lo que quería oir-dijo la princesa, abrazando de nuevo a Pariah y dándole un suave beso en la mejilla. A pesar de lo bien que sentaban, Pariah aún no se acababa de acostumbrar a su suavidad y a las extrañas sensaciones que azotaban sus sentidos cada vez que ocurrían, de manera que mientras se ruborizaba, se frotó la mejilla con fuerza mientras trataba de mantener su expresión impasible habitual. Henrietta, que simplemente se imaginó que Pariah era tímido y que quería hacerse el duro, se limitó a sonreír y a tratar de contener la risa.

-Bueno, pues eso ya está. Ahora, se me ha ocurrido algo que podríamos hacer para darle las gracias a la capitana de Milan por habernos ayudado antes con lo de sacarte de la torre-dijo Henrietta, poniéndose de pie y caminando hacia su escritorio. Pariah, sentado aun en la cama, vio como la princesa abría uno de los cajones y empezaba a buscar en su interior. Cuando finalmente encontró lo que buscaba, Henrietta se giró hacia Pariah con una divertida sonrisa en el rostro, mirándolo con ojos brillantes que consiguieron intimidar ligeramente a Pariah.

Su instinto le llevó a intentar retroceder, pero no había por donde escapar. Poco a poco, la sombra de la sonriente princesa empezó a cubrir la figura de Pariah, quien no se podía creer que alguien como la princesa pudiera llegar a dar tanto miedo solo con una sonrisa.

Ya no sabía quién de las dos le daba más miedo: si la princesa, o la capitana de Milan.


Una hora más tarde:

Agnes caminaba por los pasillos del castillo en dirección a la alcoba de la princesa. Pronto iba a ser la hora acordada con ella para compartir ambas a Pariah, y quería darse prisa antes de que la princesa intentara acapararlo todo para ella. A pesar de que ambas se permitían ser un poco más flexibles en su trato mutuo en aquellas sesiones privadas de autocomplacencia, a Agnes le molestaba mucho que la princesa pudiera ser tan egoísta a veces, sobre todo cuando Pariah entraba en juego. Si la dejaba, se podía pasar horas pegada al cuerpo de Pariah, acaparándolo y mimándolo demasiado mientras ella se veía obligada a sentarse y a esperar impaciente su turno, llegando a tener que quitarle prácticamente a Pariah de las manos para que finalmente se dignara a compartirlo con ella

"…Wow" pensó, deteniéndose de repente en medio del pasillo. "No me había dado ni cuenta, pero es que prácticamente estamos tratando a Pariah como un juguete…" se dijo a sí misma, recordando sorprendida todos los momentos pasados que había compartido con la princesa y su familiar y que parecían probar su teoría de que estaban usando al pobre Pariah como a un peluche, en vez de cómo a un ser vivo. Es posible que Pariah también disfrutara de las caricias y los mimos que le dispensaban ellas dos, pero eso no era excusa para que dos personas de su condición, una capitana de las mosqueteras de su Majestad y la princesa de la nación, perdieran los papeles y se comportaran de aquella manera tan infantil y poco ortodoxa. Había estado bien, pero Agnes no podía permitirse seguir comportándose de esa manera tan relajada y vergonzosa por mucho más tiempo. Así pues, iría hasta la habitación de la princesa, picaría a la puerta, y le informaría que ya no iba a participar más de aquellos espacios de confort que ambas habían acordado.

Si bien había sido ella misma la que había llegado a esa conclusión, y quien había planeado aquel curso de acción, Agnes no pudo evitar sentirse algo frustrada y triste por tener que perder su costumbre de poder acariciar a Pariah. Además, había disfrutado mucho de aquellos momentos a solas con su Majestad, pudiendo hablar libremente con ella y comentar cualquier cosa que hubiera podido preocupar a alguna de las dos. Ella había podido hablar a la princesa de los cambios y susurros que sus informantes le habían comentado, y a su vez la princesa le explicó los diferentes cambios de la corte y varias de sus preocupaciones de cara al futuro de Tristain. Habían sido espacios divertidos y relajados, en los que sin importar lo cansado o estresante que hubiera podido ser aquel día ambas habían podido descansar un rato y dedicar unos instantes a una tarea divertida y relajante como era acariciar al monísimo familiar de la princesa. Solo de recordar sus sedosos cabellos y sus brillantes ojos sintió Agnes que flaqueaba su convicción. Recurriendo a todo su autocontrol y férreo espíritu guerrero, Agnes se mantuvo firme en su decisión mientras proseguía su camino.

Curiosamente, la princesa se encontraba aguardándola a la puerta de su alcoba. Al verla llegar, Henrietta le dedicó una amplia y alegre sonrisa que acabó de romperle el corazón a Agnes. Dentro de poco, ya no podría sonreír de aquella manera más que al pensar en Pariah y en lo mucho que le gustaban sus abrazos.

-Bien, ya ha llegado, capitana de Milan. Ahora…

-Princesa, antes de entrar, hay algo que debo decirle-trató de decir Agnes, pero la princesa la cortó situándose detrás de ella y agarrándola por los hombros. Su sonrisa seguía ancha y luminosa en su rostro.

-Eso puede esperar. Ahora, creo que ha llegado la hora de que recibas tu recompensa-dijo, empujándola hacia la puerta.

-¿Mi…recompensa?

-Sí. Tu recompensa por haberme ayudado a solucionar el problema de antes con Pariah. Debo admitir que me encontraba en un serio apuro, ya que no se me da muy bien eso de mostrarme tan estricto con los demás-confesó Henrietta-. Sé como meter en vereda a los nobles, pero con Pariah siempre siento que manejo estas cosas mal o que no sé qué debo decirle.

-Ah, no tiene importancia, princesa-dijo Agnes, tratando de liberarse del agarre de la princesa. Sorprendentemente, la tenía firmemente agarrada, y no se atrevía a hacer más fuerza por miedo a hacerle daño-. Respecto a Pariah, quería decir…

-Ya te he dicho que eso puede esperar-volvió a decir Henrietta, estirando una mano para agarrar el pomo de la puerta-. Ahora, espero que disfrutes de tu siguiente hora con…-Abrió la puerta, revelando su contenido para Agnes-… ¡el nuevo y mejorado Pariah!

Pariah se encontraba sentado en la cama de la princesa. Sus manos estaban alzadas a media altura y dobladas en forma de puño hacia adelante, como las patas de un pequeño animal. Sus mejillas presentaban tres finas rayas a cada bando, como si de bigotes se trataran. Sus iris rasgados conjuntaban perfectamente con las blancas orejas de gato que habían surgido en la parte superior de su cabeza, dándole en conjunto el aspecto general de un pequeño gato blanco.

-Nya~-maulló Pariah al ver a Agnes, tal y como le había dicho Henrietta que hiciera. Henrietta sonrió con picardía, levantando una ceja.

-¿Qué le parece, capitán? ¿A que está mono?-le preguntó con interés.

Agnes estaba petrificada en su sitio. Si el santo fundador había oído su proclama de dejar de acariciar a Pariah, estaba claro que había provocado todo aquello para tentarla de nuevo y probar su fe. Y no lo iba a negar, le estaba costando horrores controlarse en aquellos momentos.

Todo era tal y como se lo había imaginado el día que la princesa había mencionado lo de Pariah como gato en la Academia de Magia. Sus pequeñas y peludas orejas, los bigotitos, la mirada brillante y felina de sus inocentes ojos, sus puñitos haciendo las veces de patas… ¡Solo le faltaba la cola! Y de repente, como si hubiera estado esperando aquel momento para salir, la blanca cola de Pariah salió de detrás de su espalda, agitándose ligeramente en el suave colchón de la cama.

A Agnes se le paró el corazón durante un instante, para luego empezar a latir a toda velocidad como el de un caballo de carreras. Debía controlarse…Debía controlarse… Debía controlarse… No pienses en Pariah-gato, no pienses en Pariah-gato, no pienses en Pariah-gato…

No mires sus monísimas facciones, su adorable disfraz, su inocente mirada cargada de inocencia y sus delicados movimientos cuando hizo las veces de rascarse con la mano como un gato, provocando un escalofrío acompañado por un violento rubor que recorrió a Agnes de pies a cabeza. Podía hacerlo, podía soportarlo. Ella era la capitana de las Mosqueteras, una soldado implacable y firme que no se amedrentaba ante nada ni nadie. Se las había visto con ejércitos de soldados, monstruos peligrosos y situaciones de vida o muerte, y no iba a permitir que una simple imagen, aunque fuera una tan tierna y adorable como aquella, le…

-Munya~…-bostezó Pariah, frotándose los ojos con los puñitos y mirando con ojos entrecerrados y somnolientos a Agnes. Su ternura y monería se volvieron casi visibles, como si Pariah la irradiara de su cuerpo como un aura de luz y brillos que cegó a Henrietta.

-¡Mmmmm…que mono es…!-murmuró Henrietta, temblando de pies a cabeza por la emoción. Tenía unas ganas terribles de acariciarlo, pero se había comprometido a cedérselo por una hora a la capitana Agnes, y no iba a faltar a su palabra-. Bueno, ¿qué me estaba diciendo? Algo sobre Pariah, creo que dijo…-empezó a decir, solo para comprobar entonces que la capitana ya no la estaba escuchando.

Sus ojos estaban blancos. Sus mejillas estaban rosadas. Un reguero de sangre le caía desde la nariz hasta la barbilla. Su cuerpo estaba rígido como la piedra. A juzgar por su expresión facial, el cerebro de la capitana acababa de apagarse en el interior de su cabeza, y ninguna de las palabras de la princesa parecía llegarle.

-Esto… ¿capitana de Milan?-preguntó, preocupándose al ver que no recibía respuesta alguna-… ¿Agnes?- Agnes cayó de espaldas al suelo, tan tiesa como un palo.

Sentado en la cama, Pariah miró con su habitual expresión de curiosidad como la princesa intentaba reanimar a Agnes sin mucho éxito. Moviendo sus orejas, parpadeó un par de veces mientras fruncía el ceño. Aun había muchas cosas concernientes a esas dos chicas que seguía sin entender.


