Duro y Rápido
Los segundos pasaron como milenios, mientras Edward esperaba la respuesta de Bella. Sería una puñalada que aún le importase el perdedor de Royce. De un modo u otro, tenía que saber la verdad. Ya.
—¿Bella?
—¿Estás loco? —lo miró como si estuviese segura de ello—. Desprecio a ese hombre con cada átomo de mí ser desde que descubrí que llevaba semanas mintiéndome. Apenas me había recuperado de enterarme que estaba casado, cuando su esposa apareció en mi puerta para preguntarme si sabía adónde había ido con los ahorros de toda una vida y los fondos de su cuenta bancaria. ¿Qué sentimientos podía tener por él, excepto ira ilimitada?
Edward dio gracias a Dios por esa respuesta. Encogió los hombros para que no notase cuánto le importaba.
—Sólo se me ocurrió que no te molestaría que Royce volviese si no tuvieras sentimientos por él. Pero si dices que lo has superado...
—Está muy superado —los ojos chocolate brillaron con un calor que él no había visto desde que se besaron en la playa—. Maldita sea, Edward, si no estuvieses empeñado en arrastrar a ese traidor de nuevo a mi vida, estaría dispuesta para avanzar ahora mismo.
Edward, viendo la ironía con que alzaba la ceja, tuvo una idea muy clara de cómo «avanzaría». Empezaba a arrepentirse seriamente de haber oído el nombre de Royce, y el primer artículo ni siquiera estaba en la calle. Se preguntó por qué no podía haberse conformado con escribir sobre la disminución del turismo en South Beach. Incluso podría haber escrito una crítica detallada sobre la repostería erótica de Bella Swan.
—¿Qué te impide avanzar a pesar de todo? ¿Por qué vas a parar tu vida por un perdedor que no te interesa?
—Esto no se limita a una vieja relación. Es una amenaza para mi negocio. Todas las propietarias nos alegramos cuando dejamos atrás la publicidad negativa. No necesitamos volver a ocupar los titulares y reactivar el pasado de esta manera.
—¿Y qué me dices del bien público? ¿No te gustaría que encarcelaran a ese tipo? — Entendía que la historia fuera perjudicial para el negocio, pero había otras cosas importantes.
—Claro que sí —ella se encogió de hombros—. Pero no me gusta la idea de que nuestro hotel se hunda con él, simplemente porque fue su centro de operaciones.
—Piensa en todo el tiempo que pasaría en la cárcel. Ahora mismo está bebiendo piña colada en una playa, bronceado y feliz, mientras vosotras os matáis a trabajar para cambiar la imagen del club. No es justo.
—Eres muy idealista, Edward Cullen —negó con la cabeza, sus labios rosa profundo esbozaron una sonrisa amarga—. Me parece que no entiendes lo que me estás pidiendo. Créeme, te estoy haciendo un favor parando mi vida, porque está a punto de estallarme en la cara y no te gustaría verte mezclado en ese desastre.
—¿Por qué no dejas que decida yo? —había escrito crónicas de países destrozados por la guerra, y había ayudado a mujeres y a niños a salir de países hostiles muchas veces. Estaba seguro de poder enfrentarse a las secuelas de la antigua relación de Bella—.A no ser...
—¿Qué? —ella frunció las cejas y lo miró fijamente—. Empiezo a pensar que no entiendo tus «a no ser qué».
—A no ser que te preocupe que me convierta en otro error —no quería presionarla mientras se sintiera vulnerable. Había construido su carrera profesional basándose en el deseo de proteger a mujeres vulnerables.
Ella se sentó más recta y carraspeó.
—¿Quién dice que voy a cometer más errores? No soy la misma mujer que se dejó engañar por Royce.
—¿En serio? —Se inclinó hacia ella, dispuesto a reclamar sus labios ante la mínima señal—. ¿Significa eso que vas a dejar de preocuparte por las consecuencias y dejar que las cosas sigan su curso entre nosotros?
Aunque sólo fuera durante unas semanas; Edward no se quedaría en South Beach mucho más tiempo, pero tenía la impresión de que Bella no buscaba algo permanente. Por su parte, Edward tenía fobia a quedarse demasiado tiempo en un sitio. Había historias importantes que escribir por todo el mundo.
Se sentía un poco culpable por intentar convencerla, pero no lo suficiente como para dejar de hacerlo. No solía emplear su dominio de las palabras para conquistar a una mujer, pero Bella se salía de la norma. Necesitaba utilizar todos sus talentos.
