Capítulo 5

En otra ocasión, Hans habría tomado con ambas manos la oportunidad de hablar superficialmente de lo que consistían sus negocios, máxime si tenía que impresionar a la persona en cuestión para ganársela; pero en esa especie de charla de sobremesa no le apetecía. Sabía la intención de Elsa de hacerlo hablar de sí mismo, en lugar de dirigir el tema hacia ella o lo que pudiera incomodarla.

Se debatía, de momento, entre respetarlo o no. En el caso contrario, él apreciaría que ella lo hiciera, solo que no se sentía tan generoso cuando quería saber sobre sus actividades en el tiempo que no se vieron, antes de su encuentro ocho semanas atrás, y después de él. En especial de este último, para ponderar si apareció varias veces en su mente como fue en su caso.

Aunque indagar sobre Elsa sería poner de manifiesto que, además de la mutua y obvia atracción física, Hans se interesaba en ella un poco más de lo que le habría gustado… y pensado que haría.

No era influjo de una porquería como el enamoramiento, pero sus pensamientos no eran indiferentes a ella, lo suficiente para tenerlo en cuenta y frenar sus acciones —en el fondo de su cabeza, una voz de advertencia le dijo que se adelantó en un bote tanto para sorprenderle como para verle antes.

Al final, sin decidirse aún, su monopolización de la charla concluyó con un cierre preciso de su interés no muy marcado por el petróleo y su inteligente modo de invertir en él sin hacerle competencia al Rockefeller que parecía llorar oro negro.

—Parece que tienes capacidad de pensar en diversos negocios. Dominas más de un campo sin parecer agotado —comentó ella al término de su oración.

En realidad, su mente trabajaba de una forma enérgica, muchas veces más acelerada que su personal, por ello trabajaba así. Tenía fallas, por supuesto, compensadas por sus múltiples ganancias.

Alimentado por ese pensamiento, sonrió de lado, perverso. —Claro que sí, pero… ¿tal vez estás preocupada porque el cansancio me impedirá colaborar en lo que necesitas de mí?

La calma que se había instalado mientras él hablaba de sus empresas adquirió un soplo de aire que los envolvió lentamente, como si fueran unas ramitas que frotaban para prender, y en medio del humo aparecía la pequeña flama del fuego.

El cuerpo de ella no se tensó ni cambió, fueron sus ojos en los que notó que ella entendió a qué hacía referencia, esa parte importante del matrimonio que convenía a sus propios intereses.

Hans no fantaseaba con la idea de iniciar a una virgen, pero con ella podría gustarle, por lo que la atracción dejaba ver. Ya había algo que explotar en su relación, a diferencia de numerosos matrimonios de aristócratas donde la mujer sentía nula pasión por el marido y eso se hacía presente en el lecho, orillándoles a buscar satisfacción en otras partes.

Miró atentamente a su futura esposa; ella, por el sutil modo en que sus orbes cerúleos se movían incómodos, no encontraba una réplica aguda. Su inocencia le valía a él para sumarse un punto en su competencia por dominar, y solo por eso no persistiría demasiado en el tema.

Sin embargo, Elsa no permanecería ingenua mucho tiempo.

Todavía sonriente, se inclinó a la mesa y apoyó sus brazos cruzados en ella, acercándose un poco a la rubia, tratando de inspirar para obtener de su olor particular y así animar pensamientos lascivos en privacidad.

La reina, ante ese gesto de Hans, cuadró más sus hombros y permaneció en su sitio, luchando contra el impulso de su cuerpo de moverse hacia adelante y responder a un llamado extraño, y contra una pequeña voz en su mente a apartarse del peligro.

No era tonta para desconocer su insinuación, que traía a la vida esa tensión similar a la de su despacho, la cual no se había hecho presente con Kristoff ni con su banal charla, donde cada uno se concentraba en sus alimentos y las palabras.

Quizá porque se trataba de algo específicamente corporal.

Y era lo mismo que le impedía razonar una respuesta adecuada para esa pregunta insolente y provocativa. Podía decir muchas cosas, pero ninguna estaría al nivel ni se acercaría a la verdad.

La apretada agenda de Hans no le importaba en cuanto a su cansancio, sino en el papel de ella ahí. Él podía dar mucho tiempo a sus negocios y no querer dedicar lo suficiente al tema de hacer los hijos. En el continente americano sería de día durante las horas de la noche de Arendelle, a las que correspondían los asuntos de cama.

Un telegrama tomaba su tiempo en llegar, sí, aunque él podía excusarse de la cama y no acudir al lecho.