Al día siguiente:

Los primeros rayos de sol brotaron del horizonte en las primeras horas de la mañana. Los miembros más madrugadores del reino y hacía rato que se encontraban en sus puestos de trabajo, o en esos mismos momentos se dirigían allí para así dar comienzo a un nuevo día. En el palacio, los criados y sirvientes empezaban a moverse de aquí para allá mientras llevaban a cabo sus tareas con la eficiencia de quien lleva haciendo aquel trabajo desde hacía ya mucho tiempo. Los cocineros prepararon el desayuno para el servicio y la familia real, las criadas empezaron a limpiar los múltiples rincones del palacio, y los guardias hicieron un cambio con sus compañeros para poder ir a descansar después de haber estado toda la noche de guardia.

En la alcoba real, Henrietta permanecía plácidamente dormida en su cama, ajena al ordenado ajetreo que reinaba en el resto del palacio. El único que se daba cuenta era Pariah, quien gracias a sus sentidos agudizados podía oir el revuelto de pasos, conversaciones y sonidos procedentes del resto de palacio. Girándose, dedicó una rápida mirada a la durmiente figura de Henrietta, quien en esos momentos parecía estar teniendo un agradable sueño. Pariah no solía despertarla por las mañanas, optando por seguir fingiendo que dormía y esperar a que la princesa lo llamara para así acompañarla a la hora de desayunar. Sin embargo, ese día, Pariah tenía otros planes.

Abriendo la ventana de la habitación, Pariah se asomó para así poder contemplar la capital en su hora más temprana, con los rayos de sol formando sombras que cada vez se iban haciendo más pequeñas a medida que el astro rey iba ascendiendo en el cielo con cada hora que pasaba. En las calles se podía ver a los habitantes de la ciudad, al principio algunos miembros sueltos por las calles, pero en cada vez más número a medida que la gente salía a la calle para empezar con sus propias rutinas. Tras haber superado su miedo a los espacios abiertos, Pariah se había propuesto superar su aprehensión a las multitudes, ya que no deseaba que la princesa tuviera un mal concepto de él…y porque tampoco quería que Agnes volviera a gritarle como el otro día en el carromato. Así pues, había planificado una terapia de choque que le permitiría soportar mejor la presencia de otras personas: pasar un día él solo en la ciudad.

Abocándose a la ventana, empezó a descender por la pared como una araña, sujetándose a la lisa superficie de palacio con gran facilidad. La clave de su plan era que nadie se enterara, ya que si Henrietta se enteraba lo más seguro era que se preocupara, o que el viejo que había intentado matarlo una vez quisiera ponerle una escolta. Si bien no le costaría mucho perderlos de vista, tampoco quería que luego la princesa se molestara por ello. Así pues, siguió bajando como una araña por la pared, y saltando de tejado en tejado con una agilidad y sigilos impensables en un humano normal y corriente. Pronto, Pariah acabó aterrizando en silencio en uno de los oscuros callejones de la capital, a un par de casas de distancia del muro del palacio.

Asomándose de entre las sombras, Pariah observó en silencio como las gentes caminaban de un lado para otro de la calle, todos diferentes en aspecto y altura. Había personas altas, bajas, flacas, gordas, pobres, ricas, animadas, cansadas, hombres, mujeres, niños, ancianos,… Todos únicos y diferentes entre sí. Por un momento, Pariah se planteó volver a camuflarse como la criada tal y como había hecho en su visita a la Academia, pero al ver que seguramente acabaría pasando desapercibido de todas maneras, optó por metamorfosear solamente su ropa, prefiriendo conservar su propia forma física. Fijándose en un niño que pasó a su lado sin verlo, Pariah transformó su ropa en algo más acorde con lo que venía a ser la estética del lugar, en vez de con su peculiar traje de otro mundo. Para cuando salió a la calle, Pariah vestía unas botas marrones y unos pantalones marrones oscuros. Su cuerpo estaba cubierto por un jubón verdoso que incluía una pequeña capucha que le permitía ocultar su pelo blanco, que a pesar de no ser demasiado inusual en un lugar como aquel, donde habían personas con colores de pelo tan dispares como azul, verde o incluso púrpura como la princesa, Pariah prefirió que nadie se fijara en ese detalle de su persona. Vestido y camuflado entre la multitud, Pariah empezó a caminar.

Si bien al principio caminó entre aquellas gentes con miedo y algo nervioso por el repentino acercamiento con desconocidos como aquellos, pronto sus inseguridades se vieron aplacadas por el hecho de que nadie parecía estar prestándole especial atención, no más que la suficiente para evitar chocarse contra él. Más aliviado, los pasos de Pariah se volvieron más seguros a medida que avanzaba por las calles de la capital sin un rumbo fijo. Los comercios y puesto del mercado se mostraban a ambos lados de la calle, maravillando a Pariah con productos y objetos que el joven infectado no había visto nunca antes en su vida. Frutas y verduras de aspecto suculento se mostraban frescas y brillantes en los puestos, brillantes armaduras y largas espadas se exhibían con orgullo en las herrerías y tiendas de armas, preciosas telas y elegantes vestidos colgaban de las perchas o se mostraban en maniquís de madera en los escaparates de las tiendas de ropa. Todo un espectáculo para los ojos y oídos, ya que los gritos de los diferentes comerciantes tratando de reclamar la atención de los viandantes que pasaban ante ellos contribuían a aumentar el ambiente electrizante que reinaba allí. Pariah, tras superar la impresión inicial, se encontró mirando fascinado hasta el más mínimo detalle de todo lo que le rodeaba. Había visto aquellas cosas desde las ventanas de palacio, pero el sentimiento de encontrarse físicamente allí era algo tan diferente e increíble como la diferencia entre que te descriaban una suculenta tarta, y el comerse dicha tarta.

Pariah siguió el camino empedrado de la calle hasta llegar a una amplia plaza situada en el centro de la ciudad, repleta de todo tipo de establecimientos como posadas y bares, rodeando a una enorme fuente en el centro de la misma. Varios jóvenes de diferentes edades se encontraban ya correteando por ahí y jugando a algo que parecía involucrar la utilización de espadas y escudos de madera, en el que dos equipos de niños y niñas parecían simular una batalla entre gritos de exageración y golpes contenidos. Su curiosidad por tan singular actividad lo llevó a acercarse a ellos y a sentarse en el borde de la fuente, examinándolos en silencio mientras proseguía la improvisada batalla.

-¡Hola!-dijo alguien a su lado, de repente. Pariah, sorprendido, se había quedado tan absorto contemplando por primera vez a niños de su mismo aspecto jugando entre ellos que no se había percatado que uno de ellos se le había acercado por detrás. Girándose, se encontró mirando a una joven niña de pelo rojo y pecas en la nariz. Su pelo se encontraba recogido en dos largas trenzas que le caían por delante de los hombros de su sencillo vestido azul, y su ancha sonrisa y su mirada brillante se encontraban centradas en él-. Me llamo Marie. ¿Tu quien eres? No me suena haberte visto antes.- Pariah se quedó sin saber que decir. Internamente aun no estaba preparado para hablar como si nada con un desconocido. Las únicas personas con las que se había atrevido a hablar con libertad eran Agnes y la princesa, y en las pocas veces que había tenido que hablar a alguien que no fuera ellas dos se había limitado a decir un par de palabras o a decir por gestos lo que quería decir. ¿Qué le iba a decir a esa chica?-. ¿No dices nada? ¿Puedes hablar, o es que no me has oído?-preguntó ella con curiosidad, acercándosele aún más. Incomodo, Pariah se alejó de ella sin dejar el borde de la fuente, negando con la cabeza. La chica soltó una risita al verlo-. ¡Bueno, al menos sé que no estás sordo! ¿Me dirás ahora tu nombre?

-…Pariah…

-Así que Pariah, ¿eh? Oye, tienes unos ojos muy curiosos. ¿Eres de por aquí?-preguntó la chica, sentándose a su lado. Pariah, quien había intentado poner algo de distancia entre él y la recién llegada, se encontró de pronto sentado al borde de la fuente, incapaz de retroceder más. Algo nervioso, se limitó a asentir-. ¿En serio? ¡Yo también! No recuerdo haberte visto antes por la ciudad, así que no debes de llevar mucho tiempo aquí-dijo la chica muy animada, sorprendiendo a Pariah quien se vio incapaz de escapar de aquella avalancha de palabras frenéticas que parecían manar de la boca de la niña sin control-. Dime, ¿dónde vives?- Pariah señaló el castillo, y la mirada curiosa de la niña siguió su dedo hasta ver a donde señalaba-. ¿¡Vives cerca del castillo!? ¡Wow, tu familia debe de ser rica! ¿A qué se dedican tus padres?- Pariah negó con la cabeza, provocando que Marie lo mirara confundida-. ¿No? ¿Qué significa…?-Entonces, Marie abrió mucho los ojos, y se tapó la boca con ambas manos-… ¿No tienes padre ni madre?- Que Pariah supiera, su madre había muerto durante el brote de Nueva York, y aún a día de hoy nadie sabía quién podía ser su padre, de manera que Pariah volvió a negar con la cabeza. Marie parecía apenada y arrepentida-. Lo siento, he mencionado algo triste sin querer… ¿Te he molestado?- Pariah quiso decir que sí, pero más que molestarlo le estaba haciendo sentir incomodo con su presencia, de manera que simplemente dijo que no. La mirada de Marie pareció iluminarse de nuevo, retornando su sonrisa a su rostro-. ¡Gracias, Pariah!-dijo, dándole un fuerte abrazo a Pariah.

Aquel abrazo era nuevo, diferente a los muchos abrazos que Henrietta y Agnes le habían dispensado en sus sesiones de caricias en palacio. Para empezar, era la primera vez que le abrazaba alguien más pequeño que él, ya que la niña debía de ser casi un palmo más bajita que él, y además también era la primera vez que lo abrazaban con tanta alegría y energía. Como de costumbre, el gesto se sintió bien, agradable y cálido, y la sutil mezcla de extraños matices que lo acompañaban hicieron que Pariah dejara de sentirse nervioso en presencia de tan animada jovencita.

-¡Eh, Marie!-exclamó uno de los niños del grupo que habían estado jugando. Marie rompió el abrazo-. ¡Cuando hayas acabado de hacer manitas con tu novio, ven! ¡Vamos a empezar las justas!-se burló quien había hablado, un joven de aproximadamente la altura de Pariah con el pelo algo más largo y negro. A su lado, los otros niños y niñas parecieron reírle el comentario. Marie pareció molestarse y se puso roja, hinchando los mofletes.