—Bueno, es cierto que odio malgastar una semana de libertad —Bella deslizó un dedo por su pecho, deteniéndose en el primer botón de la camisa—. Pero no digas que no te lo advertí.
Luz verde. Edward la vio en sus ojos un segundo antes de que los cerrase. Oyó el adelante en el sonido ronco de su voz al advertirlo. No iba a desperdiciar la oportunidad de avanzar. Con ella.
Rodeó su mentón con una mano, enredó los dedos en su cabello y ladeó su cabeza hasta disponerla en el ángulo perfecto. Lentamente, posó su boca en la de ella, saboreando el contacto, y la besó cómo había estado deseando todo el día. Tenía un sabor dulce y complejo, como un aperitivo líquido y cálido.
Le puso las manos en la nuca y sintió el cabello castaño y fragante desparramarse sobre su brazo. Se hundió más profundamente en el beso y cerró los ojos. Sus sentidos se exacerbaron a todos los niveles. Necesitaba tomarse su tiempo, concentrarse, para poder apreciar cada segundo de la sensación de tenerla así.
Bajó las manos por sus brazos, apartándole la blusa amarilla de los hombros. La idea de ver la piel desnuda de Bella le hizo abrir los ojos. Un tirante de sujetador color amarillo limón cayó hacia un lado. La blusa descolocada exponía la parte superior de sus cremosos pechos, una pura fantasía.
Que él podía tocar, probar, descubrir aún más. La rodeó con sus brazos y la apretó contra sí.
—Bella —murmuró el nombre en su boca, sin saber cómo conseguiría ir lento con ella—. No sabes cuánto tiempo ha pasado desde la última vez.
—Ni tú cuánto para mí —se acercó aún más, aplastando los pechos medio desnudos contra su torso.
—Creo que no es igual para las mujeres —llevó la mano a los botones y fue desabrochándolos, exponiendo su piel poco a poco.
—Ese comentario es increíblemente sexista —susurró ella, desabotonándole la camisa con dedos rápidos y ágiles—. ¿Qué te hace pensar que tienes la exclusiva en acumulación de hormonas reprimidas?
—No tengo la exclusiva, pero apuesto a que no podré ser muy refinado esta noche —introdujo un dedo bajo cada tirante del sujetador y los deslizó lateralmente, mirando hipnotizado cómo la prenda bajaba y dejaba a la vista unos pezones rosados y erectos. Excitantes.
—¿Qué te parece si nos dejamos de refinamientos por esta vez y nos limitamos a descargar la tensión? —sugirió ella, acercándose y sentándose a horcajadas sobre él.
Los pechos de Bella estaban tan cerca de su boca que no supo si podría seguir pensando, y menos aún, hablar. Inspiró profundamente. Intentó no pensar en la dulce fragancia que la envolvía, y que seguramente había usado entre esos fascinantes pechos. Se lamió el labio y consiguió hablar.
—¿Estás segura?
—Estoy segura de que no soy la mujer que solía ser —dijo ella, acariciándole la nuca y mirándolo a los ojos. La rodeaba la luz tenue que parecía emanar de las altas columnas dóricas que decoraban la habitación—.Y estoy segura de que quiero seguir adelante.
Bella no sabía qué haría si a Edward le daba un ataque de nobleza. Había estado dispuesta a marcharse frustrada esa noche, consciente de que no querría involucrarse con una mujer empeñada en que dejase su artículo.
Pero ya lo había escrito, la rueda que podía descalabrar su vida ya estaba en marcha. No era culpa suya que ese hombre no tuviese el sentido común necesario para salir corriendo mientras estaba a tiempo.
Además, sus fuertes y cálidos muslos eran un asiento de lo más provocativo. Sentía la llamarada de su piel a través de los pantalones. Estar sentada sobre él casi hacía que se le fuera la cabeza.
Él le besó un pecho y deslizó las manos a su espalda para desabrocharle el sujetador. A Bella se le aceleró el corazón cuando la quitó la prenda de satén amarillo. Simplemente ver cómo la miraba habría mareado a cualquiera. Sus ojos verdes se habían oscurecido mientras la observaba y acariciaba sus pezones con los pulgares.
—Mujer, llevo todo el día imaginándote desnuda —dibujó lentos círculos alrededor de sus pechos hinchados de deseo—. Pero mi imaginación no te había hecho ninguna justicia.
