Disclaimer: Los personajes de Twilight le pertenecen a la fabulosa S. Meyer la historia yo solo la adapto a Twilight, espero que la disfruten y sea merecedora de sus comentarios, hacia mi adaptación y la magnífica historia… Si saben cómo quitarle a Edward a S. Meyer díganmelo por favor. jajaja
Disfruten…
(*.) CAPITULO 5 (*.)
POV BELLA
Cuando regresamos el domingo por la noche de nuestra escapada de fin de semana decidimos seguir con la fiesta, acabando en un local de copas recientemente inaugurado.
Cuando convocan un concurso de Karaoke, mi querida Victoria no duda en apuntarme. No lo gano pero antes de marcharme el encargado del local me propone que me pase al día siguiente por la mañana para realizar una prueba con él. Su insistencia me hace dudar, pero tras asegurarme Vic que me acompañara acudimos sin falta.
– ¡Esto es una locura!. – La digo cuando nos dejan a solas en el camerino. – ¡Creo que debería salir corriendo de aquí!. ¿Y si alguien me reconociese?. ¡Emmett me mataría! – No dejo de repetir que es una locura una y otra vez.
– ¿Por qué no actúas disfrazada?. – Me dice mientras comienza a revolver entre los vestidos colgados en un perchero. – Además, ¿Cuántas posibilidades hay de que tu hermano entre por la puerta del local?.
– ¿Así?. ¿Y de que me disfrazo?. – La pregunto, ignorando lo que acaba de decirme. Sé que es imposible que mi hermano acuda a un sitio como este, teniendo en cuenta además que no vive en Seattle.
– Se te da muy bien imitar a Taylor Swift . – Dice de repente. – Imítala cantando "Love Story". ¡Os pega muy bien a Edward y a ti!. – Bromea mientras saca un vestido verde y otro de novia de raso.
– Ya sabes, la historia de un príncipe, una princesa. ¡Mi princesa!. – Hace referencia al apelativo cariñoso con el que siempre me nombra Edward. Sé que en parte se está burlando de mí, le quito de la mano los dos vestidos, justo en el mismo instante en que la puerta se abre de golpe, tras lo que las dos damos un grito a la vez.
– ¿Ya has pensado que canción vas a cantar?. – Dice John, el encargado del local, después de entrar en tromba en el camerino sin ni siquiera llamar a la puerta. – ¡No os preocupéis preciosas!, – nos dice al darse cuenta de nuestra cara de susto, – no sois mi
tipo, – tras lo que hace unos ademanes muy exagerados. – ¡Estoy seguro que tenemos los mismos gustos con respecto a los hombres!. – No podemos evitar reírnos a coro con él. Rápidamente Victoria después de recuperarse, le explica lo que necesitaría para la representación.
Una vez que el simpático encargado desaparece, con la ayuda de mi amiga me pongo un vestido sobre el otro. Justo antes de salir, me fijo en una máscara que hay apoyada sobre el mostrador. Me la coloco atándola a mi nuca enredándola entre el moño que me he hecho para sujetarme el pelo. Después de mi actuación, John me confirma que quiere que actué dos días a la semana. Le explico que no quiero actuar los fines de semana, a lo cual acepta. Tan solo me explica que tendría que realizar una segunda actuación frene al dueño del local. Acepto puesto que aún no se si conseguiré el trabajo con Edward. A pesar de que todos los meses Emmett me hace una trasferencia de dinero a mi cuenta para mis gastos, no me viene mal disponer de unos ingresos extras para lograr algo de independencia económica.
A pesar de recibir la ansiada llamada, poco después de dejar a Victoria en el aeropuerto para su regreso a Londres, decido acudir igualmente a la prueba frente a un completo desconocido para trabajar en el club de copas.
Cuando salgo al escenario, me alegro de haberme comprado unas lentillas verdes para esconder el color de mis propios ojos. Lo he hecho pensando en combinarlas con el vestido verde, pero al salir al escenario, me quedo un segundo clavada al suelo. Frente a mi sentado en una silla, apoyando relajadamente los brazos sobre el respaldo de la misma, está el mismísimo Edward Cullen.
