Pues ha pasado una semana y ya estoy aquí con el capítulo siguiente. Realmente no quería esperar más tiempo para publicar, así que decidí hacerlo hoy como un regalo para el fin de semana. Muchas gracias por sus comentarios en el capítulo anterior. Me animan un montón.


Sakura y todos sus personajes son propiedad de CLAMP


BIORITE

-6-

—¿Sakura?

Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada. Haciendo un esfuerzo monumental trató de parpadear. Dolía. Pasados unos segundos pudo enfocar un pálido rostro enmarcado en largo cabello negro y ojos claros. Tomoyo la miraba con una preocupación abrumadora. ¿Qué había pasado?

—¿Dónde estoy? —su voz era apenas un susurro.

—No hables —le pidió—. Voy por Shaoran.

La puerta de la habitación se abrió y llegó hasta sus oídos los restos de una acalorada discusión.

—¡… me interesa en lo más mínimo! ¡No se le ocurra volver a sacar a Sakura de la ciudad sin decírmelo, lo ordene mí madre o el Primer Ministro!

—Shaoran, cálmate —esa era Tomoyo—. Sakura despertó.

Escuchó el eco de unos pasos apresurados y al instante siguiente el rostro de Shaoran se materializó frente a sus ojos. Había alivio en esa mirada color ámbar, pero también había una infinita preocupación.

—¿Es que acaso quieres matarme? —le susurró el castaño al oído—. No tienes idea de todas las cosas que se me ocurrieron cuando llamó el chofer.

—Lo siento —no entendía porque estaba tan alterado—. ¿Qué paso?

Antes de responder, Shaoran la ayudó a incorporarse en la cama. Todavía le dolía la cabeza y sentía los músculos duros como el acero.

—Eso quiero que me digas tu a mí —repuso él, sentándose en la cama junto a ella—. Cuando te ingresaron no parabas de gritar y tenías la presión en las nubes. Podía darte un aneurisma.

—Eso no es mi culpa —soltó, poniéndose a la defensiva—. Veía y escuchaba muchas cosas a la vez. No sé si eran recuerdos o estaba imaginándolo. Todo era muy confuso. ¡Tenía miedo!

Aquello lo dejó sin palabras. Como no se atrevía a disculparse en voz alta, la abrazó. Ella le devolvió el gesto y comenzó a llorar.

—Alguien me pedía que corra —explicó entre sollozos—. Decían algo sobre una droga, un hombre pedía que me atrapen… y alguien me llamó por mi apellido.

—¿Qué cosa? —se separó bruscamente de ella.

—Sí, me preguntó si estaba bien y me llamó Kinomoto —por algún motivo estaba segura de que hablaban de ella—. Kinomoto Sakura. Ese es mi nombre.

Shaoran compartió una mirada cómplice con Tomoyo, quién había permanecido en un discreto segundo plano. Ella asintió.

—Sakura… ¿estás segura de eso? —se sentó al otro lado de la cama—. ¿No lo imaginaste?

La aludida negó.

—Estoy segura. Ese es mi nombre

Tomoyo asintió. Le creía.

—Ese es un muy bien avance, con eso podremos averiguar más de tu pasado —se puso de pie—. Yo tengo que irme. Nos vemos, Sakura. Y Shaoran, no olvides lo que dijo tu madre.

El castaño frunció el ceño y se despidió de Tomoyo a regañadientes.

—¿Qué dijo tu madre? —preguntó Sakura una vez estuvieron solos.

—Nada importante —Shaoran se levantó también—. Voy por el doctor para que te dé el alta. Nos vamos.

—¿Y tu trabajo? ¿Y Kenji?

—Es viernes, así que mi hijo se queda aquí, y a la mierda el trabajo. No voy a dejarte sola después de lo que pasó hoy.

Un ligero rubor cubrió las mejillas de Sakura.

—Kenji me contó lo de la reunión de mañana, vamos los dos juntos.

—Gracias, Shaoran.

—¿Por qué?

—Por cuidarme.

Ahora fue el turno de Shaoran para sonrojarse. Carraspeó para llenar el silencio y salió bruscamente de la habitación. Regresó al poco tiempo acompañado de un doctor que hizo firmar el alta a la castaña y le recomendó varias horas de descanso para remitir las jaquecas. Shaoran le agradeció por su atención y se llevó a Sakura de allí. Una vez en el auto el castaño se sintió más tranquilo. Los hospitales ajenos lo ponían nervioso, mucho más cuando no era él quien tomaba las decisiones.

