III. EL SILENCIO DE LOS ENEMIGOS (PARTE 2)

Lexa oyó una voz que le llamaba, una voz dulce y corrosiva, demasiado alegre últimamente. Sabía que no podía rehuir de ella mucho más, así que cerró los ojos y sintió cómo su cuerpo abandonaba su cómodo sofá para ser sustituido por un asiento de piedra fría, helada, y su tranquilidad en el silencio más absoluto se veía rota cuando las voces que retumbaban en el Inframundo no hacían otra cosa más que sufrir.

Al abrir los ojos se encontró con una hermosa mujer vestida de rojo, un llamativo vestido que se adhería a sus caderas como si de una segunda piel se tratase, y que haría enmudecer incluso al más obtuso de los mortales. Su larga cabellera negra la llevaba pulcramente recogida en una coleta alta, y su porte alto y con aires de superioridad engrandecía su enorme belleza. Sus ojos castaños brillaban de pura alegría, sus labios poco a poco se iban curvando en una sonrisa afectuosa pero cargada de la ponzoña más peligrosa. Lucifer se sentó a su lado, abrazándola como si de una hija pródiga se tratase.

-Oh, mi querida Lexa, te he echado de menos – su voz correosa, cargada de orgullo y pedantería, corroía sus oídos de una manera casi insoportable-. ¿Por qué no venías a verme? Cada día que he recibido tus preciosos obsequios y no me has regalado el placer de tu presencia… ¿es que ya no me quieres?

Cierto. Había sacrificado mucho cuando se convirtió en la favorita de Lucifer. Múltiples de amantes del Inframundo, Lucifer los fue alejando de ella hasta que quedó aislada de todos, aunque el género masculino jamás le llamase la atención, ellos la deseaban. Y fue un privilegio, al principio. Poder retozar en los aposentos privados del otrora ángel favorito de Dios, en la tan deseada intimidad que no existía en aquel mundo. Lucifer era exquisita, y cualquier otro desearía estar en su lugar, pero Lexa no lo permitió. Hizo todo lo que estaba en su mano para seguir siendo su favorita, que cuidase de ella y todos la respetaran por ser la amante de quien era.

Pero ya no era suficiente, incluso le parecía repulsivo. Antes, cada vez que conseguía un alma pura, era gratamente recompensada. Pero ya no era suficiente. Lucifer había pasado a un segundo plano, uno donde nada importaba, en el que hacía su trabajo de manera altruista, sin esperar nada a cambio. Pero la mujer de rojo la requería, tenía necesidad de ella, al parecer. Sus manos no pararon quieta desde que llegó al Inframundo, y su cercanía no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, Lexa no estaba por la labor. Cruzada de brazos y piernas, rehuía los deseos de Lucifer sobre su cuerpo.

-¿Es que ya no me deseas? ¿Has saciado tu necesidad de mí? –inquirió, con el ceño levemente fruncido.

Cualquier humano hubiera caído rendido a sus pies, pero Lexa no era una mortal. Nunca lo había sido.

-¿Por qué conformarte únicamente conmigo, mi señora? Tienes a cientos, incluso miles de esbirros que desean yacer contigo, ¿por qué no escoger entre ellos, colmados de deseo? Ellos pueden darte algo que yo no, la inexperiencia y el nerviosismo de la primera vez; te dejarán hacer lo que sea, sólo para complacerte en todos los sentidos – Lexa intentaba sonar lo más convincente posible, orgullosa e incluso cargada de deseo, como si el tener que dejar de verla fuese una gran pérdida para ella-. ¿No te excita eso, querida?

La mujer de rojo se dejó caer en el asiento de piedra, alejándose de Lexa. ¿Y si tenía razón? Abrió las cortinas que la protegían de miradas indiscretas, y un gran número de esbirros se giraron para admirarla con una adoración casi enfermiza, con el deseo ferviente brillando en sus ojos. Escoger a un nuevo amante no era algo que le entusiasmara, muchos podían ser torpes y seguro que no tenían ni idea de dónde tocar para complacerla, al contrario que Lexa. Después de tantos años compartiendo lecho, la chica de ojos verdes había aprendido con exactitud qué debía hacer para hacerla gemir y que el Inframundo temblase a causa de ello.

Pero también podía cansarse.

-Tienes razón –asintió, acariciando su mejilla con dos dedos-. Pero no dejarás de verme, ¿verdad? No me hagas echarte de menos.

-Estaré aquí siempre que me necesites, mi señora -. Lexa se arrodilló, permaneciendo unos segundos con la rodilla clavada en el suelo, hasta que Lucifer le permitió girarse y salir de sus aposentos.

Era libre, por fin. Al menos, durante un tiempo indefinido. Quien sabe que si para siempre.


Lo único que le quedaba eran sus cazas nocturnas. Pasar las noches en vela de discoteca en discoteca, en busca de alguna chica lo suficientemente tonta como para morder el anzuelo y poder arrancarle su alma.