-¡PARIAH NO ES MI NOVIO!-exclamó ella, enfadada. Pariah, por su parte, no entendía que era eso de "novio" o "hacer manitas", de manera que las burlas del joven no le afectaron para nada. De repente, Marie le agarró de la mano-. ¡Vamos, Pariah! ¡Enseñemos a ese engreído de Giro como se lucha de verdad!-exclamó, tirando de Pariah para que la siguiera. Confundido, Pariah dejó que Marie tirara de él hasta el grupo de niños para así descubrir a qué se refería la joven.

Después de que Marie le presentara al resto de niños y niñas, Giro (quien parecía ser el que llevaba la voz cantante en aquel grupo) explicó las reglas del juego.

Al igual que en una justa de verdad, los competidores correrían montados a caballo por parejas, donde uno sería el caballo y el otro el caballero. Enfrentadas una pareja con la otra, los caballeros intentarían tirar al otro empujándose con unos palos envueltos en tela que habían sido preparados durante la explicación. Los ganadores ganarían el privilegio de competir entre ellos por el derecho de convertirse en el nuevo líder del grupo. El ganador de esa última prueba se convertiría en el líder del grupo durante medio año.

-¡No vale, Giro!-se quejó una de las niñas-. Siempre que jugamos a justas, tú siempre haces equipo con Eric. ¡Así no hay quien gane!

-Eric es el hijo del panadero-le susurró Marie a Pariah-. Mide como dos cabezas más que nosotros, y es casi el doble de ancho que tu. Con él como caballo, Giro se ha mantenido como nuestro líder durante casi dos años.

-Esta vez es diferente-se defendió Giro-. Eric está enfermo, y no va a poder venir. Por eso, hoy haré equipo con otra persona, pero no os preocupéis… ¡porque pienso ganar de todas maneras, JAJAJAJA!-se rió él, sacando pecho. Varios miembros del grupo respondieron con abucheos y gestos de derrota, pero Pariah pudo notar que todos parecían sonreír al oir hablar a Giro. Por raro que pareciera, parecía que aquel chaval contaba con el respeto y amistad de los demás niños y niñas-. Así pues, para equilibrar las cosas, haré pareja con el chico nuevo. ¿Os parece bien?-dijo, señalando a Pariah. Todos estuvieron de acuerdo, menos una niña en concreto.

-¡Eh, ¿y porque vas a hacer tú pareja con Pariah?!-se quejó Marie-. ¡Él y yo éramos amigos mucho antes de que lo conocieras!-Pariah la miró confundido. ¿"Mucho antes"? Si se conocían de apenas hacía cinco minutos.

-¡Oooooh, ¿la pequeña Marie quería hacer pareja con su novio~?!-preguntó burlón Giro, a lo cual se le añadieron otros chicos lanzando silbidos y risitas de burla. Marie apretó los puños, y solo la rápida intervención de varias de sus amigas y amigos impidió que se lanzara a pegar a Giro-. Lo siento, Marie, pero como de momento sigo siendo yo el jefe…-explicó Giro, situándose detrás de Pariah. Agarrándolo por los hombros, saltó sobre él de improviso-… ¡el chico nuevo es miIIIIIOOOOOOOOOOAAAAAAHHHH!

Le salió sin pensar. Fue algo instintivo, una reacción impulsiva. En el mismo momento en que Giro lo agarró del hombro, Pariah estiró una mano y le agarró de la muñeca. Con un sencillo gesto, lanzó a Giro por encima de su cabeza como si fuera un simple trapo viejo, provocando que volara por el aire haciendo una parábola perfecta que terminó dando con él en pleno centro de la fuente.

Boquiabiertos, los niños y niñas contemplaron a Pariah como si a este le hubieran salido de repente dos brazos extra, mientras él permanecía tan impasible como al principio. De la fuente salió un muy empapado Giro, quien aparte de una ligera palidez en su cara por la impresión parecía encontrarse bien. Tambaleante, se acercó de nuevo al grupo de niños.

-Eso…ha sido… ¡INCREIBLE!-exclamó Giro de repente, mirando con ojos muy abiertos a Pariah-. ¿Cómo has hecho eso? ¡Ha sido alucinante!- El humor de Giro fue contagiado a todos los demás niños y niñas, quienes pasaron del asombro a la grata impresión al ver a Pariah realizar semejante hazaña. La fuente estaba a varios metros de donde estaban ellos, y él había conseguido lanzar a Giro desde donde estaba sin moverse ni un ápice, solo con un ligero movimiento del brazo. Sonriendo, Marie sacó pecho.

-¿Veis lo que os decía? ¡Pariah es impresionante!-dijo, colocándose detrás de él-. Y el…será mi pareja…-proclamó, agarrando a Pariah de los hombros. Sin embargo, por precaución, antes de saltar sobre él optó por decirle en voz baja-:…pero no me tires a mí también, ¿vale?

A pesar de que Pariah le dijo que si, la verdad es que seguía sin entender que era eso de justas o caballos. Sabía lo que era un caballero porque fueron los primeros que intentaron matarlo nada más llegar allí, y estaba acostumbrado a verlos patrullando y vigilando el palacio. Sin embargo, no entendía como querían que él hiciera de caballo sin transformarse. ¿O es que esos chicos también podían cambiar de forma? Justo entonces, vio a otro chico saltar encima de su compañero, y vio como este lo agarraba y lo llevada de aquí para allá. Entendiendo que eso debía ser a lo que se referían con "hacer de caballo", consiguió atrapar correctamente a Marie cuando esta se le subió a la espalda.

-¡Wow, que alto eres!-comentó Marie desde arriba-. Muy bien, ¿Sabes lo que tenemos que hacer?

-…no.

-Es muy fácil. Cuando empiece el combate, tú y yo nos situaremos delante de otra pareja-le explicó Marie-. Entonces, cuando den la señal, tendrás que correr lo más rápido que puedas por su lado, y al pasar yo y quien vaya encima del otro caballo intentaremos tirarnos con los palos. El que se caiga pierde, así que asegúrate de agárrame bien, ¿entendido?-Pariah asintió. ¿Solo tenía que correr? Parecía sencillo.

-¡Primeeeeeer enfrentamieeeentoooo!-anunció con gran aspaviento uno de los niños, subido a una caja, llamando con su voz la atención de Pariah, Marie y todos los demás-. Se enfrentaran: ¡Marie, la Caballera Valiente y su jamelgo Pariah!- Marie indicó a Pariah que avanzara, y ambos se movieron hasta el extremo del improvisado campo de justas que habían delimitado la masa de niños con sus propios cuerpos. Un par de viejos y otros adultos desocupados parecían observar divertidos el complejo despliegue de aquel improvisado torneo, mirando con aire entrañable como jugaban los niños a ser caballeros-, y ¡Ser Giro Siempre-Vencedor, nuestro buen líder y soberano!- Al otro lado del terreno se encontraba Giro, aún algo húmedo, montado a lomos de uno de sus amigos, un chaval de aproximadamente su mismo tamaño. Un par de jóvenes les pasaron a él y a Marie las "lanzas", y ambos caballeros se dedicaron sendas miradas de determinación.

-¡Vas a caer, Marie!-le dijo Giro con una sonrisa desafiante en el rostro. Varios niños y niñas le animaban desde la multitud.

-¡Se acabó tu reinado, Giro!-respondió Marie con idéntica expresión de desafío en el rostro. La otra mitad del público se encontraba animándola a ella.

-¡Caballos, ¿listos?!-preguntó el anunciador. El compañero de Giro alzó las manos y fingió encabritarse como un caballo de verdad, mientras que Pariah se limitó a permanecer en su sitio y a asentir con la cabeza-. ¡Caballeros, preparados…!-El silencio se hizo de repente en el grupo de niños, quienes casi contenían el aliento mientras Marie y Giro agarraban firmemente sus lanzas. El compañero de Giro se preparó para echar a correr. Pariah, al verlo prepararse, adoptó su propia postura, la cual sorprendió bastante al resto de niños. En vez de simplemente separar las piernas y afianzar la de atrás, Pariah había optado por agacharse y apoyarse en el suelo como si de una fiera o un gato humano se tratara, sorprendiendo tanto a Marie que casi la tira al suelo-. ¡Listooooos…!

-¡Pariah! ¿Qué estás…?-preguntó Marie, agarrándose con su única mano libre al hombro de Pariah para evitar caerse hacia adelante. La mirada felina de Pariah estaba completamente centrada en su objetivo.

-¡YA!-exclamó el anunciador. El compañero de Giro empezó a correr…y solo alcanzó a dar un paso cuando, tras un único y fuerte estallido, Pariah de repente apareció justo detrás de él, al lado de donde el cuerpo de Giro quien había sido rápidamente derribado.

Nadie se podía creer lo que acababa de pasar. Justo en el momento en que el anunciador dio la señal, fue como si Pariah hubiera desaparecido en el aire, moviéndose tan rápido que muchos no llegaron a ver más que un borrón seguido de una fuerte racha de aire. El suelo bajo del lugar donde había empezado a correr Pariah estaba reventado, sus adoquines levantados y creando un profundo socavón. Marie para no caerse había optado por soltar la lanza y agarrarse con ambos brazos al cuello de Pariah, cerrando los ojos por la impresión. Al abrirlos, se encontró de repente en el otro lado del terreno, mirando tan sorprendida como los demás a Giro y a Pariah, el artífice de tan singular espectáculo.

-…y…final… ¡Final! ¡La ganadora es Marie!-exclamó el anunciador, saliendo de repente de su estupor. Los gritos y silbidos no tardaron en surgir del grupo de niños, quienes no podían creer lo que acababan de ver. Marie, una de los que lo había vivido, aún seguía sin creérselo. Por suerte, el clamor del público la sacó de su estupor, dándose cuenta de que había ganado la primera ronda.

-Ganamos… ¡Pariah, hemos ganado!-exclamó ella, volviendo a abrazar a Pariah todavía subida encima de él. Pariah, inmóvil se permitió una sonrisa de satisfacción al ver que había conseguido justo lo que se propuso. Había seguido las reglas, había jugado al juego, y todo había transcurrido con normalidad, sin que ocurriera nada raro que pudiera levantar sospechas.

Giro, si bien aplaudió como los demás a Marie y a Pariah por tan increíble actuación, no pudo evitar notar que el lugar por donde había pasado Pariah estaba plagado de huellas que parecían haber atravesado los duros adoquines del suelo, destrozado por la veloz carrera del misterioso chico nuevo. Si bien apenas recordaba lo sucedido, Giro recordó ver el breve destello de unos ojos rojos justo antes de que una fuerte ventolera lo tirara de espaldas de su compañero. ¿Quién diantres era ese…Pariah?