—¿Y por qué quería tu madre…? —se interrumpió cuando el móvil de Shaoran comenzó a sonar—. Adelante, contesta.

Shaoran estacionó el auto a un lado de la carretera antes de llevarse el aparato a la oreja.

"Buenas tardes, Li-san, es Haruyama Inoue. Le llamaba para informarle que ya sacamos su auto del estacionamiento del hospital. Tiene unos rayones, pero por el resto está bien."

—Esas son buenas noticias, Haruyama-san. ¿Dónde tengo que retirarlo?

"En la estación. Pero bueno, no le llamaba sólo por eso. Tengo entendido que Sakura, su paciente desconocida, está viviendo con usted."

Shaoran se quedó un momento sin habla.

—Pues sí —repuso a la final—. Trabaja para mí.

"Me alegro de que decidiese ayudarla, pero debió informarle de aquello al detective a cargo de su caso. Recuerde que esta mujer no tiene memoria, por todo lo que sabemos podría ser peligrosa. En fin, le agradecería que me informe de cualquier cambio en la memoria de Sakura. Es parte de mi trabajo devolverles la identidad a las personas. Que tenga buena tarde."

—Hasta luego.

Shaoran se guardó el móvil en la chaqueta y con manos temblorosas arrancó nuevamente el auto. ¿Cómo se había enterado Inoue de que Sakura estaba viviendo con él? Había omitido ese detalle a la policía para protegerla. Por algún motivo la insistencia de las autoridades por saber quién era Sakura le daba muy mala espina.

—¿Está todo bien? —preguntó Sakura al cabo de unos momentos.

—Sí, no te preocupes —mintió—. Me decías algo de mi madre… —propuso, cambiando de tema.

—¡Ah, sí! ¿Por qué quiere conocerme?

La expresión de Shaoran se ensombreció un tanto.

—Por fastidiarme —dijo con amargura—. Cualquier decisión que tome respecto a mi hijo debo consultarla primero con ella. Sé que es su abuela, pero yo soy su padre y se hace lo que a mí me dé la gana.

—¿Acaso quería… aprobarme?

—Algo así. Siempre ha sido así de sobreprotectora con Kenji. Si alguien a su alrededor no le agrada, hace hasta lo imposible por deshacerse de esa persona. Pero contigo no pienso permitírselo, yo quiero que tú cuides a mi hijo y punto. Mi opinión es la única que importa.

Sakura no pudo evitar sonreír. Shaoran se veía tan lindo cuando se alteraba. Se abofeteó mentalmente por pensar aquello. No debía pensar esa clase de cosas. Aunque después de lo que había sucedido la noche anterior… suspiró. Tampoco debía pensar en eso.

—Tomoyo dijo que nos veríamos en la noche —dijo, recordando de repente—. Me pareció extraño.

—Se le metió una idea loca en la cabeza y me ha insistido todo el día con eso. Dice que como Kenji va a pasar el fin de semana fuera y tú no tienes que cuidarlo, pues podríamos salir los cuatro (Eriol incluido) en una cita doble.

—Cita doble —Sakura paladeó las palabras, buscándoles un significado. Entonces lo entendió—. Espera. ¿Cita doble como en una cita de parejas?

—Exactamente.

—Oh, vaya.

Porque estaba repentinamente tan nerviosa. Se removió en el asiento. Si lo pensaba con calma la idea no le molestaba en absoluto.

—Pues si tú quieres, yo no tengo ningún problema.

Shaoran guardó silencio unos minutos.

—Llamaré a Tomoyo.

—Está bien. ¿A dónde vamos?

—A casa.


El sabor del éxito era adictivo. La euforia que provocaba, estimulante. En los diez años que le había tomado crear el Biorite, no había sentido nunca esa clase de energía. Y es que después de tanto esfuerzo lo había conseguido. El soldado perfecto. Bueno, dos. Dos atractivas e inteligentes mujeres que habían sobrevivido a cinco inyecciones para transformarse en quienes estaban destinadas a ser. Tras dos meses de entrenamiento y pruebas constantes el gobierno había aceptado finalmente que la droga funcionaba y le habían dado luz verde para inyectarla a un selecto grupo de militares, un equipo de doscientos soldados creados en secreto y que respondían directamente al mando de Irina Black. Ese mismo fin de semana llegarían los primeros cincuenta, dispuestos a recibir las dosis de Biorite necesarias para convertirse en máquinas asesinas. Los riesgos se les habían notificado, pero ninguno se echó para atrás. Todo estaba saliendo a pedir de boca.