Elsa apretó levemente los dientes por la forma en que podrían ser interpretados sus pensamientos si alguien más los conocía. Ella pensaba así por el asunto de hacer un bebé, que podía tomar una vez, lo sabía… no porque estuviese ansiosa de compartir cama con él.

Al menos nadie sabrá qué pienso, se tranquilizó por dentro.

—Lo he tratado de analizar con detenimiento y no concibo por qué crees que tendríamos que discutir el tema, lo siento —mintió como si hablara del clima.

Para su molestia, él soltó una carcajada que no hizo bien en su estómago, aunque sí para aligerar la pesadez del ambiente.

—Mis disculpas —repuso él con petulancia—, tendremos que discutir el tema hasta que estemos un poco en igualdad de condiciones.

Se sintió sinceramente anonadada acerca de ello; por supervivencia, se obligó a refrenar su curiosidad al tener una escapatoria y asintió de un modo dócil.

Los ojos de Hans brillaron de una forma intimidante antes de que se incorporara en su asiento.

—Vamos a mi sitio de trabajo —dijo él, dando la apariencia de que era el dueño de la casa, mandando en lugar de pidiendo o esperando indicación.

—Te mostraré el espacio que destiné para tu estudio —respondió alzando la barbilla en muda advertencia. —Solo yo tengo las llaves.

Antes de poder moverse, él se puso en pie y se colocó detrás de ella para apartarle la silla. No lo vio, mas sintió que sus manos estaban en la parte superior del respaldo, muy cerca de sus omóplatos, a los que irradiaba un poco de su calor.

Con aparente indiferencia, empujó su silla hacia él y se levantó, colocando la tela de su regazo en la mesa y apaciguando el aire enrarecido. Sosegadamente precedió el camino a la puerta, que se abrió cuando estaba a unos pasos de distancia, casi haciéndola brincar para no ser golpeada.

Anna y Olaf, con aspecto entusiasta, aparecieron allí.

La tensión del momento anterior debió dejar rastro en su garganta, porque sintió un nudo al ver la sonrisa en la cara de su hermana.

—¡Regalos! —gritó Olaf animado, alzando sus brazos. —¡Han llegado!

Instintivamente ladeó el rostro hacia Hans, por si tenía relación con él, pero al hacerlo recordó que Anna había mandado indicación de enviar los regalos de boda a la flota anclada en el puerto de las Islas, que los transportaría para ese día.

—¿Te interesa verlos ahora? —invitó, disimulando su movimiento.

Él se encogió de hombros.

Deseó que le hubiese dicho que no, ya que su entusiasmo con la boda distaba de ser el de Anna y Olaf.

—Vamos al salón del trono.

Olaf corrió mientras ellos tres se dirigieron a paso lento, llegando cuando su amiguito caminaba entre los regalos acomodados en el suelo, recuerdos amargos del futuro enlace.

—¡Qué emoción! —exclamó Olaf aplaudiendo y dando vueltas. —¡Es como Navidad! ¡Son taaaantos!

Escuchó reír suavemente a Anna, haciéndola mirarle de soslayo.

Olaf escogió ese momento para lanzar una exclamación sorprendida. —¡Un gatito!

—¿Cómo? —pronunció Hans, robándose las palabras de su boca.

Ella oteó hasta encontrar a Olaf cerca del trono, mirando al interior de una caja blanca. En pocos segundos le vio extraer una pequeña bolita completamente negra, que al moverse dio forma a una cabeza, patas y cola con ligeros copos de nieve.

Al ver aquello, sus pies avanzaron por cuenta propia, deteniéndose cuando unos ojos color ámbar se enfocaron en ella, atravesándole el corazón.

Olaf le tendió el minino y al tenerlo en brazos sintió que el amor crecía en su pecho, dando paso a un instinto descomunal de protección a la pequeña criatura. Le acarició sumida en un trance, complaciéndose en sus bajos maullidos.

—¿Quién regala un gatito por una boda? —preguntó Anna tras unos momentos.

Elsa se permitió pensarlo, y entre sus conclusiones resaltó que había quienes creían que los gatos hacían mal a las mujeres encintas.

Acercó el gatito a su rostro y tragó saliva mientras él le cubría, porque la emoción de su pequeño le sensibilizó al hecho de que era rechazada.

Recuperó el temple y miró a su hermana, esperando que no mencionaran su pérdida de circunspección al ver al animalillo.

—En algunas culturas creen que acompañan a las brujas —comentó irónica, elevando la comisura de su boca.