Murphy no le acompañaba en aquella ocasión, y estaba gratamente agradecida. El chico podía ser bastante pesado cuando se lo proponía, cometer errores de principiante y ella era la única con la confianza suficiente como para poder hacer con él lo que quisiera. Pero no esa noche.

Además, necesitaba pensar.

Durante el último mes había cazado más almas que en los seis meses anteriores, salía de caza casi cada noche y rara era la vez que no conseguía un delicioso premio para su señora del Inframundo. Coquetear con esas chicas sin rostro le resultaba placentero, y cuando ya tenía sus almas en sus manos, las desperdiciaba como si no fuesen más que basura. En el fondo, no eran más que basura.

O eso pensaba en un principio. Porque últimamente sentía cómo una parte de ella moría cada vez que terminaba un trabajo.

Unos ojos azules como el cielo y una cabellera rubia le atormentaban cada amanecer. Sentía cómo su corazón sufría, se hacía pedazos y se recomponía una y otra vez, cada día, como si fuese la heredera del castigo divino de Prometeo por su regalo a los mortales.

Atormentar… ésa era una palabra demasiado insulsa para describir lo que Clarke le hacía sentir. Cuando estaba con ella se sentía… libre, como si sólo fuese una simple mortal más cuya única preocupación era acabar la universidad y encontrar un trabajo que cumpliera sus expectativas. Con Clarke entre sus brazos, al abrigo del silencio y del frío que sólo la azotea podía proporcionarles, todo lo demás desaparecía, incluso el mundo. Sólo estaban ellas dos, y no había nada más que le importase. Sólo mantenerla caliente y que no se diera cuenta del loco pálpito de su corazón contra su pecho, golpeando su espalda con una fuerza sobrehumana.

-¿Saldrás esta noche a cazar chicas, Lexa? – siempre le había gustado la voz de Murphy, pero en aquel instante, deseó tener a mano uno de sus cuchillos para rajarle la garganta y no tener que volver a escucharle-. Oh, supongo que sí. Si es que cierta rubia deja de llenarte la cabeza de paja.

-Cállate, Murphy – sentenció, levantándose del sofá y dejando al muchacho completamente solo-. Sal tú a cazar. Lucifer parece estar contenta de tenerte en la cama, ¿por qué no le satisfaces con almas tan puras como nuestro mismísimo enemigo?

Murphy se dejó caer en el sofá donde segundos antes había estado Lexa. Tumbándose a lo largo, con esa sonrisa cretina, cruzó los brazos tras la cabeza. Parecía uno de esos patricios romanos que tanto había visto en las películas antiguas que echaban en canales de poca monta, rodeado de una superioridad invisible que le hacían parecer invencible.

Pero él no lo era, a pesar de su propia creencia. Nunca había visto a Lexa enfadada, nunca había sido testigo de todo su poder. Y las criaturas como ellos, oscuras y podridas por dentro, podían llegar a ser realmente poderosas si se les animaba a ello.

Y precisamente, eso fue lo que hizo él.

-Porque ese es tu deber. ¿O es que ya te has beneficiado la pureza de Clarke, pero eres tan egoísta que te la guardas para ti misma? Eso no es lo que nosot…

La rabia que sintió en aquel instante fue incontrolable. Una mezcla de odio, desprecio y aversión hacia su propia raza, hizo que cruzara el salón en apenas unos pasos, lanzándose sobre Murphy con las manos alrededor de su cuello, cerrándose con fuerza y ahogándole poco a poco. Murphy rápidamente se tiñó de rojo, su cuerpo temblaba y sus brazos luchaban contra aquel ser que durante años había sido su compañera de juegos. Pero nunca la había visto así, demostrando aquella fuerza sin esfuerzo alguno, en completa calma. ¿Cómo era posible?

-Clarke es intocable, ¿de acuerdo? Repítelo – le ordenó. Pero en cuanto sus manos dejaron libre el cuello del muchacho, éste le escupió, comenzando a reírse como un verdadero demente-. Repítelo. ¡Repítelo!

Cuando sintió que sus pulmones descargaban las últimas gotas de oxígeno, fue cuando se rindió. Dejó caer los brazos, y esta vez no presentó batalla. Ahora luchaba por volver a llenar sus pulmones de oxígeno, sintiendo su garganta completamente adolorida.

-Repítelo. En voz alta, quiero oírte – su orden no daba margen de burla.

-Clarke… es… intoc…able – repitió a duras penas, con ambas manos en su cuello, como si aquel gesto pudiera aliviar su dolor.

Por suerte había llegado el invierno, y Murphy podría esconder sus vergüenzas en la facultad. Tal ataque de ira había hecho que su cuello se inflamase, dejándole ronco durante semanas, y unos preciosos moratones que adornarían su piel durante casi un mes.