Soltó un animado suspiro y salió de su oficina, rumbo al cuarto de observación. Varios de sus asistentes iban de un lado al otro, atolondrados con las preparaciones para llegada de sus invitados. Se acercó al cristal de la sala y echó un vistazo a sus chicas. Las dos estaban ocupadas conversando mientras se ejercitaban en la caminadora. Una de ellas, de cabello negro, no para de lanzarle sospechosas miradas al cristal, como si supiera que alguien estaba al otro lado. Eso era normal. Uno de los efectos secundarios del Biorite era la paranoia, pero se pasaba al poco tiempo. A su paciente cero, la otra chica, de cabello castaño, se le había pasado a las pocas semanas. Presionó un botón junto a la pared y activó un parlante. Las voces de las chicas inundaron la estancia.

—… olvidando todo —decía la castaña—. No sé porque. A veces mi mente se queda en blanco y no puedo recordar ni mi nombre.

A mí me pasa también, pero sólo olvido tonterías y vuelven al cabo de unas horas.

La castaña negó y aumentó la velocidad en la caminadora.

Tiene que existir una explicación. Podríamos preguntarle a Jonathan.

El aludido sonrió. Las chicas habían desarrollado la manía de llamarlo por su nombre de pila. Aunque la sonrisa se le fue igual de rápido. Se les estaba borrando la memoria. No había previsto aquello. La droga debía afectar únicamente a la genética y a ciertas zonas del sistema nervioso. Respiró profundo. Aquello tenía solución y él iba a encontrarla. Por el momento dejaría el tema tranquilo y evitaría mencionarlo frente a Irina.

Dr. Seagal, tiene que ver esto —se acercó a él una de sus enfermeras. Llevaba un papel en las manos—. Son los resultados de los exámenes de sangre que ordenó en su paciente cero. No le va a gustar nada.

Jonathan le arrebató el papel a la muchacha y leyó los datos con creciente preocupación. Aquello era imposible.

¿Estás segura de que esto está bien?

Hice los exámenes tres veces, no hay duda. El aumento en el nivel de anticuerpos en la sangre es exorbitante. Hasta ahora no se registra nunca reacción negativa pero lo más probable es que suceda pronto. La sangre se le está aguando.

Mierda, mierda. ¿Y la otra?

Ella está perfecta. Hice un examen para comparar datos.

Jonathan comenzó a dar vueltas por la estancia. Parecía un león enjaulado. Eso no podía estar pasando. Tenía que pensar rápido. Su paciente cero no podía quedarse allí más tiempo, debía trasladarla a otro laboratorio, pero eso significaba retrasar el progreso del proyecto. De todas formas debía esperar. Irina quería verla una vez más antes de salir del país con el Presidente y aquella visita estaba programada para la semana siguiente.

Tienes que aguantar —le dijo a la castaña a través del cristal, a pesar de que ella no podía escucharlo—. Todo depende de eso.

Se volvió a la enfermera.

Quiero que le hagas chequeos constantes y monitorees la evolución de los anticuerpos. Haz lo que sea necesario para controlar su multiplicación e inyéctale un coagulante cada veinticuatro horas.

Entendido, Dr. Seagal.

Una vez la enfermera se fue, Jonathan regresó su atención al cristal. Las chicas habían abandonado la caminadora y ahora estaban sentadas en una cómoda butaca, hablando en voz baja. Ni siquiera los micrófonos ocultos en la habitación podía captar el volumen de sus voces. Clavó la mirada en la muchacha de cabello castaño y por un momento se quedó perdido en sus ojos. ¿Cómo una japonesa había nacido con ojos tan verdes?


—¿Shaoran?