No le dejaría saber el otro motivo.

Su hermana arrugó el ceño, mientras que su prometido se cruzó de brazos y miró al minino cómodo en sus brazos.

—También piensan que son animales del demonio —señaló él con tono de desagrado. —No obstante, en Reino Unido creen que son de buena suerte.

—¿De verdad? Debe ser de allí —dijo su hermana con una sonrisa, eludiendo la dudosa fuente de información.

Ella pretendió lo mismo, aceptando que el pelirrojo le apaciguara los sentimientos negativos. Durante un segundo, imaginó que por esa razón le recordó el pensamiento inglés.

Para disimular, amplió su sonrisa ladina y rascó el espacio entre las orejas del gatito. —Es bastante indirecto tu papel, bonito.

—Más bien feo —farfulló Hans, cruzado de brazos junto a ella. —Para ser sincero, parece que la persona te admira y me odia, envió la mascota que menos me agrada. Apuesto que fue uno de mis hermanos. Además, confía que estés cerca de un ser vivo, por horrible que éste sea.

—A mí me gusta —defendió amenazándole con la mirada, que él sostuvo, pese a callar.

Le daba igual quién les entregó el gato, ya lo amaba… y hasta le hacía ver con menos irritación la boda.

—Ustedes se parecen un poco —musitó Anna, que carraspeó al tener sus ojos sobre ella. —Hans y tú, no el gato.

Él resopló, como ella quiso hacer.

—Les daré el gusto. Te llamarás Skygge, serás mi sombra —sentenció haciendo caso omiso de las palabras de su hermana.

Hans hizo un sonido extraño con su boca. —Sería más pertinente llamarle Lucifer.

—Si Gerda no se escandalizara —lamentó siguiéndole el juego, en tono neutro.

Él puso sus ojos en blanco. —Da igual, iré a supervisar mi flota —manifestó y puso rumbo a la puerta. —No creo que mi presencia sea necesaria aquí.

Ella achicó los ojos observándole hasta que salió, preguntándose si imaginó un tono celoso en sus palabras.

—¡Tengo que decirle a Kristoff y Sven que hay un nuevo miembro en la familia! ¡No abran todos los regalos sin mí! —exclamó Olaf dirigiéndose también hacia la puerta.

Suspirando, ella se encaminó al trono y se sentó en él, colocando a Skygge en su regazo. Mientras tanto, Anna paseó en el salón en silencio.

—¿El día de mi coronación le dijiste a Hans de los pasajes? —cuestionó atenta a su gato ronroneante.

—No. —Anna sonó sorprendida. —¿Por qué?

—Me lo pareció por un comentario suyo —explicó sin detallar.

—Elsa… —Anna suspiró—. No podrás pasar todo tu matrimonio sospechando de cada cosa y no poniendo un poco de ti.

Que le pusiera a prueba, podría intentarlo si quería.

—Lo estuve pensando, quizá a él le gustas. Por eso aceptó casarse contigo siendo tan rico.

Elsa rodó los ojos para sí misma, su hermana era demasiado inocente.

—Puedes gustarle… No todos los hombres te rechazan, eres hermosa.

—No tiene sentido hablar de ello. ¿Por qué me importaría gustarles? —replicó ecuánime.

Anna refunfuñó algo que no alcanzó a escuchar, concluyendo así su conversación.

Y ella se prohibió pensar en nada más que su gatito.

{…}

La supervisión de la flota fue una simple excusa, si bien Hans no iba a ponerlo en palabras. Él quería aire para liberar su cabeza de pensamientos de naturaleza estúpida, perturbadores de su existencia.

En el salón se había sentido incapaz de respirar por más de un motivo —y algo de la sensación permanecía—. Esos pocos minutos fueron suficientes para mover una minúscula parte de su ser al grado de desconocerse, y todo por un gato que haría desaparecer si Elsa no le mataba intentándolo.

Pasó una mano a su rostro para quitarse una invisible máscara presionando su cara. Quizá así borraría de su cabeza la expresión incomparable en Elsa cuando tuvo al gato en sus manos.

Una sonrisa sin igual había aparecido en su rostro, embelleciéndola aún más. Era tan hermosa sonriendo que se había sentido atrapado en aquella visión, como el que cree ver un fantasma frente a sus ojos y estaba atrapado en el estupor.

Nunca había presenciado esa sonrisa en el tiempo que conocía a la reina. Estaba seguro que, si lo hubiese hecho años atrás, habría hecho lo imposible por hacerla suya, pues se habría sentido triunfador con una mujer así de hermosa perteneciéndole. De muchas féminas que había visto en su vida, ninguna se le comparaba.