No sé cómo, pero consigo reaccionar saliendo de mi mutismo. Tratando de repetir lo mejor posible la actuación que he hecho ante el encargado esta misma mañana. Se perfectamente que no tardaría en reconocerme, sino como Bella, si como su secretaria, recientemente contratada esta misma mañana.
En cuanto termino la actuación, me cambio lo más rápidamente posible y salgo corriendo de allí. Acuerdo con John por teléfono que actuare solamente dos días a la semana, y en ningún momento será desvelada mi identidad. Acepta sin problemas. Con John me he presentado como Isabel, aunque no le he confesado que acabo de descubrir que soy la hermana pequeña de su otro jefe. ¡Emmett y su manía de ocultarme los negocios en los que se encuentra metido!. En cuanto llego a casa llamo a Victoria y la pongo al día. Su respuesta es alta, clara y concisa.
– ¡Edward y tu estáis destinados a encontraros en algún momento y continuar donde lo dejasteis!. – Me dice ejerciendo de clarividente. – No te niegues ante la evidencia. ¡Piénsalo!. – Me dice justo antes de colgar.
(*.*)(*.)(*.*)(*.)
Es Edward quien me llama directamente para indicarme que yo había sido la persona que más se ajustaba al perfil que andaban buscando. También me dijo de forma muy escueta e impersonal, que alguien de su departamento de recursos humanos se pondría en contacto conmigo para realizar los trámites del contrato de trabajo.
No soy capaz de describir el vuelco que da mi corazón cuando después de descolgar el móvil reconocí la voz de Edward al otro lado. Tampoco sé cómo no me descubrí a mí misma. Me imagino que mi voz nerviosa no le extraño, al fin y al cabo supongo que es algo normal debido a la euforia que supone el hecho de que encuentres tu primer trabajo.
-.-.-.-.-.-.
A lo largo de mi primer mes en la empresa, apenas tuve contacto con él, fui rotando por los diferentes departamentos para aprender el funcionamiento de la misma, desde el mostrador de recepción, donde me hice amiga de la castaña de ojos verdes, que resulto que se llamaba Ángela, hasta el departamento técnico, pasando por los guapos a la vez que bordes detectives privados, a los cuales no les hizo ninguna gracia tener a una niñata dando vueltas por ahí. Sobre todo a su propio jefe. No quise comentar nada con Edward. Me gusta resolver sola mis propios problemas.
También tuve que aprender a manejar el programa de seguridad, que manejan habitualmente el personal de seguridad de nuestros clientes. Es un sistema que no se vende a particulares, pero como no, en mi casa está instalado. Pero fue algo que yo me abstuve de comentar. Lo mando mi hermano a instalar en casa unos días antes que de me mudase a Seattle. En la carcasa exterior no aparece ningún logo ni emblema de la empresa de ellos dos, por lo que tampoco por ahí sospeche nada al acudir a la entrevista. No lo reconocí por que como es habitual en mi hermano omitió el detalle de que el sistema de alarma instalado en mi casa fue realizado por la sociedad que regenta junto con su inseparable amigo.
A los tres meses, Edward ya permitía que yo misma dirigiese las reuniones con los directivos que acudían a nuestras oficinas interesados por nuestro sistema de seguridad. Incluso habíamos llegado al acuerdo de que nos tutearíamos para hacer nuestro trabajo más informal.
Poco a poco, fui adaptándome a la rutina de trabajar d en la oficina, para después
escaparme a hacer mi actuación en el Club de Emmett y Edward los lunes y miércoles.
Afortunadamente para mí, no volví a ver a Edward por allí. O por lo menos si iba yo no lo vi. Por precaución sigo usando las lentillas y sobre todo la máscara.
Estamos reunidos en la sala de juntas con los dos propietarios de una cadena de tiendas de moda, que recientemente han visto incrementados los robos. Él, como siempre, se ha sentado en la cabecera de la mesa de la sala de juntas, encabezando la reunión, mientras que los directivos de "Homme de Mode", están sentados a su izquierda mientras yo permanezco de pie frente a ellos dos, entre dos sillas.