Sakura abandonó su habitación y echó a andar por el pasillo. El departamento estaba sumido en un desconcertante silencio y con todas las luces apagadas parecía deshabitado. Echó un vistazo en las otras habitaciones, pero estaban vacías. Al llegar a la sala se quedó quieta un momento, desorientada por la oscuridad. A tientas dio con la pared y encendió las luces. Vacío. Pasó por la cocina, vacía. El estudio, vacío. Incluso el pequeño balcón estaba vacío. ¿Dónde estás? Se preguntó Sakura mientras regresaba a su habitación. Se metió en la cama y clavó la mirada en el reloj. Las siete y media de la noche. Parpadeó varias veces, incrédula. Había dormido toda la tarde. Después de regresar del hospital, Shaoran la envió a la cama a descansar a pesar de que ella se sentía bien. Finalmente la voluntad del castaño se impuso y se fue. Ni bien su cabeza tocó la almohada se quedó dormida. Suspiró. Después de todo ese incidente si la había afectado. ¿Por qué había sentido ese pánico al llegar a Tokio? ¿Qué significaban esas voces e imágenes? Dios, todo era un maldito embrollo. Si realmente había perdido la memoria en alguna clase de accidente quería saber el nombre del imbécil que lo había causado para darle lo que se merecía. Quería una explicación a sus dibujos y una explicación a la espantosa habilidad de regeneración que tanto asustaba a Shaoran.

—¿Sakura?

La voz de Shaoran llegó flotando hasta su habitación. Se puso de pie de un salto y salió a su encuentro. El castaño estaba en la cocina, rodeado de fundas de supermercado. Se quedó un momento mirándolo guardar las cosas en las alacenas antes de abofetearse mentalmente y saludarlo. Él le correspondió con una sonrisa y le pidió ayuda.

—Ya casi no quedaba comida —explicó Shaoran—. Y si no hacía las compras hoy no las hacía nunca.

—Yo puedo encargarme de estas cosas si tú quieres —le dijo mientras guardaba latas de conservas en una alacena cercana—. Sólo me dices lo que debo comprar y listo.

—Gracias, pero no es necesario —por algún motivo no se atrevía a pedirle aquello. No consideraba correcto que Sakura hiciera todas esas cosas cuando su trabajo era únicamente cuidar a Kenji. Aunque no podía negar que un poco más de ayuda le caería de perlas.

—Es lo menos que puedo hacer, después de todo lo que has hecho por mí —dijo entonces, adivinando los pensamientos del castaño—. Pongámoslo así: somos compañeros de piso y los dos tenemos responsabilidades en casa.

—Está bien, está bien —concedió—. ¿Y cómo te sientes?

—Mucho mejor, ya no me duele la cabeza.

El silencio se apoderó de ellos. Por un rato se dedicaron a guardar todas las comprar y a arreglar la cocina. Shaoran, a la par que hacía su trabajo, no paraba de pensar en lo que había sucedido entre ellos. Todavía podía sentir el sabor de los labios de Sakura en los suyos, y el calor de su piel contra la propia. Quería hablarle del tema pero no sabía cómo comenzar. Temía que se enojase o que le dijese algo que no quisiera escuchar. Aun así no podía dejar pasar los días y no hablar de ello.

—¿Sakura?

—Dime —automáticamente se detuvo, con un frasco de mermelada entre las manos.

Shaoran tragó saliva.

—Quería hablar contigo sobre… —era tan difícil decirlo en voz alta—… sobre lo que sucedió ayer.

Sakura asintió.

—¿Qué pasa con eso?

Aquello lo desconcertó. Dejó de hacer lo que hacía para encarar a Sakura, tratando de adivinar lo que pensaba. Sus pálidas mejillas estaban ruborizadas y las manos le temblaban ligeramente. Con el cabello cayéndole libre por la espalda y ese ajustado vestido mostaza se veía tan apetecible. De forma inconsciente acortó la distancia entre ellos.

—¿Te molesta lo que sucedió? —le preguntó en voz baja.

—No —repuso Sakura en el mismo tono, consciente de la cercanía de Shaoran y en lo mucho que la afectaba—. ¿Te molesta a ti?

—No.

Sakura clavó la mirada en Shaoran, buscando algo que no sabía que era en su expresión. La atracción que sentía por él era estúpidamente fuerte y sabía que estaba mal y aun así no podía evitarlo. Y entonces lo encontró. El mismo deseo que la carcomía a ella lo afectaba a él también. El pulso se le disparó y se acercó un poco más, escasos centímetros separándolos.

—No sé por dónde vaya a parar todo esto… —comenzó Shaoran.

—Pero podemos disfrutarlo mientras dure —completó Sakura, sellando con un beso la distancia.