Los hombres que la rechazaron no merecían serlo si se habían negado la oportunidad de tener a su propia Freyja.

De cualquier modo, era inaudito el modo en que consiguió contemplar su rostro y esa sonrisa.

Lo cuales, para colmo de males, no habían sido para él, ni por él. En menos de cinco segundos un gato lo había derrotado. No solo había hecho que ella perdiera la compostura para acariciarlo, sino que fue receptor de su expresión de alegría.

Él, que había tomado como reto personal hacerle cambiar el semblante, fue vencido por un odioso gato de poco tiempo de vida.

Hans podría reírse si no se sintiese frustrado por perder.

tampoco tenía ganas de reír. Su instinto había notado que Elsa se sintió mal al recibir un animal de demonios y brujería de algún invitado; de alguna forma, supo que ella lo había tomado muy personal e intentó que no lo pensara.

Era bueno en reconocer el rechazo, incluso si estaba enmascarado, por vivirlo en carne propia.

Se trataba de la segunda vez que mostraba simpatía hacia ella. Y contrario con Anna, era honesto, demostrándose a sí mismo que había madurado en esos años.

Ahora bien, el gato le había hecho borrar su decaimiento. No él, ni su infructuoso intento, sino el gato. Aquel que quería hacer desaparecer por vencerlo.

Y no podía porque ella se había encariñado con la asquerosa bola de pelos.

—Caminas muy rápido.

Hans se volvió sorprendido y vio que Olaf estaba allí, recuperando el aire, si es que lo necesitaba.

—¿Me están buscando? —inquirió con una ceja en alto, a lo que el muñeco negó.

—Te vi dando vueltas y pensé que necesitabas ayuda —dijo Olaf sonriente, haciéndole fruncir el ceño.

—No he pedido ayuda.

—Oh, está bien, entonces no estás molesto por la tristeza de Elsa. —Olaf se encogió de hombros. —Solo iba a decirle a Kristoff y Sven de Skygge. Nos vemos.

Él parpadeó incrédulo observando la partida de la criatura, repitiéndose en su mente que no debía hacer caso a las tontas aseveraciones de un infante que no sabía nada de él.

Ni siquiera se molestaría por Elsa, ella no representaba gran cosa en su vida para tan fuerte emoción, estaba más disgustado por el gato por dejarle en ridículo y porque quería ser el que hubiese obtenido la sonrisa de la reina, algo que todo hombre le envidiaría.

Rió divertido y aspiró una gran bocanada de aire, justo al momento en que su flota finalmente arribó al muelle.

{…}

Si la verdad debía ser propiamente dicha, el enlace entre una reina y un príncipe limitaba mucho las opciones de posibles obsequios, puesto que ellos gozaban del privilegio del poder y el dinero, sin contar que ella también tenía magia.

En otras palabras, los regalos de boda fueron una mera formalidad. En opinión de Elsa, ninguno fue tan original como el gato, desestimando el significado real de su querida mascota, de la que nunca sabría su procedencia; Skygge había sido enviado sin tarjeta y ningún nombre había quedado sin tachar de la lista de Anna, ansiosa de comprobar el destinatario.

Podría indagar, pero no iba a perder recursos para esa nimiedad. Su gatito era suyo y punto.

Si tenía que renunciar a telas orientales con oro, cuadros de elevado valor, juegos de té finos y demás, los haría, independientemente de lo que Hans tuviese que decir al respecto. Le quedó claro que su pequeño no era bien recibido por él, seguramente solo interesado por los caballos, como gran parte de la población masculina.

Elsa acarició a Skygge, recostado en el cojín de la cesta que Gerda le había dado, y rió en voz baja, ilusionándose con la idea de que su pequeño sirviera para mantener distancia con Hans cuando estuviera allí en Arendelle, porque él no querría estar muy cerca de ella con el gato rondándole.

No podía seguir la sugerencia de Anna; abrirse a otra persona podía resultar en terribles consecuencias si no era la adecuada.

Skygge lamió el dorso de su mano causándole cosquillas.

—Duerme mientras trabajo —susurró solo para ellos dos.

En aquel momento llamaron a la puerta.

Se incorporó y dio la orden para entrar, viendo que su prometido se asomaba.

—Tenemos un asunto pendiente —comentó él cruzando los brazos a su espalda. —¿Tiene tiempo su Majestad?