– El programa permite que desde cualquier terminal de cobro. – Les explico mirando directamente a los ojos de uno de ellos, mientras Edward me escucha atentamente mientras va tomando notas. – La cajera puede observar en las cuatro esquinas de la pantalla lo que está ocurriendo en cuatro zonas diferentes de la tienda. – Busco la mirada de Edward que silenciosamente asiente lo que yo he dicho. – Normalmente. – Continúo explicándome. – Suelen ser la entrada principal, la entrada a los probadores, la zona de cajas y cualquier otra que ustedes puedan pensar que es más conflictiva o más
golosa, como puede ser donde haya perfumes o joyas. – Intento ser más concisa. – Incluso se puede escoger la zona que quiere visualizar en un momento dado en la parte central de la pantalla cuando no esté realizando una venta, ampliando de esta forma la visualización de la misma. Apreciándola más al detalle. – Miro un momento a los dos hombres sentados en frente de mí para asegurarme que siguen al detalle mis explicaciones, mientras hago el movimiento reflejo de situar correctamente mis gafas
sobre el puente de mi nariz.
– ¿Las cámaras pueden estar camufladas de alguna forma?. – Me pregunta uno de ellos. Clava sus ojos azules en mí, me recuerdan a los de Victoria. Son cálidos y transmiten una gran tranquilidad.
– Por supuesto. – Le aclaro. – Además es buena idea tenerlas camufladas, para que no se pueda averiguar si hay puntos muertos o no. Aunque con nuestro sistema, esos puntos desaparecen. – Les sonrío a ambos antes de continuar. – Podrán comprobarlo personalmente cuando vean más adelante una demostración de todo el sistema. – Trato de ser lo más concisa y clara posible. Asienten haciéndome entender que no tienen más preguntas al respecto. – Así mismo, – continuo – el vigilante de seguridad de la entrada dispone de un IPad, desde donde puede controlar todo lo que sucede en cualquier momento y lugar de la tienda. – Me interrumpo un segundo. Sé que es mucha información, y no quiero avasallarlos. – La única zona donde no puede haber cámaras, es dentro de los probadores, evidentemente por cuestiones de privacidad. – Les sonrió ante la evidencia, por lo que ellos me devuelven la sonrisa. – Aunque la normativa actual
vigente nos obliga a situar carteles avisando a los clientes que están siendo grabados por un circuito cerrado de televisión. De por si los propios carteles ahuyentan a una buena parte de los posibles amigos de lo ajeno.
Veo como los tres vuelven a esbozar una sonrisa, la cual se vuelve a hacer contagiosa hacia mi persona, y mi mirada se cruza con la de Edward. Sus ojos oscuros me distraen un segundo perdiendo el hilo momentáneamente de lo que estoy explicando. Echo un rápido vistazo al esquema de la exposición que siempre tengo a mano en las reuniones y sigo adelante.
– El sistema de alarma que se coloca en las prendas, – les digo ignorando el instante "silencio" que acaba de acontecer, – son más difíciles de retirar que los sistemas habituales que ahora mismo hay en el mercado. – Les tiendo un par de pequeños dispositivos de plástico para que puedan observarlos con detenimiento, a la par que me acerco más a la mesa sentándome de medio lado sobre ella. Apoyando solo el lado derecho de mi cuerpo. – ¡Es mucho más fácil de instalar para las dependientas!. – Me doy cuenta de que se me ha olvidado traer alguna prenda, para hacer una demostración, así que ni corta ni perezosa, que me retiro del cuello el foulard, para hacerles una demostración de cómo se utiliza, inclinándome ligeramente de nuevo. Al retirar el foulard, me doy cuenta de que el escote abierto de mi blusa deja poco espacio a la imaginación. A la par que veo como Marco se levanta para sentarse en la silla situada frente a ellos. Es algo que no suele hacer, por lo que me siento ligeramente intimidada por él. Al sentarme la falda de tubo que llevo con dos aperturas al frente y en paralelo a mis piernas se desliza ligeramente hacia arriba mostrando parte de mi muslo, dejando entrever unos milímetros de la puntilla de mi media. Sé que desde donde estoy, el único que tiene tan generosas vistas es Edward.