El instante que sus bocas hicieron contacto, Shaoran sintió un maldito tirón en la entrepierna. Apenas lo tocaban y ya se estaba empalmando. Gruñó de pura frustración y en un fluido movimiento estampó a Sakura contra la pared, sus manos aferrándola casi con violencia. Ella hizo lo propio, enredando sus dedos en la espesa mata de cabello castaño y profundizando el beso. La sensación que le provocaba sentir la lengua de Shaoran enredada con la suya era casi tóxica. Sofocada, gimió en su boca. En respuesta Shaoran se restregó contra ella, haciéndole notar la punzante erección que crecía en sus pantalones.

—Mira como me tienes —le dijo al oído.

Sakura esbozó una coqueta sonrisa y enroscó una de sus piernas alrededor de la cintura del castaño, eliminando el ya inexistente espacio. Una brutal y desesperante necesidad de sentirlo dentro comenzaba a nublarle los sentidos. Buscó nuevamente los labios del castaño y los recorrió con la punta de la lengua.

—Mierda —gruñó Shaoran de improviso, llevándose una mano al bolsillo de los pantalones. Estaba condenado a que lo interrumpieran en situaciones como esa. Descolgó el móvil y se llevó el aparato a la oreja—. Tomoyo, ¿necesitas algo?

"Recordarte que la reservación es a las nueve y avisarte que Meiling se unió también. No se te habrá olvidado, ¿verdad?"

Shaoran maldijo mentalmente. Claro que se había olvidado. Cualquiera se olvidaría hasta de la fecha con el calentón que llevaba encima. Clavó los ojos en Sakura, quien lo miraba entre divertida y expectante.

—No, no se me olvidó. ¿Por quién me tomas?

"Sólo estaba asegurándome. Nos vemos en un rato y no lleguen tarde."

—Así que nos interrumpieron —comentó la muchacha liberándose del agarre de su compañero. Se acomodó la ropa y soltó un suspiro—. Iré a arreglarme, entonces.

—Está bien —repuso él, guardando el móvil—. Sobre lo que acaba de pasar…

—Ya tendremos tiempo de terminarlo —dijo y salió de la cocina.


La mesa estaba ubicada en un rincón apartado del restaurante, junto a una enorme ventana. Todos estaban esperándolos. Tomoyo con Eriol y Meiling con un hombre al que no conocían. Tomaron asiento en los puestos libres y Tomoyo saltó de inmediato a reprenderlos por haber llegado diez minutos tarde.

—Vamos, Tomoyo, no es para tanto —saltó Meiling en su defensa—. Shaoran, Sakura, les presento a Yasashiro Han, mi novio. Han, mi primo Li Xiao-Lang y Kinomoto Sakura, una amiga.

¿Y tú desde cuando tienes novio? —preguntó Shaoran a su prima en chino.

Hace una semana, Xiao-Lang, no te metas en esto —repuso ella en el mismo idioma.

Eriol se mordió el labio inferior para no reír, siendo el único de los presentes que entendió el corto intercambio de palabras. Tomoyo miró a su marido, interrogante, mientras que Sakura y Han cruzaban una fugaz mirada.

—Bueno, se supone que vinimos a cenar —dijo Eriol, levantando una mano. Un mozo se materializó a su lado, regalándoles una amable sonrisa.

—Ya puede traer la comida.

—Enseguida, señor.

El muchacho desapareció.

—Llamé antes de venir y ordené por todos nosotros —explicó Tomoyo—. Sakura, Han, como no sabía que es lo que más les gusta les ordené lo mismo que a sus parejas ¿Les parece bien?

—Yo no tengo ningún problema —dijo Han, con una nerviosa sonrisa.

—Yo tampoco —convino Sakura.

Unos minutos después les trajeron la comida. Con ayuda de algo de vino y ciertos comentarios insidiosos de parte de Tomoyo acerca de la apariencia de Sakura, entablaron una amena conversación sobre ropa. Los chicos escuchaban y comían mientras ellas discutían sobre qué cosa quedaba con cual y demás. Sakura fue la primera en notar que aquel tema molestaba a sus acompañantes y obligó a Meiling y a Tomoyo a hablar de otra cosa.

—¿Y a que te dedicas, Han? —preguntó Shaoran, aprovechando el silencio. Meiling le lanzó una mirada de advertencia desde el otro lado de la mesa.