Si, naaaada sospechoso…

...

Una hora más tarde, una vez hubieron acabado todos los combates por el título, el propio Giro se subió a la caja del anunciador para hablar al resto de niños y niñas, sonriendo ampliamente.

-¡Niños y niñas de la Orden del Ladrillo!-exclamó en voz alta, provocando que cuántos niños y niñas allí se encontraban le miraran obedientes y con grandes muestras de ánimos y alegría-. ¡Se ha acabado el torneo, y nuestros nuevos aspirantes a líder han sido elegidos! ¡Así pues, pido un fuerte aplauso para la pareja ganadora: Marie, y Pariah!- Una fuerte ronda de aplausos y exclamaciones recibieron a Marie y a Pariah, quienes se encontraban subidos al borde de la fuente para que todos pudieran verlos bien. Marie sonreía y saludaba a todos con gran alegría, mientras Pariah se limitó a quedárselos mirando como si no acabara de entender que acababa de pasar.

-¡Pero salúdales, tontorrón!-exclamo Marie, dándole una juguetona palmada en el hombro a Pariah. Este, aún confuso, levantó la mano y saludó a los otros niños, quienes parecieron redoblar sus ánimos y exclamaciones de emoción-. ¡Muy bien!-dijo Marie, apoyando sus manos en sus caderas y sacando pecho como Pariah le había visto hacer ya varias veces-. Ahora, como dicta la tradición, Pariah y yo realizaremos la prueba final para decidir quién de nosotros se convertirá en el próximo líder de la orden…-Marie sonrió malévolamente, su rostro adoptando una expresión terrorífica que provocó que varios de los demás niños se encogieran de miedo-…: "La Prueba de la Bestia".

A juzgar por las caras de los demás niños y niñas, esa "Prueba de la Bestia" debía de ser realmente espantosa, ya que muchos parecían temblar ante la simple mención de esa misteriosa prueba. Marie, a pesar de mostrarse bien segura, parecía sudar de puro nervio ante Pariah. Giro, tragando saliva, les puso a ambos la mano en el hombro.

-La Prueba de la Bestia es la mítica prueba de valor que todo aspirante debe superar antes de poder convertirse en el líder. Nuestras leyes me obligan a preguntar… ¿alguno de los dos quiere retirarse?- Marie, a pesar de los nervios, se obligó a sonreír y negó con la cabeza. Pariah, completamente tranquilo, también dijo que no-. Sea pues. Venid pues, valientes, al cubil de la Bestia.

Giro guió a Pariah y a Marie, seguidos los tres por el resto de niños y niñas, por las calles de la ciudad hasta llegar enfrente de un edifico. Para Pariah no era diferente a cualquier otro edificio, pero por las expresiones de espanto, tensión y nervios plasmadas en las caras de los demás, estaba claro que aquel sitio no era como los demás. El grueso del grupo se escondió tras las esquinas de los edificios cercanos, todos pendientes de lo que sucedía al otro lado de la calle. Expuestos en medio del camino se encontraban Pariah, Marie y Giro.

-Muy bien. Como Pariah es nuevo, explicaré en qué consiste la prueba-dijo Giro en voz baja, mirando de vez en cuando por encima de su hombro a la puerta del edificio en cuestión-. Deberéis permanecer todo el tiempo posible delante de la puerta de la Bestia sin moveros. El primero que se retire y se marche, habrá perdido. Sabed que al comienzo de la prueba se dirá el encantamiento especial que invoca a la Bestia, de manera que pasado un tiempo indeterminado esta hará acto de presencia e intentará llevaros a su cubil, del cual pocos han conseguido escapar.- Las palabras de Giro llamaron entonces la atención de Pariah. ¿Realmente podía haber un monstruo como aquel en la capital? La expresión de miedo de Marie, algo menos segura que antes, parecía indicar que sí que era posible-. ¿Lo habéis entendido?- Marie y Pariah asintieron-. En ese caso…buena suerte-dijo Giro con aire solemne, como si estuviera mandando a Marie y a Pariah a morir contra su voluntad.

Tras dejarlos solos, Marie y Pariah caminaron hasta los pies de la puerta del edificio. Pariah, quien seguía sin entender cómo iba a salir de allí un monstruo aterrador, vio que Marie parecía temblar de pies a cabeza. Tiempo hacía que su semblante decidido había desaparecido, reemplazado por la expresión aterrada de quien, de repente, se encuentra en una situación horrible de la cual se estaba arrepintiendo de haberse metido.

-… ¿estás bien?-le preguntó Pariah, y Marie se obligó a girarse hacia él y sonreír forzosamente.

-S-si… ¿y tú?-Pariah asintió-. Bien, bien…-Marie tendió su mano a Pariah, algo más tranquila que hasta hacia un momento-. Que gane el mejor, ¿vale?- Pariah, sin entender aquel gesto, optó por imitarla y le agarró la mano. A través de ella pudo notar los nervios de la joven, quien por alguna razón empezó a dejar de temblar en el rato que le sostuvo la mano. Mirando hacia atrás, Marie hizo un gesto de cabeza a Giro, indicando que estaban listos. Giro, medio escondido tras una esquina, asintió, y cogió aire.

-¡BESTIA, DOS NIÑOS ADORABLES AGUARDAN FRENTE A TU PUERTA!-gritó con todas sus fuerzas, y tan pronto hubo acabado corrió a esconderse junto al resto de niños. Los nervios y la tensión parecieron volver a Marie, quien se quedó rígida frente a la puerta mirándola con ojos abiertos de puro miedo. Pariah, más calmado, se quedó mirando a la puerta a la espera de que apareciera el monstruo.

Unas fuertes pisadas empezaron a oírse al otro lado de la puerta, aumentando con cada impacto el miedo que parecía estar sintiendo Marie. Pariah, a pesar de no sentir miedo, se encontró apretando los puños por la tensión que parecía haber en el ambiente. Los pasos de la criatura que moraba en aquel lugar parecían situarla bastante cerca de la puerta, tan claros que prácticamente podían oir su pesada respiración a través de la puerta.

-¡No aguanto más!-exclamó Marie, dando media vuelta-. ¡Tú ganas, Pariah, así que SAL DE AHÍ!

Pariah la vio correr hasta llegar a la esquina donde se había escondido Giro, donde él y varios niños le gritaban e indicaban por gestos que saliera de ahí lo más rápido posible. Sin embargo, Pariah nunca tuvo la oportunidad de salir de allí.

Justo en ese momento, la puerta situada a sus espaldas se abrió de repente, acompañada por un fuerte grito de furia que parecía emanar del mismísimo infierno.

-¡¿A QUIEN ESTAIS LLAMANDO "BESTIA"!?-dijo aquella monstruosa voz, pillando desprevenido a Pariah y poniéndolo sobre alerta. Girándose, se dispuso a enfrentarse a la criatura que hubiera podido lanzar semejante rugido, pero no pudo hacer nada antes que dos poderosos brazos se le tiraran encima y le atraparan la cabeza…contra un duro pecho que olía bastante a perfume de mujer-. ¡Vaya, pero si lo que decían era verdad a medias~! ¡Si que había un niño adorable en mi puerta~!-exclamó aquella voz, mucho más suave y "afeminada" que antes. La cara de Pariah se encontraba enterrada entre dos duros pectorales que no le daban casi respirar, mientras dos gruesos brazos musculosos y llenos de vello masculino le impedían liberarse y zarandeaban su cuerpo de un lado a otro-. ¡Y qué vivaz~! ¡Mira como intenta liberarse de mi prieto abrazo amoroso~! Anda, deja que te vea bien…-dijo aquel ser, soltando a Pariah lo bastante como para volver a atraparlo agarrándole con sus enormes y gruesas manos de la cara, levantándolo del suelo sin mucho esfuerzo.

Los ojos de Pariah se abrieron tanto que por un momento creyó que se le iban a salir de sus órbitas. Marie y los demás no exageraban: realmente era un monstruo aterrador.

Se trataba de un hombre…más o menos. Su rostro maquillado como el de una dama presentaba un elegante bigote y perilla puntiagudos propios de un aristócrata, pero sus gruesos labios y su mirada brillante no pegaban para nada en ese duro lienzo que era su cara. Su cuerpo, grande y musculoso, estaba apenas cubierto por unas pequeñas prendas que dejaban DEMASIADO a la vista, y su manera de moverse y de hablar le recordó a Pariah al instructor de baile de la princesa, solo que como 100 veces peor.

El sentimiento que embargó a Pariah era muy extraño, tanto porque hacía ya mucho que no sentía nada parecido. Ni siquiera en sus muchos años de encierre en la base de Blackwatch llegó a sentir algo así con tanta intensidad. Era peor que cuando despertó en aquel extraño mundo, peor que cuando contempló por primera vez el cielo azul,… Fríos escalofríos recorrieron por primera vez la columna de Pariah. Tenía miedo…Sentía horror…Estaba aterrado…

-¿Eh, a donde crees que vas~?-dijo aquel hombre, agarrando a Pariah por la cintura cuando este intentó revolverse para salir de allí. Las ordenes de la princesa de no matar a nadie se contradecían con su instinto primario de acabar con, o al menos huir de, aquella amenaza, quitándole casi toda su fuerza mientras pataleaba y golpeaba con toda la fuerza que sus puños, desesperados, eran capaz de invocar. Si bien un golpe de aquellos podría haber noqueado perfectamente a un hombre normal, aquel ser apenas necesitó cubrirse con la otra mano para protegerse del frenético ataque de Pariah. A pesar de sus felinos bufidos e intentos de fuga, parecía que a la Bestia le traía sin cuidado, demasiado centrado como estaba en acariciar su áspera mejilla contra la del histérico Pariah-. ¡Oh, es envidiable, la energía que tenéis los jóvenes de hoy en día~! ¡Ven, deja que te de un besito…~!- Pariah, al ver abalanzarse sobre el aquellos gruesos y carnosos labios, hizo cuanto pudo por apartar aquel rostro de su cara agarrándoselo con la mano, y apretando cuanto pudo para intentar separarse. Lo cual era bastante difícil, considerando que el otro brazo de aquel "hombre "lo mantenía levantado por la cintura.