Me estiro un poco hacia atrás para conseguir alcanzar un mando a distancia, desplegando así una pantalla en el lateral de la sala, tratando de ignorar que él mantiene su mirada fija en esa parte en concreto de mi anatomía, y que los dos que están situados en frente de mi tienen la suya fija en algún punto entre mi cuello y el canalillo de mis pechos. Me incorporo de golpe, negándoles las vistas a ellos para regalárselas a Edward, al que sonrío de forma descarada haciéndole entender que los he pillado completamente in fraganti.
– También tienen la opción a través del IPad., – Continuo explicándoles, mientras observo cómo después de retirar su atención en mí, Edward gira su IPad hacia ellos para que lo puedan ver, – de poder controlar lo que sucede en las tiendas en todo momento, desde cualquier lugar del mundo. – Vuelvo a inclinarme para poder manejar el IPad hacia ellos mostrando lo que está sucediendo en ese momento en diferentes puntos de la oficina, a la vez que se muestra en la pantalla que acabo de desplegar. – Con una clave, que por seguridad debe contener un mínimo de 8 caracteres alfanuméricos, pueden tener acceso a todo el sistema. También puede ejecutarse la aplicación mediante un Smartphone. Hago un pequeño gesto para intentar levantarme, pero con un ligero toque de Edward en mi rodilla, mientras fija sus ojos en los míos silenciosamente, me indica que me quede donde estoy, mientras les anima a ellos a manejar el programa. En el instante en que él toca mi rodilla y cruzamos nuestras miradas, no puedo evitar sentir un escalofrío que recorre todo mi cuerpo. Trato de ocultar mi turbación fijando la vista en la pantalla desplegada frente a mí.
Van pasando de despacho en despacho, quedándose en la sala de juntas donde intentan adivinar donde esta camuflada la cámara, que nos enfoca a mi espalda. Asombrados, descubren la posibilidad de realizar diferentes ajustes de pan y de tilt con la cámara, así como zoom y disparos de foto. En un momento dado hacen zoom sobre mi espalda, pudiéndose apreciar la suave transparencia que hace mi blusón azul sobre mi sujetador negro. Veo de refilón que a Edward no le está gustando nada la forma en que me miran. Ha habido un instante en el que he tenido la sensación, cuando se ha sentado en la silla situada a mi izquierda, que iba a saltar sobre ellos. Tan solo porque han osado mirarme más de dos segundos el escote. ¿Habrá descubierto quién soy?. Es imposible, conociéndolo ya me hubiese echado la bronca del siglo. Entonces, porque les habrá mirado así. Será que le gusto. ¿Estará celoso?. No, no lo creo. Es imposible.
Es justo es en ese preciso instante cuando el teléfono inalámbrico de la sala de juntas decide que es un buen momento para comenzar a sonar. Agradeciendo la interrupción me bajo de la mesa para acercarme a la mesita auxiliar donde descansa el aparato incrustado en su base.
– Es de recepción, ¿si me disculpan un momento?. – Les digo mirándolos a los tres y me aparto un poco para poder atender la llamada con un poco de intimidad. - Hola Ana. – Le digo
– Isabel, – me dice, – aquí hay alguien que pregunta por una tal Bella, pero por la descripción que me ha dado tienes que ser tú. Dice que es un amigo tuyo. Bajo la mirada atenta de los tres hombres, busco la imagen de recepción en mi propio IPhone. Y
lo veo. Lleva tiempo intentando ponerse en contacto conmigo y por lo visto ha conseguido localizarme. ¿Cómo lo habrá hecho?. Yo en ningún momento le dije como se llamaba la empresa donde iba a realizar la entrevista. Ni siquiera hemos hablado desde aquel día. Y tampoco sabe que al final me contrataron.
– ¿Qué ocurre?. – dice Edward mostrando una ligera preocupación en su cara al ver la mía. Debe de tener un tono similar a la horchata.
– Ana dile que me espere en recepción, en cuanto pueda hablare con él. – Tras lo cual cuelgo el teléfono.
– ¿Algún problema?. – Me pregunta él mirándome con gesto preocupado, desde donde aún permanece sentado.