Sin responder, abrió un estuche en su escritorio y cogió dos de las tres llaves del juego ahí guardado, que abrían el antiguo salón de la reina Kaysa. Antes de ponerse en pie, tomó la canasta y rodeó la mesa, caminando a la puerta.

Llevaría a Skygge porque todavía no quería separarse de él, era su primer día en casa y quería tener a su bebé cerca.

Hans enarcó una ceja, escéptico, pero ella actuó con altanería, dejando en claro que haría su voluntad, ganándose una risa entre dientes del pelirrojo.

Callada, le guió hasta la habitación que congelara semanas atrás e introdujo una de las llaves en la cerradura, abriendo y después entregándole ambas a él.

Podía irse tras hacer eso, mas era imperativo estar allí cuando la viera, para obtener su reacción.

Le vio poner los ojos en blanco y girar el pomo, empujando la puerta sin entrar, invitándola a pasar con una mano.

Ella ingresó en calma y acudió a sentarse a la otomana junto a uno de los ventanales, igual que durante su infancia, solo que sin mirar afuera. Depositó la cesta junto a ella y esperó la reacción de Hans, quien analizaba el espacio con ojo apreciativo y crítico.

En lo que respectaba al pelirrojo, él, muy atento, se había tragado el suspiro de alivio al no encontrarse con las caras de sus hermanos en las paredes, de agradable tono azul con diseños de espirales plateados. Únicamente había un cuadro de un paisaje campestre, el cual no le disgustaba, aunque habría puesto un mapa allí.

Debajo del cuadro había un gabinete con el telégrafo sobre él, que debía funcionar justo al término de la semana, según sus instrucciones; caminó hasta allí y abrió las puertas, hallando una serie de rollos que debían ser sus mapas, por el aspecto exterior.

Se dio la vuelta y miró el escritorio. Parecía invaluable, de caoba oscura con los mismos acabados que las sillas y los dos altos libreros a la mitad de su capacidad, en medio de los que se hallaba una máquina de escribir. De sus elecciones en los planes de Erikson, ella había mantenido las cortinas grises y los objetos sobre el escritorio y la parte superior de los libreros, como lo eran los portapapeles, cofres, tinteros y barcos dentro de botellas.

Siguió su inspección visual dirigiendo su mirada a la esquina junto a la que estaba Elsa, en la que había un estante con puertas de vidrio, guardando bebidas y vasos.

Juzgando su trabajo como adecuado, mejor de lo que él había escogido originalmente, se encaminó a la silla acolchada detrás del escritorio y se sentó, decidiendo que lo más importante había pasado su escrutinio. Con las horas que dedicaba a su trabajo, el lugar que ocupaba era esencial.

Miró a su alrededor apoderándose del espacio.

Entonces entrecerró los ojos al poner su atención en la pared, que desde allí parecía brillar en algunos sitios de los espirales.

¿Acaso eran…

Hans se tragó una imprecación en voz alta, maldiciéndola. Ella había puesto las doce iniciales de sus hermanos en toda su oficina, como si le rodearan y le miraran con un esplendoroso brillo burlón.

Se puso en pie, silencioso, rodeando el escritorio y comprobando que desde otros ángulos no veía nada. Si era así, tendría que cambiar la ubicación, y en el modo en que estaba parecía correcto.

Obligó a sus manos a quedarse quietas para no frotar sus ojos, volviendo a su sitio; allí se dignó a mirar a Elsa, quien cruzó sus orbes con los suyos manteniéndose imperturbable.

Asintiendo lacónicamente, ella gesticuló su mano derecha y él vió que las letras desaparecían de allí, como explotando.

Deseó tener magia para hacerle una hazaña como ésa.

Volvió a levantarse y se acercó a Elsa, manteniéndose a un paso de distancia cuando ella se puso en pie también. No pudo más que sonreír de lado otorgándole un reconocimiento por lo que hizo, algo que él no habría previsto, incluso dándole miles de vueltas.

Por eso le encantaba tenerla como adversaria, tenía ingenio y no sentía miedo de él. Le hacía frente como en ese momento.

De repente cayó en la cuenta de una verdad. A ella le gustaba jugar… de una forma retorcida y pícara.

Le gustó.

Elsa fingía mantenerse impertérrita, pero debía tener una vena cómica, de la que tal vez ella no tenía conocimiento, o habría parado. Y si lo sabía, pretendía ignorarlo.