-Pobre Pariah…-comentó Giro, mirando apenado como Pariah se debatía por evitar el beso de la Bestia-…Tan valiente…Nunca olvidaremos su coraje…

A su lado, dos niños mantenían sujeta a Marie, quien hacia cuanto podía por soltarse e ir en pos de Pariah.

-¡DEJADME! ¡Aun hay tiempo! ¡Podemos…!-Justo entonces, sucedió lo peor.

-¡Vaya, si que estás juguetón~!-comentó la Bestia, sonriendo a Pariah como si no acabara de entender que él lo único que quería era largarse de allí-. ¡Ven, pasa adentro~! Te prepararé un trozo de tarta, un zumito, y luego te daré tu besito, jujujuju~…-Pariah hizo un último intento de soltarse, y pareció que lo iba a conseguir, pero justo cuando se separó de la Bestia esta le agarró por una pierna, arrastrándolo al interior de su guarida. Los niños contemplaron con semblante aterrado como Pariah, quien había clavado sus uñas en la calle e iba dejando surcos en la piedra a medida que era arrastrado, era introducido a la fuerza en aquel oscuro lugar, su gesto de terror surcado de lagrimas de sangre y moviéndose frenéticamente mientras decía que no con la cabeza. La puerta se cerró con un fuerte estallido, y los niños y niñas ya no vieron más a Pariah.

Algunos miraron con pena los surcos que había dejado Pariah en su intento de escapar. Muchos soltaron alguna lágrima, mientras otros se quitaban sus gorros y se los ponían respetuosamente en el pecho, despidiendo a su camarada caído.

-Una pena…Hubiera sido un gran líder…-comentó uno.

-Sería mejor que muriera allí dentro. ¿Recuerdas como salió Breto, el del año pasado?

-Buf, si… Ahora se pinta los labios y se hace llamar Sophie…

-Adiós, Pariah. Fue un honor luchar contra ti…

Marie cayó de rodillas al suelo, incapaz de creer lo que había pasado. Giro, con semblante abatido, puso una mano en su hombro.

-Fue demasiado temerario-dijo-. Debería haber…

Del interior de la guarida de la Bestia surgió el sonido de botellas rompiéndose y mesas volcándose, a medida que un coro de voces que exclamaban sorprendidas parecía sonar desde cada rincón de la casa. La conmoción llamó la atención del grupo de niños y niñas, que contemplaron sorprendidos como Pariah, por increíble que pareciera, atravesaba la ventana del piso de arriba y caía sin problemas al suelo, aterrizando de pie en medio de una lluvia de cristales.

-¡PARIAH!-exclamaron sorprendidos y aliviados los niños y niñas, solo para ver como Pariah pasaba como una exhalación por su lado, tan rápido que apenas fueron conscientes de lo sucedido. Al ver abrirse de nuevo la puerta de la Bestia, los niños corrieron detrás de Pariah para no ser blanco de aquella aterradora criatura, la cual había vuelto a salir de su guarida.

-¡Eh, no te vayas~…!-exclamó Scarron, la Bestia, al ver marcharse a Pariah de aquella manera. Pronto la calle quedó tan desierta como hasta hacía unos instantes, dejando a Scarron mirando con aire melancólico a la calle por la que había desaparecido tan adorable niño-. Jo, siempre igual~…

-Papa, ¿cuándo vas a aprender?-dijo una joven de largos cabellos oscuros similares a los de Scarron-. ¿No ves que cada medio año vienen esos gamberros a hacer lo mismo? ¡Y venga, tu a seguirles el juego…!-dijo la joven, adentrándose de nuevo en la posada, la auténtica identidad de la "guarida" de Scarron. Sonriendo, este volvió a meterse en la posada dando saltitos.

-¡Ay, pero es que no puedo evitarlo~! ¡Cada vez que vienen tan adorables niños a visitarme…!-La puerta se cerró, cortando a la mitad la frase de tan peculiar persona.

...

Marie y los otros, tras poner una considerable distancia entre ellos y la Bestia, detuvieron su carrera, agotados. No muy lejos de allí se encontraba Pariah, agazapado en posición fetal en el suelo y con un aspecto tan demacrado que casi parecía un cadáver. Sus mejillas estaban chupadas y sus ojos hundidos por la impresión, como si hiciera años que no comía nada decente. Su piel, antes pálida, ahora estaba casi tan blanca como su pelo, y su mirada estaba apagada y desprovista de vida. De sus ojos surgían un par de regueros de sangre que discurrían como lágrimas por sus mejillas, en las cuales se podían ver unas peculiares marcas de pintalabios que también estaban presentes en otras zonas de su cara.

Marie y los demás lo contemplaron entre aterrados e impresionados. Por un lado, era la primera vez que veían a alguien lo bastante loco como para quedarse en la puerta tanto rato como él. Por el otro, también era la primera vez que veían a alguien huir con éxito de la Bestia, sin enloquecer en el proceso.

-Ya esta, ya esta…-dijo con voz calmada Marie a Pariah, consolándolo-. Ya pasó todo… Lo has hecho muy bien, Pariah.

-¡Si, ha sido total!-coincidió Giro, al igual que los otros chicos y chicas. Pariah, girando la cabeza, pareció recobrar algo de vida al mirar sorprendido al pequeño grupo de niños que parecían estar animándolo y aclamándolo por lo que acababa de hacer-. ¡Está más que claro quién debe ser nuestro líder, líder!

Pariah, más calmado, miró a Marie y a Giro sin acabar de entender. ¿El…era el líder? ¿Significaba eso que él era el jefe? ¿Para qué, qué sentido tenía? No era como si él necesitara a nadie bajo su mando, y tampoco veía de qué le podía servir tener una horda de niños a sus órdenes, pero…

-¡GIRO!-exclamó de repente un niño, apareciendo a la carrera desde uno de los callejones. A parte de su expresión agitada y cansada, parecía tener un cardenal bastante feo en la mejilla. Su aspecto y expresión de espanto despertó un sentimiento de alarma en Giro y los otros, mientras que Pariah se limitó a mirarlo con interés.

-¿Yurti? ¿Qué te ha pasado, qué ocurre?-dijo, agarrando a su agitado compañero. Este, entre jadeos, consiguió recuperar el suficiente aliento como para poder hablar coherentemente.

-¡Podder…y los otros…!-empezó a decir-. ¡Un noble les…les está atacando!

-¿¡Qué!?-exclamó Giro, alarmado. Al oir aquello, varios de los niños miraron espantados a Giro, como si esperaran que él fuera a hacer algo al respecto. Decidido, miró a Pariah, quien seguía sentado en el suelo con las piernas encogidas.

-¡Pariah, de prisa, ven conmigo! ¡Nuestros compañeros están en peligro!-exclamó Giro, echando a correr. Los demás niños, demasiado asustados e inseguros, se quedaron atrás mientras contemplaban como Giro, seguido por una alarmada Marie y un algo confuso Pariah echaban a correr por los callejones de la ciudad.

-¡Giro, ¿qué crees que ha pasado?!-preguntó Marie a la carrera. A pesar de estar corriendo al máximo, Pariah parecía estar simplemente trotando a su lado, corriendo a su misma velocidad.

-Debe de ser ese bastardo de Humbrey-masculló Giro-. Lleva semanas acosando a los niños del barrio y pegándoles por cualquier razón que se le pueda ocurrir. Por culpa de su cargo, la guardia no nos cree cuando lo decimos, de manera que no moverán un dedo para ayudarnos.

-¡Entonces, ¿qué es lo que vamos a hacer?!-preguntó Marie, tratando de no mostrar lo preocupada que estaba por aquella situación.

-¡NO LO SE!-exclamó Giro, apretando los dientes-. Lo que si tengo claro es una cosa… ¡No pienso permitir que ese malnacido siga haciendo lo que quiera con nuestros amigos! ¡Somos un equipo, somos compañeros, y los compañeros deben protegerse los unos a los otros!

Marie, al escuchar las valientes palabras de su amigo, reafirmo su determinación y siguió corriendo sin más miedo en sus ojos, decidida a proteger a sus compañeros y a mantenerse fiel al voto. Pariah, al notar el cambio en la actitud de la joven, comprobó una vez más el poder que parecía albergar las palabras dichas por una persona de confianza en el momento oportuno. La princesa parecía poseer dicho poder, Agnes parecía poseer dicho poder, y también parecía que lo poseía Giro. Pariah se decidió a intentar adquirir el también esa clase de habilidad en el futuro.

Giro guió a Marie y a Pariah por entre los callejones de la ciudad, hasta que pronto les llegó el eco de varios golpes acompañados por infantiles quejidos de dolor. Apretando el paso, el trío de jóvenes acabó frenando a la entrada de uno de los callejones, aparentemente idéntico a los demás, salvo que este estaba ocupado por un variopinto grupo de gente.

Tres adultos se encontraban enfrente de tres pequeños niños que se cubrían entre ellos de los golpes que les propinaban dos de los hombres, quienes por su apariencia debían de ser los guardias del tercero. Este, un hombre de edad avanzada vestido como un noble, parecía mirar con desdén y desprecio el grotesco espectáculo delante de él, sin que mostrara la más mínima intención de intervenir u ordenar a sus hombres que pararan. Su cara chupada mostraba un fino bigote blanco, y su cabeza parecía mostrar una incipiente calva que, claramente, había intentando cubrir con el resto de sus grises cabellos para intentar disimularla. En el suelo, los tres niños recibían patadas y golpes, aunque los dos más mayores parecían resistir todo lo que podían mientras intentaban proteger al tercer miembro de su grupo, una niña pequeña de unos seis años aproximadamente.

-¡Podder! ¡Claos, Mina!-exclamaron Giro y Marie. Al oir sus nombres, los tres jóvenes apaleados miraron esperanzados a sus amigos, quienes finalmente acababan de llegar. Deteniendo sus golpes, los guardias y el noble se quedaron mirando sin mucho interés a los recién llegados, libres de preocupación al ver que solo se trataban de niños.

-Vaya, más mocosos sucios y apestosos…-comentó con desdén el noble, cubriéndose la nariz con un pañuelo de seda, como si intentara escudarse del olor de los niños-. Parece que esta ciudad este plagada de vosotros, parásitos. ¿Es que vuestros padres no os hacen trabajar todo el día como deberían?