– No, no pasa nada. Un amigo ha venido a verme. – Trato de quitarle importancia mientras observo como frunce el ceño. Tardamos 10 minutos más en concretar algunos detalles en cuanto al coste aproximado de la instalación y su posterior mantenimiento y concretamos una visita en sus propias instalaciones, para poder detallar el coste definitivo. Les acompañamos hasta recepción, y al pasar al lado de la persona que me está esperando le indico con la mirada en unos minutos estaré con él. Veo que a Edward ese gesto no le pasa desapercibido. Una vez que los directivos se han marchado me acerco a esa persona.
– Hola Jake, – le digo mientras veo por el rabillo del ojo que Edward se ha quedado charlando con Ángela pero siento su mirada fija en mi espalda. – ¿Cómo me has encontrado?
– Bella. – Me susurra para evitar que nadie le escuche con los brazos en jarras, y el torso ligeramente inclinado hacia mí. Recorre mi cuerpo con la mirada. Creo que es la primera vez que me ve vestida con una falda de este estilo y unos tacones como los que llevo hoy. – ¡Llevo tres meses intentando localizarte!.– Me mira fijamente a los ojos mientras comienza a contar con los dedos. – ¡Te marchaste sin decirme nada!, ¡ni siquiera me dejaste una nota!. ¡Me quede muy preocupado!. – Se queda en silencio tratando de pensar en que decir colocándose una mano en la frente. Vuelve a
mirarme de una forma que no me gusta nada. Por lo visto parece que le gusta lo que ve. Le miro tratando de hacerle entender que el sentimiento no es mutuo. No sé lo que realmente pude ver en él. – Además, no me coges el teléfono, no contestas mis emails. – Me dice dando dos pasos hacia mí. Por su tono de voz noto claramente que está desesperado a la vez que suena terriblemente amenazador. Sus ojos marrones se tornan de pronto casi negros y puedo decir que casi acorralan a los míos dentro de su mirada. Vuelve a colocar los brazos en jarras.
– Jake. – Le digo mientras yo retrocedo esos dos pasos, y coloco un brazo con la palma abierta hacia él, intentando evitar que se acerque más a mí. – ¿Qué querías que hiciese?. – Le digo bajito, dejando caer ahora mi brazo pegándolo a mi costado, una vez que estoy segura que no se va a acercar más a mí. – ¿Qué me quedase a esperarte?. – Me quedo callada aunque no pretendo que me responda.
– Me fui al aeropuerto y pille el primer vuelo a Seattle. Y si no te cojo el teléfono y no te contesto a tus emails, será porque no quiero hablar contigo. – Le digo con resolución. – Ahora creo que lo mejor es que te marches. – Se lo digo mientras le apunto con mi mano derecha hacia el ascensor, mirándole fijamente a los ojos.
– Vale, lo siento. – Sube un poco el tono de su voz y se acerca más a mí sin que yo apenas me dé cuenta. – ¡Yo no quería hacerte daño!. – Me sujeta por los brazos a la vez que me zarandea.
– No te confundas Jake. – Le digo intentando soltarme de él. –Te lo dije entonces y te lo digo ahora. – Le miro fijamente a los ojos olvidándome por un instante donde estamos. – ¡Solo podemos ser amigos! ¡Nada más!. – Soy tajante diciéndoselo. – ¡Y ni siquiera tengo claro que podamos serlo!.
– Me remuevo intentando soltarme de su agarre, pero cuando más lo intento más me aprieta. – Jake, ¡Me haces daño!. – Me quejo con todas mis fuerzas, pero él no me hace caso
– ¡Suéltela!. – Oigo a mi espalda. Jake intimidado por Edward me suelta empujándome hacia atrás, haciendo que me choque contra su firme torso. Me sujeta abrazándome por la cintura evitando que me caiga al dar un traspiés por culpa de los tacones, mientras me sujeto con mi mano el brazo adolorido. – Creo que la señorita le ha indicado amablemente que se marche, creo que será mejor que le haga caso, sino tendré que llamar a seguridad. – Me suelta a la vez que interpone su cuerpo entre Jake y yo.
– Bella, podríamos hablar en privado, – me ha llamado Bella y creo que Edward lo ha escuchado porque me mira extrañado, le miro diciéndole que no es el momento de preguntas. Creo que parece entenderlo.
– ¡Por favor!. – Al escuchar de nuevo la voz de Jake soy claramente consciente de que aún sigue aquí.
