Cuando vio las luces del jeep acercándose, Trixie apagó su cigarrillo con un pie y corrió a la cocina.
–¡Ahí vienen!
Todos saltaron de sus sillas y corrieron al patio. Ni bien frenó, Totoca bajó y ayudó a sus dos acompañantes. Todos suspiraron al verlas bien.
–¡¿Por qué hiciste eso?!
Se giraron sobresaltados y sorprendidos. El Dr Turner jamás había gritado y mucho menos a su esposa. Ella también lo miró asustada.
–¿Por qué? –repitió él, tomándola de los codos. Quería zamarrearla y a la vez llenarla de besos al ver que estaba bien, sólo cubierta de polvo. Desvió su vista cuando escuchó sus mismas preguntas pero repetidas por otra persona: Sister Mary Cynthia bajaba la mirada ante el enojo tampoco jamás visto de Sister Julienne.
–Lo siento. –dijo Shelagh también bajando la mirada–Pero Patrick, si te decía tú lo habrías impedido y no podríamos haber ayudado a todas esas mujeres y…
–No me importan esas mujeres si tú estás en peligro.
–No estuve en peligro. No pasó nada. Patrick, no eran una tribu de caníbales.
–Shelagh, ¡podrían haber sido violentos! ¡O podría haber pasado cualquier cosa en el camino!
Patrick vio que sus palabras caían en saco vacío cuando la vio rodar los ojos en un gesto que claramente había copiado de Timothy.
–No pasó nada, basta. Y todos deberían ir allí. –dijo zafándose de las manos de su marido para mirar al resto de sus amigos–Hay ocho mujeres embarazadas y varios enfermos.
–¿Qué tienen? –preguntó la Dra Fitzsimmons.
–No lo sabemos, no nos dejaron examinarlos.
–No, no permiten que los veamos. Nunca nos dejarán acercarnos a sus enfermos.
–Lo harán con el tiempo –dijo Shelagh, segura de las palabras que Totoca le había dicho–Estamos seguras de que si confían en nosotros nos dejarán. ¡Pero debemos hacerlo rápido! Quizás tengan una tonta enfermedad y pueden morir por su causa. ¡Dios, un niño de seis años va a morir de tétanos y si confiaran en nosotros lo hubieran traído y ahora estaría sano! –Shelagh se quitó las gafas y se secó los ojos en un gesto lleno de indignación. Extrañaba muchísimo a sus hijos y no podía soportar la idea de un niño muriendo y ella sin poder hacer nada. Patrick supo lo que pasaba por su cabeza, ella se veía igual de triste que cuando salvó a Susan Mallucks. Envolvió un brazo protector sobre sus hombros y la besó en el pelo, sin importarle qué pensarían los demás de tales manifestaciones publicas de afecto. Su chica se había portado mal, pero como siempre, lo había hecho para ayudar a otros. No tenía dudas de que ella era un ángel del cielo. Pero al parecer, Sister Julienne no pensaba lo mismo de Sister Mary Cynthia, aún seguía regañándola como si fuera una criatura. Vio a Trixie apretar las mandíbulas, era claro que no soportaba ese trato hacia su amiga pero no sabía cómo intervenir en nada menos que una pelea de monjas. Shelagh sí lo sabía, así que se acercó.
–Sister –dijo dirigiéndose a Mary Cynthia–Creo que necesitas un baño.
Mary Cynthia asintió y Julienne las miró indignada.
–Shelagh.
–Sister, no entiendo porqué la está regañando como si fuera una niña. Ella sólo fue a ayudarme y es algo que agradezco mucho.
–Shelagh, ella me desobedeció y puso su vida en riesgo, preocupándonos a todos.
–Pero fue por una buena causa, reconozca eso.
–No, no lo haré.
Shelagh tomó aire y apretó los labios.
–Sister Mary Cynthia, ve a darte el baño.
Mary Cynthia le agradeció con una sonrisa y fue caminando hacia su habitación junto a Trixie. El resto de las personas miraba con asombro. Mary Cynthia había optado por obedecer a Shelagh y no a su superior. Se notaba que la tensión estaba a punto de estallar.
–¿Desde cuándo te obedece a ti y no a mi? –Sister Julienne trató de que su mirada de hielo hiciera algún efecto en esa Shelagh tan desconocida para ella. Sin embargo, ella se mantuvo firme.
–Habla de ella como si fuera un perro. Es una persona que ha trabajado duro y no merece regaños, merece un baño y descansar.
–Es una monja y ha hecho votos y debe cumplirlos, como debías cumplirlos tú.
De inmediato se arrepintió de aquello, pero era tarde. Shelagh pestañeó rápido, estaba herida pero no vencida.
–De modo que el problema aquí es ese, le molesta que haya roto mis votos. ¿Por qué me lo ocultó todo este tiempo?
–Shelagh.
Sintió la mano de Patrick en su hombro, tratando de calmarla.
–No estoy enojada por eso, y lo sabes bien. Sólo…Shelagh ya no eres tú. Primero la píldora. ¿Cómo es posible que apoyes eso? Y ahora aquí, te vas adonde y cuando quieres, te llevas a una de mis hermanas….
Shelagh no respondió, incluso la miraba con indiferencia. Julienne sintió renacer su ira y decidió herirla en donde más le dolería.
–¡No eres ni la sombra de lo que eras! ¿Tan rápido olvidaste lo que fuiste por diez años? ¿Acaso no quedó ni un poco de la Sister Bernadette que conocí?
Shelagh supo que aquello había sido dicho con toda la intención de herirla. No podía creer las palabras que acababa de oír.
–¡Sister Bernadette murió! Se acabó, no existe y no quiero tener nada que me vincule a ella, ¡ni siquiera usted!
Caminó directo a su habitación, sabiendo que no podría parar de llorar.