—Hasta hace unos días trabajaba en un laboratorio clínico, pero conseguí un puesto de analista en un laboratorio de alta tecnología e ingeniería genética. La paga es buena, pero el ambiente está algo tenso.

—¿Y eso por qué? —inquirió Eriol.

—La matriz del laboratorio está ubicado en Nueva York y nos han llegado rumores de que un importante proyecto salió mal. Supuestamente están buscando a una científica que escapó con una muestra de un agente genético... si hasta el gobierno de los Estados Unidos está involucrado. Y eso no es todo, supuestamente la científica es japonesa.

Por algún motivo aquellas palabras le quitaron el apetito a Sakura, pero hizo todo lo posible por ignorarlo. Tal vez sólo estaba sufriendo las secuelas del ataque de la tarde. Calma, Sakura. Estás en un lugar público. Cálmate. Bebió un sorbo de vino y regresó su atención a la conversación.

—… en el hospital de Tomoeda —decía Eriol—. Aunque tendremos que esperar casi un año para volver a operar.

—¿Y saben ya qué provocó la explosión? —preguntó Tomoyo.

—Si la policía ha hecho algún descubrimiento, no lo han hecho público —repuso Shaoran, endureciendo la voz—. Pero espero qué encuentren al responsable. Su bromita casi le cuesta la vida a mi hijo.

—Y a Sakura, que no se te olvide —añadió Meiling.

—¿Y eso por qué? —inquirió Han, algo perdido.

—Ese domingo llevé a Kenji al hospital conmigo, fuimos a hacer rondas y mi última paciente fue Sakura. Eriol vino a buscarme y ni cinco minutos después todo el segundo piso explotó. De alguna forma Sakura sacó a mi hijo de allí… —fue bajando lentamente el volumen de su voz, recordando en toda su magnitud la desesperación que se había apoderado de él al creer que su hijo estaba muerto.

—Y luego el hospital se vino abajo —terminó Sakura—. Yo todavía seguía adentro cuando pasó. Caí unos segundos y luego todo se puso oscuro.

Han miró a la muchacha con los ojos desorbitados. ¿Cómo demonios se podía sobrevivir a una cosa como esa y salir sin un rasguño?

—Yo tampoco entiendo cómo es que sigo viva —sonrió—. Estoy igual de sorprendida que tú.

Han se sonrojó y arrancó algunas risas a la concurrencia. Meiling le plantó un beso en la mejilla, aumentado su bochorno.

Era más de media noche cuando Shaoran y Sakura estuvieron de regreso en el departamento. Con los tacones en la mano la muchacha se marchó a su habitación en busca de algo más cómodo que ponerse. Shaoran la imitó y cambió la camisa y el pantalón por un calentador y una camiseta bastante desgastada con el logo de una de sus bandas favoritas estampado en el frente. Al salir de su habitación se encontró con Sakura en el pasillo y ambos fueron a la cocina.

—La pasé muy bien hoy —comentó Sakura en un intento por romper el silencio.

—Yo también —dijo él con una sonrisa—. Me alegro de que te gustara.

Sakura sonrió también.

—La verdad es que no me esperaba que tus amigos me aceptaran tan rápido, es como si los conociera de toda la vida.

—Eres una mujer encantadora, en normal que les agrades.

Sakura rio. Aquella situación le parecía tan irreal. En pocos días había conseguido una casa, un trabajo, amigos y a Shaoran, a quién no sabía dónde clasificarlo. Era obvia la tensión sexual entre ellos, pero no había nada más que eso y eso le molestaba. Afectada todavía por los últimos coletazos de la risa, se encaminó al refrigerador y sacó una botella de zumo de naranja. Se bebió la mitad de un trago.

—¿Qué es tan gracioso?

—Nada, es sólo que no puedo creer lo mucho que ha cambiado todo.

Shaoran entendió lo que quiso decir. Para él también era desconcertante la rapidez con la que Sakura se había inyectado en su vida, como si siempre hubiese estado allí. Le tenía mucho aprecio y una gratitud infinita por todo lo que había hecho. Y porque negarlo, también tenía unas ganas brutales de arrancarle la ropa y hacerla suya. Todos esos años alejado de las mujeres le habían atrofiado el sentido común.

—Esta es tu vida ahora, no lo pienses mucho, sólo vívelo.

—Eso es lo que tengo planeado hacer, tú no te preocupes por eso.


Nos vemos en el siguiente!