– Lo siento Jake, pero no tengo nada que hablar contigo. ¡Márchate!, – le pido bajo la atenta mirada de Edward. – Voy a pedirte en nombre de la amistad que hay entre tu familia y la mía que dejes de acosarme. ¡No quiero tener que pedirle ayuda a mi hermano!. – No quiero hacerlo pero lo amenazo con contárselo todo a mi hermano. Sin más, me giro para marcharme hacia mi despacho cuando le oigo hablar a mis espaldas.
– Solo quería avisarte que voy a exponer algunos de mis cuadros en un restaurante de Malasaña. – Sus palabras me detienen en seco. – Es un paso previo para poder exponer en una sala. Me gustaría invitarte a cenar un día de esta semana y enseñártelo…
– No iras a exponer...– le interrumpo a la vez que me giro hacia él, sabe perfectamente que me estoy refiriendo a un cuadro muy en particular.
– No, – me dice, – ¡Te prometí que no lo haría y no voy a faltar a mi palabra!. ¿Puedo llamarte esta semana para quedar el sábado?. – Me dice casi suplicante.
– Este fin de semana volamos a Paris por cuestiones de trabajo. – Interrumpe Edward, mientras nos dirige una mirada, primero a él y luego a mí con las manos dentro de los bolsillos del pantalón. ¡Está diciendo una mentira para quitarme a un pretendiente de encima?
– ¿También trabajas los fines de semana?. – Me pregunta extrañado.
– A veces. – Le digo encogiéndome de hombros. – Envíame la dirección del restaurante. No puedo asegurarte que quedemos, pero si puedo, te prometo que me acercare con Victoria a ver la exposición. – Le sonrió intentando restar hierro al asunto. En realidad no tengo intención de ir. – Aunque no puedo prometerte nada.
– De acuerdo. – Me dice mientras se vuelve derrotado para encaminarse hacia el ascensor. Después de alejarse un par de pasos, me giro hacia la escalera, pero me llama.
– Bella. – Otra vez me llama Bella– ¡Espero que algún día me perdones! ¡Fui un completo idiota!. – Me acerco a él en dos pasos.
– Jake, yo no estaba y no estoy enamorada de ti. – Le digo susurrándole para que solo pueda escucharme el. – ¡Tienes que aceptarlo!. – Parece resignarse al fin.
– Me alegro de que me parases a tiempo. – Siento que me lo dice con una sinceridad absoluta.
– Yo también. – le digo. Tras lo cual me giro y pasando a lado de un pasmado Edward subo la escalera directa a mi despacho. En menos de un minuto tengo a Edward frente a mí. Con el ceño fruncido y aparentemente enfadado.
– ¡Voy a comenzar a preparar el informe para la reunión con los directivos de "Homme de Mode" para la próxima semana!. – Le digo ignorando las señales que emite su cuerpo.
– ¡Olvídate de eso!, – me dice, a la vez que rodea la mesa y se apoya en ella situándose en frente de mí. – ¿Estás bien?
– Si, – le digo a la vez que hago rodar a la silla hacia atrás, dejando algo de espacio entre los dos. La verdad es que tras ver a Jake, no estoy demasiado bien. En realidad, me duele no sentir nada. Aunque tampoco ni sus besos ni sus manos, me hicieron sentir nada parecido a lo que sentí aquella vez en casa con Edward con las manos y la boca del hombre que tengo en frente de mí. Veo como estudia mi expresión.
– Sí, estoy bien. – Insisto sonriendo al ver que no parece demasiado convencido.
– ¿He deducido que intento lo que creo que ha insinuado sin tu consentimiento?. – trago saliva. No me esperaba esa pregunta tan directa. Siento un calor atroz en mis mejillas y que mis ojos comienzan a inundarse. – ¿Intento forzarte?– Termina preguntándome, pero no me encuentro con fuerzas para contestarle. Tras excusarme, me levanto para esconderme en el baño, pero antes de salir le digo.
– Lo siento, pero es algo personal. – Quiero gritarle que no es de su incumbencia pero me calló a tiempo. Sé que solo está preocupado por su secretaria. Por mí.