Bella sabía que se ganaba la vida con las palabras pero, aun así, ronroneó internamente ante el cumplido. ¿Qué mujer no deseaba que un hombre fuera ciego a sus imperfecciones físicas? Esa mirada hambrienta la hacía sentirse bella, deliciosa. Y ansiosa de más.
—Pero aún no has visto el resto —se burló ella, poniéndose de rodillas. Deslizó la mano a la cinturilla de la falda y la bajó un poco—. ¿No quieres ver si lo demás está a la altura de tus expectativas?
Edward clavó los ojos en la zona de vientre que había dejado a la vista, encima del tanga.
—Sí, quiero verlo —gruñó roncamente, con la boca muy cerca de lo que ella estaba a punto de descubrir.
Bella, animada por la verde mirada de Edward, buscó la cremallera escondida en un lateral de la falda y la bajó. El sonido se mezcló con el de sus pesadas respiraciones, en una habitación tensa de excitación. Puso los pies en suelo y dejó que la falda cayera hasta sus tobillos. Sólo llevaba un diminuto tanga amarillo, atado a las caderas con estrechas cintas blancas.
—Más —dijo Edward, recorriéndola con la vista.
—¿Más? —ella enrolló el extremo de una cinta en el dedo; todo su cuerpo latía con la necesidad de ser visto. Apreciado, poseído—. ¿Insinúas que aún no has visto suficiente?
—Insinúo que pretendo ver mucho más antes de salir de esta habitación —agarró sus caderas y la atrajo, para situarla entre sus muslos abiertos.
A ella se le secó la boca al pensarlo y le temblaron los dedos.
—Déjame a mí —Edward apartó sus manos de los lazos, los agarró y se adelantó en el sofá, para que sus ojos estuvieran a la altura del regalo que estaba a punto destapar. Su aliento le acarició el vientre, haciendo que ella deseara sus manos, su lengua.
Tiró de las dos cintas al mismo tiempo, y ella soltó un gemido. Le temblaron las rodillas, pero Edward estaba preparado para sujetarla y abrir más sus muslos. Se hundió en el sofá y la situó para tomarla con la boca. Besarla íntimamente y...
—Edward —gimió ella, sintiendo una llamarada de calor con el primer contacto de su lengua. Enredó los dedos en su pelo, y movió las caderas buscando más placer.
Las manos de Edward sujetaban sus muslos, situándola exactamente donde él quería. Ella deseó esperar, mantenerse en ese ámbito de pura sensación un rato más, pero su cuerpo no aceptaba las órdenes de su cerebro. La provocativa tensión ya se acumulaba en su interior, y se incrementaba sin piedad con cada movimiento de esa lengua que tocaba y lamía...
Su garganta dejó escapar un grito cuando la asaltó una intensa liberación, ola tras ola de espasmos que hicieron que el mundo se tambaleara a sus pies. Se agarró a sus hombros, a sus brazos, a todo. No sentía nada aparte de una descarga eléctrica y caliente que le recorría todo el cuerpo.
Él no apartó la boca, siguió con ella, provocando hasta la última contracción de sus músculos internos, saboreándola como si fuera un plato exquisito.
—Por favor —murmuró ella cuando recuperó la voz—.Te quiero dentro de mí.
—Yo también quiero eso —Edward se puso en pie, se quitó los zapatos y se sacó la camisa, clavando las caderas contra las suyas—. Dijiste que no te importaba la falta de fineza; te advierto, mujer, que ya no la habrá.
Ella apoyó los pechos en su torso desnudo y empezó a desabrocharle el cinturón.
—Entendido. Nada de finezas —introdujo la mano en sus calzoncillos cortos y rodeó su erección con la mano—. Lo único que pido es duro y rápido.
Él emitió un gruñido ronco, más animal que humano, cuando lo soltó, Bella estaba tumbada de espaldas sobre el sofá. Parpadeó justo a tiempo de ver a Edward tirar los pantalones a un lado, con un envoltorio en la mano. Se estiró hacia ella y le dio el preservativo mientras le besaba la boca y mordisqueaba el lóbulo de su oreja.
—¿He mencionado que hace mucho que no hago esto? —le susurró al oído, mientras le acariciaba un pezón.
—Es posible que hayas dicho algo de eso —replicó ella, rasgando el envoltorio.