-¡Suéltalos!-exclamó Giro, agarrando un palo del suelo y enarbolándolo como si de una espada se tratara. A su lado, Marie apretó los puños dispuesta a soltar puñetazos a diestro y siniestro. Divertidos ante su intento de rescatar a sus amigos, los guardias se sonrieron entre sí, y uno de ellos sacó una porra de su cinturón.

-¿Veis esto, niños?-preguntó el, su tono revelando el profundo desprecio que parecía sentir por ellos-. ESTO es un palo, no eso que acabas de coger del suelo, niñato. Mas os vale perderos si no queréis acabar como estos de aquí…-dijo, señalando con la porra a los tres niños del suelo. Al ver la porra, estos se encogieron de miedo en el suelo, indicando que seguramente ya habían tenido el desagradable placer de probar de cerca aquella arma.

Giro apretó los dientes de pura rabia. Sabía que tenía pocas posibilidades contra dos guardias armados, y más aun contando que él solo tenía ese palo, pero si algo tenía claro era que no pensaba irse de allí, ni dar un solo paso hacia atrás. En su lugar, lanzó un grito de guerra y cargó directo hacia los guardias, dispuesto a golpearlos con el palo hasta ahuyentarlos de allí.

Sin mucha dificultad, el guarda detuvo el golpe de Giro, y respondió sacudiéndole en la cara con la porra, mandándolo a volar directo al suelo. Marie, al verlo, corrió a socorrerlo, asustada al ver que parecía salirle mucha sangre de una herida en su frente. Tratando de contener las lágrimas, Giro miró furioso a aquellos hombres, ardiendo de rabia.

-No me gusta esa mirada-dijo el noble, poniendo cara de asco-. ¿Es que no sabes quién soy? Soy un noble, niñato estúpido. Tengo más poder que todas las generaciones de tu familia juntas. Tengo bastante dinero como para comprar las vidas de todos los pordioseros de esta ciudad. ¿Qué pasa, crees que la guardia te va a proteger? Pues malas noticias, chico…Estos chicos son la guardia-dijo, señalando a sus dos acompañantes, quienes parecían sonreír malévolamente mientras miraban con ojos despectivos a Giro y compañía-. Acéptalo, mocoso. Yo, estoy arriba, y por ello soy mejor que vosotros, quienes siempre estaréis abajo-dijo, con tono burlón y cruel. Giro, a pesar de la rabia que sentía, sabía que tenía razón. Esos malditos nobles siempre hacían lo que querían, y la justicia siempre les apoyaba sin vacilar. ¿Por qué la princesa intentaba hacerles creer que todos eran iguales? ¿Por qué, si promulgaba esa ideología, permitía que sucedieran cosas como esa? ¿Por qué la justicia en la que les habían hecho creer de pequeños no era más que una cruel mentira?

Giro se encontró llorando, llorando de rabia y de pena. En ese momento daría lo que fuera… ¡lo que fuera!...por poder rectificar las cosas. Por poder ver como, por una vez, la justicia triunfaba sobre el mal. Por una vez…

Giro miró a Pariah, quien había permanecido detrás y en silencio. Sus ojos quedaban ocultos por su capucha, pero Giro sabía que su mirada estaba fija en él.

Por una vez…quería ver a un héroe que luchara por ellos. Un héroe de verdad.

-Pariah…-empezó a decir Giro, mirando al chico a quien, hasta aquel día, no había visto nunca. El joven que en un solo día se había convertido en su líder. El niño más raro que jamás hubiera tenido el placer de conocer-…ayúdanos…por favor…

-¡Ja! ¿Creéis que ese retrasado de ahí os va a ayudar? ¡Miradlo! Si ni siquiera se ha movido mientras os estaban insultando. ¿Acaso creéis que le importáis algo?-dijo el noble, riéndose cruelmente al verse vencedor en aquella situación. Marie, llorando ante semejante injusticia, también miró a Pariah, esperando que finalmente hiciera algo para revelar que era lo que en esos momentos ocupaba su mente.

La mente de Pariah se encontraba pensando a toda máquina. No tanto en cómo salvar a Giro y a los otros tres niños cuyos nombres no acababa de recordar, sino sobre qué le había ordenado la princesa que hiciera en esa clase de situaciones. Su primer impulso había sido, obviamente, saltarles encima a esos tres y destrozarlos con sus garras, pero se imaginó que luego la princesa estaría molesta con él. Así pues, mientras Giro salía despedido por los aires, Pariah se puso a pensar.

"Regla numero 1: no mates a nadie a no ser que no haya otro remedio". Eso no le dejaba muchas opciones, ya que por mucho que lo enfocara de diferentes maneras el asesinato no estaba justificado de ninguna de ellas. Así pues, nada de masacres.

"Regla numero2: no aplastes a nadie ni le rompas el cuerpo ni los mutiles de ninguna de las formas salvo que no quede otro remedio". Una vez más, Pariah tenía las manos atadas en ese aspecto. ¿Por qué la princesa le tenía que dificultar tanto las cosas? Justo entonces, recordó una regla de la princesa que si que le permitía actuar en esa situación.

-Regla número 3…-empezó a decir, avanzando. Giro y Marie observaron en silencio como Pariah avanzaba sin miedo hacía aquellos hombres, murmurando algo así como: "Si alguien te pide ayuda…ayúdale al máximo de tu fuerza".

-Bah, otro crío que quiere jugar a ser un héroe…-masculló uno de los guardias, el que tenía la porra, mientras veía avanzar a Pariah,

-Deja. Este es para mí-dijo el otro, avanzando a su vez hacía Pariah. El noble y los guardias sonrieron ante lo que seguramente sería otra masacre unilateral, y Giro y Marie se espantaron al ver que Pariah seguía su camino sin detenerse. El guardia, apenas a unos pasos de Pariah, se interpuso en su camino y le impidió el paso-. Mala suerte, "héroe". ¿Ahora como vas a salvar a tus amigos?-preguntó burlón, mirando despectivo a Pariah desde arriba. Por lo menos era el doble de grande que Pariah, y bastante más grueso. El guardia estaba seguro que Pariah intentaría sortearlo o empujarlo, pero lo que no se esperó es que Pariah simplemente levantó la mano como si fuera a darle un manotazo en el pecho-. Oye, ¿qué intentas…?

"No uses mucha fuerza, no uses mucha fuerza, no uses mucha…Un momento, ¿no se suponía que tenía que pedirles primero por las buenas que se apartaran, antes de recurrir a la violencia?", pensó Pariah, dudando a medio camino. "¿O era al revés, primero la violencia y luego la pregunta?". Encogiéndose de hombros, tomó una decisión: "En fin, ¿qué más da? Probaremos a hacerlo a mi manera…".

Pariah bajó la mano, que fue a impactar contra el pecho del guardia. Este, pillado desprevenido, sintió como si le hubieran dado en el pecho con un mazo de hierro, y prácticamente pudo oir como sus costillas se volvían puré. Su pecho se hundió ligeramente bajo la mano de Pariah, que siguió su trayecto llevándose al boquiabierto guardia de ojos desorbitados e inyectados en sangre por delante. Un fuerte estallido marcó el momento en el que el cuerpo del guardia impactó finalmente en el suelo, atravesándolo y dejando una marca en la dura roca. El otro guardia y el noble contemplaron a su caído compañero con ojos abiertos de puro asombro, incapaces de creerse que un simple niño hubiera podido clavar a un hombre adulto en el suelo de un simple golpe con la mano. Giro, Marie y los demás, contemplaron con idéntico asombro aquel singular despliegue de fuerza. Habían visto a Pariah correr muy rápido durante las justas y en su huida de la Bestia, pero aquello superaba por mucho lo que ellos creían que era capaz de hacer su misterioso amigo. Era…increíble.

-¿P-p-pero qué…?-trató de decir el noble, con su boca colgando de la impresión.

-Deje pasar…por favor…-dijo Pariah al inconsciente guardia. Un silencio invadió de repente el lugar, y de golpe y porrazo todo el mundo, tanto el noble y su guardia como Marie y Giro parecieron sudar cómicamente a medida que un pensamiento colectivo se formaba en su mente.

"Eso tenias que haberlo dicho ANTES de golpearlo…", pensaron todos a una.

El noble salió rápidamente de su estupor al ver que aquel monstruoso niño seguía su camino hacia donde estaban ellos. El guarda, quien en esa ocasión solo llevaba encima la porra, la agarró con firmeza y se interpuso entre aquel pequeño niño y su protegido, ya que si algo le pasaba a ese noble no solo no cobraría, sino que lo más seguro era que este lo acabara encerrando en la cárcel por incompetente. Sin embargo, Pariah no fue a por ellos.

-¿Estáis bien?-preguntó a los otros tres niños, acuclillándose a su lado. Estos, sorprendidos, miraron con ojos de incredulidad al joven que acababa de acometer semejante proeza, el mismo que en esos momentos los miraba con sus abiertos ojos rasgados que parecían denotar una gran curiosidad por todo lo que le rodeaba.

De repente, el niño más cercano pudo ver por encima como el guardia, habiendo visto que Pariah no miraba, había aprovechado para abalanzarse sobre él con la porra en lo alto, apretando los dientes como para demostrar toda la fuerza que su golpe traía detrás.

-¡CUIDADO!-trató de decir el niño, pero Pariah no se giró. La porra bajó a toda velocidad, y un siniestro crujido resonó por todo el callejón.

A unos metros de su posición, la otra mitad de la porra cayó al suelo, repicando con su característico sonido de madera contra el suelo.

Boquiabiertos (y el guardia el que mas), todos los allí presentes contemplaron el trozo de porra que seguía en la mano del guardia, la cual se había roto al impactar contra la cabeza de Pariah. Este, sin que pareciera que se había dado cuenta, siguió mirando al trío de niños.

-Digo que si estáis bien… ¿Me habéis oído?-volvió a preguntar con voz molesta. Su ceño se frunció ligeramente, como indicando su descontento porque no le hubieran respondido a su pregunta.

El guardia, anonadado, se quedó mirando su destrozada porra, girándose hacia su patrón y mostrándole su rota arma. El noble, impactado, le indicó por señas que siguiera atacándole, pero el guarda se limitó a señalar insistentemente su trozo de arma. Casi tirándose de los pelos, el noble señaló una gruesa piedra situada a los pies del guarda, aproximadamente tan grande como su puño. Sonriendo, el guarda tiró el resto de su arma, y agarró la piedra. Con decisión, levantó la piedra, y…

-¡PARIAH, DETRÁS DE TI!-trataron de avisarle de nuevo los niños, esta vez Giro y Marie.