Cuando entro en los baños situados justo en frente de la puerta de mi despacho, me apoyo en el lavabo y doy rienda suelta a mis lágrimas a la vez. Recordar todo aquello me produce escalofríos. Mi experiencia con el género masculino se reduce a aquel instante con Edward en la intimidad de aquella torre, y el horrible suceso con Jake.
Continúo con las manos apoyadas en la encimera de mármol del lavabo doble, con la cabeza inclinada hacia abajo, cuando siento alguien a mi espalda, alzo la cabeza y mi mirada se cruza con la de Edward. Esta apoyado sobre la puerta cerrada de uno de los retretes, con las manos a la espalda.
– ¡Creo que no deberías quedar con él!. – Me dice mirándome a los ojos a través del espejo –O por lo menos no deberías enfrentarte a él sola. Ningún hombre que intenta forzar a una mujer es merecedor de su compasión, por mucho que no haya conseguido su objetivo. Ni siquiera en el caso de que muestre arrepentimiento. – Le retiro la mirada, soy incapaz de mantenérsela. Siento mis defensas desvanecerse y mis ojos volviéndose líquidos de nuevo, por lo que bajo la cabeza de nuevo para que no pueda vérmelos.
Siento su mano deslizarse por mi espalda haciéndome girar y de pronto estoy aprisionada por sus brazos contra la encimera de los lavabos. – ¡No hace falta que me cuentes lo que ocurrió!. – Me dice. – Puedo imaginármelo. – Se separa un poco de mí y enmarcando mi cara entre sus manos, me da un beso en la frente.
– Creo que en cierta forma yo tuve un poco de culpa. – Me sorprendo a mí misma diciendo esas palabras, mientras me aparto de él dándole la espalda. – ¡Quizás yo le provoque!.
– No. Eso no es verdad. – Me obliga a girarme y a encararme a él. Me sujeta suavemente por los hombros, mientras me sonríe con los ojos y su boca. Me quita las gafas y con mucha delicadeza tras sacar un pañuelo del bolsillo de su pantalón, retira los rastros de mis lágrimas. Automáticamente una de mis manos se junta con la suya sobre mi mejilla, mientras me mira fijamente a los ojos. – Ve a casa y descansa. – Me dice apartándose unos centímetros de mí, dejándome su pañuelo entre mis manos. – Ya harás el informe mañana. Si necesitas que alguien le dé una buena paliza avísame, yo mismo le puedo atizar.
Su comentario me hace reír, camina un par de pasos hacia la puerta, mientras me mira sintiéndose orgulloso de ser el causante de mi risa. Cuando su mano se posa sobe el pomo se gira y sonriéndome me pregunta.
– ¿Por qué te ha llamado Bella?. – Todas las alarmas se encienden en mi cabeza.
– Le conozco desde que éramos niños. – Le cuento la verdad, y sigo haciéndolo – Mi nombre completo es Marie Isabel, – Pero se lo digo en castellano – y a él le gusta llamarme así. ¿Por qué?. – Le pregunto intentando sonsacarle si tiene alguna sospecha.
– Por nada. – Dice, pareciendo recordar a algo o a alguien. ¿A mí?.
– No me gusta mucho lo de Marie, por eso prefiero que me llamen Isabel . – Le cuento otra verdad.
– ¡Hasta mañana! – Me dice con una sonrisa–Si te vuelve a molestar, llámame y te mando a los de seguridad. – Me dice medio bromeando, pero sé que lo dice completamente en serio.
Su última ocurrencia me hace reír de nuevo. Me arreglo un poco el maquillaje y haciéndole caso me marcho a casa. Cuando busco las llaves de mi coche en mi bolso, descubro que me he quedado con su pañuelo, me fijo que tiene grabados una E y una C entrelazadas. No puedo evitar esbozar una sonrisa. Creo que me lo quedare.
Los capítulos no son tannnn largos así que espero los disfruten pero por lo mismo he decidido juntar dos capítulos en uno solo, si les parece bien así seguiré si no pues lo desharé. Besos Jane.
¡Quiero comentarios!
Está neófita Inmortal les espera. Besos.
Cambio y fuera…
Locura realizada…
JaneAntoCullen..