Sus anteriores intercambios daban muestra de ello… probablemente era ésa la explicación de su proceder, diversión; no la habitual, sino más cínica, siendo su manera de entretenerse desde la jaula de comedimiento esperada en la reina de hielo. Fuese así o no, continuaba siendo un enigma que le intrigaba más.

Y… le daba razón para creer que no rechazaría compartir el disfrute en la cama.

Ella elevó una de sus delgadas cejas animándole a hablar, pero ese gesto le invitó a castigarla por su atrevimiento.

Tomándola de improviso, Hans cogió su nuca y llevó su boca a la suya.

Se apartó menos de un segundo, ojiabierto, oyendo en el pitido estentóreo de sus oídos que el justiciero acababa de crear su propia pena.

Al mismo tiempo, entrando libremente a su cárcel personal, unió de nuevo sus labios a los de ella, esta vez moviéndolos en una rápida y lenta agonía hasta que sintió la respuesta junto a su piel deseosa, imitándose sus roces, presiones y lametones como si aquello no tuviera final.

La boca de ella tenía la exacta medida para volver loco a un hombre, que no pasaría sed bebiendo de sus labios rosados y húmedos, disfrutando el placer de saborearla.

Esa idea le alborotó la mente y sus dientes avanzaron para mordisquear uno de ellos, queriendo dejar su marca y avanzar más allá de sus labios.

Su lengua trató de acudir a su cavidad al tiempo que su brazo rodeaba con fuerza su cintura, pero solo alcanzó a dar una dolorosa y diminuta probada cuando ella le presionó las uñas en los hombros, acompañadas con algo de frío que le bajó el inicio de su excitación.

Elsa, antes dispuesta en sus brazos, dobló su cuerpo y la fantasía de verle depositando un beso en su hombría se evaporó tan rápido como la vio coger al odioso gato en el suelo, sobre los pies de ella.

No hacía falta explicación para el final del beso que habían estado disfrutando.

Su futura esposa se hizo de nuevo con la canasta, con el gatito en brazos, y le rodeó.

—Bueno, no sé qué ganas con un beso, pero ahí lo tienes —expresó ella con indiferencia, casi rozando sus brazos.

Hans le vio alejarse por encima de su hombro.

Aunque lamentando el abrupto final, no se sintió ni un poco tocado por su frialdad y sonrió victorioso.

Había alcanzado a ver el ligero arrebol de su mejilla.


NA: ¡Saludos!

¿Hay palabras que valgan?

Comienzo con la información general. El nombre de Rockefeller no debe parecerles desconocido, y del que menciono es el que dominó la industria del petróleo, así que Hans se muestra listo al no competir ja,ja.

Elsa menciona la tardanza del telegrama; bien, diré que busqué mucho para saber cuánto tardaba, pero no hallé más que imprecisiones, por lo que aquí será una hora para un mensaje de cincuenta caracteres.

El nombre del gato es sombra, sí; y aunque no lo aclaré en el capítulo, aquí lo hago. Hans propone el nombre de Lucifer por su martirio con el gato, pero también porque significa "portador de luz", como afecta a Elsa. Dirán, es irónico que a él lo odie el gato, no desesperen. Además, lo que creen de los gatos en RU es verdad, y acerca de esa idea de los gatos y el embarazo, no encontré su antigüedad, pero asumamos que era común entonces.

Freyja es la diosa de bastantes cosas en la mitología nórdica, la más importante; simbolizaba amor, belleza, y el objeto de lujuria y fertilidad. Tal vez más, aunque con esos bastan.

Bien, ahora lo demás. Primero que nada, feliz año, ya van algunos días, sí, pero deseo que esté avanzando de forma excelente.

Por mi tardanza, créanme que me preocupó más a mí, ha sido un ajetreo. Ni me he podido sentar a leer fics, eso lo resume todo. A ustedes no les culpo si tuvieron que leer capítulos atrás para hacerse con éste je,je.

En cuanto a mis planes con el fic, no alargaré el tiempo para la boda, solo fue el primer día de reencuentro que se merecía más Helsa. Con todo y ese castigo de Hans que tiene nada de ello. Así comienza la parte rica del fic ja,ja, ¿a poco no es dulce?

Si he hablado por PM con ustedes y les he dicho cosas, bueno, no se sorprendan que algunas no aparezcan, tengo mis ideas generales, pero he descubierto que avanza por cuenta propia y algunas cosas se modifican rápidamente. ¿Lo importante es el Helsa?

Muchos besos, Karo.


Guest: Sí, yo también conté el tiempo y no me gustó nadita. Como premio un momento cien por ciento Helsa. ¡Gracias por leer!