—¿He mencionado que esa llamada telefónica que compartimos casi me provocó un orgasmo mientras sobrevolaba el Atlántico? —bajó la cabeza hacia su pecho, rodeó el pezón con la lengua y lo succionó.
—Me parece que eso se te olvidó decirlo —dijo ella, sintiendo un cálido placer al oírlo. Situó el preservativo y lo desenrolló con un movimiento rápido y fluido—. ¿Tanto te gustó nuestra conversación?
Él se apoyó en los codos, encima de ella, y se colocó entre sus piernas. Bella lo tocó, urgiéndolo a acercarse.
—Imaginarte desnuda en la cama, tocándote y pensando en mí... —se introdujo en ella centímetro a centímetro—. Estaba loco por volver y tocarte en persona.
—Me alegra que estés aquí —arqueó la espalda y alzó las caderas para recibir más, para tenerlo entero. Todas las células de su cuerpo chisporroteaban de alegría. Rodeó su cintura con las piernas, apretándolo.
—Eso no ha sido muy inteligente —gruñó él, tensándose. Ella percibió que estaba al límite, perdiendo el control.
—Nada de finezas, ¿recuerdas? —lo apretó con los músculos internos, rodeó su cuello con los brazos y besó su boca—. Duro y rápido.
Él la besó con una fiereza que no había utilizado antes. Saboreó, mordió, devoró. Introdujo la mano entre sus cuerpos y frotó el húmedo centro de placer con los dedos.
El cuerpo de Bella tembló y se tensó, respondiendo al contacto automáticamente. La sensación empezó a atenazarla y a crecer, ayudada por las sensuales embestidas que sentía entre los muslos.
—¿Qué te parece esto? —Edward rompió el beso para susurrarle la pregunta al oído— ¿Te gusta así?
—Mmm —ella fue incapaz de contestar; todo su cuerpo estaba abierto a él, parecía controlar cada una de sus temblorosas y sensuales respuestas. Un momento después el nudo de tensión se rompió y los espasmos de sus músculos hicieron que Edward se hundiera aún más en su interior.
Posiblemente gritó. Quizá lo arañó cuando clavó los dedos en sus hombros para acercarlo, atraerlo. El grito de Edward resonó en el suelo de mármol, un sonido intemporal, como las columnas dóricas que los rodeaban en ese palacio del placer. Ella lo abrazó con fuerza, disfrutando de lo que él sentía, del fuerte latido de su corazón acompasado al suyo. Lánguida y saciada, siguió sintiendo pequeñas pulsaciones en su cuerpo, tendida en el sofá. Parpadeó al ver el fresco del techo, preguntándose qué opinaría el grupo de diosas griegas sobre lo rápidamente que se había entregado a ese hombre. Pero eran mujeres, así que seguramente entendían su atracción.
—¿Estás bien? —Edward se apoyó en un codo. Estaba de medio lado, sin duda intentando no aplastarla con su peso.
Ella sintió una oleada de cariño al ver su mirada de preocupación. No había esperado sentir esa ternura hacia un hombre al que acababa de conocer. Quizá sólo fuera una sobrecarga hormonal; una cuestión química.
—Sigo consciente, pero por muy poco.
—Suelo ser mucho más... —Edward buscó una palabra que explicase su falta de control. Normalmente podía mantener el placer durante horas. Pero hacía meses que no estaba con una mujer; y con esa chef, más erótica que su repostería... no había tenido ninguna posibilidad— tántrico con respecto al sexo. Y juro que suelo tener mucho control —pasó la mano por su cabello—. Pero no hoy.
—¿Tántrico? —ella sonrió como si le hubiera hecho un gran cumplido. Él encogió los hombros, se quitó de encima y se puso totalmente de costado, para que pudieran mirarse cara a cara en el amplio sofá.
—No suelo tener relaciones con mujeres cuando viajo al extranjero, así que el tantrismo me pareció una buena manera de controlar el impulso sexual. Me ayuda a centrarme cuando no puedo disfrutar del sexo, pero necesitaría mucha más experiencia para controlarme contigo. Sobre todo, la primera vez.
—¿Significa eso que volverás al Partenón del Placer para seducirme de nuevo? —preguntó ella, acariciándole el brazo con un dedo.
—Desde luego que sí —miró su reloj de pulsera en la penumbra—. Suponiendo que aún quieras hablar conmigo cuando salga el artículo, dentro de tres horas.
Quizá un hombre más listo no lo habría sacado a relucir cuando sus cuerpos seguían enredados y calientes después de hacer el amor. Pero no quería que el artículo, y mucho menos Royce King, se interpusiera entre ellos.