¡CLOC! La piedra impactó con fuerza contra el cráneo de Pariah, que por no hacer ni siquiera encogió la cabeza por el golpe. El guarda sintió como el impacto recorría dolorosamente todo su brazo, como si en vez de a un niño hubiera golpeado alguna clase de estatua de hierro forjado en su lugar. En dos ocasiones más trato de golpear la cabeza de Pariah con la piedra, pero lo único que consiguió fue resquebrajarla, y finalmente partirla. Pariah, sin inmutarse, pinchó con el dedo en el pecho al niño más cercano.

-Os he hecho una pregunta. Los modales os obligan a contestarme-dijo él con expresión ligeramente molesta, esgrimiendo los modales como si de una espada se trataran. Estos, demasiado impresionados con todo aquello como para articular palabra alguna, se limitaron a asentir, indicando que estaban bien. Satisfecho, Pariah se puso de pie, y se giró por primera vez hacia el espantado guardia.

Este, al ver que aquel monstruoso niño lo miraba con ojos desinteresados, sintió más miedo que si no lo hubiera mirado con odio. Eso lo podía entender, pero esos ojos vacíos… ¿Es que no se había enterado de que lo había estado atacando? ¿Pero qué clase de niño era ese?

-Maldito…¡MUERE!-le gritó, lanzando un poderoso puñetazo en dirección a su cara. Pariah, quien no hizo el gesto de apartarse, recibió el impacto en plena cara. Para entonces, el único que albergaba esperanzas de que el guardia aún pudiera dañar a aquel niño era el noble, quien aún no acababa de entender quién era ese, o como podía haber sobrevivido al impacto de la porra y la roca. Giro y los otros, en cambio, se mostraron más calmados. Habiendo visto de lo que era capaz Pariah, supusieron que un simple puñetazo no le haría nada, y así fue.

El guardia, gritando de dolor, se sujetó la mano con la que le había pegado, sus nudillos hinchados y los dedos fracturados. En ese momento, Pariah se giró hacia Giro y Marie. Señalando al guardia, indicó por gestos si debía darle un puñetazo, pero en vista de su fuerza Giro y Marie le disuadieron de ello. Al ver que parecía dudar sobre qué hacer, le indicaron por gestos que simplemente lo empujara, suponiendo que con su fuerza aquello debería de bastar.

Mientras el desprevenido guardia se agarraba su mano inutilizada, Pariah se situó a su lado, y puso ambas manos en su cuerpo, llamando entonces su atención.

-¡No…NO! ¡ALEJATE DE MI, MONST-!- El pobre guardia no pudo acabar su frase cuando, con un fuerte empujón, Pariah lo clavó a la pared del callejón como quien empuja una caja vacía de un lado a otro, haciéndole atravesar la dura pared del edificio como si estuviera hecho de papel. Con sus brazos, piernas y cabeza colgando, el guardia demostró que el ataque de Pariah lo había dejado fuera de combate.

Había perdido a todos sus guardias…por culpa de un simple mocos…El noble no se lo podía creer. ¿Qué clase de ser abominable era ese? ¿Un demonio? ¿Un monstruo? ¿¡QUE DIABLOS ERA!?

-¡¿Q-que…QUE ERES!?-le preguntó espantado el noble, retrocediendo un par de pasos al ver tan cerca a Pariah. Las palabras del noble despertaron un recuerdo en la mente de Pariah, otra de las reglas que Henrietta le había hecho memorizar.

"Regla número 7: Si un noble te hace una pregunta, has de sonreír y responderle. Es posible que no te apetezca, pero así es el protocolo".

Así pues, Pariah se giró hacia el noble con una amplia sonrisa en su rostro. El noble, al verlo, se quedó blanco de miedo.

Su capucha oscurecía sus facciones, impidiéndole ver nada de la cara de aquel monstruoso niños. Sin embargo, había dos cosas que si que quedaban a la vista, ya que parecían brillar con luz propia. Una, era la amplia sonrisa de Pariah, la cual iba de oreja a oreja, y que parecía revelar dos hileras de afilados dientes como colmillos. La otra, eran sus ojos, abiertos de par en par y con sus rojos iris clavados en el, sus pupilas tan rajadas que parecían capaces de penetrar hasta lo más recóndito de su alma. Una especie de aura asesina parecía emanar de su cuerpo, deformándose hasta darle la apariencia de un enviado de la muerte que hubiera ido a aquel lugar para atormentarlo y arrebatarle la cordura y el alma. Sintió miedo…terror…pánico…sentimientos de histeria que le robaron la libertad y la capacidad de pensar racionalmente, dejando atrás únicamente su capacidad para sentir terror. Temblando de pies a cabeza, el noble pareció envejecer treinta años en un instante, y más aún cuando Pariah abrió la boca para responderle.

-Soy…un niño muy normal…-dijo con voz alegre, procurando en todo momento alegrar al noble con su amplia sonrisa y su mirada sincera. El noble cayó al suelo inconsciente. De su boca salía una abundante cantidad de espuma, su piel había perdido todo el color, y sus pocos cabellos se le habían caído del susto, quedando completamente calvo. Sus ojos en blanco acabaron de indicar a Giro y los demás que el noble estaba fuera de combate.

Al ver que Pariah lo había conseguido, Giro y Marie corrieron a ayudar a sus amigos, comprobando sus heridas y abrazándose con alegría al ver que la justicia, para variar, les había sonreído a ellos.

-¡Ha sido alucinante!-exclamó Giro, quien ya no estaba preocupado por su herida.

-¿Habéis visto la cara que ha puesto ese guardia cuando el chico nuevo no se ha inmutado por la piedra? Era como…" ¡Oh, no! ¿Y ahora qué hago?"-dijo otro, riendo alegre al recordar el antes terrorífico momento-. ¡Si no lo veo, no lo creo!

-¡Sabíamos que podíamos confiar en ti, Pariah! ¡Lo sa-…!- Marie, sorprendida, vio que Pariah estaba sobre sus manos y rodillas en el suelo, con la cabeza gacha. Preocupada de repente por que los golpes del guardia hubieran podido provocarle algún daño en la cabeza, Marie corrió a socorrerlo con el corazón en la boca-. ¡PARIAH! ¿Qué te pasa? ¿Estás…?

Pariah no parecía sentir dolor. Más bien…parecía deprimido. ¿Por qué parecía tan abatido, si había conseguido su objetivo de proteger a los otros niños?

-… ¿Por qué…?-murmuró de repente. Marie se esforzó en tratar de oírle, para así intentar descubrir que mal lo afligía-…¿Por qué todos se asustan de mi sonrisa?- Marie, Giro y todos los demás, al oir aquello, cayeron cómicamente al suelo, incapaces de creerse que fuera aquello lo que preocupaba tanto a Pariah. Aunque, en su mente, no era para menos.

¿Por qué le pasaba siempre eso? ¿Es que su sonrisa de alegría y su mirada pura no inspiraban la ternura y la inocencia, tal y como le había dicho Henrietta que tenían que hacer? Lo había practicado una y mil veces frente a un espejo, y a su entender eso precisamente era lo que su cara reflejaba cuando sonreía: pureza y ternura. La primera vez que la princesa le vio sonreír, ella también acabó rígida en el suelo. Y la criada que vino luego. Y aquel guardia. Y el perro de la esquina. Y…

-Esto…Venga, no te desanimes. ¡Lo has conseguido! Y deja que te lo diga, has estado genial. ¡Eras como un caballero andante, como un héroe de cuento!-le dijo Marie, tratando de levantarle el ánimo. Aunque aún algo desanimado, Pariah pareció levantar cabeza.

-… ¿en serio?-Marie asintió con vehemencia. Sus palabras fueron secundadas por los otros niños, quienes dieron muestras de tener en muy alta estima al desconocido que, sin miedo, había salido en su ayuda en aquel momento de necesidad.

De pronto, Marie se inclinó hacia él y le dio un rápido beso en la mejilla, enrojeciendo sus mejillas y provocando que Giro y los demás soltaran silbiditos y miraran divertidos a la avergonzada joven.

-¿QUÉ PASA? ¿Tan raro es que el héroe reciba una recompensa de la bella doncella tras llevar a cabo una hazaña?-preguntó ella, sus mejillas aún coloradas, mientras se cruzaba de brazos y miraba desafiante al resto de niños, desafiándolos a contradecirla.

-No, si no es eso-dijo Giro, sonriendo mientras miraba al cielo distraídamente-. Es solo que, en ese caso, el beso debería habérselo dado…ya sabes…una dama de verdad-dijo Giro, sonriendo al ver lo roja que se había puesto Marie, solo que esta vez de furia, al oir aquel comentario. Marie empezó a perseguirlo por todo el callejón entre gritos e insultos, mientras Giro huía de ella riéndose a su vez y provocando que los otros niños, a pesar de sus heridas, se rieran también. Pariah, más animado, se los quedó mirando con su habitual expresión neutra, aunque su mano se encontró, inconscientemente, tocando el punto en el que Marie lo había besado.

-Bueno-dijo Giro al cabo de un rato. Por desgracia para él, Marie había acabado pillándolo y añadiendo un chichón a su pequeña colección de heridas, pero no parecía ni adolorido ni arrepentido-. Será mejor largarse antes de que algún guardia aparezca, y Pariah se vea obligado a zurrarles también-comentó en broma, provocando que Marie y los otros no pudieran contener una sonrisa de diversión. Pariah, confuso, se preguntó si Giro se planteaba seriamente seguir haciéndole "zurrar" a más gente-. Pariah, ha sido increíble conocerte. Espero de verdad que nos volvamos a ver algún otro día…-Giro, sonriendo decidido, le tendió la mano a Pariah-…líder.

Pariah, mirando al joven delante de él, finalmente estrechó la mano de su nuevo compañero, quien sonrió ampliamente al sacudir su apretón de manos. Pariah, a pesar de sus dudas y preguntas, se encontró esbozando una diminuta sonrisa. Poco a poco, Giro y el resto de niños se fueron perdiendo por los callejones de la ciudad, dejándolos solos a Marie y a él. La joven niña miró algo incomoda a Pariah, incapaz de mirarle a la cara por alguna razón. Esta era que, sin saber porque, cada vez que lo miraba lo veía como un apuesto y gallardo caballero, su mirada brillante fija en ella y su carismática sonrisa plasmada en su bello rostro, rodeado de rosas y flores en flor sobre un lienzo brillante. Sonrojada ante semejante imagen, Marie se dio la vuelta mientras mascullaba: "Kyaaaaa~…", dejando a Pariah aún más confundido que antes mientras la miraba ladeando la cabeza, sin entender que le pasaba ahora a Marie.