Clarke era suya, y nadie de su asquerosa especie se acercaría a ella. Había marcado a la rubia el primer día de clase, Murphy era consciente de ello y había pagado su impertinencia. Con el resto no sería tan blanda.


Destruirla. Eso era lo que tenía (debía) hacer con Clarke Griffin. Era su naturaleza, ¿no? Su interior le gritaba que la matase, que le arrancase el corazón mientras aún sintiera algo para que fuese consciente del dolor, y luego le llevaría el tan preciado premio a la señora del Inframundo.

Debía. Debía. No paraba de repetírselo una y otra vez, como si aquella retahíla de deberes tuvieran el poder suficiente como para convencerla. Pero conforme pasaba el tiempo y el frío invierno fue dejando paso a una espléndida y colorida primavera, cada vez tenía menos poder sobre sí misma.

Las ansias de querer matarla y obedecer a Lucifer eran un recuerdo olvidado en su memoria, una espinita clavada en su piel que le hacía daño, pero que no le impedía disfrutar de la vida. Mas el dolor seguía ahí, sobre todo, cuando la calidez propia de la naturaleza de Clarke desaparecía con ella, cuando eran obligadas a separarse y fingir que no se conocían.

Lexa no sabía qué hacer. Tenía en sus manos una petaca de metal con su nombre grabado en ella, siempre le habían gustado las cosas personalizadas, rellena de su whisky favorito. El sabor dulzón aliviaba su dolor y le permitía no pensar, y cuando el oscuro líquido le bajaba por la garganta, haciéndola arder, perdía incluso la noción de su propia existencia. Sobre todo, si lo que bajaba por el esófago eran las últimas gotas de tan preciada bebida.

Cada vez le resultaba más complicado dejar de pensar en su cabellera rubia y sus ojos azules, en su sonrisa de niña y sus mejillas sonrosadas cada vez que sus labios se rozaban por caprichos del destino o cuando era incapaz de controlar su boca y de ésta salían palabras demasiado inapropiadas para alguien que, cada día, era menos desconocido.

Pero que, por desgracia, no era alguien apto para ella.

No podía arrastrar a Clarke a una vida de sufrimiento y servidumbre.

-Te dije que dejaras a Clarke en paz, bestia inmunda – oh, aquella voz. Bellamy estaba a veinte metros de ella, con una camiseta oscura de manga corta y encima un chaleco sin mangas acolchado-. ¿Es que acaso no oyes lo que te dicen o es que eres tan masoquista que disfrutas con las palizas que te mereces?

Lexa se levantó del suelo despacio, guardando con parsimonia y burla la petaca en uno de los bolsillos de su chaqueta. Si Bellamy Blake podía hacerse el chulito mostrando músculos machacados en el gimnasio cutre de la esquina, ella no iba a ser menos. Se quitó la chaqueta para acercarse al muchacho, el cual se mantenía inmóvil y tenso, podía sentirlo por los mínimos temblores de sus brazos y el repiqueteo de su collar contra su pecho. Tum-tum, tum-tum, tum-tum… Estaba nervioso.

-Los demonios somos masoquistas, Blake. Parece que alguien ha estado faltando a sus clases de machito guardián de la humanidad, ¿no? – Lexa pasó por su lado, estudiando sutilmente su anatomía. Nada que no pudiera vencer-. Creo que se da en el primer año. ¿Qué diría tu padre si te viera? Qué desperdicio de poder, tanto músculo para tan poco cereb…

Pero Bellamy no la dejó terminar. En un rápido movimiento se agachó y la cogió por la cintura, levantándola sobre su cabeza y estampando su cuerpo contra el suelo. Todo el parque vibró con el impacto, incluso algunas alarmas de coches cercanos saltaron debido a la fuerza del golpe.

-No hables así de mi padre, Woods.

-Claro que puedo. Yo fui quien lo mató, ¿recuerdas?

Quería hacerle rabiar, quería que ese niñato engreído sufriera el mismo destino que su padre. Los dos eran fuertes, rápidos y ágiles, Lexa había tenido el placer de luchar contra los dos, y en más de una ocasión, estuvo a punto de perecer debido a las cualidades de ambos. Mas había algo que los convertía en seres casi idénticos, y esa era la fascinación por el querer demostrar su valía y su poder. Disfrutar celebrando la victoria cuando aún sólo la estás rozando. Y así fue cómo Alistair Blake cometió su último error, y el más caro.

Lexa le arrancó el corazón cuando estaba prácticamente a su merced. Ese día, el cielo perdió un enorme guerrero y el infierno ganó un inmenso poder. Y gracias a eso, se convirtió en la favorita de Lucifer.

-Voy a devolverte a donde perteneces – rebatió Bellamy, quien ya había desplegado sus alas borrando su existencia del mundo.

La sonrisa socarrona de Lexa servía cómo respuesta. Su tregua parecía estar rota, al menos por esa noche.