—Al diablo con el artículo —murmuró ella, metiendo la cabeza en el hueco de su brazo—. Espero que no te ofenda, pero no puedo pasarme la vida preocupándome por lo que podría pasar.
—¿Se te ha ocurrido que quizá no tendrías que perder el tiempo preocupándote si te enfrentases a la situación cara a cara? —Edward puso la mano bajo su barbilla y la alzó para mirarla.
Bella parpadeó rápidamente y se quedó en silencio. Él no estaba seguro de si la había irritado.
—Cuando hablábamos antes, se me ocurrió que estabas igual de preocupada por lo que pensasen tus amigas que por la reaparición de Royce. Tus amigas deberían ser un apoyo, no una fuente de problemas —quizá no lo entendía porque era un ser solitario, pero no debería considerar amigas a gente como ésa—. ¿Y si...?
—¿Quién te ha pedido tu opinión? —Bella lo miró con ojos abrasadores—. Hay mucho más en juego que la amistad. También soy socia de las mujeres a las que este hombre hirió en el pasado. Es una relación amistosa, pero también profesional. No puedo permitirme estropearla.
—Que haya tanto en juego, ¿no justifica aún más que aclaréis esto? —Edward no quería hacerle daño con su artículo, pero opinaba que debía protegerse de la caída poniendo las cartas sobre la mesa con sus socias.
—Francamente, no —ella recogió la ropa del suelo y empezó a vestirse, con el cuerpo tenso—. Me siento culpable por ser la gota que rompió el matrimonio de Rosalie; pero por mucho que me digo que no debería haberme dejado engañar, no tuve forma de evitarlo. Si un hombre miente sobre su estado matrimonial, ¿por qué es responsabilidad de la mujer descubrirlo? Estoy cansada de andar de puntillas alrededor de mi socias, en deferencia al corazón dolido de Rosalie —se puso la blusa y la falda rápidamente, como si le fuera la vida en ello—. A mí también me rompió el corazón.
Edward maldijo internamente. No sólo la había enfadado, además le había recordado el dolor que le había provocado otro hombre. Una estrategia poco brillante.
—Espera —se puso en pie y la agarró mientras ella recolocaba los módulos de la zona de estar—. Espera un minuto.
—¿Cómo sé si estás siendo sincero conmigo? —dejó de mover muebles, pero su cuerpo seguía vibrando con emociones que él ni siquiera entendía—. ¿También sería culpa mía haberme acostado contigo, si resultase que estás casado?
Él, casado. La idea casi le provocó un sarpullido a Edward. Los matrimonios de su madre lo habían desencantado por completo con la institución, y su compromiso de recorrer el mundo buscando historias era garantía de que no estaba hecho para la vida familiar.
¿Qué había ocurrido con los masajes corporales después de hacer el amor? Deberían estar preparándose para la segunda ronda, en vez de estar discutiendo. Tenía que aprender a mantener la boca cerrada.
—Tienes razón, es asunto tuyo, no mío —aunque le encantaba solucionar los problemas de los demás, no siempre tenía las respuestas correctas. Pero odiaba verla disgustada—. No debería hacer sugerencias sin contar con todos los datos.
Tuvo la impresión de que sus hombros se destensaban un poco al verla apoyar la cadera en un módulo de sofá.
—La verdad es que no suelo tomarme bien los consejos, porque tengo cuatro hermanos que me los dan continuamente —sonrió débilmente—. Perdona.
Él sintió un gran alivio y tuvo la esperanza de darle la vuelta a la noche. Seguía queriendo ver la cama que ella ocupaba cuando habían hablado por teléfono.
—¿Significa eso que te quedarás un rato más?
—Debería volver abajo —se mordió el labio y negó con la cabeza—.Tengo que hacer algunas cosas antes de cerrar la cocina por esta noche.
No lo dijo, pero también necesitaba poner distancia entre ellos; él captó el mensaje claramente.
Se vistió y le dio un beso de buenas noches a Bella, recordándose que, dado que no pasaría demasiado tiempo en South Beach, era buena idea no intimar demasiado.
A pesar de todo, mientras salía del Partenón del Placer, Edward ya estaba maquinando cómo convencerla para volver allí.
OMG, que como se les quedo el cuerpo¿?ay oma que rico… jejejeje. Nos leemos guapas… besotes.