-B-b-bueno, pues…Adiós, ya…ya nos veremos por ahí…-se despidió torpemente Marie, corriendo a unirse al grupo de Giro y los otros. Pronto, en el callejón, solo quedó Pariah…y los cuerpos aún inconscientes del noble y sus guardias.

Pariah se quedó mirando al lugar por el que se habían ido aquella pequeña pandilla de niños reflexionando sobre todo lo que había visto y aprendido aquel día. Realmente no se esperaba encontrarse en situaciones como aquellas cuando había emprendido aquella excursión improvisada por la ciudad. En cierta manera, se alegraba de haberse escapado de palacio, de haber salido sin permiso y haber desafiado sus propios límites de tolerancia a las multitudes, su aprehensión a hablar con desconocidos, y su dificultad para no matar a alguien al golpearlo. Eso sí, lo de su sonrisa estaba claro que aún necesitaba un par de mejoras. Su cuerpo ya era lo bastante letal tal cual era, muchas gracias…

-Hmmm…-gruño el noble inconsciente, entreabriendo los ojos mientras se frotaba la cara. Parecía algo más demacrado que al principio, y parecía haber sufrido un fuerte shock a causa de su encontronazo con Pariah, pero poco a poco consiguió ponerse de pie otra vez-. Estúpido…maldito…niñato demonio de…-Justo entonces, se fijo que Pariah seguía justo ahí, a su lado. Espantado, trató de huir de allí a toda prisa, o al menos tan deprisa como sus piernas se lo permitían, ya que del miedo que sentía parecían habérsele convertido los huesos en crema. Si bien Pariah no parecía muy entusiasmado con perseguir a aquel hombre, su instinto primario lo instó a perseguirlo, a reanudar la caza y atraparlo aunque solo fuera por la emoción de una persecución. Sus iris se ensancharon como los de un gato, y agazapándose como uno miró juguetón al tambaleante noble. La mirada de aquel niño no le gustaba nada…


Una hora más tarde:

-¡Pariah!-exclamó Henrietta al ver aparecer por la puerta a Pariah. Llevaba todavía el traje que había formado para camuflarse en el exterior, pero con la capucha bajada, de manera que Henrietta en seguida supo que era él. Corriendo a su lado, lo abrazó fuertemente con sus brazos, para luego separarse y comprobar asustada que no estuviera herido. Sabía que era poco probable, considerando su durabilidad y poderes, pero su instinto maternal la llevó a ignorar cualquier clase de pensamiento lógico y hasta que no lo hubo examinado bien no se quedó tranquila. Tras él iban dos guardias que parecían acompañar a un aterrado y algo desgastado noble, si bien sus ropas estaban todas rotas, llenas de polvo y barro, y su expresión parecía ser la de un soldado que acabara de volver del más sangriento de los frentes-. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estabas? ¡Te he buscado por todo el palacio!

-Estaba fuera-dijo tranquilamente. Henrietta se sorprendió mucho al oir aquello.

-¿Quieres decir…que has salido tu solo a fuera?-Pariah asintió. Por alguna razón, Henrietta parecía muy preocupada-. ¡Tienes que contarme lo que has hecho, donde has estado! ¿Has roto algo? ¿Has…hecho daño a alguien?-Pariah se la quedó mirando unos instantes, y al final movió la mano de un lado a otro, el signo internacional de "más o menos". La preocupación de Henrietta no hizo más que aumentar.

-Mi señora, con permiso-dijo uno de los guardias que escoltaron a Pariah hasta allí-. Encontramos a su familiar en la calle. Estaba persiguiendo a este hombre y zarandeándolo de un lado a otro con su boca. Asegura ser el conde de Montier.

Henrietta contempló a aquel hombre sin acabar de creérselo, pero poco a poco empezó a ver aquellos familiares rasgos que ella había llegado a asociar con el conde. Sin embargo, era imposible que aquel hombre fuera él. El conde, si bien era un hombre de edad avanzada, no estaba tan demacrado, pálido, y definitivamente no estaba (tan) calvo. Su mirada se dirigió entonces a Pariah, quien no mostró señal alguna de culpabilidad o de nerviosismo.

-Conde Montier, lo siento muchísimo por las molestias que mi familiar le ha causado-dijo la princesa, disculpándose con el noble de mirada vacía-. Si hay algo que pueda hacer para…

-Quiero confesar-dijo él de repente-. Quiero confesar mis crímenes. Ahora lo entiendo, este…esta…"cosa", es un enviado del mismísimo Brimir en persona-dijo, mirando con ojos enloquecidos al confundido Pariah-, que me quiere castigar por mis muchas faltas.- El conde, liberándose del agarre de los guardias, se arrodilló a los pies de la sorprendida princesa, apretando su frente contra el suelo-. ¡SE LO JURO, LO DIRÉ TODO, LO QUE SEA! ¡Pero por favor…por favor…! ¡ALEJE A ESE DEMONIO DE MÍ!-dijo, medio escondiéndose detrás de la princesa y señalando firmemente a Pariah, quien se limitó a torcer la cabeza al no entender a qué se refería aquel hombre tan extraño.

Finalmente, gracias a la confesión del conde y al relato de las aventuras vividas por Pariah aquel día (aunque Henrietta seguía sin entender el exagerado terror que parecía embargar a Pariah cada vez que hablaba de aquel otro "monstruo" que al parecer vivía en la ciudad), el malentendido pudo ser finalmente resuelto. El conde aceptó gustoso pasar una temporada en el calabozo y ser desprovisto de su título y muchas de sus posesiones cuando la princesa le informó que la alternativa era tener que disculparse ante los niños…y ante Pariah. El conde prácticamente se metió el solo en la celda.

Satisfecha y aliviada al saber que Pariah no solo había demostrado un gran autocontrol en aquella situación y que había respetado las reglas que ella le había marcado, sino que por sí mismo había dado los primeros pasos para alcanzar una vida normal, Henrietta se sentó pensativa en frente a su escritorio. La revelación de las acciones del conde, si bien alarmante, no hizo más que acabar de confirmar las sospechas de la princesa. Las cosas no iban tan bien en su reino como ella quería pensar que iban. Los nobles abusaban de su poder, y los otros ciudadanos estaban demasiado aterrados como para pensar siquiera en llevarles la contraria o denunciarles. Decían que todo iba bien, pero ahí mismo tenía la prueba de que eso no era más que una mentira.

Hacía falta un cambio. Tenía que encontrar alguna manera de revelar tan nefastas prácticas para poder detener a los perpetradores antes de que pudieran seguir actuando… ¿pero cómo? La guardia era demasiado visible y, al parecer, fácilmente sobornables. Confiaba plenamente en Agnes y en sus caballeras, pero había un límite en lo que sus soldados y mosqueteras podían hacer. No, esa clase de trabajo necesitaba a alguien de fuera del palacio, e incluso de la ciudad. Alguien de confianza, insobornable y con muchos recursos a su disposición, alguien lo bastante versado en los métodos de los nobles como para poder distinguir qué era correcto y que no lo era en el comportamiento de otro noble.

Un nombre vino a su mente, el nombre de alguien en quien Henrietta confiaba sin reservas y que, casualmente, iba a ir a palacio al día siguiente. La situación no podía ser más perfecta. Mataría dos pájaros de un tiro, y finalmente aquella situación podría empezar a ser resuelta.

Animada de repente, Henrietta sacó un pergamino en blanco, y empezó a redactar los documentos que, seguramente, necesitaría su buena amiga Louise Françoise para llevar a cabo el favor que le iba a pedir.


En otro rincón del palacio:

Una misteriosa figura entró en la halconera del palacio. Las múltiples jaulas que contenían a las veloces aves de presa, hábilmente entrenadas en el envío veloz de mensajería, permanecían en silencio a excepción del muy ocasional tañido del metal cuando sus ocupantes agitaban las alas, o abrían sus picos para lanzar sus característicos gritos animales.

La figura, pergamino en mano, agarró uno de los halcones y ató firmemente el mensaje en su pata. A continuación, le susurró en apenas un suspiro su destino, pero el ave no necesitó más, tal había sido su adiestramiento.

Una vez en la ventana, el hombre que había sacado al halcón lo lanzó por la ventana, dejando que la misma ave abriera sus alas y emprendiera su rápido camino hacia su destino.

Mesándose su grisácea barba, el hombre se caló en la cabeza su ancho sombrero emplumado, y salió de la halconera con el mismo y sobrenatural sigilo con el que había entrado.


¡Joder, ya está bien!

21 páginas que he tenido que escribir en una tarde para poder acabar este capítulo. Puede que suene a poco, pero cuando llevas una buena temporada sin actualizar ni un fanfic, te entra el miedo de creer que la gente se puede pensar que los has abandonado, y dejar de leerte. ¡Y SI, ESO DA MIEDO!

Voy a confesar: hace mucho que no escribo nada de los fics que tengo publicados. La razón es porque yo escribo en función de mi motivación, mis ideas, o de cómo sienta que me apetece retomar un proyecto u el otro. Ahora mismo, me encuentro más motivado para escribir tres fics que, por desgracia, aun no voy a publicar porque no quiero que se me acumule el trabajo. Así pues, seguiré alternando entre los "publicados" y los "por publicar" mientras intento mantener más o menos activos mis relatos. Si le he dado prioridad a Rosas y Espinas es porque, sorprendentemente, ha tenido una mayor aceptación de lo que creí que tendría en un principio (chicos y chicas que me estáis leyendo, esta silenciosa ovación es para vosotros…ueeeee…ueeeee…. :D).

Como siempre, comentad lo que os haya gustado o lo que no, e intentaré aprender de ello para seguir mejorando mis relatos.

PD: Si alguno cree que, para ser un fanfic de Prototype, hasta la fecha ha habido "poca sangre", que no se preocupe. Este fanfic va al ritmo de un anime de los de hoy día: primero, todo risas y cachondeo para presentar los personajes. Y luego, cuando menos te lo esperes… ¡PAM! ¡Sangre y vísceras por todas partes!

Esperadlas con ilusión ;)

Chao, chao.