¡¡Hola!! Pues aquí traigo otra viñeta que acabo de terminar... corresponde con la frase del 18/7... ya he escrito las del 26/7 y 28/7 (27/7 aún no, jeje, ¡son muchas las posibilidades!) pero tendréis que esperar. R&R se agradecen, sobre todo reviews. Pinchad al GO! tanto si os ha gustado como si no, cada review me ayuda a mejorar. Espero que os guste.
No podía creer que hubiera aceptado. Tal vez fuera por mi horrible sentimiento de culpabilidad, o tal vez porque apenas nos quedaba una semana juntos hasta... hasta el día que ambos temíamos. No sabía si él temía el día más que yo, pero al menos su terror era parecido. El caso, allí estaba, en el estadio de Seattle. ¿Haciendo qué? Viendo un partido de béisbol. Oh, sí. Un partido de béisbol en Seattle y, por si fuera poco, con mi padre. Y claro, aquel evento familiar excluía claramente a Edward.
-¿Quieres palomitas, Bells?- me preguntó Charlie cuando consiguió llamar la atención de uno de las docenas de vendedores ambulantes que paseaban por las gradas.
-No, gracias.- me negué, sin apartar la mirada del campo, como si estuviera interesada pero, en realidad, miraba al vacío.
-¿Un perrito caliente, tal vez? ¿Pizza? ¿Un sandwich?- continuó.
Volví mi mirada hacia él e inmediatamente me ablandé. Puede que fuera de las últimas veces que estuviera con él a solas, era su tarde. Debía dedicársela al cien por cien.
-Una Coca-Cola.- le contesté, con una sonrisa que pretendía ser alegre.
Charlie me sonrió y vi como las arrugas se formaban alrededor de sus labios y en sus mejillas. La noticia de la boda parecía haberle envejecido diez años... pobre Charlie. Renée se lo había tomado con toda la tranquilidad que se podía esperar de ella. Pero él me había dejado de hablar, le había sentado fatal. Llevaba ¿qué? ¿Dos años con él? Y ahora me casaba... no solo me iba a Alaska a la universidad, si no que me casaba. Todas esas 'emociones' eran superiores a sus fuertes. Cada vez que le miraba no podía evitar pensar que apenas era un poco más joven que Harry Clearwater... pobre Charlie. Sorbí mi Coca-Cola ruidosamente hasta que me di cuenta de que sabía raro.
-¿Es light?- le pregunté a Charlie señalando la Coca-Cola.
-No...- dudó, poco a poco comenzó a enrojecer.- Debería haberlo sido, ¿no?- se dio cuenta.
-No, no.- negué, algo distraída.
Pobre Charlie, me conocía tan poco y se daba cuenta tanto. Aunque en verdad había acertado con la Coca-Cola normal, las light no me gustaban... eran casi iguales, costaban más, engordaban lo mismo y sabían peor. Pronto averigüé lo que daba un sabor extraño a la Coca-Cola, el vendedor la había echado un chorrito de zumo de limón. Suspiré y dejé la Coca-Cola a un lado. Charlie me observó, aprensivo.
-¿Seguro que no quieres nada más?- se preocupó.
-No, gracias, papá.- respondí buscando a mi alrededor una papelera o un basurero.
-Allí hay uno.- señaló Charlie, adivinando mis pensamientos y indicando un basurero.- Yo iré.- me dijo.
Cogió mi Coca-Cola casi llena y los envoltorios de sus dos perritos calientes y su cerveza y cargó con ellos hacia aquel basurero. Aproveché para sacar mi teléfono móvil del bolso y comprobar los mensajes. Tenía dieciocho de Alice, uno de Rosalie y dos de Edward. Decidí empezar por los de Edward. En el primero me preguntaba por cómo iba con Charlie. '¡Cómo si no lo supiera!' reí mientras me ponía a leer el segundo. En el segundo me decía que me quería... y que me echaba de menos. Le contesté sonriendo en mi fuero interno, ¡yo también le echaba de menos, y nos habíamos visto aquella mañana! El mensaje de Rose me decía que Alice se había vuelto más loca aún (¡si era posible!) y que había tenido una visión en la que preveía (o sea, que veía) problemas con el florista. Eso me llevo a los dieciocho mensajes de Alice. El primero me explicaba los problemas con el florista que había visto en un tono bastante neurótico, en el segundo me pedía la opinión de unas sillas de las cuales mandaba la foto en el tercer mensaje, en el cuarto me preguntaba si el pastel de bodas sería mejor de relleno de nata o vainilla... y así hasta los dieciocho. Desesperada, comencé a contestar todos los mensajes preguntándome porque Alice, además de estresarse a sí misma, nos tenía que estresar de paso a Rosalie, a mí y, probablemente, a Jasper. Concentrada en ver una foto de sujeta-servilletas en la diminuta pantalla de mi móvil, no me di cuenta de que Charlie volvía y esbozaba una sonrisa comprensiva al ver que el mensaje era de Alice y, la foto, de la boda.
-Bells,- me llamó en un determinado momento.- estamos a punto de batear.- me avisó.
Y entonces, al fin, aparté la mirada del móvil y me di cuenta de que era el último minuto del partido.
-¡Oh, papá, lo siento! Me he perdido la última entrada.- me disculpé.
-No pasa nada, Bells.- me tranquilizó.
Clavé la mirada, al igual que él, en la pelota en aquel último minuto. Diría que no pasaba nada, pero sabía que sí pasaba. Me sentía terriblemente culpable. Me había pasado las últimas tres entradas enfurruñada por culpa de Alice y sin dejar de mirar el móvil. El partido terminó con el equipo de Charlie ganando por los pelos.
-Un fantástico partido, ¿no crees, Bells?- sonrió Charlie cuando salimos del campo.
-Así es.- coincidí, esbozando una sonrisa que recé porque fuera de felicidad.
